WISLAWA SZYMBORSKA, MANOJO DE SUEÑOS
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
Venerable como un papiro antiguo, ha muerto en voz baja una de las madres de la literatura universal. Wislawa con sus ojos negros y su nariz de maga encantada nos ha dejado de pie junto a su imagen sentada a la puerta de su casa. Sentada como aguardando el correo o esperando la llegada de la sombra de la Luna.
Cuando frisaba los 22 años apareció publicado su poema Busco la palabra y hasta su muerte hace cuatro días, a los 88 años, vivió adherida a ella. Ella era un dúo de dos palabras en lengua polaca que aprendimos a amar. De mirada de alondra cansada, de sonrisa tenue y semblante discreto y bonachón. De figura simple y acuosa nunca apareció ante el público con aura de diva o de sombrero alón. Trabajó de ferroviaria y de secretaria y padeció la persecución política que la obligó a trabajos forzados.
El calificativo de “Mozart de la Literatura” con que la llamó la Academia sueca en la nota de comunicación del premio Nobel dice relación a la clásica musicalidad de su escritura. Escribió como haría una partitura un pájaro. Picando aquí, cogiendo una pajita allá, volando corto y lanzando al aire un llamado al vecino con su trino.
Si Acaso
Podía ocurrir.
Tenía que ocurrir.
Ocurrió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Ocurrió; no a ti.
Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque hacía sol.
Por fortuna había allí un bosque.
Por fortuna no había árboles.
Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.
Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.
Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,
a un paso, por un pelo,
por casualidad,
¡Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía entreabierto?
¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto? No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.
Escucha
cuán rápido me late tu corazón.
Tenía que ocurrir.
Ocurrió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Ocurrió; no a ti.
Te salvaste porque fuiste el primero.
Te salvaste porque fuiste el último.
Porque estabas solo. Porque la gente.
Porque a la izquierda. Porque a la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque hacía sol.
Por fortuna había allí un bosque.
Por fortuna no había árboles.
Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,
un marco, una curva, un milímetro, un segundo.
Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.
Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.
Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,
a un paso, por un pelo,
por casualidad,
¡Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía entreabierto?
¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto? No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.
Escucha
cuán rápido me late tu corazón.
Versión de Abel A. Murcia
Suena tan personal esta canción como si su boca nos la estuviera leyendo junto al oído y como si estuviera haciendo una charada. Ningún laberinto, ninguna cripta ni asomo de cruel filosofía. Para ella el amor no tenía fisuras, límites, tiempo y podía ocurrir por casualidad. Toda femenina, como un gato que se arquea, detiene su habla y pone su corazón encima del nuestro para que lata al ritmo de la misma melodía.
Estoy demasiado cerca
Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.
Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
se han sentado ángeles caídos.
Versión de Elzbieta Borkiewicz
Wislawa nos dice aquí que está muy cerca. Y es cierto. Ella ha cerrado sus ojos y no los volverá a abrir. Pero si salimos a la esquina, allá en el parque, cercada de abedules, la encontraremos sentada ofreciéndonos abierto alguno de sus libros o conversando con algún ángel caído que no le impedirá mirarnos sobre sus lentes.
05-02-12 16:31
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