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jueves, julio 02, 2009

Iván Medina Castro: Saqueador de tumbas



Saqueador de tumbas
A Cyrielle Rothé


¡Que pena tan insoslayable! Escuché cuchichear repetidamente como un eco lejano a la sarta de hipócritas reunidas con vulgar curiosidad, alrededor del austero ataúd que aprisionaba a mi amada. ¡Nadie!, fuera de mi lacerante corazón sabe la carga de este sufrir. -Me dije en silencio-.

Al transcurrir la noche, al sonar las ruidosas esquilas anunciando la entrada de la madrugada, el último par de beatas a quienes no identifiqué -fastidiadas seguramente de recitar incontables rosarios- se despedían con una efusiva tristeza un tanto desusada. ¡Diantre de religiosas, qué bien saben aparentar! -Pensé con enojo-.

Las acompañé a la salida de la casa y cerré prontamente la puerta con doble cerrojo, apagué las luces del portón con la idea de disuadir a algún inoportuno personaje dispuesto a venir a darme el pésame, y me quedé en la oscuridad meditando por pocos segundos. ¡Por fin sólo! -Exclamé en un susurro-.

Mi estado anímico se debatía entre la fatiga y el desengaño, me opuse a ese malestar del espíritu como pude, y decidido me dirigí con pasos cortos y lentos como si tuviera cuidado en no despertarla a la antesala donde se encontraba la razón de mi desdicha. En el breve recorrido, la cruel nostalgia invadió mi ser haciendo flaquear mis piernas. Me detuve por un instante apoyando mi cuerpo en el respaldo de un sillón del corredor, al voltear a mi rededor cada mueble y espacio me recordaba a ella. Mis cansados ojos se cristalizaron por un momento pero ninguna gota logré derramar, pues ya había llorado bastante. Continué mi andar temeroso, y al cruzar el umbral de la habitación, cuatro cirios consumidos con sus diminutas y tristes flamitas aleteando al viento me dificultaron mirar. Encendí la luz y me acerqué al féretro ciñendo con fuerza el borde de un color oscuro aterciopelado. De frente a ella, no pude evitar emitir un profundo suspiro al contemplar su tersa piel y finas facciones brillar con coloridos reflejos, un perfecto arco iris producto de los candiles. Inicié un recorrido con una mirada alerta el cuerpo inerte de Cyrielle y sin causa aparente me detuve en su escotado pecho sintiendo una agradable excitación. Ignorando el tiempo observé deleitado, después, tomé con mi titubeante mano derecha el fondo de su vestido violeta de luengos pliegues, y al subir lentamente el atavío rozando mis dedos contra sus torneadas y suaves piernas, sentí un escalofrío singular. Súbitamente, ignorando mi conciencia tomé con mis brazos el flácido cuerpo sacándolo de su celda mortuoria. Corrí de prisa hasta lo que fue una vez nuestro jardín secreto y junto al viejo olmo ornado de flores, bajo la observación de las candentes estrellas, arranqué sus prendas sin vacilar. En mutua desnudez, incapaz de contener mi lujuria, sin fe ni temor de Dios, tomé el cadáver hasta sodomizarlo. Al terminar, no presenté ningún remordimiento, de lo contrario, me sentí totalmente liberado. Algo fuera de este mundo.

A los pocos días del entierro, fuertes deseos de posesión carnal hacían turbulentas mis noches. Fui a recorrer varios prostíbulos fuera del pueblo para evitar rumores y lograr tranquilizarme, pero la sensación no era nada semejante a lo antes experimentado. Así que, con cierta desconfianza, al depurarse la mañana del rocío, me dirigí al camposanto municipal y con un buen soborno en monedas de oro, logré llegar a un acuerdo con el muertero. El arreglo era simple, el velador me dejaría ver cada día en casa, el obituario del panteón en donde venía información detallada de las personas que serían enterradas. Toda esta novedad me producía una emoción estimulante.

Mi vida transcurría apacible mientras lograra satisfacer mis excesos, seguí atendiendo el prospero negocio de medicamentos y cada domingo sin falta pasaba la tarde entera en los cafés de los portales del pueblo, observando a las joviales señoritas coquetear en el kiosco de la plaza. Pero cuando escaseaban las difuntas, siendo lo más común en un lugar con unos cuantos miles de habitantes, la ansiedad me desquiciaba. Para poner fin a ello, me aproveché de mi buen nombre y mis dotes de galán para acercarme a las indefensas jóvenes, seducirlas con palabrería absurda e invitarlas a tomar un agua fresca, o en su caso, a las más desenvueltas ofrecerles un aromático café con su respectivo vaso de leche. Avanzada nuestra agradable tertulia aguardaba el momento ideal para atacarlas a su vanidad. Las tomaba de las manos y con una voz cálida les aconsejaba ir al tocador a sonar su nariz. En el momento de su ausencia, sin perder ni un instante aprovechaba para vaciar dentro de la bebida un poderoso veneno a base de digitalina que gracias a mis profundos conocimientos de botánica y química había perfeccionado. Una vez ingerido el polvo de fácil disolución, a las cuarenta y ocho horas aproximadamente hacía efecto en la víctima, ocasionando un instantáneo cese brusco de la función del corazón y de la respiración, con ello la muerte. La pena me embargaba por desperdiciar la vida de futuras promesas pero mi obsesión mórbida era mayor.

Varias mujeres perecieron en un corto periodo de tiempo, lo que despertó la preocupación de los habitantes de la ciudad. De ahora en adelante la prudencia y el cuidado imperarán -Me decía cada mañana al verme en el espejo-.
Mi fausta situación no duraría por mucho tiempo, pues a pesar del cuidado sistemático en el proceder, la dependencia de un tercero causaría la desgracia.
Mi última víctima, Victoria Kurse, hija de un acaudalado comerciante inglés, de acuerdo con la información escrita en el libro de entierros, sería sepultada un día después de la fecha en que yo regularmente exhumaba los cadáveres. Las cosas sucedieron así de simple, el muertero, un bruto bebedor empedernido, cometió la terrible falta de equivocar la fecha del sepelio de la joven en la bitácora en una de sus muchas borracheras. ¡Que fatalidad!

Visité el cementerio esa madrugada lúgubre, escarbé la sólida tierra con total tranquilidad y logré rescatar de la penuria el cuerpo fresco y luminoso de Nana; la dulce Annabel. Vestida con un corpiño tan blanco como la pureza de la joven. Chorreando de sudor, jadeante, con los brazos ciñendo el esbelto cuerpo, la posé sobre el cálido césped. Mi respiración se oía entrecortada y anhelante. Con mis manos ardientes la desvestí, acaricié sus muslos y su torso, succioné sus tiernos y pálidos pechos con delicada sutileza y besé con frenesí su muy pequeña boca con su labio inferior saliente y bondadoso. En un paroxismo total, me entregué a la inconsciencia y con ello al profundo sueño.

Un fuerte golpe en la cabeza me hizo despertar, al hacerlo, la alterada muchedumbre con trinches y palas en mano me cercaban el paso. Gracias a la presencia de la autoridad, me libré de ser linchado. Me encarcelaron, posteriormente, atando cabos entré en razón. La justicia junto a la ardida muchedumbre interrumpió en mi hogar en donde encontraron el pequeño diario donde narraba con detalle la selección de mis víctimas: el acercamiento, la exhumación y mí esperada consumación. El día de la audiencia, así terminaba la sentencia del juez:

“…por causar la muerte de más de una mujer y faltar a la memoria de los muertos, habiendo violado los sepulcros y profanar más de un cadáver abusando de ellos. Y por ofender el recato del alma y el pudor del cuerpo. Esta justa corte lo condena a la pena capital.”

Después de reconocer ante Dios, la sofocante urbe se abría paso hacia la explanada. Mientras yo, inerte bajo los ásperos maderos, veía el mimbre verderón de los canastos. El murmullo ya se hacía una voz estruenda, la multitud había llegado al caos: maldiciones, befas, insultos y aullidos de la más pura barbarie. Guiados los presentes por la batuta de la muerte, al unísono se oía esta perenne petición: “¡guillotina, guillotina, su suerte!” De reojo vi un obeso hombre con un negro y puntiagudo capuchón jalonear de un mástil. Después…

Lucinda Altamirano: La invitada incómoda




LA INVITADA INCÓMODA

Somos no precisamente de las primeras familias. Ni de las de alcurnia, ni de las de
entrando por la carretera como diría mi madre. Más bien somos clase media. Eso sí,
clase media tirándole a tres cuartos. Tanto mis suegros, como mis amados padres,


fueron de buena cuna. En el primer caso, el apellido de mi suegro, en verdad llegó a
sonar en las altas esferas de la sociedad torreonense y vaya que gozó su tiempo. Junto
con mi suegra, dieron a luz a siete hijos. Yo me quedé con “el chiquillo” o con “la otra t
tapa del sándwich”, como suelen decirlo. El hecho es que la buena fortuna de la familia
no llegó a sostenerse tanto tiempo. Así es que mi querido esposo terminó su adolecen-
cia de una forma mas modesta. Por mi parte, la historia es un poco diferente, mis padres
engendraron seis hijos, yo, la quinta. A la vuelta de los años diría que nunca me faltó
nada, sin embargo, mi hermano Héctor, el sexto, siempre alude a que de chicos èramos
pobres y que después se compuso la cosa. Lo cierto es que papá con su obsesión de
darnos a toda costa la mejor educación, siempre trabajó como burro para mantenernos
en colegios de paga. Que ironía! Pero una vez terminado el bachillerato, los primeros
cinco, escogimos la honrosa UNAM conscientes de los gastos que la Universidad impli-
caría para mi padre. El único que exigió una privada y de las mas costosas fue Héctor, el
pequeño… granuja diría hoy. En fin, la buena cuna también la tengo. Si es que a eso se
le llama correr con la suerte de que tus antepasados fueran de renombre y posición
social aunque hoy por hoy no sea una realidad para ninguno de los dos. Lo cieto es que
las buenas costumbres y los buenos modales si que se nos quedaron.

Corría nuestro octavo año de feliz matrimonio. De dos, habíamos pasado a ser cinco,
mas Pérsico, el perro pastor alemán de la familia y la imperante felicidad del hogar:
Tere, una chica menuda que desde hacia 3 años me venia haciendo la vida agradable.
Era chacha, nana, secre y compañera fiel de todos los deberes caseros, menos uno, claro
está. Nunca olvidaré la cara de mi marido, cuando insistente en encargar nuestro tercer
hijo, yo hice una forzosa pausa y dije: - necesito preguntarle a Tere si seguiria conmigo
en caso de un tercer bebé.
Una linda casa en un condominio horizontal era nuestro hogar, amueblado poco a poco
a base de esfuerzo. Con muebles sencillos y agradables a excepción de nuestro flaman-
te comedor, una pieza única adquirida a plazos de la exclusiva mueblería del primo .
Arturo de Torreón. Un comedor redondo de madera de cedro para ocho personas con
una hermosa base finamente trabajada y una elegante vitrina.
Cierto día llamó por teléfono a mi marido Fernando, un gran amigo de esos “ a gusto”
cero complicado y divertido. Recuerdo que hasta para comer era el más feliz con un
bistec y papas a la francesa. Entrados en la plática, mi esposo lo invitó a cenar como
otras tantas veces. No había problema en consultarme, por supuesto, dado que me caía
perfecto y le podría abrir en cualquier momento una lata de atún. Sólo que ésta vez fue
diferente. Mi marido llegó entonces con la noticia de la cena bajo un raro gesto: habría
una invitada mas. La susodicha era, a decir de Fer, un magnífico prospecto, dado que
comenzaba a cansarse de su soltería. Mas cuando mi marido le sugirió nuestro
acostumbrado menú , sencillo e instantáneo, con la confianza de nuestra gran amistad,
Fer atinó a decir que ahora si me tomaría la palabra en aquello de degustar mis mas
deliciosos manjares. Obviamente, con 3 hijos pequeños, negocio casero y perro que
atender, no me distinguía precisamente por ser una experta en cuestiones culinarias. En
fin, quedamos más que comprometidos a apoyar a nuestro querido Fer en su nuevo
romance. La aguda curiosidad de mi marido me proporcionó importantes datos sobre la
invitada incómoda. Fer le había dicho que era egresada de la universidad Anáhuac, niña
¿bien ves? y algo seria. Eso si, poseedora de los apellidos mas rimbombantes que hubiese
podido escuchar. Claro que entré en pánico, ¿Qué decoroso menú le podría ofrecer a la
susodicha?. Afortunadamente faltaban ocho días. Tendría tiempo para planearlo bien.

Como sui fuera caído del cielo, nuestros vecinos Jean Louis y Caro, decidieron antes,
invitarnos a cenar. – Algo sencillo- dijo Caro – a Jean Louis le gusta cocinar-. El caso es
que la cena con nuestros vecinos fue de lo más sabrosa, sencilla y chic. Claro, los
tres elementos necesarios para impresionar a mis cercanos invitados!- pensé. Jean Loui
había fileteado exquisitos trozos de mar y tierra: huachinango, robalo, pibe angus y NY
steak. Además, había preparado una ensalada de frescas lechugas con tomates cambray,
queso de cabra y aceitunas negras. Tres, eran los diferentes aderezos que combinaban
tanto con los filetes como con la ensalada. Una mesa bien puesta, vino tinto y blanco, y
en medio una singular parrilla que enendía a base de dos mecheros, así cada quien podía al centro, sobre la parrilla, elegir el termino de cocción de sus filetes, ni mandado a hacer, pensé. Más pronta que perezosa, rogué a Caro, me prestara su maravillosa parrilla, para mi comprometida cena. Se llegó el día. Todo parecía estar en orden, bueno casi todo, pues tuve que prescindir de mi Tere por cuestiones de salud. Se acercaba la hora de la cita, niños dormidos. Mesa puesta. Aliñados anfritiones.




Sólo faltaba el detalle de llenar de alcohol los mecheros. Al hacerlo, ya un poco estresada,
derramé un poco hacia los bordes y lo limpié con una servilleta.

La chica era bastante pesadita, casi no hablaba. Su inquisitiva mirada, reparando en cada
detalle, ya me tenía nerviosa. Afortunadamente, la simpatía de Fer, la sangre liviana de
mi marido y mi afán por que salieran bien las cosas, hacia menos cargada la atmósfera.
Llegada la hora de la cena, me dispuse a traer del refrigerador los famosísimos filetes,
acomodé sobre el plato de cada comensal dos de carne y dos de pescado. Finalmente y
después de motivar a que cada quien asara su porción a placer, procedí con singular
presunción a encender los mecheros, que al contacto mismo con el fuego provocaron
una llamarada de tales dimensiones, que en centésimas de segundo tenía sobre mi
hermosa mesa de cedro la más increíble de las fogatas. Atónita y paraliza de frente al
hecho, sólo atiné a escuchar que mi marido me decía: Ve por agua! Ve por agua!.
Acto mismo, Fer, que tenía frente a sí su cuba, sin pensarlo más, la derramó al centro
avivando aún más las llamas. Para cuando hice presencia con mis cubetitas de agua,
todas las bebidas al alcance, incluida una coca cola de litro y medio habían sofocado el
fuego. Fer y mi esposo comenzaron a hacer chascarrillos sobre lo sucedido. Yo sólo
pensaba en mi mesa y en el oso, por supuesto. La invitada, ahora sí de plano
enmudecida, sólo tuvo a bien hacer un último comentario:

-Pues… podríamos pedir unas pizzas.







Lucinda Altamirano. junio / 2009

Lilia Ramírez: La jarra limonada



La jarra de limonada

Desde que tuvo edad para hacerlo, Adela disfrutó el arte de endulzar. Endulzaba el agua contenida en una antigua y enorme jarra decorada con diminutas guirnaldas de color azul pastel y le exprimía limones verdes y jugosos que cortaba del patio de su casa. La jarra con limonada la colocaba dentro del refrigerador, hasta que recipiente y contenido se enfriaban deliciosamente. Tarde a tarde, repetía esta especie de rito al regreso de la escuela primaria. A esta afición fue agregando otras actividades semejantes: después de cumplir con sus tareas escolares, preparaba salmueras avinagradas para curtir chiles, zanahorias, cebollas, ajos, pepinos y cualquier vegetal disponible en la cocina. Disfrutaba así mismo al hacer todo tipo de extractos naturales: café, jamaica, clavo, canela, carne. Por la noche, para la merienda, mezclaba deliciosas semillas tostadas de cacao con leche caliente, o preparaba aromáticas infusiones de hojas de naranjo, vainilla y tila para que los adultos conciliaran mejor sus sueños.
Cada primer viernes del mes de marzo, venía acompañado de la felicidad inmensa de colectar hierbas medicinales para preparar cierta receta tradicional: una vez dispuestas las hojas, tallos, flores o raíces en frascos, añadía alcohol de caña. Emocionada esperaba ver cómo, días después, la solución iba tomando el hermoso color de la clorofila: al inicio verde esmeralda, al cabo de algunas semanas, café verdoso, señal de que el producto estaba listo para ser usado en diversas formas: desde fricciones inofensivas, hasta cucharadas embriagadoras por la alta concentración de etilo.
Las prácticas de laboratorio en la secundaria le abrieron horizontes inimaginables: por ejemplo, mientras los cristales de cloruro de amonio enfriaban el matraz y lo cubrían de una capa de sudor, el ácido sulfúrico lo calentaba tanto, que era indispensable usar guantes aislantes de asbesto. Significaba una poderosa herramienta conocer los profundos enigmas de estas misteriosas sustancias. Las mezclas ofrecían gran variedad de colores, olores, densidades; diversas escalas de acidez, polaridad y tensión superficial, así como otras innumerables propiedades, y no tardó en descubrir que con ellas, podía influir en los seres animados, moviéndose por los diferentes grados de una escala con dos polos: cultivarlos o exterminarlos, ya fueran microorganismos, plantas, animales superiores, cuerpos de agua, atmósferas, fauna marina o aérea, gusanos, caracoles, lagartos, mohos, abejas, langostinos y cuanto ser vivo sea posible imaginar. En resumen, dos potencialidades: reproducir o aniquilar. Adela, fascinada por esos conocimientos, escogió la profesión de química.
Desde luego, se graduó de la universidad con honores, gracias a una tesis que demostraba el proceso por el cual, era posible disminuir los tiempos de extracción si reducía al máximo el tamaño de las partículas, es decir, al subdividir la sustancia a extraer, en partículas llevadas a su mínima expresión, la disolución sería instantánea, siempre y cuando las condiciones de temperatura, fueran las adecuadas. La brillantez de tal tesis, fue comprobar que el proceso contrario, o sea la recuperación del sólido a partir de la disolución, era más fácil cuando las partículas habían llegado a su menor tamaño y la temperatura se aumentaba. Este proceso de invertir la temperatura fue el que más dolores de cabeza le costó, hasta que logró representar el fenómeno a la perfección con un modelo matemático. La fama que adquirió por tan sobresaliente tesis, le abrió las puertas del ramo farmacéutico, que por aquél entonces, no se había saturado de las tecnologías que después entraron en moda: sintetizar moléculas orgánicas. Por los tiempos en que terminó su carrera, esta industria todavía estaba interesada en obtener de las plantas sus componentes para preparar medicinas naturales.
Adela seguía siendo una estudiosa, el éxito no le había cambiado su rutina y continuaba haciendo experimentaciones, sólo que ahora en lugar de consultar libros, los escribía, dando a conocer a sus colegas, sin asomo de egoísmo, teorías, postulados, técnicas, ecuaciones y axiomas del universo de las disoluciones. Las contribuciones tecnológicas que fue aportando a la firma que la contrató, se convirtieron en rápidos ascensos; se reprodujeron las conferencias en centros de investigación; las entrevistas, en televisión y prensa. La comunidad científica quería saber cuáles eran los últimos secretos que había acumulado a través de tantas horas de trabajo y estudio. Ni qué decir de la mejora que las medicinas presentaron por aquellos años, incluso se presumía del auge económico de su país, que multiplicó las exportaciones y observó una mejora en el sector salud, que no se había dado en décadas anteriores.
Habiendo agotado los descubrimientos sobre seres vegetales, volvió sus ojos hacia los insectos: por citar alguno, permítase describir el resultado de experimentos realizados con chapulines vivos del mercado de Oaxaca: tales bichos fueron sometidos a una estufa para quitarles la poca humedad inherente y con eso, se salvaron de entrar vivos a las retortas, en las cuales, ya sin dolor, fueron extraídos sus aceites esenciales con hexano. Esta mezcla, una vez evaporado el hidrocarburo, resultó muy buena para controlar a los chapulines cafés que crecen con desafuero en los viveros: esparciendo el polvo en el piso, los insectos no volvieron a comerse los tiernos brotes de exóticas orquídeas y carísimas gloxíneas importadas.
Adela seguía haciendo anotaciones, cálculos, teorías, editando libros, dando conferencias y todo lo relacionado a la actividad científica, de la que ella era parte muy importante. Agotado todo lo que estaba al alcance, en cuanto a solventes y sustancias extraíbles de los reinos vegetal y de los insectos, tenía ahora que dar el gran paso, el experimento maestro, la pieza clave que acabaría por demostrar de la manera más grandiosa su brillante teoría, o en su defecto, echarla por tierra: encontrar la manera de disolver y recuperar un cuerpo humano.
Por semanas, acarició esta idea convencida de que la Diosa Fortuna la acompañaría, pues sólo triunfos había conocido en su larga y notable carrera profesional. Un solo problema existía: noche tras noche se preguntaba cómo haría para proponer tal idea a sus superiores en los laboratorios, pues ¿quién se prestaría para ser el sujeto de tal experimento? Desde luego que lograr y controlar tan magnífico proceso, podría convertirlos en multimillonarios al revolucionar la industria del transporte humano, por citar sólo una de las posibles aplicaciones.
Estas cavilaciones, la seguridad de no fallar, y su amor a la ciencia (encima del gusto por el dinero), hicieron que tomara una decisión trascendental: haría la prueba en su propio cuerpo. Lo sometería al proceso de desintegración de sus partículas por un breve momento, justo el lapso que durara la evaporación espontánea del solvente, cosa que por otro lado, no confiaría a ningún ser viviente. Emplearía una sustancia volátil a veinte grados centígrados, temperatura por debajo de la ambiental en esa época del año. Era verano, y en lo que iba del mes, según indicaban minuciosos registros tomados en la hoja del calendario, ésta no había descendido de veinticinco centígrados ningún día. A pocas horas de iniciado el proceso de desintegración, reaparecería de la solución vivita y coleando, con la maravillosa experiencia de haberse reducido a tamaño de moléculas, sin daño alguno a su humanidad.
Decidió hacer el experimento en casa; no quería exponerse a la contrariedad importantísima de interrumpir el calor que debía recibir la solución de ella misma, durante el delicadísimo proceso de ser rescatada de la subdivisión infinitesimal. En el laboratorio, alguien podría, debido a la estación veraniega, prender el aire acondicionado y echar a perder todo el experimento.
Esa mañana, las cosas marcharon bien, por increíble que parezca, toda ella cupo en la vieja y legendaria jarra, en la que de niña, preparó la limonada cada vez que regresó de la escuela primaria. Este fue el recipiente de vidrio más grande y seguro que encontró en su casa. Para el mediodía, la enorme jarra lucía, en el interior del refrigerador, diminutas perlas de sudor bañando sin disolver, a las breves guirnaldas azul pastel.

Norma Nash Campos: La que murió de amor



LA QUE MURIO DE AMOR


Su vida se iluminaba cada vez que él iba a llegar, con brillo en sus ojos decía ¡huele a él, Lidia sabía que era un amor prohibido, repetidamente le comentaba a Lola y Mayra, sus amigas de toda la vida; ¡lo amo tanto que no se que sería de mí si lo pierdo, prefiero morir a vivir sin él.; y si llegara a enterarme que me engaña con otra lo perdonaría; haría de cuenta que no sé nada, que todo es habladuría de personas mal intencionadas que quieren separarnos, ¡primero muerta a perderlo!. Oye Lola pregunta Lidia ¿crees que alguien sospecha que hay algo entre Mario y yo? ¡Quién sabe! le contesta Lola, yo no he oído rumores, pero si he observado que cuando entras a la iglesia algunas vecinas tuyas se intercambian miradas maliciosas y se ríen; entonces si sospechan algo; ¡bueno y si así fuera qué!, le dice Lola, seguro te envidian porque el se fijo en ti, cuantas de nosotras no desearíamos tener un galán como Mario, yo, porque cuando el llegó al pueblo ya estaba casada, sino te lo hubiera ganado amiga, acuérdate que fui yo quien organizó su fiesta de bienvenida. ¿Cómo se entero que yo era viuda?, pues la boca floja de Mayra se lo dijo, cuéntame todo le insistió Lidia ¿él le pregunto por mí?, como es que a tres meses de haber llegado se haya acercado a mí. ¡Bueno! no te hagas la ingenua le dice Lola; tú lo invitaste a tu casa a tomar el café, le debe haber gustado tus modales, ¡tu eres muy fina!, y además se ha de ver dado cuenta de cómo vives, de todo lo que te dejo tu difunto marido, y, con eso de que no tienes hijos; ¡que mal pensada!. Me intrigas le dice Lidia. Oye Lola; ¿crees que este conmigo por interés? le pregunta a Lidia, ¡ hay amiga! yo no sabría que decirte, tu sola tienes que averiguarlo. ¡Pero! como puedo darme cuenta, ya se, le voy a decir que todos mis bienes los voy a poner a su nombre, que él será mi único heredero, y que es una manera de agradecerle todo el amor y afecto que me ha demostrado:; y como esperas que funcione esto le dice Lola, ¡ah pues tonta! Si no esta interesado en mi dinero, inmediatamente me va a decir que no está de acuerdo con esta decisión y que no acepta, jajaja ríe Lola, que ilusa eres, ¡ojala te funcione! ; a propósito ¿va a venir esta noche? Claro que sí amiga, como todas las noches, entonces te deseo suerte mañana me cuentas.
Cada noche Mario llegaba sigilosamente a casa de Lidia a la media noche, y en la mañana apenas iniciaba el día se retiraba, ¿crees que alguien te vea salir? ,le pregunto Lidia no te preocupes le dijo él, ¿te has enterado de algo? le pregunto, sí le contesto ella, ¿dime que supiste?, le insistió, un poco apenada le dijo, me contó Lola que ella ha visto que cuando entro a la iglesia algunas vecinas se intercambian miradas maliciosas y se ríen, ¡no te preocupes mujer, esas se confiesan todo las semanas, ya me hubiera enterado de algo!. Lo que dices me tranquiliza, entonces no tengo porque preocuparme; me quitas un peso de encima le dijo Lilia, y se despidieron…
Por la mañana apenas comenzaba el día cuando tocaron a la puerta en casa de Lidia, era Lola que curiosa por saber que había pasado la noche anterior no disimilaba su actitud morbosa; ¡y cuentéame amiga que paso! ¿Está contigo por puritito interés o no?, Lidia le contesto, tenias razón amiga sólo esta deslumbrado por lo que tengo, no siente amor por mí; ¿que te dijo para que pienses así?, pregunto Lola; Lidia muy triste y casi sollozándole comento; Mario dijo, que si esa era mi decisión él la respetaba, y que aceptaría mi gran generosidad. Que tonta he sido, que tonta he sido… repetía Lidia pero que hago ahora, ya no puedo estar sin él, pero ni modo ahora le haré creer que todos mis bienes serán suyos ; solamente de palabras , así lo conservaré a mi lado., ¡haya tu amiga! dice Lola y se despide. Lidia empieza a sentirse enfermar repentinamente, como si el destino le jugara una mala pasada, los médicos desconcertados por la forma tan drástica y repentina en que había enfermado no sabían qué hacer, sólo su amiga Lidia permanecía a su lado. Lidia imaginaba a Mario a su lado, decidió a que todo el pueblo se enterara de su romance prohibido, ya no pienses en él amiga ahora lo que importa es que te pongas bien le dice Lola. Lidia debilitada por la enfermedad estalla en ira y ahogada en llanto grita ¡ ya para qué quiero tener salud y vivir si no lo tengo aquí conmigo!, siempre te dije que prefería morir a estar sin él, desde que murió mi marido nadie había sido tan amable conmigo como lo fue él. Lidia perdió la batalla contra la rara y extraña enfermedad. Mario nunca volvió a visitarla. El día de su funeral él oficio la misa de cuerpo presente ante las miradas maliciosas y la ironía de las vecinas.















lunes, junio 29, 2009

Nancy Alejandra Ortiz Ochoa: Votar o nulificar, esa es la cuestión



Votar o nulificar, esa es la cuestión...

Por Nancy Alejandra Ortiz Ochoa, Socióloga y Educadora



Últimamente se ha desatado toda una “polémica” (por no decir montaje) alrededor del voto nulo. Después del fraude del 2006 yo he votado nulo como medida de protesta contra el IFE principalmente. Sin embargo esta campaña tan publicitada me ha hecho reflexionar lo siguiente:El Voto nulo ya es útil, pero para dividir a la izquierda y clase media.Las clases gobernantes siempre han inventado estrategias para causar cierto efecto en la sociedad. Los Industriales del siglo XIX inventaron el concepto de ama de casa y con ello el sexismo para dividir y entretener a la clase trabajadora. Así, mientras hombres y mujeres se internaban en una guerra de sexos, los empresarios no otorgaban derechos laborales. Divide y vencerás es una máxima que se ha aplicado a lo largo de la historia.Nunca una buena idea ha sido tan bien acogida por los medios de comunicación.Hay cosas que están disfrazadas de buenas ideas, pero todas tienen intenciones ocultas, por ejemplo: La fundación Vamos México resultó ser un negocio de Martita, el Teletón es otro negocio y sirve para evadir impuestos, las marchas blancas contra la violencia sirvieron más para golpeteo político que para disminuir algo. El voto nulo está disfrazado de idea de izquierda, pero la realidad es que los más beneficiados serán PRI y PAN.El voto Nulo es una idea buenísima, pero de la derecha. Intelectuales al servicio del poder son los principales promotores del voto nulo, ejemplo: Héctor Aguilar Camin (que defiende todas las políticas neoliberales y está a favor de la venta de PEMEX) Germán Dehesa (quien promovió el voto por Fox, después por Calderón y las marchas “blancas”) Leo Zuckerman (quien siempre ha estado en contra de la Izquierda) y Gabriel Hinojosa Rivero (ex alcalde y primo de Calderón) entre otros derechitas.Si el voto nulo fuera una verdadera amenaza para el PRI o para el PAN no saldría en Televisión.Hay empadronados aproximadamente un 70% de la población, de ese 70% va a votar alrededor de un 30 o 40%, se estima que el voto nulo represente un 4% de los votantes ¿Ustedes creen que realmente el voto nulo representa una amenaza? obviamente no, la democracia es clara, gana quien más votos tenga, y se gana o se pierde con un solo voto. El voto nulo es eso, un voto que no cuenta.El voto nulo sólo es amenaza para los partidos pequeños.Para los que no tienen una estructura electoral “sólida” como la del PRI o la del PAN (que está basada en el voto duro, compra de votos, coacción del voto, etc.) El voto nulo sólo amenaza a los partidos de izquierda, pues su electorado es el único que se plantea la posibilidad de castigar a sus partidos.El principio filosófico del voto nulo es bueno y puede funcionar en otros países que lo tienen regulado.Pero en México nuestra realidad es muy diferente. Nuestras clases gobernantes son ¡cínicas!, si no les ha importado el abstencionismo del 60%, marchas multitudinarias, cierre de calles, fraudes comprobados, etc. ¿Qué nos hace suponer que el voto nulo los va hacer reflexionar? creerlo es como suponer que a la clase política gobernante le interesa nuestro punto de vista. Los partidos jamás se pondrán la soga al cuello. Los partidos grandes están proponiendo el voto nulo para nulificar a los partidos pequeños y al final tener una “democracia” como la de Estados Unidos, donde sólo se van alternando el poder dos partidos que resultan ser muy parecidos.El Voto nulo es otra estrategia publicitaria de la clase gobernanteEn el 2000 fue voto útil (que resultó bien inútil).En el 2006 fue el peligro para México (y el peligro resulto ser quien señalaba al supuesto peligroso).En 2012 será el voto en blanco (resultará ser una artimaña más para dividir y mantener a los mismos en el poder).Votar es un derecho que costó sudor y sangreNos falta mucho para tener una verdadera democracia, pero la democracia no se ejerce sólo yendo un día a votar así sea por un partido o votar en blanco, sí realmente queremos que algo cambie debemos comenzar con ser más participativos. Los partidos políticos están gobernados por malas personas porque las buenas personas prefieren quedarse en casa y no participar activamente. Las buenas personas no quieren tomarse la molestia de ir a una protesta, no se toman la molestia de denunciar, de exigir o reclamar. Si queremos que esto cambie, lo que tenemos que dejar es la apatía, no nuestra boleta en blanco.

Gabriel Fuster: Thriller




Nadie estaría dispuesto para una segunda mano de mitos y mitotes, excepto por los niños que se traen y nos vuelven a la infancia.
-Michael Jackson sí quiere a todas sus admiradoras -comenté una noche a la hora de cenar -pero siempre conserva un sentimiento especial para aquellas que comen su chayote.
Su fiel devota se tragó mi historia fácilmente, además del chayote.
-¿Sabes por qué Michael Jackson ahora es blanquito? -dije al siguiente día en el desayuno -¡pues porque toma grandes cantidades de leche!
Su fan de escasos seis años me muestra una enorme sonrisa entornada de bigote líquido. El problema posterior es qué demasiado énfasis sobre Michael Jackson también ejerce una presión invulnerable en contra de mí.
-Papá, si sabes tanto de Michael Jackson...¿por qué no me llevas a su casa?
-Me gustaría, pero lo malo es que él vive en Estados Unidos...
-¡Pues vamos en el coche!
-¿Y qué le vas a decir cuando lo veas?...¿Gracias por ayudarme a conocer los chayotes?
-No, yo creo que me desmayaría...
-Bueno, no quisiera que te pasara eso...
-Es un decir, papá...no me desmayaría de deveras, pero sí me pondría loquita.
-Tampoco me basta. Yo quiero que mantengas todo tu sano juicio para que, cuando pasen de moda sus discos, te comas tus chayotes...
Tengo el uso del cinturón, pero mi papá tampoco me pegó. Como el agresivo abogado que solía ser, él se levantaba de la mesa y decía con sutileza draconiana: “¿No te vas a comer ese bisteck de hígado? ¡Muy bien, en este instante le voy a hablar a Donato Meza, a la Inspección de policía, para que mande unas patrullas por ti!”. Al ver girar el disco del teléfono, ya me imaginaba la escena inmediata: varias patrullas rodeando la casa y un oficial indicando con un alto parlante, “¡Niño, sal con las manos en alto!”. Este tormento mental terminó, el mismo día que me compuse de valor y contesté: “¡Beat it!”.
La dialéctica, aún repetida como disco rayado, nunca será verdad.

(tomado del libro GOO GOO GOO JOB, a modo de homenaje)

Tres interpretaciones sobre un cuadro de Edward Hopper



Los tres cuentos aquí incluidos pertenecen a los alumnos que actualmente toman el Diplomado en Creación Literaria que imparte la Universidad Veracruzana, región Veracruz a través de la Sala de Humanidades de la Universidad Nacional Autónoma de México. El Diplomado se desarrolla en forma virtual y abarca, aparte de la ciudad de México, las cinco regiones de la UV. La tutoría del primer Módulo (Cuento) está a cargo de la escritora, Mtra. Mónica Lavín.
He aquí, pues, una muestra de los trabajos realizados bajo esta modalidad.




Gabriela Velázquez: Reunión de Café

Sentada frente a mí, María luce pálida, no veo sus ojos porque los cubre el sombrerito estilo Greta Garbo que lleva puesto. Creo que está nerviosa, porque aunque no puedo verlos, mantiene los brazos debajo de la mesa; siento el tamborilear de los dedos sobre las rodillas.
María siempre ha sido mi mejor amiga, y acudí al café en cuanto me llamó. Supuse que algo le sucedía porque desde que escuché su voz al teléfono parecía que rompería en llanto. No sé si era por la furia o por la tristeza. Sé que era un quejido, porque casi no se escuchaba, pero me pidió que la encontrara en el Café Nisey; nuestro punto de reunión cuando ella era soltera y las dos soñábamos con ser famosas bailarinas. Siempre llegó antes que yo al café, aunque esta vez creo que me llamó desde allí. Vi su chamarra de gamuza colgada del gancho detrás de la mesa que ocupábamos siempre. Nuestra mesa preferida al lado de la ventana.
Ahora la tengo de frente, silenciosa, me parece más pálida y delgada que de costumbre. Quiero extender la mano para transmitirle mi afecto, pero no lo logro, me detengo a juguetear con un platito que tengo enfrente. Su nerviosismo me altera, pienso en las veces que su fastidiosa sonrisa me molestó. Ahora no sonríe.
Espero a que hable, el silencio es pesado. Sus labios color carmín parecen querer abrirse, pero se mantienen cerrados.
Me atrevo yo, porque no aguanto más y se lo digo de golpe
-Tienes razón, tu marido te engaña. Conmigo.




Alberto Navarro: Complot

Sophie, se encuentra con Isabelle en el café de la esquina, para mostrarle a esta última quién es el hombre a quien debe seducir y asesinar, y de esta forma liberar a Monique, quien se encuentra al fondo, dialogando con Albert, hombre de intachable reputación y cuyas horas de vida están contadas.

Alejandra Ferreiro Pérez: Un cuerpo quebrantado

El cuerpo de Lucía mostraba el estupor que le había provocado la noticia. Su hermana, luego de una breve e intrascendente charla, le había comunicado su decisión: abandonaría su exitosa carrera de bailarina para iniciar una larga travesía por el Oriente. Sentadas frente a frente en el café en que solían encontrarse cada semana para intercambiar sus andanzas, con voz pausada y tranquila, Carmen intentaba compartir con su hermana las razones de su sorpresiva resolución; sin embargo, Lucía parecía no comprender, pues no dejaba de mirarla atónita y muda. Al concluir su explicación, Carmen comenzó a jugar con una cucharita, mientras esperaba ansiosa alguna respuesta. Luego de unos minutos, el silencio empezó a perturbarla y, de pronto, un irrefrenable llanto interrumpió el mutismo que imperaba. Con una voz de ahogo y entrecortada Carmen finalmente repetía la sentencia que unos días atrás le había dado el médico: no podría bailar más. Su bellísimo y expresivo cuerpo que había cautivado a muchos, estaba siendo carcomido: el cáncer había invadido sus huesos.

martes, junio 23, 2009

Genaro Aguirre Aguilar: Entre el ver y el escuchar un concierto


Entre el ver y el escuchar un concierto

No sé si tenga más que ver con las trampas de la memoria o el simple acto de gozar para reconocer en ella una experiencia que -al cabo de los años- cuando trato conducir y dar sentido a lo que escribo, se revela sonriendo. Y en verdad, no es un juego argumental sino más bien el lugar a donde se remiten los recuerdos cuando quiero reconocer la primera vez que escuché un concierto en vivo. Sí, según yo, fue de la mano de las Estrellas de Fania.
Eran tiempos de adolescencia, de aquellos días cuando un año demoraba tanto, por una simple razón: alcanzar el final tenía más que ver con la suma de los días y no tanto por las quincenas, como solemos hacerlo en la edad adulta. Quizá también porque fue uno de los pocos «Día último» cuando en casa vimos despuntar el amanecer en medio de la bullanga provocada por una canción que se repitió hasta el hartazgo: Bemba colorá, interpretada por Celia Cruz en aquel viejo acetato llamado Fania all Star live at Yankee Stadium (producido por Jerry Masucci y Larry Harlow), y a través del cual no sólo vivíamos el acto regocijante del baile (aun cuando debo decir que para aquel entonces sólo veía), también solíamos recrearnos en una atmósfera sonora capaz de desbordar la imaginación para trasladarse hasta allá y ser parte de esa comunión musical.
No quedaba de otra, alcanzar a esos artistas sólo era posible vía aquellos discos, junto a los cuales se experimentaba un tipo de viaje que iba del simple escucha a la definición de un tipo que aprendió a conducirse por caminos diferentes. Pues bien, tras el camino andado y otros senderos recorridos, la apropiación de tales propuestas discográficas nos llevan hasta el presente, especialmente a la manufactura de un texto que busca decir algo más del último disco de concierto que hemos adquirido.
Y es que es fácil reconocer en el mercado musical una importante cantidad de material puesto a la orden del consumidor: de los Tigres del Norte a Miguel Bosé, muchos años antes, tuvieron que pasar los llamados discos «En vivo», los Unplugged o «En directo» de FANIA o de SAR all Star, de Celia Cruz, de Gilberto Santa Rosa, de Víctor Manuel (en el caso de la música salsa), hasta dar con las producciones de Juan Gabriel, Hernaldo Zúñiga, Mijares, Yuri, Sentidos opuestos, Vicente Fernández, Arjona, José Luis Perales, Roberto Carlos, el TRI, Shakira; así como los de Sabina, Miguel Ríos, Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel, Ismael Serrano, Luis Eduardo Aute, Silvia Rodríguez, Alberto Cortés, entre muchos otros que desconozco pero que andan circulando por allí.
Sin duda, todos juntos han contribuido a generar una experiencia diferente en el escucha, pues si bien nunca será lo mismo estar «en vivo y en directo», también es cierto que a través de la imaginación un CD o el DVD, pueden trasladarnos a ese acto casi litúrgico en el que termina un concierto, enriqueciendo la experiencia interactiva cuando exploramos en el contenido del combo: detrás de cámaras, documentales, entrevistas, el concierto mismo, la galería de fotos y demás materiales extras que llevan al escucha o fanático a resignificar el uso de tales materiales. Y es que un tanto también para evitar la piratería, muchos cantantes y productores han decidido sacar al mercado una versión económica y otra en versión combo, incorporando además de un Cd, un DVD que permite la presentación de ese material extra.
En el caso personal, lo placentero, lo lúdico y lo académico son experiencias en tránsito que vienen acompañando el gusto por adquirir material original, en especial de este tipo; pues si bien es cierto el acceso a música bajada de Internet o adquirida en el mercado pirata tiene sus cosas buenas, sigo necesitando otros datos que allí no están contenidos.
Es un poco lo que ha ocurrido con la última entrega de Ismael Serrano, Un lugar soñado, un concierto que, en el marco de su pasada gira internacional, realizara en Buenos Aires, Argentina. A pocos años de haber sacado al mercado su «En directo» Principio de incertidumbre, muestra no sólo una inspiración madura, sino también da la oportunidad al escucha para deleitarse en versiones en vivo de canciones que no había cantando entonces, pero sobre todo, a diferencia de muchos otros discos similares, también presenta los interludios, las improvisaciones, el diálogo con sus músicos y demás formas de interacción que tuvo a lo largo del recital. El concepto deviene distinto, emotivo, provocador, aleccionador de lo que puede ser un acto generoso para con sus fans: allí el auditorio, después el acercamiento a una guitarra que es limpiada, para instantes después escuchar los primeros acordes, mientras en segundo plano una ola de aplausos acompaña el preludio de ese encuentro musical. De allí no hay corte alguno, el concierto se presenta íntegro.
Y es que en esta obra audiovisual, en audio vienen 20 interpretaciones del concierto, mientras que en el DVD vienen también 20 pero además lo que llama «Bises», ese plus climático que alcanza los grados más altos con «Papá cuéntame otra vez» y «Ya nada es lo que era», para terminar sumando las 27 interpretaciones que contuvo el recital.
De tal manera, tras poco más de 3 horas de concierto uno termina convencido que estuvo allí, aún en medio de la ausencia, pues cada ocasión que escuchamos el CD o cuando nos dejamos atrapar por el DVD, la imaginación reinventa los instantes. La otra parte la hace Ismael Serrano, privilegiado de habitar la orilla de quien escribe, por lo que hace las veces de un hombre sabedor que otro mundo es posible, por lo que alcanzarlo depende de la comunión y la imaginación. Y allí alcanzamos a llegar como sus escuchas.

Ignacio García: El poeta camina


I

A un poeta no le es fácil perder su lápiz,
escribir líneas derechas, no inventar tachones,
asomarse al mar y verlo en su furia extrema
hecho su vecino más próximo,
(sólo para saber que a llanto y ventisca
no se pueden hablar el uno al otro)


No le es fácil someter sus instintos,
ni negarse al derrumbe de visiones
que en turbulenta marcha hacia su alma
avanzan con espada y letra sin compasión alguna.


Le resulta menos complejo, envolverse en lábaros de fuego,
disfrazar su facha con ropajes de Gucci
y manejar un Rolls Royce de cepa británica


O, como yo: viajar a diario en su autobús foráneo
y confundir el tumbo del corazón
con los viajeros que cantan camino al palmar;
y les duele también amar sin ser amados
Claro, sufren: mas no en la forma
en como yo sufro de amor por ti…




II

Sin murmullo de espada al óxido
urgente de mar del sal como cuerda
y tire del velamen para detener la barca
Ni peso de barniz sobre la quilla
del esquife ceñido a luz perpetua
o largas telas de índigo teñidas
que un día utilizaste como prenda,
harán festejo alguno, cuando tu nave
encienda sus luces y a cadmio ardiente
inicie aquella tu partida sin retorno

No diré jamás “Llévame”:
Palabra hecha ceniza
antes de armar y amar
las redilas de tu olvido...

Martha Elsa Durazzo Magaña: Las totolitas



In memoriam a Simón Gómez Atzin.

Suspenden su alegre canto las aves y las cigarras, cual si ellas también quisieran oír el relato que Martha nos narra a las tres parejas que, sentados en su entorno, oímos atentos:
-El Sol iluminaba el paisaje del totonacapan; se esperaba una buena cosecha, desde lo alto podían divisarse las milpas, eran aquellos tiempos en que tres mazorcas daban un kilo de maíz; los vainillales semejaban jardines con sus hermosas orquídeas, el peso de los frutos doblaba las ramas de los árboles, incontables flores regalaban sus perfumes, las mariposas revoloteaban juguetonas, el río reflejaba destellos luminosos…. En medio de aquel concierto de la naturaleza silbidos de fuego, crujir de maderas y estentóreos gritos se oían…
-¡Mueran brujas malditas! ¡No más asesinatos ni hechicerías! ¡Mueran!
-¡Nos recordarán!… -exclamó la mamá de las Totolitas.
Aquella atronadora voz de Aureliana, con la fuerza de una centella, sobresalió entre el griterío y ruidos desconcertando a los cientos de personas aglutinadas alrededor de la casita que se consumía entre una voraz danza de llamas; muchos aún llevaban en sus manos las teas o los tablones que sobraron después de tapiar las puertas y ventanas; habían decidido que no sobreviviera ninguna de las cuatro Totolitas, enardecidos por Gertrudis que capitaneó aquella multitud que olvidaba todos los favores recibidos.
Tras el clamor de Aureliana, mamá de las Totolitas, el estruendoso sonido de un trueno y la caída de un rayo cortaron la calma en que minutos antes se encontraba la naturaleza y pareció convocar algunos elementos; en instantes el cielo se ennegreció y sólo un ejército de truenos y las serpentinescas formas de los rayos iluminaban la bóveda celeste; uno tras otro los rayos aterrizaban en árboles o casas; cuando aterrados los incendiarios pretendieron correr, el viento cobró tal intensidad que con esfuerzo lograban mantenerse en pie y coger a los niños que los habían acompañado en aquel evento; Gertrudis levantó el puño derecho de la mano y soltó una nueva maldición; cual si el viento le respondiera cobró forma de cientos de pequeños remolinos; uno de ellos aumentó su tamaño, lo vieron dirigirse hacia esa mujer y miraron cómo se la llevaba. Nunca la encontraron, aunque salieron varios días a buscar su cuerpo para darle sepultura.
Martha suspende la narración, el sincrónico balanceo de su mecedora se detiene y ella se levanta; le seguimos a la cocina de cuya pared frontal penden jarritos de cerámica, cacerolas de cobre y cazuelas de barro, las parejas nos acomodamos en la mesa; Martha se dirige al fogón, toma un abanico de palma y con suaves movimientos aviva las llamas que brotan de los leños, luego sirve unas aromáticas tazas de chocolate y ricos panes; continuamos silentes, expectantes… Ella se sienta y continúa:
-Mi hermano Simón decía que nuestra bisabuelita le platicó que el acontecimiento comenzó a gestarse un lustro antes:
-Una mujer nahual no puede tener hijos. Les he dicho durante años que aguarden; hagan como yo que primero las tuve y luego celebramos el ritual; para todo hay tiempo.
-Muchos años le hemos dicho que nuestro único interés es ser nahuales y servir; no queremos marido, ni hijos; ya usted no se basta para atender tanta solicitud de gente que viene a pedirle ayuda.
-Cierto es… Ya son mujeres y si eso deciden, realizaremos los necesarios ritos de purificación y, a su debido tiempo, serán nahuales.
Y el tiempo transcurrió, las Totolitas con su buen hacer y constante sanar a quienes enfermos de cuerpo o espíritu buscaban su ayuda cobró fama y hasta de lugares lejanos venían a pedir favor; al igual que su madre nunca cobraron por servir; la providencia en forma de gratitud se encargaba de que tuvieran lo necesario para vivir.
-Aura mañana no atenderás; necesito que vayas al pueblo a traer hilos para bordar, botones y otras cosas que hacen falta.
-Mamá ya no me mande al pueblo -contestó Aura, la pequeña de las tres hijas-, que vaya cualquiera de mis hermanas.
Aureliana deja de hacer lo que la ocupa para mirar a su hija y preguntar…
-¿Pasa algo que deba saber?
-Mire mamá, le avisé que hace meses Hilario, el hijo de Gertrudis, a donde voy me sale al encuentro e insiste en que nos casemos, que está enamorado de mí desde que éramos chamacos; le he dicho que nunca me casaré, porque no puedo tener hijos… Abandonó la milpa y sus quehaceres, no más anda tomando y contando que la causa es mi desamor. Ayer Gertrudis me alcanzó en la plaza y entre toda la gente gritó que yo embrujé a su hijo, que está perdido por mi causa porque seguro se lo ofrecí al “malo” y que a saber a cuántos otros más, mis hermanas y yo, les haremos lo que a su hijo. Le contesté que mentía y que siempre hemos servido al “bueno”. Me sorprendió la manera en que algunos me miraban; luego encontré a Lucero, la de mi tía Chabela, dice que esa mujer anda por todas las casas azuzando a la gente en nuestra contra.
Aureliana le cuestiona:
-Dime hija si tú diste motivo a Hilario.
-Nunca he sentido gusto por él y pido a los dioses que encuentre una mujer de quien se enamore.
Hilario siguió bebiendo cada vez más, una noche, en la cantina comenzó a convulsionarse y murió.
Al amanecer del día siguiente, el mugir de las vacas, los ladridos de los perros, el susurro diferente y misterioso del aire, inquietaron a Aureliana, quien prestó especial atención a un ave que se paró en el techo, ella salió de su casita e hizo sonidos también de plumífero, a los que aquel animalito respondió y después se marchó aleteando.
Aureliana entró de nuevo a su casa y alertó a sus hijas.
-Dios nos proteja, el tecolote vino y cantó por la madrugada y me advirtió de varias cosas. Esta tarde yo no volveré, ni ustedes tampoco deben regresar al pueblo. Quiten del altar los ídolos y santos, envuélvanlos bien para llevárnoslos y huyamos de aquí, lo más pronto que podamos.
Abandonando su hogar empezaron a subir el cerro; desde allá, miraron aquella columna humana salir de sus casas e incendiar el hogar de las totolitas, hasta que Aureliana en las alturas lanzó aquella voz atronadora.
Cuentan que ese año toda la cosecha se perdió, además las enfermedades y pesares cayeron como una tapia sobre quienes creyeron sacrificar a las Totolitas, que ya no volvieron a estar nunca más con ellos para sanar a los enfermos y ayudarlos.
Martha calla, de nuevo se levanta, nosotros la seguimos y de su mano recibimos alimento en granos que, gozosos, lanzamos a las cuatro totolitas que vienen todas las mañanas a comer a su casa.

Ivonne Moreno Uscanga: La última sorpresa



MARIO BENEDETTI: LA ÚLTIMA SORPRESA

Sugestivo, perspicaz maestro de la ironía, versador de lo cotidiano y defensor del amor, Mario Benedetti, escritor uruguayo libró, como título de su conjunto de cuentos ,La Muerte y otras Sorpresas, su última batalla existencial.

No obstante nos hereda un importante legado literario, producto no sólo de su rutilante pluma, sino de su valiente postura y sorna por encarar a la fatalidad y las injusticia de nuestro entorno.

A Mario Benedetti, es fácil identificarlo como poeta, sus versos, se hicieron canciones , a través de conocidos interpretes de distintos países de habla hispana. Hace algunos años, Nacha Guevara, dedicó recitales alrededor de América, con la lírica de este uruguayo, universal.

También con esta cantante argentina , Sandra Ballesteros y con el actor español, Darío Graddinetti, Mario, realiza una pequeña participación, en un filme canadiense-argentino, titulado, El lado oscuro del corazón, dirigida por Eliseo Subiela, donde se hace una defensa al amor ante la muerte, estandarte de vida y escritura de Benedetti; por medio de un interesante argumento plagado de arte y de poesía, de poesía de Benedetti y de Oliverio Girondo.

En 1985 el escritor realiza junto con Joan Manuel Serrat el recital El Sur también existe.


Benedetti nace en 1920 y le toca vivir en el exilio, debido a la dictaduras del Uruguay. Parte de su militancia política también se manifiesta en su obra, principalmente en el género dramático: Pedro y el Capitán, diálogo, precisamente, entre un verdugo y un prisionero militante:


Capitán:
Pedro usted está muerto y yo también. De distintas muertes, claro.
La mía es una muerte por emboscada, caí en una emboscada y ya no hay posible retroceso...estoy entrampado...y sí no lo dejo todo, es por miedo, porque tengo miedo...

El capitán cae de rodillas ante Pedro, y le suplica, apelando a un recurso desesperado:

- Se lo pido a Rómulo, se lo ruego, va a decirme un nombre, un apellido..
- Pedro contesta da duras penas: No capitán
- El capitán insiste: Entonces se lo ruego a Pedro...
Pedro agonizante...No coronel...

Y en su prosa ensayística: El escritor latinoamericano y la revolución posible:

...En la zona correspondiente a la actividad intelectual, moderada aspiración de la penetración imperialista fue lograr la neutralización de escritores y artistas, y en semejante faena, los protagonistas del exilio interior, constituyeron piezas fundamentales, a veces bastante más eficaces, que los expatriados voluntarios. Pero estos sobre todo si viven en las principales capitales europeas, suelen ser mirados como paradigmas...

En este y en otros ensayos , como “La cultura, ese blanco móvil”. Benedetti se inclina por su rechazo al imperialismo, el cual denosta en hermosas metáforas y frases históricas, tal como los títulos de sus poesías, relatos y novelas:
El olvido está lleno de memoria, Adioses y Bienevidas , Testigo de uno mismo, La Casa y el Ladrillo, Historias de París, Buzón de Tiempo, El cumpleaños de Juan Ángel, Gracias por el Fuego, Primavera con la esquina Rota y Andamios entre muchos.

Se hace referencia a Benedetti abrazando la nostalgia, y en la memoria colectiva, predomina La Tregua, novela alusiva al amor tardío y al hartazgo de la cotidianeidad laboral:

Ella viene casi todos los días a tomar el café conmigo .El tono general de la charla es siempre el de la amistad. A lo sumo de la amistad y algo más. Por ejemplo a veces hablamos de lo Nuestro...que una especie de complicidad frente a los otros, un secreto compartido, un pacto unilateral...algo más que una amistad...lo mejor o lo peor es que ella se encuentra cómoda con esa indefinición....

Esta obra fue llevada en a la pantalla grande en 1974 por Segio Renan y estuvo nominada para un Oscar, en la categoría de mejor película extranjera.


Y como a los escritores de tales dimensiones debemos recordarlos por su grafía, pensaremos en Benedetti así...

Compañera
Usted sabe
Que puede contar
Conmigo
No hasta dos
O hasta diez
Sino contar conmigo..

O Tal vez más amoroso

Te quiero en mi paraíso
Es decir que en mi país
La gente viva feliz
Aunque no tenga permiso

O como ya lo habíamos citado irónico e irreverente:

Está prohibido escribir sobre cierta violencia
Asi que voy hablar de la violencia permitida
El violento autorizado ve con preocupación el
Camello que pasa por el ojo de una aguja
Y ordena un silencio sin fisuras para poder vociferarte en el oído
Su higiénico entusiasmo por la libertad...

De tal modo Mario Benedetti continuará en el sortilegio de la literatura como umbral de amor ante el largo adiós...llamado Muerte.

Cristina Caballero: Somos trópico



SOMOS TRÓPICO

Asco de verlos
mordiendo yugulares
ansiosos por la tibia sangre de otros

Ellos
en fatiga de odio
ocultos tras marismas
donde Olvido canta

trepan por un Árbol
falso y misterioso

trágica es
su comedia de impaciencia

lo que no puedas tener
de nadie sea

si no tuyo
ninguno lo disfrute

si así lo haces
entrarás al Paraíso

entonces
que Ellos digan
lo que a mí me dejan

con su hambre
y su lujuria
devoren los colores
el agua plácida
donde miro mi reflejo

a mi hermano
mi pareja
a la Tierra
y al futuro

cuéntenme esa historia
cobijados entre hienas
que ahora rondan los retornos

solsticios nos verán
a la sombra de talados robles
cegados de belleza
e inocencia

pero habrá una noche
de lluvia sin espadas
y un cuchillo de matar
que no usaré ya nunca

sobre el mar de hierba
crece el último arco iris
de este mundo

y el jardín de los duraznos rotos
y ese sílice de frío fuego
más allá del túnel
donde Ellos pregonan
para siempre sus rugidos

fluye en la corriente de ese lago
y dice viento norte
y dice granizo de coral

sol de medianoche
día eterno

y yo sabré
lo habrán dicho

que allá en el ecuador
iguales
sin distancia

él me espera

aún me espera

martes, mayo 26, 2009

Roberto Blaga: Poemas hallados en el fango


POEMAS HALLADOS EN EL FANGO

I

Corrijo:

Al permitir que mi ser
se desollara por ti,
(en esto que algunos suponen pasión
en vez de error al azar,
más desatino del álgebra,
la falla de un cálculo infortunado)


no fue para mí
sino un atentado
contra el opio de mi propia sinrazón empecinada

I I

Si recapitulo acerca de lo insólito
sé que te amé al desgarro,
tuve más de un revés sin buscarlo
y fui para ti
la suma de lo abstracto:
un dios sin dios ni buenas nuevas…

Yo sé que mi talento de hereje
no podrá zafarse nunca
de tal descubrimiento


III

Es inquietante,
mas todo sucede
alrededor de tu presencia:
el dolor y la punzada
la venda y el fracaso
la sílaba y la palabra

Todo lo demás no existe,
sólo se recuerdan los daños:

sería inútil acordarse aquí de cuáles
y cuántos


IV

¿Habrás prohibido el amor
por una inclinación a lo que escribo?
Si es así
debería yo quemar
toda palabra de mi vocabulario,
incluso tu nombre, la palabra soledad
el acento que le falta,
la ye final que te supone

Y ya saciado,
no volverme a prohibir jamás
lo que uno vez
ya amé con locura


V

El absurdo dicta que
el amor debería ser una guerra,
en la que nadie sale vencido

Cada combate lo libra uno
contra sí mismo
Esto tendría como fin el demostrarnos
que el no ser amado
es un poco de mala suerte:
no saber amar,
una verdadera desgracia


VI

Al inicio, este poema no avanza
Se atasca ¿Qué puedo decirte?
Sólo la pasión, sólo la sangre
son capaces de levantar ésta y otra sílaba
No como un recurso
Más bien, un accidente que me libera
de la más oscura de mis
convicciones



VII
He gastado
un buen número de cuadernos
para escribir de ti
y amarte sin medida

Quienes me miran dirán
que todo esto no tiene sentido

No obstante,
han aprendido de mí
que es una forma tolerable
de emplearme en tareas
menos inútiles


VIII

Amar
como yo te he amado, no dura
Acosado por el cansancio,
expulsado de un reino ajeno,
colgado de pies y de tendones,
todo suceso pertenece al delirio

Sería inconcebible
que uno resistiera
─sólo por ser compañero de pasiones─
cuando ni siquiera se es
cómplice del fracaso

Alfonso Reyes: Notas sobre la inteligencia


Notas sobre la inteligencia americana"
1. Mis observaciones se limitan a lo que se llama la América Latina. La necesidad de abreviar me obliga a ser ligero, confuso y exagerado hasta la caricatura. Sólo me corresponde provocar o desatar una conversación, sin pretender agotar el planteo de los problemas que se me ofrecen, y mucho menos aportar soluciones. Tengo la impresión de que, con el pretexto de América, no hago más que rozar al paso algunos temas universales.
2. Hablar de civilización americana sería, en el caso, inoportuno; ello nos conduciría hacia las regiones arqueológicas que caen fuera de nuestro asunto. Hablar de cultura americana sería algo equívoco; ello nos haría pensar solamente en una rama del árbol de Europa trasplantada al suelo americano. En cambio, podemos hablar de la inteligencia americana, su visión de la vida y su acción en la vida. Esto nos permitirá definir, aunque sea provisionalmente, el matiz de América.
3. Nuestro drama tiene un escenario, un coro y un personaje. Por escenario no quiero ahora entender un espacio, sino más bien un tiempo, un tiempo en el sentido casi musical de la palabra: un compás, un ritmo. Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso y corriendo de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure del todo la forma precedente. A veces, el salto es osado y la nueva forma tiene el aire de un alimento retirado del fuego antes de alcanzar su plena cocción. La tradición ha pesado menos, y esto explica la audacia. Pero falta todavía saber si el ritmo europeo—que procuramos alcanzar a grandes zancadas, no pudiendo emparejarlo a su paso medio—, es el único "tempo" histórico posible, y nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura. Tal es el secreto de nuestra historia, de nuestra política, de nuestra vida, presididas por una consigna de improvisación. El coro: las poblaciones americanas se reclutan, principalmente, entre los antiguos elementos autóctonos, las masas ibéricas de conquistadores, misioneros y colonos, y las ulteriores aportaciones de inmigrantes europeos en general. Hay choques de sangres, problemas de mestizaje, esfuerzos de adaptación y absorción. Según las regiones, domina el tinte indio, el ibérico, el gris del mestizo, el blanco de la inmigración europea general, y aun las vastas manchas del africano traído en otros siglos a nuestro suelo por las antiguas administraciones coloniales. La gama admite todos los tonos. La laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea, y hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano. El actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia.
4. La inteligencia americana va operando sobre una serie de disyuntivas. Cincuenta años después de la conquista española, es decir a primera generación, encontramos ya en México un modo de ser americano; bajo las influencias del nuevo ambiente, la nueva instalación económica, los roces con la sensibilidad del indio y el instinto de propiedad que nace de la ocupación anterior, aparece entre los mismos españoles de México un sentimiento de aristocracia indiana, que se entiende ya muy mal con el impulso arribista de los españoles recién venidos. Abundan al efecto los testimonios literarios, ya en la poesía satírica y popular de la época, ya en las observaciones sutiles de los sabios peninsulares, como Juan de Cárdenas (médico español radicado en México). La critica literaria ha centrado este fenómeno, como en su foco luminoso, en la figura del dramaturgo mexicano don Juan Ruiz de Alarcón, quien a través de Corneille—que la pasó a Molière—tuvo la suerte de influir en la fórmula del moderno teatro de costumbres de Francia. Y lo que digo de México, por serme más familiar y conocido, podría decirse en mayor o menor grado del resto de nuestra América. En este resquemor incipiente latía ya el anhelo secular de las independencias americanas. Segunda disyuntiva: no bien se logran las independencias, cuando aparece el inevitable conflicto entre americanistas e hispanistas, entre los que cargan el acento en la nueva realidad, y los que lo cargan en la antigua tradición. Sarmiento es, sobre todo, americanista. Bello es, sobre todo, hispanista. En México se recuerda cierta polémica entre el indio Ignacio Ramírez y el español Emilio Castelar que gira en torno a iguales motivos. Esta polémica muchas veces se tradujo en un duelo entre liberales y conservadores. La emancipación era tan reciente que ni el padre ni el hijo sabían todavía conllevarla de buen entendimiento. Tercera disyuntiva: un polo está en Europa y otro en los Estados Unidos. De ambos recibimos inspiraciones. Nuestras utopías constitucionales combinan la filosofía política de Francia con el federalismo presidencial de los Estados Unidos. Las sirenas de Europa y las de Norteamérica cantan a la vez para nosotros. De un modo general, la inteligencia de nuestra América (sin negar por ello afinidades con las individualidades más selectas de la otra América), parece que encuentra en Europa una visión de lo humano más universal, más básica, más conforme con su propio sentir. Aparte de recelos históricos, por suerte cada vez menos justificados y que no se deben tocar aquí, no nos es simpática la tendencia hacia las segregaciones étnicas. Para no salir del mundo sajón, nos contenta la naturalidad con que un Chesterton, un Bernard Shaw, contemplan a los pueblos de todos los climas, concediéndoles igual autenticidad humana. Lo mismo hace Gide en el Congo. No nos agrada considerar a ningún tipo humano como mera curiosidad o caso exótico divertido, porque ésta no es la base de la verdadera simpatía moral. Ya los primeros mentores de nuestra América, los misioneros, corderos de corazón de león, gente de terrible independencia, abrazaban con amor a los indios, prometiéndoles el mismo cielo que a ellos les era prometido. Ya los primeros conquistadores fundaban la igualdad en sus arrebatos de mestizaje; así, en las Antillas, Miguel Díaz y su Cacica, a quienes encontramos en las páginas de Juan de Castellanos; así aquel soldado, un tal Guerrero, que sin este rasgo sería oscuro, el cual se negó a seguir a los españoles de Cortés, porque estaba bien hallado entre indios y, como en el viejo romance español, "tenía mujer hermosa e hijos como una flor". Así, en el Brasil, los célebres João Ramalho y el Caramurú, que fascinaron a las indias de San Vicente y de Bahía. El mismo conquistador Cortés entra en el secreto de su conquista al descansar sobre el seno de Doña Marina; acaso allí aprende a enamorarse de su presa como nunca supieron hacerlo otros capitanes de corazón más frío (el César de las Galias), y empieza a dar albergue en su alma a ciertas ambiciones de autonomismo que, a puerta cerrada y en familia, había de comunicar a sus hijos, más tarde atormentados por conspirar contra la metrópoli española. La Iberia Imperial, más que administrarnos, no hacía otra cosa que irse desangrando sobre América. Por acá, en nuestras tierras, así seguimos considerando la vida, en sangría abierta y generosa.
5. Tales son el escenario, el coro, el personaje. He dicho las principales disyuntivas de la conducta. Hablé de cierta consigna de improvisación, y tengo ahora que explicarme. La inteligencia americana es necesariamente menos especializada que la europea. Nuestra estructura social así lo requiere. El escritor tiene aquí mayor vinculación social, desempeña generalmente varios oficios, raro es que logre ser un escritor puro, es casi siempre un escritor "más" otra cosa u otras cosas. Tal situación ofrece ventajas y desventajas. Las desventajas: llamada a la acción, la inteligencia descubre que el orden de la acción es el orden de la transacción, y en esto hay sufrimiento. Estorbada por las continuas urgencias, la producción intelectual es esporádica, la mente anda distraída. Las ventajas resultan de la misma condición del mundo contemporáneo. En la crisis, en el vuelco que a todos nos sacude hoy en día y que necesita del esfuerzo de todos, y singularmente de la inteligencia (a menos que nos resignáramos a dejar que sólo la ignorancia y la desesperación concurran a trazar los nuevos cuadros humanos), la inteligencia americana está más avezada al aire de la calle; entre nosotros no hay, no puede haber torres de marfil. Esta nueva disyuntiva de ventajas v desventajas admite también una síntesis, un equilibrio que se resuelve en una peculiar manera de entender el trabajo intelectual como servicio público y como deber civilizador. Naturalmente que esto no anula, por fortuna, las posibilidades del paréntesis, del lujo del ocio literario puro, fuente en la que hay que volver a bañarse con una saludable frecuencia. Mientras que, en Europa, el paréntesis pudo ser lo normal. Nace el escritor europeo en el piso más alto de la Torre Eiffel. Un esfuerzo de pocos metros y ya campea sobre las cimas mentales. Nace el escritor americano como en la región del fuego central. Después de un colosal esfuerzo, en que muchas veces le ayuda una vitalidad exacerbada que casi se parece al genio, apenas logra asomarse a la sobrehaz de la tierra. Oh, colegas de Europa: bajo tal o cual mediocre americano se esconde a menudo un almacén de virtudes que merece ciertamente vuestra simpatía y vuestro estudio. Estimadlo, si os place, bajo el ángulo de aquella profesión superior a todas las otras que decían Guyau y José Enrique Rodó: la profesión general de hombre. Bajo esta luz, no hay riesgo de que la ciencia se desvincule de los conjuntos, enfrascada en sus conquistas aisladas de un milímetro por un lado y otro milímetro por otro, peligro cuyas consecuencias tan lúcidamente nos describía Jules Romains en su discurso inaugural del PEN Club. En este peculiar matiz americano tampoco hay amenaza de desvinculaciones con respecto a Europa. Muy al contrario, presiento que la inteligencia americana está llamada a desempeñar la más noble función complementaria: la de ir estableciendo síntesis, aunque sean necesariamente provisionales; la de ir aplicando prontamente los resultados, verificando el valor de la teoría en la carne viva de la acción. Por este camino, si la economía de Europa ya necesita de nosotros, también acabará por necesitarnos la misma inteligencia de Europa.
6. Para esta hermosa armonía que preveo, la inteligencia americana aporta una facilidad singular, porque nuestra mentalidad, a la vez que tan arraigada a nuestras tierras como ya lo he dicho, es naturalmente internacionalista. Esto se explica, no sólo porque nuestra América ofrezca condiciones para ser el crisol de aquella futura "raza cósmica" que Vasconcelos ha soñado, sino también porque hemos tenido que ir a buscar nuestros instrumentos culturales en los grandes centros europeos, acostumbrándonos así a manejar las nociones extranjeras como si fueran cosa propia. En tanto que el europeo no ha necesitado de asomarse a América para construir su sistema del mundo, el americano estudia, conoce y practica a Europa desde la escuela primaria. De aquí una pintoresca consecuencia que señalo sin vanidad ni encono: en la balanza de los errores de detalle o incomprensiones parciales de los libros europeos que tratan de América y de los libros americanos que tratan de Europa, el saldo nos es favorable. Entre los escritores americanos es ya un secreto profesional el que la literatura europea equivoque frecuentemente las citas en nuestra lengua, la ortografía de nuestros nombres, nuestra geografía, etc. Nuestro nacionalismo connatural, apoyado felizmente en la hermandad histórica que a tantas repúblicas nos une, determina en la inteligencia americana una innegable inclinación pacifista. Ella atraviesa y vence cada vez con mano más experta los conflictos armados y, en el orden internacional, se deja sentir hasta entre los grupos más contaminados por cierta belicosidad política a la moda. Ella facilitará el gracioso injerto con el idealismo pacifista que inspira a las más altas mentalidades norteamericanas. Nuestra América debe vivir como si se preparase siempre a realizar el sueño que su descubrimiento provocó entre los pensadores de Europa: el sueño de la utopía, de la república feliz, que prestaba singular calor a las páginas de Montaigne, cuando se acercaba a contemplar las sorpresas y las maravillas del nuevo mundo.
7. En las nuevas literaturas americanas es bien perceptible un empeño de autoctonismo que merece todo nuestro respeto, sobre todo cuando no se queda en el fácil rasgo del color local, sino que procura echar la sonda hasta el seno de las realidades psicológicas. Este ardor de pubertad rectifica aquella tristeza hereditaria, aquella mala conciencia con que nuestros mayores contemplaban el mundo, sintiéndose hijos del gran pecado original, de la capitis diminutio de ser americanos. Me permito aprovechar aquí unas paginas que escribí hace seis años:
La inmediata generación que nos precede, todavía se creía nacida dentro de la cárcel de varias fatalidades concéntricas. Los más pesimistas sentían así: en primer lugar, la primera gran fatalidad, que consistía desde luego en ser humanos, conforme a la sentencia del antiguo Sileno recogida por Calderón:
Porque el delito mayordel hombre es haber nacido.
Dentro de éste, venía el segundo círculo, que consistía en haber llegado muy tarde a un mundo viejo. Aún no se apagaban los ecos de aquel romanticismo que el cubano Juan Clemente Zenea compendia en dos versos:
Mis tiempos son los de la antigua Roma,y mis hermanos con la Grecia han muerto.
En el mundo de nuestras letras, un anacronismo sentimental dominaba a la gente media. Era el tercer círculo, encima de las desgracias de ser humano y ser moderno, la muy específica de ser americano; es decir, nacido y arraigado en un suelo que no era el foco actual de la civilización, sino una sucursal del mundo. Para usar una palabra de nuestra Victoria Ocampo, los abuelos se sentían "propietarios de un alma sin pasaporte". Y ya que se era americano, otro handicap en la carrera de la vida era el ser latino o, en suma, de formación cultural latina. Era la época del A quoi tient 1a supériorité des Anglo-Saxons? Era la época de la sumisión al presente estado de las cosas, sin esperanzas de cambio definitivo ni fe en la redención. Solo se oían las arengas de Rodó, nobles y candorosas. Ya que se pertenecía al orbe latino, nueva fatalidad dentro de él pertenecer al orbe hispánico. El viejo león hacía tiempo que andaba decaído. España parecía estar de vuelta de sus anteriores grandezas, escéptica y desvalida. Se había puesto el sol en sus dominios. Y, para colmo, el hispanoamericano no se entendía con España, como sucedía hasta hace poco, hasta antes del presente dolor de España, que a todos nos hiere. Dentro del mundo hispánico, todavía veníamos a ser dialecto, derivación, cosa secundaria, sucursal otra vez: lo hispano-americano, nombre que se ata con guioncito como con cadena. Dentro de lo hispanoamericano, los que me quedan cerca todavía se lamentaban de haber nacido en la zona cargada de indio: el indio, entones, era un fardo, y no todavía un altivo deber y una fuerte esperanza. Dentro de esta región, los que todavía más cerca me quedan tenían motivos para afligirse de haber nacido en la temerosa vecindad de una nación pujante y pletórica, sentimiento ahora transformado en el inapreciable honor de representar el frente de una raza. De todos estos fantasmas que el viento se ha ido llevando o la luz del día ha ido redibujando hasta convertirlos, cuando menos, en realidades aceptables, algo queda todavía por los rincones de América, y hay que perseguirlo abriendo las ventanas de par en par y llamando a la superstición por su nombre, que es la manera de ahuyentarla. Pero, en sustancia, todo ello está ya rectificado.
8. Sentadas las anteriores premisas y tras este examen de causa, me atrevo a asumir un estilo de alegato jurídico. Hace tiempo que entre España y nosotros existe un sentimiento de nivelación y de igualdad. Y ahora yo digo ante el tribunal de pensadores internacionales que me escucha: reconocemos el derecho a la ciudadanía universal que ya hemos conquistado. Hemos alcanzado la mayoría de edad. Muy pronto os habituaréis a contar con nosotros.
(Sur, Buenos Aires, septiembre de 1936)

Octavio Paz: Máscaras Mexicanas


Corazón apasionadodisimula tu tristeza.Canción popular
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: "al buen entendedor pocas palabras". En suma, entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.
El lenguaje popular refleja hasta qué punto nos defendemos del exterior: el ideal de la "hombría" consiste en no "rajarse" nunca. Los que se "abren" son cobardes. Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, "agacharse", pero no "rajarse", esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El "rajado" es de poco fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se debe. Las mujeres son seres inferiores porque, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su "rajada", herida que jamás cicatriza.
El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad que hemos creado. La dureza y la hostilidad del ambiente —y esa amenaza, escondida e indefinible, que siempre flota en el aire— nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos o simulados. Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una disminución de nuestra hombría.
Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se "abre", abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para el que la escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, como Narciso, sino que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes —temor general a todos los hombres— sino de la vergüenza de haber renunciado a nuestra soledad. El que se confía, se enajena; "me he vendido con Fulano", decimos cuando nos confiamos a alguien que no lo merece. Esto es, nos hemos "rajado", alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado.
Todas esas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría para los otros pueblos consiste en una abierta y agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El "macho" es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría se mide por la invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El estoicismo es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles —como Juárez y Cuauhtémoc— al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.
La preeminencia de lo cerrado frente a lo abierto no se manifiesta sólo como impasibilidad y desconfianza, ironía y recelo, sino como el amor a la forma. Ésta contiene y encierra a la intimidad, impide sus excesos, reprime sus explosiones, la separa y aísla, la preserva. La doble influencia indígena y española se conjugan en nuestra predilección por la ceremonia, las fórmulas y el orden. EL mexicano, contra lo que supone una superficial interpretación de nuestra historia, aspira a crear un mundo ordenado conforme a principios claros. La agitación y encono de nuestras luchas políticas prueba hasta que punto las nociones jurídicas juegan un papel importante en nuestra vida pública. Y en la de todos los días el mexicano es un hombre que se esfuerza por ser formal y que muy fácilmente se convierte en formulista. Y es explicable. El orden —jurídico, social, religioso o artístico— constituye una esfera segura y estable. En su ámbito basta con ajustarse a los modelos y principios que regulan la vida; nadie, para manifestarse, necesita recurrir a la continua invención que exige una sociedad libre. Quizá nuestro tradicionalismo —que es una de las constantes de nuestro ser y lo que le da coherencia y antigüedad a nuestro pueblo— parte del amor que profesamos a la forma.
Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la pintura, la pobreza de nuestro romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por la fórmulas —sociales, morales y burocráticas—, son otras tantas excepciones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo no se abre; tampoco se derrama.
A veces las formas nos ahogan. Durante el siglo pasado los liberales vanamente intentaron someter la realidad del país a la camisa de fuerza de la Constitución de 1857. Los resultados fueron la Dictadura de Porfirio Díaz y la Revolución de 1857. En cierto sentido la historia de México, como la de cada mexicano, consiste en una lucha entre las formas y fórmulas en que se pretende encerrar a nuestro ser y las explosiones con que nuestra espontaneidad se venga. Poca veces la forma ha sido una creación original, un equilibrio alcanzado no a expensas sino gracias a la expresión de nuestros instintos y quereres. Nuestras formas jurídicas y morales, por el contrario, mutilan con frecuencia a nuestro ser, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales.
La preferencia por la forma, inclusive vacía de su contenido, se manifiesta a lo largo de la historia de nuestro arte, desde la época precortesiana hasta nuestros días. Antonio Castro Leal, en su excelente estudio sobre Juan Ruiz de Alarcón, muestra cómo la reserva frente al romanticismo —que es, por definición, expansivo y abierto— se expresa ya en el siglo XVIII, esto es, antes de que siquiera tuviésemos conciencia de nacionalidad. Tenían razón los contemporáneos de Juan Ruiz de Alarcón al acusarlo de entrometido, aunque más bien hablasen de la deformidad de su cuerpo que de la singularidad de su obra. En efecto, la porción más característica de su teatro niega al de sus contemporáneos españoles. Y su negación contiene, en cifra, la que México ha opuesto siempre a España. El teatro de Alarcón es una respuesta a la vitalidad española, afirmativa y deslumbrante en esa época, y que se expresa a través de un gran Sí a la historia y a las pasiones. Lope exalta el amor, lo heroico, lo sobrehumano, lo increíble; Alarcón opone a estas virtudes desmesuradas otras más sutiles y burguesas: la dignidad, la cortesía, el estoicismo melancólico, un pudor sonriente. Los problemas morales interesan poco a Lope, que ama la acción, como todos sus contemporáneos. Más tarde Calderón mostrará el mismo desdén por la psicología; los conflictos morales y las oscilaciones, caídas y cambios del alma humana sólo son metáforas que transparentan un drama teológico cuyos dos personajes son el pecado original y la Gracia divina. En las comedias más representativas de Alarcón, en cambio, el cielo cuenta poco, tan poco como el viento pasional que arrebata a los personajes lopescos. El hombre, nos dice el mexicano, es un compuesto y el mal y el bien se mezclan sutilmente en su alma. En lugar de proceder por síntesis, utiliza el análisis: el héroe se vuelve problema, En varias comedias se plantea la cuestión de la mentira; ¿hasta qué punto el mentiroso de veras miente, de veras se propone engañar?; ¿no es él la primera víctima de sus engaños y no es a sí mismo a quien engaña? El mentiroso se miente a sí mismo: tiene miedo de sí. Al plantearse el problema de la autenticidad, Alarcón anticipa uno de los temas constantes de reflexión del mexicano, que más tarde recogerá Rodolfo Usigli en El gesticulador.
En el mundo de Alarcón no triunfan la pasión ni la Gracia; todo se subordina a lo razonable; sus arquetipos son los de la moral que sonríe y perdona. Al substituir los valores vitales y románticos de Lope por los abstractos de una moral universal y razonable, ¿no se evade, no nos escamotea su propio ser? Su negación, como la de México, no afirma nuestra singularidad frente a la de los españoles. Los valores que postula Alarcón pertenecen a todos los hombres y son una herencia grecorromana tanto como una profecía de la moral que impondrá el mundo burgués. No expresan nuestra espontaneidad, ni resuelven nuestros conflictos; son formas que no hemos creado ni sufrido, máscaras. Sólo hasta nuestros días hemos sido capaces de enfrentar al Sí español un Sí mexicano y no una afirmación intelectual, vacía de nuestras peculiaridades. La Revolución mexicana, al descubrir las artes populares, dio origen a la pintura moderna; al descubrir el lenguaje de los mexicanos, creó la nueva poesía.
Si en la política y el arte el mexicano aspira a crear mundos cerrados, en la esfera de las relaciones cotidianas procura que imperen el pudor, el recato y la reserva ceremoniosa. El pudor, que nace de la vergüenza ante la desnudez propia o ajena, es un reflejo casi físico entre nosotros. Nada más alejado de esta actitud que el miedo al cuerpo, característico de la vida norteamericana. No nos da miedo ni vergüenza nuestro cuerpo; lo afrontamos con naturalidad y lo vivimos con cierta plenitud —a la inversa de lo que ocurre con los puritanos. Para nosotros el cuerpo existe; da gravedad y límites a nuestro ser. Lo sufrimos y gozamos; no es un traje que estamos acostumbrados a habitar, ni algo ajeno a nosotros: somos nuestro cuerpo. Pero las miradas extrañas nos sobresaltan, porque el cuerpo no vela la intimidad, sino la descubre. El pudor, así, tiene un carácter defensivo, como la muralla china de la cortesía o las cercas de los órganos y cactus que separan en el campo a los jacales de los campesinos. Y por eso la virtud que más estimamos en las mujeres es el recato, como en los hombres la reserva. Ellas también deben defender su intimidad.
Sin duda en nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor —que hemos heredado de indios y españoles. Como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la moral. Fines, hay que decirlo, sobre los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que "depositaria" de ciertos valores. Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría.
En otros países estas funciones se realizan a la luz pública y con brillo. En algunos se reverencia a las prostitutas o a las vírgenes; en otros, se premia a las madres; en casi todos, se adula y respeta a la gran señora. Nosotros preferimos ocultar esas gracias y virtudes. El secreto debe acompañar a la mujer. Pero la mujer no sólo debe ocultarse sino que, además, debe ofrecer cierta impasibilidad sonriente al mundo exterior. Ante el escarceo erótico, debe ser "decente"; ante la adversidad, "sufrida". En ambos casos su respuesta no es instintiva ni personal, sino conforme a un modelo genérico. Y ese modelo, como en el caso del "macho", tiende a subrayar los aspectos defensivos y pasivos, en una gama que va desde el pudor y la "decencia" hasta el estoicismo, la resignación y la impasibilidad.
La herencia hispanoárabe no explica completamente esta conducta. La actitud de los españoles frente a las mujeres es muy simple y se expresa, con brutalidad y concisión, en dos refranes: "la mujer en la casa y con la pata rota" y "entre santa y santo, pared de cal y canto". La mujer es una fiera doméstica, lujuriosa y pecadora de nacimiento, a quien hay que someter con el palo y conducir con el "freno de la religión". De ahí que muchos españoles consideren a las extranjeras —y especialmente a las que pertenecen a países de raza o religión diversas a las suyas— como presa fácil. Para los mexicanos la mujer es un ser obscuro, secreto y pasivo. No se le atribuyen malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene. Mejor dicho, no son suyos sino de la especie; la mujer encarna la voluntad de la vida, que es por esencia impersonal. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a sí misma. Bastante más libre y pagano que el español —como heredero de las grandes religiones naturalistas precolombinas— el mexicano no condena al mundo natural. Tampoco el amor sexual está teñido de luto y horror, como en España. La peligrosidad no radica en el instinto sino en asumirlo personalmente. Reaparece así la idea de pasividad: tendida o erguida, vestida o desnuda, la mujer nunca es ella misma. Manifestación indiferenciada de la vida, es el canal del apetito cósmico. En ese sentido, no tiene deseos propios.
Las norteamericanas proclaman también la ausencia de instintos y deseos, pero la raíz de su pretensión es distinta y hasta contraria. La norteamericana oculta o niega ciertas partes de su cuerpo —y, con más frecuencia, de su psiquis: son inmorales y, por lo tanto, no existen. Al negarse, se reprime su espontaneidad. La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y la sensualidad masculina esculpen. Frente a la actividad que despliegan las otras mujeres, que desean cautivar a los hombres a través de la agilidad de su espíritu o del movimiento de su cuerpo, la mexicana opone un cierto hieratismo, un reposo hecho al mismo tiempo de espera y desdén. El hombre revolotea a su alrededor, la festeja, la canta, hace caracolear su caballo o su imaginación. Ella se vela en el recato y la inmovilidad. Es un ídolo. Como todos los ídolos, es dueña de fuerzas magnéticas, cuya efectividad y poder crecen a medida que el foco emisor es más pasivo y secreto. Analogía cósmica: la mujer no busca, atrae. Y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo. Inmóvil sol secreto.
Esta concepción —bastante falsa si se piensa que la mexicana es muy sensible e inquieta— no la convierte en mero objeto, en cosa. La mujer mexicana, como todas las otras, es un símbolo que representa la estabilidad y continuidad de la raza. A su significación cósmica se alía la social: en la vida diaria su función consiste en hacer imperar la ley y el orden, la piedad y la dulzura. Todos cuidamos que nadie "falte al respeto a las señoras", noción universal, sin duda, pero que en México se lleva hasta sus últimas consecuencias. Gracias a ella se suavizan muchas de las asperezas de nuestras relaciones de "hombre a hombre". Naturalmente habría que preguntar a las mexicanas su opinión; ese "respeto" es a veces una hipócrita manera de sujetarlas e impedirles que se expresen. Quizá muchas preferirían ser tratadas con menos "respeto" (que, por lo demás, se les concede solamente en público) y con más libertad y autenticidad. Esto es, como seres humanos y no como símbolos o funciones. Pero, ¿cómo vamos a consentir que ellas se expresen, si toda nuestra vida tiende a paralizarse en una máscara que oculte nuestra identidad?
Ni la modestia propia, ni la vigilancia social, hacen invulnerable a la mujer. Tanto por la fatalidad de su anatomía "abierta" como por su situación social —depositaria de la honra, a la española— está expuesta a toda clase de peligros, contra los que nada pueden la moral personal ni la protección masculina. El mal radica en ella misma; por naturaleza es un ser "rajado", abierto. Más, en virtud de un mecanismo de compensación fácilmente explicable, se hace virtud de su flaqueza original y se crea el mito de la "sufrida mujer mexicana". El ídolo —siempre vulnerable, siempre en trance de convertirse en ser humano— se transforma en víctima endurecida e insensible al sufrimiento, encallecida a fuerza de sufrir. (Una persona "sufrida" es menos sensible al dolor que las que apenas si han sido tocadas por la adversidad.) Por obra del sufrimiento, las mujeres se vuelven como los hombres: invulnerables, impasibles y estoicas.
Se dirá que al transformar en virtud algo que debería ser motivo de vergüenza, sólo pretendemos descargar nuestra conciencia y encubrir con una imagen una realidad atroz. Es cierto, pero también lo es que al atribuir a la mujer la misma invulnerabilidad a que aspiramos, recubrimos con una inmunidad moral su fatalidad anatómica, abierta al exterior. Gracias al sufrimiento, y a su capacidad para resistirlo sin protesta, la mujer trasciende su condición y adquiere los mismos atributos del hombre.
Es curioso advertir que la imagen de la "mala mujer" casi siempre se presenta acompañada de la idea de actividad. A la inversa de la "abnegada madre", de la "novia que espera" y del ídolo hermético, seres estáticos, la "mala" va y viene, busca a los hombres, los abandona. Por un mecanismo análogo al descrito más arriba, su extrema movilidad la vuelve invulnerable. Actividad e impudicia se alían en ella y acaban por petrificar su alma. La "mala" es dura, impía, independiente, como el "macho". Por caminos distintos, ella también transciende su fisiología y se cierra al mundo.
Es significativo, por otra parte, que el homosexualismo masculino sea considerado con cierta indulgencia, por lo que toca al agente activo. El pasivo, al contrario, es un ser degrado y abyecto. El juego de los "albures" —esto es, el combate verbal hecho de alusiones obscenas y de doble sentido, que tanto se practica en la ciudad de México— transparenta esta ambigua concepción. Cada uno de los interlocutores, a través de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones lingüísticas, procura anonadar a su adversario; el vencido es el que no puede contestar, el que se traga las palabras de su enemigo. Y esas palabras están teñidas de alusiones sexualmente agresivas: el perdidoso (sic) es poseído, violado, por el otro. Sobre él caen las burlas y escarnios de los espectadores. Así pues, el homosexualismo masculino es tolerado, a condición de que se trate de una violación del agente pasivo. Como en el caso de las relaciones heterosexuales, lo importante es "no abrirse" y, simultáneamente, rajar, herir al contrario.
Me parece que todas estas actitudes, por diversas que sean sus raíces, confirman el carácter "cerrado" de nuestras reacciones frente al mundo o frente a nuestros semejantes. Pero no nos bastan los mecanismos de preservación y defensa. La simulación, que no acude a nuestra pasividad sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma a cada instante, es una de nuestras formas de conducta habituales. Mentimos por placer y fantasía, sí, como todos los pueblos imaginativos, pero también para ocultarnos y ponernos al abrigo de intrusos. La mentira posee una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí su fertilidad y lo que distingue a nuestras mentiras de las groseras invenciones de otros pueblos, La mentira es un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es estéril su denuncia.
El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia adelante siempre, entre arenas movedizas. A cada minuto hay que rehacer, recrear, modificar el personaje que fingimos, hasta que llega el momento en que realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que deseamos ser. Simulando, nos acercamos a nuestro modelo y a veces el gesticulador, como ha visto con hondura Usigli, se funde con sus gestos, los hace auténticos. La muerte del profesor Rubio lo convierte en lo que deseaba ser: el general Rubio, un revolucionario sincero y un hombre capaz de impulsar y purificar a la Revolución estancada. En la obra de Usigli el profesor Rubio se inventa a sí mismo y se transforma en general; su mentira es tan verdadera que Navarro, el corrompido, no tiene más remedio que volver a matar en él a su antiguo jefe, el general Rubio. Mata en él la verdad de la Revolución.
Si por el camino de la mentira podemos llegar a la autenticidad, un exceso de sinceridad puede conducirnos a formas más refinadas de la mentira. Cuando nos enamoramos nos "abrimos", mostramos nuestra intimidad, ya que una vieja tradición quiere que el que sufre de amor exhiba sus heridas ante la que ama. Pero al descubrir sus llagas de amor, el enamorado transforma su ser en una imagen, en un objeto que entrega a la contemplación de la mujer —y de sí mismo. Al mostrarse, invita a que lo contemplen con los mismos ojos piadosos con que él se contempla. La mirada ajena ya no lo desnuda: lo recubre de piedad. Y al presentarse como espectáculo y pretender que se le mire con los mismos ojos con que él se ve, se evade del juego erótico, pone a salvo su verdadero ser, lo substituye por una imagen. Substrae su intimidad, que se refugia en sus ojos, esos ojos que son nada más contemplación y piedad de sí mismo. Se vuelve su imagen y la mirada que lo contempla.
En todos los tiempos y en todos los climas, las relaciones humanas —y especialmente las amorosas— corren el riesgo de volverse equívocas. Narcisismo y masoquismo no son tendencias exclusivas del mexicano. Pero es notable la frecuencia con que canciones populares, refranes y conductas cotidianas aluden al amor como falsedad y mentira. Casi siempre eludimos los riesgos de una relación desnuda a través de una exageración, en su origen sincera, de nuestros sentimientos. Asimismo, es revelador cómo el carácter combativo del erotismo se acentúa entre nosotros y se encona. El amor es una tentativa de penetrar en otro ser, pero sólo puede realizarse a condición de que la entrega sea mutua. En todas partes es difícil este abandono de sí mismo; pocos coinciden en la entrega y más pocos aún logran trascender esa etapa posesiva y gozar del amor como lo que realmente es: un perpetuo descubrimiento, una inmersión en las aguas de la realidad y una recreación constante. Nosotros concebimos el amor como conquista y como lucha. No se trata tanto de penetrar la realidad, a través de un cuerpo, como de violarla. De ahí que la imagen del amante afortunado —herencia, acaso, del Don Juan español— se confunda con la del hombre que se vale de sus sentimientos —reales o inventados— para obtener a la mujer.
La simulación es una actividad parecida a la de los actores y puede expresarse en tantas formas como personajes fingimos. Pero el actor, si lo es de veras, se entrega a su personaje y lo encarna plenamente, aunque después, terminada la representación, lo abandone como su piel la serpiente. El simulador jamás se entrega y se olvida de sí, pues dejaría de simular si se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable —y espuria— de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrificio. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad.
Simular es inventar o, mejor, aparentar y así eludir nuestra condición. La disimulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido, sin renunciar a su ser. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe; hasta cuando canta —si no estalla y se abre el pecho— lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar:
Y es tanta la tiraníade esta disimulaciónque aunque de raros anhelosse me hincha el corazón,tengo miradas de retoy voz de resignación.
Quizá el disimulo nació durante la Colonia. Indios y mestizos tenían, como en el poema de Reyes, que cantar quedo, pues "entre dientes mal se oyen las palabras de rebelión". El mundo colonial ha desaparecido, pero no el temor, la desconfianza y el recelo. Y ahora no solamente disimulamos nuestra cólera sino nuestra ternura. Cuando pide disculpas, la gente del campo suele decir: "Disimule usted, señor". Y disimulamos. Nos disimulamos con tal ahínco que casi no existimos.
En sus formas radicales el disimulo llega al mimetismo. El indio se funde con el paisaje, se confunde con la barda blanca en que se apoya por la tarde, con la tierra obscura en que se tiende a mediodía, con el silencio que lo rodea. Se disimula tanto su humana singularidad que acaba por abolirla y se vuelve piedra, pirú, muro, silencio: espacio. No quiero decir que comulgue con el Todo, a la manera panteísta, ni que en un árbol aprehenda todos los árboles, sino que efectivamente, esto es, de una manera concreta y particular, se confunde con un objeto determinado.
Roger Caillois observa que el mimetismo no implica siempre una tentativa de protección contra las amenazas virtuales que pululan en el mundo externo. A veces los insectos "se hacen los muertos" o imitan las formas de la materia en descomposición, fascinados por la muerte, por la inercia del espacio. Esta fascinación —fuerza de gravedad, diría yo, de la vida— es común a todos los seres y el hecho de que se exprese como mimetismo confirma que no debemos considerar a éste exclusivamente como un recurso del instinto vital para escapar del peligro y la muerte.
Defensa frente al exterior o fascinación ante la muerte, el mimetismo no consiste tanto en cambiar de naturaleza como de apariencia. Es revelador que la apariencia escogida sea la muerte o la del espacio inerte, en reposo. Extenderse, confundirse con el espacio, ser espacio, es una manera de rehusarse a las apariencias, pero también es una manera de ser sólo Apariencia. El mexicano tiene tanto horror a las apariencias, como amor le profesan sus demagogos y dirigentes. Por eso se disimula su propio existir hasta confundirse con los objetos que lo rodean. Y así, por medio de las apariencias, se vuelve sólo Apariencia. Aparenta ser otra cosa e incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes que abrir su intimidad y cambiar. La disimulación mimética, en fin, es una de tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador acude al disfraz, los demás queremos pasar desapercibidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: "¿Quién anda por ahí?". Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: "No es nadie señor, soy yo".
No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios. Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.
Don Nadie, padre español de Ninguno, posee don, vientre, honra, cuenta en el banco y habla con voz fuerte y segura. Don Nadie llena al mundo con su vacía y vocinglera presencia. Está en todas partes y en todos los sitios tiene amigos. Es banquero, embajador, hombre de empresa. Se pasea por todos los salones, lo condecoran en Jamaica, en Estocolmo y en Londres. Don Nadie es funcionario o influyente y tiene una agresiva y engreída manera de no ser. Ninguno es silencioso y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre, Espera siempre. Y cada vez que quiere hablar, tropieza con un muro de silencio; si saluda encuentra una espalda glacial; si suplica, llora o grita, sus gestos y gritos se pierden en el vacío que don Nadie crea con su vozarrón. Ninguno no se atreve a no ser: oscila, intenta una vez y otra vez ser Alguien. Al fin, entre vanos gestos, se pierde en el limbo de donde surgió.
Sería un error pensar que los demás le impiden existir. Simplemente disimulan su existencia, obran como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la reticencia de nuestro silencio. Es el nombre que olvidamos siempre por una extraña fatalidad. el eterno ausente, el invitado que no invitamos, el hueco que no llenamos. Es una omisión. Y sin embargo, Ninguno está presente siempre. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por eso el Ninguneador también se ningunea; él es la omisión de Alguien. Y si todos somos Ninguno, no existe ninguno de nosotros. El círculo se cierra y la sombra de Ninguno se extiende sobre México, asfixia al Gesticulador y lo cubre todo. En nuestro territorio, más fuerte que las pirámides y los sacrificios, que las iglesias, los motines y los campos populares, vuelve a imperar el silencio, anterior a la historia.
Nota informativa
"Máscaras mexicanas", forma parte del libro El laberinto de la soledad, cuya primera publicación la realizó la editorial Cuadernos Americanos, en 1950. La ficha bibliográfica de esa primera edición es:
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. Ediciones Cuadernos Americanos, México, 1950.
Dicha edición se término de imprimir el día 15 de febrero de 1950, en los talleres de la Editorial Cultura, en la ciudad de México.
La transcripción actual se realizó del volumen III de las Obras completas, editadas por el Fondo de Cultura Económica en México. La ficha bibliográfica de esta edición es:
Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. (El peregrino en su patria. Historia y política de México), en OC, v. III, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 61-72.