Encuentra a tus autores aquí

sábado, abril 14, 2007

Tania Lizarazo Moreno: Suicidio y Cultura


Breve recorrido por la cambiante apreciación de la muerte autoinflingida en la historia de la civilización occidental.

Si la muerte, a través de la historia, ha resultado impactante, no es de extrañar que si es escogida de manera voluntaria cause admiración y miedo. Existe una simultánea cercanía e incomprensión de la muerte voluntaria, que no hace extraño que el suicidio (1) sea usualmente asociado a un héroe de ficción shakesperiano como Hamlet, que sin ser un suicida tuvo una muerte buscada de manera voluntaria y pronunció una frase que expresa un interrogante filosófico fundamental: «Ser o no ser: Ésa es la cuestión». La cuestión, sin embargo, se remonta a un pasado incluso anterior al siglo XVI, cuando Shakespeare dio vida a 46 personajes suicidas.
El recorrido por la historia del suicidio puede empezar en Mesopotamia donde, según un mito, el primer hombre fue modelado con sangre del dios suicida Bel y barro, y Gilgamesh, rey de Uruk (2650 a.C.), se suicidó, según la epopeya relatada en unas tablillas recientemente encontradas. En Egipto, donde incluso los dioses se dejaron contaminar por tan humana tendencia, apareció la primera nota de suicidio, firmada por un consejero faraónico del siglo III a.C., y Cleopatra VII (69-30 a.C) legó una escena legendaria al dejarse morder por un áspid para evitar el ultraje de presenciar la victoria de Augusto.


La muerte voluntaria no fue condenada en Egipto o Mesopotamia. Tampoco es sinónimo de pecado en los textos bíblicos, donde se encuentran citas como «el que pierda su vida por mí, la hallará» (Mateo 16, 25) y se describen suicidios que pudieron incitar los martirios fundacionales de la religión cristiana. La crucifixión de Cristo fue considerada un suicidio hasta que surgió la necesidad de distinguir entre buena y mala muerte que, con su oposición al suicidio de Judas, enalteció la muerte de Jesús y marcó un límite que ha sobrevivido.


Existen suicidios en la mitología griega, donde empezó a consolidarse una simbología que incluía sentimientos de venganza, decepción (Egeo se suicidó por creer a Teseo muerto), culpabilidad (Yocasta lo hizo al descubrir su incesto) y locura (Áyax al no conseguir las armas de Aquiles), entre muchos otros. La mors voluntaria trascendió las narraciones míticas y se filtró en el estrato real de la Grecia Clásica, donde fue objeto de reflexión filosófica y se le atribuyó un carácter más político y artístico que religioso o médico -como se haría posteriormente.
En Roma, Séneca se cortó las venas, bebió cicuta y se convirtió en símbolo de la filosofía estoica. Y aunque Sócrates rechazó los planes de fuga para cumplir la pena impuesta por el Senado e ingirió ese mismo bebedizo, en un acto al que muchas veces se ha atribuido un carácter suicida, la condena medieval del suicidio encontró su base ideológica en algunas ideas de su discípulo Platón.


La idea platónica del suicidio como un acto justificable sólo por causas extremas generó la inclusión del suicidio en la temática legislativa. Esto llevaría después a la instauración de sanciones, como la de enterrar al suicida en un cruce de caminos para que la energía maligna de su acción fuera contrarrestada por la cruz sobre la que se hallaba su sepultura o, según otra interpretación, para que no encontrará su camino. Esta costumbre fue reforzada por imágenes que representaban la putrefacción del cadáver y despojaban a la muerte voluntaria del carácter heroico al que había sido asociada.


En la Edad Media surgió una mentalidad social y cultural que consideró el suicidio tabú y marcó una clara ruptura con la Antigüedad Clásica. Ideas folclóricas sobre el suicidio como algo demoníaco o vampírico fueron incorporadas en el discurso religioso, fortaleciendo su valoración como acto condenable por estar ligado a tendencias sombrías. Esta estigmatización se derivó del miedo a la muerte, generado por la peste que popularizó los tratados basados en el ars moriendi, el arte del buen morir.


Ante la condena del suicidio, a comienzos de la Edad Moderna, los humanistas se interesaron en las costumbres antiguas y los argumentos estoicos en defensa del suicidio. Y así, aunque Dante había situado a los suicidas en el séptimo círculo del infierno, Tomás Moro, Montaigne, Francis Bacon, entre otros, redactaron apologías de la autodestrucción que cuestionaban los prejuicios tradicionales. Sin embargo, la sociedad moderna, sumida en un contexto de represión y ataque al conocimiento, con la Iglesia Católica como epicentro de la moralidad colectiva, mantuvo esta condena.


Así, los castigos a los suicidas permanecieron hasta entrado el siglo XX como resultado del estatismo moral presente desde el siglo XII: el suicida fallido solía ser condenado a muerte, pero la consecución del suicidio tampoco eximía de ser ahorcado, despedazado o quemado post mortem. Estos castigos respondían al temor y al deseo de controlar un acto que seguía siendo considerado delictivo y debía condenarse para evitar su propagación. Sólo a través de este tipo de ‘rituales condenatorios’, no siempre físicos, se ha asegurado la estabilidad de la estructura social por encima de los individuos


(1) Resulta importante aclarar que el término «suicidio» apareció a mediados del siglo XII, aunque aquí se utilice de forma anacrónica


Tania Lizarazo Moreno es historiadora U. Javeriana taniaeme@hotmail.com

1 comentario:

Oscar dijo...

Primero lee "el suicidio" de Durkheim... luego decir que la muerte de Jesús es un acto suicida es no entender el sentido de "nadie me quita la vida, sino que yo la entrego libremente".

«el que pierda su vida por mí, la hallará» esta frase no hace referencia a que "me quito la vida", sino a que "realmente no quiero morir" por eso el sentido del "martirio" en pos de un bien mayor.