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martes, marzo 22, 2011

LOS ELEMENTOS DEL REINO 20-03-2011


LOS ELEMENTOS DEL REINO

En este número los autores se refieren al libro de
Ignacio García EL CUADERNO DEL ESCRIBA 
(Colección Bicentenario-Centenario CONACULTA-IVEC)
Y  que será presentado este 24 de marzo a las 20:00
en la Casa Principal del IVEC



Diego Maciel Del Toro



Jaime Velázquez



Gabriel Fuster

Diego Maciel Del Toro: Ignacio Gacía: sU-PALABRA


DIEGO MACIEL DEL TORO
Ignacio García: sU PALABRA

De entre todos los oficios conocidos, el de poeta es el que menos infraestructura requiere: sillas, escritorios, mesas, minutas, oficios, maquinaria, instrumentación; además de que está exento de los días, horarios, juntas administrativas y todo ese enredo de burocracia kafkiana. Todo lo que el poeta demanda es papel y lápiz, y ese interior donde el Numen se posa y mora, abocando al ser, al vacío, al despojo de todo para hacerle vibrar.
Cuaderno del Escriba de Ignacio García (y si mal no estoy, todas sus otras publicaciones) han sido realizadas de esta forma: de viaje en el camión urbano, en el autobús foráneo, en la proa de un lanchón oxidado, en su lidia con cardúmenes entre índigo y azul, frente al espectáculo más opulento del universo e, incluso, en medio de la charla entre los amigos. No importa  la circunstancia, instante o divertimento, el poeta toma lápiz y papel y deja caer los signos que el lector hallará en estas páginas: líneas cercanas al aforismo, el proverbio súbito, la prosa exaltada, el poema de largo arrastre, la síntesis que linda con lo filosófico.
Cuaderno del Escriba es una suerte de ejercicio tautológico: “Se escribe para dar a entender que el poeta no halla la Palabra con la cual dejar escapar y exhibir el más íntimo de sus anhelos”. Y todo este ejercicio lo realiza Ignacio García de una manera primordial, un lenguaje exquisito, frases breves, meditaciones a dos  lecturas y oraciones cuyo nudo vuelve a desatarse para dar paso a finales sorprendentes.
Y la Palabra, ese logos en la arena, no es avara y muestra su nobleza: desde lo más profundo de su raíz deja secuestrar letras, sílabas, verbos; oraciones, que ya una vez entretejidas, permiten al lector descubrir que el trabajo de Ignacio García no andaba tan extraviado en eso de la búsqueda de las palabras: de ésta, su-Palabra.

Diego Maciel Del Toro, Santiago de Chile, 2010

Jaime Velázquez: Ignacio García, El Cuaderno del Escriba

JAIME VELÁZQUEZ
Ignacio García: Cuaderno del Escriba 

Un cuerpo visto por el anverso y el reverso. Cien poemas, cincuenta de cada lado de una parte central donde el autor colocó un astrolabio (la palabra) para ubicar el poema que ostenta el nombre del surrealista mayor, André Breton.
            La atención de Ignacio García en el libro El cuaderno del escriba (Conaculta-Ivec, 2010) se ocupa de lo poético, de una pareja más o menos inalcanzable y de sí mismo. Una parte lleva un epígrafe de Borges; la otra, de Joyce.
            Hubo tiempos en que los escritores veían lo que pasaba afuera, como pintores impresionistas, y hubo quienes se vieron abrumados por los libros. Paul Valéry es una bisagra entre esos dos mundos, el del paisaje y la calle y el de las bibliotecas: La soirée avec monsieur Teste (1896) y El cementerio marino (1920). Salvador Elizondo, novelista afrancesado, admirador de Valéry, ya no salía de su casa en Coyoacán, D.F., porque todo se generaba en su cabeza de grafógrafo, una máquina que juntaba palabras.
            Ignacio García navega en el laberinto de Borges, en los rompecabezas de Joyce, en el Surrealismo de André Breton, Paul Eluard y otros. Un bello caligrama de Eluard dice: bajo la lámpara, la palabra muchacho.
            El título del libro de Ignacio García lleva al diccionario en busca de escriba. Para los hebreos el escriba es un doctor e intérprete de la ley. En la antigüedad era un copista, un amanuense. Y en la otra palabra del título es inevitable recordar el Cuaderno de escritura, de Elizondo, el Cuaderno de navegación, de Leopoldo Marechal: ambos son libros.
            En el libro de Elizondo, El grafógrafo, hay una foto que le tomó Paulina Lavista: el escritor sostenía una pluma fuente, pero no estaba escribiendo, parecía que iba a hacer una anotación en lo ya escrito, o que mostraba el instrumento que había usado para llenar las hojas de un cuaderno con una escritura armoniosa. Al fondo se ve el lado poniente del parque México, donde vivió Elizondo, en la colonia Hipódromo Condesa, D.F.
            Cuaderno, en principio, quiere decir hojas no sueltas. Y escribir en cuaderno es un reto: tiene un límite y de preferencia no se le deben arrancar hojas por el peligro de perder las del otro lado. En el caso de Elizondo, debe haberse prohibido a sí mismo tachar o enmendar, porque el cuaderno donde volcaba sus pensamientos devendría objeto artístico. El reto es escribir y no equivocarse.
Una de las claves del libro de Ignacio García está en la página 25, poema XVIII:

Tengo un cuaderno. No lo abriré ya nunca.
Seguro me extrañará. No a mi letra
(signos que nadie necesita ni muere por ellos),
sino a eso inmortal escrito por otros:
anverso y reverso de la escritura.

Pero Ignacio García deja abierta la puerta: un cuaderno se termina pero ya otro está en espera. En lo que escribe, como en una caja, hay un fondo y una tapa, que tiene lo “inmortal escrito por otros” (Borges, Joyce, Breton, Valéry). En el interior están los poemas de Ignacio García y hay que distinguir: su letra es impulsada por los poetas y escritores europeos mencionados (Borges no se portaba como argentino), como en una transfusión, o en un transplante; hay algo de otra persona pero ya es él mismo.
            En cuanto al sentimiento que deja ver, es pesimista: “nadie necesita ni muere” por los signos que él escribe. Su admiración por otros poetas le hace creer que no tiene algo de la inmortalidad que cree tienen ellos. Y se equivoca: la inmortalidad no existe, cuando mucho queda algo de fama. Los poetas que admira están muertos y las letras nunca mueren. Desde que son publicadas viven por quienes las leen o repiten de memoria.
            En otros tiempos, los poetas dedicaban pensamientos a damas y señoritas en sus diarios o álbumes, que luego pasaban a ser parte de las ediciones de obras completas de los autores. Hay también versos de ocasión, por aniversarios, visitas, luto, panegíricos, los autorretratos, los epitafios. Quedan agregados los arte poética, en los que el autor da a conocer lo que considera es lo que hace. En los poemas de El cuaderno…, Ignacio García lleva a cabo repetidos análisis de la poesía y los dedica a alguien, que puede ser una o varias personas, o ninguna. Y siempre el personaje principal es él mismo, como muestro a continuación, por el número de cada poema, sección anverso:
            III, “pierdo este poema”; VI, “en vez de escribir”; VII, “no ceso de trazar”; VIII, “amar olvidándote”; IX, “dentro de uno”; XI, “ya no sabré”; XIII, “tengo esa mirada”; XIV, “me fascina”; XV, “mi sentir”; XVI, “leo”, “paso el dedo”; XVII, “escribo”; XVIII, “tengo un cuaderno”; XX, “mi boca”; XXIII, “uno se juzga a sí mismo”; XXIV, “no ceso”.
            Así, parece inagotable el oficio de poeta, cuando la fuente es el mismo que escribe y el trayecto es la sucesión de días. En tanto que la poesía es el arte de la combinación de palabras, como las fichas de dominó, las bolas de billar, las piezas de ajedrez, las barajas, los jugadores pueden pasarse la vida recuperando o perdiendo puntos y apuestas por siempre.
            Pero Valéry, Elizondo escribían incesantemente pero no publicaban sus cuadernos. Ya muertos y por intereses académicos se emprende la publicación de sus textos, así que debemos considerar en principio sus cuadernos como algo privado. Elizondo publicaba artículos sobre Valéry y monsieur Teste en el Excélsior de Scherer, pero ignoro si eran páginas de sus cuadernos; era algo que no tenía que ver con la actualidad política.
            Nos queda el poema central del libro: “Yo creo que André estaba loco”, de cinco páginas, que conviene resaltar.
            En todo lo humano está primero el lenguaje. Al usar palabras, el poeta se ubica en el lugar más alto de la sociedad, desde donde contempla el abismo. Allí se encuentran cuestiones que no se pueden responder con los recursos de la poesía.
            Ignacio García se dirige al poeta André Breton, iniciador del movimiento literario de vanguardia en los años veinte en Francia, Surrealismo, y le regresa la pregunta que Breton se planteó, ¿cómo se escribe un poema? Breton publicó textos en los que precisó en qué consiste el Surrealismo, una mezcla de sueños, deseos y automatismo psíquico (dicho sea de manera simplificada). Había que escribir dejando que fluyeran los contenidos del inconsciente. Este procedimiento difícilmente podría contestar una pregunta que exige la aplicación de elementos teóricos rigurosos, un estado vigilante y muy consciente.
            ¿Cómo se escribe? Así es como se escribe.
            Una pregunta válida obtiene una respuesta etérea de los poetas. Y lo que queda son los ingredientes de tal sopa.
            Ignacio García une cinco partes en su intento de responder la cuestión, separados por puntos suspensivos: I. Yo creo que André estaba loco; II. Ya la tarde cae; III. El mar no se mueve; IV. Pero si André no estaba loco, y V. En julio vendrán las glondrinas.
            La quinta parte, según mi lectura, es un poema autónomo, surgido por el impulso de lo escrito primero y que es un hallazgo que deja atrás a Breton.
            Ignacio García escribe:

            “No obstante, un pajarraco, que por dentro se lamenta
            no poder volver a cantar,
            ronco a pecho me dicta sus secretos.”

Es tan intenso el momento, que los versos se alargan y usan bastones de la prosa, como el “no obstante” y el par “no poder volver”. Imantado sin querer por el cuervo de Poe, el par de marras sería, por ejemplo:

            “un pajarraco se lamenta
            jamás otra vez cantar”

Y continúa:

            “No sé escribir.
            No podré expresar jamás esto que siento.
            A esto, a lo mío, le llaman canto callejero
(…)
            como si nadie, nunca, hubiera escrito nada”.

Metido en el desarrollo del poema, de pronto hay un vislumbrar la respuesta buscada: es “en el poema que no escribí”, afirma, “donde habita todo ardor y todo significado” (pág. 64). Puesto que en realidad no sabe cómo se escribe un poema (pág. 61).
            En fin, he destacado las partes en que el poeta duda de su labor y de sí mismo, después de más de veinte años de escribir poemas y más de diez poemarios, por lo que vale dejar constancia del callejón con salida en el que se encuentra. Uno de sus libros se titula Valéry regresa al mar. Creo que Ignacio García tiene enfrente un futuro inesperado si cumple con el ritual que presenció:

            “las cenizas del loco André
            que ya vaciaron en los esteros
            (…)
            un pescador advierte la sorda presencia de André,
            quien entre escolleras (…) se aleja…”

Valéry, sus cenizas, ¿regresaron al mar? Bretón, sus cenizas, sí, según Ignacio García. Y un pescador es testigo. El mar es la poderosa y silenciosa presencia que Ignacio García ha dejado pasar, en el fondo de las preocupaciones que ha creído trascendentes, como la aprehensión de imágenes insólitas:

            “Eso debe ser el poema, la Palabra
            … un verso inventado al insomnio
            … un insomnio dedicado a ella…”

Y no, el insomnio no ayuda. Tampoco ella, siempre distante y muda. Breton ha muerto:

            “Tímido y vencido
            (más por falta de coraje que por deseo)
            Uno se dedica a descoser su máquina-de-hacer-poesía…”

¿Cómo se escribe un poema? De muchas maneras. Una de ellas es preguntar cómo se escribe un poema.

Gabriel Fuster: Nacho García y el cuaderno doble raya



NACHO GARCIA Y EL CUADERNO DOBLE RAYA
 Gabriel Fuster

Diré, para empezar, que los grandes libros no son grandes cuando están escritos sin grandeza. No hay grandes libros, sino grandes escritores. Mi antepasado Johann Fust ignoraba este principio tan ligero como la respiración, pero conocía su realidad, prolongándola en una displicente aventura con Gutenberg. A mitad del Siglo XV, el prestamista alemán inició la más grande repercusión de la imprenta, buscando sacar rendimientos de los libros, dentro del orden de la caridad. No obstante, el negocio más expuesto a la quiebra es el de la cristalería. O nos debatimos en tautologías. Actualmente, nuestros bosques van perdiéndose lo que descifra la mirada, pero se trata de la tala de árboles con los frutos de la lectura, de la erosión mnemotécnica del analfabetismo funcional entre la población, lo que nos convoca al colapso global y el ascenso de las nueces a cabezazos de Deméter, para barrer los pocos educados del planeta, ya que éstas habrán desarrollado una inteligencia superior, más tarde o temprano. Ello lo comprobamos en el arte griego, donde todo lo imaginario tiene vocación de ser real. Por eso es clásico. Si en el abreboca de la pregunta, un unicornio te dice que estás loco, debes estarlo porque los unicornios no hablan. Más, si uno de los grandes autores te hace la invitación para hablar de su nuevo libro, puedes creer que los unicornios existen. Y aquí mi recuerdo emocionado con Ignacio García, al propósito de la publicación del libro “Cuaderno del Escriba”, dentro de la Colección Bicentenario-Centenario, patrocinada por el binomio IVEC-CONACULTA, y cuya oportunidad de encomiar dicho logro, me permite resaltar mis 23 años de amistad con él.
Ignacio García es considerado un celebrado poeta de su tiempo y su sociedad. Para todos aquellos que conocen su obra titánica, lo menos que se les ocurriría pensar es verlo trabajar como un jurista investido como Notario Público, porque no cree en las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, cualquier intento para describirlo con el rigor de la solemnidad, resulta un reporte incompleto. Y aunque yo no hubiera escrito algo esta noche, ya nos pasaría de todo y más, pero los fervientes admiradores de Ignacio García estarían renunciando a conocer el dilecto Nacho García que he tenido el privilegio de apreciar de cerca. O este plano ampliado en la tau que comienza Veracruz, donde Ignacio García responde como si lo estuviéramos llamando. Más que un fundador, un paladín. Un mentor, con todas las enormes fuerzas que contiene la palabra. Sí, nadie se le equipara en anticipar los movimiento para fijar el escenario de los cuerpos disfrazados de sí mismos, por medio de la disposición de las disciplinas humanísticas, excepto cuando está borracho, específicamente a 7.3 grados en la escala de Lowry. A partir de ese momento, que generalmente ocurre en la hora del amigo, ya dentro de las piqueras de mala muerte sobre la periferia de la ciudad o contra la última pared defensiva de colillas de cigarro en “El anzuelo” o bajo el sol negro del célebre bar “El Rincón Brujo”, aquella fama de Charles Baudelaire o Arthur Rimbaud es un chiste para cretinos. La cabeza en llamas lo convierte en el desconsolado príncipe de Aquitania de la torre abolida, sin importar si la botana es chicharrón. Una vez que es servida su bebida favorita, ron “Polo Hoyos” en un vaso bullicioso, el magnífico poeta favorito podrá, resumido en sus propias palabras, aclimatarse al aire que le ofende. Su conversación, incisiva y exacta, procede de su exigencia hialina, como la necedad de Nerval, paseando una langosta con una cinta azul, torturado por perfección. Nuestro Nacho no tiene cuidado en salpicar la cara de sus intermitentes apóstoles al lado suyo, con saliva y selecciones de Rilke, Pessoa o Paz. Acto seguido, confunde a nuestra mesera con Perséfone y le dedica unos versos en la servilleta, sin doblar el codo un momento. Aprovechando un descuido, yo tomo el papel y leo: El tiempo sin ti, suena “empo”. No quiere decir nada. Tiki-tiki-dababum.
-Hay dos palabras que te abrirán muchas puertas – me aconseja, curvando la espalda.
-Dime, quiero saber.
-Jale y empuje
Mi estómago se queda quieto en el vómito. Nacho saca esa exclamación ronca de regaño.
-Estamos cayendo en frivolidades. Mejor váyanse de mi vista.
Ciertamente, su método pone a ver doble. Es eso, su severidad, la que quita las trabas al pensamiento, con niveles de meditación que te pueden llevar a orinarte en los pantalones, si la cabeza vuela y el cuerpo permanece un buen rato sentado. ¿No, eh? Quienes al combatirlo o glorificarlo le dan acento bíblico, para mí han comprendido mal su lección. Por ejemplo, es sabido que para escribir Edgar Allan Poe usó esta extraordinaria técnica de estupor etílico. Si no, ¿de qué otra forma el poeta pudo haber dar inicio al romanticismo forense, cobijando los cuervos a la arribada de unos mil años y pico o nunca jamás? En tiempos modernos, Charles Bukowski y Vicente Huidobro se pasean con brindis legendarios. Ahora bien, para escribir borracho, se necesitan dos cosas: una pluma y un cartón. Por aquellos que pensaron en el papel tradicional, el cartón  es Superior. Pero igual sirve la marca Tecate, tratándose de Carta Blanca. Se empieza por tomar una botella a elección, para descompletar nuestra caja de cervezas en el borrado principio del suelo, y se trata de escribir con la pluma lo primero que se nos ocurra al primer sorbo y dessa manera uno va asssí como comen-zando. Se toma un segundo tra-go y lkuego puesed ponerte a escribi un poc maaas. Lueo se reee-pite los passsos hasta que ssse te rebuelban las letrasss, bor esso es imporrrrtante no escribir musho, porque dessspués uno ve e’fantes y nononoahora si ya enotoce en ke ibamo, lo brimero era que con 15. Dil carrrton. Esshate otra, no se te entined naaaauugh. S’lud.
Sí, salud, porque muchas veces nos emociona más el acento del poeta, que lo que llaman su mensaje. ¿Dónde están los originales?
***
Manuel Maples Arce y Luis Cardoza y Aragón entran a la cantina. Ambos arman un lío estridente.
***
Elena Garro entra a la cantina. El cantinero la deja beber en paz.
Jorge Cuesta entra a la cantina. Nunca más se vuelve a saber algo de su persona.
Rosario Castellanos entra a la cantina, suponiendo que es una cantina. En realidad, es una cantina. La escritora se convierte en la botana del lugar.
***
Salvador Novo entra a la cantina y decide remodelarla.
Amado Nervo entra a la cantina exactamente a las 14:14 hrs, un día después de la vuelta de siglo y solicita un vaso con agua, con una mueca espantosa. Cincuenta años más tarde, Gilberto Owen entra a la misma cantina, a la misma hora. Pero tanta coincidencia le aguza el ingenio para divertirnos a costa del vaso de agua simbólico de Amado Nervo.
Nahui Ollin le palmotea las nalgas a Pita Amor, ante la extrañeza de todos, que no han escuchado de las cantinas gay. Guadalupe Marín estaba ahí por obligación y tratando de violar las reglas, como robarles la cartera en el descuido, porque quien más lo hiciera resultaba la más admirada.
***
Salvador Díaz Mirón entra a la cantina y golpea a Manuel Gutiérrez Nájera por salirle con cuentos, a la hora de invitar un trago. Juan José Tablada estornuda: Haikú.
Francisco Hernández entra a la cantina y vuelve a salir. Nadie parece recordarlo después.
Tomás Segovia entra a la cantina y pretende pagar su consumo con tarjeta de crédito. El cantinero duda en formalizar un exilio del cuál jamás se habló, desde que lo mira expulsando el humo imaginario de su pipa apagada.
Jaime Sabines entra en la cantina y baila con su madre, que es la fichera que se calatea mejor.
***
Juan José Arreola entra a la cantina y voltea las mesas de cabeza. El cantinero lo reprende: “Oye, ¿Qué te pasa?”. Arreola responde: “¡No me gusta perder en ajedrez!”.
***
Octavio Paz entra a la cantina, donde tiene sus escenarios favoritos y cada cual le ha asignado un nombre: La barra es la Piedra del Sol. La rockola era revista vuelta y el baño es mejor conocido como el laberinto de la soledad.
Xavier Villaurrutia entra a la cantina y antes de ordenar algo, tiene las mismas equivocaciones hasta la eternidad.
Elsa Cross entra a la cantina. El cantinero pregunta: “¿Qué se toma?”. Elsa responde: “Nomás un extracto”.
***
Marco Antonio Solis entra a la cantina. El cantinero le reprende: ¡Hey, tú no eres poeta ni por casualidad!
Alfonso Reyes entra a la cantina. Él ordena un menú
Carlos Pellicer entra al bar y pide un tequila, durante la hora del amigo. El cantinero le anuncia: “Son cincuenta pesos”. Pellicer niega con la cabeza y aclara: “Yo estoy becado”
***
En fin, todos los poetas en la hermosa deuda con el desencanto. Volviendo al verbo del presente, soltamos la botella del cuello y tenemos cumpliéndose ocho años de abstinencia en el poeta, o sea, Nacho soltando al bohemio del cuello por cuestiones de esfuerzo propio y del grupo anónimo que pertenece. ¿Quién es, entonces, el verdadero Ignacio García, de carne y hueso, enemigo de los premios y las presentaciones en público? Al explorar esta pregunta, se me ha ocurrido que voy a dar un atisbo a la moderna televisión con Cristina o Laura, en la continuación de lo que otros Ignacio García no pudieron confesar o terminar, y, de paso, apoderarme del público en los asientos traseros con un vehículo de sorpresas que rime con Bashō, el poeta. O “Vocho” de cuatro puertas.
La primera vez que le vi en la Casa Museo “Salvador Díaz Mirón”, se acompañaba de sus amigos Manuel Salinas y Arturo García Niño. Le recuerdo incandescente, linchado por sí mismo, estrangulado con ligero sobrepeso, fértil en relámpagos y desplomes, errabundo, imposibilitado para la coherencia exterior, anárquico a fuerza de honestidad. Sus criterios son tan cambiantes, dentro de su unidad poética, que es inasible. No sé bien que acepta y que rechaza dentro del morral que carga. Por eso lo agobio con preguntas que la literatura ignora. Por ejemplo, ¿Dante fue zurdo o diestro? ¿Alguna vez Virginia Woolf posó al desnudo, en este mundo dominado por los hombres? ¿Homero palpaba los pechos por sinvergüenza o realmente fue ciego? ¿Era Antonio tan Machado como aparentaba? ¿Después de elogiar a Reyes, Monsivaís en Paz?
Huelga explicar que yo era un novato expulsado de todas partes, con un manojo de poemas sin terminar y suponiendo que podía ser tomado bajo su ala si me acercaba con apariencia de ingenuo. Así que llegué a la casa Díaz Mirón disfrazado de Díaz Mirón, pero el bigote postizo es de chocolate espumoso y, por supuesto, no le tomo el pelo a nadie. Quizás porque el bigote es más común en la mujeres que los hombres, a partir de Tiziano Ferro. Yo opino que se traguen sus estadísticas, porque el asunto más discutido con GQ, respecto a la sombra bajo mi nariz, es volverme metrosexual como Super Mario Bros. Anyway, Nacho generosamente dio una hojeada a mi libreta, apuntando las palabras de difícil rima, tales como “closet”, “gratis”, “hippie” o “Volkswagen”, y me otorga su dictamen: “Muchacho, en la poesía existen poemas de largo aliento, existen poemas de corto aliento y existen poemas de mal aliento. Tú eres un poeta, pero ni tú lo sabes. Mira, si leer da frutos, que lean los árboles. Y si el escribir engrandece, que escriban los enanos”.
Ese es el Nacho García de los inicios.
Desde entonces, a la distancia, valiéndome de Carolina Cruz, la siguiente reunión ocurre en la hoja “Sólo para intelectuales”, del Periódico Notiver. Fue una reunión local. Sin mayor trascendencia. Alguien habló de Carlos Torres como el enorme gurú del ocio literario puro y se pensó en él para que participara. Ni siquiera mostró la cara. Más aún, abarcando los recuerdos del suplemento Azul marino, Nacho refiere que al admirado amigo lo obligaron a suprimir varios poemas morbosos y, en iguales condiciones que la fábula Zen sobre la rueda de molino de la humillación, el editor acabó por otorgarle la faceta de genio y simplificar el alejamiento tenido con los cuates y compinches, para hacerse el gigoló de una maestra jubilada. Frase famosa: Hay rompecabezas cuyo reino no es de este mundo.
En la calle, Nacho se detiene frente al Volkswagen Sedán de Carlos Torres. “Vamos a pasarle una corcholata”, me dice. Sus ojos giran de manera hipnótica. Yo asumo que se trata de “Nacho siendo Nacho Man” y trato de tomarlo a broma. “Si estuviera aquí Dalí, tendría menos trabajo de surrealista”, me reprende, en tanto pasa el pulso a lo largo de la pintura negra y graba un torcido “Hulero” en la puerta del lado del piloto. Yo trato de disuadirlo fuera de su animada realidad mística, pero explica: “A Carlos Torres se le regatea como a pocos. El magnífico rebelde entre los rebeldes. No lo soporto, cuando él no se ha quedado quieto donde yo estoy. ¿Lo puedes ver? Durante los setentas, ambos pudimos pararnos frente a la multitud enfurecida, pero sólo a él verlo correr el momento que la gente grita y manotea: Colguemos a esos hombres con pelo largo. Y tan escrupuloso como Ezra Pound, quién quita por la tarde la coma que puso en la mañana laboriosa y en la madrugada vuelve a cambiar de opinión, yo digo: No cabrones, mejor usen una cuerda conmigo”.
Me quedo mirando, preguntando qué sucede a nuestra amistad.
Nacho desvía la mirada y me indica con el dedo: “Le falta un ojal a tu camisa”
Consternado, bajo la mirada, sólo para conseguir que éste levante el dedo a rasguñarme la nariz y me haga perder el equilibrio. Sentado en el pavimento, descubro que Nacho, en su desplante, me ha dado un precioso regalo al final. Cierto, me hallo con un botón sobrante, pero el botón es flor es escarabajo, una voz propia. Y lo más importante de todo, he conseguido arrebatarle las rimas obstinadas, en el súbito peso y movimiento de los vocablos “closet”, “gratis”, “hippie” y “Volkswagen”.
Pero se me olvida, los grandes libros no son grandes cuando están escritos sin grandeza. Este es el libro del fuego, donde se anota que sólo se puede ser bonzo, una vez en la vida. Al adentrarme en el eje de la flama, la vida me pasa delante de los ojos en una serie de ilustres viñetas, mientras boqueo por aire. Me hallo sofocado por el ejercicio de versos que queman la memoria y el olvido. No es, sino hasta que finalizo la lectura completa del libro, que me queda el corazón, intacto, entre las cenizas, semejante a Juana de Arco.
Previo a este poemario, Utopía de lo Imposible, en su versión CD, es el hermano gemelo que se quiere colgar de su sangre, salvo en su precio. Asume la lengua porvenir, la multimedia. El día de su presentación privada, en casa de Isabel Lorenzo, el autor me dice: Utopía de lo imposible es un molde acorde a aquella utopía de la paz de Joseph Goebbels, toda vez que tenemos la comprobación histórica que las naciones buscan la guerra para preservarla. Abro la caja en un acto reflejo y la hallo vacía, le señalo: Tu unidad lectora debe funcionar de portavasos, que cualquier otra incumbencia de almacenamiento. Aquel soltó una carcajada y se olvida el asunto. Lentamente, el libro electrónico demuestra que es algo más que música y efectos de luz y color, nutrido con los primeros tanteos de una Biblia Otaku, este calificativo honorifico en el registro coloquial de los ochentas. A lo largo de la sesión, el público luce solícito a tal hipérbaton gráfico como los ingenieros de Ford. Ignacio García es un hombre visual que enseña a leer a los que ya saben leer. Digo esto, porque las herramientas actuales de la comunicación, nos han conseguido más escritores de los que pudiéramos sumar en seis mil años de historia. El mundo moderno lleva a cabo el sueño de Maples Arce, que imaginó un poema colectivo, seis mil millones de escribas, transmitiendo simultáneamente avisos, recetas, chistes, canciones, chismes, amenazas, ideas, verdades y mentiras. El joven Alejandro conquistó Tracia y Bactriana, pero ¿Quién guisaba el banquete de celebración? Tantas victorias, tan poca información.
La oferta cultural da paso a El cuaderno del Escriba, nuestro poemario homenajeado, cuyo texto consta de cien cantos, dispuestos en dos planos heterónimos, como el sistema del tocadiscos. Un astrolabio central para ubicar el poema. Conceptualmente, el sentimiento a gran escala entre ambos trabajos referidos, es muy parecido a las premisas prerrenacentistas en Jorge Manrique. Sea como sea, la naturaleza humana no cambia. Nos equivocamos y lo sabemos. La razón es incendiaria. Por ello imagino que imagina como un faquir ante el arte de dormir en cama de clavos, de ahí la inspiración. Acto seguido, camina sobre el fuego. Vive de destruirse. Es un caso para los bomberos. Tomemos un fragmento del Canto XXXI del eminente cuaderno, que dice: Es ese habitar de las tardes / en las visiones e imaginerías / en la verdad debida a llama limpia / … / Ese fuego incendia / el único posible de mis caminos. Ahora, repasemos el Canto XXXI antípoda, que dice: ¡Qué hermoso es el silencio! / De eso hablamos / Nuestras substancias siempre son / cohetes de pólvora y ceniza / explotando a tiempo en nuestras manos.
En ambos lances encontrados del diseño general, podrán notar que el elemento dispositivo del compás es simple cuestión de fijar tal o cuál postura persuasiva, ante un dilema de ronda mayor y mantenerse en su defensa contra todos los tratados, todos los profesores y todos los denuestos. Es el regreso de la paradoja del vaso medio vacío o medio lleno, sin lúcida respuesta para una doctrina. Pero como una mesera del “Coco bongo” acertadamente razonó, esa apreciación depende del atento ojo en quién toma o quién sirve.
El cuaderno del Escriba (y no confundir con el cuaderno doble raya del Scribe) es el libro número veinte de Ignacio García. De los poemarios memorables que ha escrito entre nosotros, doy repaso a algunos títulos: La sombra del bisonte (1988), La corona de hierro (1991), Blues del estratega (1996), Poemas donde la luz alterna (2000), Sobre el fulgor, la navaja (2006), Utopía de lo imposible (2009), Los elementos del reino (2010) y los que podemos esperar, hasta que sus neuronas se apaguen. Ah, la hoguera del Homo Sapiens. Al margen, valen los cien cantos a usanza de una imagen, que insertar una publicidad que rime con “Volkswagen”. Sobrio y confiable, que la suma de sus partes.

viernes, marzo 11, 2011

LOS ELEMENTOS DEL REINO - 10-03-2011


LOS ELEMENTOS DEL REINO

En este número

Jaime Bucay



Lourdes Franyuti



Ignacio García

Jaime Bucay: La tristeza y la furia

JAIME BUCAY
LA TRISTEZA Y LA FURIA

En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas.
Había una vez... un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente...
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos entraron al estanque.
La furia, apurada (como siempre esta la furia), urgida -sin saber por qué- se baño rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega, o por lo menos no distingue claramente la realidad, así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, la primera ropa que encontró...
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con que su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... está escondida la tristeza.

Lourdes Frayuti: Un grito de soledad



Un grito de soledad.
Lourdes Franyuti.

El silencio se hace presente. El viento resopla llevándose las pocas hojas que todavía cuelgan del almendro, ese almendro viejo que guarda en cada rama mal sostenida una fatiga y desdén acumulados desde hace años atrás; precisamente 36 otoños han pasado desde que plantaron el árbol. El día que nací lo sembró mi abuelo en el jardín colindante a la ventana de mi recámara.

Es ya de madrugada y recostada desde mi cama puedo percibir cómo mueve su tronco, la manera que arranca una a una, las hojas arrugadas; aguardando como fiel centinela, firme y gallardo, la orden para ejecutarla de inmediato. Siempre he sentido un cariño especial por el árbol, es un ser vivo que ha nacido conmigo y podría decirse que es mi hermano gemelo. Tal parece que en vez de sembrar un tronco, empotraron en el suelo un espejo donde me observo cada vez que volteo hacia él.

Él sabe todos mis secretos, sabe de mis emociones, de mis alegrías y mis penas. Tiene grabadas mis iniciales, éstas las marqué el día que cumplí quince años; aquella época divertida, que por más que transcurrieran los días, meses o años, las estaciones siempre eran primavera. Estos últimos días he sentido un impulso de hacer porque desaparezca. Tengo la sensación de que, más que un amigo, se ha convertido en un guardián acechante. Ha resistido las altas temperaturas de agosto, las mañanas heladas de enero, las lluvias constantes del verano. Nunca ha claudicado, siempre erguido de raíz a punta.

Los minutos pasan y parece que el reloj se detiene. Desde aquí, puedo divisar, no solo la sombra del almendro, aprecio perfectamente la silueta del mismo. La noche es muy clara y permite ver a través de la ventana. La temperatura ha bajado considerablemente y me hago un ovillo para no sentir frío. El frío es más intenso y empiezo a temblar… Presiento que algo desagradable me va a pasar, pero al mismo tiempo respiro hondo para calmar mis pensamientos.

Desde hace tres años, tengo pleno conocimiento de que mi paso por la vida está llegando a su fin. Estoy enferma y mi último día se acerca cada vez más. Me han inyectado morfina para aminorar el dolor en mi cuerpo y creo que mi alma se debilita aún más. Me reincorporo sobre mi almohada y observo el almendro: Sus hojas se han ido, repentinamente, las ramas se están rompiendo y lo peor, el tronco empieza a debilitarse y se inclina. Una ráfaga violenta lo arranca de la raíz y pega contra mi ventana. Tal parece que ha dado un grito. No entiendo lo que pasa, siento calma y paz, que me hacen gritar al mismo tiempo que el árbol. Nadie me escucha, nadie me habla, sólo él… El viento hace girar el tronco y me permite ver mis iniciales, pero forzando la vista leo algo más: “Gracias”. Al parpadear, el tronco se aleja dejándome inmersa en una terrible soledad, añorando su presencia…

Es de mañana y al asomarse el primer rayo de luz, me levanto y observo el almendro, siento una felicidad absoluta al percatarme de que está de pie. Es en este momento en que me recuesto y me duermo profundamente.

lunes, marzo 07, 2011

Ignacio García: Instantánea

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El sincretismo, ese que alude a la conciliación de ideas (filosóficas, religiosas, etc.),  procedentes de ámbitos culturales distintos, la que  supone síntesis de pensamientos y formas de vida en forma de breviario, se halla casi a la vuelta de la esquina de la existencia  cuando uno escribe, tiene frente a sí un cuadro y escucha música, y garrapatea un cuaderno (por no agregar más elementos al asunto).
Cuando esto sucede no hay más remedio que (a manera de instante súbito) expresar esto que se escapa del corazón a la manera de  The light of spirit, del autor japonés Kitaro, la obra enigmática de Antoni Tápies y la pasión de una pluma alicaída como la mía.


De las diversas versiones que Kitaro posee de The Light of Spirit, la que aquí presentamos inicia con un instrumento de viento: como si ese espíritu escapara o rindiera tributo oriental a aquella frase del Evangelio de Juan que dice: "El viento de donde quiera sopla y viene, así es el que es nacido del espíritu". El comienzo es una verdadera invitación para el respiro tranquilo, la dualidad del estar-y-no-estar: en ambos artistas la jaula está  abierta --con hebras suaves y delicadas-- para "ese ruiseñor / que a veces no viene / a veces dos." Así, aislados, sonido e imagen, traducen para el espectador-poeta su sitio en un punto del universo, hasta traerlo a ese grumo invisible donde el universo no se encuentra ya en la palma de la mano, sino en el aire que ronda una de la yema de los dedos: menos nuestro el acontecer; más de esa mente que juguetea consigo misma a saber quién la hizo capaz de imaginar e inclinarse sobre la hoja en blanco o erigir esos lirios de Tápies (apenas esbozados) pero que saben que, el que los mira, se halla de viaje.


El alternar ese principio de aire con la armónica con el silbo delicado del violín, saturado del mismo fuego sideral, no es tan sorpresivo como lo es esa desgarradura que Tapiés abre en su collage para que penetre la luz y el espíritu se envuelva en ella por medio de las desconocidas letras que posee el libro. No importa cuánto tiempo ha pasado. "Los días  lentos / se apilan evocando / un viejo antaño.


¿Qué hay dentro del ese libro demi-desgarrado en las pastas?. Se sabe que Tápies no es poeta pero en todas sus obras por lo general trata de mostrarnos (collage y cuadros) qué es para él la visión oculta, principalmente a través de letras y signos --en este caso de un libro.
Kitaro, en la música prolonga el hecho de una luz que no alumbra nada material, destazado, hecho leña, sino una necesitada de los ojos de una mujer como inicio de esa vela incandescente que incendia el espíritu y permita iluminar la letra del cuaderno. El músico continúa subiendo de tono a la flama, y luego son coros y demás instrumentos los que --cual fogata resplandeciente van guiando esa parte del espíritu ya iluminada, y arrastra las cosas que antes había dejado en la oscuridad total. Al igual, Tapiés espera la mano que dé totalmente libertad a esa otra luz que es el libro para convertirlo --ya no en el instrumento oculto---, sino en la verdadera antorcha del espíritu, transportadora de fiebres y sueños a lo largo de sus páginas.


Sin los ardores de esa luz, uno  exclamaría junto con Issa: "De no estar tú/ demasiado enorme sería el bosque": Como lo serían la tela de Tápies o el escenario de Kitario. Pero no. Aquí cabe decir de ambos: "Vuela una mariposa / que robó la mariposa / de otra mariposa."
Tanto Tápies como Kitaro poseen una tarea final de conducción: El hilo que guía la mente del espectador hacia nuevos horizontes del arte, y con ello el cumplimiento de un trabajo del espíritu: iluminar las cosas oscuras para hallar debajo de las partituras de Kitaro y del libro liberado de Tápies algo que --finalmente-- es la prosa que hace feliz al poeta y lo vuelve flama erguida: "¡Ah, que caliente / la piel de una mujer / la piel que esconde!".

viernes, marzo 04, 2011

Emile M. Cioran: Desgarraduras (Fragmento)

DESGARRADURAS (Fragmento)
Emile M. Cioran


 "Tiene usted mucha experiencia, escribía la marquesa Du Deffand a la duquesa de Choiseul, pero carece de una que espero no posea jamás: la privación del sentimiento, y el dolor de no poder prescindir de él".
 En el apogeo del artificio, aquella época tenía nostalgia de la ingenuidad, de la cualidad que más le faltaba. Al mismo tiempo, los sentimientos inocentes, los sentimientos verdaderos, los reservaba para el salvaje, el ingenuo o el tonto, modelos inaccesibles para espíritus tan poco preparados para revolcarse en la "estupidez", en la pura simplicidad. Una vez soberana, la inteligencia se yergue contra todos los valores ajenos a su actividad y no ofrece ninguna apariencia de realidad en la que apoyarse. Quien se apega a ella, por culto o por manía, desemboca infaliblemente en la "privación del sentimiento" y en la pesadumbre de haberse consagrado a un ídolo que no dispensa más que vacío, como bien testimonian las cartas de la marquesa Du Deffand, documento único sobre la plaga de la lucidez, exasperación de la conciencia, derroche de interrogaciones y perplejidades donde acaba el hombre aislado de todo, el hombre que ha dejado de ser natural. Por desgracia, una vez lúcidos, lo somos cada vez más: no existe medio alguno de escabullirse o de retroceder. Y ese progreso se realiza en detrimento de la vitalidad, del instinto. "No tengo fantasía ni temperamento", decía de sí misma la marquesa. Es comprensible que su relación con el Regente no durara más que dos semanas. Los dos se parecían demasiado, eran peligrosamente exteriores a sus propias sensaciones. ¿No se desarrolla el hastío, su tormento común, precisamente en el abismo que se abre entre la mente y los sentidos? Ningún movimiento espontáneo, ninguna inconsciencia es entonces posible. Y es el "amor" lo primero que sufre las consecuencias. La definición que de él dio Chamfort convenía bien a una época de "fantasía" y "epidermis", en la que alguien como Rivarol se jactaba de poder resolver, en el cenit de cierta convulsión, un problema de geometría. Todo era cerebral, hasta el espasmo. Y, fenómeno más grave aún, semejante alteración de los sentidos no afectó únicamente a algunos seres aislados; llegó a ser la deficiencia, la plaga de una clase extenuada por el uso constante de la ironía.
 Toda veleidad, al igual que toda manifestación de liberación, posee un lado negativo: cuando ya no arrastremos ninguna cadena... invisible, cuando seamos incapaces, por falta de vigor e inocencia, de forjarnos aún prohibiciones y nada nos limite desde dentro, formaremos una masa de esmirriados más expertos en la exégesis que en la práctica de la sexualidad. No se alcanza sin riesgos un alto grado de conciencia, del mismo modo que no nos deshacemos impunemente de ciertas servidumbres benéficas. Sin embargo, si el exceso de conciencia aumenta la conciencia, el exceso de libertad, fenómeno igualmente funesto pero en sentido inverso, acaba invariablemente con la libertad. De ahí que todo movimiento de emancipación represente a la vez un paso hacia adelante y un comienzo de declive.
 De la misma manera que una nación en la que nadie se rebaja a ser sirviente está perdida, se puede concebirse una humanidad en la que el individuo, imbuido de su propia unicidad, no acepte ningún trabajo por "honorable" que éste sea (ya Montesquieu consignaba en sus Cuadernos: "No soportamos nada que posea un objetivo determinado: quienes hacen la guerra no soportan la guerra; quienes trabajan en un despacho, el despacho; y así en otras muchas cosas"). Pese a todo, el hombre subsistirá mientras no pulverice sus últimos prejuicios y creencias; cuando se decida por fin a hacerlo, deslumbrado y aniquilado por su audacia, se encontrará desnudo frente al abismo que se abre tras la desaparición de todos los dogmas y tabúes.
 Quien pretende instalarse en una realidad u optar por un credo sin conseguirlo, se venga ridiculizando a quienes lo logran espontáneamente. La ironía procede de un apetito de inocencia frustrado, insatisfecho, que a fuerza de fracasos se agría y emponzoña; inevitablemente adquiere entonces una dimensión universal y si arremete sobre todo contra la religión es porque siente en secreto la amargura de no poder creer. Más pernicioso aún es el escarnio acerbo, rabioso, que degenera en sistema y raya en la autodestrucción. En l726, la marquesa Du Deffand viaja a Normandía para hacer compañía a la marquesa de Prie, allí exiliada. Cuenta Lemontey, en su Historia de la Regencia, que "cada mañana ambas amigas se enviaban las coplas satíricas que componían una contra otra".
 En un ambiente en el que la maledicencia era de rigor y se trasnochaba por miedo a la soledad ("No había nada que no prefiriese a la tristeza de irse a dormir", decía Duclos de una de las mujeres de moda), solamente podía ser sagrada la conversación, las expresiones corrosivas, las pullas de apariencia frívola e intención mortífera de las que nadie se libraba; lo cual da la razón a quienes han señalado como característica de la época, la "decadencia de la admiración". Todo concuerda: sin ingenuidad, sin piedad, es imposible admirar, considerar a los seres en sí mismos, según su realidad original y única, fuera de sus accidentes temporales. La admiración, prosternación interior que no implica humillación ni sentimiento alguno de impotencia, es la prerrogativa, la certidumbre y la salvación de los puros, de aquellos precisamente que no frecuentan los salones.

Hindra Ceballos López: TE FUISTE

TE  FUISTE

Hindra Ceballos López

¿Cuándo, dime,
te alejaste?
¿Entre los miles
de casos y cosas
que te comentaba,
o  nocturnos intentos
de complacer  
tu atención?

Ávida invento,  
acaricio  la idea
que toca amorosa
tu silueta de sombras;
Caóticos  rasgos
envuelven el juicio
dibujando tu voz…
Colores vacíos
atraviesan miradas,

Tóxica pena,
Sin definirte
en mis playas
Inconsistente vaivén
refleja  fantasmas,
ectoplasma disuelto
entre  espuma
 y delirio
palabras  y yo;

¡Comparece conciencia¡
Veredicto  exijo
Si culpable soy
De alimentar
 la quimera
Engañosa y sinrazón
Que en afán
de música
y poesía
tu historia bordó                                                        1

Sentencia de vida,
 ya tengo…
La que ejerzo
al morir
cada vez
que despierto
Sin tu aroma
en mi lecho
vestido de letras;

Queda romper
espejo enceguecido
refractando desiertos
con destellos de ti,
Sus dagas de vidrio
esperan lamer
la perturbada
sangre…  amante
espesa, viscosa
por falta
de besos;

temible,
fuera de mi
la nada despedazo
necio anhelo…
fiero  arrebato,
arrebato
tu esencia,
la estampo impetuosa
en letra agrietada
doliente poesía
poesía abandonada.