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martes, junio 05, 2012

Jeremías Marquines: Fragmento de poema


Duros pensamientos zarpan al anochecer
en barcos de hierro
Jeremías Marquines

El pasado 31 de mayo de 2012 fue presentado, el el lobby del Teatro Clavijero, el libro del poeta tabasqueño Jeremías Marquines, y de título ACAPULCO GOLDEN, libro de poemas ganador del Premio Bellas Artes Aguscalientes , 2012. Con anterioridad, Marquines había ya escrito una docena de libros entre poesía y ensayo; de uno de ellos (2002) presentamos el siguiente fragmento.
Duros pensamientos zarpan al anochecer en barcos de hierro;
Se deslizan en silencio como luces distantes
mientras los veleros se mecen anclados y un ferry tartajea y gira
como una cofa en las revueltas aguas de la marea
–su arrogante voz opacada por roncas chimeneas
empenachadas de vapor. El barco pasa. Las balandras se pierden de vista.
Las campanas tañen. El ferry pronuncia
una última frase blanca, y unos labios humanos
una última frase negra, cargada de un creciente sentimiento
de perdida. Los pensamientos abandonan la cruel ciudad;
no obstante los barcos mismos son de hierro y no tienen piedad,
en tanto que los hombres tienen corazones y costados que se deterioran
y oxidan.
Duros pensamientos zarpan de las aceradas ciudades envueltas en polvo,
Pero tiernos como palomas son los pensamientos que vuelan a casa.
Anda vámonos al diablo –me dijo.
Arriba de nosotros estaba lo eterno colgando como un triste sueño.
–Reconozco que los pájaros nos llevan ventaja pero ellos
cavan más rápido sus tumbas y nadie les pregunta si el
dolor tiene la forma benévola de un beso.
–No los mires –me dijo– siempre eluden el amor de la memoria.
–Yo no le hice caso y seguí mirando a los pájaros como cuando me llamaban
vivo.
Los pájaros que desarman mi esqueleto como se desarma el silencio en
el fondo de un pozo.
Los pájaros –sus presencias tímidas– que se amoldan a mi alma perdidiza
como a un vaso de agua.
Los pájaros que traen todos los regresos en sus alas rotas.
–Porque el mar andaba sin recuerdo como un beso infantil
que se da eterno.
Eso dijo, pero yo estaba de este lado del silencio donde asomaba desangrado
el rostro de lo amargo;
sus orillas siempre llenas de presagios sin cuerpo;
sus ojos amarillos como una canción de despedida.
Sus ojos donde se pierde lo escondido.–(
Y tiene el silencio también no me preguntes.
Tiene un árbol en el centro oscuro del olvido,
un pájaro de frío desclavando espejos; tiene
un mar que recuerdo haber visto levantándome la carne.
Tiene el olvido pues, sus alas rotas.
Sus dedos mojados en un agua amarga;
su corazón que arroja piedras a la infancia,
sus hierros desnudos del insomnio,
sus criaturas tortuosas que consumen en el acto las
palabras.
Ay, las pobrecillas palabras
Ay, que no saben a nada.
sólo alcanzamos un más allá de pájaros en desbandada.
El mar sacudía sus migajas en medio de la casa mientras un palomar
tenía por sueño.
–A veces solía alegrarse cuando Él cantaba y como un perro manso
lamía los poemas de sus manos.
Yo les miraba con cierta indulgencia: parecían un par de pobres diablos
que se buscaban por caminos delirantes mientras tramaban el tedioso asesinato
de sí mismos.
Cuando el viaje pierda interés, no rehuyas los caminos arbolados ni la
risa –me dijo.
–La verdad ya me estaba cansando de mirar el infierno con fingida
madurez –le dije–, pero no me hizo caso porque el mar combatía en tierra
contra una gaviota solitaria.
–Volví a la ruta inconclusa, deseaba sentir adentro de los ruidos de mi
corazón el sonido que dejan mis pasos en la hierba; pensaba en mí con esa
fragilidad que tienen las órbitas perdidas de los ciegos y escuchaba el gotear
diminuto de mi cuerpo pudriéndose en la indiferencia de las plazas públicas,
donde el perro, unos amantes y la luna ocultan uno a otro su suerte.
Entonces pensé en el mar que volvía convertido en un pájaro suicida y
en los árboles que peinan las barbas de la tempestad y en mí que soy un pulso
pálido de tierra y en Dios que viene en un paracaídas de hojas secas a
perfeccionar mi odio.
Pensé en mí, cuando toda tú llegaste de algún lugar perdido como un vuelo de
pájaros en desbandada.

Los que se pierden sólo tienen como recuerdo la cara en blanco –dijo.
–Pero yo miré al mar morir absorto –le dije.
Él hizo un movimiento como queriendo parecer enérgico y respondió:
El mar que cambia sí, de pie, más no de sueño...
No le dije nada, más que contradecirlo me interesaba el perro que lamía albas
eternas en un sueño donde alguien como yo fingía profundas soledades.
Todo aquí pasaba largo como el deceso de alguien
miserable: las noticias de milagros, los callejones donde el
día se aquerenciaba al cielo, la vagancia infinita del sur y
sus muertos que tocan guitarras y cantan canciones de amor
como esperando un ángel.
–Yo le dije que nadie se pierde, lo que pasa es que la gente se va por ahí a
buscar recuerdos entre calles nocheras.
Le dije que pensara en el viejito que inventaba laberintos mínimos y extrañas
caligrafías para perderse y reaparecer después en alguna callejuela de
Palermo, muy lejos de nosotros.
–Tienen la cara en blanco –insistió– como la luz que se desvela.
Pensé en el mar que afinaba sus murmullos en los rincones
de la casa;
en las putas que sombrean la estrechez metafísica de sus
culos en los parquecitos del centro; en los camiones como
una carcajada maligna
y en la insolencia de un pájaro que se niega a cantar
mientras se derrumba todo.
Y también pensé en ti que temblabas envuelta en tus
aromas de colores mientras decías no sé qué de la justicia y
el cielo;
mientras alguien como yo fingía profundas soledades.

Tuve que decirle que los desaparecidos son amortiguado enojo que apostrofa.
Pero él sólo tenía ojos para sin verlo a Él –a Dios– quedarse escondido en la
diafanidad que todo ignora y repetía como un mártir:
¡Planta-semilla-planta!
¡Planta-semilla-planta!
–Qué podía hacer; él era desde sus claros huecos la memoria que un día así,
como un dolor cae para repetirse siempre.
Ya puedes estar de pie frente a las cosas –me dijo. Aquí en el sueño
inhóspito.
–Yo le dije que el mar arrastraba en el puerto sus escamas de vidrio;
llenaba las cantinas con su aliento de peces artillados;
sus melindres de azul eran menta helada en el sexo diminuto de prostitutas
niñas y que Dios podía quedarse entumido en su castidad de musgo.
¡Planta-semilla-planta!
¡Planta-semilla-planta!
Es cruel el sueño –me dijo.
–Es el mar y su gorjeo de púas lo que trae la forma misma de nombrar la
lluvia –le dije.
–No –dijo– la memoria es un parpadeo ególatra donde el espejo colma su
dolor lamido.
Quema la gota amarga de insepultos.
Como un martillazo infernal duele en la garganta.
Arde el garfio envejecido de la lluvia,
los dardos del aire que suelen lamer las salamandras
queman
formas de la nada, ruidos que de abajo del rencor vienen;
fósiles del fuego, que por insulsos, sólo lenguas de color
perpetúan.
Y sin embargo, la gota amarga de seres insepultos
como un reptil mentido –el odio– es un jardín de piedras que desemboca en
sus entrañas mismas.


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