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lunes, diciembre 08, 2008

Genaro Aguirre Aguilar & Silvia Ramírez Ortíz: Los nuevos rostros del duende de la escritura



Debemos decir que hace unos años llegaba a ser traumático, hoy parece cada vez más se suma a los deslices propios de una era en la que quien escribe suele hacerlo apresurado por los compromisos o por ser meros actos de inspiración. Lo cierto es que una errata (o error de dedo según se asuma, incluso ortográfico como los que reconoce el propio Gabriel García Márquez) encontrada en algún escrito, sin duda ensucia y termina por desmerecer un trabajo que sin duda está sobradamente documentado.
Hace unos días adquirimos un libro muy referido en las últimas semanas, de esos que encuentran cabida en la agenda mediática por mostrar o revelar las redes de intereses que caracteriza al poder político mexicano, especialmente en un momento de coyuntura política tras la muerte de uno de los protagonistas de la historia. Nos referimos a Juan Camilo Mouriño, así como del constante señalamiento al mandamás del equipo de seguridad pública del gobierno federal.
Como suele ser costumbre cada ocasión que adquirimos un libro, antes de despojarlo del plástico que lo protege, leemos la cuarta de forros. Y en esta ocasión, fue para darnos cuenta de un garrafal error que viene en el nombre de un alto funcionario del gobierno federal mexicano. El libro de marras es Los cómplices del presidente de la periodista Anabel Fernández, publicado por la editorial Grijalbo (Random House Mondadori), y señalamos el título como la autora y la editorial, pues un lector acostumbrado a reconocer el capital simbólico que tiene esta Casa Editorial, entre lo posible, sería difícil tropezarse con un gazapo de este calibre. Sobre todo porque lo que anima a un lector a decidirse por el libro es precisamente lo que se lee en la contraportada.
Y por supuesto, recuerdos como hipótesis se hicieron presentes. De entrada, el papel que puede jugar un corrector de estilo o revisor que tradicionalmente ha sido importante, pues sobre él recae esa responsabilidad. Nada como esto para confirmar la tesis de un viejo maestro de la licenciatura con quien seguimos manteniendo una relación de amistad, que a su vez lo pudo tomar de su desaparecido profesor: el médico entierra sus errores, pero el periodista los hace públicos. En este contexto, precisamente recordamos las noches en la redacción de un periódico jarocho cuando sobre el texto impreso un viejo corrector y su vista agotada viajaban por los escritos para tratar de espulgarle los errores ortográficos o sintácticos a la nota del reportero que saldría en la edición del día siguiente.
Pero si de señalar el grado de ingerencia de un corrector en un texto original se trata (muchas leyendas hay alrededor de la calidad escritural de algunos destacados intelectuales y escritores), nada tan disfrutable como la novela de José Saramago Historia del cerco de Lisboa, cuando el protagonista de la novela Raimundo Silva, precisamente un corrector de estilo, mete mano en el relato de un acontecimiento histórico portugués, para que con apenas un «no» provoque un cisma en el imaginario nacionalista de una sociedad lusitana, sentada sobre las bases de la consagración del discurso histórico oficial. Esta licencia estilística, al mismo tiempo desnuda las vestimentas ortodoxas a un campo de conocimientos montado sobre certidumbres documentadas, pero que ante un desliz como éste demuestra lo angustioso que es volver a montar y legitimar los relatos sociales constituyentes. (Por cierto, un dato curioso es que en la edición de octubre de 1999 de esta novela, en su página 228 hay también un error, pues hay una frase que dice «y se fueron a las puertas trabajando de abrirlas», en lugar de «tratando de abrirlas».
Curiosamente, hemos sido víctimas de este tipo de desaguisados en más de una ocasión. Lo cierto es que al final del día es una muestra contundente de las zonas ciegas que puede tener quien escribe a la hora de enfrentar la revisión de un texto, confiado que en la siguiente etapa del proceso de edición todo error podrá ser enmendado. Tarde llegan las «fe de erratas», las molestias o las vergüenzas cuando en un índice, en la introducción, en la dedicatoria y ni qué decir en la bibliografía salta al primer vistazo el error de dedo que fuimos incapaces de identificar antes de la publicación y que después nos parecen tan obvios.
Es verdad, parece ser que la cultura digital cada vez orilla más a confiar en la revisión automática del programa y menos en los oficios de un ojo formado para eso pero también lo es que para el primer caso en ocasiones tampoco solemos ver los subrayados coloreados de aquellas palabras mal escritas. Por otro lado la facilidad de corregir en una pantalla que relaja la disciplina al escribir, al contrario de cuando teníamos que corregir en papel, reescribiendo todo.
Total, que el duende en la cultura impresa sigue estando tan jovial como siempre, por eso cuando comenzamos a leer el libro Los cómplices del presidente, no nos llamó la atención que a Fernando Gutiérrez Barrios, lo llamen Francisco (2008: pp. 225). Lo peor de todo, es que en tiempos y en países como el nuestro, donde la desfachatez y el cinismo son el pan nuestro de cada día, el señalado en este libro, pueden escudarse en que «no es el mencionado en el libro», ya que él se llama Genaro García Luna y no Gerardo como se nombra en la cuarta de Forro.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No es posible tanto cinismo como el mostrado por este señor y esta señora. Bueno, sí es posible, y lo es desde la audacia y la pedantería como productos de la ignoracia, hoy convertida ésta en patrimonio intelectual de Aguirre y Ramírez para que desde ahí critiquen lo mal escrito y descuidado que está un libro y lo hagan con esta chulada de inicio: "Debemos decir que hace unos años llegaba a ser traumático, hoy parece cada vez más se suma a los deslices propios de una era en la que quien escribe suele hacerlo apresurado por los compromisos o por ser meros actos de inspiración. Lo cierto es que una errata (o error de dedo según se asuma, incluso ortográfico como los que reconoce el propio Gabriel García Márquez) encontrada en algún escrito, sin duda ensucia y termina por desmerecer un trabajo que sin duda está sobradamente documentado."
Aún ando en busca de que es "eso" que "llegaba a ser traumático" en el primer enunciado; y sin duda que sin duda no tengo duda de que si así escriben a cuatro manos y... ¿cómo lo harán por separado?
No escupan para arriba cuando no saben hacerlo, please.
Saludos y felicidades.

Arnulfo