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lunes, diciembre 27, 2010

. RAYMOND CARVER: DE QUE HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE MINIMALISMO

RAYMOND CARVER: DE QUE HABLAMOS
CUANDO HABLAMOS DE MINIMALISMO
(Entrevista con L. MAFFERY Y S. GREGORY)
S.G. - Muchos relatos suyos o bien empiezan con una leve
perturbación de lo cotidiano por una sensación de amenaza o
se desenvuelven en ese sentido. ¿Esta tendencia es el
resultado de una convicción suya de que la mayor parte de la
gente siente que el mundo le amenaza? ¿O tiene más que ver
con una decisión estética, el hecho de que la amenaza
contiene más posibilidades interesantes para la narración?
R.C. - Sí, es verdad que muchos personajes en mis relatos
encuentran que el mundo les amenaza. La gente sobre la que he
elegido escribir sí se siente amenazada, y creo que mucha gente, si
no la mayoría, siente que el mundo les amenaza. De las personas que
lean esta entrevista, no habrá tantas que se sientan amenazadas en
el sentido que digo. La mayoría de nuestros amigos y conocidos, los
suyos y los míos, no tienen esta sensación, pero hay gente que vive
al otro lado. La amenaza está ahí, se puede palpar. En cuanto a la
segunda parte de su pregunta, eso también es verdad. La amenaza
contiene, por lo menos para mí, más posibilidades interesantes que
se pueden explorar.
S.G. - En el artículo que escribió sobre su padre para
Esquire, menciona un poema que escribió. "Photograph of My
Father in His 22nd Year"; y dice que "el poema era una
manera de intentar contactar con él': ¿Le ofrece la poesía un
medio más directo de conectar con su pasado?
R.C. - Desde luego que sí. Es un medio más inmediato, más
rápido de conectar. Componer estos poemas satisface mi deseo de
escribir algo, y contar una historia, todos los días, en algunos casos
dos o tres veces, incluso cuatro o cinco veces, al día. Pero en lo que
se refiere a conectar con mi pasado, hay que decir que mis poemas
(y mis relatos también), aunque todos pueden tener algún
fundamento dentro de mi experiencia, también son imaginativos. La
mayoría son totalmente inventados.
L.M. - Así que incluso en su poesía, ¿la persona que habla
nunea es "usted" precisamente?
R.C. - No. Lo mismo que en mis relatos, aquellos relatos contados
en primera persona, por ejemplo. Yo no soy esos narradores.
S.G. - En su poema "For Semra, with Martial Vigor"; su
narrador le dice a una mujer, "Todos los poemas son poemas
de amor”: ¿Esto se podría aplicar en algún sentido a su propia
poesía?
R.G. - Todos los poemas son actos de amor, y de fe. Las
recompensas por escribir poesía son tan pocas, ya sean monetarias o
en términos de, ya sabe, la fama y la gloria, que el acto de escribir un
poema tiene que ser un acto que se justifique por sí solo, y en
realidad que no tenga otro objetivo. Para querer escribir poesía, realmente
hay que amarla. En ese sentido, pues, todos los poemas son
poemas de amor.
L.M. - ¿Encuentra Ud. algún problema en cambiar de
género? ¿Supone un proceso de composición distinto?
R.C. - Hacer ese tipo de juegos malabares nunca me ha supuesto
ningún problema. Supongo que habría sido más sorprendente en el
caso de un escritor que no hubiera trabajado en las dos áreas lento
como yo. En realidad, siempre me ha parecido, y lo sigo afirmando,
que la poesía en su efecto y en la manera en que se compone, se
encuentra más cerca de un relato que el relato de una novela. Los
relatos y la poesía tienen más en común en lo referente a lo que se
propone el escritor, en la comprensión del lenguaje y las emociones,
en el cuidado y el control necesario pare conseguir sus efectos. A mí,
el proceso de escribir un relato o un poema nunca me ha parecido
muy diferente. Todo lo que escribo tiene un mismo origen, surge de
la misma fuente, sea un relato, un ensayo, un poema o un guión.
Cuando me pongo a escribir, empiezo literalmente con una frase o
con una línea. Siempre necesito tener esa primera línea metida en la
cabeza, se trate de un poema o de un relato. Más tarde, todo lo
demás puede cambiarse, pero esa primera línea se cambia muy
pocas veces. De alguna forma me empuja hacia la segunda línea, y
después el proceso empieza a cobrar ímpetu y adquirir una dirección.
Repaso y modifico muchas veces casi todo lo que escribo; vuelvo
atrás y otra vez adelante. No me importa repasar; en realidad
disfruto haciéndolo.
L.M. - Una relación que puede existir entre su poesía y su
narrativa tiene que ver con la manera en que el impacto de
L. Maffery y S. Gregory. Raymond Carver: De Qué Hablamos Cuando Hablamos de Minimalismo.
sus relatos parece centrarse muchas veces en una sola
imagen: un pavo real, un cigarro, un coche. Estas imágenes
parecen funcionar como imágenes poéticas, es decir, organizan
la historia, y conducen nuestras reacciones hacia una
compleja serie de asociaciones. ¿Hasta qué punto es Ud. consciente
de desarrollar este tipo de imagen dominante?
R.C. - No soy consciente de crear una imagen central en mi obra
narrativa que controle la historia de la misma manera en que las
imágenes, o una cola imagen, controla muchas veces una obra
poética. Tengo una imagen en la cabeza, pero parecen nacer de la
historia de un modo orgánico y natural. Por ejemplo, no me había
dado cuenta con anterioridad de que la imagen del pavo real
dominaría tanto "Feathers". Me parecía simplemente que el pavo real
era algo que una familia que vivía en una pequeña granja podría
tener corriendo por ahí. Y no lo metí con la intención de que
funcionase como un símbolo. Cuando estoy escribiendo, no pienso en
términos del desarrollo de símbolos, o de qué servirá una imagen.
Cuando doy con una imagen que parezca funcionar y que represente
lo que debe representar (puede representar muchas más cosas
también), pues estupendo. Pero no soy consciente de haberlo
ponderado. Parecen ocurrir y evolucionar ellas mismas. Yo
verdaderamente las invento, y posteriormente parecen formarse
cosas alrededor de ellas a medida que van ocurriendo
acontecimientos, el recuerdo y la imaginación empiezan a darles
color, etc.
S.G. - En un ensayo contenido en Fires, Ud hace un
comentario que para mí describe perfectamente uno de los aspectos
más distintivos de su obra narrativa: "Es posible, en un
poema o un relato, escribir sobre cosas y objetos corrientes
empleando un lenguaje corriente, y dotar estas cosas -una
ventana, unas coronas, un tenedor, una piedra, un pendiente
de mujer - de una fuerza inmensa, incluso desconcertante”:
Me doy cuenta de que cada relato es diferente en este aspecto,
¿pero cómo se arregla uno para dotar a estos objetos
corrientes de tal fuerza y tal énfasis?
R.C. - No soy muy dado a la retórica o la abstracción en la vida,
en el pensamiento o en mi obra, y por lo tanto quiero que la gente
sobre la que escribo esté situada en un fondo lo más palpable posible.
Esto puede requerir la inclusión de un televisor o una mesa o un
rotulador encima de un escritorio, pero si se van a incluir estas cosas
en la escena, no pueden permanecer inertes. No quiero decir que
adquieran vida propia, exactamente, sino que deben hacer sentir su
presencia de una forma u otra. Si vas a describir una cuchara o una
silla o un televisor, no quieres limitarme a colocar estas cosas en la
escena y luego abandonarlas. Quieres darles cierto peso, conectarlas
con las vidas que las rodean. Estos objetos, para mí, tienen un papel
en los relatos; no son "personajes" en el sentido en que lo son las
personas, pero están ahí, y quiero que mis lectores se den cuenta de
que están ahí, que sepan que este cenicero está aquí, que la
televisión está allí (y encendida o apagada), que en la chimenea hay
latas de refrescos tiradas.
S.G. - ¿Que le hace escribir relatos y poemas en lugar de
géneros más extensos?
R.G. - Para empezar, cuando cojo una revista literaria, lo primero
que miro es la poesía, y luego leo los relatos. Casi nunca leo otra
cosa, ensayos, crítica o lo que sea. Así que supongo que me atrajo la
forma, y con esto quiero decir la brevedad, de la poesía y la narrativa
corta desde el principio. Y también, la poesía y la narración
eran cosas que se podían hacer en un período razonable de tiempo.
Cuando empecé a escribir viajaba mucho, y había muchas
distracciones cotidianas, ocupaciones extrañas, responsabilidades
familiares. Mi vida parecía muy frágil, y quería empezar algo en que
sintiera que tenía alguna probabilidad de terminar la obra, lo cual
quería decir que necesitaba acabar las cosas de prisa, en un período
breve de tiempo. Como acabo de decir, la poesía y la narrativa
parecían tan próximas en forma y fines, tan cercanas a lo que me
interesaba hacer, que al principio no me costaba ningún trabajo
cambiar de una a otra.
L.M. - ¿Qué poetas leía y admiraba, y quizás influían en Ud.
cuando estaba desarrollando sus nociones del ante de la
poesía? Sus ambientes exteriores podrían sugerir a James
Dickey, pero yo encuentro una influencia más probable de William
Carlos Williams.
R.C. - Williams desde luego tuvo una influencia clara; era mi
héroe. Cuando empecé a escribir poesía estaba leyendo sus poemas.
Una vez hasta tuve la temeridad de escribirle y pedirle un poema
para una revista que estaba montando en la Universidad de Chico
State, titulada Selection. Creo que llegamos a sacar tres números: yo
fui editor del primero. Pero Carlos Williams de hecho me mandó un
poema. Ver su firma al final del poema me llenó de sorpresa y
regocijo. Por decir poco. La poesía de Dickey no significa tanto, aunque
estaba llegando a su plenitud cuando yo empezaba, a principios
de los años sesenta. Me gustaba la poesía de Creeley, y más tarde
Robert Bly, Don Halla, Galway Kinneil, James Wright, Dick Hugo, Gary
Snyder, Archie Ammons, Merwin, Ted Hughes. En realidad no sabía
nada cuando empecé, sólo leía lo que la gente me daba, pero nunca
me atrajo la poesía muy intelectualizada, los poetas metafísicos y
eso.
S.G. Al lector enseguida le llama la atención el aspecto
lacónico, "limado"; de su obra, sobre todo la obra anterior a
Catedral ¿Este estilo fue algo que se fue desarrollando, o fue
suyo desde el principio?
R.C. -Siempre, desde el principio, me fascinó el proceso de
corregir tanto como el de la primera factura. Siempre me ha
encantado coger frases y jugar con ellas, reducirlas, "limarlas" hasta
el punto en que las encuentro sólidas. Esto puede deberse a que fui
alumno de John Gardner, porque me dijo algo que encontró respuesta
inmediata en mí: Si puedes decirlo en quince palabras en vez de
veinte o treinta, dilo en quince. Esto me afectó con la fuerza de una
revelación. Y es que yo andaba buscando mi propia vía, a tientas, y
me encontré con alguien que me decía algo que estaba en
consonancia con lo que yo quería hacer de antemano. Era lo más
natural del mundo para mí, el volver a las páginas que escribía y
refinarlas y eliminar la "paja". Estos últimos días he estado leyendo
las cartas de Flaubert y dice cosas que me parecen relevantes a mi
propia estética. En cierto momento, mientras Flaubert escribía
Madame Bovary, dejaba de trabajar a medianoche o a la una, y le
escribía cartas a su amante, Louise Colet, sobre la construcción del
libro y su concepción general de la estética. Un extracto de lo que le
escribió y que me llamó la atención poderosamente es el que dice: "El
artista en su trabajo debe ser como Dios en su creación -invisible y
todopoderoso -; debe sentírsele en todos los sitios, pero no debe ser
visto". Me gusto sobre todo la última parte de esto. Hay otro
comentario interesante que Flaubert escribe a los editores de la revista
que publicó su libro por entregas. Estaban preparándose para
sacar Madame Bovary e iban a suprimir muchas secciones del texto
porque tenían miedo de que el gobierno les cerrase si lo publicaban
tal como lo había escrito Flaubert; y Flaubert les dice que si suprimen
algo no les da permiso para publicarlo, pero que seguirán siendo
amigos. La última frase de la carta dice: "Sé distinguir entre literatura
L. Maffery y S. Gregory. Raymond Carver: De Qué Hablamos Cuando Hablamos de Minimalismo.
Zona Erógena. Nº 17. 1994.
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y negocio literario"; otra percepción que encuentra respuesta en mí.
Incluso en estas cartas, su prosa es asombrosa: "La prosa debe
mantenerse en pie de un extremo a otro, como una pared cuya
ornamentación continúa hasta la misma base." "La semana pasada
me pasé cinco días escribiendo una página." Una de las cosas
interesantes del libro de Flaubert es la forma en que muestra hasta
qué punto intentaba conscientemente hacer algo muy especial y
diferente con la prosa. Intentaba conscientemente hacer de la prosa
un arte. Si miras lo que se publicaba en Europa en 1855, cuando
apareció Madame Bovary, te das cuenta del avance que el libro
representa.
L.M. - Además de John Gardner, ¿hubo otros autores que
afectaran su sensibilidad narrativa en la primera parte de su
carrera? Hemingway se le ocurre a uno inmediatamente.
R.C. - Desde luego Hemingway influyó en mí. No le leí hasta que
fui a la
universidad, y además no acerté con el libro (leí Al otro lado del
río y entre los árboles) y no me gustó mucho. Pero poco después leí
In our Time en clase y me pareció maravilloso. Recuerdo que pensé:
"Aquí está. Esto es; si sabes escribir prosa así, has hecho algo: "
L.M. - En sus ensayos ha escrito en contra de los trucos o
artilugios literarios, y sin embargo yo diría que sus propias
obras son realmente experimentales como lo era la narrativa
de Hemingway. ¿Qué diferencia hay entre el experimentalismo
literario que a Ud. le parece legítimo y el que no lo es?
R.C.- Estoy en contra de los trucos que atraen la atención hacia sí
mismos, que intentan ser ingeniosos o simplemente abstrusos. El
escritor no debe perder a vista el argumento. No me interesan las
obras que son todas textura y nada de carne y hueso. Supongo que
soy lo suficientemente anticuado para sentir que el lector debe
sentirse afectado al nivel humano. Y que todavía hay, o debe hacer,
una unión entre escritor y lector. La literatura, o cualquier forma de
labor artística, no es sólo expresión, es comunicación. Cuando a un
escritor deja de interesarle realmente comunicar algo y sólo tiene
como objetivo expresar algo, y ni siquiera muy bien, pues puede
expresarse saliendo a la esquina y dando voces. Un relato o un
poema o una novela tiene que dar unas cuantas bofetadas
emocionales. Se puede juzgar la obra por la fuerza que tengan estas
bofetadas y cuántas dé. Si se trata sólo de un montón de viajes
mentales o juegos, no me interesa. Las obras así son pura paja: las
llevará el viento a la primera ocasión.
S.G. - Uno de los aspectos no tradicionales de su propia
ficción es que sus relatos no suelen tener la forma del relato
contado a la manera clásica: la estructura de presentación /
nudo / desarrollo / desenlace de tanta narrativa. En su lugar
encontramos frecuentemente una cualidad estática o
ambigua, abierta, en sus relatos. Deduzco que le parece que
las experiencias que Ud. describe no encajan en una narración
según el esquema corriente.
R.C. - Sería poco apropiado, y hasta cierto punto imposible,
resolver las cosas bien para las personas y las situaciones sobre las
que escribo. Probablemente es típico de los escritores admirar a otros
escritores que son opuestos a ellos en intenciones y efecto, y admito
que admiro mucho los relatos que se desarrollan en la forma clásica,
con nudo, solución y desenlace. Pero aunque respeto estos relatos, a
incluso me dan un poco de envidia a veces, no puedo escribirlos. La
tarea del escritor, o de la escritora, si es que la tienen, no es la de
ofrecer conclusiones ni respuestas. Si el relato se contesta a sí
mismo, a sus problemas y conflictos, y satisface sus propias necesidades,
entonces basta. Por otro lado, yo quiero asegurarme de que
mis lectores no se sienten engañados, de cualquier forma que sea,
cuando terminan mis relatos. Es importante que los escritores
ofrezcan lo suficiente para satisfacer al lector, aunque no ofrezcan
respuestas únicas o soluciones claras.
L.M. - Otra característica distintiva de su trabajo es que
suele presentar personajes que la mayor parte de los escritores
no tratan; es decir, gente que no tiene capacidad de
expresión, que no pueden exponer su caso, que con frecuencia
no parecen captar lo que les está pasando.
R.C. - No creo que esto sea especialmente "distintivo" o
no-tradicional, porque me encuentro muy a gusto con estas personas
mientras trabajo. He conocido a gente así toda mi vida.
Esencialmente, yo soy una de esas personas confusas, perplejas,
provengo de personas así, y con esa gente he trabajado y me he
ganado el pan muchos años. Por eso nunca he tenido el menor
interés en escribir un relato o un poema que trate de la vida
académica, que hable de profesores, alumnos, etcétera. No me
interesa lo suficiente. Las cosas que han dejado una huella indeleble
en mí son cosas que vi en las vidas de los que me rodeaban y de las
que fui testigo, y en la vida que yo mismo viví. Estas eran vidas en
que la gente tenía realmente miedo cuando alguien llamaba a la
puerta, de día o de noche, o cuando sonaba el teléfono; no sabían
cómo iban a pagar la renta o qué harían si se les estropeaba el
frigorífico. Anatoley Broyard trata de criticar mi relato "Preservation"
diciendo: "Y si se les estropea el frigorífico -¿por qué no llaman para
que se lo arreglen?". Esa clase de comentario es una tontería. Llamas
al técnico para que arregle el frigorífico y cuesta sesenta pavos
arreglarlo; y sabe Dios cuánto si el aparato está totalmente estropeado.
Puede que Broyard no se dé cuenta, pero alguna gente no
puede permitirse llamar al técnico si les va a costar sesenta pavos,
igual que no van al médico si no tienen seguro, y los dientes se les
pudren porque no tienen dinero para ir al dentista cuando debieran.
Esa situación a mí no me parece poco real ni rebuscada. Tampoco
parece que, al centrarme en este tipo de gente, haya estado haciendo
nada muy distinto de lo que han hecho otros escritores. Chéjov les
escribía sobre una "población sumergida" hace cien años. Los
escritores de relatos siempre han hecho esto. No todos los relatos de
Chéjov tratan de personas que viven en la miseria, pero un número
bastante significativo se centra en esa población sumergida de la que
hablo. Escribió sobre médicos y hombres de negocios y profesores a
veces, pero también le dio voz a gente que no tiene esa capacidad de
expresión. Encontró formas de que esa gente expusiera su punto de
vista también. Así que cuando yo hablo de personas que no tienen
facilidad de palabra, y que están desconcertadas y asustadas, no
hago nada radicalmente distinto.
S.G. - La gente suele destacar los aspectos realistas de su
obra, pero yo encuentro que su ficción tiene un aire que no es
básicamente realista. Es como si algo estuviera ocurriendo
fuera de las páginas, una sensación vaga de irracionalidad,
casi como la ficción de Kafka.
R.C. - Seguramente mi narrativa está en la tradición realista
(comparada con otros extremos), pero contar las cosas sólo como
son me aburre. Me aburre muchísimo. Nadie podría leer páginas y
páginas de descripción de cómo habla la gente realmente, de lo que
realmente pasa en sus vidas. Se dormirían. Si examinas mis relatos
con cuidado, no creo que encuentres gente que hable como lo hacen
en la vida normal. Siempre se ha dicho que Hemingway tenía muy
buen oído para el diálogo, y lo tenía. Pero nadie habla en la vida
como lo hacen en la ficción de Hemingway. Al no ser después de leer a
Hemingway.
L.M. - En "Fires"; dice que en su caso no es verdad, como
lo es en Flannery O' Connor o Gabriel García Márquez, que la
mayor parte de lo que entra en su narrativa ya le había
sucedido a Ud. antes a llegar a los veinte años. Y luego
continúa diciendo: "La mayor parte de lo que ahora me parece
"materia" de relato se me presentó después de tener veinte
años. No recuerdo mucho de mi vida antes de ser padre.
Siento que no sucedió nada en mi vida hasta que tenía veinte
años y me casé y tuve niños." ¿Mantendría hoy esta
afirmación? Lo digo porque a los dos nos sorprendió, después
de leer el texto sobre su padre en Esquire, hasta qué punto su
descripción de su infancia y su relación con su padre parecían
relevantes con respecto al mundo de su ficción en más de un
aspecto.
R.C. - Esa afirmación desde luego me parecía cierta cuando la
escribí. Sencillamente no me daba la impresión de que me hubiese
sucedido hasta que me convertí en padre, al menos cosas que
pudiera (o quisiera) transformar en mis cuentos. Pero también me
estaba formando una perspectiva sobre varios aspectos de mi vida
cuando escribí "Fires", y cuando escribí el texto sobre mi padre en
Esquire tenía una perspectiva aún mayor de las cosas. Pero entiendo
lo que Ud. me dice. Había tocado algo muy cercano en relación con
mi padre cuando escribí ese ensayo, que escribí muy rápidamente y
que parecía salirme sin esfuerzo, muy directamente. Aún así me
parece que ese texto sobre mi padre es una excepción. En ese caso
pude volver y tocar una "fuente" de los primeros años de mi vida,
pero esa vida existe pares mí como vista a través de una cortina de
lluvia.
S.G. - Quiénes son los autores contemporáneos que más
admira o con quiénes se siente más identificado?
R.C. - Hay muchos. Acabo de terminar la selección de relatos de
Edna O'Brien a Fanatic Heart. Es maravillosa. Y Tobias Wolff, Bobbie
Ann Mason, Ann Beattie, Joy Wilüams, Richard Ford, Ellen Gilchrist,
Bill Kittredge, Alice Munro, Frederick Barthelme. Los relatos de Barry
Hannah, Joyce Carol Oates y John Updike. Y tantos otros. Es una
buena época para estar vivo y escribiendo.
Matrio Benedetti
POEMAS

HOMBRE QUE MIRA EL CIELO

Mientras pasa la estrella fugaz
acopio en este deseo instantáneo
montones de deseos hondos y prioritarios
por ejemplo que el dolor no me apague la rabia
que la alegría no desarme mi amor
que los asesinos del pueblo se traguen
sus molares caninos e incisivos
y se muerdan juiciosamente el hígado
que los barrotes de las celdas
se vuelvan de azúcar o se curven de piedad
y mis hermanos puedan hacer de nuevo
el amor y la revolución
que cuando enfrentemos el implacable espejo
no maldigamos ni nos maldigamos
que los justos avancen
aunque estén imperfectos y heridos
que avancen porfiados como castores
solidarios como abejas
aguerridos como jaguares
y empuñen todos sus noes
para instalar la gran afirmación
que la muerte pierda su asquerosa puntualidad
que cuando el corazón se salga del pecho
pueda encontrar el camino de regreso
que la muerte pierda su asquerosa
y brutal puntualidad
pero si llega puntual no nos agarre
muertos de vergüenza
que el aire vuelva a ser respirable y de todos
y que vos muchachita sigas alegre y dolorida
poniendo en tus ojos el alma
y tu mano en mi mano

y nada más
porque el cielo ya está de nuevo torvo
y sin estrellas
con helicóptero y sin dios


HOMBRE QUE MIRA LA TIERRA

Cómo querría otra suerte para esta pobre reseca
que lleva todas las artes y los oficios
en cada uno de sus terrones
y ofrece su matriz reveladora
para las semillas que quizá nunca lleguen

cómo querría que un desborde caudal
viniera a redimirla
y la empapara con su sol en hervor
o sus lunas ondeadas
y la recorriera palmo a palmo
y la entendiera palma a palma

o que descendiera la lluvia inaugurándola
y le dejara cicatrices como zanjones
y un barro oscuro y dulce
con ojos como charcos

o que en su biografía
pobre madre reseca
irrumpiera de pronto el pueblo fértil
con azadones y argumentos
y arados y sudor y buenas nuevas
y las semillas de estreno recogieran
el legado de las viejas raíces

cómo querría que se escucharan
su verde gratitud y su orgasmo nutricio
y que el alambrado recogiera sus púas
ya que por fin sería nuestra y una

cómo querría esa suerte de tierra
y que vos muchachita
entre brotes o espigas
o aliento vegetal o abejas mensajeras
te extendieras allí
mirando por primera vez las nubes
y yo tapara lentamente el cielo


HOMBRE QUE MIRA A TRAVÉS
DE LA NIEBLA

Me cuesta como nunca
nombrar los árboles y las ventanas
y también el futuro y el dolor
el campanario está invisible y mudo
pero si se expresara
sus tañidos
serían de un fantasma melancólico

la esquina pierde su ángulo filoso
nadie diría que la crueldad existe
la sangre mártir es apenas
una pálida mancha de rencor

cómo cambian las cosas
en la niebla

los voraces no son
más que pobres seguros de sí mismos
los sádicos son colmos de ironía
los soberbios son proas
de algún coraje ajeno
los humildes en cambio no se ven

pero yo sé quién es quién
detrás de ese telón de incertidumbre
sé dónde está el abismo
sé dónde no está dios
sé dónde está la muerte
sé dónde no estás tú

la niebla no es olvido
sino postergación anticipada

ojalá que la espera
no desgaste mis sueños
ojalá que la niebla
no llegue a mis pulmones
y que vos muchachita
emerjas de ella
como un lindo recuerdo
que se convierte en rostro

y yo sepa por fin
que dejas para siempre
la espesura de ese aire maldito
cuando tus ojos encuentren y celebren
mi bienvenida que no tiene pausas

jueves, diciembre 02, 2010

LOS ELEMENTOS DEL REINO 02-12-2010


LOS ELEMENTOS DEL REINO

En este número

Óscar Cerruto



Gabriel Fuster



Cristina Caballero

Cristina Caballero: No me muevo sombra

Cristina Caballero
 NO ME MUEVO SOMBRA

Ahí derramo mi simiente
volcán ajeno en la codicia matutina
 venero de un futuro
que no existe

nunca falta un desabrido amanecer
cuando las hadas aún sueñan
y el camino viborea
cabizbajo
y salitroso

huecos de otros
se mancillan en las rutas prodigiosas
arterias venerables
que un día recorrimos
con  vestidos de novatos

 Verba naces
Índiga locura
por ramales
y en atajos espinosos
vientos hay
me dicen
que te inventan travesías memorables

horizontes rotos de mi casta
gargantas incrustadas de arrecifes
van al puerto
pero no
 a ese

los latidos que me guían
ya nunca se detienen en nudos sosegados  
tejidos una tarde
de rodillas

mis latidos
hincan manos en la negra tierra
se dirigen sin gobierno
hacia el más ardiente de los mares
con sus gotas de dolinas
y sargazos
ven el cielo
Otro

rugen
y despiertan 

Gabriel Fuster: Aló MMxico

ALÓ MMXiCO

Gabriel Fuster

1.     ¿TE VAS, ZAPATA?

Claro que no, tengo coche. Voy a ponerle otras monedas al parquímetro. Ni que lo digas, la siembra en las calles de estas plantas metálicas que reordenan el estacionamiento y una sobretasa de semáforos, hacen la diferencia palpable entre evolución y revolución. Emiliano Zapata espera el día en que el lumpen proletariat ponga el Status Quo de cabeza otra vez. Viva la revolución. Adelita se detiene frente a la farmacia y cuenta sus centavos: “Espérame, no me tardo. Voy a comprar unas toallas”. Viva la menstruación. Revolución, menstruación, da lo mismo, lo importante es que corra sangre. Ella se toma un buen rato para salir. Emiliano camina unos pasos para quedar fuera del rango del sensor. El chiflido de las puertas corredizas al abrirse, convierte al Huapango de Moncayo en algo fácil de silbar. Al igual que el lenguaje común de los graffiti, la frase correcta, en el momento preciso, puede iniciar la revuelta armada. Marcador final: América 4 - Chivas 0. Encontrando un reposo sobre la ancha base pétrea de la fachada, Emiliano enciende un cigarro y cavila en que “Tierra y libertad” son de las palabras más gastadas, luego de “supercalifragilisticoespialidoso”. El cielo amenaza con llover, pues hay cosas que nos reclaman la demostración de su caída. Emiliano endereza la espalda contra la pared y junta los talones. “Al diablo con el pinche pañuelo”, exclama y arroja las llaves del auto, lejos. Quieto, en el punto autorizado para pedir limosna o tirar la basura, únicamente inflama el pecho al escuadrón de fusilamiento. Acuérdate que si no recibes el tiro de gracia, vas a despertar en manos de un psiquiatra. Adela sale de la farmacia y no encuentra a su acompañante. Debió irse a pie. Razón de sobra, para que Adelita se fuera con otro. Ahora vamos a contar el chiste más despacio para que lo entiendan los esquizofrénicos. ¿Te vas, Zapata? Claro que no, llevo caballo. El tiempo no es lo mismo que el clima, pero cuando viajes en el tiempo, busca en tus bolsillos por estas monedas antiguas de cobre, para partirles la cara. Fijar una sociedad más justa no tiene precio, dijo el EZLN, estacionado largamente en Chiapas y conociendo 156 formas de matar al inspector de las multas. Viva el amor a la mexicana. Para todo lo demás, existe Master Card.

2.     HACIENDO UN PANCHO

¡Vean al sorprendente Centauro del Norte! ¡Un caballo con cabeza de conejo y cuerpo de conejo! ¡Oh, se aleja galopando al este! Ay, me quiero volver chihuahueño, pero me carga el problema de las pulgas. Vuelvo a Maquila Town, como es conocida la frontera más fabulosa y bella del mundo. Vuelvo al punto geográfico donde te conocí. Voy a acampar con mi saco de dormir, porque no pienso moverme de aquí. Tengo un pedazo de cartón donde escribí algunas palabras, diciendo: “Si conoces a Martina, dile que estoy donde la primera vez”. La gente que cruza el puente internacional Matamoros-Brownsville todos los días, intenta darme dinero en la mano. No estoy quebrado, sólo tengo el corazón roto, explico. Ahí sigo sin moverme de sitio. Hubo una vez una montaña con espíritu de viajero, pero mi replica de inmueble olvidado pace en una pila de mierda. Escrito está que si la montaña no viene a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Y si se juntan los mares con los ríos, por qué no juntar tus pelos con los míos. La policía migratoria me dice: “Hijo, no puedes dormir a la intemperie entre dos países”. Técnicamente, espero por alguien. El detalle es que puede llevarse un día, un mes, un centenario. Llueva o brille el sol, es el único lugar de la tierra donde debo estar. Al igual que obedece la ley de asentamientos para un picnic, tirar un pedo al aire libre se entiende como demarcación de territorio. Probablemente seré famoso, como el hombre que no se podía mover de su lugar. No es raro que uno se haga héroe por hazañas pequeñas, pero el amor te hace perder la cabeza, especialmente para exhibirla en un salón secreto. Que chingue a su madre el trastorno del toloache. Por otro lado, el bandolero sólo tiene un amor, su machete. Y si quiere compañía, va y toma un perro de la calle y lo amarra a su casa y ya. Si quiere tragar, que se las ingenie. Yo no tengo diamantes bajo mis zapatos, sino un enorme agujero negro de masa estelar, provocado por tu terquedad de esconderte en el centro de la luna. Me verás en la noticias y tomarás un taxi para venir aquí. O quizás no signifique nada el extrañísimo viaje que hago en todas las sintonías de radio bemba. El que fue a la villa, perdió su silla, pero deja el lugar al encargado de recoger todos los celulares que impulsa la marea. Es el enviado por su madre para desalojar al poblador de Liliput. Pésimas repercusiones de la bluesología para un punto de encuentro. Y todas las veces que ella viene, desaparece. Dicen que la fe mueve montañas, pero recientemente la dinamita ha resultado más útil, donde estorba la perennidad de esperar.

Óscar Cerruto: Los Buitres

Oscar Cerruto
LOS BUITRES


OSCAR CERRUTO nació en 1907 en La Paz, Bolivia. Periodista y poeta, parte de su obra ha aparecido en distintas publicaciones sudamericanas, entre ellas el suplemento literario de "La Nación" de Buenos Aires. Ingresó en su juventud a la carrera diplomática. Su producción más considerable es una novela, Aluvión de Fuego, traducida a varios idiomas.


            Cuando subió al tranvía, no advirtió de momento su presencia.
            (Había dejado pasar un "taxi", sin detenerlo ni sabía por qué—, y luego dos ómnibus abarrotados de pasajeros. No quería viajar incómodo, expuesto a recibir pisotones o que alguien, al abrirse paso, le arrancara el sombrero. Odiaba esas aglomeraciones. Pero los tranvías no le eran menos aborrecibles. Le parecían vehículos para viejos y mujeres gordas. Artefactos asmáticos y ruidosos. Se decidió, sin embargo, por ese que se acercaba dando cabezazos. Una señora joven con una niña se habían detenido a su lado. "Si suben ellas, lo tomo", pensó. La señora hizo una seña al motorista, y el tranvía, jadeante, se detuvo. Subieron los tres.)
            Pero al llegar a la mitad del pasillo sintió —sin que la sensación tomara forma en su conciencia —que algo de irregular había allí adentro, en las personas o en la atmósfera.
             (El tranvía partió con brusquedad; sus nervios vibraron, adaptándose al aire rumoroso de hierros y vidrios que circulaba en su interior.)
            Fue entonces cuando percibió algo como un fluido y sus ojos se pusieron a buscar involuntariamente de dónde provenía ese llamado impalpable. No se sentó en seguida, ni avanzó por el pasillo, sino que tomándose de un asidero dejó errar su mirada un segundo, como si esperase encontrar a un conocido, mientras buscaba acomodo con movimientos calmosos, de autómata.
            Ocupó al fin, el primer sitio que halló libre, y se disponía ya a desdoblar su diario cuando, de repente, una muchacha sentada en uno de los asientos delanteros, volvió la cabeza, y fue como un choque. De inmediato supo que era eso lo que lo había turbado vagamente, y ya no apartó casi los ojos de ella. En el
breve instante en que se cruzaron sus miradas, buscó hasta el último detalle de su rostro, y como en una súbita instantánea, quedó grabado en la placa de su cerebro.
            Ahora que miraba su pelo de color de miel, suavemente ondulado, luminoso, sabía cómo era ella. Y aunque no la había oído hablar, conocía el timbre de su voz, clara y recta como una espada. Estaba enterado de todo eso, y, sin embargo, no habría podido describirla.
            Cuando se esforzaba por hacerlo, con la mirada fija en su nuca, mientras el tranvía rodaba bajo el sol por las verdes alamedas próximas a la Plaza Italia, sólo conseguía arribar a la convicción de que era dulce y femenina, con unos labios de un rojo pálido y una luz en las mejillas que iluminaba y al mismo tiempo diluía los demás rasgos de su cara.
            El guarda se acercó a cobrarle su boleto. Un poco confundido, le alargó la moneda (acababa de advertir que la tenía fuertemente sujeta entre los dedos, como un niño) .
            Se había ubicado cuatro o cinco asientos más atrás, y recordó que antes de hacerlo, en ese segundo en que se mantuvo de pie, buscando, la había visto por la espalda (la acompañaba una amiga, quizá su hermana, sentada a su lado), sin detenerse en ella, que por detrás se confundía con los demás pasajeros, como si su magnetismo femenino sólo obrase por el fluido de sus ojos o de su rostro.
            Subían los pasajeros. El tranvía seguía rodando, con un estrépito de hierros sin aceitar, quejándose y sacudiendo su armazón estropeada. A los costados se elevaban ahora los altos edificios de la calle Santa Fe, lúcidos de cal hiriente bañada de sol, mientras el guarda, en la plataforma, tiraba enérgicamente del cordón de la campanilla, con la primavera repicando en su sangre.
            La muchacha no había vuelto a mirarlo. Hablaba con su compañera y parecía ignorar por completo su presencia. Pero el fluido continuaba actuando en sus nervios, y eso le decía que estaba tácitamente en comunicación con su pensamiento.
            Grupos de mujeres jóvenes, vestidas con telas ligeras, de colores alegres, flotaban en el río del tránsito. El tranvía bogaba como un cetáceo, entre las olas de la calle, los racimos humanos peligrosamente colgados de sus barrotes. Así cargado viraba —con ese chirrido en el que se evade el doloroso cansancio del hierro— por la esquina de Paraguay y Maipú cuando asomó un inmenso camión, como un monstruo furioso, y se abalanzó rugiendo sobre él. El pasaje grito, paralizado. Pero la bestia relampagueante cruzó a dos pulgadas de la tragedia. No había sucedido nada. A lo más, unos paquetes, que rodaron por el
suelo. Pensó, sin embargo, en abandonar el vehículo.
            Seguiría a pie, o tomaría un "taxi". Ese armatoste lo inquietaba. "Me van a matar cualquier día", se dijo. Pero en seguida rechazó los absurdos presagios.
            El tranvía siguió rodando perezosamente, y su mismo traqueteo sosegado pareció devolverle la confianza.
            La risa despreocupada de una pasajera acabó por disipar sus recelos. Además, estaban ya cerca de la calle Corrientes.
            Las edificaciones se hicieron familiares; las reconoció: ésa era la cuadra en que habitaba; tenía que bajar. Pero algo lo ataba a su sitio: no se decidía. Sólo entonces comprendió que era la desconocida, y cuando llegó a la esquina en que debía abandonar el vehículo siguió en su asiento, sin moverse. "Es ridículo", pensó profundamente turbado. Nunca había hecho eso. No acostumbraba seguir a las mujeres que encontraba en la calle. Es cierto que era un hombre solo, y que amaba la vida. Es decir, que le habría gustado compartirla con uno de esos seres puros y delicados. Tal vez era su obligación buscarlo.
            Pero un recato íntimo le impedía confundirse con un perseguidor callejero. Tuvo la impresión de que el guarda lo espiaba. Y que tiraba con más violencia del cordón de la campanilla. Pero, en seguida, viendo su rostro joven y desaprensivo, comprendió que su sospecha era ilógica, puesto que el guarda,
probablemente, no lo había visto en su vida.
            Dejaron atrás la Avenida de Mayo. Habían llegado a los barrios del sur de la ciudad, y se deslizaban ahora por una ancha avenida. Al fondo, el humo de las fábricas ensombrecía el cielo. "No puede ir muy lejos —se dijo—. Tiene que bajar pronto." El tranvía se iba vacíando. Observó, asimismo, que a medida que se internaba en los suburbios de la población, el día se apagaba paulatinamente.
            Atravesaron el Riachuelo, espeso como un vino. Las dos muchachas seguían en sus asientos, sin hablar. A la luz declinante de la tarde, sólo divisaba
ahora sus espaldas rígidas, por las que trepaban las sombras, como devorándolas. El tranvía, poco a poco, fue quedando solitario; sólo ellas —ellas y él— permanecían inmóviles en su sitio.
            Cayó la noche. Luces siniestras iluminaban una ciudad desconocida. Ojos cargados de crimen los miraban pasar desde la tiniebla. Un viento perverso ambulaba por los rincones de las calles, arrastrando papeles y hojas muertas. No había en que lugar se encontraba ni por qué estaba allí ni adónde se dirigía.
            En el interior del tranvía goteaba una claridad amarilla. De vez en cuando subían unos pasajeros embozados y volvian a desaparecer, misteriosamente, sin que el vehículo se detuviese.
            Atravesaba dando saltos por una región desolada, en la que se escurrían sombras apelotonadas, a ras del suelo. En lo alto soplaba el viento enfurecido. Relámpagos como navajas desgarraban la noche. En el seno de la obscuridad se incubaba una tormenta. Truenos apagados rodaban en la lejanía. El tiempo había cambiado sensiblemente. Hacía frío. Se sintió helado: una humedad peligrosa, como una fiebre, lo calaba hasta los huesos.
            Y de pronto se derrumbó el temporal. Masas de agua negra caían sobre el tranvía; resonaban los truenos hondamente, como galgos que se despeñan en un precipicio; y el tranvía zigzagueaba en la sombra perseguido por los rayos y los relámpagos.
            La tempestad bramó toda la noche. El tranvía siguió corriendo embozado en la cólera nocturna, traqueteante, ciego, tenaz, sin detenerse, como impelido por esa cólera que sólo cedió al amanecer. Volvió a lucir el sol. Atravesaban ahora por una ciudad extraña. ¿Qué ciudad era ésa, que él nunca había visto? Cubos y torres grises sucedíanse unos al lado de otros, y entre sus vagos muros, habitantes de niebla, fantasmales. ¿Hablaban esas gentes, pertenecían a su mundo? Subían y bajaban; él las sentía cerca, rozándolo, y al mismo tiempo lejanas, como esfumadas, pero amenazantes.
            Todas parecían a punto de volverse contra él, de mirarlo con ojos de fuego, de desenfundar heladas armas. Pero en seguida el sol se hundió de nuevo, rápidamente, y reinó otra vez la obscuridad. Bandas incógnitas y ebrias saltaban al tranvía, silenciosas o vociferantes, y volvían a desaparecer. Los perros aullaban a lo lejos. Y se alzaba el día y caía la noche, y el tranvía seguía rodando sin detenerse.
            Sólo las muchachas no se movían. Ni hablaban. Ni lo miraban.
            Ahora la campanilla se agitaba débilmente. La mano del guarda parecía fatigada. La miró asida al cordón, y vio que era una mano de viejo, con la piel rugosa y seca.
            Siguió la dirección de la mano cuando ésta descendía y, horrorizado, con un nudo de angustia en la garganta, advirtió que el guarda había envejecido: sus cabellos se habían puesto completamente blancos, y le colgaban como ramas de cerezo sobre los hombros y la espalda; y las arrugas cruzaban su rostro en todas direcciones. Su uniforme había perdido color y forma; aparecía deshilachado y lleno de remiendos.
            Tuvo miedo de llevarse la mano a la cara, de mirar siquiera la piel de sus manos. La sangre había dejado de latir en sus sienes.
            Con los sentidos como suspensos sobre él mismo, ingrávido, ausente, percibía la ascension penosa de las ruedas por una angosta quebrada. Las horas resbalaban afuera a modo de gotas de tiempo, opacas, por las barbas eternas de las montañas.
            Luego el tranvía entró en una vasta extensión desierta y se deslizaba ahora sin ruido, blandamente, en medio de un aire inmóvil y congelado. Su marcha era fácil, pero lenta, inquietante. Como si con el ruido hubiera desaparecido algo esencial, algo vital y tranquilizador, semejante a la facultad misma de sentir y de escuchar. Como si bruscamente hubiese ensordecido.
            Su corazón helado se hizo denso. Pareció estacionarse en el interior del tranvía, con el sumo pesado de la arena. En todo el contorno, afuera, no se distinguía el menor signo de vida. Una luz extraña, irreal, estancada como el aire, bajaba de alguna parte sobre el árido pasaje.
            Casi se respiraba una atmósfera de cripta. Un ligero graznido atrajo su atención "¿Acaso estaré muerto y...?", se dijo, estremeciéndose, y sin atreverse a completar su pensamiento. Miró frente a él con alarma: sobre el pecho de la muchacha se hallaba posado un buitre. Su plumaje negro parecía descolorido, con esa condición del lodo y la herrumbre, que le daba, apariencia repulsiva de rata o de murciélago.
            Se preguntaba cuándo había entrado allí, y por dónde. Y en medio de su preocupación, casi superflua en esos momentos, advirtió que el pájaro no estaba
ocioso: ¡vio con espanto que su pico se ensañaba en uno de los ojos de la muchacha, que permanecía rígida como una estatua, y muda, como su compañera! Se alzó prontamente de su asiento, para espantar al intruso, y en ese mismo instante pudo ver que una espesa nube de buitres volaba junto al tranvía, escoltándolo. Algunos trataban de introducirse por las ventanillas cerradas y sus picos repiqueteaban en los cristales con un redoble sordo y funeral. No alcanzó a dar dos pasos: por la puerta delantera irrumpió un huracán ceniciento; las furiosas aves carniceras se estrellaban enceguecidas contra su propio pecho.
            Se defendió con los puños crispados, golpeando al azar; protegía sus ojos, sintiendo en las manos las garras y los picos iracundos. La tromba de buitres seguía penetrando inacabable, y era cada vez más ávida y poderosa. La sentía encima de él, coma una ola. Trastabilló. Vaciló.
            Fue a caer sobre el filo de uno de los asientos. Un sudor viscoso como la sangre le humedecía la frente. Pudo levantarse de nuevo y comenzó a retroceder. La furiosa acometida lo empujaba hacia el fondo, hacia atrás; era un viento de cólera desencadenado contra él; una columna turbia que bajaba sobre su cabeza, un brazo de la muerte. Se debatió unos instantes en el marco de la puerta, enredado en la pierna inerte del guarda allí caído (la tierra volaba bajo sus pies con un hervor de vértigo) antes de lanzarse al vacío.
            Tuvo la visión del tranvía, que fugaba por la meseta lunar, en un altiplano de luz difusa, y se perdía rápidamente en el horizonte, perseguido por una obscura humareda de alas.