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jueves, diciembre 25, 2008

Gabriela Velvi: TAPS

TAPS

Muntadar Al-Zaidi calza del 10, admitido que sus zapatos son un par colgante sobre el cable del telégrafo para estas incoherencias notariales y adventicias.
Los zapatos en cuestión no son una grave ficción de rima infantil donde una casa con forma de viejo calzado alberga a la mujer con sus diez hijos o este universalismo del hambre dentro del film La Quimera del Oro, ni su fama se refiere a los zapatos mágicos que hacen bailar al bufón errante o las sandalias aladas de Mercurio como una herramienta para el brío. Tampoco rivalizan con las zapatillas de cristal de la Cenicienta, ni los zapatos conceptuales de rubí bajo Judy Garland. La repetición del término zapatos une el cambio de orden, por dos veces con un pie levantado, de un paralelismo que permite caminar, como sucede en la postura estética y literaria del gato con botas o las botas de siete leguas del ogro es pos de Pulgarcito, o las botas de plomo para sumergirse en el agua completamente desorientado con los laberintos del nautilo, pero tal fuerza mecánica puede darse la vuelta de cojito y Nikita Kruschev golpea con un zapato el podio durante su discurso ante las Naciones Unidas. Sin embargo dicta el refrán: It takes two to tap. Muntadar Al-Zaidi, valiente hombre, arroja el viento de su corazón para gritar su protesta por las viudas y los huérfanos de la guerra y establece un segundo coloquial entre la cabeza febril de Estado y el par de zapatos puestos. El acto en sí representa un insulto extremo entre quienes manifiestan prejuicios culturales contra el pie por considerarlo la parte más baja del cuerpo, hasta donde esto se le puede explicar a un niño de siete años. Llegada la tarde, unos tordos se desprenden del poste de comunicaciones y hacen su nido en el alfeizar de mi propiedad. El momento que salgo a depositar la basura, la madre marca su territorialidad, con el vuelo de esta palabra poética, definida y potente. No tengo intenciones de aventarle un zapatazo. Sin embargo, me pongo en los zapatos del maestro de primaria preguntando a sus alumnos sobre el trabajo de sus padres.
-A ver, Juan Vicente, tú primero, ¿Cuál es el trabajo de tu mamá?
El niño se levanta orgulloso de su pupitre y responde
-Mi mamá es Doctora
-Muy bien. Y tú, Carolina, ¿A qué se dedica tu papá?
La niña empuña su lápiz y responde
-Mi papá es sastre y desastre
-Gracias. Y tú, Eduardo, ¿Cuál es el trabajo de tu papá?
El niño responde con bombo y platillos.
-Mi papá toca el piano en uno de los mejores prostíbulos de la zona roja.
El maestro se encuentra sorprendido por la respuesta y pronto cambia el tema a geografía. No obstante, a la hora de la salida busca hablar con el padre del niño para encontrar una explicación prudente y menos turbia de folios a la respuesta del párvulo.
-Mire maestro, en realidad trabajo como Director del Instituto de la Cultura – responde el hombre – pero, ¿Cómo se le podía explicar algo así a un niño de siete años?
El reporte merece levantar la diestra para arrojar los huaraches del ciempiés.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Por honrada que me sienta, yo no escribí este cuento. Que valga la nota, cualquier semejanza a la realidad, es pura falsedad.
Gabyvelvin.

Anónimo dijo...

Of course you didn't, sugar.
This is my gift to you for the world to see, take it easy girl

George Spelvin