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miércoles, febrero 07, 2007

Arthur Schnitzler: La transparencia imposible


La transparencia imposible
Aforismos de Arthur Schnitzler

La traducción es un oficio de cohetero si no se tiene, no sólo conocimiento de la lengua a trasladar, sino la sensibilidad e intuición poética y filosófica para hacer llegar al lector el pensamiento de otro, en lengua extranjera, a nosotros, como si nada hubiera cambiado. Gracias a Rafael Antúnez por poseer no sólo esas dos cualidades, sino la de la pasiòn para compartir lo que, de otra forma, jamás conoceríamos.

(I.G.)



El matrimonio es la escuela de la soledad, pero nunca se aprende lo suficiente.

Ser una persona seria y carecer de sentido del humor son dos cosas distintas.

Entre las dos verdades igualmente crueles: vida y muerte, hemos insertado la mentira confortante de la inmortalidad.

Existen tres tipos de políticos: aquellos que enturbian el agua, aquellos que pescan en lo turbio y aquellos –los realmente dotados– que enturbian el agua para pescar en lo turbio.

El artista es un epiléptico, el diletante es un histérico.

Un mundo sin culpa y sin responsabilidad es imaginable, un drama no.

Es justo porque estamos hechos para coger lo indescifrable y soportar lo insoportable que nuestra vida es tan dolorosa y al mismo tiempo inexorablemente rica.

Ama a quien te sea lejano y no toleres a quien te sea cercano, finalmente asistirás al triunfo de la paz en el mundo.

Existen virtudes absolutas y virtudes relativas. Relativas son aquellas que se pueden considerar expresiones de una época cultural; absolutas, aquellas que son y permanecen idénticas en todo tiempo y en cualquier condición. Virtudes relativas: la devoción, la fortaleza física, la continencia; virtudes absolutas: el amor a la verdad, el coraje espiritual y la fidelidad.

¡Pero qué animal tan glotón es la vanidad! Se nutre del éxito y del fracaso, de la felicidad y de la tristeza, del amor y del odio, y sucede que llega a comer de su propia grasa y así engorda siempre de más.

Puedes impedir a un hombre robar, pero no ser ladrón.

Solo en medio de tus semejantes tienes el derecho de sentirte solo.

No tener ocasión de mentir, no significa necesariamente ser sincero.

¡Cuídate de las personas modestas! No puedes imaginar con qué conmovido orgullo cultivan sus debilidades.

En la vida ser inteligente quiere decir considerar importante cada cosa, pero no tomar ninguna en serio.

La impertinencia es la única fuerza del débil, y una debilidad en los demás.

En el mundo no hay individuo más pobre que el rico que no sabe gastar.

¿Quieres saber cuántos años tienes? Entonces no cuentes los años que has vivido, sino los instantes que has gozado.

Sin sentido del humor, aún al más honesto de los pensadores, no le está permitido llegar a ser un filósofo: será, en el último de los casos, un pedante.

Creer que todavía está en camino cuando ya ha llegado a la meta, es el último error de la humanidad.

La tolerancia frente a la intolerancia es el peor de todos los crímenes. La intolerancia, el menor.

¿Dios es el sueño de la humanidad? Sería demasiado bello. ¿La humanidad es el sueño de Dios? Sería demasiado horrible.

Dolor universal: no, ironía universal.

¿Quieres poseer a un ser humano? Conócelo.


También el primer paso forma parte del camino.

La inteligencia y la bondad prefieren presentarse sin máscara.

El odio de la grandeza por el menosprecio es el disgusto, el odio de la mezquindad por la grandeza es la envidia.

El amor, en el caso de las mujeres, contiene algo que lo homologa al incesto: en el hombre más viejo aman al padre, en el hombre más joven al hijo.

¿Has comprendido? ¿Has perdonado? ¿Has olvidado? ¡Que equivocación! Sólo has dejado de amar.

No hay infidelidad peor que tener entre los brazos a la amante imaginando que es otra mujer.

El corazón está hecho para amar y odiar, para gozar y sufrir, para alegrarse y dolerse. Pero si se esfuerza en comprender aquello que compete al espíritu, viola su propia naturaleza y, si después presume de entender, engaña siempre y solamente a sí mismo, y por eso se destruye.

Toda guerra empieza siempre con los pretextos más fútiles, continua con buenas razones y termina con las excusas más falsas.

Traducción de Rafael Antúnez

García Niño/Ignacio: Comenta-Contesta



Arturo García Niño dice:


No pos si pa' convencer a cualquiera La Carola continúa, como dicen que dijo alguien (y si no lo dijo debió haberlo dicho), pintándose a sí misma. ¿Qué argucias utilizó ahora esta santa mujer multiubicua (recuerda que ya Lennon & Mc Cartney presagiaban este su don), poeta, para que el cansancio y el aparente hastío hayan desaparecido así, de prontito?. Creo, Caros, que mucho trabajo no te ha de haber costado. Como sea pos... qué bueno, hermanit@s; aunque les diré que valdría la pena ir filtrando las colaboraciones, porque hay algunas mamadas fracamente muy mamonas (y en el decidido pleonasmo aarraiga la certeza),a pesar de que cierto sea que tal es el espíritu que convoca el riesgo en cualquier blog y en tal democracia.


Vayan y valgan los abrazos y besos de siempre más los de hoy, así como la querencia de este porteño de siempre hoy avecindado en este embarcadero caribeño donde un sol tempranero resistió tozudo un aguacero dejando como saldo (¡lo juro por Susan Sontag y el falo de Jesucristo!) dos arcoiris.
Yo
PD: nomás por no dejar y posdatero que es uno: más besos y abrazos.


Ignacio García responde


Mi muy estimado Arturo:


No sé de qué te sorprendes de lo hecho por Carola, capaz de convencer al mismo diablo a que use chamarra aborregada porque en el infierno (diría la aludida, "hace un chingo de frío"). Recuerda que ya nos tuvo dos años bajo su mando escribiéndole gratis tanto para el Azul Mariguas como aquel memorable Sòlo para Intelectuales. Conmigo la saña, por lo menos, fue de un artículo semanal (y era en la Olivetti y a borrón y escrito nuevo); pero a ti si que te pasó la barredora completa, porque escribías tu ensayo habitual, luego, bajo un seudónimo de Archivo General de la Nación, nos nutrías de anécdota y media; y para colmo, tenías otros bajo-nombres (aquel Benjamín Conde) con el que te perpetrabas cuentos que hoy son toda una delicia volver a ellos y leerte. ¿De qué te espantas ahora? ¿Que entre más cerca del Caribe la voluntad se vuelve menos inquebrantable?


Con respecto a la ubicuidad de Caro, no sólo aquellos dos beatles se inspiraron para --no sé si Two of us, o Nowherewoman. Sólo recuerda que somos testigos (y lo he puesto en los anales de la historia a través de Zona Interior) que una ocasión, tú y yo, como con unas diez (cada uno) Superiores encima, y sentados en aquel hechizo Tranvía del Recuerdo, vimos atravesar a la Caro rumbo al sur. Más ràpida que nosotros (urgidos por la sed) no pudo ser. El caso es que llegando a la tan añorada La Casandra, ella ya estaba ahí...No se había movido paranada --según testigos no comprados. Para colmo, cuando llega nuestro gran amigo Chema Peña, lo primero que le dice es: "¿Pues no te dejé bañando en la casa?" Todo lo que Carola contestaba es: "¡Ay, cómo les gusta estar chingando". Pero de que es ubicua, lo es, de eso no hay duda.


Finalmente. Tienes razón. Hay que filtrar el blog a costo de la democracia. Pero ya vez lo que nos costó esta vez esa palabra: un presidente de medio-pelo, con el carisma de un oso hormiguero y la habilidad para santiguarse con la izquierda y dar garrote con la derecha. Así es que, mejor, dejamos que pasen las mamadas donde cada quien asuma su lugar...


Mamadas que por cierto, usted, aparte de su ya viejérrimo (si bien estupendo) ensayo policial, no ha balanceado con alguna otra colaboración. Ya hasta el Edgar Onofre (a quien usted dedica tal escrito) tiene nietos y usted anda de avaro dejándonos en el desamparo de los buenos escritos y haciendóse el del rogar... Virtud que le admiro y no me atrevo a quebrantar. Para tal caso, le diré a la Carola se dé una vuelta por esos parajes que usted ahora frecuenta, para que le convenza de enriquecer este blog: No se preocupe, ella no dejará, por ir a verlo allá, sus trabajos ya asignados aquí en el Puerto.


Recibe un abrazo de tu hermano.
Posdata: Ya deja de tomar de ese güin que hace ver no dos sino tres, cien arcoiris. Dedicate a lo de antes: tomarte unas diez chelas de esas que nos hicieron hablar horas y horas, no sólo de la Sontang sino de tanto venerable espiritista que hasta salíamos de los bares creyendo que la noche era una joven mesera, y usted se la llevaba a no sé dónde...

lunes, febrero 05, 2007

LA PÁGINA DEL IDIOMA ESPAÑOL



Un sitio interesantìsimo este de La Página del idioma español, con secciones como La palabra del día, en donde te puedes introducir en los fascinantes secretos del lenguaje. Recibes diariamente en tu correo una palabra de nuestro idioma con su significado, su origen y su historia, con sólo inscribirte.

Además puedes Comprar libros, y tener LA PALABRA DEL DÍA, FOROS DE ESPAÑOL,
HISTORIA DE LA LENGUA
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GRAMÁTICA, RADIOS, ESTADÍSTICAS, ETIMOLOGÍA, y LITERATURA


Gracias Yuyi

Gabriel Fuster: Un Cuento




BARRON Y CUENTA NUEVA
Gabriel Fuster


La idea de un color fuera de las cintas del arco iris ha sido escrita por autores como H. P. Lovecraft y Ambroce Bierce. Éste último narra con mala letra de borracho en The Damned Thing, de 1893: “A cada extremo del espectro solar, el químico puede detectar la presencia de lo que se conoce como rayos actinicos. Ellos representan colores, colores integrales de la composición de la luz, pero somos incapaces de discernir. El ojo humano es un instrumento imperfecto, su rango es apenas una octava de la escala cromática. No estoy loco ni ciego, hay colores invisibles entre nosotros. Dios nos ampare de tal pared del día.”. Bierce opina que el sol no es sino el presentimiento del color amarillo, en tanto Lovecraft considera el azul una amenaza fuera del espacio. Un color que prueba ser tóxico. En otro plano de existencia, donde las cosas son enteramente distintas de aquellas vistas en los cuadros chamuscados de rojo, dos manos en forma de pies suben los tres escalones primarios. La traza incansable otorga a Israel Barrón su paleta de colores. Apuntes y descalificaciones fueron hechos sobre el nuevo color que se hizo visible al mezclar dos cubos de tierra y uno de agua.



-Helo allí- ellos señalaron



-Sí, brillante y hermoso –ellos señalaron



-Bien, ahora que se encuentran preparados, podemos ir y mostrarles como pintarlo en todas partes y a la vez en Altamira –ellos señalaron



-Va a gustarles esto –ellos señalaron



-Mucho –ellos señalaron




Y ellos partieron inmediatamente. Y no les tomó más de un segundo aparecer por un vidrio roto. Y cuando llegaron, ellos cambiaron todo y ninguno pudo creer lo que veía. Y todos y cada uno de los presentes mencionaron que los ángeles eran del mismo color que Barrón, el cual pensándolo detenidamente no era un mal nombre para describirlo.

domingo, febrero 04, 2007

Vicente Gómez Montero: Sobre Cernuda


Luis de Baviera escucha Lohengrin
Por Vicente Gómez Montero*


Los poetas se sirven de las leyendas para contarnos cosas reales.

Es ya una costumbre decir que Cernuda es un poeta del amor.

Octavio Paz




Alguien dice, en uno de esos extraños libros sobre poesía, que los poetas buscan crear los mundos donde vivirán eternamente. Puede ser, aunque también puede no ser. Quizá el poeta encuentre por sí mismo el lugar ideal para disponer los mundos en el caos. Tal parece ser el caso (o el caos) de Luis Cernuda y del poema que nos ocupará en esta andanada.

En todos los libros que componen el tomo con la poesía completa de Cernuda, La Realidad y el Deseo, se observan los poemas más hermosos y rebeldes en un poeta joven – es decir, que publica muy joven - o quien publica en el momento en que en España son mal vistos los homosexuales. Toda la obra de Cernuda está nimbada con el aura magnífica del Amor. Es profundamente doloroso para el poeta reconocer que la exaltación del amor termina, irremisiblemente, con la pérdida del amor. Más si es el caso del poeta Cernuda, que distinguía a sus allegados con el amor que no puede decir su nombre, así le dijo su gran contemporáneo, García Lorca.

Cernuda lo sabe pero no quiere experimentarlo, niega el amor y sus inconsecuencias. En su momento, Cernuda fue muy criticado, apedreado, declarado poeta espurio –sólo faltaron los desgarrones de vestiduras y el mesarse las barbas. He descubierto dos revistas literarias donde se habla sobre Cernuda y poco falta para que se le proponga para el premio Nobel. Los pueblos sobrellevan muy mal a los poetas... Es decir, a sus poetas vivos, porque a los poetas muertos todos tratan de homenajearlos y rendirles pleitesía en forma escandalosa. Con cuanto más boato, mejor.

En su último libro de poemas, Ocnos, Cernuda exhibe una lasca de su inteligencia: Algunos no creyeron que la hermosura por serlo es eterna, (aún cuando no lo sea), tal es una corriente el remanso nutrido por idéntica agua furtiva, ella y su contemplación son lo único que parece arrancarnos del tiempo durante un instante desmesurado. ¿Es un poeta bello –literariamente hablando- Cernuda? Sí y no. Sí, porque sus imágenes son talentosas, fuertes, melifluas, exactas. No, porque ocupa junto a poetas que han practicado el barroquismo en forma afortunada, Sor Juana y Lezama Lima, por citar dos, un instante maravilloso en la singlatura poética española. Cernuda rechaza el barroco como una forma menor de expresión, aparentemente. Su poesía no es gongorina como la del cubano o la mexicana. Se inclina más bien hacia Garcilaso de la Vega y hacia Juan de Mena, ambos poetas del Siglo de Oro quienes practicaron otra suerte de barroquismo, un barroquismo más caballeresco, dudoso, voraz y pleno de resonancias medievales.

Cernuda asume su homosexualidad y ataca desde ella, no con los gritos y cañonazos gays de Jean Genet. Cernuda ataca desde la flor, desde los heráldicos garzones del marquesado de Sevilla, desde el romanticismo alemán, desde Hölderlin, desde los poetas ingleses, desde William Blake, con sutiles retruécanos poéticos. Genet grita escandalizando a una sociedad burguesa que no tiene sentimientos para enclaustrar señoritas deshonradas pero que sí los tiene para exigir que los homosexuales vivan en campos de concentración, totalmente apartados de la sociedad. Pero ambos luchan por un momento donde asumirse como homosexual, era poco menos que condenarse al exilio, físico o moral. Ya podemos hablar del poema que nos ocupa.

Cuando Cernuda escribe Luis de Baviera escucha Lohengrin conocemos su identificación con el monarca loco y homosexual quien fuera amante de todo su cuerpo de oficiales. Extraño es que un ardiente republicano como lo fue Cernuda se identifique con un miembro de la realeza, pero tiene su razón. Manuel Ulacia dice: ...desde 1932 –cuando el fervor republicano en España estaba en su punto más alto-, la figura del monarca le había interesado (a Cernuda). En el ensayo El espíritu lírico relaciona la función soñadora del poeta con la del rey. Cernuda siempre quiso hacer realidades sus sueños y en este extenso poema dedicado al rey Luis descubrimos su complacencia en conocerse, reconocerse más bien, en esa figura histórica.

Narcisismo muy simple, el desarrollo del texto es el siguiente: Luis de Baviera, sentado en su palco, escucha la representación, en función privada, de la ópera Lohengrin de Wagner. Siente identificarse con el héroe esplendoroso de la obra del músico pero, a su vez, el héroe canta su identificación con un elfo. Estamos ante un violento juego y rejuego de espejos: Cernuda se identifica con Luis II de Baviera, éste se identifica, a su vez, con Lohengrin quien se identifica con un elfo y quizá el elfo sienta identificarse, muy de cerca, con Wagner.

La primera estrofa está plagada de minuciosos acordes que nos describen al recóndito rey oculto en su palco, escuchando la música. No puedo menos que decírselas:

Sólo dos tonos rompen la penumbra:
destellar de algún oro y estridencia granate.
Al fondo luce la caverna mágica
donde unas criaturas, ¿de qué naturaleza?, pasan
melodiosas, manando de sus voces música
que, con fuente escondida, lenta fluye
o, crespa luego, su caudal agita
estremeciendo el aire fulvo de la cueva
y con iris perlado riela en notas.

El palco, la penumbra, el brillar del oro del rey, la música, los personajes de la ópera y esa estremecedora la musicalidad –por más que a algunos no les guste la palabra- del último verso: Y con iris perlado riela en notas. No puedo menos que repetirlo.

El violento hipérbaton con que comienza la segunda estrofa: Sombras la sala de auditorio nulo, nos prepara para lo que será la descripción del monarca y es donde por vez primera Cernuda lo compara con un elfo que asiste, solo, a la esplendorosa música de Wagner. Me imagino que estarían en alguno de los amorosos duetos o en la regia entrada de Elsa a la cámara nupcial.

Los ojos entornados escuchan, beben la melodía
como una tierra seca absorbe el don del agua

No se violenta nunca el poeta andaluz para regodearse en sus metáforas. Siempre al contrario, Cernuda equipara el fluir del sonido con el manso rebalsar del agua, así como la tierra seca absorbe el agua, así se va absorbiendo la voluntad del rey que escucha ante el músico que propone.

Pero el monarca orate tiene dos fiestas: Una, la musical que es la representación y la interior que es la de sus sueños, donde se siente ser ese elfo de la canción que corre por los bosques. Es un intrincado laberinto de espejos donde el poeta, el rey, el músico, el héroe y el duende, se entregan todos a un loco frenesí que explotará cuando Cernuda repare en que al día siguiente demandarán de este rey insolente y superficial, sus ministros y sus chambelanes, que gobierne, que rija con mano dura en el trono y esto es lo que menos preocupa a este soberano de opereta; de trágica opereta, válgame el lector la paradoja.

No existe el mundo, no existe la presencia humana, sólo existen el rey y sus pasiones, el rey y sus vigilias, el rey y sus temores. La realidad le ha concedido a este monarca altivo, frívolo que pueda escaparse del mundo real, que pueda sostener un maravilloso, narcisista, diálogo de espejos con sus reencarnaciones mitológicas.

El poeta es un ser solitario, es un ser que crea para sí mismo... a veces. Y esto es lo que nos da Cernuda: atisbos a esa soledad benéfica y que lo guarda. Un verso más:

Donde la soledad y el sueño le ciñen su única corona

La soledad, el sueño. Constantes en la vida de Luis Cernuda y que hace aparecer aquí en este poema dedicado a uno de los últimos monarcas de opereta, gracias a quien conocemos a Wagner en toda su justeza.

Tres solitarios, Wagner, Luis II, Cernuda, los tres nos ofrecen un sentimiento voraz donde la rutina se ha aposentado, donde el insomnio los rige, donde la soledad, el sueño, serán el último, el final, del reino.
* Vicente Gómez Montero, nace en 1964. Escritor y locutor. Cultiva la palabra en ambas vertientes y devora un universo incontable de libros al mes. Ha trabajado en diferentes radiodifusoras locales, XEVA, XETAB, Radio ACIR, siempre procurando insistir en programas culturales. Dirigió la Casa Museo Carlos Pellicer y la Galería de Arte El Jaguar Despertado. Ha sido promotor cultural en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, delegación Tabasco y director del programa de radio Nuestras palabras, del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos. En 1997 es nombrado Consejero Electoral por el Congreso del Estado, cargo que ejerce hasta el año 2003. Es administrador del Centro Cultural Villahermosa en enero de 2004. Productor del programa de radio Tiempo de Tabasco, de TVT, en agosto 2004. Asesor de la Subdirección de Cultura del H. Ayuntamiento de Centro. Ha sido guionista del Instituto de Cultura de Tabasco y fundador de radio CORAT.

Fue alumno del Taller literario de la Casa Museo Carlos Pellicer, a cargo del escritor Andrés González Pagés. Miembro fundador de la Sociedad de Escritores Tabasqueños, miembro fundador del Foro Artístico y Cultural de Tabasco. Coordinador de Talleres Literarios en 1992 a 93. Ha sido alumno de David Huerta, Fernando Nieto Cadena, Rafael Ramírez Heredia, José María Espinasa, Agustín Monsreal, Fernando Sánchez Mayans, Eduardo Casar, Teodoro Villegas, Gerardo de la Torre, Tomás Urtusástegui, Enrique Espinosa y Eraclio Zepeda siempre en el área de letras. Editor de la página cultural El periplo del jardín, en revista ABC, de 1988 a 1992; colaborador en el suplemento cultural Encarte de diario El sureste, de 1996 a 2000; editor de la página cultural Tránsfugas de la revista Lunes, en 1998-99; subdirector de la revista ¡Hola! Tabasco, de 1992 a 1995, y de 2000 a 2001; coordinador de la página cultural de Novedades de Tabasco, 2004-2005. Funda en 1998 la compañía de teatro Celestino Gorostiza, A.C., montando obras de reconocidos autores universales.
Ha ganado los premios: Guiones de radio convocado por RTC, en 1984; premio Celestino Gorostiza de teatro convocado por INBA e ISSTE, en 1987; mención honorífica en guiones de radio del concurso Margarita Xirgú, convocado por REE, en 1987, y, en 1988 gana el concurso de cuentos convocado por Editorial Usumacinta. Premio estatal de periodismo, José Ma. Bastar Sasso, referente a periodismo cultural en 1998. Tiene publicados Las puertas del infierno, relatos, 1996; Cuentos con las vocales, cuentos infantiles, 1999; Eroticón Plus, vv.aa., 2000 y Para un ambiente sin hombre, vv.aa. 2001. Además del libro de ensayos José Gorostiza, La palabra infinita, coedición Fondo Editorial Tierra Adentro y UJAT, vv.aa. 2001 y Antología de Teatro Infantil, publicada por EDIMUSA e ISSTE, donde presenta la obra de teatro El aprendiz del diablo, vv.aa. 1987. Pertenece a la SOGEM desde el año 2000 y es representante suyo en Tabasco hasta 2003. Publica su libro de teatro Los órganos milagrosos por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco y tiene en proceso de publicación la novela Lo que no supo el Grijalva, producto del taller literario de Narrativa histórica coordinado por el escritor Eraclio Zepeda. Presenta la obra Así que pasen 500 años, de su autoría, dentro del marco del Festival Cultural CEIBA Tabasco 2004. Ganador en 2004, del premio Celestino Gorostiza de teatro convocado por INBA, Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte del Estado de Tabasco y Universidad Juárez Autónoma de Tabasco con la obra El otro hijo. El 1 de septiembre de 2005 estrenó su obra El reposo del ogro, en el Teatro esperanza Iris. Pronto se presentará su novela La enfermedad de la rosa, donde aborda temas como la corrupción en los medios de comunicación, la actividad gay en provincia y la lucha de clases.

sábado, febrero 03, 2007

Ignacio García: Julio Jaramillo



Para Alix: Por fin, otra vez, y con Jaramillo en la rockola

La apología del texto

Uno de mis dos únicos lectores que tengo en estas páginas, dirá que, después de escribir sobre el éxtasis que me produce Arvo Pärt, mencionar aquí a Jaramillo es el colmo de la naquez; o bien, que seguramente he perdido sensibilidad, producto de haber abandonado este blog por algunos días.


Nada de eso. Esta nota obedece a varias razones; algunas planeadas, otras puramente circunstanciales: el encuentro con una antigua amiga, un obsequio increíble de parte de ella, y su deseo de ir a una de esas viejas cantinas del puerto a escuchar música de Jaramillo y beberse unas cervezas; cosas que había yo retartado y ahora cumplí.

Cuando ella se presenta está vestida con un traje sastre color cobalto, un bolso Armani (que no puedo imaginar pirata), y el cuerpo envuelto en una leve capa deVersace Metal Jeans. Cuando entramos a la cantina, nadie se inmuta: el cantinero me conoce y ofrece de inmediato una mesa y una buena dotación de monedas para la rockola. Ella me entrega entonces el obsequio

Es un paquete con dos Cds por separado- El primero, Psalom del mencionado Pärt (y como apología frente a uno de mis dos lectores) , el otro CD es toda una delicia: un remasterizado del último álbum grabado por Julio Jaramillo, el compositor y cantante ecuatoriano. Como muchos no habrán de saber, Julio murió debido al alcohol (uno puede morir de cualquier cosa, pero cuando se muere de cirrosis alcohólica el escándalo es mayor…¡Como si a la muerte le importara a quién se lleva y de qué!).

En sus últimos días la compañía disquera del cantante buscó a toda costa que éste grabara un acetato final. Todo fue en vano. No había forma de sacarlo de una cantinucha del barrio de Villavicencio (Guayaquil) en la que Jaramillo se metía. Ante el fracaso, a los disqueros les vino una idea: “Si la caguama no viene a ti, tú ve al caguamero”. Sobornaron al cantinero y metieron equipo de grabación a la piquera de manera furtiva. Entraron muy de mañana, antes de que Julio llegara (como a las 10 a.m. es una hora ideal para quitarse la cruda) e instalaron micrófonos debajo de la mesa, la grabadora entre los pomos, los cables disfrazados con un tapete viejo, y así…

Inevitable e infaliblemente Julio se apareció en la piquera como a las 10:01 de la mañana. Pidió su primera cerveza y un trago de alcohol que bebía juntos de una sola pasada (al único que he visto hacer eso es a Talavera). Para su sorpresa, a los cinco minutos de haber entrado, se le sentó a su mesa una hermosa mujer (no más que la que tengo ahora al lado mientras perpetro este escrito) que le pidió le cantara una melodía.

¿Así? ¿A la de ya y sin música? –preguntó Julio.

Otra “sorpresa” le aguardaba. En esos momentos, y de forma distraída y con cara de medios crudos, apareció un trío (conocido ya por Julio) llamados “Los Jaibos” cuyo trabajo era andar por tardes y noches, de cantina en cantina, ofreciendo sus melodías por ese barrio; y ya aleccionado para saltar al foro del congal a esa hora.

¡Ai tenéis! --Dijo la mujer entusiasmada.

Lo único que Julio pidió como condición fue una segunda tanda de bebida para “afinar” la voz.

¿Qué pieza quieres? –interrogó el cantante.

No esperó la respuesta de la mujer.
O sus gestos, movimiento de cuerpo, o aura etílica poseían ya un código, o “Los Jaibos” ya sabían cuál era la canción con la que Jaramillo comenzaba; porque, apenas inclinó la cabeza y chasqueó los dedos, el requinto se dejó venir con una hermosura de pieza que inicia con estos versos: “Me muerdo los labios / para no llamarte”

Debo aclarar algo. Si bien el CD se presume de remasterizado, es sólo en la medida de su conversión de un acetato de 33 rpm, al tamaño y material de un compacto normal. Todo lo demás los editores lo dejaron como tal: el arrastre de las sillas, el corte del botón en la grabadora, la voz de la mujer, la afinación de una de las guitarras, y --de vez en vez--, a cada rato, la voz de Jaramillo pidiendo “otra”. (1)

Retrospectiva

Llegando al viejo colchón donde duermo, he traído conmigo un viejo walk-man (¿así se llaman todavía?) y escuchado con más catatonia que conciencia el disco aludido (Homenaje a Julio, Grabaguayaquil, 1979-2006). No sé qué es lo que otorga a las canciones de Jaramillo este grado de nostalgia, esta pureza de melancolía. Su voz allí se oye zurcida a la música; es un Julio separado, apartado del mundo y (valga la expresión) embebido en un mundo suyo, único…pero no por ello avaro: a uno le toca parte de ese universo, sólo permisible si se es capaz de entender a quién, porqué y cómo es que el artista expresa su existencia. Tal vez sea el alcohol quien permite al cantante fundirse con su música, su letra: la sinergia espiritual, el ánimo desgarrado y un solo hombre que hace de cada pieza el recorrido de toda una existencia brutal. Su voz ahí es la verdadera, sin trucos ni maquillajes: el grito del alma que en ese momento, y hablando de algún corazón-amor dejado sabe dónde, el cantante nos dice: “Ya veo que me lo devuelves / pero yo te lo di entero / en pedazos no lo quiero / te puedes quedar con él”

Si hago mención aquí de estas letras, es porque Julio no era sólo un "letrero" por encargo. Más bien fue la propia vida la que encomendó a su talento esas letras para que describiera la clase de existencia que le tocó probar dentro de ese azar de vidas únicas y desgraciadas. Y ello, le fue a Julio una suerte de poesía provinciana que alcanzó a cimbrar al más insensible de los burgueses en el mundo: "Me duele el corazón / No siento el alma / me matan los recuerdos que dejaste".

En el CD aludido, la voz de Julio se cose a la letra con aguja capotera: se talla limpiamente y se enrosca al espacio. Y rebana, cuando de pronto se oye decir: "No voy a llorar / porque la vida es la escuela del dolor / donde se aprende también a soportar / las penas de una cruel desilusión"

Algo de mucho, de esa garganta, destaza, y Julio es el carnicero ideal: vívido, exacto, reposado. La cizalla de su voz (ya mezclada con una media docena de alcoholes) es aún más pegada a su carne y el co-habitar de sí mismo a una vida que le otorgó esa sensibilidad estremecedora. Cuando llega a decir "Es una deuda que tienes que pagar / como se pagan las deudas del amor", ya para él no existe mujer alguna, ni mesa, ni cantina ni nada: existen sólo él y su música; él y esas letras que no son signos imborrables de su vida misma.

En fin, que si de Arvo paso a Jaramillo es sólo por pura nostalgia de un mundo ya vivido por mí y por muchos otros. Un universo que parece infrahumano, desprovisto de esperanza, antisocial, inaceptable, marginal y desechado. Por razones claras que yo sé y entiendo, ese mundo es todo lo contrario. Porque es más bien de esos lupanares, de esas ruinas del desprecio, de donde (no sé porqué, confieso) ha surgido mucho de lo que hoy estremece y hace llorar a gente sentada en su mullido sofá y micrófonos en las orejas. Algunos no saben, no conocen, o ignoran de propia conciencia, que ese CD de Mozart, de Nirvana; ese libro de Nerval o Novalis, o el propio remasterizado de Julio del que he hablado esta vez, es el producto de alguien cuyo mayor mérito en la vida es el de haber sido llamado "maldito".
Julio murió el 9 de febrero de 1974... Dos días después de haber grabado este CD. Murió en el completo olvido y sin más en el bolsillo que una deuda que hoy yo he pagado por él.

El retorno

Cuando salimos de la cantina, el rostro de Alix es aún más brillante. Su traje sastre sigue impecable, pero esa leve capa de Versace que emana de su cuerpo, se ve ahora mezlada con la del humo del cigarro, la destilación del agave y el inconfundible e imbatible aroma de cerveza Indio que ella prefirió beber. Atravesamos la calle para que ella aborde un taxi. De la cantina --producto de tanta moneda depositada en la rockola-- aún se escucha la última canción de Jaramillo. A medida que me alejo del lugar para abordar mi autobús, la voz de Julio se va apagando con una nota que me hace reventar el corazón: "Prendido a la fiebre /brutal de mi sangre..."

A punto de regresar a la cantina, apresuro el paso y levanto la cara. Como para Julio, ahora ya no existe más que la vida con sus desgracias y bondades. Lo mismo que él, trato de hacer que aquellos versos me encienden y sea lo único que exista; trato de olvidar a quien de pronto, llegó y se instaló en las fibras de un corazón hoy extasiado y punto de explotar. Lo hago sin nada más que la compañìa de aquel otro poeta que dijo: "Porque las sombras que tú creas / no tienen derecho a esta noche".

Sábado 3 de febrero, 2007

(1) El CD fue conseguido entre los tianguistas de la plaza de Coyoacán en el D.F. y contiene sólo 9 piezas, todas, no solamente en "vivo", sino vivas.

Fhernanda de la Parra: Poemas


Fhernanda de la Parra
POEMAS


AL AMANECER

Al amanecer,
el grito silencioso del órgano vital
quedó inmutado por la punzada,
esa punzada de exilio,
estúpido exilio de ti.

Si alguien hubiera advertido
que la caída ardería tanto...
Quizá el relleno corporal tenía que dolerlo,
y dicen que hay que vivirla para contarla,
¿para contar qué?

Que durante 1 036 800 segundos
brotó más agua salada de mi interior,
que en 560 476 800 segundos
que mi corazón llevaba latiendo
fuera del vientre de mi progenitora.

O que en... está bien doce días,
sentí mutar en el ser viviente más pendejo,
que siendo de los pocos que ama y es amado
desterró de su corazón
a sus otras dos cuartas partes.

Contar que tuve la dicha
de poder sentir de nuevo
esos brazos envolviendo mi cuerpo,
y llegando hasta el alma.

Diciendo esas dos palabras
que ahora te dedico... te amo.



NOCTURNO NO. 2

Una noche ha bastado
para ver detrás de ti,
saber lo que hay adentro,
que no existiera el tiempoy podernos sumergir.

Esta noche, esta luna,
sus encantos, sus dulzuras,
llevan dentro la hermosura,
de lo que antes había estado,
y que nunca supe ver.

Con el tiempo ya no hay tiempo,
todo pasa ya tan lento,
lo que venga puede ser,
no importando ya el pasado,
siempre habrá un amanecer.

Tengo entonces esta noche,
tus caricias y tus manos,
tus miradas y tus labios,
lo que algún día había deseado,
que más puedo yo pedir...

Veo esta noche hacia adelante,
la distancia no me asusta,
ya no hay miedo en mi interior,
qué más dan otras preguntas
si me puedo enamorar


http://www.citla.com/cgi/pagina.pl?id=5528&

Ciencia: Calentamiento climático



Un equipo de científicos del CSIC ha evaluado el calentamiento climático durante el siglo XXI en todos los sistemas montañosos del mundo y ha concluido que el aumento de la temperatura de los mismos será más del doble que en el siglo XX.


El estudio, que se publica en el próximo número del Journal of Global Environmental Change, determina que el aumento de temperatura proyectado para 2055 es de 3,2 grados centígrados (con un aumento de 0,4 grados por década) para un escenario de uso intensivo de recursos fósiles, y de 2,1 grados centígrados (un incremento de 0,26 grados por década) en un escenario futuro con menores emisiones de CO2.


Entre los posibles impactos de este calentamiento está, por ejemplo, la extinción de especies alpinas, la reducción o desaparición de glaciares y cubiertas de nieve, y la variabilidad de los caudales de los ríos.


Los recursos hídricos estarán relacionados con la reducción o desaparición de los glaciares y de las cubiertas de nieve, tanto en su duración a lo largo del año, como en su espesor. Ello puede influir en una mayor variabilidad de los caudales de los ríos, la posible modificación de los patrones de gestión del agua en los embalses y mayor necesidad de construcción de presas aparte de más inestabilidad en la producción de energía hidroeléctrica.


El calentamiento será mayor en las cordilleras situadas en las zonas polares y boreales que en las tropicales, según los científicos. Las montañas son uno de los sistemas terrestres más amenazados del planeta por el cambio global y su influencia se extiende hacia las llanuras que les rodean.

Kaisy Baker Fields: Un cuento


LOS ELEMENTOS DEL REINO
Kaisy Baker Fields

El malestar se conoce como “han” y se refiere a la impotencia para escribir la más vaga sentencia, precisamente cuando la inspiración da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Eva Talavera probó redactar su prefacio en el renglón dañado desde varios ángulos, incluyendo exóticos puntos de vista en primera persona o el intruso narrador en off, como se anula el silencio en el cine, pero la novela no adquiría sentido. El título era perfecto: “Los elementos del reino”. Sí, luchaba por oírse fuerte y claro y, con ese esfuerzo, Eva no quiere parecer mil veces callada. Mientras tanto, Literatura se ha vuelto una mala palabra. Ya no basta enterarnos que no alcanza autoridad de ciencia, que desautoriza la carta de amigos, ciudades y obras de arte, más notas complementarias. Asunto sentimental, luego Eva puede empezar lentamente su historia. No, alto. Otra vez, “Los elementos del reino” es una indicación de saña ornamental, porque se compran más libros de los que se leen, porque así se tiene la sensación de cumplir un deber, y aún lo poco que se lee, en buena medida, se nos estropea con la conciencia de lo mucho que dejamos de escribir y nunca nos pondremos al día. Por ello, Cervantes borraba todo lo que había hecho y empezaba de nuevo. El ejercicio debe mostrar a los criterios dominantes el cariño a lo nunca visto, a lo nunca oído y a lo nunca dicho.


Pero, para ser honestos, no es cierto. No funcionaba así.


Eva propina sendos manotazos a la mesa de la cocina y retira la hoja del rodillo para arrugarla y tirarla a la doble vía láctea de basura.


Ella prefería la máquina de escribir a la computadora. Lo llamaba honestidad intelectual. Piensa, respira profundo y pronto quiere quitar los codos de la mesa y romperle la ventana a su retrato.
Carajo; murmuró y encendió su vigésimo cigarrillo. Se puso de pie y se frotó los ojos de cansancio.
Han.
Talavera empezó su tarea a las cinco de la mañana. El intermedio entre los trastos. La artista quería, con toda el alma, componer al menos un par de cuartillas al final del día, pero los contratiempos seguían siendo los mismos del mes anterior: ansiedad, coraje contra su persona, frustración. No podía tocar el lindero de sus personajes. Lo llamaba el purgatorio.

La sombra de un animal enjaulado pasa los mosaicos, mientras deambulaba de un lado al otro. Eva disipa el largo, el triste paseo de nicotina, pero son veinte cigarros por cajetilla, y se había fumado el último. Lo que me faltaba, murmuró y sigue su camino a la puerta principal. En el exterior del condominio, el aire era distinto a sus pulmones. Doña Leonor, vecina del 37, estaba cocinando algo más vil que sus frijoles con carne del día anterior. Un miasma de alto riesgo biológico bajaba al segundo nivel. Eva toma las escaleras rápidamente.


El lado amable de los infonavit, es que cada casa es una tienda de abarrotes o un mesón de antojitos. No es necesario montar en globo al siguiente continente. Los andadores, como se le conocen a las calles cerradas, doblan las esquinas con pelotas de un niño a otro, buscando inútilmente la línea recta. Eva encuentra la calle abrasadora, surcada por autobuses al máximo de cupo con cinco pesos, gentes en bicicleta y patrullas del orden y la vialidad. Gracias te son dadas. Don Florentino espera detrás del mostrador, cuando Eva entra a la fachada que indica “La Pasadita” pintada a mano.


-¿Qué va a ser, señorita Talavera? –pregunta el amable tendero.
Las palabras “tres paquetes de Marlboro” estaban en la punta de la lengua, pero nunca llegaron a hacer un debut. El muchacho tatuado llegó por su espalda y amenazó con una navaja de resorte al pecho de Don Florentino.
-¡Abra la pinche caja registradora y deme todo lo que tenga! –ordena, abriendo la voz como una cruz gamada.
Don Florentino pestañea un par de veces, se hunde bajo la madera y reaparece con un machete, que coloca delante de los ojos.
-A quien chingados quieres asustar con ese cuchillo de mesa? –truena los dedos, inmovilizando el instante.
Dejando caer el arma blanca al costado, este Mara Salvatrucha se percata que ha fallado su plan. Abierta competencia fálica. Sin pensarlo dos veces, escapa por la misma ruta de entrada.
-Vago hijo de la chingada, me las vas a pagar! –grita Don Florentino y sale en pos del rufián.
-¡No! –exclama Eva en un acto reflejo.
¿Problemas de incontinencia? El rostro de yeso le ha durado los segundos que suceden el atraco y la revancha, enseguida se sobrepone al susto y de manera imprudente e infantil persigue a los corredores.


El mediodía en la calle, atropellando ángeles. Violento, curioso. Árboles empeñados en recoger su sombra, cuando pasan los hombres a la carrera. El delincuente salta las banquetas, los riachuelos domesticados. Asciende el polvo en la huida. Eva distingue al viejo Florentino pisándole los talones a su perseguido, apenas cuatro a doce pasos de separación. La terca fuga sacude la cabeza en ambos: el uno, boqueando la falta de aire. El otro, buscando por una ruta de escape, precisamente cuando la supervivencia da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Y bien, rebotando contra la pared, el muchacho cae de rodillas, los brazos separados del cuerpo y las pupilas dilatadas de terror.
-¡Estoy desarmado, estoy desarmado!- grita al sudoroso anciano, que asesta el machete ígneo contra las explicaciones. La boca del muchacho se abre desproporcionada. No produce más que otra escena sonora, otra ficción. Apuntes sobre una teletransportación milagrosa ocurren igualmente en un sinnúmero de tradiciones religiosas, tales como el Tay-alArd, o “doblez de la tierra”, en el Islam. O el Kefitzat ha Derekh, o “el salto en el camino, en el judaísmo. Felipe, el evangelista, a quién el espíritu del Señor tomó de Gaza a Frigia, para atrapar peces de barro vivo en los límites de Cesárea. La teletransportación es admitida como voluntaria en el budismo tibetano. Para los incrédulos, Gil Perez era un soldado español destacado en la Guardia Civil de Filipinas, al momento de recibir sus órdenes la mañana del 25 de octubre de 1593. Tras sentir un ligero mareo, se cuenta que repentinamente apareció en la Plaza Mayor de la ciudad de México, vistiendo el uniforme de los guardias del palacio Malacanang, en Manila, y clamando no tener idea de cómo había llegado allí. En el momento de ser detenido, él dijo que el Gobernador Don Gomez Perez Dasmariñas, había sido asesinado. Los historiadores dudan la veracidad de la historia, ocurrida la noche del 24 de Octubre de 1593, aunque fueron registrados los testimonios en los protocolos de la Santa Inquisición. Era imposible conciliar la idea de un desertor.


En el callejón, el muchacho es herido de muerte. Don Florentino hizo ver a Eva que era imposible conciliar la idea de un desertor de la realidad. Así que, recoge la cabeza. Guarda el brazo que empuñó la espada del reino. No me dejes en medio de la sangre en esa toalla.


-Me he muerto por cuarenta años en esa tienda para predecir la noticia del radio –advierte Don Florentino a las ratas asomadas con el mayor sigilo bajo la tabla periódica, rajada y sucia sobre el rincón.


Eva Talavera supo en ese momento que clase de libro iba a escribir.

Alicia Dorantes: Platero


Un borriquillo llamado Platero
Por Alicia Dorantes


Ojalá un ángel te preste una de sus plumas
para que escribas lo que ahora lees
Ignacio García

Hace poco tiempo, en algún artículo extraviado por ahí entre los cientos y miles que a diario se escriben, leí que en el pasado mes de diciembre del 2006, se cumplieron 50 años de haber sido galardonado con el premio Nóbel de literatura, el español Juan Ramón Jiménez.


Cuando asisto a alguna reunión con la gente que de escribir y leer saben y me preguntan ¿Qué fue lo primero que leíste? O… ¿Por qué te gusta esa lectura? Encuentro respuesta fácil para la primera pregunta: por lo general contesto que leí “Platero y yo” del ya citado Juan Ramón Jiménez, “El principito” del francés Antoine de Saint-Exupéry y “Corazón, diario de un niño” del italiano Edmundo de Amicis, pero al observar la cara que pone mi interlocutor, recuerdo entonces lo que alguien me dijo en algún momento de mi vida como aficionada a las letras: “que lo que yo escribía era tan dulce… tan dulce… como comer mermelada a cucharadas”. En otras palabras: resultaba empalagoso.


Aquí cabe hacer una aclaración: cuando realicé esas primeras lecturas, cursaba apenas la primaria. Esa podría ser una justificación, pero no. No lo es, ni quiero que lo sea. Ahora muchos años después, sigo pensando que me inicié en el apasionante mundo de la lectura “con el pie derecho” porque a tantos años de distancia, las sigo juzgando bellas, poéticas, enriquecedoras y profundamente humanas. Así es que en el momento en que mis nietos: Aimara, Chuy, Andrea, Fridita o la pequeña Lis, inicien sus lecturas, si la vida me permite estar a su lado, les diré: “Comiencen como tu abuela y jamás se arrepentirán, chiquitines queridos ¿Qué les puede importar si alguien les tilda de “cursis”?.


Creo y seguiré creyendo, que es más agradable hablar de lo bello que de lo desagradable; del amor y no del odio; del perdón mas no de la venganza.


¿Qué son los Premios Nóbel, a quiénes y por qué se los otorgan? Hace algún tiempo me referí al origen de tan apreciados galardones y a la apasionante vida de su fundador y mecenas, el sueco Alfred Bernhard Nóbel. El filántropo escandinavo nació el día 21 de octubre de 1833, en el seno de una familia de ingenieros. Cuando tenía solamente 9 años de edad, su familia se trasladó a vivir a Rusia. Ahí, él y sus hermanos recibieron una esmerada educación en ciencias naturales y humanidades. A lo largo de su existencia patentó más de 350 inventos, pero el más famoso fue la creación de dinamita, que solucionó el grave problema que representaba la inestabilidad de la nitroglicerina, empleada como explosivo para excavar minas y que a partir de ese momento redujo el número de muertes producidas por su manipulación. Posiblemente el estímulo para este invento fue la muerte de amigos cercanos y familiares, incluyendo la de un hermano, como él, ingeniero de minas.


Nóbel falleció el 10 de diciembre de 1896, no sin dejar un testamento universal firmado el 27 de noviembre de 1895, estableciendo con su fortuna un fondo con el que anualmente se premiarían a seres extraordinarios y a sus aportaciones hechas en beneficio de la humanidad. Se calcula que al morir, su fortuna ascendía a unas 33.000.000 de coronas suecas, de las que dejó 100.000 a su familia y con el resto consolidó el fondo para el premio que justificadamente lleva su nombre.
Los diversos campos en los que se conceden estas preseas son: Física y Química cuyas elecciones las hace la Real Academia Sueca de Ciencias; Fisiología y/o Medicina, decidido por el Instituto Karolinska; el de Literatura, seleccionado por la Academia Sueca, la Svenska Akademien, y el de la Paz, elegido por el Comité Nóbel del Parlamento Noruego, sitio en donde además, se hace su entrega. En 1968 el Sveriges Riksbank, o Banco Central de Suecia, creó un sexto premio: el de Economía y cuyo nombre oficial es el de: Premio Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nóbel.


El Premio Nóbel de Literatura, según palabras de su fundador, señala claramente: “Este premio debe entregarse cada año a quien haya producido en el campo de la literatura, la obra más destacada y en la dirección correcta”. Sólo diez, de los 100 autores galardonados con este premio durante el siglo XX, han sido de habla hispana. Ellos son: los españoles José Echegaray y Eizaguirre (1904), Jacinto Benavente (1922), Juan Ramón Jiménez (1956), Vicente Aleixandre (1977) y Camilo José Cela (1989); los chilenos Gabriela Mistral (1945, primer literato latinoamericano en recibir el premio) y Pablo Neruda (1971); el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967); el colombiano Gabriel García Márquez (1982) y el mexicano Octavio Paz (1990). Hasta ahora, han sido dos los ganadores que por razones políticas, se han negado a recibir el premio: el poeta y novelista ruso Borís Leonídovich Pasternak, en 1958, autor entre otras obras de doctor Zhivago y Jean-Paul Sartre, filósofo y escritor francés, exponente del existencialismo, en 1964.


Volvamos a Juan Ramón Jiménez. Este letrado hombre nació en Moguer, Huelva, en el año de 1881 y estudió en la Universidad de Sevilla. Rubén Darío, el poeta nicaragüense, miembro destacado del modernismo en la poesía española, tuvo una gran influencia en su formación académica y estilística, así como los románticos franceses quienes acentuaron su inclinación hacia la melancolía. En 1900 publicó sus dos primeros libros de textos: Ninfeas y Almas de violeta. Poco después se instaló en Madrid, viajando con frecuencia a Francia y a Estados Unidos, donde se casó con la que sería su compañera inseparable, la señorita Zenobia Camprubí. En 1936 al estallar la Guerra Civil española, por sus ideas liberales, se vio obligado a abandonar su país. Vivió exiliado en Estados Unidos, Cuba y Puerto Rico. En 1959 a los 78 años de edad, anciano y enfermo, vivía en esta bella isla del Caribe, cuando recibió la noticia de la concesión del Premio Nóbel.


Su labor poética es vasta. Característica permanente en él, fue el afán constante de superación. Algunas de sus principales obras son: Poesías escogidas (1917), Segunda antología poética (1922), Canción (1936) y Tercera antología (1957). Aunque influido por el modernismo, su mundo idílico recuerda el de Gustavo Adolfo Bécquer. Jiménez nos lega una poesía rica en sensaciones refinadas, espirituales, en las que emplea un lenguaje musical. Con el paso de los años su estilo cada vez más depurado, busca la belleza absoluta de las letras. Muestras de ello son Baladas de Primavera (1910) o La soledad sonora (1911) y Diario de un poeta recién casado (1917), libro que es un himno a la mujer amada.


Sus primeros escritos en prosa se publican poco antes de ser exiliado; algunos de ellos llegan a formar parte del libro al que debe gran parte de su fama: Platero y yo, publicado en 1917, donde el literato “funde fantasía y realismo en las relaciones de un hombre y su asno. Se trata del libro español traducido a tantas lenguas en el mundo, como el mismo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes”. Así es que para mí, en aquellos lejanos días en que amaba tanto a los animales como a la poesía que en ellos existe, enamorarme de la obra resultó sencillo.
Ahora, pasado más de medio siglo, creo que la elección que de la lectura hice a pesar de mi corta edad, fue la adecuada, por ello cuando Aimara, mi nieta mayor me diga antes de dormir:


“Abuela, léeme algo”, iniciaré la lectura:


“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: “¿Platero?” y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal... Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña... pero fuerte y seco por dentro, como de piedra...

Isabel Lorenzo: Tres poemas





ANIVERSARIO LUCTUOSO

No me puedes lastimar.
No nunca más.
Yo te perdono.
Lo hago para librarme así
de este dolor que recurrente acosa mi memoria
Ya jamás me dolerá tu ausencia
No quiero el dolor de tus pecados
Yo te perdono al fin, para que no regreses,
quiero olvidar tu desamor y tu abandono.
Descansa al fin.
Yo te perdono.


Veracruz 30 de ene, 2007


LA PALABRA MUERTA


Mi ilusión es arañarte con mis letras la conciencia
sangrar tu indiferencia que la ahoga
romper tu paradigma de riqueza
que a mi Dios cuadripléjico y moreno
le prestes tu brazos y tu piernas-
¡Que sientas!
Que te duela su miseria,
que entiendas la impotencia
del que nace marcado para servir de suela.
No te golpees el pecho porque lejos
pasando del norte la frontera
marcados del color que los delata
sufren ofensas e improperios:
porque también los sufren en tu casa.
piensa más bien en hacer algo
para borrar el estigma que los marca
Qué Dios te dio un espacio en atalaya para que ayudes
no tengas miedo, levanta la cabeza y no les des la espalda.
Pues lo más terrible en el ser pobre
no es en sí la carencia.
Es buscar a Dios y ver su ausencia
Es la Palabra muerta.


(de Amando en sepia)


(Del poemario Sólo para íntimos)

Amor es esto que tú y yo tenemos
nada de tonterías de calidad de tiempo
amor es la mesa llena de afecto
amor son las caricias
el compartir los retos
los hijos
los problemas
y el postre de los cuerpos.

miércoles, enero 31, 2007

Ignacio Garcìa: El Extraño


El Extraño
Ignacio García

Dedicado a quien sabe que el Destino ha ya abandonado al hombre, por el amor de una mujer.

Cuando uno termina de leer El extraño de Albert Camus --y el espíritu del lector posee una sensibilidad a marca de piel--, no es nada difícil enamorarse del Meursault, el personaje principal de esta novela profunda y señera del escritor argelino. He leído el libro unas cinco o seis veces. Me emparenté (y casi convertí) a Meursault desde la primera vez que lo leí; si bien, no reconocí en su carácter fascinante (y a través de todas las páginas) el porqué se le llamaba así: El extranjero.

Una segunda leída, y la ayuda de lo poco de francés que aprendí en algunas tardes veraniegas, me ayudó a comprender, con amplitud inconmensurable, el sentido existencial de este personaje.

No sé a qué traductor (seguro fue uno de esos que pasan como escritores cuando en realidad son profesores de facilosofía y letras) se le ocurrió traducir L’étranger (título original del libro), y --en vez de leer primero la novela para emitir su juicio de traducción-- le endilgó a este libro el impreciso título de El extranjero, cuando en realidad a lo que Camus alude es a un Extraño; a El extraño. Así, el título, bien calibrado, cambia y cambiará totalmente la visión para quien lea esta obra.

Para saber a qué es Meursault un “extraño”, basta leer las primeras líneas del libro: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero eso no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.” (1).

El no conocer, el no ser consciente de la fecha de la muerte de alguien tan cercano, parece mostrar a un Meursault de sentimientos despiadados; un insensible de acuerdo a los parámetros de una sociedad empeñada en encajonar la muerte de un ser querido, como la obligación de sentirse, más que condolido, desamparado y sin consuelo.

Pero Meursault no es nada de eso; si es “extraño” es en la medida de un ser indiferente a una realidad que le resulta absurda e inabordable. Es un alienado, no en el sentido de la insanidad psicológica, sino porque el progreso tecnológico le ha arrancado el placer de la convivencia y decisiones colectivas y le han convertido en un "ajeno" dentro de lo que debería ser su propio entorno, ahora invadido por una moralina burguesa.

Algunos críticos aluden a Meursault como la personificación de la carencia de valores del hombre. Se equivocan quienes tal afirman. Se desgarran las vestiduras (ojalá fueran con pectoral y campanillas) los que afirman que el personaje de Camus es intransigente a los valores de la sociedad porque ha sido degradado por el absurdo de su propio destino. Fallan, también, porque realizan una lectura viciosa: la misma historia burguesa de sus vidas, llenas de confort y controladas, éstas sí por el absurdo cuya marca principal es el consumismo industrial que no sacia para nada sus más fervientes deseos de identidad, no les permite ver más allá de sus convencionalismos sociales ramplones.

La “extrañeza” de Camus va contra esa corriente que considera que uno no es hombre si no se matrimonia, si en vez de la amistad opta por la soledad y el silencio, si reniega de la superación personal estilo Deepak Choppra, si no declara (por lo menos una vez en su vida) que ha sido rehén del american dream, y que, en vez de ello, se interesa por explorar sus propios valores internos –ver si no acaso es ahí dentro, que la superación íntima supera la fama del escaparate.

Para colmo, dos hechos hacen parecer (delante de esa sociedad delatora, murmurante, hipócrita) a Meursault como un monstruo: el velorio de su madre y el asesinato sin razón de un árabe, amigo de un amigo de Meaursault llamado Raymond.

La costumbre de valores añejos exige “reverencia” en los velorios; dos de ellas son: no fumar durante el mismo, y beber (si se desea) sólo café negro. Con éstas y otras reglas sin fundamento, aquella sociedad da el visto bueno y califica si una persona es piadosa o no lo es. Pero Meursault rompe esas dos reglas: fuma y toma café con leche. ¿Cómo puede ser esto así? –-se pregunta la masa de plañideros que asisten al duelo. Más tarde, cuando su abogado le interroga en la cárcel, preguntará a Meursault --por razones “importantes” para el juicio—si él amaba a su madre; él contesta: “Sin duda quería mucho a mamá, pero eso no quiere decir nada”.

¿Y el luto? Extraño al convencionalismo social de que la muerte de alguien pueda atar sus más preciados instintos, para Meursault la pena y el dolor se pasa yendo con una muchacha-amiga al cine a mirar una película de Fernandel (donde obviamente hay que reír); ir al balneario con ella, y frecuentarla con el sólo propósito de no estar solo. Cuando un día Marie Cardona (así se llama la amiga) le pregunta “¿Me amas?”, el contesta que “No”. Pero que si quiere casarse con él, “le da igual”.

Luego, en una acción --que el personaje no sabe cómo sucedió, pues dice: "el sol era muy brillante y he apretado el gatillo”, Meursault es llevado a juicio por un crimen sin base alguna que no sea aquella de que “el sol me deslumbró”. El juicio está lleno de tanto morbo, que le da la razón a él de lo absurdo que puede resultar una moral como la que le rodea y a la que es “extraño”, ajeno.

Porque en el juicio, no hay de otra: el pago de su crimen es la condena a muerte. El jurado lo sabe, la muchedumbre lo sabe, él lo sabe, la prensa lo conoce y divulga. No hay más. No obstante (ya su muerte a la vuelta de la esquina) el público, la chusma, el jurado, se empeñan en conocer no sólo los motivos del asesinato, sino saber de su conducta anterior (beber café con leche y fumar).

El juicio se convierte en la cima de la moral y los valores detestados por Meursault, y no en el hecho capital de que en unos días él estará ya muerto. Si bien ha cometido un crimen, ya la justicia se ha encargado de cobrársela. ¿A qué viene entonces tanto morbo sobre su vida pasada si ésta ya no importa más que en la medida de verlo colgado y la multitud lo despida con aclamaciones de odio?

La “extrañeza” de Meursault, aun en medio de un jurado que lo ha declarado culpable y con destino a la horca, se mide en este párrafo sublime de Camus, en donde el juez (mostrándole un crucifijo) le espeta:

“«Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»

Iba [dice Meursault ] a responder que eso sucedía justamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo también era criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme. Entonces el juez se ha levantado como si quisiera indicarme que el interrogatorio había terminado. Se ha limitado a preguntarme, con el mismo aspecto de cansancio, si lamentaba el acto que había yo cometido. Reflexioné y dije que más que pena verdadera sentía cierto aburrimiento. Tuve la impresión de que no me comprendía. Pero aquel día las cosas no fueron más lejos”.
(2)

Por otro lado, Meursault se niega a recibir al capellán para confesar “sus culpas”. Él es ajeno a ello también. Para él la felicidad (si es que existe y puede alcanzarse) se halla dentro de uno mismo: la vida carece de sentido si no se le permite a uno estar solo, triste, alegre o extasiado, pero por uno mismo y no por el mecanismo impulsado por una serie de rarezas creadas por una sociedad empeñada en un progreso inservible.

Dentro de su obra literaria, Meursault, no será para Camus sino el filo de muestra de un existencialismo a toda prueba; será la navaja por donde debes pasar el dedo, y que corte sin que levantes la yema: vivir el instante con serenidad y gozo a pesar de las circunstancias. Es éste, también, el sentido que Camus otorga a Sísifo en su descenso. Esa forma de vida, parecida a navaja que rebana, no puede ser sentida si no se hace uno “extraño” al discurso del dictador de nuestras ideas y pensamientos. La altura de esa calidad de vida, consciente de que la única forma de vencerla es el desprecio, nos la deja caer el mismo Meusault con una meditación desde sus prisiones, después de ser atrapado:

“Después no he tenido sino pensamientos de presidiario. Esperaba el paseo cotidiano que daba por el patio o la visita del abogado. Disponía muy bien el resto del tiempo. Ha menudo he pensado entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de Marie. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo”. (3)

Algunos de sus pobres críticos dicen que al señor Meursault, antes de escuchar su veredicto de culpabilidad, lo condena su propia indiferencia del espíritu; que se erige como símbolo del desprecio universal por la existencia ajena. Yo afirmo que se equivocan: si existe para él un desprecio, es por el destino que le toca vivir y su forma de vencerlo es no apreciando su absurdidad, sino siendo victorioso sobre su propia hombría. El amante infeliz que vive como si nunca lo hubiesen amado y enfrenta la muerte como un hecho más de su destino, no se mata por amor sino a pesar de él. Para demostrase y demostrar a los demás que es un hombre libre, capaz de una acción humana libre y no esclavo de ella.

***
A veces, cuando el vago y profundo sentimiento de absurdidad abre las heridas de mi vida y a ella asoma el rostro del abandono, y quieren deprimirme, viene a mí –como sucede a Mersault--no la indiferencia, no el abandono, sino (desde esa luminosa prisión que se fabrica uno mismo desde sus adentros), el grito de los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de los vendedores de emparedados, la queja de los antiguos tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto. Todo esto recompone para mí un itinerario de ciego, que conozco bien antes de entrar en mi cárcel. Es la hora en la que, hace mucho tiempo, me siento contento. Entonces me espera siempre un sueño ligero y sin pesadillas. Así, a la espera del día siguiente, vuelvo a encontrarme con mi destino. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.

(1) Lamentablemente, también, las traducciones al español que conozco de este texto omiten el tiempo en que Camus escribió el libro: el presente perfecto. En vez de ello, los trasladores de texto han preferido el pasado del verbo: “Me preguntó”, “Me dijo”. Camus dirá siempre, por ejemplo: “Entonces Marie me ha preguntado”, “El juez ha dicho”, etc. Este sentido del presente perfecto no es otra cosa que esa convicción camusiana de vivir cada instante de la vida como si fuera el único que existiera.

(2) He utilizado para la interpretación de este texto L’ètranger, Albert Camus, Gallimard, 1974.
(3) El lector puede allegarse a la cinta titulada así El Extranjero", dirigida soberbiamente por Luchino Visconti, y la actuación nada a la zaga de Marcello Mastroianni

Lucy M. de Block: Mare Liberum


Mare Liberum

(Del libro Algo me dice tu silencio ganador del Concurso Sergio Galindo para la publicación de Obra)

Decir palabras de mar, es otra forma de navegar.
Luis Arturo Ramos

Éste era un gato...

Porque la noche es siempre el mar de un sueño antiguo…
Xavier Villaurrutia
Nocturno


I

Ese día Paulino despertó agitado. Soñó con Jerónimo, el hermano muerto, quien siguiendo el sendero de su madre, se suicidó. Él no creía en los que volvían de la muerte, pero ese sueño lo hizo sentir menos solo.

Enrolló sus viejas cobijas y se vistió. Los ruidos otra vez lo turbaron, de nuevo amanecieron con él. No sabía de dónde llegaban ni por dónde se iban, sólo brotaban como el murmullo de una muchedumbre lejana y se acercaban hasta explotar a su alrededor, enloqueciéndolo todo. En la vieja hornilla calentó el café; con el agua helada de la pileta, se lavó. En el interior del barco azul y blanco atracado en la dársena, buscó en la bolsa de estraza alguna fruta para desollar con cuidado. Entre amargos tragos de café y dulces capullos de mandarina, intentaba ignorar los ruidos. Sus ojos descubrieron los recortes de periódico amarillento y algunas fotografías sepia que no tenían ningún significado; se esforzó por descifrar el motivo de aquella galería sujeta a la pared con clavos y corcholatas, pero en el intento se deformaba su forma original. Cuando empezó a clarear, se caló el quepí azul y fue al embarcadero. Esa mañana se prestaba para navegar.

Él mismo lavó la cubierta azul del San Pedro y con esmero limpió el casco y las escotillas; se daba cuenta que los escaramujos cubrían la quilla, pronto tendría que carenar su embarcación; eso sería después, en la época de temporales, cuando permanecía en tierra. Con mirada de experto revisó el barco de proa a popa y por último verificó todos sus instrumentos de navegación. Contra el pantalón, restregó la carátula estrellada de la brújula y acompañado de los ruidos que lo inquietaban cada vez más, levó el ancla, para internarse en la inmensidad del mar.

Paulino no necesitaba consultar las decrépitas cartas de navegación, conocía las rutas de memoria. Cuando las sombras se alargaban con timidez sobre la cubierta, atracó en el muelle, donde los estibadores le reservaban su carga desde el día anterior. Al ver la pila de cajas, mentalmente calculó el cubicaje de la mercancía y casi de inmediato empezó con los quehaceres de estiba; se daba cuenta que aquella mañana, la precisión se le escapaba entre los dedos.
Convencido que la carga de sus infinitos años lo volvía torpe y derrengado, fondeó al San Pedro cerca del muelle, y a babor se sentó a meditar en el justo momento que, entre los gritos y sonidos que lo rodeaban, identificó el nítido llanto de Bernarda, la plañidera que tantas veces viajó de polizonte en las bodegas del barco; buscó en todos los rincones, sin hallarla. Extendió el catalejo y sin censura, oteó el horizonte. De pronto, los pequeños ojos, el suave aleteo de la boca roja de Liviana se asomaron del otro lado del catalejo y prosiguieron su veloz vuelo hasta la arboladura, donde se perdió entre masteleros, velas y perchas.

Paulino buscó con desesperación a Liviana con su disfraz de ángel, rodeada de una espesura verde, frondosa y jaspeada, pero en su lugar, sólo el hombre que usaba el uniforme de la marina noruega se cuadró a manera de saludo. Después de tanto tiempo de buscar ese momento extraviado, por fin halló la última mirada que él vio antes de zarpar a ese viaje que todavía no terminaba. Bamboleándose con el suave cabeceo del barco, abrazó sus piernas y esperó que su mujer apareciera de nuevo para decirle que no volvería a abandonarla jamás.
El estrépito a su alrededor lo obligó a navegar de nuevo; sabía que Liviana no se acercaría con la barahúnda (¡Por Dios, Bernarda!, ¡cállate y calla a los tuyos!).


II

Como todos los miércoles, apareció a las ocho de la mañana. Por la calle de piedra, empujaba el estruendoso carromato forrado de latas de pepsi cola pulcramente unidas por las esquinas con corcholatas y clavos. Siempre me sorprendió su habilidad para manipular el carro de dos llantas y lustrosa manivela, me parecía que a pesar de los ostentosos quiebres que realizaba al momento de dar vuelta, esa pericia no correspondía a un hombre de su edad. En ocasiones, llegué a pensar que se veía prematuramente avejentado debido a su piel arrugada por el sol; sin embargo, la pelusa blanca que brotaba por debajo de la anticuada gorra de fieltro azul, negaba tal suposición. Alguna cosa íntima, que no descubrí sino hasta más tarde, me obligaba a buscar justificaciones para seguir los pasos de aquel anciano. Durante cierto tiempo pensé que la espalda ligeramente encorvada se debía al pesado trabajo de cargar todos los enseres que transportaba; lo veía acarrear los bultos y de inmediato evaluaba el peso, confirmando la certeza de mi teoría. También me aferré a su extraña manera de caminar, siempre ligeramente inclinada hacia delante, de pasos vacilantes pero obstinados, como si el suelo se deshiciera en ondulaciones. Me repetía que ese andar no correspondía a un longevo, pero pronto supe que la estéril justificación de su edad, sólo representaba el menor desafío que ese hombre me provocó.
Al contemplar su marcha, descubrí que eran los primeros pasos ajenos que se me revelaban sin violencia, con una cierta dignidad que yo desconocía. Admití que si pudiera caminar, trataría de proveer a cada paso de la misma importancia; andaría como él, en busca de un sueño.

En mi pequeño mundo, anestesiado por las sumisas reiteraciones de la rutina, donde las esporádicas visitas de una hija que me detesta, la lectura del periódico y el paso de ese hombre justificaban el interminable eco del reloj, la impuntualidad se convirtió en parte de mis desórdenes; cada vez que lo esperé detrás de mi ventana del segundo piso, agradecí esa disciplina ejercida con indulgencia; sólo a los que practicamos la inanimada y tiesa rutina de esperar, nos gratifica la exactitud del tiempo. Al principio, se trataba de una silenciosa morbosidad para encontrar cauce a mi furia acumulada, de satisfacer la insana costumbre de formular crueles comparaciones de mis incapacidades, pero después de deducir que ambos deambulábamos por la vida aferrados a mecanismos rodantes, encontré el consuelo de saber que además de mí, existía otra persona incapaz de salir libremente de su mundo; entonces, el hábito matutino de calentar mi cuerpo frente a la ventana y entretener mi culpa recreando el asesinato de una familia de inocentes (llantas rechinando, luces enceguecedoras, estallido de láminas...) adquirió un nuevo y denodado matiz.


III

“Hoy fue un buen día”, dijo el hombre rollizo que pesaba cada paca de cartón y periódico y garabateaba en una libreta, “Se va a llevar un buen dinerito, pesamos más de ochenta kilos”. Paulino agradeció mientras guardaba el dinero en la bolsa de su camisa. Decidió regresar navegando cerca de la costa; pasaría al mercado por un poco de fruta y a comprar unas veladoras, por si acaso Liviana llegaba por la noche. Al llegar, invitaría a Bernarda una taza de café con la esperanza de que dejara de gimotear. Esperarían juntos a Liviana.
En el camino pensó en su mujer por tantos años perdida y embarneció su anhelo de convencerla de permanecer juntos y, de una vez, borrar ese gesto apesadumbrado con el que se despidió de él en el muelle. A pesar de los años que le entumecían los recuerdos, aún recordaba el sabor salado de su piel y el molde tan familiar de sus abrazos. Pensó que las dos mujeres y él navegarían juntos todas las mañanas. Bernarda, ¿lloraba por la ausencia de Liviana? ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Todavía le gustaban las manzanas? Quizá, su mujer pudiera explicarle los significados de las fotografías y así, armar su memoria con los pedazos de olvidos enmohecidos por el tiempo. ¿Por qué se disfrazaba de niña? ¿Quiénes son los rostros de la pared? ¿Cómo interpretar ese barco encallado en la playa? Paulino miró la vastedad que lo rodeaba y tuvo la impresión de contar con la clave que dotaría de significación a las ambigüedades que flotaban sin sentido, supo que con la presencia de Liviana, las dudas caerían contradichas por la verdad.

La humedad en el ambiente calaba sus articulaciones, como un presentimiento cargado de lluvia.


çIV

A pesar de todo, está amaneciendo. Poco a poco salgo de las cavernas de la noche para encontrarme con un firmamento de antifaz apelmazado y negro. Comprendo la afinidad de esta mañana y otros días de lluvia: el hombre no aparecerá.

Me pregunto cómo es que el viejo adivinaba el momento preciso en que reventaría el aguacero. Todas las veces que escuché a deshoras el carromato aprendí a considerarlo un barómetro ambulante que con sus arpegios, anunciaba la proximidad de la tormenta; entonces, resguardaba mis depresiones diluvianas entre libros y sorbos de café negro con un toque de tequila almendrado. Sucedió una tarde: anticipadamente, el hombre regresó con la pila de periódicos y cartón; permanecí delante de la ventana para descubrir el motivo de esa alteración a la rutina, de la ruptura del protocolo de volver con el carro vacío; como respuesta, una fina llovizna salpicaba la imagen del hombre que empequeñeció calle abajo. La ciudad se humedecía y sus hipnóticos charcos revivieron el amago de otra media tarde plomiza en la que di mi último paso, justo antes de subir al coche (patinando incontrolable, el camión de frente, las piezas retorcidas... los cuerpos sin zapatos...); otra tarde que ya no tiene remedio. Como si se tratara de un descubrimiento a destiempo, rechacé el panorama del otro lado de la ventana, pero las llantas delanteras de mi silla se atascaron con los flecos del tapete verde. Carmela estaba en la iglesia, arreglando algún asunto que no me interesaba; intenté zafarme con mis propios medios, primero con movimientos torpes y luego desesperados, hasta quedar inmovilizada por una muralla de muebles y los pliegues y enredijos del tapete; entonces, me entregué de lleno a la frustración que me provocaba el cautiverio en medio de la sala.

Lo que encontró Carmela fue algo más lisiado que mis piernas colgando como badajos, más rancio que la conciencia de lo inútil. En medio de la ceremonial penumbra de la noche, la miré como un animal lastimado; ella regresó la mirada como si yo fuera uno más de los objetos tirados en medio del caos. Nos medimos en el intrínseco juego de tiranías, omisiones y culpas que nos mantiene ocupadas; tácitamente, decidimos ensimismar nuestros silencios. Sin embargo, el interés por las premoniciones del indigente de gorra azul, no se contagiaron de indiferencia.

“Hoy es jueves”, dijo Carmela después de muchos días de silencio. Yo no la miré, sólo alcé los hombros. “Es jueves, el día que voy a la iglesia a dar catecismo.” Estaba de pie, ahí, en el lugar donde estuvo el tapete verde y después una planta frondosa y jaspeada; con el gesto de mi boca le recordé que los asuntos religiosos no me interesaban. “No voy a ir, hoy no voy a salir, quiero que lo sepa” levanté los hombros y seguí leyendo el periódico, enseguida pensé que echaría de menos la charla por la que me enteraba de los pormenores de la vida de allá afuera; no sería sino hasta la siguiente semana cuando me enteraría si la vecina logró encontrar a su perro perdido. Sin embargo, comprendí que con esa penitencia me declaró la paz; para Carmela era necesario pagar sus culpas a través de las visitas a la iglesia, la catequesis y el histérico manoseo del rosario; quizá, eran las únicas formas que encontraba de expiar la culpa por cuidar de quien ejecutó a su propia familia luego de dejar en la clase de ballet a su hija mayor; quizá, ese era el único pecado que se atrevía a cometer y por ello, cada jueves se ponía el disfraz de mujer piadosa y así, lograba permanecer en mi casa después de veintiocho años.

En aquella temporada de chubascos y silencios, deduje que la tragedia de ese hombre estaba tan unida a la lluvia, como la mía (vidrios rotos sobre el asfalto mojado, fierros retorcidos, emanaciones de gasolina...); por eso comprendí que huyera de la composición maligna de cada gota, que como advertencia convertía los recuerdos en alucinaciones dolorosas.

V

Paulino acarició a Caracolejo que volvía retrasado de sus aventuras por el mercado; de patas cortas y orejas desbravadas, el perro bermejo sacudió el agua de su lomo y se echó a dormir. Bernarda no contestaba a las preguntas de Paulino, pero irreverente, dejaba ver su sombra desde el escondite. Volcadas en una esquina, encontró las luces de situación del San Pedro e intentó recordar cómo pudo navegar sin ellas; los bordes quebrados le recordaron su inutilidad. Le parecía que la habitación había aumentado de tamaño durante su ausencia. Con sus imágenes de fuego, la luz de las veladoras penetraba por las grietas verdinegras de la pared. Las fotografías y recortes de periódico colgaban inofensivas, aguardando por un secreto extraviado. La brújula, el perol, el canto de la mesa, todo parecía mutilado por el tiempo. Recordó una sonrisa aleteada y roja, y en su rostro se dibujó una mueca que empequeñecía aún más sus ojos; recordó el bosquejo de rasgos infantiles, nebuloso entre las arrugas: Liviana.

Al compás de las goteras, los lamentos que escuchaba Paulino reverberaban con sus ecos, ennegreciendo el silencio. No sabía qué hacer ni qué esperaba; los ruidos le provocaban sobresalto, el vértigo y el dolor de cabeza no le permitían concentrarse; una corazonada ambigua latía débilmente. Con la navaja, forjó un holán desigual de corteza de manzana verde y de vez en vez, miraba debajo de los faroles donde se repetía el orvallo. Disponiéndose para arrullar la duermevela de Paulino, las sombras se alojaban en los rincones.

VI

Desde temprano, la rutina del jueves estuvo corrompida. Lo primero que noté fue que al carromato le faltaban los extraños botes cercenados, rojo a la izquierda, verde a la derecha, que a cada ostentoso giro se ladeaban con algún mecanismo invisible, y durante horas, estuvo hundido en sí mismo, ajeno a todo (a la precisión de sus costumbres, a la ausencia del perro, al carromato repleto de cajas de cartón apiladas con descuido, a la mujer con la mano enyesada que lloraba en la banca del parque). Permaneció así, con los instintos adulterados. Extendió su catalejo y me miró aturdido. Fue un breve vistazo que me desconcertó y me obligó a esconderme detrás de la exhuberancia de la planta que Carmela colocó junto a la ventana. Permanecí fiel a mi liturgia de no meditar sino hasta que el hombre empequeñecía calle abajo; me mantuve atenta a la búsqueda del elemento, al parecer importante, perdido en el aire o la copa de los árboles. Miré al hombre, paulatinamente, vencerse por el abatimiento.

Ahora sé que el encuentro de nuestras miradas, fue producto de la casualidad o del error.
Me sorprendió que como respuesta al saludo militar que siempre le dispensaba el empleado de la panadería, apenas movió la cabeza; por lo general correspondía con solemnidad marcial. También se olvidó del hábito de bruñir la brújula, esa que confundí con un reloj de bolsillo. El día relucía con un tono irreal. Al mirar detenidamente, noté las agujetas desatadas, una barba incipiente que revestía de niebla el rostro atezado; esos detalles me revelaron que el día estaría dotado de incertidumbre y sorpresa, pero nunca imaginé que rebasara mis expectativas.

Por el cielo bajo y opalino, resbalaba un sol tímido que no imponía la urgencia de una sombra; el hombre abrazó sus piernas y comenzó a balancearse con el enloquecido tartajeo de un cuerpo que rechaza el extravío de algo misterioso y volátil. La autenticidad del sentimiento que le provocaba la pérdida, reducía sus ojos a pequeñas rendijas insondables. Ahora mismo me siento incapaz de describir sus ojos, sólo recuerdo las manos delgadas, de movimientos lánguidos; la piel flácida de los brazos; los codos percudidos y cenizos, pero no recuerdo su mirada; parece que siempre estuvo escondida detrás de un resquicio lleno de oscuridad.

He olvidado en qué momento dejé de fantasear con la vejez del hombre; cierto día, los diez o quince años de diferencia pesaron demasiado como para relacionarlo con la edad que mi marido tendría entonces; adolezco de imaginación romántica, por lo tanto, no tuve más recursos y abandoné esa pobre fantasía. Entonces, imaginé que alguna adversidad obligaba al viejo a recolectar periódicos y cajas de cartón en la tienda de la esquina y que de forma inverosímil, esas circunstancias nos acercaban. Poco a poco, mi mirada inquisitiva, indiscreta y morbosa se asomó a la integridad de una vida y sin quererlo, me sentí la depositaria de los secretos más íntimos de ese hombre. Consciente de la improbabilidad de que aquel experimento me causara algún daño, me entregué a ello; sin embargo, hoy me parece difícil no encontrarlo al comienzo del día, me pesa no mirar la cotidianidad con los ojos del hombre, esas mismas cosas, al mismo tiempo. Me pregunto qué acontecimiento desentrañó la locura en lo alto de aquel puente.

Hoy me siento vulnerable a la nostalgia. Dentro de mí amaneció algo urgente y físico que pesa más que ayer, como una víscera averiada y repleta de agua.

Con el temor de una mujer de sesenta y tres años, extiendo mi mano y toco una hoja de la planta jaspeada; siento las refinadas venas del dorso y la temperatura. Por primera vez en demasiado tiempo, permito que mis dedos toquen algo vivo... algo que también puede morir entre mis manos.

VII

Un murmullo acrecentado despertó a Paulino. Frente a él, a un lado del colchón, una mancha oscura y densa desdibujaba la cara abotagada Bernarda. La voz lo incitaba a despedirse de Liviana. Paulino dio un salto. De nuevo, Bernarda se alejaba sin contestar sus preguntas y él necesitaba saber a dónde y cuándo se iba Liviana; como si el silencio la dotara de un significado peculiar, siguió a la mujer nebulosa y decidió acompañar a Liviana a dónde fuera; sin importar el destino, se iría con ella. Paulino pasó sin mirar al San Pedro que estaba atracado en el patio de la vivienda, bajo la luz lunar; por las callejas del muelle, persiguió la sombra silenciosa de Bernarda que se perdía y volvía a aparecer en medio del tropel de cuerpos y la oscuridad de la noche húmeda. Con las orejas sobresaltadas y el cuello alargado, Caracolejo lo siguió por las escaleras del puente peatonal, sorteando los pasos mojados y ascendentes de las ocho de la noche; esperó con la pata suspensa mientras Paulino contemplaba las ringleras blancas y rojas flotando ordenadamente, moviéndose a la orden del semáforo; de pronto, le parecieron confusas las luces del puerto. Bernarda y su prole se dejaban ver desde abajo del puente, como señalando un punto en el movedizo vacío del mar. Detrás del vidrio empañado de un automóvil, lentamente apareció Liviana disfrazada de niña; opalina y lacia se alejaba en su embarcación que seguía las luces rojas, rumbo a mar abierto; agitaba sus manos y Paulino imaginó el aletear de la sonrisa roja. En un intento por alcanzarla, fijó su mirada en las pequeñas manos que lo llamaban y desde lo alto del puente, se clavó en la inmensidad del mar.

Enrique Patricio: Un cuento breve



Otra vez con el mismo cuento

Aquel personaje siempre quiso vivir del cuento y nunca pudo lograrlo. Tal vez sea porque jamás intentó "salir" de ese cuento.

domingo, enero 21, 2007

I.G.: Me aparto y me marcho





Vamos, se ha terminado la tragedia, el fracaso es completo.

Me aparto y me marcho.

He tomado mi partido en este combate por lo imposible.

Esperemos a morir, sabiendo por adelantado

que la muerte no libera de nada.


Albert Camus