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viernes, octubre 08, 2010

Ignacio García: De cierto un premio


DE CIERTO UN PREMIO

Ignacio García

Cuando a incios de 1990 Mario Vargas Llosa decidió lanzarse como presidente de la República del Perú, nadie dudaba que el autor de La Casa Verde arrasaría en los comicios: su popularidad como escritor era inobjetable, además de no aparecer en el panorama contrincante alguno que le hiciera sombra. El escritor tenía como valor agregado las simpatías que iban desde los grandes empresarios hasta los marginados indígenas (por lo menos eso se propalaba como propaganda desde su comité político) Pero entonces apareció , así de pronto y como salido de pólvora mojada, un hombre llamado Alberto Fujimori, apodado El Chino –que ni chino, ni peruano y quién sabe si japonés— que vino a ser su pesadilla. Éste, con una campaña poco común y vendiendo sus ideas como los chinos comercian con sus productos baratos,-- comenzó a ascender poco a poco y de forma silenciosa en las encuestas de popularidad.

Cuando Vargas Llosa y su equipo celebraban en un hotel de Lima su triunfo en las elecciones, el gozo se fue al pozo, al saber que el ganador de la pelea había sido El Chino. No adivino qué es lo que el escritor pudo sentir internamente, pero aquí en la ciudad de México (y en muchas otras regiones de Latinoamérica) hubo un dejo de alegría entre los grupos de artistas e intelectuales por la pérdida sufrida por Mario. En México, Octavio Paz se adjudicó el micrófono y dijo: “Nos da alegría la derrota de Mario: de hecho, hemos perdido a un político, pero hemos conservado a un gran escritor”. Tiempo después, tal vez a raíz del resentimiento que le causó el haber perdido frente a un desconocido, Vargas Llosa, abandonó Perú, se fue a vivir España y se nacionalizó allí ciudadano español. Viajó y vivió en París, fue a la Gran Bretaña y se instaló en Londres desde donde vivió como todo un Lord inglés y colaboró con varios diarios famosos del mundo occidental.Ya para entonces la fama de Mario era de todos conocida. Miembro prominente de lo que se hizo en llamar el “boom” latinoamericano, tenía detrás de él obras de gran éxito: La ciudad y los perros (1962), La casa verde (1966), Premio Rómulo Gallegos, Los cachorros (1967) (llevada al cine con gran éxito), Conversación en La Catedral (1969), Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981), Historia de Mayta (1984), ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986), El hablador (1987) y Elogio de la madrastra (1988).

Lector ávido de casi todas sus obras, me quedé pasmado –y calibré verdaderamente la valía de Mario--, cuando leí un libro tal vez poco conocido por el público pero de una belleza incalculable a pesar de su carácter escatológico: se trata de La guerra del fin del mundo: una novela de carácter apocalíptico regional en donde un mesìas carismático profetiza el fin del un mundo llamado Canudos (en el Brasil) allá por el siglo XIX. Vargas Llosa, rescata lo más posible de esta gesta religiosa, y ofrece una ficción que se lee de una sola mirada por lo exquisito de su prosa, la variedad de sus personajes antípodas, la historia que se hila sin dejar respirar a uno, y cada palabra y cada sílaba con el acento que sólo Mario puede poner a sus escritos: todo, a pesar de tratarse no de una novela de ficción total sino de parcial investigación histórica.

Al mencionar lo anterior, se quiere decir que ese es el mérito mayor de Mario: no se trata de un escritor plano, raso, simpático y anecdótico que todo lo extrae de su imaginación (que no por ello dejaría ni deja de ser válido para quien así escribe), sino que en sus novelas se nota el quehacer mayor de un escritor: la investigación de hechos, sean de carácter político, social, amoroso o de otra extraña ramificación; Mario casi siempre tiene como trasfondo un hecho cierto y analizado, al que luego le agrega el don de su pluma. Así, el autor dejó atrás su voluntad política y se dedicó a ese oficio y vocación para la que lo único que hace falta, como lo dice Hemingway, “es tener unas nalgas muy duras”.

Hoy, la Academia del Premio Nobel de Literatura, por fin se ha puesto las pilas. No premia a Vargas Llosa por la publicación de una sola novela (a veces en algunos, la única); ni se señala su postura política –la que regularmente debe ir acorde a la de los miembros de la Academia--; se le premia por una constancia poco común en los escritores; hábito que (salvo dos o tres de sus obras) siempre va acompañado de un trabajo tozudo detrás de la máquina de escribir: Lituma en los Andes (1993), Premio Planeta, Los cuadernos de don Rigoberto (1997), La Fiesta del Chivo (2000), El Paraíso en la otra esquina (2003), Travesuras de la niña mala (2006), El sueño del celta (2010), aparte de sus ensayos y obras de teatro que dan fe de esta actividad de fe en la palabra.

Uno puede o no estar de acuerdo con la postura política y actuaciones personales del galardonado; no hay ser humano que se libre de ser vituperado por ya sean las derechas o las izquierdas y los centros. Mario, no sido ajeno a esto. Incluso cuando hace unos 12 años estuvo en México, la cúpula del partido en el poder en ese tiempo, se le fue a la yugular por decir una verdad sin tapujos: “El PRI no es una dictadura, es sólo una dicta-blanda…”. El mismo Mario, ya comenzado a ser criticado desde ayer, hace una apología y se adelanta diciendo: “Ojala y me hayan dado el Premio por mi obra literaria”. Literatura que hasta la sacrosanta Beatriz Paredes ha de gozar en sus ratos libres de perorata y contradicciones; prefiriendo, claro, encontrarse en las páginas de Mario en ese libro del 2006 y titulado Travesuras de la niña mala … Dudamos que Vargas Llosa se haya fijado en esa demagoga mujer para encarnarla en su novela. Mejores cosas tiene que le han valido un premio que si se objeta, razones habrá; si no se hace la única objeción que tendríamos para acercarnos a Vargas Llosa, es falta de tiempo y sacudir nuestros libreros para acompañar a éste, que con Premio o sin él, seguirá deleitando a sus lectores sin desborde alguno de pasiones sino la que a él mismo pertenece.

En fin, estamos seguros que a Mario no lo detendrá su galardón que, a decir de Borges –a quien el escritor premiado admira muchísimo—“los premios son un accidente”; y que seguirá con eso que en inglés y en la figura señera de James Joyce, se llama work-in-progress.

Felicidades, Mario.



5 comentarios:

Anónimo dijo...

El señor Vargas se fue a España, se nacionalizó español después de perder las elecciones. Dejó en la estacada a sus paisanos con un señor que terminó preso.
El Nobel es un premio que consigue ser publicitado gratis en todo el mundo. Lo lamento.
Jaime Velázquez

Anónimo dijo...

Y, agrego, la frase por la que se le pidió que dejara México -claro que él lo niega-, fue otra, que reconocía la perfección del sistema político mexicano. Los extranjeros entienden que no es civilizado hablar mal públicamente de los países en los que están de paso. Y es imperdonable en quien usa la lengua como herramienta de su trabajo.
Jaime Velázquez

Los Elementos del Reino dijo...

Ciertamente su nacionalidad es la española. El editor del blog es un poco malo y tuve que andar borrando aquí y hallá, devorando párrafos que ahora deberé enmendar: hablaba de su estancia en Francia, Londres y otros país europeos...si se lee por favor de nuevo el párrafo comido, habré lavado mi afrenta.
Gracias Jaime.

Los Elementos del Reino dijo...

Tal vez sí fue mala onda decir las verdades de un país que no es el suyo cuando se halla en territorio ajeno; eso se llama diplomacia, la cual está muy por debajo de la verdad y el chantaje de obligar al otro a desmentirse. No importa donde lo dijo: lo repitió en algunos otros diarios como una profecía de lo que nuestro sistema político es: no un sistema perfecto sino absolutamente hundido en la corrupción. El libro de Alan Riding VECINOS DISTANTES, es Palabra, no oral, pero al fin palabra. No estuvo presencuialmente en México pero su libro, leìdo a millares, decía mil cosas peores que las que Mario dijo, y nadie se atrevió a callarlo u obligarlo a desdecirse. A lo mejor no es lo mismo presencia que ausencia ... ¡Vaya galimatìas de los ofendidos!
Ignacio

cristina caballero dijo...

pues ya que el Maestro nombra la Guerra del Fin del Mundo, a mí me parece que nomás por esa novela, que aún sigo leyendo, yo creo que se trató de un premio justo. Aunque, bueno, ¿cómo podría un premio, cualquier premio, ser justo, cuándo el ganador será solo uno? Pero debo confesar, que aunque el Nóbel "da publicidad" (bastante supongo), yo no he leído a muchos de los nóveles o nobles escritores. Pero si se le premió la constancia, la tosudez y el trabajo con la palabra, para mí eso es suficiente mérito. Una vida dedicada al Arte o una vida coherente con nuestra ideología, para mí, es lo más valioso que puede existir. Saludos