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jueves, abril 02, 2009

Cristina Caballero: El Laberinto



EL LABERINTO

Un gato negro había caído en su trampa Ella lo miraba cautelosa mientras él rasgaba la mesa de espino blanco Una mesa infausta como infausto es el día de todos los nacimientos Sceith, sceith murmuró conciliadora Pero él no la escuchaba Preso como lo veía en aquella opaca armadura hecha de huesos carne y pesadumbre Las anquilosadas extremidades se agitaban ya hacia oriente ya hacia occidente intentando zafarse del amaño Tendré que dejarlo lamerse, mientras alguna de mis pócimas cae inocentemente sobre él Pues el gato había venido hacia la red sostenida con destellos de amonita y sulfatos diversos mientras anochecía Con sus alas blancas Para volverlo del derecho y del revés Y ella ahora sólo tenía que averiguar cómo lo había logrado La raíz del rojo lazo Tejido febril y ociosamente por las Harpías estaba aún atada a su corazón Y el agua que de ahí se derramaba era todo lo que aún poseía No hay coincidencias pensó la nínfula (pero ¿con qué iba a apagar el fuego de aquel ser? No con su sangre, eso ni pensarlo) Tal preocupación la hizo dejar su inmovilidad de muchos ciclos para buscar lirios puertas afuera Aunque sucedió lo que ya sabía En los incontables pasillos no encontró nada Y no es que pensara que iban a aparecer sólo porque ella lo deseara No en un sitio así Pero presentía que al gato le habrían gustado ¿Cómo pudo encontrar una grieta? se preguntó una y otra vez haciendo la ronda de la tarde La madera tenía para entonces el color de la desesperanza Dentro de las coordenadas de su estratagema de estrellas el mundo se estaba derrumbando y las finas hebras del pelambre y las plumas más suaves rodeaban la atmósfera con su ajedrezada danza El felino producía espirales y rayos Centellas que se aferraban a su erizado cabello y a los bordes de la mesa para alumbrar las paredes donde anidaban los vestigios lunares de esa noche El raquítico filo era plateado Sólo plata ¿Qué buscas, pequeño sceith? Muy lejos del cielo andas Pero saber lo que él quería resultaba tan difícil como saber lo que quería ella

… tal vez un cauce de río
recuperar sus ropas terrestres
para hacerlas ondear como velas

árboles añejos
imprecisos y pálidos
negras aguas y un vaporoso humor atravesándola

Eso sabía Ellas se lo habían dicho antes de partir

Para dejar el Reino debes entrar en la cueva sin nombre
Navegarás en una balsa
Hecha con corteza de tu duir pues sólo eso necesitas

Todos los árboles menos el sauce
Ese está prohibido
Así es

Cambia tus ropas terrestres
Y evita el Árbol
El árbol sí

Hasta la cueva sigue
No mires a ninguna parte
Y entra

Así hablaron las Maias Las abuelas que conocen todos los caminos

Fasti, fasti
Niña rosa
Niña azul

Hasta los idus
No hay buena suerte
Arroja la basura del templo

Olvida peinar tu cabello
El fuego arde en la senda blanca
Pero nunca en mayo

Nacerás del rumbo de la luz
Así habrás de llamarte
Porque a la vida

Todas tenemos derecho
Todas
Incluso nosotras

Para destruir el antiguo espino
Trece tesoros
Debes conseguir

Y cuando amanezca
Sobre la corteza del sauce danzarás
Que la luna te posea

Palo de fresno
Evita al Agua
No lo olvides

Ramas de abedul
Si los demonios
Quedan enredados en la escoba

Ligazón de sauce
En honor a Hécate
Nosotras te saludamos

Un sauce ha crecido
fuera de la cueva dirá el Mirmidón
La hija del Fénix nos visita
Ofrécele este cesto de mimbre
Y las piedras de fuego
Pero no dejes que queme el sauce

Las Harpías cantaron ante ella Aunque no realmente Y en todo caso ella no pudo escucharlas Sus sombras ondulaban en el aire como crisálidas al salir de su capullo Alejándose a toda prisa del último límite del Reino Detrás de Jonacá Lejos de ella Pero ahora Aquel gato negro de alas blancas le estaba maullando todos los sonidos perdidos al entrar en la Cueva Sin Nombre Bebe pequeña, te lo has ganado eso escuchó Catherine sin ver a nadie (porque los cuerpos de los gnomos están formados por un éter que las nínfulas no pueden percibir) Una jarra de cobre opaca y deslucida apareció ante ella Y sus manos se humedecieron de un picante néctar Kvasir y Song Los astutos enanos Señores del Laberinto Sonreían entre las estalactitas de su gruta preferida Habían puesto en el recipiente una sangre especial (¿de qué estaba hecha?¿unicornios?¿linfas?¿polillas?¿plantas proféticas? Eso nadie podrá saberlo nunca) ….un brebaje para la niña, sólo un poco más…poeta o loca, jamás podrá abandonarnos… Y encandilada por las flores de ciruela Crisantemos amarillos Narcisos y jacintos que surgían de todas las murallas del Laberinto Atrapada en sus innumerables matices Catherine bebió afanosamente Incapaz de detenerse y ver la puerta que entreabierta ahora estaba llamándola

2 comentarios:

ciberegoteca De Laura Haddad dijo...

Me gustó mucho.

cristina caballero dijo...

gracias por tu comentario, veo que te gustan los gatos. Hace un tiempo, leí una novela de ciencia ficción: Clones (no recuerdo en este momento el autor), donde decían que había una zona en internet a la que iba todo aquello que se perdía: las palabras se transformaban en esa selva, cobraban vida; la única manera de acceder a tal lugar mítico, era por medio de los gatos, y explicaba el método detalladamente...algún día voy a intentarlo, creo. Saludos