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sábado, febrero 03, 2007

Kaisy Baker Fields: Un cuento


LOS ELEMENTOS DEL REINO
Kaisy Baker Fields

El malestar se conoce como “han” y se refiere a la impotencia para escribir la más vaga sentencia, precisamente cuando la inspiración da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Eva Talavera probó redactar su prefacio en el renglón dañado desde varios ángulos, incluyendo exóticos puntos de vista en primera persona o el intruso narrador en off, como se anula el silencio en el cine, pero la novela no adquiría sentido. El título era perfecto: “Los elementos del reino”. Sí, luchaba por oírse fuerte y claro y, con ese esfuerzo, Eva no quiere parecer mil veces callada. Mientras tanto, Literatura se ha vuelto una mala palabra. Ya no basta enterarnos que no alcanza autoridad de ciencia, que desautoriza la carta de amigos, ciudades y obras de arte, más notas complementarias. Asunto sentimental, luego Eva puede empezar lentamente su historia. No, alto. Otra vez, “Los elementos del reino” es una indicación de saña ornamental, porque se compran más libros de los que se leen, porque así se tiene la sensación de cumplir un deber, y aún lo poco que se lee, en buena medida, se nos estropea con la conciencia de lo mucho que dejamos de escribir y nunca nos pondremos al día. Por ello, Cervantes borraba todo lo que había hecho y empezaba de nuevo. El ejercicio debe mostrar a los criterios dominantes el cariño a lo nunca visto, a lo nunca oído y a lo nunca dicho.


Pero, para ser honestos, no es cierto. No funcionaba así.


Eva propina sendos manotazos a la mesa de la cocina y retira la hoja del rodillo para arrugarla y tirarla a la doble vía láctea de basura.


Ella prefería la máquina de escribir a la computadora. Lo llamaba honestidad intelectual. Piensa, respira profundo y pronto quiere quitar los codos de la mesa y romperle la ventana a su retrato.
Carajo; murmuró y encendió su vigésimo cigarrillo. Se puso de pie y se frotó los ojos de cansancio.
Han.
Talavera empezó su tarea a las cinco de la mañana. El intermedio entre los trastos. La artista quería, con toda el alma, componer al menos un par de cuartillas al final del día, pero los contratiempos seguían siendo los mismos del mes anterior: ansiedad, coraje contra su persona, frustración. No podía tocar el lindero de sus personajes. Lo llamaba el purgatorio.

La sombra de un animal enjaulado pasa los mosaicos, mientras deambulaba de un lado al otro. Eva disipa el largo, el triste paseo de nicotina, pero son veinte cigarros por cajetilla, y se había fumado el último. Lo que me faltaba, murmuró y sigue su camino a la puerta principal. En el exterior del condominio, el aire era distinto a sus pulmones. Doña Leonor, vecina del 37, estaba cocinando algo más vil que sus frijoles con carne del día anterior. Un miasma de alto riesgo biológico bajaba al segundo nivel. Eva toma las escaleras rápidamente.


El lado amable de los infonavit, es que cada casa es una tienda de abarrotes o un mesón de antojitos. No es necesario montar en globo al siguiente continente. Los andadores, como se le conocen a las calles cerradas, doblan las esquinas con pelotas de un niño a otro, buscando inútilmente la línea recta. Eva encuentra la calle abrasadora, surcada por autobuses al máximo de cupo con cinco pesos, gentes en bicicleta y patrullas del orden y la vialidad. Gracias te son dadas. Don Florentino espera detrás del mostrador, cuando Eva entra a la fachada que indica “La Pasadita” pintada a mano.


-¿Qué va a ser, señorita Talavera? –pregunta el amable tendero.
Las palabras “tres paquetes de Marlboro” estaban en la punta de la lengua, pero nunca llegaron a hacer un debut. El muchacho tatuado llegó por su espalda y amenazó con una navaja de resorte al pecho de Don Florentino.
-¡Abra la pinche caja registradora y deme todo lo que tenga! –ordena, abriendo la voz como una cruz gamada.
Don Florentino pestañea un par de veces, se hunde bajo la madera y reaparece con un machete, que coloca delante de los ojos.
-A quien chingados quieres asustar con ese cuchillo de mesa? –truena los dedos, inmovilizando el instante.
Dejando caer el arma blanca al costado, este Mara Salvatrucha se percata que ha fallado su plan. Abierta competencia fálica. Sin pensarlo dos veces, escapa por la misma ruta de entrada.
-Vago hijo de la chingada, me las vas a pagar! –grita Don Florentino y sale en pos del rufián.
-¡No! –exclama Eva en un acto reflejo.
¿Problemas de incontinencia? El rostro de yeso le ha durado los segundos que suceden el atraco y la revancha, enseguida se sobrepone al susto y de manera imprudente e infantil persigue a los corredores.


El mediodía en la calle, atropellando ángeles. Violento, curioso. Árboles empeñados en recoger su sombra, cuando pasan los hombres a la carrera. El delincuente salta las banquetas, los riachuelos domesticados. Asciende el polvo en la huida. Eva distingue al viejo Florentino pisándole los talones a su perseguido, apenas cuatro a doce pasos de separación. La terca fuga sacude la cabeza en ambos: el uno, boqueando la falta de aire. El otro, buscando por una ruta de escape, precisamente cuando la supervivencia da vueltas erróneas dentro del laberinto de la mente. La historia entra a un corredor sin salida.


Y bien, rebotando contra la pared, el muchacho cae de rodillas, los brazos separados del cuerpo y las pupilas dilatadas de terror.
-¡Estoy desarmado, estoy desarmado!- grita al sudoroso anciano, que asesta el machete ígneo contra las explicaciones. La boca del muchacho se abre desproporcionada. No produce más que otra escena sonora, otra ficción. Apuntes sobre una teletransportación milagrosa ocurren igualmente en un sinnúmero de tradiciones religiosas, tales como el Tay-alArd, o “doblez de la tierra”, en el Islam. O el Kefitzat ha Derekh, o “el salto en el camino, en el judaísmo. Felipe, el evangelista, a quién el espíritu del Señor tomó de Gaza a Frigia, para atrapar peces de barro vivo en los límites de Cesárea. La teletransportación es admitida como voluntaria en el budismo tibetano. Para los incrédulos, Gil Perez era un soldado español destacado en la Guardia Civil de Filipinas, al momento de recibir sus órdenes la mañana del 25 de octubre de 1593. Tras sentir un ligero mareo, se cuenta que repentinamente apareció en la Plaza Mayor de la ciudad de México, vistiendo el uniforme de los guardias del palacio Malacanang, en Manila, y clamando no tener idea de cómo había llegado allí. En el momento de ser detenido, él dijo que el Gobernador Don Gomez Perez Dasmariñas, había sido asesinado. Los historiadores dudan la veracidad de la historia, ocurrida la noche del 24 de Octubre de 1593, aunque fueron registrados los testimonios en los protocolos de la Santa Inquisición. Era imposible conciliar la idea de un desertor.


En el callejón, el muchacho es herido de muerte. Don Florentino hizo ver a Eva que era imposible conciliar la idea de un desertor de la realidad. Así que, recoge la cabeza. Guarda el brazo que empuñó la espada del reino. No me dejes en medio de la sangre en esa toalla.


-Me he muerto por cuarenta años en esa tienda para predecir la noticia del radio –advierte Don Florentino a las ratas asomadas con el mayor sigilo bajo la tabla periódica, rajada y sucia sobre el rincón.


Eva Talavera supo en ese momento que clase de libro iba a escribir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Nacho: este cuento es perturbador para mí, por lo cotidiano, la cercanía, el juego de espejos y realidades, tiempos, la intensidad del relato. Y para acabar un espejo y un reflejo más, el nombre del cuento con el nombre del blog. Cuánta vivencia y dimensiones de la realidad encontramos en la ficción literaria. Disfruté y sigo disfrutando mucho esta pieza literaria. Manolo.

Ignacio García dijo...

Gracias Manolo: A mí me ha gustado también. Por alguna razón de la edición no aparecìa el nombre de Kaisy Baker Fields, autora del texto. A ella se debe el mérito.