Encuentra a tus autores aquí

lunes, octubre 22, 2012

Ivonne Moreno Uscanga: Actividades Casa Principal


Actividades en Casa Principal del IVEC no faltan. Presentamos aquí dos textos de Ivonne Moreno Uscanga que hacen referencia a exposiciones allí presentadas.
 
 
TRÓPICO DE CÁNCER
LILÍ FLORES, RECIENTE EXPOSICIÓN EN CASA PRINCIPAL.
Ivonne Moreno Uscanga
Buen argumento para abrazar un tema fotográfico. Así mientras los inclinados a la ciencia piensan el hemisferio norte, los apegados a la Literatura pensaremos en el atrevido e intrépido hombre de letras Henry Miller. Lilí Flores arma sus propios argumentos y piensa en ambos, tirando hacia  orquestar una sinfonía marina, donde el hermoso ruido del mar en calma se irrumpa de repente con la fauna marina y entonces poner a la vista la melodía bulliciosa del  océano en su esplendor.
…para cantar hay que abrir la boca…hay que tener pulmones y algunos conocimientos de música…no es necesario tener un acordeón ni una guitarra,  lo esencial es querer cantar… ( Miller, Trópico de Cáncer)
  A tal tenor cantan las criaturas marinas de Lilí, sus azules no confirman solamente el cielo y el agua, sino cortinas de sal para entusiasmar a sus espectadores a entonar a baladas con compases de bolero y son, armonizadas por el movimiento de  las alas, picos y tenazas de crustáceos y pelícanos recurrentes a la magia de las olas, como si sus cuerpos  se imantarán con el fondo misterioso del mar.
 
Lilí Flores apunta cambios,  aprovecha de nueva cuenta la tecnología y la inserta en sus planteamientos fotográficos, consiguiendo lustrosos resultados, ávidos de ser atrapados por los nervios oculares del espectador.
El calor y la  costeña escenografía del Golfo, se han convertido en las constantes de Lilí, quien ya en otras ocasiones se refiere a las palmeras y a la luna,  estéticamente como piezas larianas y hoy están en Casa Principal como arte objeto, como cojines y bandas para la cintura y el pelo.
Trópico de Cáncer es  una exhortación a la mente y a la piel, su  semántica visual es narrativa  turgente a la imaginación y  a la fotografía para la autora y para nosotros los involucrados en la dinámica la apreciación, un vínculo para creer tener un pie en el Paraíso.
Lilí Flores es Diseñadora Gráfica y actualmente trabaja en el área de Divulgación Cultural del Ayuntamiento de Boca del Río. Ha expuesto ya en diversas ocasiones en Casa Principal y junto con Carlos Cano  recién terminó  una  exhibición en el corredor artístico del Hospital Español. Este noviembre junto con  quince realizadores porteños, estará en el Centro estatal de Transfusión Sanguínea, invitando de manera plástica a la comunidad a donar sangre.


DANIEL PADILLA: MI VERACRUZ 
(DISCURSO FOTOGRÁFICO, TAMBIÉN EN CASA PRINCIPAL)
Ivonne Moreno Uscanga
 
 El hecho de poseer una cámara fotográfica, aparentemente nos convierte en fotógrafos, esto debido a los avances tecnológicos pareciera ser una aseveración, pero no resulta tan sencillo. A veces de manera accidental las imágenes  captadas roban un protagonismo en el papel o superficie trabajada,   de forma rutilante y ello nos hace comentar:   ¡es fotografía fuera de serie¡

 Repito, no es tan sencillo… el cerebro debe trabajar con las emociones y entonces a partir de esa conexión, una serie de factores entran en juego: la experiencia de quién toma la fotografía, el manejo de la cámara,  sus técnicas de revelado, las composiciones,  la selección de las mismas, entre otras  y de esta manera tratar de llegar a un resultado. Daniel Padilla parece conjugar todo ello y arriesgándose pone a juicio de espectadores su obra.
No improvisado, Daniel juega con el tiempo, pero  no con sólo el cronológico, sino el atmosférico, condensa variables como el amanecer y el ocaso y acierta  un sinnúmero de suertes, polarizando  luces y destellos.
Con las premisas de su empirismo fotográfico, ahora se asoma a la geografía y cultura del estado: Veracruz.
 Nuestra tierra subyuga a los fotógrafos  y en cada uno de ellos descubrimos o nos descubrimos en ser y deber ser.
Daniel Padilla se aventura de nueva cuenta, en el campo fotográfico,  logrando estampas de  un estado excitante.  A través de su realización,   dibujamos con él,  otra  cartografía,   con  nuevos   puntos cardinales  : flora, fauna, magia y  arte de la joya del Golfo de México.
 Así con Daniel, descubrimos, su Veracruz, tal vez el mío, el de ustedes, el de propios y extraños…¡ Viva Veracruz¡
Daniel Padilla acaba de recibir un reconocimiento internacional por participar en el concurso SAVE OF THE CHILDREN, ello ubica su incursión en la fotografía en ascenso. Daniel es ingeniero mecánico y se encuentra realizando corto metrajes, así como  importantes campañas publicitarias en el interior de la República.
Nos percatamos de otro Veracruz, el paralelo al de la algarabía de su gente, sus carnavales, sus riquezas culinarias y morfológicas, el de su arte.

martes, octubre 16, 2012

Mo Yan: RANA


Presentamos a nuestros lectores este texto de Mo Yan, Premio Nobel de Literatura 2012. Se trata sólo de la primera parte de un libro cuya traducción del chino al español se debe a Yifan Li. Aquí, el libro completo.

 

RANA
Mo Yan
Estimado Sr. Sugitani Gijin, Ya ha pasado un mes y, sin embargo, parece que fue ayer cuando se despidió de nosotros. No sabe lo agradecidos que estamos de que un señor de edad tan avanzada como usted atravesase el océano para venir a un pueblo tan pobre y aislado como este para hablar con nosotros, meros aficionados, sobre literatura. Nos emocionó mucho.

Dado que ya he acabado de transcribir el grandioso discurso titulado «Literatura y la vida» que dio en el auditorio de nuestro distrito la mañana del 2 de enero del calendario lunar, le quería pedir permiso para publicarlo en El canto de ranas, la revista interna de la Federación de Literatura, con el fin de compartirlo con los que no pudieron asistir a su ponencia. De esta manera también tendrán la oportunidad de disfrutar del encanto de su lengua y de absorber todos los nutrientes de su estilo.

Fue el 1 de enero del calendario lunar, por la mañana, cuando visitamos a mi tía paterna, la que se ha dedicado a la ginecología durante más de cincuenta años. Aunque usted no pudiera entender completamente lo que dijo debido a su rapidez al hablar y a su fuerte acento, me dio la sensación de que le impresionó profundamente. Cuando al día siguiente hizo su ponencia puso muchas veces el ejemplo de mi tía para explicar su idea de literatura. Nos dijo que tenía en mente la imagen de una doctora montando en bicicleta a toda prisa por un vasto río congelado, o la de una doctora con los pantalones remangados, cogiendo un paraguas, con una bolsa de medicinas a la espalda, abriéndose camino entre miles de ranas, o la de una doctora con las mangas manchadas de sangre y un bebé entre las manos, riéndose a carcajadas, o la de una doctora fumando un cigarrillo con el vestido alborotado y cara de angustia. Nos dijo que a veces estas imágenes se fundían en una y otras veces se separaban, como si fueran una exposición de estatuas de mi tía. Nos animó a escribir obras emocionantes, ya fueran novela, poesía o teatro. Señor, consiguió encender la pasión y mucha gente tiene ganas de hacerlo. Un amigo mío del centro cultural de mi distrito ha empezado una novela que versa sobre la vida de una doctora rural. No quería copiarle, aunque la verdad es que yo conozco mucho mejor que él la historia y los secretos de la profesión de mi tía; de todas maneras démosle una oportunidad. Por lo tanto, señor, a mí me gustaría concentrarme en el género del drama y contar la vida de mi tía mediante una obra de teatro. Me abrió la mente cuando charlamos la segunda noche del calendario lunar en mi casa. La profunda evaluación y minucioso análisis que hizo sobre las obras de teatro del escritor francés Sartre me dio muchas ideas.

Sí, quiero escribir, quiero hacer obras de teatro tan buenas como Las moscas y Las manos sucias. Leeré a todos los maestros maravillosos y me esforzaré para alcanzar su nivel. Me atendré a sus indicaciones: no apresurarse, escribir con calma, igual que una rana cuando espera tranquilamente a los insectos sobre la flor de loto. Una vez decidido, me pondré en marcha al instante, igual que una rana cuando salta a
capturar insectos.

Cuando nos despedimos, en el aeropuerto de Qingdao, me dijo que sería estupendo si le mandaba por correo los recuerdos que guardo de mi tía paterna. Aunque sigue vivita y coleando, podemos describir su vida y su pasado con palabras como «memorable» o «atrevida». Ella tiene una larga historia que contar, por lo que desconozco cuántas páginas podría ocupar. Por eso, le quería pedir permiso para escribir hasta que me fallara la memoria. En esta época informática, escribir con papel y pluma se ha convertido en un ocio lujoso. Solo espero que cuando usted reciba mis cartas le transmitan una alegría evocadora.

Por cierto, mi padre me llamó para decirme que el día 25 del mes pasado, en el ciruelo «de tronco divertido», tal y como usted lo definió, brotaron muchas flores rojas. Mucha gente vino a mi casa a contemplarlas, y por supuesto vino mi tía. Mi padre me dijo que aquel día nevó mucho, pero el aroma de los ciruelos se impregnó entre los copos de nieve, y cada vez que inhalaban aire, se les refrescaba la mente.

Su alumno: Renacuajo

A 21 de marzo de 2002 en Beijing

SIMÓN LEVY-DABBAH: Sobre Mo Yan


 
Mo Yan: Fotógrafo literario de la China que pudo ser

SIMÓN LEVY-DABBAH*

“Un escritor debería expresar críticas e indignación hacia el lado oscuro de la sociedad y la fealdad de la naturaleza humana, pero debemos tolerar a aquellos que se esconden en sus cuartos y conviven ahí solo con la literatura”
Mo Yan.

Cuando se lea en los siguientes días y semanas a Guan Moye, mejor conocido ahora por su seudónimo de Mo Yan, se podrá advertir que en sus palabras la magia de sus historias no necesariamente se ubica en sus inicios, sino en la paciencia por la estrategia, su visión y convicción para desplegar finales.

Esa paciencia nació en la China Rural de Gaomi, una ciudad en la provincia costera de Shandong, en pleno maoísmo de mitad del Siglo XX. Empezó a formarse cuando aquel niño perteneciente a una familia de granjeros abandonó los estudios en quinto grado, víctima como muchos otros de la Revolución Cultural.

Mo era un niño atrevido que comió cortezas de árboles y maleza para sobrevivir a la China rural, en donde todo lo mágico e irracional podía acontecer, y forjó su capacidad literaria e incluso histriónica para retratar con letras al oficialismo desde la literatura y al drama cotidiano de la magia y la cosmovisión comunista.

Trabajar en el campo se convirtió para él en pleno taller literario y en 1976 se enroló en el Ejército chino y mientras el oficialismo culturizaba al pueblo, él empezaba a relatarlo en cuentos.

Quizá el drama o sátira convertida en surrealismo literario, lo llevaron a entender que quien escribe tiene el oficio de atrever con letras el pensamiento y el sentimiento que los demás no desean o saben expresar.

Además, materializó un secreto a voces: requería del poder para hacer trascender su mensaje, pero también el poder comunista necesitaba de literatura porque resultó ser una propuesta atractiva de “escribano oficial” del sistema, situación que lo enroló en la Academia de Arte del Ejército Popular en 1981.

En “El Sorgo Rojo” utiliza las fibras nacionalistas chinas en la literatura cundo relata la quema de su aldea por tropas japonesas.

Pero Mo, de 57 años, atribuye a ese temprano sufrimiento la inspiración de su obra “Pechos grandes y caderas amplias” en la que aborda, con una expresión memorable, la corrupción, la decadencia en la sociedad china, la política de planificación familiar y la vida rural del país.

El hoy laureado con el Premio Nobel, cuyo pseudónimo Mo Yan significa “no hables”, es considerado irónicamente por sus críticos como demasiado cercano al Partido Comunista, aunque algunos de sus libros fueron prohibidos como “La República del Vino”.

Por otro lado, también ha sido criticado por la disidencia china y por el propio oficialismo del país asiático, por su tibieza según los primeros, y por la expresión de fantasía y sátira al sistema de acuerdo a los segundos. Quizá los desencuentros recientes entre China y el propio Comité del Premio Nobel consideraron al premiar a Mo una forma de reconocer política y a la vez literaria a la República Popular China.

Sin embargo, es sustantivo destacar su expresión literaria cargada de una influencia que él mismo reconoce por Gabriel García Márquez, D.H. Lawrence y Ernest Hemingway.

Hace pocas horas, entrevistado, recordó que al publicar “Fengru feitun” (Pechos grandes y caderas amplias), de 1995, él mismo tuvo que ejercer la autocrítica del oficialismo e incluso a retirar su obra temporalmente por órdenes del propio Ejército chino.

En ese recuerdo, hoy, el tiempo para él, sigue siendo el mismo…

Transcurre en la misma habitación que lo mantiene cerca de su padre y del campo, prefiriendo guardar silencio para hacer que sean sus letras quienes hablen a través de la historia, ésa que no permite fijar andamios para construir murallas de censuras ni tribunas de pleitesías cuando se trata de hurgar en la sinceridad de la expresión humana.

Algunos Libros de Mo Yan…

- El Sorgo Rojo (1987)
- Pechos grandes y caderas amplias (1995)
- La vida y la muerte me están desgastando.
- Las baladas del ajo (1989)
- La tortura del sándalo (2001)
- Rana (2009)

*SIMÓN LEVY-DABBAH es presidente de Latinasia Group, empresa donde ha realizado inversiones y exportaciones entre Asia y América Latina. Vice-Presidente de China Business.

Fuente: ANIMAL POLÍTICO 16-10-12

Raúl Arteaga Pérez: Feria Regional del Libro Veracruz


Feria Regional del Libro Veracruz 2012
Raúl Arteaga Pérez

 La Feria Regional del Libro Veracruz 2012, teniendo como sede el recinto del IVEC, fue sui generis; cual olla tamalera ofreció de chile, de dulce, manteca y mole. Llamó la atención el Folleto-Programa, especie de serpientes y escaleras, una suerte de crucigrama o “adivine y descubra”; con numeraciones progresivas y repetidas (Nota: consultar Instrucciones para consultar mapa para y acertijos, Ed. Londres)

La presentación de eventos y conferencias evidenció el desconocimiento, por parte de los organizadores, sobre el quehacer y existencia de poetas, promotores culturales, y otros artistas del puerto. En efecto, no fueron todos los que son, ni son todos los que estuvieron. No fueron invitados escritores de la talla de la Dra. Alicia Dorantes, del poeta Jorge Hernández Utrera, del cineasta y guionista José Romero, sólo por señalar a algunos.
Personalidades como la Mtra. Ivonne Moreno Uscanga y Daniel Domínguez Cuenca, fueron usados como “comparsa” ¡Perdón! como comentaristas de última hora en diversos eventos en donde demostraron su alto nivel intelectual al convertir pláticas ordinarias en ágiles diálogos académicos. Para ello, debe saberse que la Mtra. Ivonne no estaba programada; los organizadores la dejaron fuera, y fue llamada como “suplente” de no se sabe quién. Al igual, el Doctor en Letras Daniel Domínguez Cuenca había sido ignorado… hasta que hubo que llenar huecos. ¿Es esto posible en un evento como la Feria Regional del Libro?
Imperioso es reconocer que el IVEC no es el único culpable. Todos somos responsables, fundamentalmente algunos participantes que no quisieron, ya no digamos orientar sino cuestionar la Convocatoria, exigiendo la participación de compañeros dejados a un lado. Prefirieron quince minutos de reflectores; optaron por lucirse ellos solitos. ¡Qué pena! Sin participar en la organización se conformaron con mendrugos y entraron a los corrales ¡Perdón! … a los estrados como ovejas sumisas y agradecidas.
¡No! No es posible. El IVEC es porteño desde su nacimiento, aquí en Veracruz es su sede. En este lugar conviven creación, difusión y experiencias culturales; no de hoy ni de ayer, sino desde hace muchos años. ¡Despertemos! Sacudamos modorras; es tiempo de recuperar lo nuestro, de que se reconozca nuestro alto nivel cultural en todas sus expresiones: pintura, escultura, grabado, fotografía, cine, literatura. Debemos demostrar que somos mayores, no párvulos ni principiantes. Mucho menos aprendices. Debemos demostrar que aquí hay cultura, a nivel de cualquier ciudad; que estamos para enseñar y compartir: no somos ni retrasados ni ignorantes. Por nuestras raíces, por nuestro legado ¡de pie! y en marcha.

 

jueves, octubre 11, 2012

Roberto Blaga: Mon Yan, Premio Nobel de Literatura 2012


MON YAN  
PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2012
Roberto Blaga
 
El Premio Nobel de Literatura se ha convertido en una suerte de reparto conciliatorio: a la manera de las diputaciones plurinominales o puestos de síndico en los ayuntamientos mexicanos, en donde se incluyen personajes de aquí y allá, dependiendo del sexenio, y para que todos “queden contentos”; así la Academia Sueca, más que considerar la calidad literaria de un escritor, se va mejor por la suave y va repartiendo por continentes su famoso galardón para tener a todos sin reclamo.

Esta vez no parece haber equivocado; si bien ya de meses atrás los expertos sabían que el Nobel de Literatura iría a dar al Lejano Oriente ( sólo que no se acertaban si a las manos de Haruki Murakami u otro novelista oriental de las nuevas generaciones),  las coronas suecas fueron a parar a manos de Mon  Yan (1958), seudónimo de Guan Moyé, su verdadero nombre, cambiado,  ya que su firma literaria significa en español “no hables”, y es una forma de protesta a las presiones que ha tenido de los todavía suspirantes de la Revolución Cultural.
Al evolucionar China en su economía y costumbres occidentales, los escritores no podían quedarse atrás y comenzaron a ser seducidos por los grandes autores  de otros continentes como el  europeo y el americano;  si bien, algunos críticos  exagerados  comparan a Mon Yan  con Franz Kafka, Milán Kundera y William Faulkner, su medida parece exagerada. Y no es que la calidad de escritura esté mal observada, sino que la asimilación de un nivel como el absurdo kafkiano o el entorno europeo del amor,  las guerras,  la psicología alemana; así como el existencialismo de los bares y barrios donde se toma whisky a raudales y se escribe de forma joyceana, no es asimilable en sólo unos cuantos años; mucho menos cuando se trata de un autor que como Yan proviene de un país tan hermético como lo fue China por siglos.
Tal vez la novela más conocida de Mon Yan –y que las librerías tendrán apiladas hasta el techo en estos días, mandando a la bodega el bodrio de “50 sombras de Grey” y sus espantosas secuelas—sea “El sorgo rojo”, publicada a finales-inicios de los 80-90’s y ya incluso hecha película.
Para quien desee hallar más libros del autor (10 novelas y unos 70 cuentos) tendrá que esperar a que las editoriales se apresuren, pues ya daban por seguro ganador a Murakami (quien seguramente tendrá que esperar unas 8 vueltas al mundo para que la Academia regrese y diga “otra vez le toca a Oriente”). En español se pueden encontrar también otras 4 novelas muy interesantes de Yan, “Las baladas del ajo”,  “Grandes pechos, amplias caderas...” , “La vida y la muerte me están desgastando” y  “La Republica del Vino”.
En fin, que parece que esta vez la Academia Sueca torció bien sus retorcidos premios y atinó al elegir a un muy buen escritor, luego a un excelnte traductor del chino al inglés y enseguida a otro bien entendido intérprete ( si bien Yan habla bien el inglés) de ambas lenguas para traernos al español a uno de los mejores escritores chinos de la modernidad. Se asegura que Yan es genuino y no falsificó ninguno de sus libros para venderlos luego a mitad de precio. El lector no saldrá defraudado de esta escritura inquietante y mezcla de la convergencia de dos culturas hasta hace poco totalmente opuestas.

martes, octubre 09, 2012

Lourdes Franyuti: Descifrando el acertijo


Descifrando el acertijo   
Lourdes Franyuti

 
                        Un sobre sin remitente. Es lo que ha aparecido en el buzón esta mañana y con ello, ansiedad y esperanza de obtener alguna noticia. He buscado desde hace días en todos los periódicos de la ciudad. Los intentos han sido en vano…

                        No abro el sobre. Prefiero dirigirme a la sala a observar detenidamente la burbuja de cristal obsequiada y sin dudar, el pasado regresa; como si la carpa se alzara de repente y las butacas aparecieran en sus gradas: El trapecio está ahí, inmóvil y desafiante, observando de reojo a su centinela la red, que a su vez, lo mira sin parpadear, no importando si está en su ejercicio de práctica o en plena función. 

                        La burbuja también deja ver una mujer en lo alto, de pie en la plataforma de salida, frotándose las manos con magnesio, impecablemente vestida y maquillada. Esta función es diferente para ella. Pareciera que fuera la última. Se ha maquillado la cara en blanco y negro para pasar desapercibida. No entiendo por qué decide pintarse así. No hay público que pueda ver alguna de sus acrobacias.

                        El trapecio empieza a moverse, juega con balanceos intercambiando miradas con la enigmática mujer. Después de tres intentos para llamar su atención, el trapecio logra que la dama salte a buscarle. Se columpia muy fuerte e inicia su número, dando un sinfín de vueltas suspendiéndose en el aire. La trapecista termina con doble salto mortal y cae triunfante en la red. 
 
                        Un aplauso se escucha. Es el mío; camino hacia la ventana con la burbuja en mi mano. La agito deseando ver a través de ella otro pasado, otra vida. Me armo de valor y abro el sobre. Se trata de un acertijo:  

"Altura, acrobacia y coraje”                          

                         Tres palabras con letras remarcadas. Vuelven a mí como si todo hubiera ocurrido ayer. Están aquí y regresan del pasado. ¿Qué es lo que me hace tan vulnerable al leer este mensaje? Es el mismo de hace tantos años y a la fecha sigue persiguiéndome. Me convierte en un ser tan frágil, tan carente de mí misma.  

                        El circo no ha vuelto a la ciudad; los periódicos ya no lo anuncian; ni siquiera sé si sigue en funciones. Lo que sí puedo afirmar es que la correspondencia sigue llegando a mi buzón: sobres sin remitente que me hacen enloquecer con el mismo contenido: Un acertijo y la solución en mi mente: 

                        Alma, actúa y corre” 

                        Alma, como siempre me han llamado, es lo que siempre ha hecho: Actuar y correr de ciudad en ciudad, de trabajo en trabajo, de vida en vida. La misma inestabilidad para una trapecista que sigue saltando sin rumbo fijo, que envía sobres sin remitente, que observa su pasado en tonos blanco y negro evadiendo el presente, con una burbuja de cristal en la mano indicándole cómo existir el día de hoy: simplemente, descifrando el acertijo.

 

Inés Arredondo: La Sunamita


 
LA SUNAMITA

Inés Arredondo

 
Y buscaron una moza hermosa por todo el término de Israel, y hallaron a Abisag Sunamita, y trajeron la al rey.
Y la moza era hermosa, la cual calentaba al rey, y le servía: mas el rey nunca la conoció.

Reyes I, 3-4

Aquél fue un verano abrasador. El último de mi juventud.
Tensa, concentrada en el desafío que precede a la combustión, la ciudad ardía en una sola llama reseca y deslumbrante. En el centro de la llama estaba yo, vestida de negro, orgullosa, alimentando el fuego con mis cabellos rubios, sola. Las miradas de los hombres resbalaban por mi cuerpo sin mancharlo y mi altivo recato obligaba al saludo deferente. Estaba segura de tener el poder de domeñar las pasiones, de purificarlo todo en el aire encendido que me cercaba y no me consumía.
Nada cambió cuando recibí el telegrama; la tristeza que me trajo no afectaba en absoluto la manera de sentirme en el mundo: mi tío Apolonio se moría a los setenta y tantos años de edad; quería verme por última vez puesto que yo había vivido en su casa como una hija durante mucho tiempo, y yo sentía un sincero dolor ante aquella muerte inevitable. Todo eso era perfectamente normal, y ningún estremecimiento, ningún augurio me hizo sospechar nada. Hice los rápidos preparativos para el viaje en aquel mismo centro intocable en que me envolvía el verano estático.
Llegué al pueblo a la hora de la siesta.
Caminando por las calles solitarias con mi pequeño veliz en la mano, fui cayendo en el entresueño privado de la realidad y de tiempo que da el calor excesivo. No, no recordaba, vivía a medias, como entonces. “Mira, Licha, están floreciendo las amapas.” La voz clara, casi infantil. “Para el dieciséis quiero que te hagas un vestido como el de Margarita Ibarra.” La oía, la sentía caminar a mi lado, un poco encorvada, ligera a pesar de su gordura, alegre y vieja; yo seguía adelante con los ojos entrecerrados, atesorando mi vaga, tierna angustia, dulcemente sometida a la compañía de mi tía Panchita, la hermana de mi madre. –“Bueno, hija, si Pepe no te gusta… pero no es un mal muchacho.” –Sí, había dicho eso justamente aquí, frente a la ventana de la Tichi Valenzuela, con aquel gozo suyo, inocente y maligno. Caminé un poco más, nublados ya los ladrillos de la acera, y cuando las campanadas resonaron pesadas y reales, dando por terminada la siesta y llamando al rosario, abrí los ojos y miré verdaderamente el pueblo: era otro, las amapas no habían florecido y yo estaba llorando, con mi vestido de luto, delante de la casa de mi tío.
El zaguán se encontraba abierto, como siempre, y en el fondo del patio estaba la buganvilia. Como siempre. Pero no igual. Me sequé las lágrimas y no sentí que llegaba, sino que me despedía. Las cosas aparecían inmóviles, como en el recuerdo, y el calor y el silencio lo marchitaban todo. Mis pasos resonaron desconocidos, y María salió a mi encuentro.
- ¿Por qué no avisaste? Hubiéramos mandado…
Fuimos directamente a la habitación del enfermo. Al entrar casi sentí frío. El silencio y la penumbra precedían a la muerte…
- Luisa, ¿eres tú?
Aquella voz cariñosa se iba haciendo queda y pronto enmudecería del todo.
- Aquí estoy, tío.
- Bendito sea Dios, ya no me moriré solo.
- No diga eso, pronto se va aliviar.
Sonrío tristemente; sabía que le estaba mintiendo, pero no quería hacerme llorar.
- Sí, hija, sí. Ahora descansa, toma posesión de la casa y luego ven a acompañarme. Voy a tratar de dormir un poco.
Más pequeño que antes, enjuto, sin dientes, perdido en la cama enorme y sobrenadando sin sentido en lo poco que le quedaba de vida, atormentaba como algo superfluo, fuera de lugar, igual que tantos moribundos. Esto se hacía evidente al salir al corredor caldeado y respirar hondamente, por instinto, la luz y el aire.
Comencé a cuidarlo y a sentirme contenta de hacerlo. La casa era mi casa y muchas mañanas al arreglarla tarareaba olvidadas canciones. La calma que me rodeaba venía tal vez de que mi tío ya no esperaba la muerte como una cosa inminente y terrible, sino que se abandonaba a los días, a un futuro más o menos corto o largo, con una dulzura inconsciente de niño. Repasaba con gusto su vida y se complacía en la ilusión de dejar en mí sus imágenes, como hacen los abuelos con sus nietos.
- Tráeme el cofrecito ese que hay en el ropero grande. Sí, ése. La llave está debajo de la carpeta, junto a San Antonio, tráela también.
Y revivían sus ojos hundidos a la vista de sus tesoros.
- Mira, este collar se lo regalé a tu tía cuando cumplimos diez años de casados, lo compré en Mazatlán a un joyero polaco que me contó no sé qué cuentos de princesas austriacas y me lo vendió bien caro. Lo traje escondido en la funda de mi pistola y no dormí un minuto en la diligencia por miedo a que me lo robaran….
La luz del sol poniente hizo centellar las piedras jóvenes y vivas en sus manos esclerosadas.
- … ese anillo de montura tan antigua era de mi madre, fíjate bien en la miniatura que hay en la sala y verás que lo tiene puesto. La prima Begoña murmuraba a sus espaldas que un novio…
Volvían a hablar, a respirar aquellas señoras de los retratos a quienes él había visto, tocado. Yo las imaginaba, y me parecía entender el sentido de las alhajas de familia.
- ¿Te he contado de cuando fuimos a Europa en 1908, antes de la Revolución? Había que ir en barco a Colima… y en Venecia tu tía Panchita se encaprichó con estos aretes. Eran demasiado caros y se lo dije: “Son para una reina”… Al día siguiente se los compré. Tú no te lo puedes imaginar porque cuando naciste ya hacía mucho de esto, pero entonces, en 1908, cuando estuvimos en Venecia, tu tía era tan joven, tan…
- Tío, se fatiga demasiado, descanse.
- Tienes razón, estoy cansado. Déjame solo un rato y llévate el cofre a tu cuarto, es tuyo.
- Pero tío…
- Todo es tuyo ¡y se acabó!… Regalo lo que me da la gana.
Su voz se quebró en un sollozo terrible: la ilusión se desvanecía, y se encontraba de nuevo a punto de morir, en el momento de despedirse de sus cosas más queridas. Se dio vuelta en la cama y me dejó con la caja en las manos sin saber qué hacer.
Otras veces me hablaba del “año del hambre”, del “año del maíz amarillo”, de la peste, y me contaba historias muy antiguas de asesinos y aparecidos. Alguna vez hasta canturreó un corrido de su juventud que se hizo pedazos en su voz cascada. Pero me iba heredando su vida, estaba contento.
El médico decía que sí, que veía una mejoría, pero que no había que hacerse ilusiones, no tenía remedio, todo era cuestión de días más o menos.
Una tarde oscurecida por nubarrones amenazantes, cuando estaba recogiendo la ropa tendida en el patio, oí el grito de María. Me quedé quieta, escuchando aquel grito como un trueno, el primero de la tormenta. Después el silencio, y yo sola en el patio, inmóvil. Una abeja pasó zumbando y la lluvia no se desencadenó. Nadie sabe como yo lo terribles que son los presagios que se quedan suspensos sobre una cabeza vuelta al cielo.
- Lichita, ¡se muere!, ¡está boqueando!
- Vete a buscar al médico…. ¡No! Iré yo… llama a doña Clara para que te acompañe mientras vuelvo.
- Y el padre… Tráete al padre.
Salí corriendo, huyendo de aquel momento insoportable, de aquella inminencia sorda y asfixiante. Fui, vine, regresé a la casa, serví café, recibí a los parientes que empezaron a llegar ya medio vestidos de luto, encargué velas, pedí reliquias, continué huyendo enloquecida para no cumplir con el único deber que en ese momento tenía: estar junto a mi tío. Interrogué al médico: le había puesto una inyección por no dejar, todo era inútil ya. Vi llegar al señor cura con el Viático, pero ni entonces tuve fuerzas para entrar. Sabía que después tendría remordimientos –Bendito sea Dios, ya no me moriré solo- pero no podía. Me tapé la cara con las manos y empecé a rezar.
- Te llama. Entra.
No sé como llegué hasta el umbral. Era ya de noche y la habitación iluminada por una lámpara veladora parecía enorme. Los muebles, agigantados, sombríos, y un aire extraño estancado en torno a la cama. La piel se me erizó, por los poros respiraba el horror a todo aquello, a la muerte.
- Acércate –dijo el sacerdote.
Obedecí yendo hasta los pies de la cama, sin atreverme a mirar ni las sábanas.
- Es la voluntad de tu tío, si no tienes algo que oponer, casarse contigo in articulo mortis, con la intención de que heredes sus bienes, ¿Aceptas?
Ahogué un grito de terror. Abrí los ojos como para abarcar todo el espanto que aquel cuarto encerraba. “¿Por qué me quiere arrastrar a la tumba?”…Sentí que la muerte rozaba mi propia carne.
- Luisa…
Era don Apolonio. Tuve que mirarlo: casi no podía articular las sílabas, tenía la quijada caída y hablaba moviéndola como un muñeco de ventrílocuo.
- … por favor.
Y calló. Extenuado.
No podía más. Salí de la habitación. Aquél no era mi tío, no se le parecía… heredarme, sí, pero no los bienes solamente, las historias, la vida… Yo no quería nada, su vida, su muerte. No quería. Cuando abrí los ojos estaba en el patio y el cielo seguía encapotado. Respiré profundamente, dolorosamente.
- ¿Ya?… –Se acercaron a preguntarme los parientes, al verme tan descompuesta.
Yo moví la cabeza, negando. A mi espalda habló el sacerdote.
- Don Apolonio quiere casarse con ella en el último momento para heredarla.
- ¿Y tú no quieres? –preguntó ansiosamente la vieja criada-. No seas tonta, sólo tú te lo mereces. Fuiste una hija para ellos y te has matado cuidándolo. Si no te casas, los sobrinos de México no te van a dar nada. ¡No seas tonta!
- Es una delicadeza de su parte.
- Y luego te quedas viuda y rica y tan virgen como ahora –rio nerviosamente una prima jovencilla y pizpireta.
- La fortuna es considerable, y yo, como tío lejano tuyo, te aconsejaría que…
- Pensándolo bien, el no aceptar es una falta de caridad y de humildad.
“Eso es verdad, eso sí que es verdad.” No quería darle un último gusto al viejo, un gusto que después de todo debía agradecer, porque mi cuerpo joven, del que en el fondo estaba tan satisfecha, no tuviera ninguna clase de vínculos con la muerte. Me vinieron náuseas y fue el último pensamiento claro que tuve esa noche. Desperté como de un sopor hipnótico cuando me obligaron a tomar la mano cubierta de sudor frío. Me vino otra arcada, pero dije “Sí”.
Recordaba vagamente que me habían cercado todo el tiempo, que todos hablaban a la vez, que me llevaban, me traían, me hacían firmar, y responder. La sensación que de esa noche me quedó para siempre fue la de una maléfica ronda que giraba vertigionosamente en torno mío y reía, grotesca, cantando.
yo soy la viudita que manda la ley, y yo en medio era una esclava. Sufría y no podía levantar la cara al cielo.
Cuando me di cuenta, todo había pasado, y en mi mano brillaba el anillo torzal que vi tantas veces en el anular de mi tía Panchita: no había habido tiempo para otra cosa.
Todos empezaron a irse.
- Si me necesita, llámeme. Dele mientras tanto las gotas cada seis horas.
- Que Dios te bendiga y te dé fuerzas.
- Feliz noche de bodas –susurró a mi oído con una risita mezquina la prima jovencita.
Volví junto al enfermo. “Nada ha cambiado, nada ha cambiado.” Por lo menos mi miedo no había cambiado. Convencí a María de que se quedara conmigo a velar a don Apolonio, y sólo recobré el control de mis nervios cuando vi que amanecía. Había empezado a llover, pero sin rayos, sin tormenta, quedamente.
Continuó lloviznando todo el día, y el otro, y el otro aún. Cuatro días de agonía. No teníamos apenas más visitas que las del médico y el señor cura; en días así nadie sale de su casa, todos se recogen y esperan a que la vida vuelva a comenzar. Son días espirituales, casi sagrados.
Si cuando menos el enfermo hubiera necesitado muchos cuidados mis horas hubieran sido menos largas, pero lo que se podía hacer por aquel cuerpo aletargado era bien poco.
La cuarta noche María se acostó en una pieza próxima y me quedé a solas con el
moribundo. Oía la lluvia monótona y rezaba sin consciencia de lo que decía, adormilada y sin miedo, esperando. Los dedos se me fueron aquietando, poniendo morosos sobre las cuentas del rosario, y al acariciarlas sentía que por las yemas me entraba ese calor ajeno y propio que vamos dejando en las cosas y que nos es devuelto transformado: compañero, hermano que nos anticipa la dulce tibieza del otro, desconocida y sabida, nunca sentida y que habita en médula de nuestros huesos. Suavemente, con delicia, distendidos los nervios, liviana la carne, fui cayendo en el sueño.
Debo haber dormido muchas horas: era la madrugada cuando desperté; me di cuenta
porque las luces estaban apagadas y la planta eléctrica deja de funcionar a las dos de la mañana. La habitación, apenas iluminada por la lámpara de aceite que ardía sobre la cómoda a los pies de la Virgen, me recordó la noche de la boda, de mi boda… Hacía mucho tiempo de eso, una eternidad vacía.
Desde el fondo de la penumbra llegó hasta mi la respiración fatigosa y quebrada de don Apolonio. Ahí estaba todavía, pero no él, el despojo persistente e incomprensible que se obstinaba en seguir aquí sin finalidad, sin motivo aparente alguno. La muerte da miedo, pero la vida mezclada, imbuida en la muerte, da un horror que tiene muy poco que ver con la muerte y con la vida. El silencio, la corrupción, el hedor, la deformación monstruosa, la desaparición final, eso es doloroso, pero llega a un clímax y luego va cediendo, se va diluyendo en la tierra, en el recuerdo, en la historia. Y esto no, el pacto terrible entre la vida y la muerte que se manifestaba en ese estertor inútil, podía continuar eternamente. Lo oía raspar la garganta insensible y se me ocurrió que no era aire lo que en traba en aquel cuerpo, o más bien que no era un cuerpo humano el que lo aspiraba y lo expelía; se trataba de una máquina que resoplaba y hacía pausas caprichosas por juego, parea matar el tiempo sin fin. No había allí un ser humano, alguien jugaba con aquel ronquido. Y el horror contra el que nada pude me conquistó: empecé a respirar al ritmo entrecortado de los estertores, respirar, cortar de pronto, ahogarme, respirar, ahogarme… sin poderme ya detener, hasta que me di cuenta de que me había engañado en cuanto al sentido que tenía el juego, porque lo que en realidad sentía era el sufrimiento y la asfixia de un moribundo. De todos modos, seguí, seguí, hasta que no quedó más que un solo respirar, un solo aliento inhumano, una sola agonía. Me sentí más tranquila, aterrada pero tranquila: había quitado la barrera, podía abandonarme simplemente y esperar el final común. Me pareció que con mi abandono, con mi alianza incondicional, aquello se resolvería con rapidez, no podría continuar, habría cumplido su finalidad y su búsqueda persistente en el vacío.
Ni una despedida, ni un destello de piedad hacia mí. Continué el juego mortal largamente, desde un lugar donde el tiempo no importaba ya.
La respiración común se fue haciendo más regular, más calmada, aunque también más débil. Me pareció regresar, pero estaba tan cansada que no podía moverme, sentía el letargo definitivamente anidado dentro de mi cuerpo. Abrí los ojos todo estaba igual.
No. Lejos, en la sombra, hay una rosa; sola, única y viva. Está ahí, recortada, nítida, con sus pétalos carnosos y leves, resplandeciente. Es una presencia hermosa y simple. La miro y mi mano se mueve y recuerda su contacto y la acción sencilla de ponerla en el vaso. La miré entonces, ahora la conozco. Me muevo un poco, parpadeo, y ella sigue ahí, plena, igual a sí misma.
Respiro libremente, con mi propia respiración. Rezo, recuerdo, dormito, y la rosa intacta monta la guardia de la luz y del secreto. La muerte y la esperanza se transforman.
Pero ahora comienza a amanecer y en el cielo limpio veo, ¡al fin!, que los días de lluvia han terminado. Me quedo largo rato contemplando por la ventana cómo cambia todo al nacer el sol. Un rayo poderoso entra y la agonía me parece una mentira; un gozo injustificado me llena los pulmones y sin querer sonrío. Me vuelvo a la rosa como a una cómplice, pero no la encuentro: el sol la ha marchitado. Volvieron los días luminosos, el calor enervante; las gentes trabajaban, cantaban, pero don Apolonio no se moría, antes bien parecía mejorar. Yo lo seguí cuidando, pero ya sin alegría, con los ojos bajos y descargando en el esmero por servirlo toda mi abnegación remordida y exacerbada: lo que deseaba, ya con toda claridad, era que aquello terminara pronto, que se muriera de una vez. El miedo, el horror que me producían su vista, su contacto, su voz, eran injustificados, porque el lazo que nos unía no era real, no podía serlo, y sin embargo yo lo sentía sobre mí como un peso, y a fuerza de bondad y de remordimientos quería desembarazarme de él.
Sí, don Apolonio mejoraba a ojos vistas. Hasta el médico estaba sorprendido, no podía
explicarlo.
Precisamente la mañana en que lo senté por primera vez recargado sobre los
almohadones sorprendí aquella mirada en los ojos de mi tío. Hacía un calor sofocante y lo había tenido que levantar casi en vilo. Cuando lo dejé acomodado me di cuenta: el viejo estaba mirando con una fijeza estrábica mi pecho jadeante, el rostro descompuesto y las manos temblonas inconscientemente tendidas hacia mí. Me retiré instintivamente, desviando la cabeza.
- Por favor, entrecierra los postigos, hace demasiado calor.
Su cuerpo casi muerto se calentaba.
- Ven aquí, Luisa. Siéntate a mi lado. Ven.
- Sí, tío –me senté encogida a los pies de la cama, sin mirarlo.
- No me llames tío, dime Polo, después de todo ahora somos más cercanos parientes-. Había un dejo burlón en el tono con que lo dijo.
- Sí tío.
- Polo, Polo –su voz era otra vez dulce y tersa-. Tendrás que perdonarme muchas cosas; soy viejo y estoy enfermo, y un hombre así es como un niño.
- Sí.
- A ver, di “Sí, Polo”.
- Sí, Polo.
Aquel nombre pronunciado por mis labios me parecía una aberración, me producía una repugnancia invencible.
Y Polo mejoró, pero se tornó irritable y quisquilloso. Yo me daba cuenta de que luchaba por volver a ser el que había sido; pero no, el que resucitaba no era él mismo, era otro.
- Luisa, tráeme… Luisa, dame… Luisa, arréglame las almohadas… dame agua… acomódame esta pierna…
Me quería todo el día rodeándolo, alejándome, acercándome, tocándolo. Y aquella mirada fija y aquella cara descompuesta del primer día reaparecían cada vez con mayor frecuencia, se iban superponiendo a sus facciones como una máscara.
- Recoge el libro. Se me cayó debajo de la cama, de este lado.
Me arrodillé y metí la cabeza y casi todo el torso debajo de la cama, pero tenía que alargar lo más posible el brazo para alcanzarlo. Primero me pareció que había sido mi propio movimiento, o quizá el roce de la ropa, pero ya con el libro cogido y cuando me reacomodaba para salir, me quedé inmóvil, anonadada por aquello que había presentido, esperando: el desencadenamiento, el grito, el trueno. Una rabia nunca sentida me estremeció cuando pude creer que era verdad aquello que estaba sucediendo, y que aprovechándose de mi asombro su mano temblona se hacía más segura y más pesada y se recreaba, se aventiraba ya sin freno palpando y recorriendo mis caderas; una mano descarnada que se pegaba a mi carne y la estrujaba con deleite, una mano muerta que buscaba impaciente el hueco entre mis piernas, una mano sola, sin cuerpo.
Me levanté lo más rápidamente que pude, con la cara ardiéndome de coraje y vergüenza, pero al enfrentarme a él me olvidé de mí y entré como un autómata en la pesadilla: se reía quedito, con su boca sin dientes. Y luego, poniéndose serio de golpe, con una frialdad que me dejó aterrada:
- ¡Qué! ¿No eres mi mujer ante Dios y ante los hombres? Ven, tengo frío, caliéntame la cama. Pero quítate el vestido, lo vas a arrugar.


Lo que siguió ya sé que es mi historia, mi vida, pero apenas lo puedo recordar como un sueño repugnante, no sé siquiera si muy corto o muy largo. Hubo una sola idea que me sostuvo durante los primeros tiempos: “Esto no puede continuar, no puede continuar.” Creí que Dios no podría permitir aquello, que lo impediría de alguna manera. Él personalmente. Antes tan temida, ahora la muerte me parecía la única salvación. No la de Apolonio, no, él era un demonio de la muerte, sino la mía, la justa y necesaria muerte para mi carne corrompida. Pero nada sucedió. Todo continuó suspendido en el tiempo, sin futuro posible. Entonces una mañana, sin equipaje, me marché.
Resultó inútil. Tres días después me avisaron que mi marido se estaba muriendo y me llamaba. Fui a ver al confesor y le conté mi historia.
- Lo que lo hace vivir es la lujuria, el más horrible pecado. Eso no es la vida, padre, es la muerte, ¡déjelo morir!
- Moriría en la desesperación. No puede ser.
- ¿Y yo?
- Comprendo, pero si no vas será un asesinato. Procura no dar ocasión, encomiéndate a la Virgen, y piensa que tus deberes…
Regresé. Y el pecado lo volvió a sacar de la tumba.
Luchando, luchando sin tregua, pude vencer al cabo de los años, vencer mi odio, y al final, muy al final, también vencí a la bestia. Apolonio murió tranquilo, dulce, él mismo.
Pero yo no pude volver a ser la que fui. Ahora la vileza y la malicia brillan en los ojos de los hombres que me miran y yo me siento ocasión de pecado para todos, pero que la más abyecta de las prostitutas. Sola, pecadora, consumida totalmente por la llama implacable que nos envuelve a todos los que, como hormigas, habitamos este verano cruel que no termina nunca.

 

Adonis: Poemas




POEMAS
Adonis
 Ali Ahmad Said Esber (Al Qassabin, 1 de enero de 1930), conocido por su seudónimoAdonis o Adunis, es un poetay ensayista sirio. Adonis ha desarrollado su carrera literaria principalmente en el Líbano y Francia. Ha publicado más de veinte libros de poemas en árabe.

El confín del cielo

Sueña que tira sus ojos en lo profundo
de la ciudad venidera. Sueña que danza en el abismo.
Sueña que desconoce tanto los días
que decoran las cosas
como los que las crean.


Sueña que se alza, que se desploma,
como la mar, que azuza los secretos,
comenzando su cielo en el confín del cielo.


El dios ha muerto

Quemé hoy el espejismo del sábado,
el espejismo del viernes.
He tirado la máscara de mi gente,
la máscara de la casa.
He cambiado al dios ciego de la piedra
y al dios de los siete días,
por un dios.


El signo

He mezclado la nieve con el fuego,
mas no comprenderán los fuegos mis selvas
ni las nieves.
Y seguiré oscuro y manso,
habitando las flores y las piedras,
ocultándome,
indagando,
viendo,
oscilando
como la luz entre la magia y el signo.


Clima de los brotes

Por aquí pasó Ícaro.
Acampó bajo las hojas lívidas,
inhaló el aroma del fuego
en las alcobas del verdor, en los brotes suaves.
Agitó, sacudió el tronco, buscó refugio,
plegó sobre sí las alas cual tienda de campaña.
Embriagóse luego y echó a volar?


Pero no se abrasó —aún no— Ícaro.

 

lunes, octubre 08, 2012

Nathalie Cardone Comandante Che Guevara Hasta Siempre



 
Hasta siempre Comandante
En el 45 aniversario de tu heroico vivir.

Hoy a esta casa, Padre, entra conmigo
Te mostraré las cartas, el tormento
de mi pueblo, del hombre perseguido.
Te mostraré los antiguos dolores.

Y para no caer, para afirmarme
sobre la tierra, continuar luchando
deja en mi corazón el vino errante
y el implacable pan de tu dulzura

Pablo Neruda

Julio Cortázar - Mario Benedetti: Al Che


 
Mensaje al Hermano
Julio Cortázar


“Ahora serán las palabras, las más inútiles o las más elocuentes, las que broten de las lágrimas o de la cólera; ahora leeremos bellas imágenes sobre el fénix que renace de las cenizas, en poemas y discursos se irá fijando para siempre la imagen del Che. También éstas que escribo son palabras, pero no las quiero así, no quiero ser yo quien hable de él. Pido lo imposible, lo más inmerecido, lo que me atreví a hacer una vez, cuando él vivía, pido que sea su voz la que se asome aquí; que sea su mano la que escriba estas líneas. Sé que es absurdo y que es imposible, y por eso mismo creo que él escribe esto conmigo, porque nadie supo mejor hasta qué punto lo absurdo y lo imposible serán un día la realidad de los hombres, el futuro por cuya conquista dio su joven, su maravillosa vida. Usa entonces mi mano una vez más, hermano mío, de nada les habrá valido cortarte los dedos, de nada les habrá valido matarte y esconderte con sus torpes astucias. Toma, escribe: lo que me queda por decir y por hacer lo diré y lo haré siempre contigo a mi lado. Sólo así tendrá sentido seguir viviendo”.

 

Vámonos,
derrotando afrentas.


ERNESTO "CHE" GUEVARA
Mario Benedetti


Así estamos
consternados
rabiosos
aunque esta muerte sea
uno de los absurdos previsibles

da vergüenza mirar
los cuadros
los sillones
las alfombras
sacar una botella del refrigerador
teclear las tres letras mundiales de tu nombre
en la rígida máquina
que nunca
nuca estuvo
con la cinta tan pálida

vergüenza tener frío
y arrimarse a la estufa como siempre
tener hambre y comer
esa cosa tan simple
abrir el tocadiscos y escuchar en silencio
sobre todo si es un cuarteto de Mozart

da vergüenza el confort
y el asma da vergüenza
cuando tú comandante estás cayendo
ametrallado
fabuloso
nítido

eres nuestra conciencia acribillada

dicen que te quemaron
con qué fuego
van a quemar las buenas
las buenas nuevas
la irascible ternura
que trajiste y llevaste
con tu tos
con tu barro

dicen que incineraron
toda tu vocación
menos un dedo

basta para mostrarnos el camino
para acusar al monstruo y sus tizones
para apretar de nuevo los gatillos

así estamos
consternados
rabiosos
claro que con el tiempo la plomiza
consternación
se nos irá pasando
la rabia quedará
se hará más limpia

estás muerto
estás vivo
estás cayendo
estás nube
estás lluvia
estás estrella

donde estés
si es que estás
si estás llegando

aprovecha por fin
a respirar tranquilo
a llenarte de cielo los pulmones

donde estés
si es que estás
si estás llegando
será una pena que no exista Dios

pero habrá otros
claro que habrá otros
dignos de recibirte
comandante.