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miércoles, junio 11, 2008

Ivonne Moreno Uscanga: Introspección de una mente



INTROSPECCIÓN DE UNA MENTE...
ADRIANA ALONSO PAPAYANOPULOS

Viajar de manera subrepticia a nuestro interior es posible, cuando tratamos de explicarnos alguna circunstancia envolvente, no obstante cuando dicha odisea implica, realizar tal periplo utilizando propuestas artísticas, nos preguntamos... realizar una introspección verdadera ¿será posible, en este terreno, sin inclinarnos a favor de los deseos y los sueños , o de nuestras pasiones mismas?... tal vez... pero es difícil...

Las fronteras de la investigación y desde luego la de conjeturas y pesquisas se rompen hasta en lo más transparente y exacto de psicoanálisis... al no ser para establecer paradojas de tipo sarcástico, a lo Woody Allen, expuestas con gran maestría en muchos de sus discursos cinematográficos, las introspecciones suelen llevarnos a nuevas inquietudes, lo ventajoso, es una búsqueda, pero aún así, el misterio continua, pues la mente, es un misterio y también la intuición.

Kandinsky en su libro... De lo espiritual del arte, menciona: “en el arte... todo es cuestión de intuición... lo artísticamente verdadero sólo se alcanza por la intuición... el arte actúa sobre la sensibilidad y por lo tanto sólo puede actuar a través de la sensibilidad...”

Tales pueden o debieran ser las premisas para acercarnos al planteamiento plástico de Adriana Alonso Papayanopulos, quien en un impecable manejo abstracto nos introduce simbólicamente a un cómodo diván de auto análisis.
Los colores y texturas en cada uno de los enunciados compositivos de la pintora veracruzana, nos evocan a esa marcha emocional hacia el pasado, asociando cada eventualidad verde - café o negro - rojo con la nostalgia de una niñez agotada, pero de entuertos pueriles prolongados. Sus árboles incandescentes, sus espirales grises, como serpentinas tiradas desde lo alto y el mar por medio de miradas y rupturas, nos sumergen de espaldas a cómodos escepticismos.

El abstracto va más allá de los agrados y desagrados por la eclosión de color... la intuición y sensibilidad pueden permitirnos la caricia o el rechazo de ciertos momentos, consecuentes o no, a la alegría o al fracaso, esa misma tonalidad baña o desdibuja nuestras percepciones o estados de ánimo.

La obra de Adriana Alonso es la antesala, a la reminiscencia de tales emociones, nos coloca en la dinámica frugal de ir y venir dentro de nosotros mismos. Su vocabulario colorístico nos arroja de forma precisa en el umbral de varios cuestionamientos, sobre todo aquellos relacionados con la libertad, sitio donde la pintora dirime con espléndidas geometrías los espectros y cavernas del subconsciente.

viernes, junio 06, 2008

Enrique Patricio: Acerca de lo racial


Sendos cuestionamientos en torno a la
investigación sociocultural contemporánea



Aunque de forma somera abordaremos aquí las siguientes muy puntuales observaciones que giran, muy globalmente, alrededor de, 1)un marco conceptual que tiene que ver con categorías raciales y, 2) en derredor de una específica postura ético-profesional en los estudios que se llevan al cabo para América Latina y el Caribe. Ponderaciones éstas, concebidas en ese tenor, toda vez que consideramos hoy día se encuentran en estado crítico dentro de la actual esfera para el conocimiento sociocultural. Son puntos teóricos tales que, por obvias razones, atañen directamente al científico social del siglo XXI repensarlas. Es decir, investigar qué está pasando con la investigación, incluida pues la construcción teórica, pero no de una manera “express” sino exhaustivamente. Por nuestra parte, únicamente diremos que este atrevimiento periodístico –como una modesta propuesta--, no sólo obedece a la idea de señalar sino de colaborar propositivamente en este, así lo creemos, crucial momento histórico para las ciencias sociales.

De lo racial

No está de más comentar que en verdad sorprende en nuestros días el escuchar hablar en ciertos tópicos a algunos académicos de forma racial (no a los historiadores, que en este caso se cuecen aparte), vale decir, el que se pongan en el momento actual a hacerlo ya no tanto para “defender” desde su discurso (que lo venían haciendo) a carta cabal la no discriminación, como sí –lo contrario—para ensalzar ahora a una determinada “raza humana” (lo cual presumiblemente está “bien”).

Así, grosso modo, están las cosas. Nada más que ello nos mueve a suponer que gracias a este inverosímil enfoque académico, se está pasando por alto que en realidad están proponiéndonos una idea racista de todos modos, sólo que presentada de una manera inversamente proporcional a la ya conocida. Pues es exactamente lo mismo discriminar y/o alabar racialmente en cuanto a peso específico. Una idea inconcebible entonces para todos nosotros por que simple y sencillamente no existe un racismo bueno ni uno malo. Por lo que no debe así hablarse tampoco de una visión de racialidad “nueva”, ya que nada hay de novedoso en voltear la tortilla.

Y, de otro lado, se pregunta uno ¿en qué empolvado lugar yacen los resultados de los estudios relativos al análisis del ADN que nos han corroborado con creces que no existen las razas humanas, nada más que una, la de todos, la raza, el linaje humano? Algo definitivamente no marcha bien como se supone que hoy debiera ser en el campo de la reflexión y el análisis teórico sociocultural. ¿A qué obedece esto? ¿Qué o quién está marcando la pauta? Y es que aunque está claro que sigue habiendo racismo en el planeta pese a los avances científicos obtenidos, lo cual desde luego no es ningún secreto de estado, ¿por qué razón es dado igualmente desde la misma Academia el seguir hablando racialmente? Bien sabemos que el pensamiento social no debería ser el mismo, o sea, el generado en este círculo al de la calle (siendo aquél no sólo reflejo de éste), mas es igual, por ser racial. Pues tenemos que así como existe un hablar discriminatorio en las calles, para mal, así mismo se “teoriza” en la esfera académica, cuasiglorificando a algunas “razas”, para ”bien”; siendo que en realidad se sigue también fomentando y propagando la oposición y el odio racial de todas maneras así. ¿Se estará interpretando un Himno a la Alegría sui géneris, por mal ejecutado?

Y es que se sigue malinterpretando, pues en el mismo instante que está usted leyendo el presente señalamiento, continúanse escribiendo trabajos en el sentido que ya apuntamos. La tarea del investigador pareciera entonces que es más la de un novelista moderno (de novela histórica o de una historia novelada) que la que se espera sea la correspondiente al pensador social de este milenio y de este siglo. De modo que finalmente nos repreguntamos, no ingenuamente sino inmersos ya como estamos en la mundialización, ¿tiene todo esto (el cuestionarse) que ventilarse aun hoy día única y exclusivamente en cubículos, aulas y laboratorios? Entonces, ¿por qué no se está haciendo ahí?... que es donde debiera. O, ¿puede y debe dar cuenta de ello el periodismo científico y/o cultural sin tomarse como una intromisión? No lo sabríamos a ciencia cierta, sin embargo, nosotros por lo pronto comenzamos como ya dijimos cuestionando y, hasta donde nos sea posible hacerlo, intentando descongestionar el tema a continuación.

Vayamos por partes, partamos de la suposición de que este patente desfase que en la ciencia social representa la pervivencia de categorías raciales que fundamentan hoy día, no obstante, científicamente ese “nuevo” discurso que, engañosamente pretende no ser racista, está dado básicamente por: a) evidentemente la falta de una mejor definición teórica al respecto y, b) a la posición “correctamente política” o “incorrectamente política” adoptada por el especialista en la cuestión. Expliquémonos cada uno de ellos en los siguientes términos.

a)

En cuanto a este punto plantearemos que no se trataría, obviamente, de “traducir” el vocablo raza por otro, pues no se pretende la búsqueda de un neologismo nomás, ya que no es etimológico el asunto, tampoco el imponer otro concepto, como etnia, raíz, etc., sino el de transmutar el pensamiento más allá de la significación social actual (de raza), el de tener una concepción teórica distinta acerca de los seres humanos, valga decir llanamente, otra “visualización” de la humanidad. Por así llamarle, verdaderamente humanista, no sólo “más humana”, sino también más original en cuanto a la percepción de lo humano. No es, por así decirlo, posible el inventarse humanamente uno mismo sin reinventar a su vez el imaginario social.

Lo que debe imperar no es entonces una relectura (racial), sino otra nueva cosa aún por conocer. No es, pues, tanto modernizar como depurar la teoría. Se requiere de una nueva definición derivada desde el enfoque del re-aprendizaje. No más de lo mismo y sí, en cambio, ser los investigadores más proposititos teóricamente hablando. Como que de pronto éstos no han respondido, no han sabido responder en teoría innovando, según los diferentes factores de cambio que se generan en el mundo multidisciplinario contemporáneo en tiempo y forma. Su discurso ha sido más bien acomodaticio, corresponde más al patrón de una cómoda lógica tercamente academicista, antes que ver con una creativamente académica. En suma, culturalmente hablando les es más cómodo seguir pensando, bajo el dominio de la memoria colectiva, en términos de la distinción de los diferentes tipos raciales (fundamentalmente en referencias políticas que van más allá de las diversas manifestaciones artísticas y culturales, o sea, que valen en lo político pero no necesariamente en los demás renglones de la misma manera).

Y desde el anterior punto de vista es que se continúa con el convencionalismo teórico. Vale más lo ya aceptado, que el quebrarse la cabeza en conseguir uno nuevo, por muy necesario que sea. ¿Es esto actuar irresponsablemente? O, ¿hay incompetencia? No lo creemos así. Antes bien, valoremos lo siguiente: Que no se trata de una mera resistencia al cambio sino que, ingenuamente el no aplicarse obedece a la dificultad intrínseca que representa un aceptación de facto, en otros términos, prontamente, o sea, de adaptarse a aquello para nada parecido de lo que “toda la vida” se había creído como inmutable.

Cual si de buenas a primeras ocurriese el que desapareciera toda frontera entre las naciones, ¿sería pues, fácil o difícil dejar de ser, de la noche a la mañana mexicano, camerunés, eslovaco, etc.? valga como ejemplo; o, verbigracia, cual si terminaran de haber en el orbe, como por arte de magia, las clases sociales. Pues desde luego que llevaría su tiempo acostumbrarse a lo nuevo y muy diferente de lo “por siempre conocido” por todo el mundo. De manera que llamémosle como le llamemos, un asunto de geopolítica y de economía política en nuestros anteriores ejemplos, o de racialidad para nuestro tema, sin embargo, tarde que temprano habría que comenzar, tanto emocional como cerebralmente por aceptar el cambio, todo cambio que nos afecte como comunidad mundial, cualquier cambio, superando intelectualmente la confusión inicial. Con lo cual, se volvería necesario: 1) que se vaya, por principio de cuentas a la par de otras ciencias y, 2) el contar para ello con las herramientas terminológicas y metodológicas junto con todo el resto del andamiaje teórico disciplinario requerido para el efecto.

b)

Ahora bien, aclaremos, en este punto no nos estamos refiriendo a los estudios de la época colonial en que existió un predominio jurídico-moral sobre la sociedad. Estaríamos aludiendo entonces a la moral esclavista y su formato rigurosamente estamentado. Por tan obvia razón, dichos trabajos históricos han de tener necesariamente que emplear las categorías no sólo raciales sino intraraciales, partiendo de raza negra, etc., hasta lo peyorativo de zambo, mulato, pardo, saltapatrás, etc. Aunque algunos especialistas ya han utilizado eufemísticamente la primera raíz (la indígena), la segunda raíz (la europea) y, la tercera raíz (la africana). Se sirvan pues de éstas para destacar fielmente ese momento histórico.

Exceptuemos también todos aquellos estudios que apuntan a la interrelación biogenética a través del tiempo y producto de los procesos migratorios. En donde queda demostrado por diferenciados fenotipos y mediante cartografías y mapeos, diversos emparentamientos de las distintas etnias hasta nuestros días. Otra forma de ver la historia humana, al género y a la especie. Y mismas relaciones que van más allá de lo meramente demográfico, apuntan igualmente hacia la sociodemografía, como también hacia los cada vez mayores intercambios genéticos dados los constantes flujos de personas a nivel intercontinental

Ambas clases de trabajos los consideramos en el camino adecuado y quedarían fuera de toda discusión para el cuestionamiento que estamos haciendo. El primero se halla delimitado a su campo específico que es la Historia y, por lo tanto, no hace un uso indiscriminado (estereotipado) racial. Y en el segundo considerando, la Biogenética impone su propio lenguaje por encima de razas. Están pues, a nuestro parecer, más allá del punto a debate aquí; no apuestan a lo racial per se. (Punto y aparte, comentamos que en Sudáfrica recientemente se presentó un masivo caso xenofóbico entre pares, digámoslo así, o lo que es lo mismo, de naciones vecinas africanas, entre africanos pues. Recordémoselos a los investigadores político-raciales para que lo tomen en cuenta. Aunque tratando de no olvidarnos que en el planeta también existe ese otro apartado que es la xenofobia racista, que se divulga más en los medios de comunicación masiva occidentales, con lo que ocurre preferentemente en escenarios europeos y estadounidenses, por ejemplo, donde está más acentuada, pero igual sucede en otros puntos del orbe sin que lo sepamos del todo).

En realidad nos hemos de referir aquí a todos aquellos trabajos netamente raciales en la investigación sociocultural contemporánea (los llevados a cabo por pensadores comprometidos, ideológicamente hablando, a partir de un contexto el de la globalización, los opositores a ella pues), a un pensamiento teórico que en su conjunto expresa tácitamente una resistencia cultural a la homogenización, ese “otro pensar” que se manifiesta con toda libertad en contra del pensamiento único y lo ahistórico (otro mundo es posible). Sí así es, aunque también es de reconocer, de otra parte, dentro de ese particular punto de vista, que es por que duele tanto a muchos aceptar el cambio de lectura, lo cual podría interpretarse como una derrota académica; es decir, la “revolución textual” finalmente “no le hizo justicia a algunas razas”, otrora dominadas, esclavizadas, maltratadas. Cuando todo hacía suponer que ya se estaba alcanzando el triunfo tan anhelado vía la instrumentación textual, apareció la globalización.

Y sí, pues por si fuera poco un resultado de ADN (¿una primera derrota?) la globalización nos alcanzó y cayó encima por sorpresa, y no sólo a estos “inocentes” humanistas altamente politizados sino también al resto de la humanidad. Pero, ¿y los muchos años de lucha “teórica”, de esfuerzo titánico por alcanzar las propias metas machaconamente raciales pudieron verse “perdidos”, olvidados, de solazarse en la incertidumbre? Muy probablemente, de no haberse reaccionado políticamente. Hubiese sido la aceptación del fracaso de todo lo poco conseguido a favor de alguna “raza”. No quedó entonces más que la “movilización académica”. Y aparecieron de entre los teóricos, los hombres de acción.

Pero antes de continuar, abramos este pequeño y a nuestro parecer necesario paréntesis para decir lo siguiente: Que una cultura global que sólo uniforma (la globalización mal entendida no unifica pero sí uniforma) con el pensamiento único, no beneficia, hace daño. Es una cultura que pretende entre otras cosas derrocar en lo cultural, a mediano plazo y a través de una mediática tiranía, las tradiciones (tal y como las conocemos), salvo para el entretenimiento al turista ya como espectáculo (remedo de) tradicional. Atenta, en suma, contra toda la historia cultural humana (¿el fin de la historia?) y aspira, en principio, hostil como es, a sofocar las diversas manifestaciones en aras de una posthumana cultura única. Esquemáticamente lo diríamos así: si la raza humana es divergente en su pensar, y el pensamiento único convergente en su hacer, culturalmente hablando, entonces no es nada más una especie de contradicción el pensamiento único sino que además es, o más precisamente es, la contradicción misma acerca de la especie.

Mas a ¿qué hombres y mujeres de acción nos referíamos? Pues al investigador sociocultural investido de agente de cambio (no sólo en lo cultural, también en su modificar al contorno económico, político, social). Uno que ideológicamente toma partido en sus estudios, en forma proactiva, más que solamente activa junto, o para ser más exactos, pasando inclusive por encima del objeto mismo de ese estudio. Ellos son los forjadores de “nuevos valores” todavía raciales (de ese algo más que mero reconocimiento de retribución a una “raza”), afincados ni más ni menos que en nuestras humanas tradiciones. Ellos, los que perfilan lo identitario en torno a un esfuerzo de interpretación y de integración, a la unidad, en forma étnica-política.

Pero, ¿acaso sólo sirve nada más como pretexto la utilización de ese lenguaje para la consecución negociada de otros “fines” en este mundo global? De ser esto así, ¿es realmente válido todavía su uso? Pues estamos hablando de “nuevos valores” que evaden en cierto tópicos de investigación contemporáneos la imparcialidad, la objetividad, la neutralidad que se sobreentiende debe acompañar a todo confiable investigador. Ahora que, aquellos que desarrollan toda una retórica para alcanzar un ¿utópico? desarrollo (perdón por el pleonasmo), se vuelven especialistas maestros en este uso léxico étnico-político.

Y para que no lleguen a tildar equivocadamente a uno de una suerte de censor que lo único que pretende es coartar la libertad de expresión por las observaciones dadas a continuación, es que sólo digo a mi respaldo que es precisamente a favor de la libertad de expresión que así procedemos y argumentamos. Pues bien, ¿acaso es que desconocemos lo que ocurre al mezclar en los hechos actuales, contemporáneamente globales, algo más que un punto de vista político (no nos referimos de ninguna manera a las arengas o a los panfletos), aun sesgadamente, con lo cultural? Pues que se “intenta”, digámoslo así, ni más ni menos que forzar la Historia hacia un solo lado por parte de esos investigadores. Aclarando que la lucha “activistamente política” de unos nos es necesariamente la de otros. Y es que no es lo mismo hablar objetivamente de elementos políticos inherentes a un proceso histórico sociocultural, que tomar la justicia de la reivindicación racial en sus propias manos haciendo de alguna manera política por medio de sus escritos. Y el debate partiría, por supuesto, de la carga “subjetiva” que puedan admitir éstos.

Así el asunto, por lo pronto cabe preguntarse si es, ¿tanto aceptable moralmente, como políticamente “correcto” e intelectualmente honesto de su parte? Pues mientras -unos actúan así políticamente, hay otros teóricos que desafortunadamente ni siquiera les parece escribir esta palabra (política). Pero, ¿qué o quién les otorga patente de corso para intervenir (algunos no tan indirectamente) en los hechos culturales? ¿Es la pasión o es la razón? ¿Es el sentirse afectados?... Y, de otra parte, neurálgicamente ¿es esta “información”, así de manipulada, científicamente verdadera? ¿Hasta qué punto es éticamente posible el crear una empatía tal con los implicados en el objeto de estudio como para de ese modo proceder? Aunque habrá, desde luego, algunos que contestarán simplistamente que sí, en tanto otros dirán que es mejor mantener una sana distancia con los interlocutores en una investigación. Y así, de esta manera entramos a otra dimensión, que se presenta cuando el científico social habla por los investigados cuando se presume que lo que debería hacer es hablar de ellos. ¿Está de este otro modo haciendo una investigación éticamente posible? Porque, ideológica y políticamente posible sí es, ¿pero éticamente?

De una ¿nueva ética?

Una avasallante y no muy amistosa globalización ha ido “permitiendo” hacer al investigador social lo que supuestamente no debería, desde nuestro muy modesto y particular punto de vista hacer, o sea, ser a la vez juez y parte. Extraparticipa pues, y se convierte en algo más que un especialista del tema, motiva una conducta ¿ética? Ahora bien, ¿se alcanza un progreso ético profesional de esta manera? Veamos, la idea es que un sociólogo, un antropólogo, un etnomusicólogo, etc., pueda seguir siendo imparcial en una tesis con sus apreciaciones sin coartar su libertad de expresión. Porque podríamos casi decir que, hoy día, pareciese ser que se da una extrema libertad en ese sentido, que va hasta el punto que el estudioso por sí mismo desee. La libertad ha de tener un límite, para no caer en irresponsabilidad, pero no hay punto alguno establecido de antemano por la Academia. En principio, podríamos hablar no de un riguroso código de conducta personal pero sí de un juicio ético personal para la actividad que profesa, y hablar entonces de equilibrio, ponderación, ecuanimidad, prudencia, sentido común, amén de pensamiento lógico por parte del investigador, para observar el mayor cuidado ante los posibles efectos y repercusiones en este mundo cambiante con sus trabajos.

Mas, ¿en qué momento comienza a entenderse, o a responder, una investigación a un proyecto más de una índole personal (activamente político) que a un proyecto meramente profesional (neutralmente político). Cuando el objetivo y la ideología del investigador se presentan como un todo y no como cosa separada, se alcanza un tono político que le distingue. También cuando se va más allá del objeto de estudio en los planteamientos. Pueden entonces muy bien pasar a ser más que destacados pensadores contemporáneos, muy buenos políticos con esos tipos de análisis, Hay una manera de ser de estos estudiosos que en su hacer se ve reflejado. Mas, ¿su “lucha” los hace necesariamente ver como unos investigadores más éticamente confiables? Estos investigadores se convierten así, a su vez, en sujetos de investigación, se vuelven tema para el estudio de esta etapa del pensamiento social en este crucial momento histórico.

Porque nos cuestionamos desde aquí si es el sistema de relaciones sociales en desarrollo, la actividad socio-productiva histórica, la única que puede transformar hoy día (en la globalización) incluso toda una comunidad determinada o, si de manera importante influye en ese posible viraje el investigador sociocultural politizado junto a otros agentes de cambio igualmente politizados pero no políticos, vía el uso de la teleinformática. Y pasamos a la siguiente pregunta, ¿es para el estudioso actual, en la medida del conocimiento que tiene de una necesidad y del dominio de ella en la actividad como queda para éste determinada su libertad investigadora? Porque aparentemente lo es en la medida en que toma conciencia de los intereses sociales, del bien social, y que hace coincidir éstos con sus intereses y exigencias personales, como entonces actúa moral y éticamente “bien”.

Sin embargo, esta reflexión sobre lo ético no puede quedar nada más apuntando a los estudiosos netamente politizados o políticamente activos, que para el caso vienen siendo lo mismo, hay otros. Sólo que, por lo espinoso que se vuelve el tema al estar generalizando, más vale entonces “aterrizarlo”, exhibir un caso en particular, poner un ejemplo, contar con una prueba fehaciente de lo expuesto, válido también para esos otros. Y así, para un mejor entender, veamos enseguida un caso paradigmático mexicano.

-(Acerca del teorema jarocho. O, detrás de la puerta, un ética inquebrantable).-Acerca del jarocho mundo mucho se puede decir mucho se ha dicho ya y, sin embargo, mucho se seguirá diciendo aún. El llamado movimiento jaranero, que corresponde a la cultura del son jarocho y el fandango, en su devenir a cursado por varias fases de desarrollo, de las cuales no entraremos en detalle ahora, pues lo que aquí importa es que desde su despegue obtuvieron el respaldo de una intelectualidad, desde hace más de una década. Y en donde se han visto involucrados varios investigadores ha través de todo ese tiempo (o sea, que hasta el día de hoy lo están), mismos que han revalidado y apoyado con sus escritos y ensayos el citado movimiento, así como su mayor difusión; y entre otras cosas, con su autoridad no nada más intelectual sino moral han además promovido el estudio, la reflexión e, incluso, la investigación entre esos jóvenes adeptos, que son aparentemente los “protagonistas de todo.

Restaurar una tradición aún viva pero restringida a la comunidad (“rescate” le nombraron ellos, porque los más jóvenes la estaban perdiendo) fue la consigna. Hubo por lo mismo, que formar para ello a jóvenes talentos en el son jarocho, que obviamente forjaron a su vez nuevos valores soneros, eso por un lado, en la expresión musical, y mercantilizaron la manifestación por otro. Había que vivir de ello, como alguna vez lo hicieron fuera del terruño Nico Sosa, Andrés Huesca o Lorenzo Barcelata.
Aunque nos sea muy evidente que no tenga ningún sentido (a no ser el mercantil), verbi gratia, el que grupos pluriétnicos y multiculturales reclamen para sí esta manifestación en lo específico (cual si de una moda se tratase), algo hoy muy común, veámoslo por ejemplo en: una danza afro o mexica siendo interpretada actualmente por gente de tez blanca, ¿algún sentimiento racial despierta respecto de la expresión cultural? ¿Cuál? ¿La asimilación de las diferencias la hace perfectible? Aunque supuestamente trate de refrendar una africana dicha exhibición “especial”, resulta ello ciertamente en ¿una genuina manifestación artístico-cultural revalorizada? Exactamente lo mismo está pasando con el son jarocho; son casos y cosas de la mundialización.

De tal manera que, conforme el movimiento iba creciendo ya por su propia inercia, cobró tal fuerza que se salió no sólo del control (de manos de los estudiosos) sino de su cauce natural: la tradición jarocha. Así en nuestros días podemos encontrar en él grupos de jipirochos o jarochilangos, por citar a algunos, en pleno “refuego sonero”, son jóvenes que no cuentan con la tradición sotaventina en usos y costumbres, y que por lo mismo no pueden entenderse como portadores culturales de ella, además de que culturalmente también, pertenecen a la nueva generación tecnológica. Buscan, sin buscar realmente, algo que consideran les es propio, pero hay más bien un dejo nostálgico y hasta bucólico en ello, y que sin embargo, lo que pretenden es en lo musical sonero, es innovar, fusionar a partir de allí, es esa su única y aparente finalidad, su interés más inmediato. Aunque reconocemos que no toda está mal (puesto que tampoco se trata de satanizar), comenzando por los que perpetúan la herencia de una genuina tradición fandanguera y siguiendo con algunas mixturas que se pueden considerar una evolución natural del son. Mas, en estos precisos momentos aquellos investigadores que le dieron vida a lo que ahora se ha convertido en un monstruo, tratan de reencauzarle, tratan de enmendar su error. ¿Se podrá aún enmendar? ¿Será una pérdida de tiempo hacerlo, porque simple y sencillamente ya no hay remedio? Y, sobre todo, se pregunta uno ¿por qué continuar con la terca idea de seguir tomando todavía el control de la cultura en sus manos? El daño, a todas luces, ya está hecho.

Y así, al repensar lo que está pasando con el son jarocho, ha llevado a los investigadores incluso a repensar en nuestros días, también lo Jarocho. ¿Qué es? Ahora se va en reversa. Es decir, tratando de dejar de lado la folcklorización, lo mediático, mas no lo academicista, ahora sí ¿ya no politizarán? Algo entonces, que nunca imaginaron que sucedería, sucedió, y que de haber sabido que pasaría, ¿no hubieran querido que aconteciera? ¿Quién sabe? Pero pasó. Como igual le ha pasado ya al flamenco español. Y aquí cabe decir que no sólo es el mercado, también las instituciones públicas tienen que ver. Al grado que los Estados anteponiendo a lo cultural otros fines ajenos se encuentran activamente expropiando las tradiciones populares para explotarles como espectáculo. De la festividad comunitaria se pasa así tranquilamente a una festivalización de la cultura. Y lo diferente que da identidad, pierde fuerza ante lo homogéneo y lo espectacular. Lo que distingue ha de desaparecer y uniformarse a corto plazo. Porque ¿qué representatividad puede tener por ejemplo el espectáculo Jarocho con respecto a esa tradición a la que aparentemente alude. Hubiera dado lo mismo que llevara por título “X,Y,Z”, que Jarocho, pues tan sólo se trata de un estilizado espectáculo. No obstante, sabemos muy bien que la idea que está detrás es más profunda y va más allá que solamente a fastidiar al intelecto por fastidiar, va duro contra la tradición.

En fin, que pasan cantidad de cosas, que todo pasa…, sin embargo, los “creadores” del teorema jarocho nunca nos informaron acerca de ¿qué tan sano es para la investigación el que exista un especialista del tema que ha creado empatía con el objeto de estudio? Y, ¿qué tan saludable es que además sea del mismo terruño, que toque un instrumento musical o que diga o “cante” décimas, o que baile en una agrupación sonera jarocha?…


Conclusión

Muchas son las veces –en esta “era postmodernamente global de la información”-- que las voces de alarma provienen de fuera del universo académico y su discurrir. Pudiese muy bien ser este el caso, desde la óptica de un periodismo cultural, de una parte convencido del beneficio de los cambios bien pensados y, de otra, sabedor de que toda la opinión pública merece estar enterada, periódicamente, también del acontecer científico, o sea, no sólo divulgando acerca de su quehacer sino incluso de su ambiente (relajado o no), tanto internamente como externamente a él. Las publicaciones culturales, desde luego, abrevamos igualmente de la ciencia social. No obstante, y/o precisamente por ello, es este un periodismo que así mismo cuestiona, y para el presente caso creemos que muy bien vale esto de qué es lo que hace que gente fuera de la esfera académica vea, lo que ésta no es que no vea, pues sí ve, pero que continúa aplazando en una inercia que la ata y la domina, que de algún modo la censura, la atornilla, para que no transite por los nuevos derroteros del mundo de hoy, Y quizá sea este el momento de hacer un alto en el camino, detener la inercia, para reflexionar acerca de si lo que se está haciendo se está haciendo bien. Urge el saberlo, sin necesidad de crear para ello toda una teoría ética de investigación social.

Por lo pronto hemos recorrido, a grandes rasgos, nuestros puntos planteados al inicio: 1) que “nuevos valores” en la estereotipación racial no conducen en realidad a nada nuevo, Es la “misma” propuesta racial (a veces casi racista), pero presentada en esa forma inversamente proporcional que decíamos. Algo así como sugerir, políticamente hablando, que ahora las “minorías” ya son “mayoría”. 2) Y lo otro igual de preocupante, ¿cuáles son o han de ser las normas, principios o reglas de conducta ético-profesionales que rijan los planteamientos ideológicos, subjetivos, de juicio y hasta sentimentales, así como demás actos personales, por dos razones fundamentales, con el fin de alcanzar alguna objetividad y para saber conducirse éticamente en una investigación, estudio o análisis contemporáneo. Con tal de que no vuelva a suceder con otras manifestaciones artístico-culturales lo que le ha ocurrido ya al son jarocho y a otras más; pero no por decir nomás, sino por dicha cuestionadora razón que establecíamos.

Redimensionarse teóricamente, cambiar esquemas, instrumental metodológico, lo que sea necesario para renovarse, para revitalizar a la ciencia social de algunos males que de seguir van a parecer éticamente endémicos. Y tampoco se trata de sentir algún menosprecio por otras ramas del saber científico, sino de efectuar una revaloración teórica, hacer una autorreflexión, una autoevaluación centímetro a centímetro y con sentido autocrítico forzosa y necesariamente, y así acompañar al resto del avance científico. El descontinuar todo celo profesional y realizar una reconstrucción teórica es pues pieza clave para el científico social de este naciente siglo. Reestructurar la visión sociocultural para llegar no nada más a una más ética tarea de investigación, sino auténticamente verdadera. Y digamos, ya para finalizar este escrito, que ojalá y se tomaran cartas en el asunto así como se toman para otras muchas actividades que le incumben a la ciencia social, y es que quizá para algunos estos cuestionamientos aquí presentados carezcan de sentido (puesto que es algo sobre de lo que tal vez no desean escuchar) pero aun así, sigo pensando que más valdría no echarse en saco roto como está el mundo. Es pensamos, buena idea hacerlo, con el mapa latinoamerticano y caribeño actual estando como está, convulso socialmente, políticamente, económicamente y, ahora, culturalmente también.

miércoles, junio 04, 2008

Carla García: Te soñé desnuda



I
Te soñé desnuda
con una flor blanca en la mano,
hablabas un idioma antiguo
que solo yo conocía.



II
Santa es tu piel
donde grabo las palabras
que definen el nombre
de este amor.


III
Bajo las sábanas sagradas
la blancura de las lamentaciones
son las voces de mi gozo.




IV
Sobre la silla otomana yace una mujer
enferma de deseo
y castigada
por el hombre
que escribe su palabra
con vino de uva de la cepa original.


V
Bajo las rosas y la tierra
solo reposa mi silencio
arrepentido de guardar un beso.

martes, junio 03, 2008

Paul Bowels: Bautismo de Soledad




Tanto si es la primera vez que vas al Sahara como si es la décima, lo primero que percibes
de inmediato es el silencio. Si estás fuera de una población, un silencio increíble, absoluto, y si no, incluso en lugares bulliciosos como un mercado, algo callado en el aire. Parece que el silencio fuese una fuerza consciente que, molesta por la intrusión del sonido, lo redujera al mínimo y lo dispersara en seguida. Luego está el cielo, comparado con el cual todos los
demás cielos parecen intentos fallidos. Rotundo y luminoso, es siempre el punto focal del
paisaje. En el ocaso, la sombra precisa y curva de la tierra penetra en él y se eleva rápida del horizonte cortándolo en la mitad luminosa y la oscura. Cuando se ha disipado toda la luz diurna y el firmamento está cuajado de estrellas, sigue siendo un azul intenso y ardiente, cuyo punto más oscuro se encuentra en el cénit y va empalideciendo a medida que se aproxima a la tierra, de manera que la noche no llega a ser oscura del todo.
Si dejas atrás la puerta del fortín o del pueblo y, pasando ante los camellos que están
tendidos fuera, subes a las dunas o sales al llano duro y pedregoso y te quedas un momento de pie, solo, al cabo de un rato, o bien sientes un escalofrío y vuelves corriendo dentro del fuerte o te quedas fuera y dejas que te ocurra algo muy curioso, algo que han experimentado todos los que viven allí y que los franceses llaman le bapteme de la solitude.

Es una sensación única y no tiene nada que ver con la sensación de soledad, porque esto presupone una memoria . Aquí, en este paisaje absolutamente mineral iluminado por estrellas como llamaradas desaparece incluso la memoria; no queda nada más que tu propio aliento y el palpitar de los latidos de tu corazón. En tu interior se inicia un proceso extraño de reintegración, que no es en absoluto agradable, y puede ocurrir que trates de combatirlo e insistas en seguir siendo la persona que siempre has sido o que dejes que siga su curso. Porque nadie que haya permanecido en el Sahara durante algún tiempo sigue siendo la misma persona que cuando fue allí. Antes de la guerra de independencia de Argelia, en la época del gobierno militar francés reinaba un curioso sentimiento de simpatía y amistad entre los europeos que se hallaban en el Sahara. Huelga subrayar que el resultado de esta agradable situación era el ejercicio de un control colonial férreo sobre los argelinos, lo que equivalía a un régimen del terror. Pero desde el punto de vista de los europeos, el lugar era ideal. Toda esta enorme región era como una pequeña comunidad rural intacta en la que todo el mundo respetaba los derechos de los demás. Cuando vivías allí durante algún tiempo y te marchabas, te sorprendía la indiferencia y la impersonalidad del mundo exterior. Si en un viaje por el Sahara olvidabas algo, podías estar seguro de que al volver lo encontrarías; a nadie se le hubiera ocurrido apropiárselo. Podías ir por donde quisieras, en pleno desierto o en la calle más oscura de una ciudad, que nadie te importunaba.
En aquella época no había descendido hasta aquí abajo ningún miembro del lumpen
proletariado trashumante e indeseado del norte de Argelia, porque nada había que les atrajera.
Quien más quien menos poseía una parcela de tierra en un oasis y vivía de trabajarla. A la
sombra de las palmeras datileras crecían el trigo, la cebada y el maíz, cultivos que
proporcionaban los productos básicos de la dieta. Normalmente, había dos o tres tenderos
árabes o negros que vendían cosas como azúcar, té, velas, cerillas, carburo para combustible, y productos baratos de algodón europeos. En los pueblos más grandes había a veces una tienda que regentaba un europeo, pero las mercancías eran las mismas porque los clientes eran prácticamente todos nativos. Casi sin excepción, los únicos europeos que vivían en el Sahara eran militares y eclesiásticos.
Por regla general, los militares y su personal subalterno eran gente simpática, de trato
agradable, y estaban dispuestos a enseñar al visitante todo lo que merecía la pena en su
distrito. Esto era una suerte, porque el viajero se hallaba a menudo enteramente a su merced.
A veces dependía de ellos para su comida y su alojamiento, ya que en los lugares más
pequeños no había hoteles. Generalmente, su contacto con el mundo exterior se producía a
través de ellos, porque cualquier cosa que desease, como cigarrillos o vino, tenía que traerse en camión desde el puesto militar y el correo se recibía también en la dirección del puesto militar. Además, la autorización para desplazarse libremente por la región dependía de los militares. La facultad para otorgar estos privilegios correspondía, por ejemplo, a un teniente solitario que vivía a trescientos kilómetros de su compatriota más próximo, que comía mal (situación abominable para cualquier francés) y que deseaba que nunca se hubieran inventado los camellos, las palmeras ni los extranjeros curiosos. Aun así, raro era encontrar un comandante que se mostrara indiferente o remiso a ayudar. No era insólito que te invitase a beber algo o a cenar, que te mostrase las curiosidades que había coleccionado durante sus años en el bled, que te invitara a acompañarle en sus viajes de inspección o durante un par de semanas con él y su pelotón de varias docenas de meharistes nativos, cuando salían al desierto a hacer mediciones topográficas. Entonces te daban tu propio camello, que no era un camello lento de recua que necesitase llevar al lado a alguien con un palo, sino un animal ágil y bien adiestrado que obedecía al menor tirón de las riendas.
Más extraordinarios eran los Peres Blancs, inteligentes y bien educados. No había nada
de resignación en su interés por pasar el resto de sus días en lugares remotos; vestían como
musulmanes, hablaban árabe y vivían en las rigurosas e incómodas condiciones de los
habitantes del desierto. No hacían proselitismo ni esperaban convertir a nadie. «Estamos aquí sólo para mostrar a los musulmanes que los cristianos pueden ser dignos de respeto», decían. Solía oírse decir a los musulmanes que los cristianos tal vez sean los amos del mundo, pero los musulmanes son los amos del Cielo. A los militares les bastaba con que los indigenes reconocieran la supremacía de los europeos aquí abajo; evidentemente, para los Padres Blancos esto no era suficiente. Insistían en demostrar a los habitantes que los nazarenos eran capaces de llevar una vida tan ejemplar como la del más fervoroso seguidor de Mahoma. La austeridad del modo de vida de los Padres inspiraba a muchos musulmanes respeto por ellos, aunque no para la civilización que representaban. Como resultado de los años pasados en el desierto entre sus habitantes, los Padres asumieron un cierto fatalismo, sano aunque poco ortodoxo, que era un excelente complemento para su acervo espiritual y algo muy necesario para entenderse con los hombres entre los que habían elegido vivir.
Con una superficie considerablemente mayor que la de los Estados Unidos, el Sahara es
un continente dentro de otro continente; un esqueleto, si se quiere, pero aun así una entidad
separada del resto de África que lo rodea. Tiene sus propias cordilleras, ríos, lagos y bosques, aunque en gran medida no son más que vestigios. Las cordilleras se han visto reducidas a gigantescas protuberancias pedregosas que se elevan sobre el paisaje circundante como las montañas en la luna. Algunos de los ríos parecen tales durante, a lo mejor, un día al año; otros, con mucha menos frecuencia. Los lagos son de sal maciza y los bosques hace mucho que se petrificaron, pero los contornos físicos del paisaje varían tanto como en cualquier otra parte. Hay llanos, montes, valles, gargantas, tierras onduladas, picos rocosos y cráteres volcánicos todos sin vegetación ni el menor humus. Sin embargo, probablemente las únicas zonas que resultan monótonas a la vista son las regiones como Tanezrouft, al sur de Reggane, una franja de terreno de unos setecientos kilómetros absolutamente plano y cubierto de grava, sin el menor indicio de vida ni la menor ondulación en la tierra que varíe la implacable línea del horizonte en todas direcciones. Después de llevar aquí algún tiempo, ver una mera roca despierta tal emoción en el viajero que siente deseos de gritar ¡Tierra! No hay período histórico conocido en que el Sahara no haya estado habitado por el hombre; la mayoría de las formas superiores de vida animal para las que sirvió de habitat, se han extinguido. Si creemos en las pruebas de las pinturas rupestres, podemos estar seguros de que la jirafa, el hipopótamo y el rinoceronte fueron un día habitantes de la región. El león desapareció del norte de África en nuestra propia época, como el avestruz. De vez en cuando, sigue descubriéndose un cocodrilo en la charca de algún oasis distante y recóndito, pero es algo tan raro que cuando sucede supone un verdadero acontecimiento. El camello no es nativo de África, en absoluto, sino importado de Asia, habiendo llegado aproximadamente en la última época del Imperio Romano, cuando se exterminaron los últimos elefantes. Gran número de los rebaños de elefantes salvajes que vagaban por la zona norte del desierto fueron capturados y adiestrados para formar parte del ejército cartaginés, pero fueron los romanos quienes finalmente aniquilaron la especie con objeto de obtener marfil destinado al mercado europeo.
Por suerte para el hombre, que parece insistir en seguir viviendo en un entorno cada vez
más inhóspito, hay todavía gacelas en abundancia y, aunque parezca paradójico, diversas
clases de peces comestibles en los pozos artesianos —a menudo a más de cien pies de
profundidad— en todo el Sahara. Algunas especies que abundan en los acuíferos son ciegas, pues han vivido siempre en las profundidades de los lagos subterráneos.
Cuando un tópico se repite a menudo, por inexacto que sea, tarda mucho tiempo en
erradicarse. Así, hay una imagen popular errónea del Sahara como una vasta región de arena que cruzan ordenadas caravanas de árabes para viajar entre ciudades de cúpulas blancas, y sigue predominando. Una generalización más próxima a la realidad sería decir que es una zona de montañas escarpadas, valles desolados y llanuras yermas y pedregosas, punteada de vez en cuando por poblados de adobe habitados por negros. La arena, según los datos del servicio geográfico francés del ejército, cubre sólo una décima parte de la superficie del Sahara; en cuanto a los árabes, la mayoría nómadas, constituyen una reducida parte de la población. La inmensa mayoría de los habitantes son de origen beréber (nativo del norte de África), negro (nativo de África occidental) o una mezcla de ambas etnias. Pero los negros de la actualidad no son los que originariamente poblaban el desierto. A estos últimos nunca les gustaron los designios coloniales de los árabes y de los bereberes islamizados por ellos. A lo largo de los siglos estuvieron en constante retroceso hacia el sudeste, y ya sólo queda un vestigio de su sociedad en la región hoy conocida como el Tibesti. Fueron sustituidos por los sudaneses, más dóciles, traídos del sur como esclavos para trabajar en los oasis siempre en expansión.
En el Sahara, el oasis —es decir, el bosque de palmeras datileras— es ante todo una
creación del hombre y puede continuar existiendo solamente si la labor de irrigación del
terreno se mantiene implacablemente. Cuando los árabes llegaron a África, hace doce siglos, comenzaron un proyecto de recuperación de tierras que, si los europeos continuaran con la ayuda de maquinaria moderna, transformaría una buena parte del Sahara en un enorme y feraz vergel. Un rastro de vegetación significaba que no muy lejos había agua; bastaba con sacarla a la superficie. Los árabes se pusieron a ello excavando pozos, construyendo presas, surcando el suelo de acequias y el subsuelo con sistemas de galerías bajo tierra a gran profundidad.
Para todos estos importantes proyectos, los recién llegados colonizadores necesitaban
mano de obra abundante que pudiese soportar el clima y la malaria, que es todavía endémica en los oasis. Los esclavos sudaneses parecían ser la solución ideal al problema y pasaron a constituir la gran parte de la población sedentaria del desierto. Cada tribu árabe viajaba por los oasis que controlaba e iba recaudando las ganancias. Vivir en ellos nunca fue costumbre de los hijos de Alá ni tampoco su intención. Tienen un refrán que dice: «Nadie vive en el Sahara si puede vivir en cualquier otra parte». La esclavitud fue abolida por los franceses, desde luego, pero no hace tanto tiempo: en nuestra época. Quizá el principal factor en la decadencia de Tumbuctú desde su categoría de capital del Sahara a su actual estado de postración fue el cierre de su mercado de esclavos. Pero el Sahara, que empezó siendo país de raza negra, sigue siendo un país de raza negra y, sin duda, lo seguirá siendo durante mucho tiempo.
Los oasis, esos magníficos palmerales, son el alma del desierto; la vida en el desierto sería
impensable sin ellos. Siempre que se encuentran seres humanos, hay cerca un oasis. A veces la ciudad está rodeada de árboles, pero por lo general está construida justo a las afueras, para no perder ni una pizca de tierra fértil en mera zona de vivienda. El tamaño de un oasis se define por el número de árboles que contiene, no por el número de hectáreas que ocupa, del mismo modo que los impuestos se pagan en función del número de palmeras datileras y no de la cantidad de tierra. La prosperidad de una región está en proporción directa con el número y el tamaño de los oasis. El de Figuig, por ejemplo, posee más de doscientas mil palmeras datileras, y el de Timimoun mide sesenta kilómetros, y cuenta con un sistema de irrigación de una complejidad sorprendente.
Pasear por un oasis del Sahara es como darse un paseo por un edén bien cuidado. Las
callecitas son limpias, bordeadas a cada lado por muros de barro aplastados a mano, de una
altura que te permite ver la frondosidad lujuriante que hay detrás. Bajo las altas palmeras que se cimbrean se hallan los árboles más pequeños: granados, naranjos, higueras, almendros.
Debajo, en limpias parcelas rectangulares rodeadas de estrechas acequias de agua, están las
hortalizas y el maíz. Por muy lejos del pueblo que estés siempre percibes la misma sensación de orden, limpieza e insistencia en aprovechar cada centímetro cuadrado de suelo. Cuando llegas al confín del oasis descubres siempre que están ampliándolo. Parcelas de jóvenes palmeras se extienden en mitad del páramo cegador. Ahora son todavía inútiles, pero después de unos años empezarán a fructificar y esa tierra abrasada por el sol formará parte del cinturón de jardines.
En los árboles anida gran cantidad de pájaros, pero los habitantes no aprecian su canto ni
su plumaje. Los pájaros se comen los brotes jóvenes y sacan las semillas del suelo tan pronto como las plantan, así que prácticamente todos los hombres y niños van armados con una honda. Hace unos años viajé por el Sahara con un loro y en todas partes los nativos
fulminaban con la mirada al pobre pájaro. En Timimoun vino al hotel una tarde una
delegación de tres ancianos para sugerirme que no dejara la jaula en la ventana porque no
respondían de lo que podía ocurrirle.
—A nadie le gustan los pájaros aquí —dijeron con cara de no andarse con bromas.
Es costumbre construir casitas de verano a las afueras del oasis. Y, a menudo, en la
arquitectura de estos edificios hay algo de capricho o de fantasía que los hace cautivadores.
Son palacios en miniatura hechos de barro. Aquí los hombres toman el té con sus familias al caer la tarde o pasan la noche cuando hace un calor excesivo en la ciudad, o invitan a sus
amigos a una partida de ronda, el juego de naipes más popular en el norte de África, o a
escuchar un poco de música. Si te invitan a visitar una casa de verano descubres siempre que la experiencia merece la pena, a pesar del largo paseo necesario para llegar allí. Tienes que beber al menos los tres vasos de té tradicionales, comer una buena cantidad de almendras, y fumar más kif del que realmente quieres, pero estás en un sitio fresco, oyes el borboteo del agua que corre, notas en el aire la fragancia de la hierbabuena y puede que tu anfitrión muestre su habilidad con la flauta. Un invierno pregunté el precio de una de estas casas que me había llamado especialmente la atención. Con jardín y estanque, el coste equivalía a unas veinticinco libras. El inconveniente era que el dueño quería conservar el derecho a trabajar la tierra, porque no le cabía en la cabeza que dejase de ser productiva.
En el Sahara, como en otros lugares del norte de África, las prácticas religiosas populares
incluyen a menudo elementos de creencias preislámicas en su ritual; el ejemplo más llamativo es la institución de las danzas religiosas, que sobrevive pese a que los musulmanes educados desde hace tiempo disuaden a la gente de mantener la costumbre. Incluso en el poblado de los m'zab, que poseen una profunda religiosidad y el puritanismo se lleva a límites excesivos, no es desconocida la celebración de bailes. En la época en que yo viví allí no se permitía a los niños reírse en público, pero pasé una noche entera viendo a una docena de hombres bailando hasta perder el conocimiento junto a una hoguera de palmas. Fue necesaria la fuerza de dos guardas corpulentos para impedirles que se precipitaran a las llamas. Después de que uno de ellos hubiese sido apartado del fuego varias veces, dejó finalmente de realizar sus fantásticos brincos en dirección al cielo, dio unos pasos tambaleándose y cayó al suelo. Fue sacado a rastras de inmediato del círculo, cubierto de mantas y sustituido por un nuevo adepto. No había música ni canciones pero había ocho instrumentistas, cada uno de ellos tocando un tambor de distinto tamaño.
En otros lugares, el baile se asemeja al ahouache del Atlas marroquí. Los participantes
forman un gran círculo cogidos de la mano, hombres y mujeres alternativamente; sus
movimientos son comedidos, nunca frenéticos, y aunque el momento del trance está cerca
constantemente, al parecer nunca se alcanza de modo colectivo. En las representaciones que
he visto había una mujer en el centro con la cabeza y el cuello ocultos por una tela. Canta y
baila y el coro que está alrededor responde como en un diálogo. Todo es muy tranquilo y de
tono muy grave, pero lo irracional no parece estar muy lejos quizá por el efecto hipnótico
producido por los tambores tocados despacio, profundamente.
Los tuaregs, antiguos descendientes de los bereberes de las cabilas de Argelia, no
supieron agradecer la «misión civilizadora» de las legiones romanas y decidieron poner unos dos mil kilómetros de desierto de por medio entre ellos y sus posibles educadores. Se fueron directamente al sur hasta que llegaron a una tierra que pensaron que les podría proporcionar la privacidad que deseaban y ahí permanecieron a lo largo de los siglos, amos de sí mismos casi hasta hoy. A lo largo de todas las épocas durante las que los árabes dominaron las regiones circundantes, los tuaregs retuvieron su dominio del Hoggar, esa inmensa meseta situada en pleno centro del Sahara. Su tradicional odio a los árabes, sin embargo, no parece haber sido lo bastante fuerte como para impedirles islamizarse en parte, aunque no son en absoluto un pueblo completamente musulmán. Lejos de ser una propiedad poco más valiosa que una oveja, la mujer tiene un lugar extremadamente importante en la sociedad targui. La línea de sucesión es puramente materna. Aquí, son los hombres los que deben ponerse velo día y noche. El velo es de fina gasa negra y se lleva, así lo explican, para proteger el alma. Dado que para ellos aliento y alma son una misma cosa, no es difícil encontrar una razón física, si se desea. La excesiva sequedad de la atmósfera causa a menudo molestias en los conductos nasales. El velo conserva la humedad del aliento, es una especie de sistema de aire acondicionado, y esto contribuye a mantener lejos a los malos espíritus que de otro modo manifestarían su presencia haciendo sangrar la nariz, cosa nada extraña en esta parte del mundo.
No es justo referirse a este orgulloso pueblo como «tuareg». La palabra es un término de
oprobio, que significa «almas perdidas», que le dieron sus tradicionales enemigos los árabes, pero que en el mundo exterior ha prendido. A sí mismos se llaman imochagh, los que son libres. Entre los pueblos de lengua beréber son los únicos que han inventado un sistema para escribir. Nadie sabe cuanto tiempo lleva usándose su alfabeto, pero es un alfabeto realmente fonético, tan bien planificado y lógico como el romano, con veintitrés letras sencillas y trece compuestas.
Por desgracia para ellos, los tuaregs nunca han sabido llevarse bien; las guerras intestinas
han sido una constante entre ellos durante siglos. Hasta que los militares franceses acabaron
con ello, había sido práctica común para una cabila lanzar razias contra la tribu vecina.
Durante estas incursiones las mujeres de los ausentes eran fieles a sus maridos, ya que el
estricto código moral targui establece la muerte como castigo por la infidelidad. Sin embargo, una mujer casada cuyo marido estaba ausente tenía libertad para ir por la noche al cementerio vestida con sus mejores galas, tenderse sobre la tumba de uno de sus antepasados e invocar a un espíritu llamado Idebni, que siempre aparecía en forma de uno de los jóvenes de la comunidad. Si ella conseguía ganar el favor de Idebni, éste le daba noticias de su marido; si no, la estrangulaba. Las mujeres tuaregs, que son muy listas, siempre conseguían traer noticias de sus maridos del cementerio.
La primera vez que se cruzó el Sahara en vehículo a motor fue en 1923. En aquella época
se tardaba todavía meses en llegar, por ejemplo, desde Touggourt a Zinder, o desde Tafilet a Gao. En 1934 hallándome en Erfoud, pregunté por las caravanas que iban a Tumbuctú. Sí,
dijeron, había una que partía dentro de unas semanas y que tardaría entre dieciséis y veinte
semanas en hacer el viaje. ¿Cómo se volvía?, les pregunté. La caravana probablemente saldría en su viaje de regreso en la misma época al año siguiente. Comprobar que esta información reducía mi interés les sorprendió. ¿Cómo pensaba yo que se podía hacer más rápido?
Naturalmente, como se debe viajar por el Sahara es en camello, sobre todo si lo que te
gusta es ir a pie, porque después de unas dos horas de movimiento de camello caminar junto a él durante una hora es un placer. Es probable que, cada día que pase, el tiempo que camines junto al camello sea mayor. En la actualidad, si uno lo desea, puede salir de Argel por la mañana en avión y estar casi en pleno desierto por la noche, pero el viajero que cede a esta tentación, como el lector del relato de misterio que se salta parte del libro para llegar rápido al desenlace, se priva de la mayor parte del placer de viajar. Para una persona que desee ver algo, el medio de locomoción más práctico es el camión transahariano, compromiso entre el camello y el avión.
Hoy en día sólo hay dos pistas que cruzan el desierto (ya que la Piste Impériale, que cruza
Mauritania, no está abierta al público) y no recomiendo ninguna de las dos a quien vaya en
coche particular. Sin embargo, el camión está especialmente preparado para la región. Si hay cualquier incidente la espera no suele superar las veinticuatro horas, ya que al camión se le espera siempre en la siguiente ciudad; además hay siempre agua en abundancia. Pero un coche que se quede tirado solo en el Sahara se mete en un buen lío.
Normalmente, puedes ir al fuerte de cualquier ciudad y telefonear al siguiente puesto
pidiéndoles que avisen de tu llegada al dueño del hotel. Si las líneas no funcionan —
circunstancia que no es insólita—, no hay manera de asegurarte una habitación de antemano, salvo por correo, lo que resulta extremadamente lento. A menos que viajes con tus propias mantas, llegar sin avisar puede ser un grave peligro, porque los hoteles son pequeños, a menudo tienen sólo cinco o seis habitaciones y las noches de invierno son frías. La temperatura desciende varios grados bajo cero alcanzando su punto más bajo justo antes del amanecer. El mismo patio que puede registrar 51 grados centígrados cuando está inundado de sol a las dos de la tarde, descenderá a sólo dos grados bajo cero a la mañana siguiente. Por eso, resulta tranquilizador saber que te espera una habitación y una cama en el siguiente lugar en que te detengas. Y no es porque haya calefacción de ningún tipo; pero si cierras la ventana puedes contribuir a que los gruesos muros de barro conserven algo del calor del día. Aun así, a veces, al despertarme he visto una capa de hielo en el vaso de agua junto a mi cama.
Estos violentos extremos de temperatura se deben naturalmente a la sequedad de la
atmósfera, cuya humedad relativa es a veces inferior al cinco por ciento. Si uno piensa que el suelo alcanza una temperatura de 79 grados centígrados en verano, se comprende que la
principal consideración a la hora de planificar viviendas y calles sea protegerse lo más posible de la luz. Las calles se mantienen oscuras construyéndolas debajo y dentro de las casas, y las casas no tienen ventanas en sus enormes muros. Los franceses han introducido la ventana en buena parte de su arquitectura, pero estas ventanas dan a amplias galerías abovedadas y de este modo, aunque dejan circular el aire permiten que entre poca luz. El resultado es que cuando escapas del sol vives en las tinieblas del infierno.
Ni siquiera en el Sahara hay lugares en los que la lluvia no haya caído nunca, y su llegada
es un acontecimiento que exige una celebración: tambores, bailes y detonaciones de armas.
Las tormentas son violentas e imprevisibles. Considerando sus desastrosos efectos, sorprende que la gente pueda alegrarse de su llegada con emociones tan absolutamente positivas. Por las secas cárcavas descienden velozmente muros de agua que lo arrasan todo. Las techumbres de las casas se desploman y, a veces, también las propias paredes. Una lluvia prolongada podría destruir todos los pueblos del Sahara, ya que el tob con que se construye todo es más endeble que nuestro adobe. De hecho, no es raro ver toda una parte de un pueblo abandonada por sus ocupantes, que han vuelto a construir sus casas en las proximidades dejando que se desmoronen las paredes y los cimientos de sus anteriores viviendas y se fundan de nuevo con la tierra de donde vinieron.
En 1932 decidí pasar el invierno en el M'Zab del sur de Argelia. El desvencijado autobús
salió de Laghouat por la noche en medio de un gran aguacero. No lejos del sur, la pista
atravesaba un llano de kilómetro y medio situado un poco por debajo del nivel del terreno que lo circundaba. Cuando lo cruzábamos el nivel del agua empezó a crecer a nuestro alrededor y, al poco rato, el motor se caló. Los pasajeros se apearon y empezaron a dar vueltas vadeando el agua, que pronto les llegó a la cintura; en todas direcciones se veían vagar lentamente por las aguas figuras blancas difuminadas en albornoz que parecían cigüeñas. Buscaban sin éxito un camino que no cubriera para volver a tierra firme. Al final, me llevaron a hombros a mí, el único europeo del grupo, durante todo el camino hasta Laghouat dejando el camión sumergido. Dos días después, al llegar a Ghardaia, la lluvia (la primera que caía en siete años) había formado una gran charca junto al talud que los franceses habían construido para la pista. Tal cantidad de agua, y embalsada toda en un mismo sitio, resultaba un acontecimiento emocionante para los lugareños. Durante días hubo una procesión constante de mujeres que iban a recogerla en vasijas. Los niños trataban de caminar por encima de la superficie; dos pequeños se ahogaron. Diez días después, el agua había desaparecido casi por completo. Una espesa capa de espuma verde cubría lo que quedaba, pero las mujeres seguían acudiendo con sus vasijas vacías y, apartando a un lado la espuma, cogían todo lo que podían. Por una vez conseguían recoger toda el agua almacenable en sus casas. Por lo general, se trata de un producto caro que tienen que comprar cada mañana al aguador que la trae al oasis.
Probablemente haya pocos lugares accesibles en el planeta donde se puedan obtener
menos comodidades por el mismo dinero que en el Sahara. Aun así, es posible encontrar una superficie lisa sobre la que tenderse, varios tulipanes y arena, comer tallarines, mermelada o unos tendones que se describen con el simpático eufemismo de pollo, o conseguir un cabo de vela para desnudarse por la noche. Como es necesario llevar la cocina y la comida propias, a veces no merece la pena molestarse en degustar las «comidas» que ofrecen los hoteles. Pero si uno depende exclusivamente de las conservas, se acaban en seguida. Al final termina desapareciendo todo —café, azúcar, cigarrillos— y el viajero pasa a una vida carente de todo lo superfluo; a utilizar un amasijo de ropa sucia como almohada y un albornoz de manta.
Quizá la pregunta que lógicamente cabe hacerse en este punto sea: «Entonces, ¿para qué
ir?». La respuesta es que el que ha ido allí y ha experimentado el bautismo de la soledad no
puede ya evitar volver. Una vez que ha quedado embrujado por esta tierra inmensa de luz y
silencio, no encontrará otro lugar que posea tanta fuerza para él; ningún otro entorno podrá
proporcionar la sensación de satisfacción suprema de existir en medio de algo que es absoluto.
Cualquiera que sea el coste que tenga que pagar en dinero o en comodidades, volverá, porque lo absoluto no tiene precio.
Desde que este artículo se escribió, la guerra de Argelia ha cambiado la fisonomía del
Sahara. Ahora el hipotético viajero probablemente no volvería porque, sin documentos
especiales, es muy probable que no le dejaran pasar. En la actualidad, el Sahara no está
visible.

Cristina Caballero: Aroma de Orquídeas



AROMA DE ORQUÍDEAS

Piedra caliza
reverbera entre los mantras

sueña el corno
y amanece

magos blancos
magos negros

con sus ropas ocres
bendicen los cimientos
de stupas extranjeras
ayudan al enfermo en otros valles

ellos
se refugian al caer la luna
espejo del Potala
la Colina Roja
mira hacia Occidente

cuando las campanas
cortan sus venas
cuando la justicia muere
libres somos

como aroma de orquídeas
rompemos cada noche
nuestras cadenas

Video: Las artimañanas de calderón

Presidente espurio que es, Felipe Calderón acomoda su adjetivo según ordenanzas de quienes lo llevaron a la presidencia mediante fraude electoral, e inicia una campaña de miedo a la población mexicana (como si estúpidos fuéramos) anunciando que "las reservas energéticas se agotan" (El Universal, 31 mayo, 2008). No obstante, las declaraciones del gris mandatario ---hecho a medio-pelo para los intereses de los USA--- son enderezadas y desmentidas desde los mismos parajes desde donde Bush "orienta" al servil Fecal, mediante un video en el que se da cuenta de la verdad "vista desde allá". Juzgue el lector, a lo largo de este video, si no es que las artimañas de Calderón son hasta eso, muy torpemente diseñadas, y se aclara en esta cinta, el verdadero "compromiso" que el sumiso líder de los mexicanos ha demostrado frente al imperio yanqui.

(I.G.)





sábado, mayo 31, 2008

William Blake: Cantares de Inocencia



El Prado Resonante


Se eleva el sol
y los cielos se vuelven dichosos;
resuenan alegres las campanas
como bienvenida para la primavera;
la alondra y el zorzal,
las aves de los arbustos,
trinan estrepitosamente
ante el sonido jovial de las campanas,
mientras nuestros juegos son vistos
sobre el Prado Resonante.
El viejo Juan, de cabellos blancos,
ríe y aparta sus preocupaciones,
sentado bajo el roble,
entre los demás ancianos.
Se ríen de nuestros juegos
y poco después todos dicen:
"Así, así se disfrutaba
cuando nosotros, niñas y muchachos,
en nuestra juventud éramos vistos
sobre el Prado Resonante".
Hasta que los pequeños, ya exhaustos,
no pueden seguir la diversión;
el sol va descendiendo,
y nuestros juegos se acaban.
En torno al regazo de sus madres
muchas hermanas y hermanos,
como pajaritos en su nido, se disponen al reposo,
y dejan de verse los juegos,
en el Prado oscurecido.

El Cordero



¿Quién te hizo, Corderito?
¿Conoces a quien te creó?
¿Quién te dio la vida y te irguió
junto al arroyo y sobre el prado;
te dio un abrigo delicioso,
manto suave, lanoso, brillante;
te dio una voz tan tierna,
que causa regocijo en los valles?
¿Quién te hizo, Corderito?
¿Conoces a quien te creó?
Yo te lo diré, Corderito;
yo te lo diré, Corderito:
es llamado con tu nombre
pues a sí mismo se llama Cordero.
Es manso, y es sutil;
se volvió un niño pequeño.
Yo un niño, y tú un cordero,
nos llaman con el mismo nombre.
¡Que Dios te bendiga, Corderito!
¡Que Dios te bendiga, Corderito!

El Pastor



¡Qué dulce es la dulce fortuna del Pastor!
Deambula desde el alba hasta el atardecer;
debe seguir a su rebaño el día entero,
y su lengua se embeberá con alabanzas.
Pues oye el inocente llamado del borrego,
y escucha la tierna respuesta de l a oveja;
vigila mientras permanecen en calma
pues saben cuándo está próximo su Pastor.

jueves, mayo 29, 2008

Zingonia Zingone: DOS POEMAS



Habito la noche

Habito la noche culebra
con la manos atadas al hombre
que me generó.

En un patio de arena largo como el mar,
gitano el rumbo que sopla el viento,
y me mareo y me pierdo.

Siento un lejano albor asomarse
desde adentro de mi pecho o mi garganta.

Señor de las flores y del sol
enciende Tu vela de rosa
en mi corazón.

Habito la noche murciélago
con el tiempo atado al ángel
de las tinieblas.

En un campo sembrado de sangre,
yace en asfixia el espantamurciélagos, mientras
en la clepsidra sigue bajando el sílice.

Oigo un solitario aire de acordeón,
un resoplido angosto, en mi pulmón derecho.

Señor del pájaro y la luna
sube este canto disonante
a las alturas.

Por descendencia, habito la noche,
con mi libertad detenida en los puños,
ciega. Señor, saca estos ojos del palmo
apretado, admítelos a la luz de Tu rostro.



¿Serás pulpable, mi amor?

Tímido y remisivo en el estanque,
Abdopus Aculeatus en su vida secreta
es un insalvable enamorado.

Investiga las féminas con lujuriosa paciencia
hasta elegir –¡ésa es mi hembra!-
la toma entre sus múltiples brazos
y la posee hasta la locura. La ama,
la cubre una y otra vez con pasión,
de día, de noche, día tras día…

se mosquea con sus rivales: los tentáculos
tendidos, listo para desatar el látigo
si algún malandrín mira a su presa,
a su exuberante y amada hembra.

Porque ha de ser amante y madre,
bella y generosa, la octópoda
encarcelada que él poblará antes
de volver tímido y remisivo por el estanque.

El pulpo, mi amor, es un exquisito macho latino.

Juventino Ferreira Rosas: Política Joven



Poco después del inicio de la década de los setentas, los que habíamos nacido en la cercanía de la mitad del siglo veinte, conocíamos por las noticias publicadas, los eventos de la olimpíada y de Tlatelolco, en orden cronológico.

Estamos mencionando hechos que pusieron a nuestro país en el tablero de la atención mundial, cuando el actual estado de Israel, tenía a penas veinte años de haberse instituido, en la antigua colonia británica de Palestina, después del acuerdo respectivo del pleno de la ONU y la declaración protocolaria dada por David Ben Gurion, y a menos de veinticinco años de concluida la segunda guerra mundial, y en tiempos en que se festejaba muy en serio el aniversario de la fundación de las Naciones Unidas y sus instituciones integrantes.

Fueron tiempos que vieron nacer una generación de jóvenes con grandes inquietudes políticas; jóvenes que buscaban casi con desesperación espacios y oportunidades para proyectar sus aspiraciones y pensamiento.

Beatriz Paredes Rangel, Fausto Zapata, Carlos Armando Biebrich, Fidel Herrera Beltrán, entre otros, iniciaron en aquellos años, siendo muy jóvenes, su transitar por la vida política y hoy, cuarenta años después, son actores de primera línea en el escenario público nacional, junto con varios más de su generación.

Sin duda una prueba fehaciente e irrefutable, de que la política es cuestión de mujeres, hombres, tiempos y circunstancias.

Con un tercio de la población que actualmente tenemos, con menos industrias, mas conflictos agrarios, mas producción pesquera, y menos exportaciones no petroleras, los años setentas transcurrieron, entre la reforma educativa que pregonaba el Doctor Bravo Ahuja y los retos científicos y tecnológicos que habían sembrado en el mundo la carrera espacial y la guerra fría; bueno hasta las películas de espionaje eran exitosas, sin olvidar novelas como El Chacal, El Archivo de Odessa y El Círculo Matarese, de intriga internacional pura .

Hoy los jóvenes enfrentan un panorama distinto del que compartimos los que ya rebasamos el medio siglo de existencia.

La oferta educativa es mucha y la calida es poca, gracias a las universidades patito.

Las universidades públicas, cuna de la investigación científica y la producción de libros de textos para profesionistas, tienen que reescribir su historia, de cara a la sociedad que las creó y sustenta, y a la comunidad de desarrolladores de ciencia y tecnología, su papel no se devalúa, se duplica su compromiso. Ese es el entorno académico que corresponde a los jóvenes de hoy, es el entorno mundial también.

El aterrizaje de los métodos anticonceptivos, hoy tan variados y hasta alcahuetes, ha facilitado la modificación de las conductas sexuales juveniles, a pesar de ello, es muy alto el porcentaje de adolescentes embarazadas, y peor aun las estadísticas de sida.

Somos todavía un país que esta lejos de generar todos los empleos que sus jóvenes demandan, por eso cada año son más los que cruzan la frontera norte con la esperanza de buscar mejores oportunidades.

Nuestra pobreza institucional hacia los jóvenes queda de manifiesto en los contenidos de la ley del instituto mexicano de la juventud, tal parece que se creó para cumplir un requisito burocrático internacional, antes que respaldar un paquete de iniciativas para los jóvenes.

Estamos urgidos de una autentica y verdadera política joven, que otorgue directrices a mas de un tercio de la población nacional.

Que fomentemos la creatividad y las iniciativas de desarrollo que pueden emerger de muchas mentes jóvenes; encaucemos esa energía y ese talento, aprovechemos a formar la generación de los inmediatos artistas, empresarios y gobernantes; por que nadie es eterno, ni se eterniza con mediocridades y egocentrismos; el futuro se construye día a día y la vida también.

Al escenario político incongruente, retrogrado y caduco que permea las principales corrientes de los partidos, se agrega el enorme reto de un tercio de la población a la que no toman en serio ni les brindan opción.

Los hoy jóvenes, mañana dejarán de serlo y nosotros seremos los viejos y ancianos; ¿Qué trato recibiremos?

Los jóvenes son un valioso recurso a corto plazo; ¿que estamos haciendo para que asuman plenamente sus responsabilidades públicas y privadas?

En anteriores ocasiones hemos ponderado las bondades del turismo alternativo y el ecoturismo, para generar empleos y atraer inversiones, y es precisamente pensando en los jóvenes que se hacen esas proyecciones.

Tenemos que reinventar muchas soluciones, y el cambio climático, las nuevas condiciones globales y las necesidades regionales, pueden ser el mejor nutriente para mentes jóvenes, que quieran mejorar su vida y el ambiente.

Por ser el tema tan amplio e importante, en obvio de espacio y tiempo, lo dejamos hasta ahí por el momento.

Los artículos anteriormente publicados, esta al alcance de nuestros millones de lectores en; humanismo21.blogspot.com

Donde podrán dejar sus comentarios, críticas y opiniones.

Los saludo con afecto y respeto.

ferreiraconsultor@gmail.com

Juan Carlos Gómez: Un grito desconocido




A parte del placer que le producía, Gombrowicz encontraba en la música una estructura espiritual que se correspondía profundamente con el arte de composición literaria que ponía en práctica en todas sus obras. También tenía recetas: al drama debe seguir la comicidad, a la profundidad lo trivial..., y viceversa...
Los diarios que escribe en las postrimerías del año 1961 tienen dos pasajes de género ligero. En el primero caracteriza la lucha entre la ciencia y el arte haciéndole crecer a un hombre una segunda cabeza en el trasero mediante un procedimiento científico.
Más ligero es aún el tono del segundo pasaje en el que, para no aburrirse, monta un número teatral con el Beduino encima de un colectivo.
Ahora bien, en forma contigua y en medio de estos dos pasajes cómicos y un tanto ligeros, los diarios de Gombrowicz registran la más conmovedora aproximación literaria al dolor.
–¡Hola! ¿Qué haces aquí tan temprano Simón? ¡Siéntate!; –¿Cómo estás?, Simón se sienta y los labios le empiezan a temblar; –¿Qué pasa?; –Una tina de agua hirviendo cayó sobre mi pequeña hija, hace horas que está en el hospital y todavía no terminó, disculpa; –¡Pero no, no es nada! ¡Al contrario, es natural...!
La quemadura de la niña lo empezó a quemar, hasta que hizo una mueca de dolor: –¿Y si diéramos un paseo? Salieron a la calle y empezaron a caminar. Mientras en ellos persistía esa cosa mala quemada, las casas, las calles y el ruido los estaban llamando. Era una carrera contra el tiempo, pensaba Gombrowicz, la hija no podía estar muriéndose eternamente, eso se tenía que terminar de una u otra manera y Simón lo dejaría en paz.
Mientras caminaban vieron un vendedor de frutas: –Manzanas, por favor; –¿Un kilo?; –A este señor le ha pasado una desgracia, tiene una hijita de cuatro años que se está muriendo; –¿Qué dice usted? ¡Qué desgracia!; –¡Quédese con sus manzanas, al diablo con ellas! Y se echó a andar como poseído por el demonio, Simón y su hijita iban detrás. Con el secreto traicionado empezaron a marchar.
Las calles, las casas y los ruidos, y ellos caminaban, pero el grito dirigido al vendedor de frutas que había hecho público el horror de la hijita quemada, también caminaba con ellos. El ladrido de un perro se había mezclado con ese grito, y el grito se había animalizado. Juntos caminaban ahora con esa bestia al lado, calles, casas y ruidos, caminaban por Florida hendiendo el gentío a empujones.
Un señor les pregunta en forma cortés por la calle Corrientes. Ni Simón ni Gombrowicz le contestan, es una negación bajo un sol claro, que resulta oscura, negra y sorda.
Y caminaban como poseídos por la furia, un grito llegado de no se sabe donde se unió al grito de Gombrowicz, resucitó el ladrido del perro, esa bestia daba otra vez unas señales de vida para las que no tenían respuesta. Gombrowicz no sabía lo que le pasaba por dentro a Simón, y Simón tampoco sabía lo que le pasaba a él. Se terminó la calle Florida y apareció la plaza San Martín como servida en una fuente. No podían retroceder ni quedarse en la plaza pues caminaban como si se dirigieran a algún destino, caminaron hasta que se agotó el caminar. Cuando se detuvieron un papel crujió entre sus pies movido por el viento. Simón retuvo el papel con la punta del zapato y la mirada clavada en el suelo; el papel crujía.
Ese crujido era como el de la bestia que ya conocían, pero surgía de abajo, de lo más profundo, de un objeto inanimado. Gombrowicz empezó a sentir miedo, no creía en el diablo, Simón era incapaz de matar a una mosca, ... pero... Ese monstruo nacido de un grito humano, del ladrido de un perro y de el crujido de un papel se asociaban con la pobre hijita de Simón. Gombrowicz sintió una profunda desconfianza y pensó en escaparse. Calculó que si empezaba a caminar rápidamente podía alejarse de Simón. Apareció un silencio igual al que había aparecido con la pregunta por la calle Corrientes, entonces, Gombrowicz se marchó.
Caminaba hacia la estación para perderse en ella, llega a la ventanilla: –¿A dónde va?; –A Tigre.
Pero detrás de él sintió la voz de Simón: –A Tigre. Gombrowicz huía y Simón lo perseguía. Gombrowicz no se hubiera preocupado demasiado si no hubiese sido por cierto detalle escabroso, por ese reptil que se oculta en el seno tenebroso de la existencia: el dolor. Le importaría todo un comino si no doliera, pero ya está informado del dolor de la pequeña niña de Simón, esa niña quemada y animalizada por el grito, el ladrido y el crujido de un papel.
Llegó el tren y se subieron. Avanzaban hacia Tigre, pero, ¿por qué hacia Tigre?, iban a Tigre sin ninguna razón, raptados por el tren, pero...¿el tigre no es un animal?
Simón se movió en medio de la gente, Gombrowicz intentó darse a la fuga pero se hundió en un cuerpo mullido.
Era un gordo, se estaba bien en él, era un lugar silencioso a cien millas de aquel otro problema que quemaba. De pronto un golpe terrible le fue asestado desde abajo. Lo que hubiera sido lo había agarrado descuidado hasta casi morderlo. ¿Sería el animal?, con la cabeza escondida Gombrowicz esperaba el salto. De pronto sintió unas cosquillas en la nuca. ¿Sería el gordo, Simón, un marica? No se hacía ilusiones.
"Sabía bien que la falta de relación entre aquel cosquilleo y el Animal era precisamente la garantía de su combinación infernal, de su complot, de su acuerdo –y esperaba el momento en que el Cosquilleo se aliara definitivamente con él, con el Animal, para clavarse, como un puñal, en un grito desconocido, todavía inconcebible, hasta ahora no lanzado"

miércoles, mayo 28, 2008

Yukio Mishima: El muchacho que escribía poesía




Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th.—18th: May, 1940".
Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. La algarabía es por mis 15 años. Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".
Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo.
En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.
Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga
hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos
volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo.
Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. El se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.
Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.
Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.
Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser
interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen —si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo— se aburría al instante y dejaba de mirarlo.
Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: "No hay poesía en eso".
Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza.
Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior...
Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.
Sin la menor emoción usaba palabras como "súplica", "maldición" y "desdén". El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el "Diccionario de la literatura mundial": En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.
Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero
incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad
aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.
Le gustaba el soneto de Wilde, "La tumba de Keats": "Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires". Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada.
La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su
propio genio. Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente, que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satistactoria de matarlo.
La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio. En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. "Ya sabes de qué se trata", le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.
El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas
muertas del "hibachi". Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo "siéntese", cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo: "Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?"
""Schiller quiere decir?" "Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe".
El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y
frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. "No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más".
El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a
protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio
anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.
R era hijo de un Par. Se daba los aires de un Villiers de l'Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió la envidia.
Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas
llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del
melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.
El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.
Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él. ¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos, fea para otros, estaba tadavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.
El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?
¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad.
Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra "genio", y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo "genio" y no carencia.
No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.
Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.
Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la
ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los "Juegos de la Liga". Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. El nunca lloraba. Ni se sentía triste. "¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?" Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas.
El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía.
Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la
naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.
No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? El tenía su propia y arbitraria definición: "Las palabras".
No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente
suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el
diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto,
disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.
El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente
individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo
universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta
indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva
palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la "humillación", la "agonía", la "desesperanza", la execración", la "alegría del amor", la "pena del desamor".
Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La
imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los
demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: "Eso es dolor, es algo que conozco".
Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo: "Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos".
Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con
tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oir ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.
El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.
Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar. "Anoche vi un sueño en colores".
(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores era prerrogativa de los poetas). "Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo .
Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más... Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud?"
"Qué querría decir?"
R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba. El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz. Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado.
El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo: "La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo".
"De qué?"
"La verdad es...". R vaciló primero pero luego escupió las palabras. "Sufro. Me ha pasado algo terrible".
"¿Estás enamorado?" preguntó fríamente el muchacho.
"Sí".
R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido
descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. "He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos". No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.
La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El
muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren.
Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.
Por fin halló unas palabras de consuelo.
"Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema".
R respondió débilmente: "Este no es momento para la poesía".
"¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?"
La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho.
Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.
"Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía".
Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.
"Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como
este?"
"Goethe escribió el Werther", respondió R, "y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio".
"Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?" "Porque era un genio". "Entonces..."
El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pero ni él mismo la comprendía. Se hizo
vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.
La frase de R, "Tú no comprendes todavía", lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a
pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: "No es un genio. Se enamora".
El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.
A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.
R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar. "La próxima vez te muestro su retrato", dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente:
"Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa".
El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.
"Es un cejudo" , pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. Mi frente también es
abultada, se dijo. Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa.
En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.
El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose
camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo
estremecerse. "¿En qué piensas?" preguntó R, suavemente, como de costumbre.
El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía, pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.