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miércoles, agosto 17, 2011

Herman Melville: El vendedor de pararrayos


HERMAN MELVILLE
EL VENDEDOR DE PARARRAYOS

Qué trueno extraordinario, pensé, parado junto a mi hogar, en medio de los montes Acroceraunianos, mientras los rayos dispersos retumbaban sobre mi cabeza, y se estrellaban entre los valles, cada uno de ellos seguido por irradiaciones zigzagueantes y ráfagas de cortante lluvia sesgada, que sonaban como descargas de puntas de venablos sobre mi bajo tejado. Supongo, me dije, que amortiguan y repelen el trueno, de modo que es mucho más espléndido estar aquí que en la llanura.
¡Atención! Hay alguien a la puerta.
¿Quién es este que elige tiempo de tormenta para ir de visita? ¿Y por qué no usa el llamador, en vez de producir ese lóbrego llamado de agente de pompas fúnebres, golpeando la puerta con el puño? Pero hagamos que entre. Ah, aquí viene.
-Buen día, señor -era un completo desconocido-. Le ruego que se siente.
¿Qué sería esa especie de bastón de extraña apariencia que traía consigo?
-Hermosa tormenta, señor.
-¿Hermosa? ¡Terrible!
-Está empapado. Siéntese aquí junto al hogar, frente al fuego.
-¡Por nada del mundo!
El extraño se erguía ahora en el centro exacto de la cabaña, donde se había plantado desde un comienzo. Su rareza invitaba a un escrutinio escrupuloso. Una figura enjuta, lúgubre. Cabello oscuro y lacio, enmarañado sobre la frente. Sus ojos hundidos estaban rodeados por halos de color índigo, y jugaban con una especie inofensiva de relámpago: un resplandor al que le faltaba el rayo. Todo él chorreaba agua. Estaba de pie sobre un charco en el desnudo piso de roble: su extraño bastón descansaba verticalmente a su lado.
Era una vara de cobre pulido, de cuatro pies de largo, unida longitudinalmente a un palo de madera bien trabajada, mediante inserciones en dos bolas de cristal verdoso, rodeadas por bandas de cobre. La vara de metal terminaba en un extremo como un trípode, con tres brillantes púas doradas. Él sostenía el conjunto sólo por la parte de madera.
-Señor -le dije, muy ceremoniosamente-, ¿tengo el honor de recibir una visita de ese dios ilustre, Júpiter Tonante? Así se erguía él en la estatua griega de antaño, empuñando el rayo. Si usted es él, o su virrey, tengo que agradecerle esta noble tormenta que ha lanzado sobre nuestras montañas. Escuche: ese fue un glorioso estruendo. ¡Ah, para un amante de lo majestuoso, es bueno tener al Tronador mismo de visita en la propia cabaña! Hace que los truenos suenen más hermosos. Pero le ruego que tome asiento. Es cierto que ese viejo sillón de mimbre es un pobre sustituto de su trono en el Olimpo, pero condescienda a sentarse.
Mientras yo así le hablaba, el extraño me miraba, medio maravillado, medio horrorizado, pero inmóvil.
-Vamos, señor, siéntese; necesita secarse antes de volver a salir.
Invitándolo con un gesto, puse una silla junto al hogar donde esa tarde había encendido un pequeño fuego para disipar la humedad, no el frío, porque estábamos a principios de septiembre.
Pero sin hacer caso de mi solicitud, y siempre de pie en medio de la sala, el extraño me miró ominosamente, y dijo:
-Señor, discúlpeme; pero en vez de aceptar su invitación a sentarme allá junto al fuego, yo le advierto solemnemente, que lo mejor que puede hacer usted es aceptar la mía y pararse a mi lado en medio de la habitación.
-¡Cielos! -añadió, con un respingo-. ¡Otro de esos atroces estruendos! ¡Se lo aviso, señor, aléjese del fuego!
-Señor Júpiter Tonante -dije yo, frotando tranquilamente mi cuerpo contra la piedra-, estoy muy bien aquí.
-¿Entonces usted es tan terriblemente ignorante -exclamó- como para no saber que la parte más peligrosa de una casa, durante una tempestad terrorífica como esta, es la chimenea?
-No, no lo sabía -respondí, alejándome involuntariamente un paso de la chimenea.
El forastero mostró tan desagradable aire de satisfacción por el éxito de su advertencia, que -otra vez involuntariamente- volví a acercarme al fuego, y me erguí en la posición más orgullosa que pude asumir. Pero no dije nada.
-¡En nombre del Cielo! -exclamó, con extraña mezcla de alarma e intimidación-. ¡En nombre del Cielo, aléjese del fuego! ¿No sabe que el aire caliente y el hollín son conductores? ¡Para no hablar de esos enormes morillos de hierro! ¡Deje ese lugar!
¡Se lo suplico! ¡Se lo ordeno!
-Señor Júpiter Tonante, no estoy acostumbrado a recibir órdenes en mi propia casa.
-No me llame con ese nombre pagano. Usted es profano en esta época de terror.
-Señor, ¿sería tan bondadoso como para decirme de qué se ocupa? Si busca refugio de la tormenta, es bienvenido, en la medida en que se muestre educado; pero si usted viene por algún negocio, dígalo abiertamente. ¿Quién es usted?
-Soy vendedor de pararrayos -dijo el extraño, suavizando su tono-, mi especialidad es... ¡El Cielo tenga piedad de nosotros! ¡Qué estrépito! ¿Lo alcanzó un rayo alguna vez... a su casa, quiero decir? ¿No? Lo mejor es estar prevenido -y haciendo sonar su vara metálica contra el piso, añadió-: las tormentas eléctricas no se detienen ante palacios, no se detienen ante nada en el mundo; y, sin embargo, sí, diga sólo una palabra, y podré hacer un Gibraltar de esta cabaña, con unos pocos pases de esta vara. ¡Escuche! ¡Qué conmociones como Himalayas!
-Usted se interrumpió; estaba por hablar de su especialidad.
-Mi especialidad consiste en viajar por el país en busca de órdenes de compra de pararrayos. Este es mi ejemplar de muestra -palmeando su vara-. El mes pasado coloqué en Criggan veintitrés pararrayos en sólo cinco edificios.
-Déjeme recordar. ¿No fue en Criggan donde la semana pasada, hacia la medianoche del sábado, fueron fulminados el campanario, el gran olmo y la cúpula del salón de actos? ¿Contaban con alguno de sus pararrayos?
-El árbol y la cúpula no, el campanario sí.
-¿Para qué sirve entonces su pararrayos?
-Usarlo es una cuestión de vida o muerte. Pero mi operario se descuidó. Al sujetar el pararrayos a la cumbrera del campanario, dejó que una parte metálica rozara la plancha de chapa. De ahí el accidente. No fue mi culpa, sino de él. ¡Escuche!
-No se moleste. Ese trueno sonó lo bastante fuerte como para ser escuchado sin que nadie lo señale con el dedo. ¿Supo algo de la catástrofe del año pasado en Montreal? Una criada fulminada junto a su lecho, con un rosario en la mano; las cuentas eran de metal. ¿Su recorrido se extiende hasta el Canadá?
-No. Y escuché que allí sólo usan pararrayos de hierro. Deberían usar el mío, que es de cobre. El hierro se funde fácilmente. Y la vara es tan delgada, que su grosor es insuficiente para conducir toda la corriente eléctrica. El metal se derrite; el edificio es destruido. Mis pararrayos de cobre nunca funcionan así. Esos canadienses son tontos. Algunos conectan el pararrayos por su extremo superior, corriendo el riesgo de provocar una mortífera explosión, en vez de llevar imperceptiblemente la descarga a tierra, como este pararrayos hace. El mío es el único pararrayos verdadero. ¡Mírelo! Sólo un dólar por pie.
-Su manera improcedente de presentarse bien podría suscitar desconfianza.
-¡Escuche! El trueno se vuelve menos rezongón. Se está acercando a nosotros, y acercándose a la tierra, también. ¡Escuche! ¡Un estruendo unísono! ¡Todas las vibraciones se hicieron una por la cercanía! ¡Otro relámpago! ¡Un momento!
-¿Qué hace? -dije, al ver que renunciando en un instante a su vara, se dirigía resueltamente hacia la ventana, con sus dedos índice y medio de la mano derecha apoyados sobre la muñeca de la izquierda.
Pero antes de que la frase se me hubiera terminado de escapar, otra exclamación se le escapó:
-¡Ahí se estrelló! Sólo tres pulsos, a menos de un tercio de milla, en algún sitio en ese bosque. Por allí pasé junto a tres robles fulminados, arrancados de un tirón y chispeantes. El roble atrae el rayo más que cualquier otra madera, porque tiene hierro en solución en su savia. Su piso parece de roble.
-Corazón de roble. Dado el singular momento de su visita, supongo que usted elige a propósito el tiempo tormentoso para sus viajes. Cuando el trueno ruge, usted juzga que es la hora más favorable para producir impresiones favorables para su comercio.
-¡Escuche! ¡Atroz!
-Para tratarse de alguien que debería quitar el miedo a otros, usted parece desmedidamente miedoso. La gente común elige el buen tiempo para sus viajes: usted prefiere el tormentoso, y sin embargo...
-Acepto que viajo en medio de las tormentas; pero no sin adoptar muy especiales precauciones, que sólo un especialista en pararrayos puede conocer. ¡Escuche ese! Rápido... mire mi ejemplar de muestra. Sólo un dólar el pie.
-Un hermoso pararrayos, me atrevo a asegurarlo. Pero ¿cuáles son esas tan especiales precauciones suyas? Antes permítame cerrar esos postigos; la lluvia penetra a través del bastidor. La atrancaré.
-¿Está loco? ¿No sabe que esa tranca de hierro es un inmejorable conductor de la electricidad? Desista.
-Entonces me limitaré a cerrar los postigos, y llamaré a mi muchacho para que me traiga una tranca de madera. Por favor, haga sonar esa campanilla, allí.
-¿Perdió la cabeza? El tirador de alambre de esa campana podría electrocutarlo. Nunca toque la campana durante una tormenta eléctrica, ni esta ni ninguna otra.
-¿Ni siquiera la de los campanarios? ¿Me va a decir dónde y cómo puede uno estar a salvo en un tiempo como este? ¿Hay alguna parte de mi casa que yo pueda tocar con esperanzas de vida?
-La hay. Pero no donde usted está parado ahora. Aléjese de la pared. La corriente se descarga a veces por la pared, y como un hombre es mejor conductor que una pared, abandonará esta para abalanzarse sobre él. ¡Zas! Ese debe haber caído muy cerca. Tiene que haber sido un rayo globular.
-Muy probablemente. Dígamelo de una vez; ¿cuál es, en su opinión, la parte más segura de esta casa?
-Esta sala, y este sitio en el que estoy parado. ¡Arrímese!
-Las razones, primero.
-¡Oiga! Tras el relámpago, las rachas de viento... los bastidores tiemblan... ¡la casa, la casa!... ¡Acérquese a mí!
-Las razones, por favor.
-¡Venga y acérquese a mí!
-Gracias otra vez, pero creo que voy a probar mi sitio de siempre... junto al fuego. Y ahora, Señor del Pararrayos, entre las pausas de los truenos, sea bueno y dígame cuáles son sus razones para considerar esta única sala de la casa como la más segura, y ese preciso sitio en que usted está parado como el más seguro en ella.
Entonces se produjo una momentánea interrupción de la tormenta. El hombre del Pararrayos pareció aliviado, y replicó:
-La suya es una casa de un piso, con un ático y una bodega; esta sala está entre ellos. De aquí su seguridad relativa. Porque el rayo salta a veces de las nubes a la tierra, y a veces de la tierra a las nubes. ¿Comprende? Y yo elegí el medio de la sala porque si el rayo golpeara la casa entera, lo haría a través de la chimenea o las paredes, así que, obviamente, cuanto más lejos nos hallemos de ellas, mejor. Venga, acérquese ahora.
-Enseguida. Extrañamente, algo de lo que usted acaba de decir me ha inspirado confianza, en vez de alarmarme.
-¿Qué he dicho?
-Dijo que a veces los rayos saltan de la tierra a las nubes.
-Sí, el rayo inverso, se le llama; cuando la tierra, sobrecargada de electricidad, descarga sus sobras a las alturas.
-El rayo inverso; es decir, de la tierra al cielo. Mejor y mejor. Pero venga aquí, a secarse junto al fuego.
-Estoy mejor aquí, y mucho mejor mojado.
-¿Cómo?
-Es lo más seguro que puede hacer... ¡Escuche, otra vez! ...empaparse de lo lindo durante una tormenta eléctrica. Las ropas mojadas son mejores conductores que el cuerpo; de modo que si un rayo lo alcanzara, podría pasar por las ropas mojadas sin tocar el cuerpo. La tormenta se intensifica nuevamente. ¿Tiene una alfombra? Las alfombras son aislantes. Traiga una, en la que ambos podamos pararnos. El cielo oscurece... parece de noche a mediodía... ¡Escuche! ¡La alfombra, la alfombra!
Le di una, mientras las montañas encapotadas parecían abalanzarse y precipitarse sobre la cabaña.
-Y ahora, ya que de nada nos servirá quedarnos mudos -le dije, volviendo a ocupar mi lugar-, cuénteme cuáles son las precauciones para adoptar cuando se viaja en tiempo tormentoso.
-Espere hasta que esta tormenta haya pasado.
-No, adelante con las precauciones. Está en el lugar más seguro, de acuerdo con su propia explicación. Continúe.
-Brevemente, entonces. Evito los pinos, las casas altas, los graneros apartados, las praderas elevadas, las corrientes de agua, los rebaños de ganado, los grupos humanos. Si viajo a pie, como hoy, no marcho a paso ligero. Si viajo en mi coche, no toco sus costados ni su parte trasera. Si viajo a caballo, desmonto y conduzco al caballo. Pero, por sobre todo, evito a los hombres altos.
-¿Sueño? ¿El hombre evita al hombre? ¿Y en momentos de peligro, para colmo?
-Durante las tormentas eléctricas yo evito a los hombres altos. ¿Es usted tan groseramente ignorante como para no saber que la altura de un caminante de seis pies es suficiente para atraer la descarga de una nube eléctrica? ¡Cuántos de esos imponentes labradores de Kentucky fueron derribados sobre el surco inconcluso! Si un hombre de esos se aproximara a un arroyo, veces habría en que la nube lo escoge a él como conductor, desechando el agua. ¡Escuche! Seguro que dio en el pináculo negro. Sí, un hombre es un buen conductor. El rayo quema al hombre de punta a punta, pero apenas descorteza al árbol. Señor, me ha tenido tanto tiempo contestando sus preguntas, que no he hablado todavía de negocios. ¿Va a ordenar uno de mis pararrayos? ¿Ve este ejemplar de muestra? Es del mejor cobre. El cobre es el mejor conductor. Su casa es baja; mas como está sobre las montañas, su poca altura no la pone a salvo. Ustedes, los montañeses, son los más expuestos. El vendedor de pararrayos debería hacer más negocios en las regiones montañosas. Mire esta muestra, señor. Un pararrayos será suficiente para una casa pequeña como esta. Examine esas recomendaciones. Sólo un pararrayos, señor; costo, sólo veinte dólares. ¡Escuche! Allá van esas moles de granito, arrojadas como guijarros. Por el ruido, deben haber destrozado algo. Puesto a una altura de cinco pies sobre la casa, protegerá un círculo de veinte pies de radio. Sólo veinte dólares, señor... un dólar el pie. ¡Escuche! ¡Espantoso! ¡Lo ordenará! ¿Va a comprarlo? ¿Anoto su nombre? ¡Imagine lo que es convertirse en un montón de vísceras carbonizadas, como un caballo atado que se incendia con su establo! ¡Todo en el tiempo que dura un rayo!
-Pretendido enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Júpiter Tonante -reí yo-, mero hombre que viene aquí a interponer su cuerpo y su artificio entre la tierra y el cielo, ¿cree que porque es capaz de arrancar un reverbero de luz verde de la botella de Leyden, puede eludir los rayos celestiales? Si esa varilla se oxida o se rompe ¿qué es de usted? ¿Quién le ha dado el poder, a usted, Tetzel, para vender de puerta en puerta sus indulgencias a fin de sustraerse a las disposiciones divinas? Los cabellos de nuestras cabezas están contados, y contados están los días de nuestras vidas. Mientras retumbe el trueno o a la luz del sol, me pongo con confianza en manos de mi Creador. ¡Fuera, comerciante falso! Mire, la tormenta se repliega; la casa está intacta, y en el arco iris sobre el cielo azul leo que la Deidad no hará la guerra a la tierra del hombre.
-¡Canalla impío! -balbuceó el extraño, mientras su rostro se oscurecía en la misma medida en que resplandecía el arco iris-. ¡Revelaré sus ideas paganas!
Su rostro amenazante ennegreció aún más; los círculos de color índigo se agrandaron alrededor de sus ojos, como anillos de tormenta alrededor de la Luna de medianoche. Se arrojó sobre mí; las tres puntas de su artefacto apuntando a mi corazón.
Lo así; lo partí en dos; lo tiré al piso; lo pisoteé; y arrastrando al oscuro rey del rayo fuera de mi casa, arrojé tras él su informe cetro de cobre.
Pero a pesar de mi tratamiento, y a pesar de mis conversaciones disuasivas con mis vecinos, el vendedor de Pararrayos todavía habita esta tierra; sigue viajando en tiempos de tormenta, y hace pingües negocios con los miedos del hombre.
FIN

lunes, agosto 08, 2011

Hermann Hesse: Rastros de un sueño

RASTRO DE UN SUEÑO


HERMAN HESSE
RASTROS DE UN SUEÑO 

NOTAS

 Érase un hombre que practicaba el poco respetable oficio de escritor de amenidades. Formaba parte, empero, de aquel reducido número ero de literatos que, en la medida de lo posible, toman en serio su profesión, y a quienes algunos entusiastas manifiestan un respeto semejante al que solía ofrecerse a los verdaderos poetas en tiempos pasados, cuando aún existían poesía y poetas. Este literato escribía todo tipo de cosas agradables, novelas, relatos y también poemas, y se esforzaba todo lo imaginable por hacerlo bien. Sin embargo, raras veces lograba ver satisfecha su ambición, ya que, aun cuando se tenía por humilde, caía presuntuosamente en el error de no tomar como medida de comparación a sus colegas y contemporáneos, los otros escritores de amenidades, sino a los poetas del pasado -o sea, aquellos ya consagrados durante generaciones-. Y, en consecuencia, una y otra vez debía reconocer con aflicción que incluso la mejor y más afortunada página por él escrita quedaba muy a la zaga de la frase o verso más recóndito de cualquier verdadero poeta. Así, su insatisfacción iba en aumento y su trabajo llegó a no complacerle en absoluto. Y si bien aún escribía alguna pequeñez de vez en cuando, sólo lo hacía con objeto de expresar esta insatisfacción y aridez interior y darles salida en forma de amargas críticas a su época y a sí mismo. Con ello, naturalmente, no mejoraban las cosas. A veces también. intentaba emprender el retorno a los jardines encantados de la poética pura y rendía homenaje a la belleza en hermosas creaciones lingüísticas, en las que erigía esmerados monumentos a la naturaleza, las mujeres, la amistad. Y en efecto, estas composiciones tenían cierta música y una semejanza con la auténtica poesía de los poetas auténticos, en los que hacían pensar, tal como un amor o una emoción pasajeros pueden, ocasionalmente, recordar a un hombre de negocios y de mundo el espíritu que ha perdido.

Un día de la temporada que media entre el invierno y la primavera, este escritor, que tanto hubiese deseado ser poeta y a quien muchos incluso tenían por tal, estaba sentado una vez más ante su mesa de trabajo. Como de costumbre, se había levantado tarde, no antes de mediodía, después de pasar la mitad de la noche leyendo. Estaba sentado, con la mirada fija en el punto del papel donde dejara de escribir el día anterior. El papel decía cosas inteligentes, expuestas en un lenguaje ágil y cultivado, contenía ideas sutiles, ingeniosas descripciones, de las líneas y páginas se desprendía más de un hermoso cohete y alguna esfera luminosa, en ellas resonaba más de un sentimiento delicado... pero, no obstante, lo que leyó en su escrito decepcionó al escritor. Desengañado contempló lo que comenzara la víspera con cierta alegría y entusiasmo, lo que durante una hora crepuscular semejara narrativa, para convertirse otra vez en literatura de la noche a la mañana, un enojoso papel escrito que, en realidad, daba lástima.

Como tantas otras veces a esta hora algo lastimera del mediodía, percibió y consideró su situación extraordinariamente tragicómica, su necia aspiración secreta a una auténtica composición poética (cuando en la realidad actual no existía ni podía existir auténtica poesía) y las fatigas infantiles y tontamente inútiles que sufría por su deseo de crear, con ayuda de su amor a la antigua poesía, con ayuda de su gran cultura, de su delicado oído para las palabras de los auténticos poetas, algo que estuviese a la altura de la antigua poesía o se asemejase a la misma hasta el punto de inducir a confusión (cuando sabía perfectamente que es imposible crear nada a base de cultura e imitación).

También sabía a medias y hasta cierto punto tenía conciencia de que esta ambición sin esperanza y esta ilusión infantil que inspiraba todos sus esfuerzos no constituía en modo alguno una situación particular y personal, sino que cada ser humano, incluso el de apariencia normal, incluso el que aparentemente era afortunado y feliz, abrigaba la misma aridez y el mismo desesperado desengaño; que cada hombre buscaba constante y continuamente algo imposible; que incluso el menos atractivo acariciaba el ideal de Adonis, el más tonto el ideal de sabio, el más pobre la ilusión de Creso. Sí, incluso sabía a medias que ese tan venerado ideal de la «auténtica poesía» no significaba nada, que Goethe consideraba a Homero o a Shakespeare como algo inalcanzable con el mismo desánimo con que un literato actual podría contemplar a Goethe, y que el concepto de «poeta» no era más que una abstracción vacía; que también Homero y Shakespeare habían sido sólo literatos, especialistas dotados, que lograron prestar a sus obras esa apariencia de lo suprapersonal y eterno. Sabía todo esto a medias, como suelen saber estas cosas evidentes y terribles las personas inteligentes y habituadas a pensar. Sabía o intuía que también una parte de sus propias tentativas de escritor causarían a lectores de épocas posteriores la impresion de «auténtica poesía», que tal vez literatos posteriores pensarían con nostalgia en él y su época como si de una edad de oro se tratase, en la que aún hubieran existido verdaderos poetas, verdaderos sentimientos, hombres verdaderos, una verdadera naturaleza y un verdadero espíritu. Como él bien sabía, ya el apacible provinciano de la época feudal y el gordo burgués de una pequeña ciudad medieval habían comparado con idéntica actitud crítica y sentimental su propia época refinada y corrupta con un ayer inocente, ingenuo, espiritual, y habían considerado a sus antepasados y su modo de vida con la misma mezcla de envidia y compasión con que el hombre actual tendía a considerar la bienaventurada época anterior al invento de la máquina de vapor.

Al literato le eran familiares todos estos pensamientos, conocidas todas estas verdades. Lo sabía: el mismo juego, el mismo anhelo ávido, noble, sin esperanza, de algo auténtico, eterno, valioso en sí mismo, que le impulsaba a llenar hojas de papel escrito, empujaba también a todos los demás, al general, al ministro, al diputado, a la elegante dama, al aprendiz de tendero. Todos los hombres, iluminados por secretas ilusiones, cegados por ideas preconcebidas, seducidos por ideales, anhelaban de algún modo, muy inteligente o muy tonto, poco importaba, salir de sí mismos y de los límites de lo posible. No había teniente que no llevase consigo la imagen de Napoleón... ni Napoleón que en su época no se sintiera como un imitador, no considerara sus hazañas medallas de juguete, sus objetivos ilusiones. Nadie había quedado fuera de ese baile. Nadie tampoco había dejado de experimentar en algún momento, a través de alguna hendidura, la certeza de ese engaño. Ciertamente existían los perfectos, los dioses humanos, había existido Buda, Jesús, Sócrates. Pero incluso ellos sólo habían alcanzado la plenitud y habían sido penetrados totalmente por la omnisciencia en un único instante: el instante de su muerte. En efecto, su muerte no había sido más que la última penetración de¡ conocimiento, el último don por fin logrado. Y posiblemente cada muerte tenía ese significado, posiblemente cada moribundo era una persona que estaba alcanzando su plenitud, que desechaba el engaño de la muerte, que se abandonaba, que no deseaba ser nada.

Este tipo de reflexiones, aun cuando tan poco complicadas, estorban mucho los esfuerzos, las acciones del hombre, su continua participación en su juego. Y así, el trabajo del poeta aplicado tampoco progresaba mucho a esa hora. No existía palabra alguna que mereciera ser escrita, ni pensamiento alguno que realmente fuese necesario comunicar. No, era una lástima desperdiciar papel, más valía dejarlo sin escribir.

El literato apartó la pluma y guardó sus papeles en el cajón con esa sensación; de haber tenido un fuego a mano, los hubiese arrojado al mismo. La situación no era nueva; se trataba de una desesperación paladeada ya con frecuencia, que ya había sido domada y al mismo tiempo había adquirido una cierta resistencia. Se lavó las manos, se puso el abrigo y el sombrero, y salió. Cambiar de lugar era uno de sus recursos largo tiempo acreditados; sabía que no era bueno permanecer largo rato en la misma habitación con todo el papel escrito y en blanco cuando se hallaba en ese estado de ánimo. Más valía salir, tomar el aire y ejercitar la vista en las escenas callejeras. Podía suceder que le viniese al encuentro una mujer hermosa o que topase con un amigo, que una horda de colegiales o cualquier entretenimiento gracioso de un escaparate le llevaran a cambiar de pensamientos, podía resultar que en una esquina le atropellase el automóvil de uno de los señores de este mundo, de un editor de periódicos o de un rico panadero: meras posibilidades de cambiar de situación, de crear nuevas circunstancias.

Vagabundeó lentamente en medio del aire casi primaveral, vio matas de campanillas que inclinaban la cabeza en los tristes y reducidos céspedes plantados frente a las casas de pisos, respiró el húmedo y tibio aire de marzo, que le indujo a dirigirse a un parque. Allí se sentó en un banco, al sol, entre los árboles deshojados, cerró los ojos y se entregó al juego de los sentidos a esa hora soleada de primavera temprana: qué suave el contacto del viento en las mejillas, qué hirviente ya el sol lleno de oculto ardor, qué penetrante e inquieto el olor de la tierra, qué alegres los pasos infantiles que de tanto en tanto pisaban juguetones la arena de los senderos, qué cariñoso y perfectamente dulce el canto de un mirlo en algún lugar del desnudo arbolado. Sí, todo era muy hermoso, y puesto que la primavera, el sol, los niños, el mirlo no eran más que cosas muy antiguas, que ya habían alegrado al hombre millares y millares de años atrás, en realidad resultaba incomprensible que en el momento presente no fuese posible escribir un poema de primavera tan hermoso como los compuestos hacía cincuenta o cien años. Y sin embargo no era así. El más tenue recuerdo de la canción de primavera de Uh1and (naturalmente con la música de Schubert, cuya fabulosa obertura, tan penetrante y conmovedora, sabía a primavera temprana) bastaba para indicar a un poeta actual que esas cosas cautivadoras ya habían sido narradas por el momento y que no tenía sentido querer imitar a toda costa esas creaciones de tan insuperable plenitud, que exhalaban bienaventuranza.

En el preciso instante en que sus pensamientos iban a entrar de nuevo en ese viejo derrotero estéril, el poeta frunció los ojos con los párpados cerrados y a través de una pequeña rendija de los ojos -aunque no sólo con éstos- percibió una ligera reverberación y un tenue destello, islas de rayos de sol, reflejos luminosos, espacios de sombra, cielo azul veteado de blanco, un cono centelleante de luces movedizas, lo que cualquiera puede ver al guiñar los ojos, pero reforzado de algún modo, de alguna forma valioso y único, transformado de percepción en experiencia por la acción de alguna sustancia secreta. Lo que centelleaba con múltiples destellos, reverberaba, se desvanecía, ondeaba y batía alas no era un mero tumulto de luz procedente del exterior, y esos fenómenos no se desarrollaban sólo en el ojo, también eran vida, bullente impulso interior, y correspondían al espíritu, al propio destino. Ésta es la manera de ver de los poetas, de los «visionarios»; de este modo embelesador y conmovedor ven quienes han sido alcanzados por Eros. Se había desvanecido el recuerdo de Uh1and y Schubert, ya no había un Uhland, ya no había poesía, ya no había pasado, todo era instante eterno, experiencia, verdad íntima.

Entregado a la maravilla, que ya otras veces experimentara, pero para la que creía haber perdido tiempo ha toda vocación y toda gracia, permaneció instantes eternos suspendido en lo intemporal, en la conjunción del mundo y el espíritu, vio moverse las nubes al impulso de su aliento, sintió girar el cálido sol dentro de su pecho.

Pero mientras miraba fijamente con los ojos entornados, abandonado a la rara experiencia, entrecerrando todos los sentidos, pues sabía perfectamente que la corriente fatua procedía del interior, allí cerca, en el suelo, percibió algo que le cautivó. Tardó un rato en advertir, paulatinamente, que se trataba del pequeño pie de una niña. Lo cubría un zapato de cuero marrón y pisaba la arena del sendero con vigor y alegría, apoyando el peso en el tacón. Ese zapatito de niña, ese cuero marrón, esa alegría infantil de la pequeña suela al pisar, ese trocito de media de seda que cubría el tierno tobillo, recordaron algo al poeta, inundaron su corazón de forma repentina y apremiante como si formasen parte del recuerdo de una experiencia importante, pero no logró dar con la clave. Un zapato de niña, un pie de niña, una media de niña: ¿qué importancia tenía todo eso? ¿Dónde se hallaba la pista? ¿Dónde se encontraba el manantial de su espíritu que respondía ante esa imagen entre millones, la acariciaba, la atraía, la tenía por cosa cara e importante? Abrió del todo los ojos un instante y pudo ver la figura completa de la niña, una niña bonita, por el lapso que dura un medio latido de corazón. Pero inmediatamente advirtió que esa imagen ya nada tenía que ver con él, que no se trataba de la que tenía importancia para él, e involuntariamente, a toda prisa, volvió a cerrar los ojos con tal fuerza que sólo Regó a divisar durante el resto de un instante el pie infantil que desaparecía. Luego cerró completamente los ojos, recordando el pie, palpando su significado, pero sin saberlo, afligido por esa búsqueda inútil, satisfecho por la fuerza de esa imagen en su espíritu. En algún lugar, en algún momento, había percibido ese piececito en el zapato marrón, esa imagen ahogada luego por las experiencias. ¿Cuándo había sucedido eso? Oh, debía haber ocurrido mucho tiempo atrás, en su prehistoria, tan lejano semejaba, tan remoto se le aparecía, procedente de una profundidad tan inconcebible, tan hondo había caído en el pozo de sus pensamientos. Era posible que lo hubiera llevado consigo, perdido y jamás reencontrado hasta ese día, desde su primera infancia, desde aquella época fabulosa cuyos recuerdos aparecen todos tan borrosos e irrepresentables y tan difíciles de invocar, y sin embargo resultan más llenos de colorido, más cálidos y más plenos que todos los recuerdos posteriores. Meció largo rato la cabeza, cerrados los ojos, mucho tiempo estuvo reflexionando y una y otra vez, vio perfilarse ese, aquel hilo, esa serie, aquella cadena de vivencias, ero la niña, el zapatito marrón, no se adecuaban a ninguna de ellas. No, no podía dar con ello, era inútil proseguir esa búsqueda.

Hurgaba entre los recuerdos afectado por el mismo error de óptica que sufre aquel que no logra reconocer lo que tiene muy próximo, porque lo cree muy distante y por consiguiente confunde todas las formas. Pero en cuanto renunció a sus esfuerzos, dispuesto ya a dejar esa ridícula pequeña vivencia y a olvidarlo todo, cambió la situación y el zapatito se situó en la perspectiva adecuada. De súbito, con un profundo suspiro, el hombre advirtió que el zapatito no estaba debajo de todo en el atestado cuarto de imágenes de su ser íntimo, que no formaba parte de las posesiones más antiguas, sino que era una adquisición muy nueva y reciente. Le parecía que hacía sólo unas horas que había tenido relación con esa niña, que prácticamente acababa de ver correr ese zapato.

Y entonces, de golpe, lo supo. Sí, claro que sí; eso era, ahí estaba la niña que correspondía al zapato, y ésta formaba parte del fragmento de un sueño que el escritor había tenido la noche pasada. Dios mío, ¿cómo era posible olvidar de ese modo? Se había despertado en medio de la noche, lleno de felicidad y conmovido por la fuerza secreta de su sueño, con la sensación de haber adquirido una experiencia importante, magnífica... y al cabo de poco se había vuelto a dormir, y una hora de sueño matutino había sido suficiente para borrar otra vez toda la magnífica experiencia, de tal forma que no la había recordado más hasta que se la rememorara la visión fugaz de un pie de niña. ¡Tan fugaces, tan pasajeras, tan presas del azar resultaban las experiencias más profundas, más maravillosas del espíritu! E incluso en esos momentos no lograba reconstruir todo el sueño de la pasada noche. Sólo quedaban escenas sueltas, en parte inconexas, algunas frescas y llenas de vitalidad, otras ya grises y polvorientas, captadas ya en proceso de desvanecimiento. Pero ¡qué hermoso, qué profundo, qué exaltante había sido el sueño! ¡Cómo le había latido el corazón al despertar por primera vez, embelesado e inquieto como en las festividades de la infancia! ¡Cómo le había inundado la viva sensación de haber experimentado algo noble, importante, inolvidable, imposible de perder! ,Y un par de horas más tarde sólo le quedaba ese fragmento, ese par de imágenes ya desvaídas, ese débil eco en el corazón; el resto se había perdido, había pasado, ya no tenía vida!

Al menos ese poco se habría salvado de forma definitiva. El escritor tomó en seguida la decisión de recolectar todo lo que aún quedase del sueño en sus recuerdos y transcribirlo con la máxima fidelidad y exactitud posibles. En el acto sacó una libreta del bolsillo y tomó las primeras notas a fin de recuperar como pudiese la estructura y el entorno de todo el sueño, sus líneas principales. Pero de nada le sirvió. Ya no le era posible identificar ni el comienzo ni el final del sueño, y no sabía el lugar que ocupaban dentro de la historia soñada la mayor parte de los fragmentos aún a mano. No, era preciso comenzar de otra forma. Ante todo debía salvar lo que aún estaba a su alcance, debía retener en seguida el par de imágenes aún vivas -sobre todo el zapatito--- antes de que también saliesen volando, tímidas aves encantadas.

Del mismo modo que un excavador intenta descifrar la inscripción que ha hallado en una antigua lápida a partir de las ocas letras o signos que aún resultan comprensibles, nuestro hombre deseaba leer su sueño recomponiéndolo pedazo a pedazo.

En el sueño se había relacionado de algún modo con una niña, una niña extraordinaria, tal vez no verdaderamente hermosa, pero maravillosa en algún sentido, una niña de unos trece o catorce años, pero que aparentaba tener menos. Tenía el rostro tostado por el sol. ¿Los ojos? No, no podía verlos. ¿El nombre? Desconocido. ¿Relación con él, la persona que soñaba? ¡Alto, ahí estaba el zapatito marrón! Vio el mismo pie que se movía acompañado de su hermano gemelo, lo vio bailar, lo vio dar pasos de baile, los pasos de un boston. Oh, sí, volvía a saber un montón de cosas. Tenía que empezar todo de nuevo.

En resumen: en el sueño había bailado con una maravillosa niña desconocida, una niña de rostro moreno, con zapatos marrones: ¿no lo tenía todo de esa tonalidad? ¿También el cabello? ¿También los ojos? ¿También el vestido? No, eso ya no lo sabía; era de suponer, parecía posible, pero no era seguro. Debía mantenerse dentro de los límites de lo seguro, de lo que daba base real a sus reflexiones, de lo contrario perdía todo punto de referencia. Ya entonces comenzó a intuir que esa investigación del sueño lo llevaría muy lejos, que había emprendido un camino largo, sin fin. Y precisamente entonces dio con otro fragmento.

Sí, había bailado con la pequeña, o había querido, o debido, bailar con ella, y la niña había ejecutado, todavía por su cuenta, una serie de lozanos pasos de baile, muy elásticos y dotados de una energía encantadora ¿Habían llegado a bailar en realidad los dos? ¿No lo había hecho ella sola? No. No, él no había bailado, sólo había querido hacerlo, más aún, había acordado con alguien que bailaría con esa morenita. Pero después ella había comenzado a bailar sola, sin él, y él había sentido cierto temor o timidez ante la idea de bailar; se trataba de un boston, no conocía bien ese baile. No obstante, ella había empezado a bailar, sola, juguetona, sus zapatitos marrones habían descrito cuidadosamente, con un ritmo maravilloso, las figuras del baile sobre la alfombra. Pero ¿por qué no había bailado también él? 0 ¿por que había deseado bailar en un principio? ¿Que acuerdo había sido ése? No logró descubrirlo.

Se hizo otra pregunta: ¿qué aspecto tenía la simpática muchachita? ¿A quién le recordaba? Pensó largo rato en vano, todo parecía inútil otra vez, y por un momento llegó a impacientarse y a irritarse, estuvo a punto de dejarlo correr todo de nuevo. Pero ya comenzaba a aparecer una nueva idea, se divisaba otro rastro. La pequeña se parecía a su amada... olí, no, no se le parecía, incluso le había sorprendido encontrarla tan distinta, pese a ser efectivamente su hermana. ¡Alto! ¿Su hermana? Olí, ahora todo el rastro resultaba dato otra vez, todo adquiría sentido, todo estaba de nuevo al descubierto. Volvió a comenzar las notas, entusiasmado con la inscripción que de pronto empezaba a perfilarse, profundamente conmovido por la recuperación de las imágenes que creía perdidas.

Había sucedido así: en el sueño había aparecido su amada, Magda, y no se había mostrado pendenciera y malhumorada como en los últimos tiempos, sino extraordinariamente amable, algo callada, pero alegre y bonita. Magda le había recibido con una curiosa ternura silenciosa, le había dado la mano, sin un beso, y le había explicado que deseaba presentarle por fin a su madre; y además de la madre había conocido a la hermana pequeña, que estaba destinada a ser más tarde su amada y esposa. La hermana era mucho más joven y le gustaba el baile; la mejor forma de conquistarla sería bailar con ella.

¡Qué hermosa había aparecido Magda en ese sueño! ¡Cómo había brillado en sus ojos, en su frente clara, en su espesa cabellera fragante todo lo extraordinario, adorable, espiritual, tierno de su ser, tal como él lo viviera en las primeras imágenes que de ella se formara en la época de máximo amor!

Y entonces, en el sueño, le había llevado a una casa, a su casa, a la casa de su madre y de su infancia, a la casa de su espíritu, para que viera a su madre y a su hermanita más bonita, para que conociera a esa hermana y la amase, puesto que le estaba destinada como amada. Pero ya no podía recordar la casa, sólo un vestíbulo vacío en el que tuvo que esperar, y tampoco podía representarse ya a la madre; al fondo sólo se vislumbraba una mujer de edad, una ama o enfermera, vestida de gris o de negro. Pero entonces había venido la pequeña, la hermana, una niña encantadora, de unos diez u once años pero cuya manera de ser parecía de catorce. En particular, su pie resultaba tan infantil en el zapato marrón, tan absolutamente inocente, risueño e incauto, tan poco aseñorado y, sin embargo, ¡tan femenino! Había recibido su saludo con simpatía, y a partir de ese momento Magda había desaparecido, sólo quedaba la pequeña. Recordando el consejo de Magda, la había invitado a bailar. Y ella había aceptado en seguida, arrebolada, y había comenzado a bailar, sola, sin vacilación, y él no había osado enlazarla y bailar con ella, en primer lugar porque resultaba tan bella y perfecta en su danza infantil, y también porque bailaba un boston, un baile que no era su fuerte.

En medio de sus esfuerzos por recuperar las imágenes del sueño, el literato tuvo que reírse un instante de sí mismo. Le vino a la memoria que poco antes aún había estado pensando en lo inútil que resultaba esforzarse por componer un nuevo poema de primavera, considerando que todo eso ya había sido dicho antes de forma insuperable; pero al recordar el pie de la niña cuando bailaba, los ligeros movimientos adorables del zapatito marrón, la nitidez del paso de baile que trazaba sobre la alfombra, y el hecho de que, no obstante, toda esa hermosa gracia y seguridad estaba cubierta de una capa de timidez, de un olor de vergüenza infantil, comprendió que bastaba componer un canto a este pie de niña para superar todo lo que habían dicho los poetas anteriores sobre la primavera y la juventud y el presentimiento del amor. Pero en cuanto sus reflexiones comenzaron a perderse por estos derroteros, en cuanto comenzó a jugar distraído con la idea de un poema «A un pie en un zapato marrón», percibió con temor que todo el sueño estaba a punto de escapársele de nuevo, que todas las imágenes anímicas perdían densidad y se esfumaban. Angustiado, impuso orden en sus ideas, advirtiendo, empero, que en ese momento, aun cuando hubiese tomado nota de su contenido, el sueño había dejado de pertenecerle por completo, que comenzaba a hacerse viejo y extraño. Y al instante tuvo también la sensación de que siempre sucedería lo mismo: que esas encantadoras imágenes sólo le pertenecerían e impregnarían su espíritu con su fragancia mientras permaneciese junto a ellas de todo corazón, sin otras ideas, sin proyectos, sin preocupaciones.

El poeta emprendió el camino de regreso pensativo, transportando el sueño ante sí como si se tratase de un juguete infinitamente frágil, hecho de finísimo cristal. Iba lleno de inquietud por su sueño. ¡Ay, si sólo lograse volver a reconstruir plenamente la figura de la amada del sueño! Recomponer el todo a partir del zapato marrón, del paso de baile, del resplandor del rostro moreno de la pequeña, a partir de esos escasos y preciosos restos, le parecía lo más importante del mundo. Y, de hecho, ¿no le había sido prometido como amor?, ¿no había nacido en los mejores y más profundos manantiales de su alma?, ¿no se le había aparecido como la imagen de su futuro, como presagio de las posibilidades de su destino, como su más auténtico sueño de dicha? Y mientras se inquietaba, muy en el fondo se sentía, empero, infinitamente feliz. ¿No era maravilloso que fuese posible soñar tales cosas, que uno llevase consigo ese mundo hecho de la más etérea materia mágica, que en el alma, tantas veces escudriñada con desespero en busca de algún resto de fe, de alegría, de vida, que en esa alma pudiesen brotar tales flores?

Al llegar a casa, el literato cerró la puerta tras sí y se echó en un diván. Libreta en mano, releyó atentamente las anotaciones y descubrió que de nada le servían, que no ofrecían nada, que, sólo creaban obstáculos y confusión. Arrancó las hojas y las destruyó meticulosamente, al tiempo que decidía no concentrarse, y súbitamente volvió a encontrarse esperando en ese vestíbulo vacío de la casa desconocida; al fondo divisó a una señora de edad, vestida de negro, que caminaba arriba y abajo muy inquieta, volvió a percibir el momento predestinado: Magda acababa de salir en busca de su nueva amada, más joven, más hermosa, la verdadera y eterna amada. La mujer lo contempló amable y preocupada, y bajo sus facciones y bajo su vestido gris aparecieron otras facciones y otros vestidos, rostros de amas y enfermeras de su propia infancia, el rostro y la bata gris de su madre. Y sintió que el futuro, el amor, también le salían al encuentro en esa casa de recuerdos, en ese círculo de imágenes maternales, fraternales. Al amparo de ese vestíbulo vacío, bajo las miradas de preocupadas, amables, fieles madres y Magdas, había crecido la niña cuyo amor debía favorecerlo, cuya posesión debía hacer su dicha, cuyo futuro también sería el suyo.

Y vio también cómo extraordinariamente tierna y sincera, sin un beso, lo saludaba Magda; su rostro encerraba de nuevo, bajo la luz dorada del crepúsculo, todo el encanto que antaño ofreciera para él; en el momento de la renuncia y la separación refulgía una vez más tan adorable como en sus tiempos más bienaventurados; su rostro más denso y profundo anticipaba a la más joven, la más hermosa, la auténtica, la única, a la que había venido a presentarle y ayudarle a conquistar. Parecía la propia imagen del amor, con su humildad, su capacidad de transformación, su magia entre maternal e infantil. Su rostro reunía todo lo que un día viera, soñara, deseara y cantara en esa mujer, toda la transfiguración y la adoración que le había aportado en la época cumbre de su amor; toda su alma, unida a su propio amor, se había hecho rostro, fulguraba visiblemente en las facciones sinceras, queridas, sonreía triste y amistosa por sus ojos. ¿Sería posible decir adiós a tal amada? Pero la mirada de ella decía que era preciso despedirse, que debía suceder algo nuevo.

Y lo nuevo entró sobre ágiles piececitos: entró la hermana, pero no se le veía el rostro, nada se le veía claramente excepto que era pequeña y graciosa, que llevaba zapatos marrones, que tenía el rostro moreno y que sus vestidos eran castaños, y que sabía bailar con una perfección embelesadora. Y además el boston, el baile que su futuro amante no sabía nada bien. Nada podía expresar mejor la superioridad de la niña sobre el adulto -experimentado, con frecuencia desengañado- que el hecho de que bailase con tanta ligereza y gracia y perfección, ¡y además el baile que él no dominaba, en el que él no tenía esperanza de superarla!

El literato pasó todo el día ocupado con su sueño, y cuanto más profundizaba en él, más bello le resultaba, más le parecía que superaba todas las composiciones de los mejores poetas. Mucho tiempo, durante días enteros, acarició deseos y planes de escribir este sueño de forma que manifestase esa infinita belleza, profundidad e intimidad, no sólo para el que lo soñara, sino también para otros. Tardó en abandonar estos deseos y esfuerzos y en comprender que debía contentarse, en su interior, con ser un verdadero poeta, un soñador, un visionario de espíritu, pero que su obra debería seguir siendo la de un simple literato.


Paul Celan: POEMAS


Paul Celan: POEMAS


UNA CANCION EN EL DESIERTO

Una guirnalda fue tejida con hojas negruzcas en la comarca de Acra:
allí monté mi oscuro caballo y con la daga puncé en pos de la muerte.
Y de cuencos de madera bebí la ceniza de las fuentes de Acra
y con la visera cerrada cargué contra las ruinas del cielo.
Porque muertos están los ángeles y quedó ciego el Señor en la
comarca de Acra,
y no hay nadie que el sueño me cuide de los que llegaron aquí a su
reposo.
Quedó destrozada la luna, la florecilla de la comarca de Acra:
florecen así, imitando las espinas, las manos con anillos
herrumbrosos.
Y así debo inclinarme por fin, para el beso, cuando rezan en Acra...
¡Oh mala fue la coraza de la noche, rezuma la sangre por las hebillas!
Y así me convertí en su hermano sonriente, el férreo querube de Acra.
Así pronuncio yo el nombre y aún siento el ardor en las mejillas.


EN VANO

pintas corazones en la ventana:
abajo el duque del silencio
alista soldados en el patio del castillo.
En el árbol iza su pendón — una hoja azulándose cuando cae el
otoño,
reparte la brizna de la melancolía y las flores del tiempo entre el
ejército;
con pájaros en el pelo avanza a sumergir las espadas.
En vano pintas corazones en la ventana; un Dios está entre las
tropas,
envuelto en la capa que antaño cayó de tus hombros, de noche, hacia
la escala,
antaño, cuando ardía el palacio, cuando hablaste como los hombres:
amada...
El no conoce la capa y no llama a la estrella y sigue a la hoja que
oscila adelante.
"Oh brizna", cree escuchar, "oh flor del tiempo".

LA ARENA DE LAS URNAS

De verde herrumbroso es la casa del olvido.
Ante cada una de las puertas batientes azúlase tu juglar decapitado.
Para ti toca el tambor de musgo y vello amargo del pubis;
con el dedo llagado del pie tu ceja pinta en la arena.
La dibuja más larga de lo que era, y el rojo de tu labio.
Llenas aquí las urnas y cenas tu corazón.

CHANSON DE UNA DAMA EN LA SOMBRA

Cuando viene la silenciosa y decapita los tulipanes:
¿Quién gana?
Quién pierde?
¿Quién va a la ventana?
¿Quién nombra su nombre primero?
Es uno que lleva mi pelo.
Lo lleva como se lleva a los muertos en las manos.
Lo lleva como el cielo llevó mi pelo el año en que amaba.
Lo lleva así por vanidad.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese no nombra su nombre.
Es uno que tiene mis ojos.
Los tiene desde que los portones se cerraron.
Los lleva en el dedo como anillos.
Los lleva como trizas de placer y zafiro:
él ya era mi hermano en otoño;
ya cuenta los días y noches.
Ese gana.
Ese no pierde.
Ese no va a la ventana.
Ese nombra su nombre al final.
Es uno que tiene lo que dije.
Lo lleva bajo el brazo como un hato.
Lo lleva como el reloj su más mala hora.
Lo lleva de umbral en umbral, y nunca lo arroja.
Ese no gana.
Ese pierde.
Ese va hacia la ventana.
Ese nombra su nombre primero.
Ese es con los tulipanes decapitado.

Ivonne Moreno Uscanga: Lucian Freud


Lucian Freud: El retrato como sorna

Ivonne Moreno Uscanga

En innumerables ocasiones escuchamos la sana advertencia de no tomarnos en serio a nosotros mismos e incluso se nos recomienda, reírnos de algunos de nuestros actos o posturas, a manera de aliciente contra el duro y a veces atribulado vivir. Dicha sentencia puede volcarnos a otros terrenos, y si es al de la plástica, nos puede resultar el epítome pictórico de Lucian Freud.

Es difícil separar al pintor de origen berlinés (1922) , radicado en Londres, capital del país donde se nacionalizó, de su famoso abuelo Segismud Freud , pues de cierto modo pareciera primordial para hacer lectura de su obra, recurrir a segmentos del psicoanálisis. Aunque Lucian durante su larga vida, puso distanciamiento entre la legendaria figura familiar y él; es la apreciación del inconsciente y del subconsciente, un ángulo permisible para acercarnos a su legado.

Lucian Freud es reconocido en el ámbito artístico por retratar a manera de satírica y de alta descarnación erótica a sus figuras humanas. Sin embargo es pertinente señalar, en la pintura europea, un caso análogo, el de otro vienés, Egon Schiele, interesado de igual forma plasmar al erotismo como hilo fundamental de la existencia.

En la pintura de Freud, trátese de hombres o de mujeres, e incluso de animales; incluyendo a los caballos, fauna por la cual sintió pasión.

En ellos, buscó en el hastío y en lo oculto, para deformar las facciones del rostro o de los miembros del cuerpo, con el propósito de desenmascarar lo cubierto, exponiendo a la lívido en carne viva, como aquello tangible de enjuiciar hasta la sorna.

En su trayectoria fue precisamente el retrato realizado a la modelo Kate Moss, la pintura, envolvente a sus teorías particulares del desnudo, la mujer y la sexualidad. No obstante de haber huido del surrealismo y de la posible influencia de corrientes como el cubismo, por ser sus contemporáneas, Freud se decide por un figurativismo realista, del cual tiene varias aristas cuestionables.

¿Verdaderamente Lucian Freud fue un figurativo? ¿Lo real es lo interpretado por sus ojos y pinceles de marta en lo referente a una cara o un cuerpo delgado u obeso?

El panorama pareciera aclarárnoslo el psicoananálisis o tal vez la teoría de los sueños, premisas rechazadas por el pintor, en apariencia, durante casi toda su vida, para explicarnos: somos en sí, el conjunto de nuestros deseos, carencias, impotencias y frustraciones. Y entonces sí podemos comprender y degustar sin menoscabo el retrato de la Reina Isabel de Inglaterra, el de Francis Bacon amigo de Lucian y el de su propio autorretrato.

Lucian Freud fue un pintor gozoso de su fama como realizador. A partir de 1954 entra en la cúspide de su carrera. Y hoy a escasos días de su muerte, julio 2011, lo sujetamos en el entramado del devastador y polémico siglo XX, donde se conjugaron glorias de la ciencia y el arte, ero también los sinsabores de la relación humana, como en los óleos de Freud, pendidos de harta soledad y de preguntas sin respuestas.

lunes, agosto 01, 2011

Cristina Caballero: POEMA

En la Noche


medran laberintos

bastiones acerados

juegan a ruletas rusas

...

tiembla el agua

que vive al fondo

de este bosque:

no iremos hoy

por ninguna encrucijada,

al caer la tarde

un dolor sin nombre

-conejo de la Luna-

arena entre los ojos

me aconseja:

compás adormecido

cierra ya tus manos

enmudece las palabras

no vayas por ahí

y dile adiós

a la puerta de salida

Lourdes Franyuti: Página en blanco

Página en blanco.

Lourdes Franyuti

He querido iniciar la primera página del libro que me propuse terminar a finales de este año. No he podido siquiera empezar. La idea central la tengo bien definida desde hace días, pero aún no encuentro las palabras acertadas para el primer párrafo. Podría empezar describiendo el ambiente, narrando las características particulares del lugar o bien, dándole la pauta al lector acerca de la época en que se desarrollará la historia.


Esta vez, mi idea es dejarme llevar por las sensaciones, alegrías o conflictos que se internarán en la mente de mi personaje principal. Me interesa saber qué piensa, por qué se atemoriza o cuál es la razón de su angustia. Podría contar la vida de alguna mujer dedicada a la vida política, religiosa, la rutina tal vez de trabajar en un hospital, banco o juzgado. Si bien es cierto que la mujer ha destacado en el ámbito profesional, hay muchas otras que han dejado su alma en las labores domésticas, altruistas o simplemente han dedicado su existencia a brillar en sociedad.

Abro mi paraguas y camino bajo la lluvia, tengo que cruzar la avenida principal hasta la puerta de la Biblioteca Pública. Me detengo y veo una silueta un tanto vaga… No logro distinguirla bien por la caída tan fuerte y cerrada del agua. Apenas si me doy cuenta, de que es la única persona parada sobre la acera. Un viento recio arranca de sus manos dos objetos; acomoda su paraguas, se agacha para recogerlos, pero no puede tomarlos con sus manos. Al parecer, han seguido el curso del canal y flotan con la corriente. La sombra en cuestión corre a lado de ellos y por más que se esfuerza por agarrarlos, los objetos se les escapan de sus dedos.

Sigo observando la escena desde el otro lado de la avenida y voy corriendo de igual manera para ayudar a detener los objetos. En este momento chocan bruscamente contra una tapa de registro de luz, y quedan atrapados en una rejilla contigua. Ahora que estoy más cerca, distingo que se trata de una muchacha recogiendo dos libros; se siente sofocada por pelear con las gotas intensas, impregnadas en su rostro. Trato de cruzar de nueva cuenta la calle, pero un automóvil pasa a gran velocidad junto a mí, que empapa completamente mi vestido. Sacudo el lodo que ha dejado sobre mis piernas y volteo a ver a la mujer. Se ha refugiado en el techo de un ventanal. Los libros los ha colocado sobre el aluminio que detiene el cristal.

Cierro mi paraguas y me dirijo a ella dando grandes saltos. Al abordarla, me mira con extrañeza y me obsequia los dos libros. Bajo la mirada hacia ellos y aprecio que son un diccionario y un libro finamente empastado, mojados y casi inservibles. Abro la primera página del libro y me sorprendo al percatarme de que está totalmente en blanco. Supongo que el agua borró todo lo escrito en ella. Me froto los ojos y veo mi reflejo en el ventanal. Allí no había más mujer que yo misma, tratando de decidir entre aguacero, nubarrones grises y melancolía, ser o no ser la protagonista de mi propia historia.

Leopoldo de Quevedo y Monroy: :Borges, ángel perdido y con alas


Leopoldo de Quevedo y Monroy:
Borges, ángel perdido y con alas

El 14 de junio cumplió el mundo de las letras ya un cuarto de siglo sin la luz de los ojos del escritor universal José Luis Borges. Personaje deslumbrante, como su erudición y su pluma. Quien ve su figura evoca a un ser transparente y leve, como si levitara en su cuerpo, cualidad que se encuentra en sus libros.


Borges, con paso erguido y voz de profeta, peregrinó por países, bibliotecas, lenguas muertas y vivas como por su casa. No importó que perdiera la vista cuando aún le faltaba un cuarto de vida, su trabajo y su influencia siguió intacta en el mundo intelectual. Con paciencia tenaz leía, escribía, estudiaba y discurría por academias y salas. Eran admiradas la vastedad de sus temas, la originalidad de sus ideas, la cristalina claridad de sus versos.

De padre argentino y madre uruguaya, con dos nacionalidades, viajero asiduo, políglota reconocido, humanista, recorrió la geografía de los libros y de las culturas como un antropólogo y buscador de perlas antiguas. Anduvo por entre ruinas, olfateó a falta de ojos, como perro anárquico o como tozudo ratón, en bibliotecas, mezquitas árabes, mercados de incunables y papiros, algún vestigio que le permitiera encontrar una palabra nueva.

Le encantó el ultraísmo y navegó como capitán experto por las ondas de la libertad, la metáfora huérfana, lejos de la rima y el sentimentalismo fatuo. Con Huidobro fue tras la perfección del verso y la novedad de la imagen. Sus libros son monumentos que hablan de viajes, de costumbres, de pensamientos y del espíritu eterno que vaga aun entre la confusión de los mercados, las cábalas y el consumo.

Cada título de un libro suyo, de un ensayo, de un personaje o de un poema es una invitación a la sorpresa, es un reto a la imaginación más educada. Historia de la eternidad, El Aleph, Historia universal de la infamia, Ficciones, La rosa profunda, El libro de arena, insinúan mundos fantásticos, regiones únicas, puntos convergentes y retazos de vida fascinantes. Los cuentos son como anécdotas ampliadas, de fácil lectura. Tal parecen que fueran trozos de su propia vida pues en ellos vibra el aire, la frescura anda suelta y la sangre corre por paredes y jardines.

Borges no se ha ido. Vuela como un ángel tutelar, perdido entre el pretencioso muladar de novelas comerciales, y vigila, como solía hacerlo cuando era ciego, si a su alrededor camina una lagartija hindú o alguien lee o canta un tango, o si allá, afuera, hay una vía llena de camiones que pitan por el trancón insoportable. Le ordenará a Manguel, el lector que reemplazó a sus ojos, que suba en la escalera y le alcance de allá arriba el libro que está en tercer lugar y se llama La Comedia. Vuela y vigila como un padre para que el idioma se mantenga vivo y vigoroso. Sin el afán de ganarse el Nobel para el que los amigos lo postularon varias veces y la suerte esquiva lo ignoró.

Borges, con la cabeza levantada, con su cara algo pálida, está ahí como un patriarca, con la llave de la lengua, de las lenguas, siempre presto a invitarnos a abrir la cuartilla y teclear sobre la sábana de ámbar palabras limpias, saludables, de distinta connotación y vestimenta, que inviten a pensar o a cantar o a soñar en quásares o alephs.

Alguien


Un hombre trabajado por el tiempo,


un hombre que ni siquiera espera la muerte


(las pruebas de la muerte son estadísticas


y nadie hay que no corra el albur


de ser el primer inmortal),


un hombre que ha aprendido a agradecer


las modestas limosnas de los días:


el sueño, la rutina, el sabor del agua,


una no sospechada etimología,


un verso latino o sajón,


la memoria de una mujer que lo ha abandonado


hace ya tantos años


que hoy puede recordarla sin amargura,


un hombre que no ignora que el presente


ya es el porvenir y el olvido,


un hombre que ha sido desleal


y con el que fueron desleales,


puede sentir de pronto, al cruzar la calle,


una misteriosa felicidad


que no viene del lado de la esperanza


sino de una antigua inocencia,


de su propia raíz o de un dios disperso.


Sabe que no debe mirarla de cerca,


porque hay razones más terribles que tigres


que le demostrarán su obligación


de ser un desdichado,


pero humildemente recibe


esa felicidad, esa ráfaga.


Quizá en la muerte para siempre seremos,


cuando el polvo sea polvo,


esa indescifrable raíz,


de la cual para siempre crecerá,


ecuánime o atroz,


nuestro solitario cielo o infierno.






Jorge Luis Borges