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lunes, octubre 31, 2011

Gabriel Fuster: EL NECRONOMICÓN DEBE SER ...

EL NECRONOMICÓN DEBE SER EL DIRECTORIO TELEFÓNICO QUE CONTIENE LAS LÍNEAS MUERTAS
Gabriel Fuster

H.P. Lovecraft y August Derleth se hallan sentados en óseos muebles de jardín al aire libre, convirtiendo en una terraza la meseta de la inaccesible Leng, sede del culto de los devoradores de cadáveres y la ubicación del faro que no es lámpara ni espejeo sino eclipse, mientras sus miradas frotan una idea contra la otra y encienden un relámpago más brillante en el cenit de sus cráneos. La luz hace del ojo indiferente un arco iris inacabable como una rampa, donde el alma pierde cuerpo y se desploma entre las lajas de los átomos y las moléculas. El lugar es una leyenda de la geología, hecha de la misma materia impalpable de los ecos y una arquitectura de medidas ciclópeas y naturaleza hambrienta, hasta anularse en una ola petrificada. La quietud tiene un pie en la trampa del tiempo y otro en el sueño, en tanto los hombres brindan con absinthe, la bebida alcohólica apodada el hada verde, preparándolo a la manera tradicional en sendos vasos de cristal. Mientras la bebida se transforma en la esencia lechosa que no es de agua sino de latidos, el terreno delante de ellos empieza vibrar por la salida del magnífico Dhole, descubriendo su madriguera oculta en el subsuelo y emergiendo con fuerza de géiser lunar, este terrible río viscoso en sí mismo ondulado. La pareja da un sorbo a su bebida. El Dhole es cubierto por la sombra errante un Mi-Go, provocando el vuelo en caída libre que horada el silencio recobrado. El viento desentierra navajas y la bestia de tierra repele a la de aire. El combate no es de este mundo, ni los otros mundos que hay en este mundo y en los otros. Abierta la puerta de los saberes arcanos del Necronomicón, los dos monstruos se pierden en una duna de reflejos. Un Shoggot se une al soliloquio que las estrellas escriben, con su paso torpe. Le lleva un buen rato cruzar el horizonte, lo que permite la preparación de otra ronda de absinthe. Por último, ocurre el desfile de los diez mil vástagos de Shub-Niggurath, presidido por la misma deidad con su enorme masa nebulosa de la cual sobresalen tentáculos negros. Muy adorada por los cultos druidas y bárbaros. Por un largo rato, el paisaje se torna tranquilo y vacío, salvo un taxi amarillo que te conduce al edificio del ayuntamiento del Infierno, la muerte que tú quieras. Deleth se voltea a Lovecraft y le comenta: “Howard, no cabe duda que las horribles distracciones siguen arruinando mi entusiasmo, con el ruido de las cucharillas cubriendo nuestra conversación, una tras otra. La próxima vez que tengas un afán de histeria colectiva, preferible dame la llamada al Cthulhar”. 

1 comentario:

cristina caballero dijo...

como siempre, estimado escritor, se disfruta su texto. Saludos