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miércoles, enero 30, 2013

Lourdes Franyuti: Entre comillas


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Entre comillas
Lourdes Franyuti
                       

                        Una verdad a medias es semejante a una mentira piadosa; a ambas les faltaría un ínfimo detalle para acercarse a la autenticidad, a la realidad, o bien, a la felicidad deseada. Siempre me hago la misma pregunta: ¿dónde inicia la verdad y dónde termina la mentira? Los extremos son profundos, secretos y radicales, razón por la cual he optado por conservar el punto medio. 

                        Un equilibrio en mi vida es lo que desearía tener en estos momentos. Mi abrigo cubre un alma invernal, el recuerdo de un viaje a París y un diario azul, melancólico y saturado de confidencias personales. Observo que en el diario las fechas inician en enero, revelando un secreto de veinte hojas. Si tuviera más tiempo, lo seguiría llenando, incrustándole a cada página un matiz de primavera, convirtiendo la alfombra de blanca nieve en vereda cálida.  

                        Mi memoria camina por Campos Elíseos y se sienta en una mesa de conocido café, repitiendo las letras de la primera página de tan querido diario, inolvidables y bien cuidadas de principio a fin. La sonrisa en los labios es definitiva; los recuerdos siguen trabajando y éstos a su vez, se mezclan con el latido de un corazón sin rumbo, abrasador y confundido entre tanta gente.  

                        La pluma colocada dentro del espiral subraya una palabra que pudiera haber pasado desapercibida en toda la hoja, esa palabra que he desconocido por muchos años, la que he evadido por diversas razones, entre otras: por temor a la opinión pública, al señalamiento de una Sociedad implacable y al enfrentamiento contra mi inseguridad.  

                        “Verdad” es el nombre que le doy al concepto que tanto le temo. Esa palabra mal subrayada y que hasta este instante reconozco. Disfraz tras disfraz he ido portando para escapar de una realidad de la que huyo en silencio: Por mucho tiempo he estado rodeada de amistades sin afecto, pero con los mejores abolengos de la ciudad; un título profesional colgado en el ático sin ejercerlo, una silueta estilizada y a la vez esclavizada por el gimnasio y rigurosa dieta, y lo peor, una sonrisa ensayada millones de veces para embellecer un rostro frustrado y desconsolado por tanta soledad.                       

                        Me quito el abrigo, lo suelto y cae en el suelo; un viento helado rompe en mi cara, haciéndome sentir la mujer más libre de todas. Volteo el diario y los recuerdos se quedan estáticos, como si el tiempo se hubiera detenido… Las ideas se aclaran, cierro los ojos y me observo feliz, frente a una cámara de televisión, como corresponsal en la Ciudad de la Luz, teniendo como fondo la torre Eiffel, cubierta de ropa térmica y gruesa gabardina, apenas con lo necesario para vivir, vista por la audiencia televisiva y mejor aun, por los mejores amigos de mi pueblo natal… Abro los ojos y ante mí, la nieve cayendo sobre los barrotes de mi ventana, la dejo abierta y camino por todos los rincones de mi amplia y elegante casa, si bien desolada, nada arrepentida de todo lo escrito en el diario azul, de esas veinte hojas de verdad entre comillas.

 

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