Encuentra a tus autores aquí

lunes, agosto 08, 2011

Paul Celan: POEMAS


Paul Celan: POEMAS


UNA CANCION EN EL DESIERTO

Una guirnalda fue tejida con hojas negruzcas en la comarca de Acra:
allí monté mi oscuro caballo y con la daga puncé en pos de la muerte.
Y de cuencos de madera bebí la ceniza de las fuentes de Acra
y con la visera cerrada cargué contra las ruinas del cielo.
Porque muertos están los ángeles y quedó ciego el Señor en la
comarca de Acra,
y no hay nadie que el sueño me cuide de los que llegaron aquí a su
reposo.
Quedó destrozada la luna, la florecilla de la comarca de Acra:
florecen así, imitando las espinas, las manos con anillos
herrumbrosos.
Y así debo inclinarme por fin, para el beso, cuando rezan en Acra...
¡Oh mala fue la coraza de la noche, rezuma la sangre por las hebillas!
Y así me convertí en su hermano sonriente, el férreo querube de Acra.
Así pronuncio yo el nombre y aún siento el ardor en las mejillas.


EN VANO

pintas corazones en la ventana:
abajo el duque del silencio
alista soldados en el patio del castillo.
En el árbol iza su pendón — una hoja azulándose cuando cae el
otoño,
reparte la brizna de la melancolía y las flores del tiempo entre el
ejército;
con pájaros en el pelo avanza a sumergir las espadas.
En vano pintas corazones en la ventana; un Dios está entre las
tropas,
envuelto en la capa que antaño cayó de tus hombros, de noche, hacia
la escala,
antaño, cuando ardía el palacio, cuando hablaste como los hombres:
amada...
El no conoce la capa y no llama a la estrella y sigue a la hoja que
oscila adelante.
"Oh brizna", cree escuchar, "oh flor del tiempo".

LA ARENA DE LAS URNAS

De verde herrumbroso es la casa del olvido.
Ante cada una de las puertas batientes azúlase tu juglar decapitado.
Para ti toca el tambor de musgo y vello amargo del pubis;
con el dedo llagado del pie tu ceja pinta en la arena.
La dibuja más larga de lo que era, y el rojo de tu labio.
Llenas aquí las urnas y cenas tu corazón.

CHANSON DE UNA DAMA EN LA SOMBRA

Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?
Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.
Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.
Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.
Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.
Ese es con los tulipanes decapitado.

Ivonne Moreno Uscanga: Lucian Freud


Lucian Freud: El retrato como sorna

Ivonne Moreno Uscanga

En innumerables ocasiones escuchamos la sana advertencia de no tomarnos en serio a nosotros mismos e incluso se nos recomienda, reírnos de algunos de nuestros actos o posturas, a manera de aliciente contra el duro y a veces atribulado vivir. Dicha sentencia puede volcarnos a otros terrenos, y si es al de la plástica, nos puede resultar el epítome pictórico de Lucian Freud.

Es difícil separar al pintor de origen berlinés (1922) , radicado en Londres, capital del país donde se nacionalizó, de su famoso abuelo Segismud Freud , pues de cierto modo pareciera primordial para hacer lectura de su obra, recurrir a segmentos del psicoanálisis. Aunque Lucian durante su larga vida, puso distanciamiento entre la legendaria figura familiar y él; es la apreciación del inconsciente y del subconsciente, un ángulo permisible para acercarnos a su legado.

Lucian Freud es reconocido en el ámbito artístico por retratar a manera de satírica y de alta descarnación erótica a sus figuras humanas. Sin embargo es pertinente señalar, en la pintura europea, un caso análogo, el de otro vienés, Egon Schiele, interesado de igual forma plasmar al erotismo como hilo fundamental de la existencia.

En la pintura de Freud, trátese de hombres o de mujeres, e incluso de animales; incluyendo a los caballos, fauna por la cual sintió pasión.

En ellos, buscó en el hastío y en lo oculto, para deformar las facciones del rostro o de los miembros del cuerpo, con el propósito de desenmascarar lo cubierto, exponiendo a la lívido en carne viva, como aquello tangible de enjuiciar hasta la sorna.

En su trayectoria fue precisamente el retrato realizado a la modelo Kate Moss, la pintura, envolvente a sus teorías particulares del desnudo, la mujer y la sexualidad. No obstante de haber huido del surrealismo y de la posible influencia de corrientes como el cubismo, por ser sus contemporáneas, Freud se decide por un figurativismo realista, del cual tiene varias aristas cuestionables.

¿Verdaderamente Lucian Freud fue un figurativo? ¿Lo real es lo interpretado por sus ojos y pinceles de marta en lo referente a una cara o un cuerpo delgado u obeso?

El panorama pareciera aclarárnoslo el psicoananálisis o tal vez la teoría de los sueños, premisas rechazadas por el pintor, en apariencia, durante casi toda su vida, para explicarnos: somos en sí, el conjunto de nuestros deseos, carencias, impotencias y frustraciones. Y entonces sí podemos comprender y degustar sin menoscabo el retrato de la Reina Isabel de Inglaterra, el de Francis Bacon amigo de Lucian y el de su propio autorretrato.

Lucian Freud fue un pintor gozoso de su fama como realizador. A partir de 1954 entra en la cúspide de su carrera. Y hoy a escasos días de su muerte, julio 2011, lo sujetamos en el entramado del devastador y polémico siglo XX, donde se conjugaron glorias de la ciencia y el arte, ero también los sinsabores de la relación humana, como en los óleos de Freud, pendidos de harta soledad y de preguntas sin respuestas.

lunes, agosto 01, 2011

Cristina Caballero: POEMA

En la Noche


medran laberintos

bastiones acerados

juegan a ruletas rusas

...

tiembla el agua

que vive al fondo

de este bosque:

no iremos hoy

por ninguna encrucijada,

al caer la tarde

un dolor sin nombre

-conejo de la Luna-

arena entre los ojos

me aconseja:

compás adormecido

cierra ya tus manos

enmudece las palabras

no vayas por ahí

y dile adiós

a la puerta de salida

Lourdes Franyuti: Página en blanco

Página en blanco.

Lourdes Franyuti

He querido iniciar la primera página del libro que me propuse terminar a finales de este año. No he podido siquiera empezar. La idea central la tengo bien definida desde hace días, pero aún no encuentro las palabras acertadas para el primer párrafo. Podría empezar describiendo el ambiente, narrando las características particulares del lugar o bien, dándole la pauta al lector acerca de la época en que se desarrollará la historia.


Esta vez, mi idea es dejarme llevar por las sensaciones, alegrías o conflictos que se internarán en la mente de mi personaje principal. Me interesa saber qué piensa, por qué se atemoriza o cuál es la razón de su angustia. Podría contar la vida de alguna mujer dedicada a la vida política, religiosa, la rutina tal vez de trabajar en un hospital, banco o juzgado. Si bien es cierto que la mujer ha destacado en el ámbito profesional, hay muchas otras que han dejado su alma en las labores domésticas, altruistas o simplemente han dedicado su existencia a brillar en sociedad.

Abro mi paraguas y camino bajo la lluvia, tengo que cruzar la avenida principal hasta la puerta de la Biblioteca Pública. Me detengo y veo una silueta un tanto vaga… No logro distinguirla bien por la caída tan fuerte y cerrada del agua. Apenas si me doy cuenta, de que es la única persona parada sobre la acera. Un viento recio arranca de sus manos dos objetos; acomoda su paraguas, se agacha para recogerlos, pero no puede tomarlos con sus manos. Al parecer, han seguido el curso del canal y flotan con la corriente. La sombra en cuestión corre a lado de ellos y por más que se esfuerza por agarrarlos, los objetos se les escapan de sus dedos.

Sigo observando la escena desde el otro lado de la avenida y voy corriendo de igual manera para ayudar a detener los objetos. En este momento chocan bruscamente contra una tapa de registro de luz, y quedan atrapados en una rejilla contigua. Ahora que estoy más cerca, distingo que se trata de una muchacha recogiendo dos libros; se siente sofocada por pelear con las gotas intensas, impregnadas en su rostro. Trato de cruzar de nueva cuenta la calle, pero un automóvil pasa a gran velocidad junto a mí, que empapa completamente mi vestido. Sacudo el lodo que ha dejado sobre mis piernas y volteo a ver a la mujer. Se ha refugiado en el techo de un ventanal. Los libros los ha colocado sobre el aluminio que detiene el cristal.

Cierro mi paraguas y me dirijo a ella dando grandes saltos. Al abordarla, me mira con extrañeza y me obsequia los dos libros. Bajo la mirada hacia ellos y aprecio que son un diccionario y un libro finamente empastado, mojados y casi inservibles. Abro la primera página del libro y me sorprendo al percatarme de que está totalmente en blanco. Supongo que el agua borró todo lo escrito en ella. Me froto los ojos y veo mi reflejo en el ventanal. Allí no había más mujer que yo misma, tratando de decidir entre aguacero, nubarrones grises y melancolía, ser o no ser la protagonista de mi propia historia.

Leopoldo de Quevedo y Monroy: :Borges, ángel perdido y con alas


Leopoldo de Quevedo y Monroy:
Borges, ángel perdido y con alas

El 14 de junio cumplió el mundo de las letras ya un cuarto de siglo sin la luz de los ojos del escritor universal José Luis Borges. Personaje deslumbrante, como su erudición y su pluma. Quien ve su figura evoca a un ser transparente y leve, como si levitara en su cuerpo, cualidad que se encuentra en sus libros.


Borges, con paso erguido y voz de profeta, peregrinó por países, bibliotecas, lenguas muertas y vivas como por su casa. No importó que perdiera la vista cuando aún le faltaba un cuarto de vida, su trabajo y su influencia siguió intacta en el mundo intelectual. Con paciencia tenaz leía, escribía, estudiaba y discurría por academias y salas. Eran admiradas la vastedad de sus temas, la originalidad de sus ideas, la cristalina claridad de sus versos.

De padre argentino y madre uruguaya, con dos nacionalidades, viajero asiduo, políglota reconocido, humanista, recorrió la geografía de los libros y de las culturas como un antropólogo y buscador de perlas antiguas. Anduvo por entre ruinas, olfateó a falta de ojos, como perro anárquico o como tozudo ratón, en bibliotecas, mezquitas árabes, mercados de incunables y papiros, algún vestigio que le permitiera encontrar una palabra nueva.

Le encantó el ultraísmo y navegó como capitán experto por las ondas de la libertad, la metáfora huérfana, lejos de la rima y el sentimentalismo fatuo. Con Huidobro fue tras la perfección del verso y la novedad de la imagen. Sus libros son monumentos que hablan de viajes, de costumbres, de pensamientos y del espíritu eterno que vaga aun entre la confusión de los mercados, las cábalas y el consumo.

Cada título de un libro suyo, de un ensayo, de un personaje o de un poema es una invitación a la sorpresa, es un reto a la imaginación más educada. Historia de la eternidad, El Aleph, Historia universal de la infamia, Ficciones, La rosa profunda, El libro de arena, insinúan mundos fantásticos, regiones únicas, puntos convergentes y retazos de vida fascinantes. Los cuentos son como anécdotas ampliadas, de fácil lectura. Tal parecen que fueran trozos de su propia vida pues en ellos vibra el aire, la frescura anda suelta y la sangre corre por paredes y jardines.

Borges no se ha ido. Vuela como un ángel tutelar, perdido entre el pretencioso muladar de novelas comerciales, y vigila, como solía hacerlo cuando era ciego, si a su alrededor camina una lagartija hindú o alguien lee o canta un tango, o si allá, afuera, hay una vía llena de camiones que pitan por el trancón insoportable. Le ordenará a Manguel, el lector que reemplazó a sus ojos, que suba en la escalera y le alcance de allá arriba el libro que está en tercer lugar y se llama La Comedia. Vuela y vigila como un padre para que el idioma se mantenga vivo y vigoroso. Sin el afán de ganarse el Nobel para el que los amigos lo postularon varias veces y la suerte esquiva lo ignoró.

Borges, con la cabeza levantada, con su cara algo pálida, está ahí como un patriarca, con la llave de la lengua, de las lenguas, siempre presto a invitarnos a abrir la cuartilla y teclear sobre la sábana de ámbar palabras limpias, saludables, de distinta connotación y vestimenta, que inviten a pensar o a cantar o a soñar en quásares o alephs.

Alguien


Un hombre trabajado por el tiempo,


un hombre que ni siquiera espera la muerte


(las pruebas de la muerte son estadísticas


y nadie hay que no corra el albur


de ser el primer inmortal),


un hombre que ha aprendido a agradecer


las modestas limosnas de los días:


el sueño, la rutina, el sabor del agua,


una no sospechada etimología,


un verso latino o sajón,


la memoria de una mujer que lo ha abandonado


hace ya tantos años


que hoy puede recordarla sin amargura,


un hombre que no ignora que el presente


ya es el porvenir y el olvido,


un hombre que ha sido desleal


y con el que fueron desleales,


puede sentir de pronto, al cruzar la calle,


una misteriosa felicidad


que no viene del lado de la esperanza


sino de una antigua inocencia,


de su propia raíz o de un dios disperso.


Sabe que no debe mirarla de cerca,


porque hay razones más terribles que tigres


que le demostrarán su obligación


de ser un desdichado,


pero humildemente recibe


esa felicidad, esa ráfaga.


Quizá en la muerte para siempre seremos,


cuando el polvo sea polvo,


esa indescifrable raíz,


de la cual para siempre crecerá,


ecuánime o atroz,


nuestro solitario cielo o infierno.






Jorge Luis Borges

sábado, julio 09, 2011

Günter Grass: Kafka y sus ejecutantes

Günter Grass - Kafka y sus ejecutantes


 —Juzga tú mismo —dijo Olga—, la cosa parece muy sencilla y al principio no se comprende cómo puede tener una gran importancia. En El Castillo hay un funcionario muy importante que se llama Sortini.
 —Me han hablado ya de él —dijo K.—, fue uno de los que intervinieron en el asunto de mi llamada.
 —No lo creo —dijo Olga—, Sortini apenas se muestra en público. ¿No le confundirás con Sordini, escrito con "d"?
 —Tienes razón —dijo K. —, era Sordini.
 —Sí —dijo Olga—, Sordini es muy conocido, uno de los funcionarios más diligentes, del que se habla mucho; Sortini, en cambio, es muy retraído y no trata con casi nadie. Hace más de tres años que lo vi por primera y última vez. Fue el tres de julio, con motivo de una fiesta del servicio de incendios, El Castillo participaba también y había comprado una bomba nueva. Sortini, que se tenía que ocupar en parte de los asuntos de los bomberos (o que quizás ostentase la representación de otro, porque los funcionarios se representan unos a otros, con lo que es muy difícil saber de qué se ocupa uno u otro de los funcionarios), participaba en la entrega de la bomba; naturalmente habían acudido además otras personas del Castillo, funcionarios y criados, y Sortini estaba, como correspondía a su carácter, totalmente apartado, al fondo...
 Esta cita de la novela El Castillo de Franz Kafka, la cual empezó a escribir en 1922 y dejó incompleta, lo mismo queAmerika y El proceso, pretende servir de introducción a algunas reflexiones en torno al décimo aniversario de la ocupación de Checoslovaquia, como modelo del carácter "kafkiano" de la burocracia y punto de partida literario. Puesto que no escasean los análisis políticos de los sucesos que condujeron al 21 de agosto de 1968, quiero derivar de esta visión de Kafka sobre la administración total algunas preguntas acerca de las estructuras a que las sociedades del Este y del Oeste, dejando aparte su poderío militar, económico e ideológico, están más que nunca sometidas.
 ¿En qué forma prosigue la actividad de Sortini y de Sordini? ¿Qué persona o qué agente inevitable encubre sus competencias? ¿En qué se basan las atribuciones para todo y nada? ¿Cuál es la relación recíproca entre el aumento o el descenso de la burocracia y la corrupción? ¿En qué momento los aparatos administrativos comienzan a volverse inmateriales y parabólicos, en el sentido establecido por Kafka?
 No es posible dar una respuesta unívoca a estas preguntas, pues la naturaleza de la burocracia, incluso en el ámbito insignificante de la antesala, es ambigua: aproximarse al Castillo significa perder de vista sus contornos. No importa la ideología que acompañe: en la expansión del poder por múltiples y aparentemente confusas vías administrativas radica su ubicuidad, la cual ya no posee el anticuado estilo imperial y real que conociera el escritor Kafka, sino que tiene una vigencia actual y perspectivas para el futuro, es decir, está provista de tecnologías modernas, si bien conserva el carácter anónimo que a lo sumo permita vacilar entre Sortini y Sordini. Sigue dominando a la sociedad humana, a la cual sabe clasificar y afirma salvaguardar; hace valer su control sobre el individuo —sea éste funcionario o ciudadano— o lo enreda en infracciones, en nombre de ciertas leyes tanto con aire antiguo como alteradas.
 La burocracia es la única organización internacional colocada por encima de las potencias ideológicas que en todo el mundo defienden su pretensión a ser los dueños únicos de la verdad, que con base en ella se excluyen mutuamente y a menudo se enfrascan en luchas hasta la destrucción total. Se considera omnipotente. Sola se certifica. Después de cualquier cambio en el sistema ideológico continúa trabajando, casi sin trastornos, porque sabe integrarse en los respectivos sistemas nuevos, sin atender a consideraciones de valores. Nada es capaz de sustituirla. Aun durante los tiempos de máxima agitación política, en medio del caos revolucionario, confiará en su propia legalidad: sobrevive e incluso guarda su olor.
 Tal calidad convence. Cuando todo se hace pedazos, hay una gran demanda de estabilidad. ¿Qué sabríamos sobre nosotros mismos y sobre los demás si no perdurasen (como perpetuas rendiciones de cuentas) la cédula de identidad, el Cuestionario, el legajo personal, el expediente? Nada saldría a la luz, de no ser por estas secreciones de papel de la existencia humana, llamadas documentos.
 Sin la intervención de la burocracia, que todo lo conserva, no se hubiera logrado, por ejemplo, hacer reconocible, hasta un grado excesivo de claridad, el retrato del juez de la marina y posterior presidente del Consejo de Ministros, Hans Filbinger. Espanta el hecho de deber tanto conocimiento a la burocracia. La circunstancia de que Filbinger, dedicado a hacer averiguaciones sobre otros, se haya convertido él mismo en una víctima de este método, no mitiga la naturaleza problemática del asunto, sino muestra que el disimulo partidista y aún más la piedad son ajenos a la esencia burocrática. Ni rango ni nombre hacen mella en su memoria. Si Filbinger se llamara Fildinger y admitiera una confusión parecida a la de los funcionarios del Castillo de Kafka, Sortini y Sordini, Fildinger, que no ascendió a presidente del Consejo de Ministros sino siguió ejerciendo con éxito su carrera de abogado, no tendría nada qué temer, aunque el conocimiento que por medio de la burocracia pudiera adquirirse acerca de él fuese más aterrador todavía que la revelación que nos espantara con respecto a Filbinger. Sólo se constituyó en un caso importante por haber sido presidente del Consejo de Ministros.
 Sin tener en cuenta la autoridad de su cargo y la sensibilidad que muestra la democracia hacia los dignatarios elevados, tanto Filbinger como Fildinger supo llevar a cabo sin contratiempos el cambio de la estructura de poder bajo el imperio pangermanista del nacionalsocialismo a la República Federal de Alemania: comprometido siempre con la ley, se ocupó con la complicación de conocimientos sobre otros. Aunque Filbinger ya no tenga permiso para ello, Fildinger no deja de trabajar con diligencia.
 En este sentido, Sortini y Sordini se han mantenido fieles a sí mismos: en coordinación con distintos servicios de reconocimiento, cumplían y cumplen con su deber. Se reconocen por la posibilidad de confundirlos.
 Pueden ser intercambiados mutuamente. Son idénticos sólo a aquellos procesos de papel, legalmente asegurados en todo momento y que entretanto se antojan eternos, que representan la esencia de la burocracia, pero nunca a adjudicaciones ideológicas que se dejen evocar y de las que se pueda abjurar.
 Después de la caída del aparato de poder fascista, y pese a las reformas democráticas esforzadas, por regla general, el carácter de la administración que sobrevivió al sistema no fue dañado en su sustancia y retuvo fuerza suficiente para vencer, con la ayuda de un vigoroso alimento, como por ejemplo el llamado decreto de radicales, todas las barreras erigidas por las reformas, volviendo a desplegar su actividad en una forma desmedidamente libre de valores, es decir, bastándose a sí misma. De igual manera se conservó la sustancia de la administración en el país que brindara sus realidades gráficas al escritor Franz Kafka: pese a las confusas peripecias ideológicas ocurridas desde los remotos tiempos imperialistas y monárquicos hasta la actualidad del comunismo real, El Castillo de la novela del mismo nombre ha podido guardar, como metáfora, su multiplicidad de significados, ha rechazado y desgastado a miles de agrimensores lo mismo que a los buscadores de la verdad. Ha penetrado, incluso, en todas las dimensiones. Más alto, más ancho, provisto de diversos sótanos nuevos, El Castillo por fin descansa también sobre un fundamento ideológico.
 Desde que el comunismo de cuño leninista-estalinista impusiera la burocracia de partido a la burocracia general consagrada por el uso, para decirlo de alguna manera, y desde que logró reunir a todos los órganos detrás de una sola voluntad, el poder anónimo de la burocracia engloba totalmente al ser humano individual.
 En la novela El proceso de Kafka, el acusado Josef K. no averigua nunca de qué se le acusa ni quién lo condena. El agrimensor K. traba, ciertamente, conocimiento con algunos señores del Castillo y funcionarios de nivel medio, en parte debido a su tenacidad y en parte por conducto de las mujeres a las que usa astutamente, pero no avanza hasta El Castillo, hasta la estructura interna del poder que lo envuelve también a él. El agrimensor K. se embrolla en acciones y episodios. A menudo parece haber olvidado las razones de sus esfuerzos. Se hace culpable. Se desgasta. Se agota con las tramitaciones oficiales.
 Dicha pasión existe desde hace décadas como literatura y se cuenta entre los clásicos modernos. Asimismo, el modelo utópico que el autor nos legó, una visión tan precisa como significativa, fue alcanzado y se ha vuelto realidad en todas las naciones totalitarias, en todos los lugares donde coinciden el poder y la administración. Una de ellas es su tierra de origen. La República Socialista de Checoslovaquia ha salvado sin perjuicio la estructura de poder de su burocracia partidista, pese al vehemente intento de reforma de la "primavera de Praga". Es cierto que la ocupación de Checoslovaquia fijó hace diez años una fecha de poderío político, pero los motores de los tanques de las potencias de la ocupación habían sido encendidos desde mucho tiempo antes. A principios de la década de 1960 surgieron las fuerzas y las contrafuerzas. Un suceso periférico servirá para reflejar esa ostentación de poder. Resulta más adecuado que las conocidas acciones del Estado para poner al descubierto las causas del persistente conflicto. Entre otras cosas, se habló también del agrimensor K.
 El 27 y 28 de mayo de 1963 un grupo de letrados, filósofos y escritores se reunió en El castillo Liblice de Bohemia para hablar sobre un autor cuyos libros hasta entonces habían sido desacreditados, si no es que tabús, y cuya edición como obras completas hasta la fecha ha resultado imposible en las naciones del bloque oriental. Al dar por sentado que desde el 20° Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética no sólo había cobrado importancia la tesis política de la coexistencia sino que también se permitía, dentro de ciertos límites, la crítica al estalinismo, principalmente bajo el lema de "La pasada fase del culto a la personalidad", es posible concebir la conferencia sobre Kafka llevada a cabo en El castillo Liblice como una temprana señal de la primavera de Praga.
 Los participantes en dicha conferencia se consideraban, sin excepción, como marxistas. Todas las ponencias, 27 en total, expedían al escritor Franz Kranz el certificado más o menos franco, en algunos casos vergonzante y sujeto a restricciones, a menudo rimbombante pero fiel, en términos generales, a la doctrina del marxismo, de haber sido, pese a su concepto pesimista de la vida, un escritor humanístico y de formar parte, por lo tanto, del patrimonio humanístico comunista. Fue calificado de progresista.
 Si bien actualmente estos dictámenes parecen ridículos, en ese entonces fueron muy necesarios: sólo esa muletilla admitía discutir a Kafka. Presentárase con convicción o guiñando el ojo, el testimonio de que el escritor hasta entonces proscrito o callado fuese un humanista despejó el camino para reflexiones ulteriores.
 A manera de resumen, más tarde se hizo la siguiente declaración:
 La conferencia se esforzó por lograr una aclaración ideológica de los problemas literarios relacionados con la obra de Kafka. Algunas ponencias plantearon asimismo, naturalmente, preguntas referentes a la política cultural de ciertos países, sobre todo la cuestión de si deberían editarse las obras de Kafka. El intercambio de opiniones fue provechoso también a este respecto, aunque la conferencia desde luego no gozaba de la autoridad como para participar en la solución de estos asuntos, ni podía tenerla.
 El posterior destino de algunos asistentes a la conferencia pone de manifiesto las conmociones que han afectado al comunismo desde entonces. El presidente de la misma, Eduard Goldstücker, lo fue también de la asociación checoslovaca de escritores durante el efímero periodo de Dubcek; actualmente vive como emigrado en Inglaterra. El austríaco Ernst Fischer fue expulsado del Partido Comunista de su país por protestar contra la ocupación de Checoslovaquia. Roger Garaudy tuvo que abandonar el Partido Comunista de Francia por decisión de su Comité Central.
 Para finalizar su intervención, Garaudy cita un diálogo entre Kafka y Gustav Janouch, amigo de éste, sobre Picasso. Con motivo de la primera exposición cubista en Praga, el amigo dice: "Es un deformador petulante." Y Kafka replica: "No lo creo. Sólo hace constar las desfiguraciones que aún no penetran en nuestra conciencia: el arte es un espejo que 'se adelanta' como un reloj... a veces."
 La comparación entre Picasso y Kafka no tuvo eco en las otras ponencias. Ninguno de los participantes deseaba ir tan lejos. Fueron más frecuentes los intentos de demostrar una temprana relación del joven Kafka con el socialismo. Una y otra vez se aseveró que Kafka había logrado, especialmente, revelar la enajenación del ser humano dentro del sistema capitalista. La crítica burguesa del oeste fue censurada por mistificar a Kafka y suprimir su posición crítica ante la sociedad.
 A esto, el filósofo polaco Román Karst respondió en la siguiente forma:
 "...la crítica burguesa ha sido acusada de falsear el sentido de la obra de Kafka; es más, incluso se afirma la necesidad de defender a Kafka contra ella. Tales asertos olvidan, sin embargo, que durante muchos años después de la última Guerra Mundial no escribimos una sola palabra sobre Kafka, sino que lo callamos. Muchos nos han exhortado a leer de manera racional a Kafka; pero ¿es posible siquiera leer racionalmente a un novelista? En mi opinión debe ser leído y, sobre todo, impreso.
 Ernst Fischer, por su parte, pidió una aplicación práctica al socialismo:
 Kafka es un novelista que nos atañe a todos. La enajenación del ser humano, pintada por él con máxima intensidad, alcanza dimensiones monstruosas en el mundo capitalista. Sin embargo, el mundo socialista no la ha superado tampoco, de ningún modo. Vencerla paso a paso, mediante la lucha contra el dogmatismo y el burocratismo, en nombre de la democracia, la iniciativa y la responsabilidad socialistas, constituye un proceso que tomará mucho tiempo y representa un enorme cometido. La lectura de obras como El proceso y El Castillo es indicada para contribuir a la solución de dicha labor. El lector socialista hallará en ellas algunos trazos de su propia problemática y el funcionario socialista se verá obligado a presentar argumentos mejor documentados y diferenciados con respecto a muchas cuestiones.
 El publicista y traductor Alexej Kusák, de Praga, se adelantó un paso más:
 Sobre todo el hecho de que Kafka sea también el narrador de nuestras absurdidades, de que las situaciones kafkianas sirvan como modelo de ciertas circunstancias que en los países socialistas conocemos desde la época del culto a la personalidad, habla en favor de Kafka y de su capacidad genial para tipificar, o sea, de su método artístico, el cual lo puso en condiciones de reconocer que determinado grado de opacidad en las relaciones sociales y el absolutismo del poder institucional engendran, día con día, situaciones absurdas en las que inocentes son acusados de crímenes que no cometen...
 Otras colaboraciones llegaron al extremo de comparar al siempre activo, insistente y ambicioso agrimensor K. de la novela del Castillo, que a veces llega incluso a las manos, con el pasivo, huidizo y evasivo Josef K. de El proceso, equiparación que adjudica al agrimensor un papel de precursor o revolucionario. Goldstücker sugiere que en el agrimensor se vea al repartidor de tierras. Con razón se levantaron protestas contra este intento de sacar provecho de Kafka, para el uso doméstico del comunismo, no sólo como humanista sino también como revolucionario. Franz Kafka no se deja asignar a ninguna ideología; previo la evolución de todas las corrientes ideológicas de sus tiempos.
 En su biografía de Kafka, Heinz Politzer cita un acontecimiento del año 1920 incluido en las Gespräche mit Kafka[Conversaciones con Kafka] de Gustav Janouch. Los interlocutores se topan con un grupo de obreros que, cargados de banderas y estandartes, salen de una asamblea. Kafka dice: "Esa gente tiene tanto aplomo, seguridad de sí y buen ánimo. Domina la calle y por consiguiente cree dominar al mundo. En realidad se equivoca. Detrás de ellos ya están los secretarios, los funcionarios, los políticos, todos los sultanes modernos para los que preparan el camino al poder. Y cuando Janouch pregunta, a continuación, si Kafka no cree que vaya a difundirse la Revolución rusa, éste contesta: "Cuanto más se extiende una inundación, menos profunda y más turbia se vuelve el agua. La revolución se evapora y sólo queda el fango de una nueva burocracia. Las ataduras de la humanidad vejada son de papel oficio."
 Alguien que habla así no sacará ningún mito progresista del apremiante proceso de la historia, sino que la sufre. El concepto que Kafka tuvo del mundo era ca-tastrofista. De ello también se habló, en forma contradictoria, durante la conferencia del castillo Liblice. Al fin y al cabo, se trataba de preparar una nueva fase histórica después del pretendido término del estalinismo: dentro de un "comunismo humano", tal como aspiraban a él los reformadores checoslovacos de la "primavera de Praga", también Kafka, interpretado de una o de otra manera, debía ser posible.
 Ya es un lugar común denominar "kafkiano" al mundo de los trámites administrativos, a la reducción de la existencia humana a un expediente de actas y al despliegue de la burocracia y la corrupción. El cuadro exacto de la jerarquía burocrática y el contraste, que una y otra vez adquiere trazas de metáfora, entre el celo burocrático y una negligencia dedicada sólo a alborotar el polvo de las actas, ese mundo constituido totalmente de papel y construido de palabras que cobra realidad para el lector mediante la novela de Kafka El Castillo, admite la comparación con una realidad ajena a la literatura. No obstante, al mismo tiempo la obra de Kafka se reduce si en su conjunto es limitada a esta única interpretación, según la cual el agrimensor K. lucha contra un mal doble: la burocracia y la corrupción. Cor fundamentos igualmente justificados es posible interpretar la actividad del agrimensor como una búsqueda de Dios y de la verdad. El Castillo, que en su impenetrabilidad permanece inalcanzable, puede ser entendido como metáfora del concepto teológico de la misericordia. Asimismo, de la novela El proceso el lector pudiera derivar, pese a que el libro recrea el aparato triturador de la justicia terrena hasta en sus más terribles detalles, una divina instancia suprema. Al agrimensor K. le han sido atribuidos rasgos fáusticos. Y si se subordinara la obra de Kafka al concepto "laberíntico", sería posible respaldarlo en forma concluyente con los términos de la mística judía. El gran número de interpretaciones posibles, incluso las extravagantes, sólo pone en evidencia que las obras literarias —como toda obra artística— poseen y deben poseer significados múltiples, porque no obedecen a los ritos de la lógica sino a las leyes de la estética.
 El afán de la interpretación única, correcta y de valor universal, se debe, la mayoría de las veces, a exigencias ideológicas o morales. En todos los lugares donde hay una sola forma de existir, con todo y una doctrina y moral de la verdad, surge también la pobre urgencia de una única interpretación cierta de las obras artísticas. (Allí, el arte es la vaca que se ordeña. Y lo que produce, aunque tenga un sabor amargo, debe corresponder a la idea común de la leche.)
 Por lo tanto, mi intento de interpretar la novela El Castillo de Franz Kafka, de manera particular en relación con la burocracia total, sólo se refiere a un aspecto parcial en la obra de este escritor. El hecho de que dicho aspecto parcial puede documentarse queda comprobado no sólo por el desarrollo de la trama, saturada de detalles, sino también por la retoñada realidad de nuestro mundo actual, que diariamente vuelve a ganarse como calificativo el lugar común "kafkiano".
 Puesto que las burocracias del este y del oeste se igualan cada vez más, su pretensión total de dominio sobre el ser humano, como un ser definido mediante las actas, es expresada en una forma tan ubicua (y como fuera de todo control terreno) que les corresponde esa dimensión difusa, hasta trascendente, que no obstante puede denominarse divina y kafkiana.
 Pretendo afirmar que el orden fragmentario creado por Franz Kafka con recursos literarios, como la metáfora delCastillo, tuvo un carácter visionario, en cuanto a su significado burocrático trivial así como al teológico, en el momento de ser plasmado por escrito; ahora se ha transformado en una realidad ajena a la literatura. La visión fue alcanzada; la utopía, superada. En Praga y en nuestra propia casa, Kafka ha encontrado a sus ejecutantes.
 En todo el mundo se propagan las excrecencias burocráticas cuyo despotismo no sólo se sustrae al control democrático procurado aquí y allá, sino que también se cierra a toda razón sensata de ser. En su absurdidad, la burocracia de nuestros días se aproxima a Dios. Aunque fabricada y manejada por seres humanos, es superior a éstos en su funcionamiento espontáneo; y es sólo ahora, cerca de alcanzar la perfección, que muestra su modelo sobrehumano, que el autor Kafka debió representarse como algo real.
 Parece que la burocracia de nuestros tiempos ya no pertenece en suficiente grado a este mundo como para ser eliminada mediante reformas administrativas o, mucho menos, con un cataclismo revolucionario. Ya hubo intenciones semejantes. ¡Mayor cercanía al ciudadano! ¡Atreverse a una mayor democracia!, rezaban las consignas. Miles se levantaron en protesta para emprender la "marcha a través de las instituciones". ¿Dónde quedaron? ¿En qué oficinas empezaron a confundirse entre sí, como Sortini y Sordini?
 A más tardar desde la reciente ampliación de la potencia burocrática general por medio de la tecnología nos hemos percatado del peligro inherente a los todopoderosos aparatos, como conceptos objetivados de Dios. Ya no nos enfrentamos a inconveniencias burocráticas que con todo pudieran mitigarse, sino con el destino correctamente impuesto. Así, debemos someternos: en Praga o en nuestra propia casa. Así, nos atrevemos, en Praga o aquí, a protestar contra ese poder universal. Al igual que el agrimensor K., tratamos de descifrar la jerarquía de la administración del Castillo, de obtener la famosa "admisión", de entrar al Castillo... aunque sólo lo logremos por medio de sobornos.
 El Castillo se muestra benévolo con nosotros. Así como al agrimensor K. fueron asignados los llamados ayudantes, Jeremías y Arthur, a nosotros también nos conceden espías, en forma de micrófonos ocultos o la clásica pareja. Nos ayudan, son nuestros ángeles de la guarda. Se encargan de que no erremos en un sentido más elevado. Presienten nuestras acciones. Se alimentan con más datos referentes a nosotros de los que pudiéramos retener, en vista de la falta mortal de memoria que padecemos. Son una de las demostraciones divinas de benevolencia ofrecidas por la burocracia universal, con implicaciones vulgares y realistas y, a la vez, trascendentes.
 Puesto que los secretarios y los señores del Castillo de Kafka se quejan, como nuestros funcionarios de nivel inferior, medio y alto, de la carga y la responsabilidad que implica su deber burocrático —de la misma manera como el ciudadano afectado se queja de la protección y la pesada benevolencia de la burocracia— y, además, porque los funcionarios con deseos reformadores se empeñan, por iniciativa propia o a petición de los ciudadanos administrados, en reducir el tiempo de circulación de las actas, en fortalecer la jurisdicción administrativa a manera de contraburocracia, en humanizar los despachos oficiales con la ayuda de plantas de interior, en volver, de manera democrática, más transparente la actividad de los espías y en proteger nuestros datos, una vez recogidos, contra nosotros mismos y otros, es posible afirmar, con razón y sin admitir excepciones, que todos —los señores del Castillo y el agrimensor K., nuestros funcionarios medios y altos y los ciudadanos afectados—, todos los involucrados son trabajadores en la viña del Señor.
 Pues así quiere la burocracia, en Praga y en nuestra propia casa, que se le conciba. Aunque no podamos abarcar todo el conjunto —sea éste el que fuera: El Castillo o la viña o el Estado, con sus pretensiones absolutas—, formamos parte de él y se nos considera imprescindibles mientras sigamos trabajando en la viña del Señor. Debemos labrar y se nos permite quejarnos. Tenemos que guardar conciencia de nuestras relativas limitaciones; no todo el mundo puede saber y mucho menos hacerlo todo. Incluso desde una posición elevada, el conjunto a menudo resulta incomprensible. De ahí que ciertos encumbrados señores, de los que uno supondría que son poderosos y tienen todo bajo control, hayan sido capaces, últimamente, de hacer ademanes de impotencia.
 Hace poco, por ejemplo, se oyó al presidente del Consejo de Estado, Erich Honecker, exhortar a la burocracia de la otra nación alemana a ser, por Marx y Engels —y por el hombre socialista—, menos burocrática. Por supuesto, dicha exhortación quedó sin respuesta. Pese a la multiplicidad de sus formas, la burocracia no tiene boca.
 Y aquí, entre nosotros, el canciller y sus ministros se quejan elocuentemente de una impotencia que, si bien no puede compararse con aquélla, sí se le asemeja. Encuentran lamentable el hecho de ya no reconocer, simplemente, sus proyectos de canciller o de ministros, una vez que éstos son introducidos en la burocracia ministerial y devueltos nuevamente a ellos después del debido tiempo de circulación. Es cierto que la maquinaria aún funciona sin contratiempos, es más, con menos contratiempos que nunca antes, pero ya no de una manera conforme a sus instrucciones.
 Leemos, por ejemplo: en el fondo, el llamado decreto de radicales es nulo desde hace mucho tiempo. Sin embargo, la burocracia no quiere reconocer esta declaración de nulidad hecha por el poder gubernamental. En cambio, redobla los esfuerzos por realizar, hasta en sus últimas consecuencias, un decreto lanzado hace años, condicionado desde entonces en varias ocasiones y, finalmente, casi abolido. Salta a la vista que la burocracia se ha independizado. Hay que admitirlo, lamentablemente, por mucho que se aprecie la eficiencia de nuestros funcionarios.
 De esta manera, se habría identificado al culpable, si fuese posible dirigirle la palabra. Los poderosos se zafan del asunto: la burocracia tiene la culpa. Es la que convierte las leyes progresistas en su opuesto reaccionario. Constituye un Estado dentro del Estado. ¿No sería, pues, razonable y provechoso que el Estado constitucional introdujera al mayor número posible de radicales en el servicio público, a fin de acabar con ese Estado dentro del Estado?
 Hace diez años la gente estaba decidida, en Praga y en nuestra propia casa, a tomar por asalto los castillos burocráticos y vencer al Estado dentro del Estado. Recuérdese que la primavera de Praga tuvo su efímera correspondencia entre nosotros, en forma de la protesta estudiantil. En todas partes: París, Varsovia, Berlín, Praga, la "imaginación [aspiraba] al poder", se invocaba el "principio de la esperanza". No obstante, sólo en Praga la cosa no quedó en la protesta.
 A los pocos años de la conferencia literaria efectuada sobre Kafka en El castillo Liblice, primer impulso de una evolución trascendente, la primavera de Praga empezó a adquirir peso político. Coincidió con esa época mi primer viaje a Checoslovaquia, seguido por muchas visitas hasta el año siguiente a la ocupación. Más o menos por el mismo periodo también tuvo comienzo mi correspondencia abierta con el escritor checo Pavel Kohout, la cual fue publicada primero, bajo el título general "Cartas a través de la frontera", en el semanario Die Zeit y luego en el periódico Student de Praga.
 Era insólito el simple hecho de que un escritor comunista y otro socialdemócrata se tomasen la libertad, que debía ser natural, de entablar una discusión crítica y autocrítica en forma epistolar, teniendo como fondo político la era posestalinista de Novotny en Checoslovaquia y el paralizador desconcierto del Partido Socialdemócrata de Alemania dentro de la Gran Coalición que regía en ese entonces; refutaba la triste experiencia histórica que había hecho de comunistas y socialdemócra-tas enemigos a muerte. Por escépticas que fuesen las actitudes de Kohout y mías ante nuestras propias posiciones políticas y las del otro, las cartas no estaban desprovistas de esperanza: Kohout creía al comunismo susceptible de reformas; yo confiaba en la capacidad de los socialdemócratas para realizar profundas transformaciones y en una síntesis entre la democracia y el socialismo. Ambos opinábamos que dicha síntesis tenía futuro.
 Cuando se obligó a Novotny a renunciar, y con el comienzo de una nueva era bajo Alexander Dubcek, parecía que en Checoslovaquia, el único país comunista  con una tradición democrática, podría moverse la montaña y nuestras esperanzas hacerse realidad. Durante unos pocos meses se puso de manifiesto, en la vida cotidiana de Checoslovaquia, que la democracia y el socialismo se motivan solidariamente. Al parecer se habían sacudido el yugo de la burocracia ubicua del Partido. Todo el mundo hablaba abiertamente y ensayaba su libre expresión como un lujo desacostumbrado, la lucía en público y por ello creía haberse librado de los espías de siempre, condenándolos al desempleo. Con orgullo, si bien con un poco de incredulidad y asombro todavía, era demostrado recíprocamente que la libertad de opiniones y el comunismo no tienen que ser mutuamente excluyentes. Ya se conjeturaba que las otras naciones comunistas habrían reconocido la utilidad que una reforma de esta naturaleza pudiera tener también para ellas, cuando el comunismo propagado por los tanques de la Unión Soviética llegó a poner fin a este gran ensayo fundado en la teoría y, no obstante, espontáneo.
 Para formularlo con mayor precisión: dentro de la esfera del poder soviético el intento de rajar la estructura leninista-estalinista del comunismo dogmático y también, por lo tanto, la dictadura ejercida por la burocracia del Partido, fue reprimido violentamente; en el oeste, sin embargo, el impulso emanado de Praga sigue vigente hasta la fecha. Sin él, los partidos comunistas de la Europa Occidental se hubiesen desarrollado de manera menos concreta, con mayores diferencias en su relación recíproca, y no se hubieran desprendido de la influencia soviética. La manifestación y el fracaso del socialismo democrático en Checoslovaquia volvieron a poner delante de los ojos de los partidos socialistas y socialdemócratas de la Europa Occidental sus propias demandas, les fijaron una escala. Sólo la "nueva izquierda" —residuo de las protestas estudiantiles— se interesaba aún en la teoría y se desintegró en grupos y sectas; vana fue para ella la lección de Praga.
 No obstante, opino que todos los análisis de esos acontecimientos, desde los cuales han transcurrido, entretanto, diez años, seguirán siendo insuficientes si se limitan a buscar las causas de aquéllos en la esfera militar, económica e ideológica. Baso la conclusión de que Kafka ha hallado a sus ejecutantes en el incremento de poder de la burocracia. En forma anónima, tal como corresponde a su naturaleza, sobrevivió al cambio político en Checoslovaquia, de Novotny a Dubcek y de Dubcek a Husak. Inmediatamente, entró otra vez en funcionamiento. Es probable que ni siquiera haya suspendido su actividad durante el interludio democrático. En todo caso, se habrá permitido, como siempre le será posible, dejar la marcha en vacío, confiando en la imposibilidad de ser sustituida. Se traspasa, es independiente de la moda. La demanda perpetua de seguridad que tenemos los seres humanos alimenta sus órganos. Cada nueva ley —por bienintencionado que sea su deseo de simplificar las disposiciones de seguridad vigentes hasta ese momento— engendra nuevos departamentos administrativos que, después de fusionar las secciones nuevas con las más antiguas, se multiplican sin fin mediante la derivación de divisiones subordinadas y diarias pruebas de su utilidad.
 La seguridad social que necesita el ser humano, la cual a menudo ha ingresado al plano legal sólo después de décadas enteras de luchas políticas, exige organización, aparatos que funcionen y una operación regular, libre de valores ideológicos, para garantizar al individuo y a la sociedad la pensión, la educación escolar y vocacional y el sitio en la universidad, para asegurarlo contra enfermedades y accidentes, proporcionar el mínimo necesario para la existencia a los afectados por la pérdida de su empleo, defender a todo mundo, en términos generales, contra un gran número de peligros e incluso para ofrecer seguridad contra los enemigos del Estado y de la sociedad.
 Necesitamos, pues, la burocracia. De poder y querer deshacernos de ella, quedaríamos sin defensas, en el caos. Franz Kafka fue durante muchos años empleado e investigador de casos en la oficina para los seguros de obreros contra accidentes. Pese al agobio, apreciaba la utilidad de su trabajo en vista del gran número de accidentes sufridos por los obreros y la insuficiencia del servicio de seguros contra accidentes. De ser necesario, sería posible sustituir una fuente de energía faltante —petróleo o electricidad— por otra, pero nada serviría para remplazar una burocracia faltante, a menos que se propusiera como opción una burocracia nueva, más universal todavía, moderna y que racionalizara nuestra creciente demanda de seguridad.
 Por ese camino vamos. El tiempo de las oficinas con olor a enmohecido y de los estorbosos archiveros se acerca a su fin. En ocasiones se ha dicho, en defensa de la burocracia, que crea y conserva puestos de trabajo, pero en el futuro este argumento ya no podrá hacerse valer porque en el curso de la racionalización general, incluso en la esfera administrativa, con su alto número de puestos de trabajo, las computadoras grandes y minúsculas, los sistemas de almacenamiento de datos, las instalaciones electrónicas una y otra vez mejoradas, los centros de informática que trabajan por diversos medios de comunicación y los otros productos de la segunda revolución técnica remplazarán o, para decirlo en forma más agradable, liberarán a los señores y los secretarios del Castillo de Kafka y a sus sucesores, los empleados y funcionarios de la burocracia.
 Lo llamamos progreso y nos infunde un poco de miedo. Ciertamente, dichas evoluciones progresistas abolirán, y en parte ya lo están haciendo, nuestros conceptos consuetudinarios del trabajo como realización de uno mismo o como esclavitud; pero los trabajadores así "liberados", los empleados y los funcionarios se sentirán tan enajenados con este excesivo tiempo de ocio como antes en sus empleos acostumbrados. Peor aún: este cambio previsible, que no obstante habrá de tomarnos desprevenidos, no modificará el carácter de la burocracias En todo caso, será más perfecta. Se multiplicará, porque tanta inactividad en los complejos espacios de ocio requerirá ser administrada, asegurada y protegida contra los abusos. Las masas inactivas tienden a salirse fuera de control. Se apelotonan, son capaces de emociones irracionales. Ya que supuestamente han quedado sin rumbo fijo, es posible que busquen un sentido y se fijen objetivos fuera del orden legal. Mientras que el agrimensor K. arremetía inútilmente contra El Castillo, la masa K. podría tener éxito en su acción destructora y romper los aparatos que la liberaron.
 No obstante, la nueva burocracia se asegurará también contra estos peligros preprogramados: alimentará a la sociedad del ocio con efímeras razones de ser y permitirá, incluso, restringidos juegos revolucionarios; o bien, desarrollará ulteriormente el moderno Estado policiaco en un sentido orwelliano. Con toda seguridad, el oeste dominará más pronto la evolución del futuro, pero no es posible descartar la posibilidad de que el este, a pesar de su cerrazón ideológica, lo iguale en ello, aunque sea con el retraso de siempre. Al resto del mundo, sea de orientación occidental u oriental, no le quedará más que aprender de ellos e imitarlos, máxime cuando las masas asiáticas, africanas y sudamericanas todavía se encuentran desempleadas o en el estado liberado de acuerdo con la estructura tradicional; es decir, a causa de su demanda acumulada desarrollarán la clasificación administrativa, asegurada y afianzadora de las masas y, por consiguiente, la burocracia total.
 Esta dimensión futura ya se anuncia. Es inevitable para todas las ideologías. La pregunta de una alternativa sólo puede contestarse en forma radical, es decir, llegando hasta su raíz. El que desee sustraerse al sistema de seguridad de la burocracia deberá elegir, en lugar de la seguridad, el riesgo. El que elija el riesgo decaerá en el terrorismo o tendrá que disponerse a una larga y penosa lucha política. El que quiera el riesgo deberá empeñarse, como el agrimensor K. de Franz Kafka, en penetrar en un Castillo cada vez más lejano. El que actúe como el agrimensor K. pudiera llamarse Rudolf Bahro, quien escogió el riesgo. Puso por escrito lo que pasaba en El Castillo. No buscaba esa seguridad total. Se liberó de la oferta de esa seguridad. Ahora El Castillo cree tenerlo bajo llave. Pero con todo se hace oír. Es imposible tener sus palabras bajo llave. Su voz, empañada por el riesgo, se nos antoja conocida. Con la misma precisión, con la misma falta de seguridad, con la misma humanidad hablaron muchos hace diez años: en Praga y en Bratislava. El manifiesto de las dos mil palabras. Finalmente, dirigieron sus palabras contra los tanques.
 Hoy son los portavoces de la Carta 77 los que, como Rudolf Bahro, como el agrimensor K. de Kafka, han elegido el riesgo a pesar de la opción de la seguridad total. No importa que la novela El Castillo de Franz Kafka sea interpretada como auténtica imagen de la burocracia total o como metáfora de la verdad absoluta que debe buscarse: todos los aludidos se encuentran en camino hacia El Castillo. No sabemos si consigan llegar. Esta pregunta no ha sido planteada al riesgo. La novela de Kafka también quedó en el fragmento.
 Al echar una ojeada retrospectiva al 21 de agosto de 1968 no me interesaba redactar otro análisis más sobre las ya familiares estructuras del poder, ni un estudio que evaluara tan sólo el aspecto político e ideológico del comunismo de la reforma checoslovaca y su aborto, sino que en calidad de escritor tenía la intención de hacer girar mis reflexiones en torno a la conferencia realizada sobre Kafka en El castillo Liblice, la cual, si bien periférica, anunciaba la primavera de Praga. Por lo tanto, me quedaré con la literatura y sus efectos en esta última arremetida.
 El escritor Franz Kafka no sólo ha sido interpretado hasta volverse totalmente impenetrable, sino que también ha engendrado epígonos. Estos fenómenos fundados, por una parte, en su ambigüedad y sujetos, por otra, a la moda, no deben disfrazar el hecho de que algunos autores han logrado seguir los pasos de Kafka sin renunciar a su individualidad.
 El año pasado se publicó en la República Federal el libro Versuchte Nähe [Intento de cercanía] de mi colega Hans Joachim Schädlich. La delgada antología de cuentos no había encontrado editor en la RDA, y Schädlich emigró con su familia a la República Federal. Aún más que el relato que da el título al libro, la breve narración "Unter den achtzehn Türmen der María vor dem Teyn" [Debajo de las 18 torres de la María vor dem Teyn], escrita en 1971, nos muestra la forma modificada en que El Castillo de Kafka perdura hoy en día y la manera en que el servicio de seguridad del Estado se asegura de los ciudadanos que tiene a su merced, como burocracia y con la ayuda de la tecnología moderna. Con algunos cambios insignificantes, la historia podría llevarse a cabo en la República Federal, pero está ubicada en la Praga del 1968 y en Berlín Oriental: dos jóvenes ciudadanos de la RDA presencian el arribo de los tanques. Instalados debajo del arco de una puerta, contestan las preguntas de un reportero de la televisión occidental. Los espías de la RDA no pueden identificarlos: estaban con la espalda hacia la cámara; pero atraparon sus voces. Un dialecto matiza estas voces. Existen personas que estudian los dialectos. Por rendir un servicio a la seguridad del Estado, una de ellas está dispuesta, mediante grabaciones de las más diversas variantes dialectales, a confrontar, cercar y fijar en una población determinada las voces captadas. Después, resulta fácil encontrar a los dos jóvenes viajeros a Praga entre el conjunto de los pocos que fueron registrados en dicha población, arrestarlos e interrogarlos hasta que confiesan.
 Cito a continuación el octavo parágrafo del relato de Schädlich:
 Un supuesto portafolios cruza la puerta del instituto de la lengua vernácula. Siete armarios en un rincón bajo, abarrotados sin recelo con los productos de las extensas compilaciones efectuadas por conocedores aficionados al idioma materno, por el momento degeneran en siete factores de seguridad. Sobre 1 500 cintas y dentro de siete armarios sobreviven las arbitrariedades cometidas localmente —al norte, al este, al sur, al oeste y al centro— contra el resto de la lengua nacional.
 Unas manos comisionadas corren los pasadores en las cerraduras del portafolios, el pulgar y el índice derechos extraen de su custodia portátil una grabadora, dos voces atrapadas.
 La técnica adecuada induce a las voces a repetir opiniones de protesta; su capricho lingüístico los señala como habitantes de cierta región. ¿De cuál?
 Dos de los tres conocedores de lo vernáculo que se tienen a la mano no responden a las atentas exhortaciones, a las advertencias amables, a las encarecidas demandas.
 El tercero y el comisionado desdoblan el territorio de la nación asequible, deliberan con pericia sobre la ubicación de la zona buscada y cierran la trampa con un plumón azul. Abren los armarios llenos de la perecedera lengua, recorren la trampa a lo largo de los cortes frontales establecidos por las cajas en los armarios, comparan el idioma atrapado con los restos del lenguaje rural que la mitad del pueblo de buen grado dejó guardar en las cajas, desechan, confirman la orientación de la empresa y se aproximan, con base en sonidos imposibles de pasar por alto, a los habitantes de cierta región. De esta región. Más precisamente, de este distrito.
 En la novela El Castillo de Franz Kafka, en medio del ambiente pobre del pueblo, aparece al principio de la narración un teléfono, el único instrumento de naturaleza técnica. Está asignado a la comunicación con El Castillo.
 Hasta ahí habían llegado a comienzos del siglo. Hace diez años ya se sabía aprovechar grabaciones televisivas y magnetofónicas. Entretanto, hemos logrado mayores adelantos, tanto aquí como del otro lado. El agrimensor K. tiene que mantenerse al corriente. El Castillo no caduca.

Ivonne Moreno Uscanga: Verano Plástico en Casa Principal

Verano plástico en Casa Principal

Ivonne Moreno Uscanga


Coordinar eventos plásticos conlleva a una serie de prácticas y reflexiones.
Dentro de las prácticas están el acercamiento preliminar a los realizadores plásticos donde se establece con ellos,   charlas acerca de su experiencia laboral y su trayectoria o estudios para quienes son jóvenes, esto  nos  conduce como institución (IVEC) a someter sus currícula a comisiones indicadas.

Después cuando la propuesta queda aprobada comienza la organización museográfica y de curaduría, cuando es necesario. La primera se relaciona con la obra y su colocación, selección de colores en las mamparas, criterios para ubicarla en las galerías, luces y ambientación si las exposiciones requieren de alguna instalación. La curaduría abarca un conocimiento integral de la obra y del autor, es decir es una parte más especializada dentro del campo de las artes plásticas y requiere de una formación tanto teórica como de horas de trabajo de índole de expertos.

Otra práctica se empata con la divulgación de la obra y su promoción cuando los realizadores tienen su obra en venta o  requieren ser parte itinerante de un circuito. Aquí es donde los directores de espacio, tiene el compromiso de dar a conocer a diversos medios y público las exposiciones en turno, así como organizar visitas guiadas, para con ello dar paso a las reflexiones.

Las reflexiones tienen varias vertientes, la opinión pública, la de la institución organizadora y la autocrítica del realizador.

De este modo las funciones se complementan a manera de equipo de trabajo, pues una exposición no es una actividad aislada y por ende se  identifica con lo social.
Las eventualidades de tipo plástico por su diversidad no se encaminan a esquemas de reduccionismo apreciativo, forman parte de las prácticas culturales de  la sociedad.
Casa Principal tiene esta misión y  tal como el verano, estación de lluvia, oferta a sus visitantes, caudales de color, formas, estilos y composiciones plásticas.

En la Galería 1, la obra de Lázaro Gracia, nos conmina a las bondades de la fotografía digital. Haciendo un llamado a respetar el entorno, la experiencia del diseñador cubano, nos permite abundar sobre los puntos a favor de la tecnología sobre las artes plásticas.
Así los innovadores de técnicas, en el campo fotográfico, podrán tener luces acerca de opciones de vanguardia cibernética. El conjunto de obra lo titula Eco- existencias.
  
Graciela Patrón en la GALERÍA 2, nos narra a través de collages y experimentación de color Geografías   donde el cuerpo es la excusa de la pintora para explorar su propia imaginación. Graciela es joven y su inquietud la conduce a confundirse con la averiguación. Produce, compone y descarta con técnicas mixtas, dibujos y texturas, tratando de formar sus propios enunciados en búsqueda gramática iconoclasta del arte del siglo XXI.



En la planta alta, Luis Rolando Hernández, se asoma al trópico, a su fauna y a su brisa caliente de cansada transpiración, para ofrecernos tintas y óleos del acervo climático de Veracruz. Remembranzas es el título de su conjunto de obra y resulta un tanto cuanto tramposo, recordar... es sólo traer a la memoria...es decir adiós a un ayer...solo cada uno sabe...


Lo cierto es el tendido de artes plásticas en el circuito IVEC y en Casa Principal cada trimestre, demos luego entonces un paseo, por el puerto, después de una tarde calurosa, esas horas donde el agua parece evaporarse es un buen momento para darle oxígeno al cuerpo y a la vista... visítenos...

Miguel Hernández: Antes del Odio


ANTES DEL ODIO
Miguel Hernández


Beso soy, sombra con sombra.
Beso, dolor con dolor,
por haberme enamorado,
corazón sin corazón,
de las cosas, del aliento
sin sombra de la creación.
Sed con agua en la distancia,
pero sed alrededor.

Corazón en una copa
donde me lo bebo yo
y no se lo bebe nadie,
nadie sabe su sabor.
Odio, vida: ¡cuánto odio
sólo por amor!

No es posible acariciarte
con las manos que me dio
el fuego de más deseo,
el ansia de más ardor.
Varias alas, varios vuelos
abaten en ellas hoy
hierros que cercan las venas
y las muerden con rencor.
Por amor, vida, abatido,
pájaro sin remisión.
Sólo por amor odiado,
sólo por amor.

Amor, tu bóveda arriba
y no abajo siempre, amor,
sin otra luz que estas ansias,
sin otra iluminación.
Mírame aquí encadenado,
escupido, sin calor,
a los pies de la tiniebla
más súbita, más feroz,
comiendo pan y cuchillo
como buen trabajador
y a veces cuchillo sólo,
sólo por amor.

Todo lo que significa
golondrinas, ascensión,
claridad, anchura, aire,
decidido espacio, sol,
horizonte aleteante,
sepultado en un rincón.
Esperanza, mar, desierto,
sangre, monte rodador:
libertades de mi alma
clamorosas de pasión,
desfilando por mi cuerpo,
donde no se quedan, no,
pero donde se despliegan,
sólo por amor.

Porque dentro de la triste
guirnalda del eslabón,
del sabor a carcelero
constante, y a paredón,
y a precipicio en acecho,
alto, alegre, libre soy.
Alto, alegre, libre, libre,
sólo por amor.

No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos mi prisión,
en tus brazos donde late
la libertad de los dos.
Libre soy. Siénteme libre. 

Sólo por amor.