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martes, noviembre 04, 2008

Hermann Hesse: Rastro de un sueño




NOTAS

Érase un hombre que practicaba el poco respetable oficio de escritor de amenidades. Formaba parte, empero, de aquel reducido número de literatos que, en la medida de lo posible, toman en serio su profesión, y a quienes algunos entusiastas manifiestan un respeto semejante al que solía ofrecerse a los verdaderos poetas en tiempos pasados, cuando aún existían poesía y poetas. Este literato escribía todo tipo de cosas agradables, novelas, relatos y también poemas, y se esforzaba todo lo imaginable por hacerlo bien. Sin embargo, raras veces lograba ver satisfecha su ambición, ya que, aun cuando se tenía por humilde, caía presuntuosamente en el error de no tomar como medida de comparación a sus colegas y contemporáneos, los otros escritores de amenidades, sino a los poetas del pasado -o sea, aquellos ya consagrados durante generaciones-. Y, en consecuencia, una y otra vez debía reconocer con aflicción que incluso la mejor y más afortunada página por él escrita quedaba muy a la zaga de la frase o verso más recóndito de cualquier verdadero poeta. Así, su insatisfacción iba en aumento y su trabajo llegó a no complacerle en absoluto. Y si bien aún escribía alguna pequeñez de vez en cuando, sólo lo hacía con objeto de expresar esta insatisfacción y aridez interior y darles salida en forma de amargas críticas a su época y a sí mismo. Con ello, naturalmente, no mejoraban las cosas. A veces también. intentaba emprender el retorno a los jardines encantados de la poética pura y rendía homenaje a la belleza en hermosas creaciones lingüísticas, en las que erigía esmerados monumentos a la naturaleza, las mujeres, la amistad. Y en efecto, estas composiciones tenían cierta música y una semejanza con la auténtica poesía de los poetas auténticos, en los que hacían pensar, tal como un amor o una emoción pasajeros pueden, ocasionalmente, recordar a un hombre de negocios y de mundo el espíritu que ha perdido.

Un día de la temporada que media entre el invierno y la primavera, este escritor, que tanto hubiese deseado ser poeta y a quien muchos incluso tenían por tal, estaba sentado una vez más ante su mesa de trabajo. Como de costumbre, se había levantado tarde, no antes de mediodía, después de pasar la mitad de la noche leyendo. Estaba sentado, con la mirada fija en el punto del papel donde dejara de escribir el día anterior. El papel decía cosas inteligentes, expuestas en un lenguaje ágil y cultivado, contenía ideas sutiles, ingeniosas descripciones, de las líneas y páginas se desprendía más de un hermoso cohete y alguna esfera luminosa, en ellas resonaba más de un sentimiento delicado... pero, no obstante, lo que leyó en su escrito decepcionó al escritor. Desengañado contempló lo que comenzara la víspera con cierta alegría y entusiasmo, lo que durante una hora crepuscular semejara narrativa, para convertirse otra vez en literatura de la noche a la mañana, un enojoso papel escrito que, en realidad, daba lástima.

Como tantas otras veces a esta hora algo lastimera del mediodía, percibió y consideró su situación extraordinariamente tragicómica, su necia aspiración secreta a una auténtica composición poética (cuando en la realidad actual no existía ni podía existir auténtica poesía) y las fatigas infantiles y tontamente inútiles que sufría por su deseo de crear, con ayuda de su amor a la antigua poesía, con ayuda de su gran cultura, de su delicado oído para las palabras de los auténticos poetas, algo que estuviese a la altura de la antigua poesía o se asemejase a la misma hasta el punto de inducir a confusión (cuando sabía perfectamente que es imposible crear nada a base de cultura e imitación).

También sabía a medias y hasta cierto punto tenía conciencia de que esta ambición sin esperanza y esta ilusión infantil que inspiraba todos sus esfuerzos no constituía en modo alguno una situación particular y personal, sino que cada ser humano, incluso el de apariencia normal, incluso el que aparentemente era afortunado y feliz, abrigaba la misma aridez y el mismo desesperado desengaño; que cada hombre buscaba constante y continuamente algo imposible; que incluso el menos atractivo acariciaba el ideal de Adonis, el más tonto el ideal de sabio, el más pobre la ilusión de Creso. Sí, incluso sabía a medias que ese tan venerado ideal de la «auténtica poesía» no significaba nada, que Goethe consideraba a Homero o a Shakespeare como algo inalcanzable con el mismo desánimo con que un literato actual podría contemplar a Goethe, y que el concepto de «poeta» no era más que una abstracción vacía; que también Homero y Shakespeare habían sido sólo literatos, especialistas dotados, que lograron prestar a sus obras esa apariencia de lo suprapersonal y eterno. Sabía todo esto a medias, como suelen saber estas cosas evidentes y terribles las personas inteligentes y habituadas a pensar. Sabía o intuía que también una parte de sus propias tentativas de escritor causarían a lectores de épocas posteriores la impresión de «auténtica poesía», que tal vez literatos posteriores pensarían con nostalgia en él y su época como si de una edad de oro se tratase, en la que aún hubieran existido verdaderos poetas, verdaderos sentimientos, hombres verdaderos, una verdadera naturaleza y un verdadero espíritu. Como él bien sabía, ya el apacible provinciano de la época feudal y el gordo burgués de una pequeña ciudad medieval habían comparado con idéntica actitud crítica y sentimental su propia época refinada y corrupta con un ayer inocente, ingenuo, espiritual, y habían considerado a sus antepasados y su modo de vida con la misma mezcla de envidia y compasión con que el hombre actual tendía a considerar la bienaventurada época anterior al invento de la máquina de vapor.

Al literato le eran familiares todos estos pensamientos, conocidas todas estas verdades. Lo sabía: el mismo juego, el mismo anhelo ávido, noble, sin esperanza, de algo auténtico, eterno, valioso en sí mismo, que le impulsaba a llenar hojas de papel escrito, empujaba también a todos los demás, al general, al ministro, al diputado, a la elegante dama, al aprendiz de tendero. Todos los hombres, iluminados por secretas ilusiones, cegados por ideas preconcebidas, seducidos por ideales, anhelaban de algún modo, muy inteligente o muy tonto, poco importaba, salir de sí mismos y de los límites de lo posible. No había teniente que no llevase consigo la imagen de Napoleón... ni Napoleón que en su época no se sintiera como un imitador, no considerara sus hazañas medallas de juguete, sus objetivos ilusiones. Nadie había quedado fuera de ese baile. Nadie tampoco había dejado de experimentar en algún momento, a través de alguna hendidura, la certeza de ese engaño. Ciertamente existían los perfectos, los dioses humanos, había existido Buda, Jesús, Sócrates. Pero incluso ellos sólo habían alcanzado la plenitud y habían sido penetrados totalmente por la omnisciencia en un único instante: el instante de su muerte. En efecto, su muerte no había sido más que la última penetración de¡ conocimiento, el último don por fin logrado. Y posiblemente cada muerte tenía ese significado, posiblemente cada moribundo era una persona que estaba alcanzando su plenitud, que desechaba el engaño de la muerte, que se abandonaba, que no deseaba ser nada.

Este tipo de reflexiones, aun cuando tan poco complicadas, estorban mucho los esfuerzos, las acciones del hombre, su continua participación en su juego. Y así, el trabajo del poeta aplicado tampoco progresaba mucho a esa hora. No existía palabra alguna que mereciera ser escrita, ni pensamiento alguno que realmente fuese necesario comunicar. No, era una lástima desperdiciar papel, más valía dejarlo sin escribir.

El literato apartó la pluma y guardó sus papeles en el cajón con esa sensación; de haber tenido un fuego a mano, los hubiese arrojado al mismo. La situación no era nueva; se trataba de una desesperación paladeada ya con frecuencia, que ya había sido domada y al mismo tiempo había adquirido una cierta resistencia. Se lavó las manos, se puso el abrigo y el sombrero, y salió. Cambiar de lugar era uno de sus recursos largo tiempo acreditados; sabía que no era bueno permanecer largo rato en la misma habitación con todo el papel escrito y en blanco cuando se hallaba en ese estado de ánimo. Más valía salir, tomar el aire y ejercitar la vista en las escenas callejeras. Podía suceder que le viniese al encuentro una mujer hermosa o que topase con un amigo, que una horda de colegiales o cualquier entretenimiento gracioso de un escaparate le llevaran a cambiar de pensamientos, podía resultar que en una esquina le atropellase el automóvil de uno de los señores de este mundo, de un editor de periódicos o de un rico panadero: meras posibilidades de cambiar de situación, de crear nuevas circunstancias.

Vagabundeó lentamente en medio del aire casi primaveral, vio matas de campanillas que inclinaban la cabeza en los tristes y reducidos céspedes plantados frente a las casas de pisos, respiró el húmedo y tibio aire de marzo, que le indujo a dirigirse a un parque. Allí se sentó en un banco, al sol, entre los árboles deshojados, cerró los ojos y se entregó al juego de los sentidos a esa hora soleada de primavera temprana: qué suave el contacto del viento en las mejillas, qué hirviente ya el sol lleno de oculto ardor, qué penetrante e inquieto el olor de la tierra, qué alegres los pasos infantiles que de tanto en tanto pisaban juguetones la arena de los senderos, qué cariñoso y perfectamente dulce el canto de un mirlo en algún lugar del desnudo arbolado. Sí, todo era muy hermoso, y puesto que la primavera, el sol, los niños, el mirlo no eran más que cosas muy antiguas, que ya habían alegrado al hombre millares y millares de años atrás, en realidad resultaba incomprensible que en el momento presente no fuese posible escribir un poema de primavera tan hermoso como los compuestos hacía cincuenta o cien años. Y sin embargo no era así. El más tenue recuerdo de la canción de primavera de Uh1and (naturalmente con la música de Schubert, cuya fabulosa obertura, tan penetrante y conmovedora, sabía a primavera temprana) bastaba para indicar a un poeta actual que esas cosas cautivadoras ya habían sido narradas por el momento y que no tenía sentido querer imitar a toda costa esas creaciones de tan insuperable plenitud, que exhalaban bienaventuranza.

En el preciso instante en que sus pensamientos iban a entrar de nuevo en ese viejo derrotero estéril, el poeta frunció los ojos con los párpados cerrados y a través de una pequeña rendija de los ojos -aunque no sólo con éstos- percibió una ligera reverberación y un tenue destello, islas de rayos de sol, reflejos luminosos, espacios de sombra, cielo azul veteado de blanco, un cono centelleante de luces movedizas, lo que cualquiera puede ver al guiñar los ojos, pero reforzado de algún modo, de alguna forma valioso y único, transformado de percepción en experiencia por la acción de alguna sustancia secreta. Lo que centelleaba con múltiples destellos, reverberaba, se desvanecía, ondeaba y batía alas no era un mero tumulto de luz procedente del exterior, y esos fenómenos no se desarrollaban sólo en el ojo, también eran vida, bullente impulso interior, y correspondían al espíritu, al propio destino. Ésta es la manera de ver de los poetas, de los «visionarios»; de este modo embelesador y conmovedor ven quienes han sido alcanzados por Eros. Se había desvanecido el recuerdo de Uh1and y Schubert, ya no había un Uhland, ya no había poesía, ya no había pasado, todo era instante eterno, experiencia, verdad íntima.

Entregado a la maravilla, que ya otras veces experimentara, pero para la que creía haber perdido tiempo ha toda vocación y toda gracia, permaneció instantes eternos suspendido en lo intemporal, en la conjunción del mundo y el espíritu, vio moverse las nubes al impulso de su aliento, sintió girar el cálido sol dentro de su pecho.

Pero mientras miraba fijamente con los ojos entornados, abandonado a la rara experiencia, entrecerrando todos los sentidos, pues sabía perfectamente que la corriente fatua procedía del interior, allí cerca, en el suelo, percibió algo que le cautivó. Tardó un rato en advertir, paulatinamente, que se trataba del pequeño pie de una niña. Lo cubría un zapato de cuero marrón y pisaba la arena del sendero con vigor y alegría, apoyando el peso en el tacón. Ese zapatito de niña, ese cuero marrón, esa alegría infantil de la pequeña suela al pisar, ese trocito de media de seda que cubría el tierno tobillo, recordaron algo al poeta, inundaron su corazón de forma repentina y apremiante como si formasen parte del recuerdo de una experiencia importante, pero no logró dar con la clave. Un zapato de niña, un pie de niña, una media de niña: ¿qué importancia tenía todo eso? ¿Dónde se hallaba la pista? ¿Dónde se encontraba el manantial de su espíritu que respondía ante esa imagen entre millones, la acariciaba, la atraía, la tenía por cosa cara e importante? Abrió del todo los ojos un instante y pudo ver la figura completa de la niña, una niña bonita, por el lapso que dura un medio latido de corazón. Pero inmediatamente advirtió que esa imagen ya nada tenía que ver con él, que no se trataba de la que tenía importancia para él, e involuntariamente, a toda prisa, volvió a cerrar los ojos con tal fuerza que sólo Regó a divisar durante el resto de un instante el pie infantil que desaparecía. Luego cerró completamente los ojos, recordando el pie, palpando su significado, pero sin saberlo, afligido por esa búsqueda inútil, satisfecho por la fuerza de esa imagen en su espíritu. En algún lugar, en algún momento, había percibido ese piececito en el zapato marrón, esa imagen ahogada luego por las experiencias. ¿Cuándo había sucedido eso? Oh, debía haber ocurrido mucho tiempo atrás, en su prehistoria, tan lejano semejaba, tan remoto se le aparecía, procedente de una profundidad tan inconcebible, tan hondo había caído en el pozo de sus pensamientos. Era posible que lo hubiera llevado consigo, perdido y jamás reencontrado hasta ese día, desde su primera infancia, desde aquella época fabulosa cuyos recuerdos aparecen todos tan borrosos e irrepresentables y tan difíciles de invocar, y sin embargo resultan más llenos de colorido, más cálidos y más plenos que todos los recuerdos posteriores. Meció largo rato la cabeza, cerrados los ojos, mucho tiempo estuvo reflexionando y una y otra vez, vio perfilarse ese, aquel hilo, esa serie, aquella cadena de vivencias, ero la niña, el zapatito marrón, no se adecuaban a ninguna de ellas. No, no podía dar con ello, era inútil proseguir esa búsqueda.

Hurgaba entre los recuerdos afectado por el mismo error de óptica que sufre aquel que no logra reconocer lo que tiene muy próximo, porque lo cree muy distante y por consiguiente confunde todas las formas. Pero en cuanto renunció a sus esfuerzos, dispuesto ya a dejar esa ridícula pequeña vivencia y a olvidarlo todo, cambió la situación y el zapatito se situó en la perspectiva adecuada. De súbito, con un profundo suspiro, el hombre advirtió que el zapatito no estaba debajo de todo en el atestado cuarto de imágenes de su ser íntimo, que no formaba parte de las posesiones más antiguas, sino que era una adquisición muy nueva y reciente. Le parecía que hacía sólo unas horas que había tenido relación con esa niña, que prácticamente acababa de ver correr ese zapato.

Y entonces, de golpe, lo supo. Sí, claro que sí; eso era, ahí estaba la niña que correspondía al zapato, y ésta formaba parte del fragmento de un sueño que el escritor había tenido la noche pasada. Dios mío, ¿cómo era posible olvidar de ese modo? Se había despertado en medio de la noche, lleno de felicidad y conmovido por la fuerza secreta de su sueño, con la sensación de haber adquirido una experiencia importante, magnífica... y al cabo de poco se había vuelto a dormir, y una hora de sueño matutino había sido suficiente para borrar otra vez toda la magnífica experiencia, de tal forma que no la había recordado más hasta que se la rememorara la visión fugaz de un pie de niña. ¡Tan fugaces, tan pasajeras, tan presas del azar resultaban las experiencias más profundas, más maravillosas del espíritu! E incluso en esos momentos no lograba reconstruir todo el sueño de la pasada noche. Sólo quedaban escenas sueltas, en parte inconexas, algunas frescas y llenas de vitalidad, otras ya grises y polvorientas, captadas ya en proceso de desvanecimiento. Pero ¡qué hermoso, qué profundo, qué exaltante había sido el sueño! ¡Cómo le había latido el corazón al despertar por primera vez, embelesado e inquieto como en las festividades de la infancia! ¡Cómo le había inundado la viva sensación de haber experimentado algo noble, importante, inolvidable, imposible de perder! ,Y un par de horas más tarde sólo le quedaba ese fragmento, ese par de imágenes ya desvaídas, ese débil eco en el corazón; el resto se había perdido, había pasado, ya no tenía vida!

Al menos ese poco se habría salvado de forma definitiva. El escritor tomó en seguida la decisión de recolectar todo lo que aún quedase del sueño en sus recuerdos y transcribirlo con la máxima fidelidad y exactitud posibles. En el acto sacó una libreta del bolsillo y tomó las primeras notas a fin de recuperar como pudiese la estructura y el entorno de todo el sueño, sus líneas principales. Pero de nada le sirvió. Ya no le era posible identificar ni el comienzo ni el final del sueño, y no sabía el lugar que ocupaban dentro de la historia soñada la mayor parte de los fragmentos aún a mano. No, era preciso comenzar de otra forma. Ante todo debía salvar lo que aún estaba a su alcance, debía retener en seguida el par de imágenes aún vivas -sobre todo el zapatito--- antes de que también saliesen volando, tímidas aves encantadas.

Del mismo modo que un excavador intenta descifrar la inscripción que ha hallado en una antigua lápida a partir de las ocas letras o signos que aún resultan comprensibles, nuestro hombre deseaba leer su sueño recomponiéndolo pedazo a pedazo.

En el sueño se había relacionado de algún modo con una niña, una niña extraordinaria, tal vez no verdaderamente hermosa, pero maravillosa en algún sentido, una niña de unos trece o catorce años, pero que aparentaba tener menos. Tenía el rostro tostado por el sol. ¿Los ojos? No, no podía verlos. ¿El nombre? Desconocido. ¿Relación con él, la persona que soñaba? ¡Alto, ahí estaba el zapatito marrón! Vio el mismo pie que se movía acompañado de su hermano gemelo, lo vio bailar, lo vio dar pasos de baile, los pasos de un boston. Oh, sí, volvía a saber un montón de cosas. Tenía que empezar todo de nuevo.

En resumen: en el sueño había bailado con una maravillosa niña desconocida, una niña de rostro moreno, con zapatos marrones: ¿no lo tenía todo de esa tonalidad? ¿También el cabello? ¿También los ojos? ¿También el vestido? No, eso ya no lo sabía; era de suponer, parecía posible, pero no era seguro. Debía mantenerse dentro de los límites de lo seguro, de lo que daba base real a sus reflexiones, de lo contrario perdía todo punto de referencia. Ya entonces comenzó a intuir que esa investigación del sueño lo llevaría muy lejos, que había emprendido un camino largo, sin fin. Y precisamente entonces dio con otro fragmento.

Sí, había bailado con la pequeña, o había querido, o debido, bailar con ella, y la niña había ejecutado, todavía por su cuenta, una serie de lozanos pasos de baile, muy elásticos y dotados de una energía encantadora ¿Habían llegado a bailar en realidad los dos? ¿No lo había hecho ella sola? No. No, él no había bailado, sólo había querido hacerlo, más aún, había acordado con alguien que bailaría con esa morenita. Pero después ella había comenzado a bailar sola, sin él, y él había sentido cierto temor o timidez ante la idea de bailar; se trataba de un boston, no conocía bien ese baile. No obstante, ella había empezado a bailar, sola, juguetona, sus zapatitos marrones habían descrito cuidadosamente, con un ritmo maravilloso, las figuras del baile sobre la alfombra. Pero ¿por qué no había bailado también él? 0 ¿por que había deseado bailar en un principio? ¿Que acuerdo había sido ése? No logró descubrirlo.

Se hizo otra pregunta: ¿qué aspecto tenía la simpática muchachita? ¿A quién le recordaba? Pensó largo rato en vano, todo parecía inútil otra vez, y por un momento llegó a impacientarse y a irritarse, estuvo a punto de dejarlo correr todo de nuevo. Pero ya comenzaba a aparecer una nueva idea, se divisaba otro rastro. La pequeña se parecía a su amada... olí, no, no se le parecía, incluso le había sorprendido encontrarla tan distinta, pese a ser efectivamente su hermana. ¡Alto! ¿Su hermana? Olí, ahora todo el rastro resultaba dato otra vez, todo adquiría sentido, todo estaba de nuevo al descubierto. Volvió a comenzar las notas, entusiasmado con la inscripción que de pronto empezaba a perfilarse, profundamente conmovido por la recuperación de las imágenes que creía perdidas.

Había sucedido así: en el sueño había aparecido su amada, Magda, y no se había mostrado pendenciera y malhumorada como en los últimos tiempos, sino extraordinariamente amable, algo callada, pero alegre y bonita. Magda le había recibido con una curiosa ternura silenciosa, le había dado la mano, sin un beso, y le había explicado que deseaba presentarle por fin a su madre; y además de la madre había conocido a la hermana pequeña, que estaba destinada a ser más tarde su amada y esposa. La hermana era mucho más joven y le gustaba el baile; la mejor forma de conquistarla sería bailar con ella.

¡Qué hermosa había aparecido Magda en ese sueño! ¡Cómo había brillado en sus ojos, en su frente clara, en su espesa cabellera fragante todo lo extraordinario, adorable, espiritual, tierno de su ser, tal como él lo viviera en las primeras imágenes que de ella se formara en la época de máximo amor!

Y entonces, en el sueño, le había llevado a una casa, a su casa, a la casa de su madre y de su infancia, a la casa de su espíritu, para que viera a su madre y a su hermanita más bonita, para que conociera a esa hermana y la amase, puesto que le estaba destinada como amada. Pero ya no podía recordar la casa, sólo un vestíbulo vacío en el que tuvo que esperar, y tampoco podía representarse ya a la madre; al fondo sólo se vislumbraba una mujer de edad, una ama o enfermera, vestida de gris o de negro. Pero entonces había venido la pequeña, la hermana, una niña encantadora, de unos diez u once años pero cuya manera de ser parecía de catorce. En particular, su pie resultaba tan infantil en el zapato marrón, tan absolutamente inocente, risueño e incauto, tan poco aseñorado y, sin embargo, ¡tan femenino! Había recibido su saludo con simpatía, y a partir de ese momento Magda había desaparecido, sólo quedaba la pequeña. Recordando el consejo de Magda, la había invitado a bailar. Y ella había aceptado en seguida, arrebolada, y había comenzado a bailar, sola, sin vacilación, y él no había osado enlazarla y bailar con ella, en primer lugar porque resultaba tan bella y perfecta en su danza infantil, y también porque bailaba un boston, un baile que no era su fuerte.

En medio de sus esfuerzos por recuperar las imágenes del sueño, el literato tuvo que reírse un instante de sí mismo. Le vino a la memoria que poco antes aún había estado pensando en lo inútil que resultaba esforzarse por componer un nuevo poema de primavera, considerando que todo eso ya había sido dicho antes de forma insuperable; pero al recordar el pie de la niña cuando bailaba, los ligeros movimientos adorables del zapatito marrón, la nitidez del paso de baile que trazaba sobre la alfombra, y el hecho de que, no obstante, toda esa hermosa gracia y seguridad estaba cubierta de una capa de timidez, de un olor de vergüenza infantil, comprendió que bastaba componer un canto a este pie de niña para superar todo lo que habían dicho los poetas anteriores sobre la primavera y la juventud y el presentimiento del amor. Pero en cuanto sus reflexiones comenzaron a perderse por estos derroteros, en cuanto comenzó a jugar distraído con la idea de un poema «A un pie en un zapato marrón», percibió con temor que todo el sueño estaba a punto de escapársele de nuevo, que todas las imágenes anímicas perdían densidad y se esfumaban. Angustiado, impuso orden en sus ideas, advirtiendo, empero, que en ese momento, aun cuando hubiese tomado nota de su contenido, el sueño había dejado de pertenecerle por completo, que comenzaba a hacerse viejo y extraño. Y al instante tuvo también la sensación de que siempre sucedería lo mismo: que esas encantadoras imágenes sólo le pertenecerían e impregnarían su espíritu con su fragancia mientras permaneciese junto a ellas de todo corazón, sin otras ideas, sin proyectos, sin preocupaciones.

El poeta emprendió el camino de regreso pensativo, transportando el sueño ante sí como si se tratase de un juguete infinitamente frágil, hecho de finísimo cristal. Iba lleno de inquietud por su sueño. ¡Ay, si sólo lograse volver a reconstruir plenamente la figura de la amada del sueño! Recomponer el todo a partir del zapato marrón, del paso de baile, del resplandor del rostro moreno de la pequeña, a partir de esos escasos y preciosos restos, le parecía lo más importante del mundo. Y, de hecho, ¿no le había sido prometido como amor?, ¿no había nacido en los mejores y más profundos manantiales de su alma?, ¿no se le había aparecido como la imagen de su futuro, como presagio de las posibilidades de su destino, como su más auténtico sueño de dicha? Y mientras se inquietaba, muy en el fondo se sentía, empero, infinitamente feliz. ¿No era maravilloso que fuese posible soñar tales cosas, que uno llevase consigo ese mundo hecho de la más etérea materia mágica, que en el alma, tantas veces escudriñada con desespero en busca de algún resto de fe, de alegría, de vida, que en esa alma pudiesen brotar tales flores?

Al llegar a casa, el literato cerró la puerta tras sí y se echó en un diván. Libreta en mano, releyó atentamente las anotaciones y descubrió que de nada le servían, que no ofrecían nada, que, sólo creaban obstáculos y confusión. Arrancó las hojas y las destruyó meticulosamente, al tiempo que decidía no concentrarse, y súbitamente volvió a encontrarse esperando en ese vestíbulo vacío de la casa desconocida; al fondo divisó a una señora de edad, vestida de negro, que caminaba arriba y abajo muy inquieta, volvió a percibir el momento predestinado: Magda acababa de salir en busca de su nueva amada, más joven, más hermosa, la verdadera y eterna amada. La mujer lo contempló amable y preocupada, y bajo sus facciones y bajo su vestido gris aparecieron otras facciones y otros vestidos, rostros de amas y enfermeras de su propia infancia, el rostro y la bata gris de su madre. Y sintió que el futuro, el amor, también le salían al encuentro en esa casa de recuerdos, en ese círculo de imágenes maternales, fraternales. Al amparo de ese vestíbulo vacío, bajo las miradas de preocupadas, amables, fieles madres y Magdas, había crecido la niña cuyo amor debía favorecerlo, cuya posesión debía hacer su dicha, cuyo futuro también sería el suyo.

Y vio también cómo extraordinariamente tierna y sincera, sin un beso, lo saludaba Magda; su rostro encerraba de nuevo, bajo la luz dorada del crepúsculo, todo el encanto que antaño ofreciera para él; en el momento de la renuncia y la separación refulgía una vez más tan adorable como en sus tiempos más bienaventurados; su rostro más denso y profundo anticipaba a la más joven, la más hermosa, la auténtica, la única, a la que había venido a presentarle y ayudarle a conquistar. Parecía la propia imagen del amor, con su humildad, su capacidad de transformación, su magia entre maternal e infantil. Su rostro reunía todo lo que un día viera, soñara, deseara y cantara en esa mujer, toda la transfiguración y la adoración que le había aportado en la época cumbre de su amor; toda su alma, unida a su propio amor, se había hecho rostro, fulguraba visiblemente en las facciones sinceras, queridas, sonreía triste y amistosa por sus ojos. ¿Sería posible decir adiós a tal amada? Pero la mirada de ella decía que era preciso despedirse, que debía suceder algo nuevo.

Y lo nuevo entró sobre ágiles piececitos: entró la hermana, pero no se le veía el rostro, nada se le veía claramente excepto que era pequeña y graciosa, que llevaba zapatos marrones, que tenía el rostro moreno y que sus vestidos eran castaños, y que sabía bailar con una perfección embelesadora. Y además el boston, el baile que su futuro amante no sabía nada bien. Nada podía expresar mejor la superioridad de la niña sobre el adulto -experimentado, con frecuencia desengañado- que el hecho de que bailase con tanta ligereza y gracia y perfección, ¡y además el baile que él no dominaba, en el que él no tenía esperanza de superarla!

El literato pasó todo el día ocupado con su sueño, y cuanto más profundizaba en él, más bello le resultaba, más le parecía que superaba todas las composiciones de los mejores poetas. Mucho tiempo, durante días enteros, acarició deseos y planes de escribir este sueño de forma que manifestase esa infinita belleza, profundidad e intimidad, no sólo para el que lo soñara, sino también para otros. Tardó en abandonar estos deseos y esfuerzos y en comprender que debía contentarse, en su interior, con ser un verdadero poeta, un soñador, un visionario de espíritu, pero que su obra debería seguir siendo la de un simple literato.

Cristina Caballero: MIRA



DESPIERTA, DESPIERTA

Mira, Iris, por favor, sólo mira dijo Catalina con el trébol rojo entre sus dedos de anémona Y la Doncella de las Quince Palomas posó las tibias pupilas en lo que había quedado del Reino … Umm, umm, la tierra ha florecido, parece: lirios, trigo, palmeras de coyol, las tenaces orquídeas, violetas, amapolas … este baldío junto a la Casa Grande, está bastante vivo, diría yo …Las he vencido, Iris, por eso estoy aquí afirmó rotunda la joven Escriba … No eres de la raza de los Irin, Cata, ¿qué derecho te asiste para mostrarme este espejismo? musitó Iris en tanto afinaba las cuerdas de su arpa Sigilosa y tenuemente Ella la de los velos plenilunados probó metáforas que sin sentido se fueron entreteniendo sobre la piedra muca con que estaba construida la Habitación de Jade Esas notas subían y bajaban Arduas peligrosas espinando con sus sílabas los tapices interminables de aquel cuarto Y cada imagen que yacía en los kilim y gjordes empezó a renacer con las palabras de su instrumento La voz de plata Violenta persuasión en sus cuerdas vocales por aquel thé de las altas montañas sin memoria tsha de dulce loto Pastoso y recio fluyó en el ambiente de salitre A salvo de mirmidones y Harpías (sus hermanas mayores) y desde luego a buen resguardo de los otros Vigilantes Catalina había cruzado el desierto de azafrán a través de La Marisma y el Laberinto Para alcanzar el río del Este El vasto territorio de donde brotan los vientos negros y también los dorados Eso supo Iris después de contemplar por un instante su rostro seco Ofuscado y macilento … te llama el camino, Cathy … ¿lo escuchas? graznó su voz derramándose como una luz sobre la Escriba Y su aliento era un agua prodigiosa Agua para retomar el sendero del Reino que la Tejedora le estaba dando a borbotones a aquella nínfula Para enseñarle como regresar Para que pudiera volver de donde nunca debía haber salido Aquel jardín junto a la ventana de su casa El dulce olor materno irrecobrable Chasquidos de agitadas carpas en la lluvia se mezclaban con el café matutino siempre melancólico de otro sabor De ella … muy lejos y muy hondo te has aventurado, Catherine. Un momento la esencia habita a los humanos, cierto; pero esa sed, no puede saciarse en este reino. Has de volver dijo Iris con una tonadilla que a la Escriba le sonó familiar y antigua ….Es una canción de cuna … aclaró Iris a la pregunta silenciosa de Catherine … la hice para el último hijo que tuvo mi hermana antes de marcharse (¿hijos?¿quién?¿Neckar?) Catalina se sorprendió al escuchar que La Señora del Agua había sido madre …sí, ella fue madre de cientos y cientos de pequeños, pero en verdad era del mar, oceánica como solía decir. Tuvo que volver a su palacio de ámbar y azabache, tuvo que hacerlo, ¿lo entiendes? (¿al Abismo?¿era ahí en donde Neckar había encontrado refugio a su dolor interminable?) … Ella decidió marcharse, pero lo que importa es que de su oscuro hogar extraía pequeños frascos de gotas azules buenas para el corazón y la redoma grande de hierbas que aún espera en su invernadero. Con ellos curó donde hizo falta, mientras así lo quiso… (¿con qué Neckar se había ido para siempre?) Sin pensar en los demás En esos hijos incontables Sin preocuparse nunca más por ellos Sin volver sobre los pasos Triste eternamente triste Despierta, Catalina, estás despierta cantó la voz de la Tejedora escarbando entre la bruma de esa memoria ancestral de los humanos Y durante un momento Sólo durante un momento Iris miró hacia la ventana que daba al camino de serpiente Allá en la Tierra Y entre los brezos nació un trébol de cinco pétalos y el verdadero nombre de Catherine fue dibujado para siempre sobre cada una de las hojas hechas con su sangre

Roberto Blaga: EDITORIAL



AGUSTIN LARA: UNA ESTATUA Y SU ESTATURA

Cuando en la década de los 60’s alumnos de la UNAM dinamitaron la estatua del ex -presidente Miguel Alemán en Ciudad Universitaria, los únicos en lamentarlo fueron algunos círculos políticos aún cercanos al ex –mandatario; por lo demás, nadie abrió boca pues siempre se consideró dicha estatua como un homenaje a la egolatría alemanista. Nunca más se hizo el propósito de volverla a erigir ni plan alguno que insistiera en colocar una nueva figura salida de manos de algún otro escultor. No se levantó jamás, como seguro no se hará con la de Saddam Hussein sino que, tal vez, otro ególatra, el imperialista fracasado George W. Bush, quiera levantar su monumento ahí donde estaba el de su archi-enemigo. Y por fin, la colocada, la derribada y luego vuelto a levantar de Vicente Fox en Boca del Rìo, quedará ahí como símbolo de la ignominia y para enseñar a nuestros hijos diciéndoles: “Hijo, jamás vayas a ser como ese señor” ¿Qué otra cosa se le podría enseñar a nuestros herederos? El mejor consejo que puede dársele al gobierno panista es que mutuo propio manden quitar ese desacierto para evitar la burla y escarnio que de esa figura hace el ciudadano.

No parece ser lo mismo con el cambio de la estatua del músico y poeta jarocho Agustín Lara. Un día no hace mucho y sin decir “agua va” (tal vez con las mejores intenciones) de pronto la figura del autor de “Veracruz” fue sustituida por otra, tal vez más grande y vistosa. No obstante, si no se está enterado, lo bien intencionado suele salirse del carril. Esto ha ocurrido exactamente con este cambio de la imagen que representaba a Lara.

Resulta ser que aquella primera estatua fue creada, a petición expresa del compositor, por el escultor mexicano de fama mundial Humberto Peraza y Ojeda. El “desbanque” del primer Agustín, para ser sustituido por otro ha causado (entendible) un gran malestar a la familia de Peraza y Ojeda. No es para menos, el reconocimiento mundial para este escultor no fue considerado a la hora de meterle martillo y cincel a su creación.

Humberto Peraza y Ojeda nace en Mérida, Yucatán. Se tituló como escultor profesional en la academia de San Carlos, de la UNAM en 1952. Maestro de Historia del Arte, Escultura y Perspectiva por 5 años en la Universidad Motolinía, 8 años en la Universidad Latinoamericana, 23 años como catedrático en la UNAM (más de 1300 alumnos), 6 veces ganador de concursos nacionales de escultura, 13 medallas de oro, 16 reconocimientos, 62 diplomas nacionales e internacionales, 52 monumentos de grandes dimensiones repartidos en toda la República Mexicana y el extranjero, más de 100 piedras talladas, 48 cuadros al óleo, 150 acuarelas, más de 5,000 esculturas fundidas en bronce, 16 libros en donde aparece parte de su obra, 2 documentales dirigidos para cine.
Autor de la escultura en bronce de 10 metros de alto del General Lázaro Cárdenas y la de Abraham Lincoln también de 10 metros de alto, en la frontera; además de otro monumento de Agustín Lara, pero éste situado en Madrid, España, obra que le permitió incursionar como el primer artista mexicano en colocar una obra en dicho país. El escultor yucateco incluye a través de sus años de escultor, infinidad de exposiciones tanto individuales como en el extranjero.

Como se puede ver, lo que se derribó, o se quiere unas “sus puras pistolas” cambiar de lugar (la calle José martí que desemboca en el bulevar), no es un simple modelo bronceado de Agustín Lara, sino todo el sello distintivo que le otorgaba la calidad de quien la creó, y el sitio donde el músico quería estuviera su imagen: siempre viendo al “rinconcito donde hacen su nido/ las olas del mar”.


Se ha sustituido no solamente una estatua más grande por otra de aparente menor calidad, sino que se ha borrado de la historia veracruzana la obra de un artista tan importante como Peraza y Ojeda. Se comprende entonces el enojo de la familia al ver violentada la propia voluntad del músico poeta de elegir a este escultor para inmortalizarlo…Sólo para que en un dos por tres, a alguien se le ocurriera que tal voluntad no valía la pena.


Vaya paradoja: querer homenajear a Agustín Lara en contra de sus más profundos deseos.

lunes, noviembre 03, 2008

Roberto Blaga: EDITORIAL



EL PREMIO SUECO DE LITERATURA


Cualquiera que haya oído que el Premio Nobel de Literatura fue otorgado este año a Jean-Marie Gustave Le Clézio, tendrá que preguntarse a la vez si los señores que otorgan dicha presea tienen tanto tiempo para leer y valorar, o sólo conceden y ceden de “oídas”, no pocas veces influidos por algunos gobiernos, o bien, confundidos por la declaración de Alfred Nobel en el sentido (no literario por cierto) de que los premios deberían ser concedidos a "la persona que haya producido (...) el más destacado trabajo en una dirección ideal".


Si el parámetro para 2008 sigue siendo éste, ni siquiera deberíamos de molestarnos en buscar los, hasta ahora inencontrables [1], libros del ganador, pues “dirección ideal” bien puede significar una ideología, una significación, una posición y no necesariamente la cima de la literatura universal. En este sentido, estamos jodidos, y lo menos que podemos hacer es ignorar el valor que pueda tener intelectualmente la obra del galardonado. Pero, bueno, a veces la curiosidad mata al gato.

Todo parece indicar que el problema de los Nobel, es haber centralizado la opinión en un solo país y bajo un conjunto de jueces que le juegan al “de tin-marin”. Ya en 1964 el diario Le Figaro publicaba una carta escrita por Jean-Paul Sartre: "un escritor no debería permitirse a sí mismo convertirse en una institución". Y así, rechazó el Premio Nobel.

Tanta razón tenía el autor de La Náusea con respecto a el institucionalismo reinante en Estocolmo, que Horace Engdahl, secretario de la Academia Sueca, ha declarado que el centro de la literatura mundial es Europa y no Estados Unidos [2] (ya no hablemos de América latina). Con este secretario-sectario ¿quién quiere enemigos-jurados?. El premio debía entonces llamarse “Estocolmo bien vale una misa” o algo semejante. Aunque, si se revisa la historia, ni siquiera como europeos le han podido dar al clavo los vejetes de la Academia. Los galardones no siempre responden a ese epicentro literario ególatra; la misma organización que esculpe en pompa y secretismo su prestigio, ha dejado fuera de su Monte Olimpo de las letras a escritores como James Joyce, Jorge Luis Borges [3], Anton Chejov, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Leon Tolstoi…Paradójicamente mucho más leídos hoy en día que autores como Kart Gjellerup que en su casa danesa lo conocen.
Y, como de conciencia y honor también se trata, no han faltado los miembros de la susodicha Academia que han dimitido debido a las propias incongruencias de sus colegas a la hora de elegir al triunfador. En 1989 Salman Rushdie podría haber sido el ganador del Premio Nobel, o en cualquier otro año, pero la Academia decidió no apoyarle debido a la persecución religiosa de la que es objeto. Por ello, ese año, dos de los miembros vitalicios de esta institución presentaron su dimisión. No fueron los únicos. En 2005 Knut Ahnlund, de 83 años, renunció a su sillón de académico por el premio que el año anterior se había concedió a la escritora austriaca feminista Elfriede Jelinek (La pianista). Esta vez los motivos no fueron políticos sino literarios. "Ese premio ha hecho un daño irreparable a todos los empeños progresivos [de la Academia] y ha confundido el punto de vista general de la literatura como arte", declaró a un periódico sueco. Además, aventuró que probablemente los académicos suecos no habían leído siquiera una parte del trabajo de Jelinek.
En fin, que, humanos que son, los miembros de la Academia cada año muestran más el cobre. De la casi desconocida obra de Le Clézio a la obra monumental de, por ejemplo, Philip Roth, existe un abismo. Philip Roth es probablemente el autor más premiado de su generación. Dos de sus novelas han ganado el National Book Award; otras dos fueron finalistas. Dos han ganado el premio del National Book Critics Circle, y otras dos fueron finalistas. También ha ganado dos premios del PEN Club y un Pulitzer por su novela Pastoral americana en 1997. En 2001 La mancha humana fue condecorada como libro del año con el premio británico WH Smith Literary Award. El crítico literario Harold Bloom lo ha nombrado como uno de los cuatro escritores norteamericanos vivos más importantes, que todavía producen, junto con Thomas Pynchon, Don DeLillo, y Cormac McCarthy. Su novela publicada en 2004 La conjura contra América ganó el premio Sidewise para historia alternativa, así como el premio de la Sociedad Estadonidense de Historiadores. También por esa novela, Roth volvió a recibir el premio británico WH Smith Literary Award. Fue honrado por su ciudad natal en octubre de 2005 cuando fueron develadas placas en su honor en la casa donde pasó buena parte de su infancia. En mayo de 2006 le fue otorgado el premio Nabokov del PEN Club.
Pero, bueno, recordemos que Roth es de New Jersey y ya la Academia Sueca, en voz de su secretario, ha comenzado lo que inició con desaciertos y trata de finalizar con una de las más grandes ignominias en la historia de la humanidad: la discriminación a todos sus niveles.



[1] Excepción hecha de "La conquista divina de Michoacán" que ya comienza a circular con regularidad en nuestro país.
[2] Los escritores estadounidenses son demasiado sensibles a las propias tendencias de su cultura de masas, lo cual arrastra consigo la calidad de su trabajo. EE.UU. está demasiado aislado, es demasiado insular. No traducen lo suficiente y no participan realmente en el gran diálogo de la literatura. Esa ignoracia les limita. Por supuesto, hay una literatura poderosa en todas las grandes culturas, pero no se puede soslayar el hecho de que Europa es el centro del mundo literario… no los Estados Unidos.

[3] Si bien argentino, Borges consideró a Suiza como su segunda patria. El grueso de sus escritos hablan por sí solos de su estirpe literaria europea.

Ivonne Moreno Uscanga:Se es peregrino

.................................Enrique Segarra junto al poeta español León Felipe


SE ES PEREGRINO

In Memoriam Enrique Segarra


Se es peregrino ...
en ruta trazada, cual minucioso cartógrafo, dibujante de coordenadas
de semejanza, de tierra, de libertad , de dolor
fundadas de mayor forma en la esperanza, no en
el naufragio

Se es peregrino
Para darse en los caminos, como tallador de maderas, de puertas
de ventanas, de caminos, puentes y proyectos, cruces del mar
hacia los sueños.

Se es peregrino
Cuando las dudas se disipan entre el desasosiego de ser
arquitecto de rutas y lares, por hacedor de notas de poesía
de música...
De igual modo cuando no se es español ni extranjero, en
Puerto del Golfo, sino hábil alfarero, pues se derrama en otro barro, simientes de hormigón, metáforas de concreto

Se es peregrino
Y andante de perfil manchego, cuando lo urbano colma los yelmos
Y se es artífice de molinos, constructor con polvos de estrella de
Calles y boulevares remozados de disfraces de certidumbre sobre el olvido.

Sólo así...sólo así se es peregrino...

Gabriel Fuster: Vivero



VIVERO

Alcanzando los anales del portento, la familia López de Santa Anna y sus viveros de orquídeas se establecen como una Quinta respetable y acaudalada en la comarca veracruzana desde que los vecinos de los alrededores tienen el recuerdo, el cual resulta tres veces más largo de la cuenta debido al alto índice de mortandad de la época, pero estamos en la Era de la Razón, cuando la Revolución Francesa al otro lado del mar anunció con mucha anticipación el despertar de las tendencias liberales, luego las novelas vendidas como invenciones románticas hasta Madame de La Fayette, asumen el riesgo de ser leídas por el mercado a mitad del siglo diecinueve como otra historia pública auténtica con adulterio, celos y crimen. No importa, la Quinta poseía una vasta extensión de tierra y, pocos lo saben, parte de su secreto familiar era escapar de puntillas en las noches, cuando todo el mundo duerme, para mover las cercas un poco fuera de sus límites. Esta es una radical medida que por siglos ha operado como la regla dorada entre filósofos y legistas: aquel que posee el oro, pone las reglas. La familia López de Santa Anna radicaba en mismo corazón que rondan los fríos paisajes sobre las estribaciones orientales del Cofre de Perote y suponiendo que por un momento burlamos a la ciencia médica y nuestro músculo es colocado al centro del cuerpo y no ligeramente inclinado hacia un lado en relación a las cabezas, puesto que a partir que el corazón tiembla arrinconado como los escarabajos borrachos de cognac, los aristócratas se acostumbraron a perderlas bajo la guillotina. Por supuesto, había competencia por los vivísimos hormigueros y el aire a la salida de todas las aldeas en el resto del mundo, a menudo causa de los cambios de banderas, pero el último heredero de la finca nunca pudo casarse y tener descendientes porque, tristemente, debió perder los testículos en una de estas revoluciones. Por fortuna, su hermana, además de estúpida, era fea, por lo que no le fue posible desposarse con otro estúpido y por lo consiguiente quedó a cargo de su hermano lisiado hasta su muerte. Durante el novenario de la abnegada hermana, Anastasio Gutiérrez de Lebrón, su sobrino, hijo del único pariente del cacique lo suficientemente astuto para haber embarazado a la sirvienta de raza mulata, se mudó a la granja de El Lencero para hacerse cuidado del pariente rico. En el siguiente viaje a la capital, Anastasio trajo consigo a su esposa y dos hijas con una maraña de venas filiales y el militar retirado les cobró inmediato afecto, principalmente hacia las niñas, a quienes gustaba simular un caballito de la Grande Armée, montándolas en sus rodillas. Especialmente cuando las delicadas criaturas del aire alcanzaron la pubertad. El anciano estaba tan encariñado con esta gente que da la sangre del cordero al cumplimiento de su testamento con todas sus propiedades, incluyendo el inmueble de la Quinta, los caballos, los sirvientes, los muebles, las vajillas, los cuadros y hasta su extensa colección de preseas y artefactos vinculados al inmortal espíritu de Napoleón Bonaparte.
Al caso, la madre de las niñas no era la primera esposa de Anastasio Gutiérrez de Lebrón. La primera mujer que disolviera sus anillos de casados había muerto mucho tiempo atrás y dejaba un hijo huérfano, aunque los eventos no se dieron en ese orden. Tal hijo creció bajo el nombre Jacinto Gutiérrez de Lebrón. Él era un mal recuerdo para echar en cara y ponerse una inyección para adquirir la viruela, que a su vez se desposó con una mujer llamada Remedios. Ambos contrayentes procrearon un hijo varón, quedando sellado el destino de las pequeñas Gutiérrez de Lebrón por grotesca biología. Legalmente, tanto Anastasio como su agonizante tío estaban compelidos a redirigir su herencia al pequeño Valentín por los dictados de la primogenitura.
Al final, el general Erasmo Antonio López de Santa Anna murió y fue enterrado con honores, con la Rosa Amarilla de Texas en el pecho, la cual mantuvo muchos años lejos del marchitamiento bajo una campana de cristal al lado de su cama. Furia color de amor, amarillo color de olvido. Un año después, Anastasio yace en su lecho de muerte y llama a Jacinto a su lado.
-Siéntate, por favor
Jacinto se acomoda en la única silla del cuarto
-Esa no, la otra
Jacinto mira la silla invisible y decide permanecer de pie.
-Casi siempre estuve de viaje, hijo –carraspea Anastasio – Cualquier cosa que pase, me van a extrañar mucho mi esposa y tus dos hermanas. Es que el mundo de acá es distinto, pero no tanto para despedirme correctamente.
-No hace falta que te tapes con las manos –advierte Jacinto, poniendo fuera del alcance el revólver de cinco disparos –Di las palabras sin despegar los labios, nada más moviendo los ojos, sin alzar la voz. Así nos podemos entender, porque las pistolas son muy ruidosas.
-En algunos ordenamientos jurídicos ha existido un desigual tratamiento de los derechos y deberes de los hijos, reservando un mayor papel al primogénito de cara a la sucesión de su padre.
- Un plato de lentejas es suficiente en el proceso.
-Hijo, es mi postrer deseo que tú hagas uso de los derechos que el tío Erasmo Antonio puso a mi nombre y las completas posesiones que son transmitidas a tu potestad sin que existan mayores meritos para merecerlas que mi deceso inminente, y que proveas un donativo a tu madrastra y tus medias hermanas, a quienes el caprichoso destino les ha negado su fortuna, en este lado que la gente no ve, aunque quisiera seguir platicando, pero llega la parca y ¡argggh!
Antes de completar la frase, Anastasio expira. El médico asistente califica su muerte como prematura debido a las complicaciones de la sintaxis y acelerada gramática de esta última voluntad. No obstante, Jacinto jura honrar el deseo póstumo de su padre y regresa a comentarle a su esposa que ha destinado una pensión de 10 mil pesos a cada una de sus hermanas y su madrastra.
-¡Maldito hombre cruel! – Ella exclama -¿Has llegado a este punto de la vida con tan pequeña idea de los vericuetos que se imponen a las mujeres opulentas por parte de caballeros sin escrúpulos? ¿Eres tan ciego para contemplar la posibilidad de que tal engrandecimiento en la fortuna de tus hermanas solo las conducirá a la perdición? Para hacer la prueba, compra un bloque de hielo, dos medidas de sal y par de baldes viejos y pregunta con el fabricante de helados.
-¡Cielos! ¡No, mujer!
-Bien, hubiera tenido que voltear muchísimo para al menos mirarlas de reojo. ¿Qué mejor manera de cuidar tus hermanas que preservando sus inocentes almas de los instrumentos del diablo y dejando todas esas complicaciones financieras a nosotros? Cuando los caballeros se acerquen a cortejarlas, ellas tendrán la certeza que lo harán por un genuino deseo carnal y nunca el diseño de una vida mejor. La gente rica son igualmente gente pobre, pero con dinero.
-Muy cierto, mujer – Jacinto consiente – pero, ¿Qué hay acerca de mi madrastra? De haber permanecido en el burdel, habría tenido que resignarse con un jardín.
-La sabiduría de las viejas dicta que las madrastras se convierten en vampiros al caer la noche y salen con la luna a beber la sangre de los mortales. Tu deber es ganar la negociación una mañana, mientras ella duerme, y clavarle una estaca en el corazón, enseguida cortarle la cabeza y encontrar la manera de pulverizar sus huesos para ser enterrados debajo de un ahuehuete
-¡Virgen santa, yo no haría eso!
-Supongo que no, pero al menos debes asegurarte de no darle ninguna pensión… ¡Sólo el Señor sabe de lo qué es capaz un monstruo así con dinero!
El asunto es acordado. Jacinto, Remedios y el pequeño Valentín se mudaron legalmente a la casa señorial, en tanto los abogados pedían amablemente a la segunda señora Gutiérrez de Lebrón y sus dos hijas empacar sus cuatro pertenencias y retirarse a otro lugar que no fuera El Lencero. Por ejemplo, el mercado de esclavos de la próspera isla de Cuba.

El hundimiento del buque americano Maine frente a las costas de la Habana fue el motivo de la guerra contra España, encaminada a la pronta liberación de la isla. Mientras tanto, fueron tiempos difíciles para las mujeres Gutiérrez de Lebrón, quienes para entonces habían aprendido algunas palabras en castellano, porque se le pongan de plata los labios. Mientras tanto, mientras tanto ¡ay! mientras tanto la falta de dietas y el exceso de amores cubiertos de gusanos, las convertía en prospectos poco deseables para los bien intencionados hombres que pudiera fijarse en ellas, especialmente si queremos el pan nuestro de cada día. Lo mejor que pudieron resolver con la primera moneda fue vivir bajo un sistema de racionamientos y pasar el tiempo meciéndose en hamacas, tocando el pianoforte y criticando la profundidad de sus escotes para vencer el insomnio, años después de cobrar su fama punzante el misterioso Jack el Destripador. No hay más que un gentío de lamentos que se desgarran por la sed frente al triste mar, el engreído mar que los ahoga a todos sin saciar su urgencia.
La reverencia consigue verse inteligente, señal irrefutable de la debilidad que acompaña. Así, manzanas levemente heridas por dentados cuchillos como tiburones, las mujeres Gutiérrez de Lebrón están lejos de pasar como una piedra de la que nadie sacaría una antigua receta de belleza. Para empezar, la señora Gutiérrez de Lebrón es una adorable mujer madura que no daba muestras de haber concebido dos veces. Las hijas de 17 y 14 años, respectivamente, rivalizaban con la madre en su delgada silueta por el sol que se asoma. Ella y la hija mayor, Lucía, ya eran mancuerna para insistir en la precaria moda, que para invierno las convertiría en un autentico sudario. Mientras que Fernanda y su tenedor atacan la comida ajena, sin la más mínima idea de lo que estaba sucediendo y cuya carita boba sonríe por las dos mujeres, que juntas le habrían cercenado el cuello si no fuera porque las travesuras de niña crecida al final las provocaba reír. Más, no todo fue latido oceánico en las semanas anteriores a su expulsión de El lencero. El cuñado de Jacinto, Don Hipólito García de Tosta, llegó al rancho en un enorme globo de Montgolfier, para besar a su hermana y saborear su rico mole antes de seguir el paseo panorámico. Desde el primer momento, Lucía no titubeo en hacerle ver al recién llegado que el interés por intercambiar fluidos era recíproco. Con el agudo fistol que pincha el ligero aeróstato, el hombre deja escapar todo el aire caliente de su emoción y su discurso era tan elegante y deferencial que al final sus palabras no tenían ningún sentido. Sin embargo, Lucía guarda un sueño de grandes abanicos y graciosamente perdona la timidez de su interlocutor que lleva el rubor al pastor que pide teta al toro tirando la verja. Advertidas del colorado afán de los frutos cercanos, la madre y la hermana menor tienen la confianza de que Don Hipólito tarde o temprano le propondrá matrimonio y patrimonio, pero el individuo no daba muestras de superar la timidez, siendo que el tibio regazo de la joven era fácilmente discernido. Cierta vez, hubo un momento cuando el hombre se adelantó con su plato en la mesa y permitió que el dorso de su mano rozara el codo de su pretendiente y el asunto terminó en otro intercambio de sonrisas medrosas. Desgraciadamente, las mujeres fueron expulsadas por Doña Remedios y a Don Hipólito no le quedó más remedio que decirle adiós a Lucía, sin ni siquiera haber desdibujado el rictus de felicidad de su boca.

Al descenso en la Habana, la interpretación de bienvenida la asume la ciudad entera que se agolpa en las barandillas del embarcadero y conduce a las mujeres a un sitio llamado Bayona Cottage, cuyo propietario era Pedro Echeverría, quién fuera el infante protegido de José Bonaparte, el afamado Pepe Botella, rey de España y Nápoles durante la etapa imperial de su hermano mayor, y ahora adulto vivía exiliado en la isla de Cuba, dedicado a los plantíos de tabaco y a contener la racha de los huracanes en las puertas del servicio, mediante alguna formación de mujeres gordas. Su esposa, Camila Herrera y Beltrán, era una guapa dama de seda amarilla, aunque frágil mujer para hacer su trabajo de parto lo mejor que puede, y todavía su cuerpo no tiene la culpa de darle catorce hijos y medio a su esposo. Su madre, doña Úrsula, era una viuda autoritaria y proclive a contar chistes obscenos. La mayoría de las veces era simpática, pero en las demás ocasiones las flatulencias daban al traste con el provocativo humor. Cerrando el círculo, estaba el Capitán Juan Vicente Melo, joven protegido de Pedro Echeverría en la mejor tradición mercenaria. Callado, pareciera el único en brindar la impresión de no sentirse a gusto con las nuevas visitas, rondándolas sin que lo notaran y disfrazado de peluquero. En realidad, ya desafía el gesto de impaciencia de sí mismo que inmediatamente se enamoró de Lucía al momento de verla. Paradójicamente debajo de las multiplicaciones, pretendiendo que Fernanda es todavía una niña, le prodiga en distinta ocasión una suave palmada en el trasero. Sin embargo, el sistema defensivo halla demasiado erótico el acto y terminan haciendo el amor. Por si fuera poco, se rumoraba entre la servidumbre que el Capitán había matado a un hombre con sus manos. En realidad, había matado a muchos, pero este caso fue para no morir de inanición. Aunque, gracias al tratado de Vesalio sobre anatomía humana, el canibalismo no era un crimen en España para conducirlo a la horca. En suma, este era el fabuloso grupo en Bayona Cottage que nunca olvidaría la primavera de 1898, comiendo dulces de azúcar hasta amargarse el paladar.
-¿Linda, sabes que existe una bóveda secreta dónde estás sentada?
Lucía apela con la mirada a la discrecionalidad de su madre para encontrar un doble sentido en el comentario de la anciana. Enseguida responde apenas con un suspiro que la música del fonógrafo disfraza de palabra.
-No
-Mi suegra dice verdad. Y nunca lo hubiera encontrado de no haberlo sabido del dueño original de la casa, el doctor Platón Luna Innocente. Él construyó la bóveda detrás de una pared falsa
-No lo creo
-Enséñale
Pedro Echeverría golpea con su palma abierta la tapicería de arabescos dentro de la cóncava obscuridad del pequeño salón.
-Justo aquí, pero primero tienes que encontrar el mecanismo oculto
-Mira bajo la alfombra –interviene Camila.
-Es hermosa
-Esta alfombra Bruselas fue el primer lugar donde hicimos el amor, el cuál fue un episodio memorable. Considerando que ambos estábamos comprometidos con distintas personas.
-¡Pedro!
-Precisamente allí, donde se encuentra el gueridón que sostiene el Oporto
-¡Pedro!
-Queríamos algo suave para apoyar las rodillas
-Vaya, romántico
-Busca una tabla suelta entre todas
Lucia hace a un lado la estorbosa crinolina y golpea con el tacón las distintas duelas de madera. No con mucha ciencia ni desenvolvimiento, pero sí con elevada excitación. El esfuerzo funciona, pues la pared abre un hueco entre trampas y manos. Pedro remueve un libro viejo del interior.
-Dios, siempre se aprende algo nuevo todos los días
-Toma, se nota que tú aprecias la literatura
-No estoy segura
-Adelante, hija. Tómalo –anima la esposa, para siembra y arte -Estoy bien segura que encontrarás los detalles sobre disecciones a cadáveres muy gratificantes
-Te daré una pista: los negros tienen penes grandes, pero su estima es pequeña.
La madre no puede evitar el bizco en los ojos e interrumpe en ese instante incendiario, que se sostiene entre dos nadas, igual que los campesinos hacían uso frecuente de la cal viva para amortiguar el hedor de la compleja mixtura que es la mierda.
-Creo que mi hija se encuentra cansada de la travesía. Será mejor que nos retiremos a nuestra habitación. Lucy, devuelve ese libro.
-Por fin, alguien te pone en tu lugar –alaba Camila.
Pedro Echeverría inflama el puro a lo desusado, sopla a que estallen sus escuadrones mareados en el humo. Toma el raro libro de visitas y lo devuelve a su lugar, sin ser firmado.
-¿Por qué todo marido se aburre de su esposa?
-Señora mía, porque el tiempo todo lo vuelve rutina. La emoción decrece, el amor acaba. El misterio sucumbe tras mirarse desnudos cada noche. Por ello, el adulterio es la herejía de los cuerpos ajenos y falta de cerebro propio, debido a que somos hijos del riesgo que infunde una chispa de vida, aunque las muchas veces hiere.
-Ah, Frankenstein
Los anfitriones intercambian miradas, pues nadie desea rivalizar en agudeza con los tesoneros demonios de la división. Una risa macabra prepara su antigua fiesta por encima de sus cabezas.
-Lo sabía, nos condenamos a repetir la experiencia de Lago Ginebra
-¿Qué es esa risa?
-No tenemos idea, pero es muy contagiosa. Mira, ja ja ja.
-Tampoco paro de reír –comenta sobrio el Capitán.
-Yo estoy hecha pedazos, Frankenstein. Palidezco sabiendo que, en un acto desesperado, encuentras un contubernio con mi madre –exclama Camila y pasa frente a su esposo, declarándolo un plomo menor en la balanza.
-¿Me estoy perdiendo el diminuto banquete de la araña? –la anciana pregunta al aire, con su propia desconfianza de poder apropiarse de las sombrillas de las mujeres embarazadas.
-Buenas noches –dice la invitada a todos.
Las mujeres Gutiérrez de Lebrón se toman de las manos y abandonan la gran reunión. Antes de salir, la pequeña Fernanda se regresa y se disculpa ante el Capitán, que siempre fue el retrato ovalado del enredo.
-Capitán, escupí en los documentos con su despacho a Filipinas accidentalmente.
-Oh, parece que eres una niña mala. Creo que te mereces una nalgada de castigo

Una mañana, Lucía y Fernanda toman una larga caminata por el centro de la Habana. A la altura del Teatro Coliseo, la lluvia empezó a caer y las muchachas calcularon estar muy retiradas de casa para correr. El ímpetu provoca que una de ellas se lastime un tobillo. Afortunadamente para ella, y aquellos que conocen la leyenda de una india llamada Guara, un joven apuesto corrió en su auxilio. El tipo se apea de un elegante cabriolé con chofer incluido y se arrodilla al pie de Fernanda. Fuera de su moviente pregunta, viste levita y sombrero de fieltro negro. Hubiese pasado por un importante señor si no fuese por lo imberbe de su cara y lo nervioso en sus ojos. Pero aún así, las hermanas lo recibieron con la debida cortesía.
Fernanda comenta sentirse mejor. El muchacho la toma entre sus brazos y la hace sentar en su vehículo, enseguida chifla al conductor. En el trayecto, los tres sostienen una charla tonta y sin sentido que aligera la tensión. Las hermanas se enteran que su nombre es Cristóbal Colón y que el cabriolé es alquilado. Sin embargo, el impostor vive al lado de su acaudalada tía que tiene la mejor casa en el elegante Barrio del Vedado y ha dispuesto que todo su dinero y sus negocios pasen a posesión de su único sobrino al momento de su muerte. Detalle que ha venido posponiendo continuamente.
Cristóbal Colón se volvió un frecuente visitante a Bayona Cottage, luego Fernanda no pudo encontrar mayor oportunidad de placer cuando sus manos eran dos países, que atormentar continuamente al Capitán Melo con los celos. Además de burlarse de sus uniformes en la obscuridad del ropero, de voltear su litera a la burla tela con las palabras faery, pájaro, marica, joto, afeminado, mahu, hijra, adelaida y definitivamente desmoralizarlo al pincharle el amor propio y el trasero con la malignidad de sus tridentes en todo escape, mientras el sumiso Cristóbal tenía la rueda de un reloj para ser su cómplice. Todo era muy divertido.
Lucía no estaba de acuerdo con este juego, además de sentirse saltada. En una conversación privada, ella advierte a su hermana.
-Ten cuidado
-¿Cuidado? Solamente tú debieras actuar cuidadosa, pequeña Lucy. Tú, que te sonrojabas ante el mismo don Hipólito, cada vez que éste estaba consolado con las vivas prisiones de un suspiro.
-No lo ensucies con palabras. Reconozco que al interior de nuestra situación vulnerable, una no alcanza a ser lo suficientemente cuidadosa. Es cierto, Don Hipólito pudo tener mal aliento y yo, tú sabes, pude aislar y rastrear el aroma de su dinero, pero nunca perdí mi sentido de dignidad.
-Yo no ando con viejos
-¿Te das cuenta que clase de hombre buscas casarte?
-Para ser honesta, el matrimonio es idea de mi madre. Yo me consuelo con ver que marchen las cosas bien
-Basta de tonterías
-Yo amo a Cristóbal y Juan Vicente me ama a mí, ¿No es divertido?
-No, toca el turno de casarme y el Capitán me parece un buen prospecto.
-¿Casarte? Puf. Al menos, ¿Has examinado sus registros dentales? ¿O analizado su letra manuscrita? ¿No?
-No hagas cosas de las que te arrepientas después
-Eso mismo te digo
La discusión terminó allí. Días posteriores, las mujeres Gutiérrez de Lebrón recibieron una invitación lacrada de parte del Gobernador Valeriano Weyler y su distinguida esposa, para celebrar un banquete con los muchachos del Tío Sam cerca de Villa Daiquirí, en cuyo tardeada amena Miss “Cuba Libre” sería electa entre las lindas damas asistentes. Por supuesto, Fernanda sale ceñida del brazo de Cristóbal, y los cuatro hicieron su presencia fuera de las murallas derribadas de la ciudad, con gran calor blanco.
El Capitán Juan Vicente Melo llegó al lugar, con diferencia de unos pasos. Mientras ya intercambia saludos con el Gobernador y sus invitados, un mensajero le lleva una nota que dice: “Urgente y misterioso recado para el Capitán J. V. Melo”. Con suma curiosidad éste abre el recado y sin darle mayor importancia al mensajero, que cae exhausto de rodillas y muere en el lugar igual que el griego Filípedes. El anfitrión ordena a los sirvientes retirar el cuerpo de la pista de baile. Un sastre especialista en púrpura diseña la mortaja. La comidilla social espera unos segundos y reanuda su conversación. El Capitán parece no distraerse en su profunda lectura. La guerra y la paz pasan llorando con un millón de ratas grises. El Capitán sigue leyendo la nota. El sol empieza a bajar en el horizonte. El Capitán sigue leyendo la nota. La concurrencia defendiendo los flancos vuelve a guardar silencio, varios de ellos miran su reloj de bolsillo y giran los ojos al cielo. Otros, se separan en busca de otra copa. El Capitán sigue leyendo la nota. Nikola Tesla echa a andar su Wardenclyffe Tower en la escala de las heridas mundiales, saturando la ionósfera con descargas de voltaje y probando que el planeta es un enorme conductor. El Capitán sigue leyendo la nota. Enemigas sin sueño ante el triunfo de Fernanda I, las doncellas participantes exprimen la rosa en su copa de ron. Los ricos dan a sus perdedoras los mayores aplausos. El Capitán sigue leyendo la nota. De temprana retirada, los primeros Duryea Motor Wagon salen temblando entre las piernas de los chauffeurs. El Capitán termina leyendo la nota, confirmando ser tratado como un lector lento. El mensaje es contundente: “Encuéntrame en la terraza. Lucía”.

Se dice que Carlos III, Rey de España, se asomó a la ventana de su palacio con un catalejo, para que le indicaran donde se encontraba tan raro idilio. Cuando el Capitán Melo subió a la terraza, Lucía tenía una mirada azucarada que lo consternó. Ella cerró el abanico, dio unos pasos en torno a su admirador y se sentó en la siguiente banca de mármol.
-Hola
-Conozco los aretes, te los he visto puestos
-¿Y qué te parecen? Los compró tu gran amigo y protector, Pedro Echeverría.
-¿Cómo pasó?
-El martes anterior, comimos juntos en su club e intercambiamos un par de ideas sobre quitarnos los zapatos. Después de la salazón del bacalao, nos fuimos de compras al mercado de Cuatro Caminos. Allí me tomó de la mano para caminar de puesto en puesto, saludando a los locatarios, pero fue en esta pequeña tienda de antigüedades que Pedro miró el par de aretes de rubí.
-Yo hubiera terminado comprándote un par de candelabros
-O velas.
-Yo…
-¿Sí?
-Yo quiero decirte que parto para Filipinas inmediatamente –el Capitán brinda la confesión en su más lúgubre tono, poniendo a Carlos III a dormir en definitiva.
-Oh, Capitán. Quisiera que fuera mentira, las fiestas no son las mismas sin usted.
-No puedo soportar que estos soldados americanos son traídos como los juguetes que el niño se consigue en navidad
-Deja nuestra navidad en manos de Telegraphen Verbindungen der Erdtheile.
-Muy graciosa. Sí, el telégrafo se ha convertido en el sistema nervioso del comercio, pero esta vez se trata de asuntos que exigen mi voz en persona.
-Antonio Meucci ya encontró un método de transportar palabras
-Madame, las futuras generaciones compararan el uso del teléfono con el consumo de plomo de los canales de agua que condujeron a la decadencia del imperio romano.
-La evolución es tan creativa y tan indulgente, mi Capitán. Ese es el modo que Dios nos consiguió las jirafas.
-Fue un placer haberte conocido, mi ingenua Lucía.
-Te pido que tengas cuidado,
-Lo haré por mi propia cuenta
-Me refiero a que tengas cuidado de no atorar tu espadín con la puerta al salir.
De todos los errores posibles en el mundo, el Capitán besó la mano de la bella dama y nunca más le mostró el rostro, afeitado tantas veces con ese espadín.

Una semana después, las mujeres Gutiérrez de Lebrón son invitadas a otra tertulia. Esta vez, Fernanda I se rehúsa a cumplir sus funciones reales y se encierra en su habitación. La madre y la hermana mayor se hallan confundidas por este berrinche. En estos casos, la mamá recurre al trance hipnótico por el perverso soplo al oído.
-Creo que sé lo que te sucede, pequeña. Perdiste lo que más repudiabas, que generalmente es un sentimiento más intenso sobre lo que tú amas. La partida del Capitán te dejó con un problema de almacenamiento de lo usado, por ello tú vida se halla vacía sin la antipatía que te impelía amar tus cosas alrededor.
-¡Madre, estoy embarazada y no quiero vivir más!
-Me lo digo constantemente: Los hombres son como las paletas. Dulces, hasta que alcanzas el palillo
-Tú, fuera de mi planeta –la señala a la puerta y llora.
-¿Es Cristóbal el padre? –le pregunta, ignorando la grosería.
-En la tesis de Sir Francis Galton, lo sabrían si tomaran muestras de sus dedos.
-Entiendo, es el Capitán. Mi pobre niña.
-Malditos hombres
-Bueno, has vivido entre ellos, has trabajado para ellos. Te has acostado con ellos y de ellos has recogido algunas palabras urgentes. Sin embargo, a las mujeres nos gustan los hombres desesperados. Más, si ellos nos encuentran al mismo tiempo, los hacemos.
-El Capitán es controlado como un torniquete.
-¿Pero donde tenías la cabeza todo ese tiempo?
-Mirando hacia el mar
-Creo que te dejaré descansar
Al abrir la puerta, la madre se topa de frente con el muchacho Cristóbal, que se incorpora para encontrar el paso ante la sorpresa.
-¿Puedo hablar con Fernanda?
-No se siente bien hoy
-Déjalo pasar, mamá
-Muy bien, sorprendamos por un momento a Charles Darwin y permítenos verte caminar erguido.
El muchacho sigue a la contigua ventana, que es alta y añade su sombra, donde alcanza la sonrisa de Fernanda en el remedo de un beso.
-Fernanda, no puedo ocultártelo más tiempo. Mi tía decidió dejar toda su fortuna a su gata. Yo soy un pobre diablo sin nada.
-¿Ni siquiera un techo de palma?
-Nada
-Ni modo
-Estoy apenado
Entonces el silencio tiene la llave y comprime el espacio dentro de la recámara.
Lucía piensa: Se cumplen dos meses desde el accidente bajo la lluvia y poco más de nueve semanas de embarazo, ¿Sabrá este tonto hacer sumas y restas?
Cristóbal piensa: Caray, dos meses
Lucía piensa: Mi hijo necesita un padre, puedo casarme con este tonto, pero ¿sin una dote? Cielos, esta oportunidad es mejor que nada. ¿La antropofagia en Kali Ma es una opción?
Cristóbal piensa: Esta oportunidad es mejor que nada. No, soy demasiado idealista. Ella preferiría besar un sapo.
La madre piensa: No deben hablar en serio, el tipo no se convertirá en príncipe azul ni mi hija es la caperucita roja. ¿Debo esperar un nieto violeta?
Cristóbal piensa: Nunca me gustó el ballet
La madre piensa: Nunca me gustó el tipo
Lucía piensa: Claro, mi madre está enojada. Lo veo en su cara, se siente tan culpable de leer nuestros pensamientos.
La madre piensa: Cielos, esta oportunidad es mejor que nada.
Cristóbal piensa: Malditos telépatas, un día tomaré su mente sucia y se las meteré hasta el fondo del…
-¿Colon? –Lucía da voz de alerta y disuelve el mutismo entre las partes.
-¿Sí?
-¿Me quieres?
-¿Quién, yo?
-Sí, tú. ¿Me quieres?
-¿Importa mucho?
-¿Me quieres o no?
-Supongo que sí, dependiendo a que te refieres por querer.
-Soy pobre y todos me quieren por bonita. Ahora soy una reina de la belleza y todos miran un clandestino rendezvous.
-¿Comparada con qué? Yo ronco y me masturbo en los Juegos Olímpicos.
-Salva los laureles, voy a tener a tu bebé
-Je, tu imaginación es demasiado creativa para los estrados locales.
-Ambos podemos seguir viéndonos regularmente, mientras escogemos un nombre
-Oye, me estás poniendo nervioso…
-Si es niño, podría llamarse Europa. Si es niña, América. ¿Qué te parecen?
Antes de escoger alguno, el muchacho sale corriendo del cuarto rumbo a Asia. La tristeza invade nuevamente a Fernanda y rompe en llanto. Cuarenta días y cuarenta noches las lágrimas fluyen, hasta que la plantación en Bayona Cottage es sumergida bajo el nivel de sus ojos. Los dueños salvan la vida de terminar ahogados, excepto por Doña Ursula y Camila Herrera y Beltrán que no saben nadar con joyas. Los sirvientes llevan una jarra con el mismo líquido, pero hasta los gatos de angora se ahogan. Esto causa una profunda pena a Pedro Echeverría y se suicida con su corbata, pues los gatos exóticos son más difíciles de encontrar que las amantes.

Carta de pésame de Doña Carlota Alcudia a las mujeres Gutiérrez de Lebrón.
Estimadas Damas de toda mi consideración:
Sumamente conmovida y empapada hasta los huesos, me uno a la triste noticia de la sensible pérdida de nuestros amigos, el caballero Don Pedro Echeverría y su apreciable familia. No hay palabras fuera de su legado que pueden expresar la consternación que todos sentimos en estos momentos. Quiero decir que lo siento, pero me parece más prudente dejarlo acostadito.
En mi papel de albacea y como un sagrado deber que, si bien no puede enjugar el justo duelo de sus acreedores, puede llevarles a mesarse los cabellos, cumplo con los ritos que deben durar treinta y siete días. Somos muchos los que los vamos a echar de menos. Por ello, me dirijo a ustedes para informarles que el primer rezo del rosario se llevará a cabo en la Parroquia de la Vera Cruz de cuerpo presente.
Mis más sentidas condolencias
Carlota Alcudia

Madre e hijas toman nota del velatorio, no sin antes haber leído por error el envés del recado.
Lista del mandado:
Huevos
Pan
Azúcar y sal
Arenque
Ácido bórico
Lejía
Entre todas, Lucía encuentra un alivio dentro de la tragedia, pues empezaba a cansarse de verse a escondidas con Don Pedro. Sin embargo, fue dentro de esta serie de frecuentes rezos, que Doña Carlota la presentó a su sobrina Gabriela Velvin, cuyo acercamiento la ayudó a tomar conciencia de sus propias arrugas.
-Estoy oyéndola, siga
-Solo repito adverbios, lo importante que necesitabas saber, está dicho.
Gabriela mantiene su ambición de casarse con un doctor y tener once hijos, de preferencia suyos. Ambas se hacen confidentes y en un momento privado, Gabriela confiesa a Lucía que ella mantuvo relaciones extramaritales con el difunto, antes y después. Es el lujo de los detalles que Lucía halla recalcitrante. Repentinamente, ella discurre la solución detrás del brazo izquierdo, luego toma una de las agujas de su bordado y la clava dentro de la nariz de la imparable conversadora con tal fuerza, que la mujer se hallaba muerta antes del esbozo de un nuevo color entre los agravios.
Ninguno de los testigos guardaba un especial afecto con la joven atacada, luego la explicación de Lucía, en cuanto a que el instrumento de tejido se resbaló accidentalmente de su mano, fue aceptada con feliz credulidad.
Mientras se sucedieron los juicios, Fernanda dio a luz a una niña. Sin embargo, ninguno de los padres llegó a conocerla. El Capitán Melo fue capturado por los piratas y obligado a caminar la borda de su propia embarcación. Mientras que el mozuelo Cristóbal encontró la iluminación dentro de un templo tibetano y reencarnó en chivo. Los reportes fueron tomados del Diario El Siglo y algunas sesiones de espiritismo, puestas de moda como subliminal rechazo a los valores victorianos. La gente recuerda solo fragmentos de todas y cada una de las vidas en boga y desventura y los numerosos tratados firmados para mantener la paz entre las naciones. Lo que sí es digno de una novela y ser honrado póstumamente, es el regreso a México para recuperar la herencia negada a través de la justicia social promovida por la Revolución Mexicana, donde las mujeres Gutiérrez de Lebrón dedicaron su cuerpo y su soltería al cuidado de la pequeña Orquídea, hasta el final de sus días. Tan-tán


Stella Díaz Varín: POEMAS



A través de ese reflujo digital que existe en la Red, en donde textos van y vienen y se entrecruzan hasta perder su origen, es como, mediante Gaby Velázquez, nos llega este descubrimiento de la poetisa chilena Stella Díaz Varín. Hemos hallado un fragmento de su ficha literaria (la cual publicamos bajo permiso expreso) y presentamos algunos de sus poemas.

Roberto Blaga
co-Editor

STELLA DÍAZ VARIN

“No. La poesía no es una ecuación biológica. La poesía, si tú la pudieras definir -porque es indefinible- es un arranque sentimental, es una memoria de otro arranque sentimental, nada más”. De personalidad polémica y rupturista, integrante de la Generación Literaria de 1950, Stella Díaz Varín se perfiló como una voz singular y trascendente en la historia de la literatura chilena. Su poesía fue una expresión original, que plasmó su fuerte personalidad creativa y bohemia, con una perspectiva femenina.
Nació el 11 de agosto de 1926, en La Serena. El 1 de mayo de 1947 llegó a Santiago para estudiar medicina, con el firme propósito de especializarse en psiquiatría, carrera que no concluyó. En cambio se integró activamente a la Alianza de Intelectuales de Chile -dirigida por Pablo Neruda- y a los círculos culturales de la época, sobretodo a la mítica bohemia de El Bosco, donde cultivó amistad con destacados creadores nacionales como Alejandro Jodorowsky, Enrique Lihn, Ricardo Latcham, Mariano Latorre, Luis Oyarzún, Jorge Teillier, José Donoso, entre muchos otros. En ese período comenzó a colaborar en algunos diarios nacionales como El Siglo, Extra, La Opinión y La Hora; al mismo tiempo que participó en las diversas actividades generadas por la Sociedad de Escritores de Chile. En 1949 publicó su primer libro, Razón de mi ser. Los poemas de este volumen reflejan la vitalidad y fuerza de la poetisa. A través de imágenes sugerentes y de un lenguaje subterráneo, temas como la muerte, la soledad y el reconocimiento a la condición femenina, evidencian en este poemario la relación inseparable entre la vida y la creación poética de la escritora. Su producción literaria continuó con Sinfonía del hombre fósil (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959) y Los dones previsibles (1986). Este último libro recibió el Premio Pedro de Oña en 1986, y su publicación incluyó un prólogo de Enrique Lihn, en el que señaló: “Esta imagen del poeta, la afición a la magia del lenguaje asociada a la realidad como acto verbal imperativo y otras características, delatan aquí -con la desvergüenza al uso de mi generación- cuentas pendientes con el romanticismo, el decadentismo y el simbolismo”.




Aunque fue reconocida tardíamente por una pequeña parte de la crítica especializada, su poesía marcó nuevos rumbos en la creación poética nacional. Fue incluida en numerosas antologías, entre las que destacan Poesía Nueva de Chile (1953); La mujer en la poesía chilena (1963); y Atlas de la poesía chilena (1958). Con una dilatada trayectoria en las letras nacionales, Stella Díaz Varín reivindicó el oficio de poeta desmitificándolo, denunciando las carencias de esta labor: ”Yo creo que deberíamos preocuparnos un poco de que el poeta deje de ser una especie de ser mítico, alado y peregrino. El poeta es un ser humano con familia, con necesidades biológicas y necesidades de todo tipo, al que nadie le da boleto en este país (...) por lo menos me gustaría que el hombre creador tuviera una base y una mínima seguridad de vida para que pudiera seguir creando”. (Fuente: Memoria Chilena Copyright, todos los derechos reservados)



A pocos días de haberse hecho acreedora del Fondo del libro en su versión 2006, por el volumen "Stella extragaláctica", Stella Díaz, falleció. Sus funerales se realizaron el 15 de junio de 2006.



"Nunca he pensado qué es la poesía. Es algo absolutamente fuera de mí misma. En el mismo momento en que lo haga jamás volvería a escribir un poema. Existen instantes poéticos en los que tú existes, pero no se puede decir nada más, porque la poesía trasciende a todo. Tampoco sé lo que siento cuando escribo, porque me encuentro totalmente ida".



"...Es así
Que la vida es en su muerte
Una pura substancia
Un sereno ocurrir, naturalmente
Un ritual
De poderes ocultos en su origen
Un círculo elemental
Un curioso bullicio
Un germinar muriendo.
Es así Que estoy viva
Y en cada vida Se me va la muerte..."

"dejaban mi cabellera colgante desde el tronco de la puerta como trofeo
Sin precedencia en la historia de los indios manantiales
y una cuenca abierta para la mirada de los ojos indiscretos colocada a la acera del abismo
Y esta era mi morada"

VEN DE LA LUZ, HIJO

Que te ciegue la luz, hijo.
Ven de la luz;
Desde donde la pupila sueña
y vuelve atormentada,
como un escombro vivo,
como especie de flor,
como pájaro.
Carbón de víscera terrestre,
así como víscera de árbol.
Deja que se ensañe la luz, hijo,
Desciende como los antiguos ángeles,
como los malos discípulos,
ardiendo en su pasión, desheredados.
Así como las fieras, hijo.
Incomprendidas del río,
intocadas absolutas, tristes.
Ese será el día
-presentimiento que no quise,
tú sabes, los conoces-
que tomaré la forma deseada.
Ojo de estiércol, húmedo;
aprisionaré tu llama,
tu superficie extraceleste
tu mirada de centro obscuro,
tu trigal;
la tibia voluntad de tu piel me ayudará y seremos.
Nunca antes pudimos.
Yo era como esas pequeñas fuentes secas .
Desciende, hijo, de la luz;
avizora el espacio, avizora el horizonte.
La curva que deja el corazón de un muerto,
la mano que se esconde,
la mano que nadie quiso acariciar.
Seremos. Tú y yo venidos irremisiblemente;
unidos como dos tallos jóvenes aún;
Queriendo apenas lo que no se nos dio.
Amando lo que la luz aconseja:
el vértigo, la hondonada, el silencio,
el color de las piedras;
tantas cosas simples y distintas.
Llegaremos a amar la contextura de Dios tan difusa;
tan perfecta como tus pequeños ídolos.
La madera de Dios tan bella y roja como el corazón de los árboles.
Tan bella y roja como el corazón del veneno.
Que te ciegue la luz, hijo.
Que te atormente.
Ven de la luz, inúndate;
Ten la luz y desmiente la tiniebla.
Ven, hijo, arrodíllate.
Cree en los amaneceres.
En la luz son más bellos los ojos de Dios.

Ignacio García: Viento de silencio


Para Ana Alesi, mujer hecha de silencios...


VIENTO NORTE



· Si amas en silencio, el corazón pronto se hace de pasiones no conocidas antes.

· Si escribes, puede ser que el arrastre del lápiz moleste
el remiendo del corazón lastimado.

· Hablar contra-esperanza es complacer al vacío quien no tiene
nada que ver cuando ya todo te satura.

· Me enfrento a quien todo lo tiene, con un solo puñado de palabras;
èstas impiden que el puño se cierre…

· No me oculto en mi silencio; por el contrario: ahí me rebelo y revelo
las letras mudas que forman mi alfabeto.

· Ya no te buscaré sino a través del silencio. Tal vez ahí lo Imposible
sea indiferente y encienda esa palabra que algunos llaman esperanza...

· Como ves, no dejé las cosas a medio andar; terminé con lo que me
propuse aún cuando el silencio ya tomo su venganza debida.

· Si truena, llueve, relampaguea o tiembla, yo te sigo amando:
es mi silencio quien enfrenta los estertores de afuera.

· Te amo noble y limpiamente, dentro de un paréntesis cuyo cuerpo
carece de latidos; y es que el corazón ya conoce la enorme distancia
de cada uno de tus palpitares.

· Callar, sellar los labios, derramar la tinta, volverse analfabeta:
recursos que van dando forma al silencio, mas nunca al hecho
de olvidarte…

· ¿Por cuánto tiempo se puede amar sin abrir la boca? La eternidad
si se quiere. El habla se hizo para inscribir locuras; el silencio para
recuperar la cordura y amarte más que antes.

· Cuando ya todo se dijo, y en la batalla uno es el derrotado,
queda siempre el recurso de las barcas: entre más se alejan
llevándote con ellas, más pasión silenciosa tejen sobre las aguas…

· Bajo el silencio (una vez el amor ya confesado) el corazón retiene
sangre en vez de expulsarla: es su estrategia para erguir la llama
sin que el combustible le falte.


VIENTO DEL SUR

. Si la espada blande al aire, y una flor entre las manos crece
y mariposas aletean himnos y canciones ¿No es esto acaso motivo
ara besar con mi silencio el borde de tus labios?

· Estar frente a ti obliga al silencio absoluto ¿Qué se puede decir
ante hermosura tal? Mi callar hurga ya en los diccionarios, palabras
propias a tu belleza.

· Podría amarte el Estratega con un silencio noble, puro, alquímico,
sin estorbo; mas él sabe que prohibido quiere decir a su vez silencio,
y que tu custodio es un ángel de espada que no advierte dos veces...

· El amor a solas exige de un silencio extraordinario: un exilio donde
el retumbar no va más allá de las letras que dan forma a tu nombre…

· En un inicio el Paraíso fue sólo silencio. No puedo afirmar si hoy
existan voces que me llamen: fui expulsado de él cuando te amé,
mujer prohibida…

· El silencio es el lenguaje del visionario, del apátrida, del poeta.
Cuando éstos hablan, nada se rompe: todo se consuma.

· Estruja el silencio contra mi pecho; su cardo y espuma como guía.
Quien gemirá soy yo; el silencio sólo se afanará en amarte ya sin límites.

· No existe filosofía para el silencio, pues ¿no acaso éste es anterior a
toda lógica humana? Lo ilógico sería filosofar si morir por ti vale
o no la pena: eso, jamás se pregunta.


VIENTO DEL OESTE

· Si el silencio está hecho de la omisión de sonidos
¿Cómo es entonces que tus palabras crean en mí este callar teñido
por tu ausencia?

· Hay días (los fines de semana por ejemplo) en que sólo hablo conmigo
mismo; el resto lo paso traduciendo para ti esos silencios ya
convertidos en poemas…

· Si tú y yo calláramos para siempre ¿sería posible un silencio más
desmesurado que corra en sus entrañas? Cosas extrañas suelen
suceder cuando uno decide zurcirse los labios.

· Cuando alguien muere, se pide un minuto de silencio.
Yo pediría de él un siglo, con tal de vivir un segundo entre tus brazos.

· Perdí al elegir lo prohibido en vez de optar por el silencio.
Volver al punto inicial sería desdecir palabras de amor que tanto
ruido hicieron al paso de la pérdida.

· Guerra de guerrillas: hablarte-callar, silencio-gemir.
Eso parece el combatir en terrenos que sólo tu corazón conoce...
No te precoupes, la falla de mi estrategia ya resulta irreparable...

· Debo al silencio todo lo que soy: de él vengo y hacia él voy.
No te sorprenda entonces si en ese silencio encierro
toda pasión que por ti siento...

· Si por las noches un revólver dispara, habría que preguntarse
si tal silbo violenta al silencio, o es el silencio mismo de mi lengua
quien se mata, con tal de gritar tu nombre.

· Después de todo ¿quién no ha pedido silencio cuando piensa?
Yo no lo solicito cuando a diario te recuerdo; de hacerlo sería
el silencio el rey de todo el universo.

· Pero sí, un día de estos quedaré callado para siempre; ni siquiera
de mis letras permanecerá lo prohibido: me las llevaré conmigo…

· ¿No has sido tú acaso más que silencio cuando no respondes a
pasiones que te comprometen? Para evitar estos enredos voy a
forzar mi pluma a fuegos menos intensos…

· El mar sin su bramido resulta en paradoja si al silencio deseado
se le opone también el frágil perfume de tu cuerpo: aspiro,
y todo el aire se impregna de un estallido inefable.



VIENTO DEL ESTE

· Ana-la-muñeca sabe de silencios más que cualquiera a su lado.
Mejor así, no sea que abriendo su boca de trapo, tiña tu corazón
con el rojo del mío; y viceversa.

· Quise partir el cuerpo del silencio: su sangre es tanto más callada
que borró del filo de la navaja todo lo escrito para ti en un mes de marzo.

· No escucho - No veo - No hablo: la triada oriental que jamás he
podido cumplir, pues tu cuerpo estalla y perfuma la débil intención
de mi silencio...

· Contradicciones: el silencio es tan agudo cuando tú me faltas,
que el seppuku resulta ser en ese instante la muerte más honorable
y menos escandalosa…

· Tan lejos te encuentras, que si te llamo, apareces instantáneamente.
Si guardo silencio, tus labios son la estrella polar que apaga mis extravíos.

· El alma de un arlequín contrasta con mis labios: me enseña
cómo tejer silencios, sin que la tela desgarre.

· El silencio dice a veces tantas cosas que es mejor hablar que permanecer
callado: por eso escribo: para que no pienses que ya te he olvidado.

· Silencio debería escribirse con ocho espacios en blanco; así, cuando
te enviara una página sin letra alguna, ésta hablaría más que cualquier
tratado de filosofía.

· La revelación súbita se impregna del no-ruido, satura al silencio
de más silencio... Así, hasta que éste explota y te llama bajo
un instante jamás pensado...

· ¿De qué sirve demoler el silencio si a fin de cuentas éste siempre vuelve?
Debo elegir entonces si soltar el martillo o amarte hasta el fin,
sin decir palabra alguna.

· Te seguiré amando en silencio... Así y así: hasta que éste sea más
grande que el "seguir" y más potente que el amarte en el vacío.