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martes, abril 24, 2007

Mary Carmen Gerardo: Adiós al amigo




Para Claudia
Quien fecunda el pasado y el presente
en un solo tiempo


La soledad y el pasado estaban llamando otra vez a su puerta, dos entes demasiado fuertes como para no hacerles caso.

Se aprieta el obturador y se posa para la foto con la misma intención que al hablar desaforadamente por teléfono, para desnudarnos, sabiendo de la angustia que habita en el pecho y sale con la voz normal de la cotidianidad.

“Hay que aprovechar el hecho de que ninguno de los dos tuvo sentimientos hacia el otro y separarse. Bueno con la amistad no losé, el tiempo, no sé”.

Fotos sin derecho, ¿cómo acabo la cámara en su bolsa?, no lo sabia, seguramente después de tomar el vaso con agua; un fin de semana y fue borrada la memoria y el portazo aseguro el enojo del no ser.

Son días extraños debe ser la semana santa, debió hacer caso del padre y no ingerir carne, es demasiado violencia, es el año del cerdo, le gusta la sangre tanto como la abundancia.

Todo empezó para ella en la reunión con una amiga de la infancia, desde el inicio Ángela se mostró a la defensiva, se convirtió en la niña de 10 años pidiendo atención. De lugares muy concretos salieron los dragones de la infancia, echaron fuego sobre las patatas fritas y los pies sin calcetines de sus hijos.

Ella no podía salir, los niños llevaban tiempo sin verse y se demuestran mucho cariño, es difícil ver a su primogénita sentir tanta afinidad, regularmente se fortalece en la soledad y esa lejanía que la hace tan atractiva y la ha llenado de amigos varones.

Así que se escucharon, se toleraron y con un beso de despedida la angustia cabalgo en el pecho de ella.

El trote le trajo el recuerdo que le había acompañado desde hace días , después de usar la cámara digital en ese viaje escolar tuvo la certeza de que El había guardado las fotos, que nunca fueron borradas y empezó a acumular coraje , que con el transcurso de los días y esa noche en especial eran furia.

“No sé en que estabas pensando al llamarme por teléfono, te escuche borracha, las fotos se borraron delante de ti, no se que pensabas al amenazarme, no me conoces”.

Pero si, ella conocía los miedos de aquel amigo capaz de huir en una boda porque sentía pánico, conocía al amigo adicto, con toda la inseguridad que el fracaso proporciona, al amante buscando la ternura negada, al afán de ser a través de las canciones no enseñadas.

“No confió en ti, me diste motivos para no hacerlo al preferir tus deseos e ignorar los míos, eres tu por encima de mi”. Al colgar el teléfono sabia que era el adiós, los placeres mas sublimes cuando son prohibidos tienen un precio.

Y ella lloro en semana santa sin evocar un rezo a Dios, ni solicitar el perdón pues no lo necesitaba, era sólo la tristeza.

Al otro día volvió a recuperar la alegría del paseo, la música, contemplar el mar desde el faro con sus ondas caprichosas por el viento, pero la angustia estaba anidada como una viuda y entonces al regresar a su casa, en la intimidad de su cuarto, vestida de rojo empezó a rezar, salio a la cocina y prendió la estufa, hizo un caldo de camarón y le puso jaiba, el olor del epazote con el marisco inundo las escaleras, todo se purificaba era jueves santo. Adiós amigo.

miércoles, febrero 14, 2007

Gabriel Fuster: Aquí, el hombre


Pudieron bautizar el lugar como Valhalla, pero el hospital siguió el esquema de comunión de los socialistas utópicos, tan concretos como los koljoses soviéticos y los kibbutz de Israel. Las grandes comunas de trabajo, como las implementadas por el marxismo en China, y el modesto falansterio, según el sistema de Fourier. Los poetas ingleses del momento del cambio, sintieron el mismo ardor utopista de los teóricos. Shelley, yerno de William Godwin, habla de “los continentes sin reyes, sin pecados, como el Edén”. En Prometeo liberado cree que el hombre debe atravesar la etapa del mal para alcanzar la época del triunfo del bien, donde es y gobierna rey de sí mismo, justo, amable, sabio, libre. La tuberculosis es una sentencia de muerte en el alfabeto pánico. Los habitantes de la ciudad de Xalapa de principio de siglo sufren las indolencias fatales que a tumba o a perpetuo presidio condenan cuando la lesión primaria se calcifica y el mal se contiene incurable, luego este tipo de enfermos son confinados en un rancho al pie del Macuiltepetl, cono simbólico de la flor de la niebla, clima de fiebres, púas. Ay Macuiltepetl, abomina la boca que predice desgracias, repudia los ojos que únicamente ven zodíacos funestos. En 1934, Miguel Dorantes, médico egresado del Colegio Militar, llegó a hacer sus prácticas de servicio social al cerro totalmente deforestado. El joven halla la caja pandórica, que de universal resumen tantas desgracias surgieron, en la cabaña de aislamiento, no menos digna que los lazaretos y leprosarios de los tiempos bíblicos. El galeno enuncia una palabra, una cifra, una medicina y retrocede engañada la muerte. Encontramos de súbito, pura, luminosa, la talismánica esperanza. Él empieza extendiendo la invitación a patrocinadores y donantes, termina con una rifa, lo que le permite cerrar el paso a los tristes y errantes soñadores. Talleres y granjas son construidos por la comunidad y la célula social básica es, a imitación del feudalismo celta, la parroquia. En este caso, el hospital de Macuiltepetl. Las autoridades conceden el nombre oficial. La sociedad civil concede el milagro. Dios es la explicación más simplista. El hombre inventó a Dios y la eternidad por dos razones: la primera, para no morir. La segunda, para ver nuevamente a los seres amados. No obstante, Taw-Resch-Samech-Waw fue nombrado el amo del dolor por el Pathos, la raza de esos seres etéreos que éticamente regulan los universos. Para Taw-Resch-Samech-Waw, quién nada sabía de la paciencia del tiempo o la expansión en el espacio, le fue encomendada la tarea eterna de propiciar sufrimiento a la miríada de mundos y entes que habitan en el cosmos. Taw-Resch-Samech-Waw no fue la primera elección, hubo otros señores del dolor. No muchos, un puñado de lémures en formación. El porqué no duraron en su función es una interrogante. Taw-Resch-Samech-Waw no se lo preguntó, ni antes ni después que pulsó una lira de melancolía para callar a la flor susurrante en los bosques taciturnos de Aldebaraan, clavó una espina de miedo a una burbuja inteligente en el barro de Acaras III, redujo a la mitad una longitud de onda capaz de producir exquisitas melodías atonales en los truenos prolongados de Sidon beta V, modificó los placeres de una penosa cosa babosa dentro de las cuevas de metano de Zzzyyy V, concedió enfermedad y pobreza a una mujer llamada Dolores Aquino para alcanzar a las especies en peligro de extinción en un insignificante planeta llamado Sol III, Urantia, Tierra. Él fue elegido entre un remolino de soles y su trabajo era irrigar la calibrada y suficiente porción de sufrimiento como determinaba el Pathos. No eran admisibles la culpa o los remordimientos, excepto el cumplimiento del deber. Era su misión. Empezó mucho tiempo atrás, cuya única referencia a la historia lo constituye el gran océano muy pronto a convertirse en el desierto de Gobi. Ha visto el paramecio convertirse en algo aventajado a la ameba. Creció con éste a la agitación combativa de los centímetros como capas de eternidad. Bienvenido seas a los sedimentos de materia fósil y caliza sobre los cuales están formados los estratos del pasado.


Ahora, se enfrentaba a Miguel Dorantes.

Dolores Aquino nació en una minúscula población del cambiante mapa de la primera guerra mundial. No conoció al padre y el nombre de la madre fue tan equívoco como la referencia de su ciudad natal. Ella abandonó Europa en los años 20, viajando de polizonte en un barco con destino a Bolivia. Hacia 1930, encontró la tierra prometida, superó un divorcio y engordó. La adolescencia se caracterizó por una belleza rebelde y desfachatada, la juventud por su aptitud para la imitación. Si se tratara de acumular nombres, sería fácil insertar una extensa nómina de quienes pagaron un bienfait, pero no lo haremos, pues la utilidad de esa lista no sería mucha para disculpar una pieza de colección. No servía para otra cosa. Dolores Aquino amó la hermosura, el poder, la gracia, el dinero, el lujo, los besos y la música. La vida era un circo, convirtiendo en virtud la negación de los embarazos, el abuso del sexo, la proclividad al suicidio, el exilio interior y exterior, el consumo de cigarro y alcohol. Los espíritus del licor eran los mismos de su altivez. Dolores Aquino era una cuba, una alcohólica tan sumergida en la botella de trapiche que los próximos años llegó a ser irreconocible a través del vidrio. Intoxicada, pero quieta, en un patio de vecindad, Dolores Aquino, edad 24 años, peso 48 kilos y a la baja, cabello negro y maltratado con zonas de alopecia, ojos rojos y dilatados, ceremoniosamente contrajo la tuberculosis. Así de simple, así de despreocupada, que para nada diera cuenta del menoscabo sufrido hasta que su ingreso al hospital fue inútil. Dolores Aquino murió. El cerebro hizo corto circuito, sus pulmones dejaron de escupir sangre, su corazón detuvo el bombeo y el aliento con desventurada halitosis dejó de salir de sus labios. Ella murió. Fin de la historia, principio de la historia. Mientras su cuerpo yace en la sala de disección, un vapor verde llega al cadáver cuya fama fuera Dolores Aquino. Lo toca, lo envuelve, lo penetra. Taw-Resch-Samech-Waw estaba en el planeta Tierra, Urantia, Sol III.

-¿Cómo te llamas? –el doctor Dorantes pregunta a la paciente.
-Dolores, Dolores creo yo –responde con voz débil y pectoral. –Doctor, yo he estado un poco enferma, ¿sabe?
Miguel Dorantes se acomoda el estetoscopio en los oídos y revisa el pecho de la mujer.

-Sí, eso es lo que soy: Doctor. Yo soy un vendedor ambulante de la salud. El único problema es que no soy tan bueno como quisiera llegar a serlo, pero al menos he llegado a crear trastornos importantes aquí, allá y acullá. Y decir a mi conciencia que estoy haciendo algo correcto. Verás, no quise declararte muerta.


Dolores Aquino mira fijamente al doctor y deja asomar un fuego guardado detrás de las ojeras acentuadísimas. Estrellas fugaces iluminan el alma obscura tan emocionante como perder el sentido.
y...
Taw-Resch-Samech-Waw, encerrado en la migraña del día, comprende una pequeña lección. Este organismo bípedo, con base en el carbón y otras substancias que no podrían unirse por un instante en la rigurosa química del espacio, estaba muriendo demasiado tranquilo a partir de su nacimiento, porque su destino es pertenecer a un ciclo de vida. Ciertamente, después de cada horror, un mortal se repite: Ahora empieza el alivio. No, no existe tal alivio, sino una pausa para trabar el siguiente horror, pero uno es capaz de pensar cualquier cosa para librarse de la quemadura de su realidad. Taw-Resch-Samech-Waw observó al peculiar ser humano, el producto de la matriz del círculo. Y supo que tenía que ir más lejos, experimentar a fondo con su problema. El vapor espiral que era Waw-Waw-Waw sale de los ojos de Dolores y entra cuidadosamente a los de Miguel Dorantes. Y Taw-Resch-Samech-Waw sintió la irritación de un nociceptor dispuesto para todas las formas vivientes en el universo. Taw-Resch-Samech-Waw supo. Taw-Resch-Samech-Waw jugó a perderse en otro, porque él era el amo del dolor, no un despistado turista perdido en el país de alodinia. Éste subió a la mente de Miguel Dorantes, de nuestro débil e insatisfecho Miguel Dorantes, y voló con él. Lejos, muy lejos y muy dilatado, hasta que el tiempo se encierra en una lemniscata y el espacio no tiene mayor consecuencia. Miguel vio las burbujas pensantes y los demonios alados y los gigantes insectos y los seres mitad hombre-mitad máquina que gobiernan con destrucción algún sector del espacio y poco después que ambos viajeros saludaron los superpuestos planos dimensionales con una salva de doce quasares del más legítimo caos. Waw-Waw-Waw concede a Miguel el mayor alivio que el Pathos haya preferido, ahogándolo en su asombro, llenándolo de amor y vida y la estremecedora belleza del orden. Y al final de todo, estalló y regresó el aura bifrontal al recipiente biológico en el cuerpo de Miguel Dorantes. Abajo, abajo y profundo para explicar el docetismo. Uno ha tomado vinos más fuertes, pero besar los labios de Dolores lo dejan ahíto.
y...
El momento de verdad se presentaba ante sus ojos. Había posibilidades de recuperación.
Esta era la rutina de Miguel Dorantes, enderezar historias anónimas.
El joven sella la caja pandórica, que de universal resumen tantas desgracias surgieron, al pie del volcán extinto de Macuiltepetl. Las ampliaciones al hospital suceden. El dolor es mitigado.
La vida continúa.

A la espera. El Pathos aguarda las noticias. Taw-Resch-Samech-Waw sabía que deberían estar haciéndolo. Tonto de él si no estuviera advertido de sus obligaciones.
Te separaste de tu puesto
-Es cierto, era el único modo. Tenía que saber. Llegue a un planeta y conocí lo que llaman hombre.
Saber, ¿qué querías saber?
-Yo sé que el dolor es la energía más perdurable del universo. Más grande que la eternidad, más que el infinito. Más grande que el alivio que lleva aparejado. Sin dolor no hay placer. Sin tristeza no hay alegría. Sin muerte no hay vida y sin vida el propio Pathos es un cuerpo estéril y condenado.
Has madurado
-Supongo que lo mismo que sucedió a los amos del dolor antes de mí
Ellos están perdidos
-Yo he regresado
¿Qué vas a hacer ahora?
-Provocar más dolor que nunca
Mayor dolor
-Ahora lo entiendo.
Gracias
El Pathos se disculpa, se pone de pie y prosigue su camino por los eones.
Taw-Resch-Samech-Waw observa y admite esta sensación de la gota que segrega un conducto y es liberada del globo ocular. Fría e inefable lágrima que rueda sobre el rostro.
Taw-Resch-Samech-Waw conoció el alivio.

lunes, febrero 05, 2007

Gabriel Fuster: Un Cuento




BARRON Y CUENTA NUEVA
Gabriel Fuster


La idea de un color fuera de las cintas del arco iris ha sido escrita por autores como H. P. Lovecraft y Ambroce Bierce. Éste último narra con mala letra de borracho en The Damned Thing, de 1893: “A cada extremo del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que se conoce como rayos actinicos. Ellos representan colores, colores integrales de la composición de la luz, pero somos incapaces de discernir. El ojo humano es un instrumento imperfecto, su rango es apenas una octava de la escala cromática. No estoy loco ni ciego, hay colores invisibles entre nosotros. Dios nos ampare de tal pared del día.”. Bierce opina que el sol no es sino el presentimiento del color amarillo, en tanto Lovecraft considera el azul una amenaza fuera del espacio. Un color que prueba ser tóxico. En otro plano de existencia, donde las cosas son enteramente distintas de aquellas vistas en los cuadros chamuscados de rojo, dos manos en forma de pies suben los tres escalones primarios. La traza incansable otorga a Israel Barrón su paleta de colores. Apuntes y descalificaciones fueron hechos sobre el nuevo color que se hizo visible al mezclar dos cubos de tierra y uno de agua.



-Helo allí- ellos señalaron



-Sí, brillante y hermoso –ellos señalaron



-Bien, ahora que se encuentran preparados, podemos ir y mostrarles como pintarlo en todas partes y a la vez en Altamira –ellos señalaron



-Va a gustarles esto –ellos señalaron



-Mucho –ellos señalaron




Y ellos partieron inmediatamente. Y no les tomó más de un segundo aparecer por un vidrio roto. Y cuando llegaron, ellos cambiaron todo y ninguno pudo creer lo que veía. Y todos y cada uno de los presentes mencionaron que los ángeles eran del mismo color que Barrón, el cual pensándolo detenidamente no era un mal nombre para describirlo.

sábado, febrero 03, 2007

Kaisy Baker Fields: Un cuento


LOS ELEMENTOS DEL REINO
Kaisy Baker Fields

El malestar se conoce como “han” y se refiere a la impotencia para escribir la más vaga sentencia, precisamente cuando la inspiración da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Eva Talavera probó redactar su prefacio en el renglón dañado desde varios ángulos, incluyendo exóticos puntos de vista en primera persona o el intruso narrador en off, como se anula el silencio en el cine, pero la novela no adquiría sentido. El título era perfecto: “Los elementos del reino”. Sí, luchaba por oírse fuerte y claro y, con ese esfuerzo, Eva no quiere parecer mil veces callada. Mientras tanto, Literatura se ha vuelto una mala palabra. Ya no basta enterarnos que no alcanza autoridad de ciencia, que desautoriza la carta de amigos, ciudades y obras de arte, más notas complementarias. Asunto sentimental, luego Eva puede empezar lentamente su historia. No, alto. Otra vez, “Los elementos del reino” es una indicación de saña ornamental, porque se compran más libros de los que se leen, porque así se tiene la sensación de cumplir un deber, y aún lo poco que se lee, en buena medida, se nos estropea con la conciencia de lo mucho que dejamos de escribir y nunca nos pondremos al día. Por ello, Cervantes borraba todo lo que había hecho y empezaba de nuevo. El ejercicio debe mostrar a los criterios dominantes el cariño a lo nunca visto, a lo nunca oído y a lo nunca dicho.


Pero, para ser honestos, no es cierto. No funcionaba así.


Eva propina sendos manotazos a la mesa de la cocina y retira la hoja del rodillo para arrugarla y tirarla a la doble vía láctea de basura.


Ella prefería la máquina de escribir a la computadora. Lo llamaba honestidad intelectual. Piensa, respira profundo y pronto quiere quitar los codos de la mesa y romperle la ventana a su retrato.
Carajo; murmuró y encendió su vigésimo cigarrillo. Se puso de pie y se frotó los ojos de cansancio.
Han.
Talavera empezó su tarea a las cinco de la mañana. El intermedio entre los trastos. La artista quería, con toda el alma, componer al menos un par de cuartillas al final del día, pero los contratiempos seguían siendo los mismos del mes anterior: ansiedad, coraje contra su persona, frustración. No podía tocar el lindero de sus personajes. Lo llamaba el purgatorio.

La sombra de un animal enjaulado pasa los mosaicos, mientras deambulaba de un lado al otro. Eva disipa el largo, el triste paseo de nicotina, pero son veinte cigarros por cajetilla, y se había fumado el último. Lo que me faltaba, murmuró y sigue su camino a la puerta principal. En el exterior del condominio, el aire era distinto a sus pulmones. Doña Leonor, vecina del 37, estaba cocinando algo más vil que sus frijoles con carne del día anterior. Un miasma de alto riesgo biológico bajaba al segundo nivel. Eva toma las escaleras rápidamente.


El lado amable de los infonavit, es que cada casa es una tienda de abarrotes o un mesón de antojitos. No es necesario montar en globo al siguiente continente. Los andadores, como se le conocen a las calles cerradas, doblan las esquinas con pelotas de un niño a otro, buscando inútilmente la línea recta. Eva encuentra la calle abrasadora, surcada por autobuses al máximo de cupo con cinco pesos, gentes en bicicleta y patrullas del orden y la vialidad. Gracias te son dadas. Don Florentino espera detrás del mostrador, cuando Eva entra a la fachada que indica “La Pasadita” pintada a mano.


-¿Qué va a ser, señorita Talavera? –pregunta el amable tendero.
Las palabras “tres paquetes de Marlboro” estaban en la punta de la lengua, pero nunca llegaron a hacer un debut. El muchacho tatuado llegó por su espalda y amenazó con una navaja de resorte al pecho de Don Florentino.
-¡Abra la pinche caja registradora y deme todo lo que tenga! –ordena, abriendo la voz como una cruz gamada.
Don Florentino pestañea un par de veces, se hunde bajo la madera y reaparece con un machete, que coloca delante de los ojos.
-A quien chingados quieres asustar con ese cuchillo de mesa? –truena los dedos, inmovilizando el instante.
Dejando caer el arma blanca al costado, este Mara Salvatrucha se percata que ha fallado su plan. Abierta competencia fálica. Sin pensarlo dos veces, escapa por la misma ruta de entrada.
-Vago hijo de la chingada, me las vas a pagar! –grita Don Florentino y sale en pos del rufián.
-¡No! –exclama Eva en un acto reflejo.
¿Problemas de incontinencia? El rostro de yeso le ha durado los segundos que suceden el atraco y la revancha, enseguida se sobrepone al susto y de manera imprudente e infantil persigue a los corredores.


El mediodía en la calle, atropellando ángeles. Violento, curioso. Árboles empeñados en recoger su sombra, cuando pasan los hombres a la carrera. El delincuente salta las banquetas, los riachuelos domesticados. Asciende el polvo en la huida. Eva distingue al viejo Florentino pisándole los talones a su perseguido, apenas cuatro a doce pasos de separación. La terca fuga sacude la cabeza en ambos: el uno, boqueando la falta de aire. El otro, buscando por una ruta de escape, precisamente cuando la supervivencia da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Y bien, rebotando contra la pared, el muchacho cae de rodillas, los brazos separados del cuerpo y las pupilas dilatadas de terror.
-¡Estoy desarmado, estoy desarmado!- grita al sudoroso anciano, que asesta el machete ígneo contra las explicaciones. La boca del muchacho se abre desproporcionada. No produce más que otra escena sonora, otra ficción. Apuntes sobre una teletransportación milagrosa ocurren igualmente en un sinnúmero de tradiciones religiosas, tales como el Tay-alArd, o “doblez de la tierra”, en el Islam. O el Kefitzat ha Derekh, o “el salto en el camino, en el judaísmo. Felipe, el evangelista, a quién el espíritu del Señor tomó de Gaza a Frigia, para atrapar peces de barro vivo en los límites de Cesárea. La teletransportación es admitida como voluntaria en el budismo tibetano. Para los incrédulos, Gil Perez era un soldado español destacado en la Guardia Civil de Filipinas, al momento de recibir sus órdenes la mañana del 25 de octubre de 1593. Tras sentir un ligero mareo, se cuenta que repentinamente apareció en la Plaza Mayor de la ciudad de México, vistiendo el uniforme de los guardias del palacio Malacanang, en Manila, y clamando no tener idea de cómo había llegado allí. En el momento de ser detenido, él dijo que el Gobernador Don Gomez Perez Dasmariñas, había sido asesinado. Los historiadores dudan la veracidad de la historia, ocurrida la noche del 24 de Octubre de 1593, aunque fueron registrados los testimonios en los protocolos de la Santa Inquisición. Era imposible conciliar la idea de un desertor.


En el callejón, el muchacho es herido de muerte. Don Florentino hizo ver a Eva que era imposible conciliar la idea de un desertor de la realidad. Así que, recoge la cabeza. Guarda el brazo que empuñó la espada del reino. No me dejes en medio de la sangre en esa toalla.


-Me he muerto por cuarenta años en esa tienda para predecir la noticia del radio –advierte Don Florentino a las ratas asomadas con el mayor sigilo bajo la tabla periódica, rajada y sucia sobre el rincón.


Eva Talavera supo en ese momento que clase de libro iba a escribir.

viernes, enero 19, 2007

Kaisy Baker Fields: El finado


EL FINADO RODOLFO MARTINEZ,
MAGNÍFICO CABALLERO
Kaisy Baker Fields

Todos recibimos la noticia alrededor de las siete de la mañana. Yo lo escuché en la radio, al sintonizar parte de una melodía que entrelazaba los peligrosos cajones de aire con su circunstancia secreta y enseguida me puse en contacto con los amigos para confirmar los hechos. El calor es en el clima, dispénseme, pero logramos reunirnos, treinta de nosotros, en una mesa del Gran Café de la Merced, formando un triste y silencioso cerco, espacio más o menos redondo y obligado a copiarse a sí mismo a medida que llegan los dolientes al paso del día.

Una ausencia de palabras, un réquiem que se escucha con la cabeza baja, apesadumbrado. Rodolfo Martínez ha muerto. Yo le arrojo a los oídos la misma cal de mi luto, pero ni siquiera me despido, pues como muerto no puede contestar mi despedida. En una agonía no más que el cuerpo de la imagen y la imagen del cuerpo, lo secó la diabetes, atrofiándole los órganos internos, las articulaciones, la hoja silvestre en el lugar del sexo. Su lucha por sobrevivir cesó en la primera hora de la madrugada. Rodolfo Martínez, o Ralph, como solía conocérsele, o Fito. Curiosamente, Fito era referido únicamente por sus paisanos. Yo era uno de ellos. El finado Rodolfo Martínez, magnífico caballero. El individuo más amistoso del mundo, número uno en la generación ’72 de Ingenieros del Politécnico, con honores. Capitán del equipo escolar de Basquetbol. El primer tenor del coro de la Iglesia del Santísimo Sacramento y una docena de méritos más, antes de ocurrir la conversión del joven en la morada de la nueva densidad de la población y llevar a cabo la pericia regateadora con el líder carismático, la estrella del espectáculo, el jefe de Estado, el intelectual en candelero, el cuerpo del deseo erótico, el político con expectativas de la reelección, el campeón deportivo, el poder de la firma empresarial, el asesino de moda, el filósofo de guardia, el playboy del verano, el ejecutivo triunfante. Él pudo ser un Fierabrás, aquel que se quedaba siempre voluntariamente fuera de sus planes, pero no lo fue. Quería que todo el mundo lo llamara por su apodo, como si lo conocieran de toda la vida. Así nomás: gatoseco, para todos. Entonces, hizo Jiménez un gesto leve como para irrumpir, pero la decisión verbal de Gabriel Fuster lo calló de inmediato.

-Después de diez generaciones operará la salvación de Prometeo –exclama.

Todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo. Aparte, la desdichada que acude para consolar al gran abatido sobre su taza de chocolate y como allí ambos reciben la iluminación y el calor del regalo del fuego. Verna Gutierrez, una pelirroja de paquete de supermercado, oficinista, toma la palabra:

-Él era, no sé...tan...tan refinado. Siempre pareció tener la frase de conocimiento, de magia, de salud, para convertirse en una lisonja de lo inmediato. ¿Si me explico?

Todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo.

Pepín Rodríguez exhala una inscripción de cigarro que se hace visible sobre la nube de sonidos.

-Él era más que eso – agrega- altruista, culto, imprescindible...

Nuestro orador tose y termina por mover la mano de manera ausente, como si con ello diera por concluida visualmente la prosa originaria.

Toño Camacho, este cómplice de ganancias y perdidas en su etapa madura, cuando fuera el gobernador más joven que hayan tenido los clubes Rotarios, para seguir al dueño de una patente industrial y autor de tres libros, hasta el comprador del equipo de futbol “Atlético Español” de Primera División, volcado para alcanzar el televisor de los hogares más humildes, retoma el hilo de la idea.

-Recuerdo ahora –dijo –la urgente llamada telefónica de una larga distancia, y que por un azar que no busco comprender, coincide con esa historia que no entendía del todo: Rodolfo tenía treinta años, venía de Aguadulce en Tabasco, de la insurreción cristera y el huevo del fénix, nos encontramos como disidentes y hablamos de Zapata y su caballo, discutimos del Puente Nuevo a los tratados en defensa de Lugones, el viejo. El prestigio de los ascetas, solía propagarse de cuando en cuando un rumor a nuestras espaldas que ganaba las calles como una comezón y que iba creciendo en las confidencias de las tenderas y en las charlas de los barberos. Él era un demócrata, un triunfador a gran escala. Mi candidato.

Todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo. Asimismo, del compartimento secreto del corazón, que se imagina de piedra, se dice de esa pieza funeraria de los reyes, oro hasta que adquiere el brillo del preciado regaño, porque su tono es codiciado, porque forja fortunas, porque provoca la eternidad. Sergio Baca encomia su recuerdo de este fantasma perfecto.

-Lo que importa no es decir “me voy a quedar callado”, sino quedarse callado, sin decir nada. He aquí que envidiaba su persona, la sombra de un serafín bello e invencible. El no se dio por aludido y siguió siendo mi amigo. Rodolfo fue un digno rival.

Sergio se hunde en un profundo silencio y todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo.

Mónica Garay, hinchando el pecho y abriendo los brazos como si abrazara a alguien, confiesa:

-Yo lo amaba, igual que muchas de nosotras, aquí reunidas. Ustedes sabrán. Dios, no sé si eligió el día a propósito de morir, pero coincidió con un raro sol de invierno que me parece una bombilla sucia y sin fuerza para disipar mi secreto.

-No hay duda que puedes conjugar en plural el verbo secreto, preciosa – interrumpe Erica Labastida, víctima de celos –Sí, uno podía pasar las horas a su lado, hablando los diversos temas...desde Platón hasta Prozac. O simplemente, quedarse callado y ser admirado como el valentino del cine mudo. Rodolfo era un galán natural.

Todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo Más los recuerdos y las plegarias siguieron aflorando durante la hora siguiente. Hombres y mujeres que le conocieron, contando una pequeña anécdota, ponderando algún punto de su personalidad, festejándole, y entonces, abruptamente, llegó mi turno. Muchos de los presentes sabían el monto de mi perdida. Rodolfo y yo fuimos la pareja duradera y aunque tomamos una separación, nuestro amor superaba las necesidades de usar y tirar. Por ese motivo, mis palabras consumaban la esquela.

-Fito fue mi vida –dije, tratando de explicar una palabra que no contaba con las suficientes letras para ser descrita –Él fue un caballero, un líder, un genio, un filántropo y todo lo que aquí se ha dicho. Ralph era...era...era tan grande. Y ahora se ha ido.

Todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo. Repentinamente, una cara poco familiar alzó la voz. Cierto, la chica no pudo evitar escuchar nuestro epicedio y dar su opinión. Y se levantó de su mesa, exclamando:

-¡Rodolfo era un pinche pendejo cualquiera, mentiroso hijo de puta!

Los concurrentes callamos y nos quedamos mirándola fijamente. Nadie que conociera, ni supiera su nombre. La chica se queda alerta el largo minuto de silencio, esperando una muestra de violencia. Un silbato lejano suena. Entonces todos asentimos con la cabeza al cuál otro, pues de manera unánime estabamos de acuerdo.

martes, enero 09, 2007

Kaisy Baker Fields: Hierogamia


HIEROGAMIA
Keisy Baker Fields


Maestro se casó con Tramontana, Fialto con Alba, Biarreo con Sirocco. Anteo con Rosa y los hermanos con Alizé y Bora. A Greco no lo quiso Mistral y, en buena medida, la enemistad que por un tiempo les separó del resto del cuadro, estuvo motivada por los matrimonios del desván.
El capitán Anteo besó a Rosa, que era la muñeca que más le gustaba, tras salir ileso del paso de la alimaña, cuyo rastro era más lejano en las sombras. La rata no regresa. Las espaldas del capitán se enderezaban y el traje cobraba sobre el cuerpo esquilmado, la holgura de la vestimenta de los espantapájaros. Era el traje de gala y a pesar de su caída harapienta, conservaba la finura del apresto originario, lo que llenaba de orgullo al sastre de Lumajo que lo había confeccionado. Rosa se hinca desnuda, con una manta a los hombros, ante la estufa de aserrín. Las lágrimas resbalan por su cara con la misma suavidad que se deslizaba la lluvia en los tejados. Llamadas voces bajan las escaleras del poniente.


Los matrimonios empezaron a fraguarse el tiempo de la infancia de los niños castigados, cuando Tramontana propuso que las infancias duraban poco, aunque el momento feliz tardaba más de la cuenta en el deshojar de las margaritas al cumplir la adolescencia. Desde entonces, instigó a los alfiles negros iniciar el combate circular. Alizé y Bora, quienes ya estaban aburridas que los niños no encontraran el aliciente de ningún juego, chocaron los cuerpos, encontrando un placer eléctrico como producen los guijarros.
Las muñecas permanecían en el ala derecha del desván y los soldados, devorados por la intemperie y la guerra, en los paredones del ala izquierda, dispersos como consecuencia de un estornudo y haciendo de cuando en cuando alguna arriesgada incursión en campo enemigo, bajo los muebles y cacharros que sepultan las telas de araña y el polvo.

Los mensajes de papel dulcemente doblado los traía y los llevaba Coriolis, el hermano pequeño de Maestro, que participaba en el juego exclusivamente por el placer mercenario, cobrando por viaje tres bolas de anís. Tramontana contaba la historia de los cinco sentidos. El silencio hacía que el abrazo de los fantasmas traviesos se estrechara en trance peripatético, mientras los dedos se clavaban en sus espaldas hasta hacerse daño. Se decía que Nosto era un paseante inocuo, de los que van y vienen en la vida sin cometido, casi igual que los papeles legales de una gran desgracia. Su canto favorito se acomodaba tan bien al escondite como el uso por primera vez de la quadratura.

Escribí un largo poema
por amor a las palabras
Robé el sueño a las hilanderas
para trincar hábil una trama

Lo leí completo de vuelta
por desperezar la garganta
pero nunca le di a mi amada
una cama o un arete de perla

Nosto tardó otros tres meses en derrotar a los tuberculosos, después de haberse recitado la última estrofa, cuando las muñecas habían dejado de serlo para hacerse novias, y Coriolis cobraba una bola de anís extra por guardar el secreto. Maestro escogió a Tramontana, Fialto a Alba, Biarreo a Sirocco. Anteo a Rosa y los hermanos resolvieron bailar su propia danza con Alizé y Bora. Poco a poco se fueron casando y el invierno del desván, cuya escarcha crea un nuevo misterio en las ventanas heladas, agrupaba el calor amoroso de las parejas, acostadas bajo el remanso de las horas que pide gemas, quiere prole, mientras permanecían inmóviles con las manos cogidas.
Fue Zaza, extrañada de aquel prolongado silencio, la que subió una tarde al desván y expulsó a escobazos a los matrimonios.

sábado, enero 06, 2007

Gabriel Fuster: Cargo


CARGO
Por Gabriel Fuster


El baobab es mi sombrero.
Helo allí: extraño título. Sí, por fin recobro la lucidez del viaje entre los sueños de magia negra.
Yo pensé esto el primer día de mi regreso de Africa.
El día que salí del museo, lo recuerdo ahora. Caminaba sin rumbo fijo, de mirada asombrosa como encontrarse en la calle con uno mismo, y entré a una tienda de regalos a mitad de la avenida de los Campos Elíseos. Allí me atiende esta linda mujer de ojos que tú no conoces pero inmutan y obligan a ponerte serio, una de esas atractivas mujeres de color como la evidencia de la gran esfinge, y supuse que seria grato hacerle platica mientras pretendo comprar algo y le comento: ‘Acabo de regresar de un viaje por Africa”.
Ella: ¿Bonito lugar? Yo: Caluroso.
De todos modos, me siento a escribirlo en la notebook y todo se resuelve en mi memoria como la alegría de aceptar la tristeza. ¿Quién podía imaginar que el lugar tuviera teléfonos siquiera? Pero hay telégrafo hasta Kinshasa y un plato satelital. Yo puedo chatear con cualquier persona del mundo, la agencia paga. Nada parecido en el resto de Africa, sólo la radio y buena suerte con ello. Mierda, el territorio de la sabana es más caluroso que el infierno. Al caso, guardo un pack de cocas frías en el pequeño refrigerador oxidado. Tomo un descanso en el porche del bungalow. Los locales lo llaman sahel. Ciertamente, el Sahel, del arábigo sahil, frontera o costa del desierto del Sahara, es la región convergente del desierto y la zona fértil del sur del continente, conocida como el Sudan, no confundirla con el país del mismo nombre, sino que la palabra árabe refiere de este modo a la tierra de los negros. Entonces llega Dios, el manco de cien manos, y me abanica el rostro de sudor absolutamente irreal. ¿Qué voy a hacer ahora? Tengo ganas de ponerme a llorar, estoy llorando. De plano, quiero reunir mis cosas, algún libro, una caja de fósforos, cigarros, un pantalón, tal vez una camisa limpia. Quiero irme. No sé a donde ni para qué, pero quiero irme. Tengo miedo. No estoy a gusto. Vine buscando el documental premiado. Pensé que el éxito era el único refugio contra los bombardeos nocturnos. Y encontré que el éxito no podía salvarse. El éxito dura sólo un instante. Es corrompido por el tiempo, no soporta la competencia, apesta con las horas. Nadie hace la pregunta. Soolaimon, mi traductor y hermano del viento, sabe que el dolor de cabeza me impide sentir la hospitalidad de su gente y se apura. Yo no soy el autor de los nombres más queridos.


Soolaimon levanta el telón: Dos negros con lanzas llegan por mí y me conducen con el rey. Yo pregunto si estoy arrestado y los hombres ríen. No, su majestad tiene un repentino apetito. Él espera en este palanquín sostenido dos metros arriba, pero decide bajarse y recorre a pie un largo trecho entre los árboles del tamaño de castillos, para detenerse a bailar en un conjunto de rocas viejas que no pueden moverse a la sombra, piedras sin jugo ya. La enorme reunión de los animales salvajes la lleva a cabo el rey, los hombres con lanzas y un viejo tocando el tambor. Los hombres del palanquín hacen una fogata en una extensa piedra blanca, más dura que las otras, caliente. Parece una madriguera de rayos. El tambor djembe produce sonidos que parecen estar en todas partes, en un aguacero elemental, mientras el rey da un discurso o recita un poema, lento y aprisa. Tu ignorancia es un disparo al aire sobre la manada que pace con milenaria saliva. Yo lo observo, pero pasado un minuto siento que se derrite el fulgor del Kilimanjaro. Yo me digo que veo cosas, que estoy enfermando de kuru. Me recuerdo de ir a la misión la próxima vez que me sienta mal. Busco la sombra del baobab.


-¿No les importa si me siento a la sombra un momento? – digo a Soolaimon – ¡Se me fríe el cerebro con este sol insoportable!
El rey detiene su kakilambe y sonríe al comentario, sus dientes puntiagudos son reales. Él dice:
-El baobab es mi sombrero
Yo supongo que se refiere a la sombra que otorga el árbol, mismo que es referido coloquialmente como el árbol que crece volteado, aceptando esta leyenda árabe que asegura que en el día de la creación el diablo lo sacó de raíz y lo volvió a plantar al revés. Al momento de sentarme, el soberano arranca con una mordida la corteza y hala las tiras, entonces me enseña a tejerlas a modo de formar un sombrero burdo con la ciencia de la tierra y el pie desnudo. Cuando el rey termina el tricornio, lo porta como una corona.
Yo deseo saber más sobre artesanía local y pregunto a Soolaimon si es de buena suerte. El hombre niega con la cabeza. No malhoi, dice. Arranca otra tira del árbol. Este malhoi. Sin saber que significa malhoi, lo acepto. No estoy en posición de discutir. El baobab es mi sombrero y Soolaimon sacude el tronco invulnerable con este hachazo de puro júbilo. Por un momento, pienso que tiene un primitivo sentido del humor, pero existen cosas peores. Los botánicos están de acuerdo que el Baobab es apto para almacenar enormes cantidades de agua dentro de sus troncos huecos. Entonces la indolente gotera del corte desborda el nivel del río Níger. Es un sentimiento de agua espesa, de agua que quiere levantarse como la alegría eterna del hipopótamo. Así se estuvo y tenía los ojos mojados como la choza diminuta que lucha contra la inundación, porque esta soledad es peor que todo, es un cargamento en el ombligo, donde una voz y un canto quedan tensos como un arco que nunca se disparará.
Yo no podré quejarme si no encontré lo que buscaba. En el s. XIX son célebres los nombres de los exploradores ingleses Livingstone, Stanley, Speke, Claperton y Grant con una siempreviva en su diario. O los franceses Marchand, Foureau, Caillé y Binger. Sin faltar Barth, alemán. Africa ya no está. De un momento a otro dejó de cantar, se quedó quieta y dura como una máscara funeraria. El vuelo dura ocho horas. No hay hora más larga que cuando no duermes, mientras los cocodrilos en fila asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo. Una turbina falla, les platico.
Hela allí: extraña pieza.
Burial mask, probably Bakuba, Belgian Congo, wood and metal, 13” high. AFRICA
Ella: ¿Desea una nota de regalo? Yo: Oui, la amanuense a cargo.
Africa se escribe con negritas

Keisy Baker Fields: Dos cuentos


Keisy Baker Field

EL LIBRO EN BLANCO

La bestia se sienta al teléfono. La bella nunca regresa sus llamadas.
En el jardín, un cuervo grazna como una mujer que se quema las manos. La bestia lee novelas de Corin Tellado, cuentos de hadas y algo de poesía entre tarjetas Hallmark, pues en cuanto respira una flor ya tiende a la obesidad. En esas historias ella siempre vuelve.
La bestia sabe que puede oír los discos más tristes esta noche. Por ejemplo, oír el canto que reniega otra vez del final feliz:
“Mira mi soledad,
mira mi soledad que no me sienta nada bien.
Ay, ay querida”.
La garra pasa la caricia a la cara del álbum. Y no advierte que sentimentalmente comete un acto de violencia. Ay , ay, ay la bella se piensa segura tras una puerta con tablas claveteadas.
Duro pesar, nos enamoramos todo el tiempo de la persona equivocada. Mi dedo cuenta 144 retoños en un palo de bugambilia que brinca la gruesa de una barda de doce por doce ladrillos: las flores caídas instauran los aplastados de Heliogabalus. Te veré en mis sueños esta noche, especialmente si ceno en exceso. La otra noche soñé que me comía un malvavisco y al despertar la almohada ya no estaba allí. El libro de estudio es un libro en negro y la gravedad me abandona. Ella piensa que soy Jesús.
Yo pienso que es inalcanzable.
Este libro pintado, sugerido, analizado, inventado, construido y vivido sobre ella, rodeado de espinos, donde la espada del amor abre un camino. Al borde de nuestra hora, entro al palacio y paso de largo a los guardias muertos. Entro al dormitorio real, los aposentos en silencio y beso al espejo. El beso es un círculo de condensación. El fantasma de una boca. El vidrio se trastorna en agua, hielo abolido que cae sobre mí. No puedo nadar, me ahogo bajo el vaivén de las olas.
La belleza me resucita
Te llamo Love.


XICO

Y éste es el regalo que ella le dio.
Desde el corredor de sus pasos en mareo que acaban por salir al patio de arcilla del mundo, ella precisó la sorpresa que siempre puede ocurrir: un lote baldío de nube y sol entrando por la frente de una mañana cítrica. Un patio trasero visto reducido a través del cóncavo hecho con dos manos y una lente superpuesta de nuevo testamento, que su alarde cortó y pulió con circunstancia secreta.
Las paredes en su vida estaban cuarteadas por todos los años de casuales encuentros y frágiles consentimientos. La autoestima cavada hasta los cimientos por el recio paleo de los hombres. Los adoquines de su vergüenza estaban limosos por las muchas lluvias del manoseo y en la gran herida debieron de quedar anegadas las mentiras a evaporarse la siguiente vez que pudiera mirarlas el colosal ojo del sol. Los escalones de sus sueños se apoyaban contra montones de basura. El portón de su pasado era sombrío y debía cerrarse despacio si quería dejarse bien cerrado, pues una corriente de aire acomete la garganta cada vez que uno debe decir algo que lo reprende a sí mismo.
Pero ella había rescatado el residuo de su orgullo, el paraíso al final del zaguán, el jardín secreto donde se ha levantado, se ha vuelto a caer y de nuevo levantar el santuario de su persona.
Ella procuró ese invernadero durante los años de maltrato, clausurándolo con la doble llave de brazos cruzados en su postura de control. Ahora lo ha conseguido del modo que la quería: ying y yang, luego cada flor y piedra y sueño es una contribución al todo. Toda embelesada, deja apoyada la mejilla contra el interruptor de la luz.
Y ella fue al mercado con el cuadro que aquí ves.
Y ella ofertó el lienzo en el sitio más transitado de la plaza.
Y ella esperó por él para llegar a adquirirlo, porque de entre todas las exóticas viandas y tesoros en ese mercado, el amor era el más singular de los artículos.
Ella espera todavía. Lleva un buen rato.
He aquí cinco pesos. El boleto del camión y el costo de una orquídea. Fíjate de tomar el marcado con tache, palo, luna y queso. Buena suerte.