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miércoles, diciembre 14, 2011

Leopoldo de Quevedo y Monroy: EMILY DICKINSON TRAE A VIVIR EN SUS POEMAS A LOS ANIMALES


 EMILY DICKINSON TRAE A VIVIR EN SUS POEMAS A LOS ANIMALES
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano

 Nada más poético que un par de zuros en el alero del frente, arrullándose y juntando sus picos sin mínimo rubor. Pintores han registrado la escena de la vaca lamiendo al ternero que salió de su vientre la noche anterior. Las cámaras de National Geographic nos muestran al rey y la reina de la selva retozando y comiendo con sus leonzuelos en la mesa de arena de Bengala.

 ¿Qué de raro, entonces, que hablemos de la zumbadora abeja, de la rana del pantano o del gusano gris en los versos de la poetisa Dickinson y del resto de félidos y aves que pueblan su mundo poético? Entremos sin prisa por las veredas y por las montañas de Holjoke o por las alamedas de Northampton junto al lago, para acompañar a Emily en su conversación con los habitantes de su reino alterno.

Un Pájaro se acercó por el Sendero –
no sabía que yo lo estaba viendo –
partió en dos una Lombriz
y se comió a la pobre, cruda,
bebió luego el Rocío
de una hierba cercana –
saltó del lado hasta la Tapia
para ceder el paso a un Escarabajo – (1)

...
George F. Whicher, su biógrafo más cercano, ha contado multitud animales que tienen cueva, nido o cubil en las rimas de Emily. La naturaleza desde su infancia y en la Academia de Amherst cautivó su atención y más tarde “constituiría su material poético”. En geología, botánica y zoología (2) tuvo brillantes profesores. No tuvo necesidad de ir en expediciones al Congo o a Siberia o a Los Alpes o al Polo para hablar del oso, del lobo o de la gentil jirafa. Caminando, de nívea saya, en su jardín de lirios o a través de la ventana, pudo alzar el vuelo con el petirrojo y girar veloz en la calesa del colibrí asustado.

En mi jardín viaja un pájaro
sobre una única rueda
cuyos rayos producen una vertiginosa música
como si fuesen un molino viajero…
 hasta que todas las especias prueba,
y luego su calesín de hadas
se bambolea en atmósferas más remotas,
y yo me uno a mi perro.(3)

La Naturaleza, a los seres superiores, - poetas, músicos y pintores-, surte, con su flora, bosques, mares, deltas, rocío, aves, hierba, niebla y ardilla, la necesaria dosis de descanso espiritual en su viaje temporal por el Tiempo. Es el ambiente de paraíso que han descrito las religiones y que brinda equilibrio en medio del vaivén y la ventisca de las sociedades que se mueven por la rueda, la electricidad, el reloj y  la tecnología.

 La contemplación del arrastrarse en zig-zag de la lombriz, el lento caminar de la Dama de la noche por el cielo o el susurro del agua sobre las piedras en el riachuelo, sume en el lago de la tranquilidad al más exasperado. Así lo comprendió la Dickinson sin esfuerzo. Cualquier animal, aquel cercano de la mano o el de la lejana selva, el manso o fiero vinieron hasta ella para servirle de interlocutores y prestarle su vuelo, la habilidad, su color, su cola o sus humores.

Cerca en el interior de casa o paseando por la pequeña aldea algún animal se le acercaba y dejaba que pusiera su mano en su voz o en su cabeza. Podemos imaginarla oyendo cuidadosa a una de las vecinas verdes que cantaban –interminables- en las tardes de verano, y luego preguntar con tono filosófico a un interlocutor  oculto – por supuesto - a nuestra vista :

¡Yo soy Nadie! ¿Quién eres tú?
¿Eres – Nadie - también?
¡Ya somos dos, entonces!
¡No digas nada! ¡Nos desterrarían - ya sabes!

Ser – Alguien - ¡Qué funesto!
!Qué vulgar! – Como una Rana –
!Cantándole tu nombre – día tras día -
a la primera Charca que te admire!(3)

Fueron las abejas sus amigas más afortunadas. Seguramente las amó por su fidelidad al trabajo, y su amor por las flores hacía que su encuentro fuera más frecuente. Las hallaba buscando con lupa el polen en las corolas o llevando amarrada la miel sobre la espalda. A veces se saludaban en la mañana cuando salían de un “colmenar cercano” y pasaban de largo por entre los pinos y abetos hasta los jazmines de sus eras. Las podía reconocer por el nombre y el apellido pero nunca los puso en ninguno de sus versos.

Las abejas son negras con cíngulos dorados,
bucaneros del zumbido


Su casco es de oro –
su escudo, una pieza de ónix
con cuarzo de esmeralda engastado
Sus pies están herrados con gasa…

El pedigrí de la miel
no le preocupa a la abeja
Se inclina hacia un fácil trébol –
se zambulle –
se evade – juguetea –
luego hacia las reales nubes
eleva su ligero velero…(4)

Conoció el mar en Boston, amor de todos los poetas. Oyó su rumor y rozó el pico de sus olas y se sumergió en sus verdes ondas. Lo visitó un día acompañada de Carlo, su perro, que no aprendió jamás a hablar pero era su confidente. De su tartamudez no se pronunció y, a cambio, alabó su lealtad  e inteligencia.  

 
Salí temprano - con mi Perro –
y fui a visitar el Mar –
Las Sirenas del sótano
subieron para verme –
Y las Fragatas – en el Piso Superior
Manos de Cáñamo extendieron –
suponiendo que era Yo un Ratón
varado – en las Arenas –
…(5)
La sensibilidad tuvo los ojos abiertos en la epidermis del alma de Emily. Recogió la ternura, la suavidad, el solaz del brillo tenue sobre el agua. Pero también pudo sobrecogerse entre los árboles o en el fondo de su alcoba por la fiereza del tigre cruel lejos, allá, en el Serengueti. No importó el tamaño de su espalda o de sus dientes o la insensible dureza de sus garras. Ella, tímida ante los huéspedes en casa, describe la impiedad del felino ante su presa.  

El Gato da una tregua al Ratón,
afloja los dientes
sólo lo suficiente para que le engañe la Esperanza
Enseguida le tritura hasta morir –(6)
En la mitad de la jornada, mientras aseaba su cama o balanceaba la escoba por la pared rugosa del corredor, o cuando se aprestaba a descansar su cuerpo entre las sábanas, tomaba el lápiz para pintar los dibujos de una pequeña y débil alimaña :

La araña sostiene un Ovillo de Plata
en su mano invisible –
Y mientras baila despacio para Si
su Hilo de Perla – ella Devana –(7)
Quise con ganas escribir del tema. Porque Emily Dickinson desde su jardín con Moscas, Gusanos, Petirrojos, Abejas, Perro y Serpientes nos ha dejado un monumento a la Fauna entre la cual deambulamos los humanos. Los animales nos miran a la cara, nos hablan cuando mueven la cola o muestran los dientes y emprenden el viaje los pájaros sin cargarse de valijas. Hacen su vida sin prisa, escriben versos a diario sin esperar el premio y brindan conciertos sin cobrar boleto a la rama que los sostiene o charlan a solas sin que Nadie los tilde de tarados.

¡Ah, los animales!
Son más humanos y sencillos       que los hombres
y mueren sin que una limusina los recoja.
16-06-08                        12-48 a.m.

(1)DICKINSON, Emily. Antología bilingüe. Edición, Prólogo, selección y traducción de Amalia Rodríguez Monroy. Madrid : Alianza Editorial. Primera reimpresión. 2005. Pág. 97 
(2) WHICHER, George Frisbie. Emily Dickinson: su vida y su poesía. Traducción de la prosa: Irma A. Calderón, de la poesía: S.B.S. de su original en inglés: “This was a poet: a critical biography of Emily Dickinson”, Michigan, 1938. Buenos Aires: Hobbs-sudamericana. 1972.  Págs. 59-63.

(3) ib. Pág. 302

(4) WHICHER, George Frisbie. Op. Cit. Págs. 295-297

(4) DICKINSON, Emily. Op. Cit. Pág. 81

(5) WHICHER, George Frisbie. Op.cit.

(6)DICKINSON Emily. Op. Cit. Pág. 221

(7)Ib. Pág. 185

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