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viernes, junio 27, 2008

César Vallejo: Más allá de la vida y de la muerte



Jarales estadizo de julio; viento amarrado a cada peciolo manco del mundo grano
que en él gravita. Lujuria muerta sobre lomas onfalóideas de la sierra estival. Espera. No
ha de ser. Otra vez cantemos. ¡Oh qué dulce sueño!
Por allí mi caballo avanzaba. A los once años de ausencia, acercábame por fin
ese día a Santiago, mi aldea natal. El pobre irracional avanzaba, y yo, desde lo más
entero de mi ser hasta mis dedos trabajados, pasando quizá por las mismas riendas
asidas, por las orejas atentas de cuadrúpedo y volviendo por el golpeteo de los cascos
que fingían danzar en el mismo sitio, en misterioso escarceo tanteador de la ruta y lo
desconocido, lloraba por mi madre que muerta dos años antes, ya no habría de aguardar
ahora el retorno del hijo descarriado y andariego. La comarca toda, el tiempo bueno, el
color de cosechas de la tarde de limón, y también alguna masada que por aquí reconocía
mi alma, todo comenzaba a agitarme en nostálgicos éxtasis filiales, y casi podían
ajárseme los labios para hozar el pezón eviterno, siempre lácteo de la madre; sí, siempre
lácteo, hasta más allá de la muerte.
Con ella había pasado seguramente por allí de niño. Sí. En efecto. Pero no. No
fue conmigo que ella viajó por esos campos. Yo era entonces muy pequeño. Fue con mi
padre, ¡cuántos años haría de ello! Ufff… También fue en julio, cerca de la fiesta de
Santiago. Padre y madre iban en sus cabalgaduras; él adelante. El camino real. De
repente mi padre que acababa de esquivar un choque con repentino maguey de un
meandro:
—Señora… Cuidado!…
Y mi pobre madre ya no tuvo tiempo, y fue lanzada ¡ay del arzón de las piedras
del sendero. Tornáronla en camilla al pueblo. Yo lloraba mucho por mi madre, y no me
decían qué le había pasado. Sanó. La noche del alba de la fiesta, ella estaba ya alegre y
reía. No estaba ya en cama, y todo era muy bonito. Yo tampoco lloraba ya por mi madre.
Pero ahora lloraba más recordándola así, enferma, postrada, cuando me quería
más y me hacía más cariño y también me daba más bizcochos de bajo de sus
almohadones y del cajón del velador. Ahora lloraba más, acercándome a Santiago,
donde ya sólo la hallaría muerta, sepulta bajo las mostazas maduras y rumorosas de un
pobre cementerio.
Mi madre había fallecido hacía dos años a la sazón. La primera noticia de su
muerte recibíla en Lima, donde supe también que papá y mis hermanos habían
emprendido viaje a una hacienda lejana de propiedad de un tío nuestro, a efecto de
atenuar en lo posible el dolor por tan horrible pérdida. El fundo se hallaba en
remontísima región de la montaña, al otro lado del río Marañón. De Santiago pasaría yo
hacia allá, devorando inacabables senderos de escarpadas punas y de selvas ardientes y
desconocidas.
Mi animal resopló de pronto. Cabillo molido vino en abundancia sobre ligero
vientecillo, cegándome casi. Una parva de cebada. Y después perspectivóse Santiago, en
su escabrosa meseta, con sus tejados retintos al sol ya horizontal. Y todavía, hacia el
lado de oriente, sobre la linde de un promontorio amarillo brasil, se veía el panteón
retallado a esa hora por la sexta tintura postmeridiana; ; y yo ya no podía más, y atroz
congoja arrecióme sin consuelo.
A la aldea llegué con la noche. Doblé la última esquina, y, al entrar a la calle en
que estaba mi casa, alcancé a ver a una persona sentada a solas en el poyo de la puerta.
Estaba sola. Muy sola. Tanto, que, ahogando el duelo místico de mi alma, me dio miedo.
También sería por la paz casi inerte con que, engomada por la media fuerza de la
penumbra, adosábase su silueta al encalado paramento del muro. Particular revuelo de
nervios secó mis lagrimales. Avancé. Saltó del poyo mi hermano mayor, Angel, y
recibióme desvalido entre sus brazos. Pocos días hacía que había venido de la hacienda
por causa de negocios.
Aquella noche, luego de una mesa frugal, hicimos vela hasta el alba. Visité las
habitaciones, corredores y cuadras de la casa; y Angel, aún cuando hacía visibles
esfuerzos para desviar este afán mío por recorrer el amado y viejo caserón, parecía
también gustar de semejante suplicio de quien va por los dominios alucinantes del
pasado más mero de la vida.
Por sus pocos días de tránsito en Santiago, Angel habitaba ahora solo en casa,
donde, según él, todo yacía tal como quedara a la muerte de mamá. Referíame también
como fueron los días de salud que precedieron a la mortal dolencia, y cómo su agonía.
¡Cuantas veces entonces el abrazo fraterno y escarbó nuestras entrañas y removió nuevas
gotas de ternura congelada y de lloro!
—Ah, esta despensa, donde le pedían pan a mamá, lloriqueando de engaños!— Y
abrí una pequeña puerta de sencillos paneles desvencijados.
Como en todas las rústicas construcciones de la sierra peruana, en las que a cada
puerta únese casi siempre un poyo, cabe el umbral de la que acababa yo de franquear,
hallábase recostado uno, el mismo inmemorial de mi niñez, sin duda, rellenado y
enlucido incontables veces. Abierta la humilde portezuela, en él nos sentamos, y allí
también pusimos la linterna ojitriste que portábamos. La lumbre de ésta fue a golpear de
lleno el rostro de Angel, que extenuábase de momento en momento, conforme
transcurría la noche y reverdecíamos más la herida, hasta parecerme a veces casi
transparente. Al advertirle así en tal instante, le acaricié y cubrí de ósculos sus barbadas
y severas mejillas que volvieron a empaparse de lágrimas.
Una centella, de esas que vienen de lejos, ya sin trueno, en época de verano en la
sierra, le vació las entrañas a la noche. Volví restregándome los párpados a Angel. Y ni
él ni la linterna, ni el poyo, ni nada 4estaba allí. Tampoco oí ya nada. Sentíme como en
una tumba…
Después volvñía ver a mi hermano, la linterna, el poyo. Pero creí notarle ahora a
Angel el semblanrte como refrescado, apacible y quizás me equivocaba —diríase
restablecido de su aflicción y flaqueza anteriores. Tal vez, repito, esto era un error de
visión de mi parte, ya que tal cambio no se puede ni siquiera concebir.
—Me parece verla todavía —continué sollozando— no sabiendo la pobrecita qué
hacer para la dádiva y arguyéndome: —¡Ya te cogí, mentiroso; quieres decir que lloras
cuando estás riendo a escondidas! ¡Y me besaba a mí más que a todos ustedes, como yo
era el último también!
Al término de la velada de dolor, Angel parecióme de nuevo muy quebrantado, y,
como antes de la centella, asombrosamente descarnado. Sin duda, pues, había yo sufrido
una desviación de la vista, motivada por el golpetazo de luz del meteoro, al encontrar
antes en su fisonomía un alivio y una lozanía que, naturalmente, no podía haber
ocurrido.
Aún no asomaba la aurora del día siguiente, cuando monté y partí para la
hacienda, despidiéndome de Angel que quedaba todavía unos días más, por los asuntos
que habían motivado su arribo a Santiago.
Finada la primera jornada del camino, acontecióme algo inaudito. En la posada
hallábame reclinado en un poyo descansando, y he aquí que una anciana del bohío, de
pronto mirándome asustada, preguntóme lastimera:
—¿Qué le ha pasado, señor, en la cara? ¡Parece que la tiene usted ensangrentada,
Dios mío!…
Salté del asiento. Y al espejo advertíme en efecto el rostro encharcado de
pequeñas manchas de sangre reseca. Tuve un fuerte escalofrío, y quise correr de mí
mismo. ¿Sangre? ¿De dónde? Yo había juntado el rostro al de Angel que lloraba…
Pero… No. No ¿De dónde era esa sangre? Comprenderáse el terror y la alarma que
anudaron en mi pecho mil presentimientos. Nada es comparable con aquella sacudida de
mi corazón. No habrán palabras tampoco para expresarla ahora ni nunca. Y hoy mismo,
en el cuarto solitario donde escribo está la sangre añeja aquella y mi cara en ella untada
y la vieja del tambo y la jornada y mi hermano que llora y a quien no besó mi madre
muerta y…
… Al trazar las líneas anteriores he huido disparado a mi balcón, jadeante y
sudando frío. Tal es de espantoso y apabullante el recuerdo de esa escarlata misteriosa…
¡Oh noche de pesadilla en esa inolvidable choza, en que la imagen de mi madre
muerta alternó, entre forcejeos de extraños hilos, sin punta, que se rompían luego de sólo
ser vistos, con la de Angel, que lloraba rubíes vivos, por siempre jamás!
Seguí ruta. Y por fin, tras una semana de trote por la cordillera y por tierras
calientes de montañas, luego de atravesar el Marañón, una mañana entré en parajes de la
hacienda. El nublado espacio reverberaba a saltos con lontanos truenos y solanas
fugaces.
Desmonté junto al bramadero del portón de la casa que da al camino. Algunos
perros ladraron en la calma apacible y triste de la fuliginosa montaña. ¡Después de
cuanto tiempo tornaba yo ahora a esa mansión solitaria, enclavada en las quiebras más
profundas de las selvas!
Una voz que llamaba y contenía desde adentro a los mastines, entre el alerta
gárrulo de las aves domésticas alborotadas pareció ser olfateada extrañamentepor el
fatigado y tembloroso solípedo que estornudó repetidas veces, enristró casi
horizontalmente las orejas hacia delante, y, encabritándose, probó a quitarme los frenos
dela mano en son de escape. La enorme portada estaba cerrada. Diríase que toquéla de
manera casi maquinal. Luego aquella misma voz siguió vibrando muros adentro, y llegó
un instante en que, al desplegarse, con medroso restallido, las gigantescas hojas del
portón, ese timbre bucal vino a pararse en mis propios veintiséis años totales y me dejó
de punta a la Eternidad. Las puertas hiciéronse a ambos lados.
¡Meditad brevemente sobre suceso increíble, rompedor de las leyes de la vida y
de la muerte, superador de toda posibilidad; palabra de esperanza y de fe entre el
absurdo y el infinito, innegable desconexión de lugar y de tiempo; nebulosa que hace
llorar de inarmónicas armonías incognosibles!
¡Mi madre apareció a recibirme!
—Hijo mío —exclamó estupefacta—. ¿Tú vivo? ¿Has resucitado? ¿Qué es lo
que veo, Señor de los Cielos?
¡Mi madre! ¡Mi madre en alma y cuerpo. Viva! Y con tanta vida, que hoy pienso
que sentí ante su presencia entonces, asomar por las ventanillas de mi nariz, de súbito, ,
dos desolados granizos de decrepitud que luego fueron a caer y pesar en mi corazón
hasta curvarme senilmente, como si, a fuerza de un fantástico trueque de destino,
acabase mi madre de nacer y yo viniese , en cambio desde tiempos tan viejos, que me
daban una emoción paternal respecto de ella.
Sí. Mi madre estaba allí. Vestida de negro unánime. Viva. Ya no muerta. ¿Era
posible? No. No era posible. De ninguna manera. No era mi madre esa señora. No podía
serlo. Y luego ¿qué había dicho al verme? ¿Me creía, pues, muerto?
—¡Hijo de mi alma! —rompió a llorar mi madre y corrió a estrecharme contra su
seno, con ese frenesí y ese llanto de dicha con que siempre me amparó en todas mis
llegadas y mis despedidas.
Yo habíame puesto como piedra. La vi echarme sus brazos adorados al cuello,
besarme ávidamente y como queriendo devorarme y sollozar sus mimos y sus caricias
que ya nunca volverán a llover en mis entrañas. Tomóme luego bruscamente el
impasible rostro a dos manos, miróme así, cara a cara, acabándome de preguntas. Yo,
después de algunos segundos, me puse también a llorar, pero sin cambiar de expresión ni
de actitud: mis lágrimas parecían agua pura que vertían dos pupilas de estatua.
Por fin enfoqué todas las dispersadas luces de mi espíritu. Retiréme algunos
pasos atrás. E hice entonces comparecer ¡oh, Dios mío! a esa maternidad a la que no
quería rtecibir mi corazón y la desconocía y le tenía miedo; las hice comparecer ante no
sé qué cuando sacratísimo, desconocido para mí hasta ese momento, y di un grito mudo
y de dos filos en toda su presencia, con el mismo compás del martillo que se acerca y
aleja del yunque, con que lanza el hijo su primer quejido, al ser arrancado del vientre de
la madre, y con el que parece indicarle que ahí va vivo por el mundo y darle al mismo
tiempo, una guía y una señal para reconocerse entrambos por los siglos de los siglos. Y
gemí fuera de mí mismo:
—¡Nunca! ¡Nunca! Mi madre murió hace tiempo. No puede ser…
Ella incorporóse espantada ante mis palabras y como dudando de si yo era yo.
Volvió a estrecharme entre sus brazos, y ambos seguimos llorando llanto que jamás lloró
ni llorará ser vivo alguno.
—Sí— le repetía. — Mi madre murió ya. Mi hermano Angel también lo sabe.
Y aquí las manchas de sangre que advirtiera en mi rostro, pasaron por mi mente
como signos de otro mundo.
—¡Pero hijo de mi corazón! —susurraba casi sin fuerza ella. — ¿Tú eres mi hijo
muerto y al que yo misma vi en su ataúd? Sí. ¡Eres tú mismo! ¡Creo en Dios! ¡Ven a mis
brazos! Pero ¿qué?… ¿No ves que soy tu madre? ¡Mírame! ¡Mírame! ¡Pálpame, hijo
mío! ¿Acaso no lo crees?
Contempléla otra vez. Palpé su adorable cabecita encanecida. Y nada. Yo no
creía nada.
—Sí, te veo —le respondí— te palpo. Pero no creo. No puede suceder tanto
imposible.
¡Y me reí con todas mis fuerzas!

jueves, junio 26, 2008

Rolando Maroño Vázquez: El poeta del sauce



.............................En la foto: Rolando y el poeta entrevistado




El poeta del sauce*

Rolando Maroño Vázquez
Segundo grado de secundaria


Recibo un correo en el que se me pide algo insólito (por lo menos en el Puerto): alumnos del segundo año de secundaria quieren entrevistar a un poeta, como parte de una tarea asignada, y ese poeta resulto ser yo. Detrás de la entrevista existe un empeño tozudo y sin tregua de mi gran amiga Adela Lagos Ramón, consistente en que sus alumnos tengan acceso a la nueva tecnología, lean literatura, la analicen e, incluso, lleven hasta sus aulas a los actores de tal o cual evento literario o plástico, fotográfico...en fin.


No me niego. Al contrario; una especie de gozo razonable me embarga por este fenómeno inusual, a la vez que un temor de verme asediado por las preguntas de muchach@s que van de los 11 a los 13 años. Rolando, es el comisionado para conjuntar las preguntas que, ya de antemano, por haber leído Los Elementos del Reino, compañeros de su clase tenían anotadas en sus cuadernos. He aquí el resultado. (I.G.)





Ignacio García, es un escritor que afirma que el poeta no necesita de ayuda para su quehacer literario; Ignacio es un poeta cuyos poemas, siempre diferentes, y escritos en verso libre, han cautivado a este salón de segundo año de secundaria. A ello se debe la casual entrevista con él, que se llevó a cabo el pasado martes 24 de abril, 2008 en nuestro salón de clases.


Pregunta: La gente dice que hay que sufrir para poder escribir, ¿es cierto eso?


IG: No siempre, pero creo que la mejor poesía es cuando se sufre. Los poemas más cursis son los que salen en calendarios y tarjetas navideñas; los mejores poemas de amor son de gente que ha sufrido, no sólo el amor sino cualquier cosa.


Pregunta: ¿Has sacado ideas de otros poetas?



IG: Si, siempre se tienen influencias. Me gustan los poemas inteligentes, que tienen algo de filosofía y enseñan a pensar a la gente.


Pregunta: ¿Por qué algunos de tus poemas no riman?


IG: Ninguno rima. Mira, alguien dice que las palabras son limitadas y las mejores de ellas ya rimaron en el pasado; esto hizo que el poeta se aventurara a una nueva búsqueda en su escritura. Un problem común es que el poeta que escribe en verso y rima está limitado a lo que quiere decir ( lo que "ve") por la misma matemática; el verso y la rima te atan. Arthur Rimbaud, un poeta francés, desafió a quienes esribían así y nos dio muestra de la forma en que se podía escribir sin ese estilo tal usual pero caduco, y entonces nos dio el verso libre: sus poemas son geniales por la imagen y música que los acompañan.


Pregunta: ¿Cuáles han sido tus mejores poemas, y cuál tu favorito de otros poetas?


IG: Es muy difícil elegir el mejor poema de uno, al igual que autonombrarse poeta; pero si tuviera que elegir sería uno llamado “Taj-Majal”. Y de otros poetas, el que más me gusta es sin duda "El cementerio marino" de Paul Valéry.


Pregunta: ¿Cuál es la fuente de tu principal inspiración?


IG: Difícil. Cuando comencé a escribir, mi mayor inspiración fue la Palabra misma; la imaginaba como si fuera una mujer, y entonces escribía de ella. La palabra misma era como el amor que huye, no se deja atrapar, seducir… A lo mejor ahora he cambiado y escribo sí, para una sola mujer real; alguien que es única.


Pregunta: ¿Sobre qué tema trata la mayoría de tus poemas?


IG: Mi poesía es muy intimista; habla de mis estados de ánimo, mis reflexiones internas, el dolor y todo lo que el ser humano siente pero a veces no expresa... Y se llama así: poesía intimista; lo que está dentro de uno; a diferencia de otros poetas cuyo tema es el paisaje, el mar, el firmamento y otras cosas externas a él.


Pregunta: ¿Quién te apoyó para ser poeta?


IG: Curiosamente, el poeta es la única carrera que no necesita que te ayuden, como tampoco hay escuela para ser poeta; lo único que necesitas es un lápiz y un papel; creo que ser poeta es un don especial que no requiere sino de un elemento de inspiración, y, claro, éste no cuesta nada...


Pregunta: ¿Existe un lugar dónde te inspires mejor?


IG: Sí, han existido. Creo que mis mejores poemas, los escribí en la cantina. Allí podía escribir de corrido muchos poemas, Tal vez por estar solo y el estado extra que da el alcohol…Ya no lo hago, desde hace unos 8 años. Ahora escribo donde sea, cuando viene la inspiración o tienes, sobre todo a alguien a quien puedas decir lo que guardas dentro.


Pregunta: ¿Cómo cuántos poemas has escrito?


IG: Como unos quinientos.


Pregunta: ¿Se puede decir que la carrera que elegiste es la mejor?


IG: Cuál de las dos. Porque soy analista de sistemas computacionales y así me gano la vida; la poesía no da para vivir; no obstante soy más feliz con ella que con lo otro. Y, no creas: escribir poesía no es una profesión, es, más bien, una vocación: ésta última, no cobra. En ese caso, he tenido que combinar; elegir una profesión que me dé de comer para entonces escribir por lo que nadie te paga nada.


Pregunta: ¿Por qué hizo el blog de Los elementos del reino?


IG: Bueno. Inició porque yo escribí un librito que se llama así: Los elementos del reino(1) En este libro se mezclaba sentimientos terrenales y espiritualidad. Inicié el blog, porque quería que la gente conociera mis obras, pero luego me di cuenta de que había poetas, amigos míos, que también querían dar a conocer sus escritos; así que lo abrí a todo el mundo. Y ha tenido gran éxito; hoy recibimos colaboraciones de todas partes donde la gente habla español, desde Estados Unidos de Norteamérica, Argentina, Perú, India, etc.


Pregunta: ¿Puedes escribir sin sentir?


IG: No. Forzosamente tengo que sentirlo. Jamás puedo escribir por encargo…por ejemplo un poema para una quinceañera o decirle algo a un político: eso es imposible para mí. Los poemas vienen cuando quieren o alguien te inspira y el poeta debe atender a ese llamado: “algo” que lo toca, y él lo siente, y le dice que escriba.


Pregunta: ¿Cuál fue tu primer poema, a qué edad y de qué trato?


IG: Fue a los 16 años y se llama El árbol también sabe llorar. Lo escribí, porque cerca de donde yo vivía, (un pueblo llamado Tenango del Aire), había un sauce, al que le llamaban el "sauce llorón". Eso me dio la idea y comencé a escribir el poema acerca de la historia que se contaba de este árbol.

* Esta entrevista fue realizada en el marco de la materia de Español de segundo grado de secundaria del Colegio Bilingüe Paidós, por todos los estudiantes; luego de un proceso de investigación de datos sobre el entrevistado y la construcción de preguntas.



(1) Ignacio García publicará en breve un libro con gran parte de su poesía, ahora contenida en unos 12 cuadernos desperdigados. Para no variar, el libro se titulará LOS ELEMENTOS DEL REINO.

Tec. Milenio: El camino de la muerte



El camino a la Muerte

La muerte es el deseo dormido ante el amanecer
que despierta soñando
en el nuevo mundo del edén

Duele saber que pronto no estaré aquí
Me pierdo entre tanta oscuridad
Nada
no queda más
Porque este camino llega a su fin
¿Mas qué diversión tendría vivir si no acabara en un momento?
Poseyendo tiempo
deseo vivir al máximo
sabiendo que no es eterno

Así llego satisfecho a este mundo sin retorno
Mi vida no acaba después de la muerte
En la siguiente
espero volver a verte

Se que dejaré una marca atrás
En mis huellas veo un nuevo comienzo
Una nueva vida donde todo es perfecto


Cuanto más corremos
nos cuesta seguir escapando

Escrito por los alumnos del Tercer tetra Mestre de la Universidad Tec Milenio VeracruzTe

lunes, junio 23, 2008

Cristina Caballero: Puerto Vallarta



PUERTO VALLARTA

Alex canta In San Francisco
cubre su cabeza otro rey lagarto

nos aturde el vocerío de helados corazones
fuego líquido corre libre en nuestras venas

bajo la media luna
velada
incompleta
la piel se eriza

vanos intentos estas ataduras
huyo al son de viejas melodías

transitan entre nosotros
anónimos seres
que olvidan
que danzan

el tiempo ya no existe
ninguna frontera

él sonríe
me mira por primera vez

el rumor de las olas
adormece todos los sentidos

la playa ruge
yo obedezco

ahora sé que existo


Alejandro Hernández López: En primera persona...




En primera persona del plural
letras de nuestra historia

En Veracruz, el reloj de la década camina. Arraigo e identidad, derechos y libertades, no podemos ser molestados en nuestra persona, disfrutamos del libre transito, somos mexicanos. Nosotros, ustedes, ellos, yo, el otro yo, el otro nosotros de nosotros y todos gozamos libertad de expresión.

Somos los hombres y mujeres de maíz, sabemos de la tuna del conejo, del ruido del tambor, la serpiente emplumada, el águila y el nopal, el árbol de la noche triste, de una vasta colonia, los sentimientos de la nación, la libertad y la revolución.

A lo largo y ancho, todo es México. Todos somos México y su historia nos pertenece, somos la suma de ti y otros más, la primera persona del plural, las voces que dan color a la tierra y sentido a las palabras, la realidad a los hechos, la vida diaria, las metas a los sueños y el futuro de un país pluricultural y multicultural.

En tiempos como estos, ya no sirven los nacionalismos. Es necesario buscar un nuevo vocabulario para describir la historia que heredamos. Ahora que ciertos aires se respiran festivos, en este momento que la celebración acaba de empezar, ahora que se perfila un tiempo histórico.

Proyectar un horizonte diferente para este país empieza por una buena crítica social del presente capaz de reconstruir la memoria histórica de México. Tal vez ya no necesitemos imaginar, debemos hacer todo lo posible para incitar un cambio en esa dirección.

Ahora comprendemos porque podemos hablar dos o más idiomas, tener dos o más nacionalidades y no necesariamente estar en conflicto ni con nosotros mismos ni con otros, menos con nuestras raíces.

Ahora sabemos que cambios sin precedentes han ocurrido en el mundo, han desaparecido fronteras importantes y de inmediato se crearon otras. Todo en los últimos años.

Ahora que el reloj de la década camina y se encuentra próxima la Conmemoración del Bicentenario del Inicio del Movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del Inicio de La Revolución Mexicana, en Veracruz y todo México tenemos la oportunidad para participar en el debate, defender el multiculturalismo para instaurar la democracia cultural, para crear el mapa de México para el año 2010.

Luego -entonces- la conciencia colectiva surge de la necesidad de reajustar nuestras instituciones y políticas nacionales a la nueva realidad social, cultural, económica, histórica, queremos formar parte de una sociedad que realmente nos incluya a todos, nuestra cultura contemporánea ya refleja esta búsqueda.

alejandro hernández lópez
hemisferiocentral@gamil.com

sábado, junio 14, 2008

Sergio Gil Ortiz: Décima del Culpable



Culpable lo admito, sí
soy esclavo del pecado
en la locura te he amado
y en tu pasión me perdí,
ciego yo te recorrí
derretido como lava
y tu perfume me guiaba
por tu cuerpo de mujer,
nunca sentí tal placer
gracias a Dios que pecaba

Crucé las calles con lodo
conviví mil tempestades
fui fiel a mis necesidades
buscando ser pleno en todo,
para siempre a mi modo
en el vértigo de un destino,
perfecta orden mi sino
de llegar a la otra orilla
sembrando amor por semilla
aunque fuera clandestino

viernes, junio 13, 2008

Ignacio García: La mecánica de la indiferencia




LA MÉCANICA DE LA INDIFERENCIA

Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se ha confundido con el viento,
El cielo con su verdad, El hombre con su realidad.



Paul Éluard



Si bien ha pasado ya más de un año (12 de enero de 2007), la noticia ha comenzado ha circular en la web por casi todos los correos de los cibernautas: Joshua Bell, el violinista magistral, ha tocado en el metro de Washington ante la indiferencia general de los transeúntes. Sus melodías, interpretadas con un Stradivarius que en el pasado estuvo en manos de Bronilaw Huberman (1), fueron “oídas” (que no escuchadas) como si se tratara de la ejecución de cualquier pordiosero aficionado a la música clásica.
Quien, en aquella ocasión estuvo frente a ese público presuroso, tocando de forma encubierta su violín, es uno que ha cautivado la imaginación de quienes están dispuestos a pagar por uno solo de sus CD’s, algo más que los 32 dólares que recogió Bell aquel día de enero. Gracias a su temporada de conciertos, que abarca el 2007-2008, Bell se hizo merecedor al codiciado Premio Avery Fisher, y al nombramiento como profesor titular la cátedra en la Universidad de Indiana Jacobs School of Music. Si por azar o firme convicción de estar escuchando a un genio de la música, el lector llega a insertar uno de los CD’s de Bell, notará enseguida ese arte carismático, capaz de conducir al escucha, desde las voces más antiguas hasta el conocimiento de joyas menos conocidas, si bien no menos virtuosas, interpretadas con la sensibilidad asombrosa de las manos del artista a lo largo de las cuerdas de su Stradivarius. Sea que se escuche The Red Violin Concerto de John Corigliano, el Catálogo Joshua Bell creado por Sony Classical o Romance de Violín que Billboard nombró como en 2004 el “CD clásico del año”, el mundo desaparece ante quien escucha, para dar paso al encanto de aquello que Georges Shehadé transparenta y define como: Aquel que sueña se mezcla con el aire.


Para resumir: el músico que los paseantes, trabajadores y gente en general no tuvieron tiempo para detenerse a escuchar en un espacio tan “sucio y común como el subway de Chicago, es alguien que se ha parado (con el mismo Stradivarius) en los mejores escenarios del mundo: el Verbier Festival en Suiza, en el Mostly Mozart at Lincoln Center; conciertos en la BBC Proms en el London’s Royal Albert Hall, un viaje europeo junto a Kurt Masur conduciendo la Orchestre National de France, así como su actuación en la Pittsburgh, Philadelphia and Chicago Symphony, la Salzburg, además de la Mozarteum Orchestra y la Tonhalle-Orchester. Eejecuciones en Tanglewood, en el Lincoln Center. ¿Más?: su actuación en la Pittsburgh, Filadelfia y Chicago Symphony, la Orquesta Mozarteum de Salzburgo y la Tonhalle-Orquestales, el estreno mundial junto a Jay Greenberg con la Orchestra of St. Luke’s en el Carnegie Hall. Bell, a su vez, ha sido reseñado tanto en publicaciones especializadas como en otras de divulgación musical del tipo Newsweek, sin que ,como alguien lo dijo, “Bell se oponga a la sombra de nadie”


Como solista, sus resultados son mucho más interesantes. No hay más que escucharle el monumental y agotador Concierto en Re de Beethoven para apreciar la grandeza de este intérprete, su visión poética de esta música y la belleza del sonido de su violín. Para, luego, caminar por los pasillos del metro e ignorar su talento. Aunque, por lo visto, alguien lo reconoció y le dio veinte de los 32 dólares. Queda por saber si al donador le pareció que Bell estaba arruinado económicamente e intentó ayudar, sin esa conciencia que ordena: “el arruinado, fuiste tú”


¿Qué sucede entonces cuando el artista experimenta y trata de averiguar qué tanta capacidad de asombro (más que medir qué tan conocido es él) ha sido anulada en las personas a partir del mecanicismo imperante? No parece haber duda para pensar que el culto al individuo, a los divos, a lo improvisado y efímero, ha sido sustituido: ya no más talento, ya no trabajo artístico en el silencio. Los griegos ponderaban que no importaba quién tocara una lira (así fuera el mismo Orfeo), el sólo sonido de la música, su harmonía y cimbrar, atraerían al espíritu de los mortales. Pero ¿se nos ha dejado con un rezago de ese espíritu en una sociedad que piensa sólo en lo material?
Parece haber un sentimiento de que se es “conocedor” de música (y otras bellas artes) no por que se es, sino hasta el momento en que la mercadotecnia despliega por la radio, TV, e Internet al artista, se adquieren boletos de platea de 300 dólares, y se sabe el “instante” en que hay que aplaudir y/o quedarse callado…Eso sí, jamás llegar tarde al concierto una vez iniciado éste. La pesada losa del mercantilismo que produce cantantes que berrean literalmente (la Guzmán verbigracia) pero que gracias a la publicidad desmedida, es capaz (si se le promueve allí) de llenar las cañerías de cualquier suburbio, se contra-pone de manera feraz a lo sucedido en el metro de Washington.


Claro, uno puede exagerar. No se trata aquí de que todos sepamos quién es Bell o el costo de su famoso violín; sino tal vez de exentarnos del “conocimiento” y poner pies en lo que aun sin éste, ya se nos ha arrancado del lugar que pertenece a la belleza: un ejemplo que ni mandado a hacer, es el comercial de las voraces automotrices quienes promueven la estadía de un niño en un lujoso auto… en vez de incitarlo al asombro por el paseo de un hermoso lago: “¿Para que queremos salir de aquí…?”, se le hace decir al niño idiota. O la permisividad abierta de violar con un Mazda todo reglamento de tránsito…enfrentar a las mafias más terribles, para finalmente “imaginarnos” (otro comercial) “ese que siempre quisimos ser”.


A cambio de ello (y como complemento hermano) se nos satura de una mecánica que tarde o temprano (incluso a la hora de políticamente votar) conduce a la indiferencia de los valores más altos, y se nos arrastra hacia los abismos de lo soso, de lo idiota, y a un “arte” que conviene a los intereses más mezquinos. Haga el lector una prueba: siéntese frente a su televisor, vea 10 comerciales, valore cada uno, y luego diga cuál de ellos ha dicho una sola verdad: ¿Es cierto que una pila de menjurjes transforma a una mujer en la más hermosa de ellas, o un “x” desodorante hará que hasta las ninfas más hollywoodenses lo persigan a uno? ¿Será que la Banda del Recodo traerá siempre más capacidad de goce y reflexión que una partitura de Béla Bartok?


Finalmente: ¿No será que estamos siendo condicionados hasta la saciedad, tanto que una bella música (no promocionada, patrocinada y manipulada) nos resulta indiferente por no contener la “aprobación” de los López Dóriga, los Alfredos Palacios, las Woodside y otros jilgueros de la basura que nos envuelve? Tan contradictoria resulta la actuación de Bell en el metro –y tan cierta la catapulta en la mecánica de lo indiferente--, que el violinista es ahora más conocido que antes gracias al pasquín, al comentario sonso, al asombro del “asombro” de quienes desde su programa matutino se admiran (sin saber de lo que hablan) que un hecho de esta naturaleza haya sucedido… Ah, y no en cualquier lugar: en Washington, donde opera el halcón mayor.


En el amor una pizca de indeferencia parece ser un arma letal. No lo parece ser en el arte cuando de éste, parece exigirse en la actualidad un sello: esta “contraseña” –costo del boleto, vestimenta ad-hoc, kitsch, la presunción de que fui a “oir” a fulano, “es que va a inaugurar el gobernador”, etc.; esta contraseña, decíamos, parece necesaria para suplir la capacidad de asombro, la virtud de saber escuchar la belleza anónima, y sobre todo, el tiempo necesario para una reflexión aguda que nos conduzca a elegir todo aquello que el cuerpo se traga sin pregunta alguna, contra aquello duradero por lo que el espíritu clama casi a diario.


Confieso que yo no sé qué haría yo si uno de estos días me topo con un gran artista ataviado de incógnito y tocando, pintando, actuando. Tal vez pase de frente, lo ignore, piense (al ver su rostro) que jamás lo he visto en TV-Novelas, y ejecute yo el acto llamado mecánica de la indiferencia. De lo que sí estoy seguro es que, capacidad de asombro de por medio, ésta eliminaría de mí al Ignacio obtuso y se entregaría, no al culto a la personalidad del artista, sino a aquello que va y llega más lejos; como lo puso el poeta Cintio Vitier: El espíritu reconoce que en la materia, existe otro espíritu más poderoso, otro proyecto inverso, otra escultura abierta al desgarrón que nos genera, el ojo reventado de la forma, el descoyuntamiento crucifijo, el boquete sediento de la luz manando los destrozos de una extraña alegría.


(1) Polaco, de origen judío, Haberman impresionaba por su poderosa manera de tocar, muy expresiva hasta llegar al exceso, así como su personalidad lúcida e incorruptible hicieron de él el intérprete de Beethoven más apreciado de su tiempo.




video


Joshua Bell interpreta el AVE MARÍA de Schubert

Boris Vian: Mala Pata






1
Clams Jorjobert contemplaba a su mujer, la bella Gaviale, dando el pecho
al fruto de sus amores, un robusto bebé de tres meses y de sexo femenino,
cosa que, por lo demás, carece de importancia para el encadenamiento de
los hechos.
Clams Jorjobert no tenía más que once francos en el bolsillo, y era la
víspera del día de pago del alquiler. Mas por nada en el mundo habría tocado
el colchón de billetes de mil, sobre el que dormía su primogénito, que
cumpliría once años el doce de abril. Clams nunca llevaba encima más que
billetes y la calderilla, hasta un valor total de diez pavos, y ahorraba el resto.
Por eso Jorjobert no estimaba poseer en aquel preciso momento más que
once francos y un claro sentido de la responsabilidad respecto a los recién
nacidos.
-Creo que ya empieza a ser hora de que esta criatura, de la que no
reniego, pero que corre ya hacia su cuarto mes de vida -dijo-, comenzara a
volverse de provecho...
-Escucha -respondió su mujer, la bella Gaviale-. ¿Y si esperas a que
cumpla seis? No hay que hacer trabajar a los hijos desde demasiado jóvenes.
Se les desvía la columna vertebral.
-Tienes razón -replicó Jorjobert-, pero alguna solución ha de haber.
-¿Cuándo me vas a comprar un cochecito para pasearla? -dijo Gaviale.
-Te fabricaré uno con una antigua caja de caudales y las ruedas de un
Packard -contestó Jorjobert-. Nos saldrá más barato y quedará muy
elegante. En Auteuil todos los niños... se pasean... en... ¡Dios mío! -
concluyó-. ¡Acabo de encontrar la solución!

La bella Gaviale atravesó a pasos menudos el aparatoso portal del
inmueble situado en el número ciento y setenta -como diría Caroline
Lampion, la tan conocida vedette belga- de la Avenue Merdozart. A la
izquierda quedaba, contigua al vasto corredor embaldosado en blanco y
negro, la caja de la escalera, provista de hierro exageradamente forjado, y,
bajo el arranque de la espiral por la que transitaba un ascensor Luis X
firmado por Boulle (pero que no era auténtico), había dos soberbios
cochecitos marca Bonnichon Frères et Mape Réunis que, forrados de albo
conejo, esperaban la bajada de los retoños de las ilustres familias Bois-
Zépais de la Quenelle, en cuanto al primero, y Marcelin du Congé en cuanto
al segundo.
La extensión de la frase que antecede permitió a la bella Gaviale
esconderse detrás y pasar por delante de la puerta de la portería sin que
nadie la viera. Es preciso añadir que la bella Gaviale, quien iba
elegantemente vestida con una larga falda new look, por debajo de la cual le
asomaban las puntillas de unas enaguas (las de su primera comunión),
llevaba delicadamente en sus brazos a la hija que el Señor le había otorgado
como consecuencia de un hábil contacto con Clams Jorjobert, su marido.
Con un solo golpe de vista, la bella Gaviale decidió que el cochecito del
joven Bois-Zépais estaba en mejor estado de conservación que el
perteneciente al joven du Congé. Cosa que era de cajón, pues el segundo se
meaba en su interior como un asqueroso cada vez que su niñera se cruzaba
con un caballo. Extraño reflejo, pues, seis años más tarde, el padre del joven
du Congé moriría arruinado en las carreras. Pero no nos adelantemos...
Con mucha desenvoltura, se metió en el ascensor, subió dos pisos y
volvió a bajar por la escalera para que la portera la viese. Después se acercó
al cochecito escogido y, sobre los cojincillos de tosco conejo, depositó
tiernamente a su hija, llamada Véronique, de la que más arriba ha quedado
explicado el procedimiento de concepción.
Empujó el cochecito, salió del aparatoso portal con la cabeza muy alta y
subió por la Avenue Merdozart.
Clams Jorjobert, su marido, la esperaba a cien metros de allí.
-Perfecto -dijo examinando el cochecito-. En el comercio cuesta por lo
menos treinta billetes. Bien podremos sacar doce mil por él.
-Para mí esos doce mil -aclaró Gaviale.
-De acucrdo -dijo Clams Jorjobert, en plan de gran señor-. No se trataba
más que de un ensayo y tú has sido quien lo ha llevado a cabo. Por lo tanto
me parece correcto.

-¿Me lo devolverás dentro de una hora? -dijo Léon Dodilongo.
-Sin duda alguna -aseguró Clams.
Se colocó sobre el cráneo el casco de motociclista que le prestaba
Dodilongo, y se miró en un espejo.
-¡Qué elegancia! -exclamó-. ¡Me viene al pelo! Parezco un motorista de
verdad.
-Ve de una vez -dijo Léon-. Dentro de una hora, aquí.
Una hora más tarde, Clams detenía una rutilante motocicleta Norton con
guardabarros hasta los ejes, frente al inmueble donde tenía su leonera su
viejo amigo Léon.
-No está mal -dijo su amigo, que le esperaba en la puerta sin dejar de
mirar el reloj.
-Cuesta doscientos cincuenta billetes en el mercado -informó Clams-.
Como no tengo la documentación, puesto que la acabo de robar, apenas si
podré sacar por ella unos cien mil. Pero aun así ha merecido la pena pedirte
prestado el casco ¿no?
-Seguro -contestó Léon Dodilongo-. Oye... ¿Y si me la cambias por la mía?
Así no tendrías problemas con la documentación...
-De acuerdo -dijo Clams-. ¿La tuya también es una Norton?
-Sí -respondió Léon Dodilongo-. Pero no tiene como ésta el embrague
tricúspide de revolución ligera.
-Bueno, en cualquier caso, no me desdigo –dijo Clams-. ¡Vaya! Aunque
salga perdiendo, eres un buen amigo.

Clams vendió en ciento cincuenta mil la moto de Dodilongo y, mientras
éste se enmohecía en la cárcel, se compró un espléndido uniforme de chófer
con gorra y todo.
-¿Entiendes? -le explicaba a su mujer, la bella Gaviale, que estaba
comiendo pastelillos tunecinos de pistacho, mientras Véronique se bebía un
biberón repleto de Heidsick de buena cosecha-. A nadie se le ocurrirá
sospechar de un coche del cuerpo diplomático, sobre todo con chófer dentro.
-De acuerdo -respondió ella-. Sobre todo gracias al chófer.
-También podría robar una locomotora con la misma facilidad -explicó
Clams Jorjobert-. Pero sería preciso que me cubriera las manos de grasa y la
cara de carbonilla. Además, a pesar de que tengo hechos estudios
superiores, me podría ocurrir que me descubriera incapaz de conducir una
locomotora.
-¡Oh! -dijo Gaviale-. Te las arreglarías muy bien.
-Prefiero no intentarlo -repuso Jorjobert-. Por añadidura, no soy
ambicioso, y una media de cien mil diarios me satisface plenamente. Ello por
no mentar el inconveniente de los raíles. Circular sin autorización por la red
del ferrocarril me traería muchos problemas. Y por la carretera, con una
locomotora, llamaría la atencion.
-Te falta arrojo -afirmó la bella Gaviale-. Por eso te amo... Oye, me
gustaría pedirte una cosa.
-Lo que quieras, querida mía -respondió Clams Jorjobert.
Y al decirlo se pavoneaba con su uniforme de chófer.
Ella le atrajo hacia sí y le dijo unas palabras al oído. Acto seguido se
sonrojó y escondió la cara en un cojín desvencijado.
Clams se rió con toda su alma.
-Doy salida al Cadillac de la embajada y acto seguido te lo consigo -dijo.
La operación tuvo lugar sin tropiezos en lo concerniente al Cadillac, por el
que le dieron un millón trescientos mil francos al contado, pues las
documentaciones falsas para los Cadillac, que en la actualidad se imprimen
en serie, acababan de salir a la venta y podían encontrarse en todos los
estancos.
Antes de volver a casa, Clams fue al encuentro de un comerciante de
disfraces que conocía. Un cuarto de hora después se reunía con Gaviale.
Todo estaba en regla. Consigo llevaba un voluminoso paquete.
-Ya está, querida mía -dijo-. Aquí traigo el uniforme. Tiene de todo, hasta
hacha. Dispondrás de tu coche de bomberos cuando lo desees.
-¿Podremos pasearnos en él el domingo?
-Desde luego.
-¿Y tendrá una escalera muy grande?
-Tendrá una escalera muy grande.
-¡Querido, te quiero!
Véronique protestó, pues consideraba que dos hermanos era más que
suficiente.
En la cárcel, a Dodilongo se le hacía el tiempo luengo. Escuchó pasos que
se acercaban, y se levantó para ver quién era. El carcelero se detuvo delante
de su puerta, y la llave hurgoneó en la cerradura. Clams Jorjobert pasó al
interior.
-Hola -dijo.
-Se te saluda, viejo -respondió Dodilongo-. Muy amable de tu parte venir
a hacerme compañía. El tiempo se me estaba haciendo demasiado luengo.
Los dos se rieron a pesar de que la astucia lingüística quedó hecha ya
unas líneas más arriba.
-¿Por qué estás aquí? -preguntó Léon.
-Por una tontería -suspiró Jorjobert-. Acababa de birlar el coche de
bomberos... Pero las mujeres son insaciables. Se le antojó una carroza
fúnebre.
-Es una exagerada -dijo Dodilongo comprensivo, pues su mujer nunca
había pasado del autocar de treinta y cinco plazas.
-¿Verdad que sí? -continuó Clams-. Bueno, el caso es que compré un
ataúd, me metí dentro y me fui a buscar la dichosa carroza.
-No comprendo por qué tuvo que salirte mal –dijo Dodilongo.
-¿Alguna vez has intentado caminar metido dentro de un ataúd? -
prosiguió Clams-. Me hice un lío con los pies y, al caer, aplasté a un perrito.
Como era el de la esposa del director de la prisión, la cosa vino por sí sola.
¿Te das cuenta?
Léon Dodilongo meneó la cabeza.
-¡Caramba! -dijo-. Mala pata...



(1947)

Carla García: La otra mujer



LA OTRA MUJER

I

Vivo la dulzura del principio,
el tiempo que pertenece al idilio,
mis días esperan sus noches y sus palabras de fervor.
Si la vida se vive, es enamorada,
gozosa de sentir la muerte de su ausencia,
pero la verdad de su compañía.
Solo por saber que vuelve,
Leo olvidados idiomas antiguos,
fragmentos de discursos amorosos,
y ensayos no pensados de erotismo.
Deseo su deseo.
Deseo la dureza del encuentro
con miradas castigadas de
dolor
placer
dolor.
Toco las lágrimas
ya no puedo sentir más.

II

No tengo nombre bajo las estrellas
sin la túnica que uso
soy la otra mujer,
la que no tiene huellas, ni olor,
la que vive tras los hierros de tu sombra
y bajo el amparo de tus palabras.
No tengo fe.
Solo amor para engañarte
bajo el sol que nos calcina cada hora
si no estamos juntos.
Maldice mi futuro y miente una vez más,
porque la espera ha comenzado
desde que vi tu espalda
y te marchaste, desnudo de mí.


III

En el principio la palabra se hizo deseo.

Sobre la isla de piel desnuda del hombro izquierdo de una mujer:
comenzó una historia infiel a sus orígenes.
Ya existía una leve flama,
roja en su exterior
y hacia el centro,
azul, como la eternidad.
Es entonces cuando un verso quebrado por la luz
abre la inteligencia de las emociones,
y como el soplo divino,
con el que se inicia la vida,
la belleza comenzó a latir.
Digamos que así se inaugura también
una ruptura provocativa
de las razones de vivir.
Ella hizo una lectura del texto secreto,
por lo que escribió frases sueltas
con fechas de lunas menguantes,
para atajar el filo de las letras
que no pretendían comprensión.
Sin embargo visitó
santos, mártires e inocentes,
en los altares sin flores,
para comprender calladamente sus rostros
en éxtasis sin tiempo,
más allá del bien y el mal.
Sumisa y entregada a la fiebre dolorosa
recibió sobre su piel
todo el desasosiego perpetuado del frenesí.
Fue bautizada por el fuego original
que celebra
la dichosa encarnación del verbo.


Se vivió la pasión de un delirio anunciado
por voces de predicadores callejeros.

IV


Duermo desnuda
sobre noches de lunas blancas
cubierta por una soledad estéril,
violentada por el deseo,
y sin sueños de ojos abiertos.
Sin clemencia
ardo sin quemarme,
sin consumir la sed antigua
que me hace escribir estos versos.
No he bebido agua
y el vino sigue contenido en una copa.
Antes de ser niña
otra mujer ya deseaba.
Ay de ella
sin cantar su cantar
comenzó la historia de una historia de desiertos.

V

La mujer de sal nunca fue escuchada.
Sin embargo nadie ha olvidado su castigo,
su vida en el instante piadoso de la pasión,
humanamente correspondida,
se transmuta en la infame culpa.

La mujer inmóvil de mirada infinita,
soporta el juicio sin tiempo,
a pesar de ser frágil,
de no derramar lágrimas, agotadas en otros llantos,
a pesar de no tener compañía en el limbo de los culpables.

El paradigma de la rebeldía
no se desmorona en los recuerdos.

VI


Los dátiles de carne suave
escurren la miel
sobre un lienzo de algodón
contenido en una cesta.

Fruta madura en el desierto a golpes de sed, su
pulpa es entramada reciamente para resistir
el toque del calor.

Está escrito en la historia de la tierra prometida (el objeto del deseo):
saciaremos la sed con las palabras que signifiquen agua.

VII

Escucho un sonido blanco
que no me trae noticias de ti.

Sola de voces
viviré en el jardín de los cien años
como mi propia leyenda.
El tiempo no sucedió al tiempo,
y los pensamientos
fueron pasajeros de si mismos
para no recordarse.

Recibo la confirmación de mis pecados
al caer la tarde
sobre su cansancio.

VIII


Ella existe entre palabras fatuas
y livianas ideas
sin tinta para escribirlas,
la evocan sentencias escondidas
en noches perversas de negaciones continuas.
El ritmo de los deseos fue alterado
con el perfume de sus pensamientos.
Ella nace y muere en la misma ciudad.
Algunos juran haberla visto
caminar por las calles
descalza,
con un libro bajo el brazo.

IX

Pienso en el hombre que está sentado
a la derecha de nadie
bebiendo un café perfumado con cardamomo.
La espera.
Lee.
La espera desde siempre.
No la conoce.
Piensa que el amor no es imposible,
es improbable.

X

La Historia es terrible.
Y la vida nos ofrece un cuerpo sensible,
desnudo y suave para escribir las voces que nos mueven.


Gabriel Fuster: Nanocuentos



CULINARIO
Tako odia el tepanyaki. Ella tienes problemas para preparar alimentos que se hallan meramente inconscientes, no obstante el platillo hace su pertenencia exquisita de los paladares occidentales. Ahora la carpa salva la cabeza como sobrante monstruo mezclado con hambre en la plancha caliente, pero Tako queda con un crudo sabor de boca de enojo.

AHOR _ A _ O
Si lo piensan bien, el momento que se revelan las letras faltantes al título de este cuento, alguien debe morir colgado.

PRIME TIME
Me voy a la cama temprano. Mi sueño favorito comienza a las 9 p.m.

OVERTURA
La orquesta sinfónica toca pobremente, el conductor luce de mal humor. Esa noche el músico golpea brutalmente al cerrajero a la salida del teatro, porque la composición era falta de llaves.

NOCTURNO
Hay noches cuando los lobos permanecen en silencio y sólo la luna hiena.

PREDICAMENTO IMPOSIBLE
Salma, aleja tu abierta boquita pintada de mi erección o llamo a la policía.

NADA ES MAS ABURRIDO QUE ESCUCHAR A UNA PERSONA DESCRIBIR SU SUEÑO
Sueño: Vilma Picapiedra recostada en la cesta cubierta con una tela de mosquitero y cambia de color cada vez que la enorme cucharada de aceite de bacalao entra por la ventana. Ella musita: “Una pesadilla hace que tu corazón acelere los latidos. ¿Por qué el lóbulo de tu cerebro que controla tu pulso no se da cuenta que el hemisferio derecho lo inventa todo? ¿Qué no hay comunicación entre ellos?”. La nube alcanforada de un bostezo la hace borrosa como una radiografía de tórax y entonces detengo mi corazón y acepto a Jesús. No como mi salvador personal, sino como el aval de otra promoción en Domino’s Pizza. La carcajada se apoya en nuestras espaldas, porque ninguno recibe el cambio al igual que sucede en el cine. ¿Qué significado tendrá todo esto? Despierto con los tañidos de un tinitus. Los doctores miran al interior de mi oído y encuentran algún diminuto martillo olvidado.
POLICÏA DE CAMINOS (Y CIUDADES)
El detective no tiene cámara portátil. El suele viajar de vacaciones con un dibujante hablado.

ASONANCIA
Nada rima con Ezra.

TERMINATOR
Desperté esta mañana y no recuerdo mi nombre ni la dirección de destino sobre el largo camino de adoquines amarillos. Mis ojos se desperezan con el humillo lento en las ruinas de Oz, donde el león cobarde llora el paradero de las horas perdidas. Me dispongo a instaurar la paz y la unidad, pero siento un choque. Algo establece un zumbido espeso de insurrección. La potestad, supongo, de las fuerzas automóviles no ataca a la mujer con las zapatillas rojas, sino el Armagedón y sus variantes. Este autómata dispara la metralleta a todas partes. Capaz de todo, menos del remordimiento, o el cortocircuito. Indestructible intermediario del comienzo y repetido principio que trae la crónica del exterminio del mundo. El hombre de hojalata no tiene corazón.

LOS MIL Y UN IMSOMNIOS
Algún día me gustaría ver al Papa salir al balcón y anunciar los resultados de la jornada de futbol. Nunca visualizo cómo se comportará un grupo social ante un evento inesperado, sino que trato de adivinar cuántos de ellos tienen divertículos en los intestinos. Ahora soy internado en el hospital para estar en observación. Permanezco tres días sin pestañear siquiera, no observo nada fuera de lo común y me voy del lugar. Uno ve a tantos insomnes con la mirada perdida en el espacio. No es que estén viendo nada, sino que están visualizando lo que piensan. Por ejemplo, mi marranito juega al ping-pong de modo limpio, pero su carne es kosher. Si tuviera un deseo, ese sería borrarme la letra A de la palabra PEREZA en la frente y suponer que el Golem Pérez será, o perecerá, pero para convencerse de dormir a pierna suelta hay que tratar de no mirar al coleccionista de chupadedos.

MUSA
¿De dónde saca las ideas para sus cuentos?
De todas las preguntas malintencionadas que se hacen en este gremio, ésa, precisamente, es la más ingenua de todas. La pregunta propone que existe un sitio o un método para lograr que las aspiraciones se hagan realidad en un papel. No, no existe tal lugar y, amigos, ni siquiera Aristóteles pudo simplificar el acto creativo, aunque ya suelo responder con un aire de connoisseur que yo consigo mis historias en un servicio de inspiración ubicado en San Nicolás de los Garza, en Monterrey, Nuevo León. Allí, uno contrata una musa igual que paga los servicios de una cotizada Call Girl. En mi tarjeta bancaria hay un cargo mensual de 550 pesos más iva y quincenalmente a vuelta de correo yo recibo un paquete entregado por Estafeta que incluye 6 ideas frescas para escribir los cuentos. Mi musa no tiene brazos. Así que me rodea el cuerpo con el pelo de sus axilas y me intenta besar, hipnotizándome como una cobra. Yo miro hacia el fondo, hacia la cocina, y escucho el ruido de alguien dando teclazos separados a una máquina de escribir. Y mientras la musa me inocula su veneno con fuerza, yo intento hablar, decirle que necesitamos un lavatrastes automático. La musa tiene a Borges escribiendo cuentos con mi nombre y a mí, expuesto enseguida en una vitrina, dónde me saca brillo, convertido en plato de porcelana. No tienen idea cuantos detractores y admiradores todavía me pregunta por la exacta dirección de la tienda en San Nicolás de los Garza, en Monterrey, Nuevo León, para enviar su cheque.

SOBRENATURAL
El sexto sentido es el sentido común. Yo tengo fantasmas en mis bifocales.

miércoles, junio 11, 2008

Ignacio García: Elegías del Estratega



ELEGÍAS DEL ESTRATEGA

I
Al repique de las campanas
arriban navíos de Oriente y sus misterios
Bajan los mendigos, los ebrios, los parias y malditos
Traen con ellos pájaros ciegos, cornejas sin alas,
mariposas y jilgueros de vuelo ya recortado

Es el tributo al amor ya ido, a la pasión desgajada,
al silencio inacabado, y a esta soledad jamás interrumpida

Cuando sube al aire el último de los avisos,
un hereje --sabedor de latín y griego
quiere pronunciar algunos versos guerreros:
(tal vez unas Lieder, quizá el fuego ya sin la llama)

Es entonces que el Estratega --ya sin espada en la mano
cierra los ojos, y con la mano izquierda,
en vez de cruz al aire
dibuja sin quererlo el nombre impronunciable de Ana Laura

Un último ardor que ha de llevarlo
al sitio donde el olvido custodia los secretos…



II
No mencionemos aquí
la estrategia que el Alar utilizó en los Urales
o el fin que tuvieron las naves
en su duelo cerca de Constantinopla

Borremos de la memoria todo lo bárbaro
de aquellos encuentros en una banca-jardín,
donde múltiples sendas y laberintos de agua
fueron testigos del amor atado y sin cordón
a uno solo de los extremos

Develemos mejor
(con furia pasiva y solemne)
el óxido de este corazón semejante al yelmo,
al grabado que a bronce y cincel
lleva como signo y señal
el nombre eterno de Ana Alesi:

Es decir, el grito severo que uno debe pronunciar
antes de que la espada
nos llame a cuentas…


III
Surqué tu mano porque quise plagiar
polvo boreal a orillas del universo
Pasar mi piel por el escándalo de tu piel
y así caer, a pie de luz, bajo esa ternura infinita

Tropezar con estrella y suavidad
para ver si en ese acercar
mi corazón se ataba al tuyo, así:
como un cohete se engarza al alba,
una golondrina se ata a su Alar,
la brisa al azul y tú a mi demencia

Después de aquel día, no pude dormir
Pude cantar, leer, sollozar … también morir
Supe, a sin razón, que si uno ya te tocó
tu mano me ha de guiar
allí donde el fuego suele olvidar
tanta soledad, tanto fracaso,
tanto intentar a cielo abierto

Toqué tu mano porque quise saber
lo que es morir sin ser amado…


IV
Si los caídos en batalla retornan, el Estratega lo hará
Ya no para preguntar por el temor de tu respuesta,
sino con un fuego axial, una lumbrera sin par:
para ver si así puede tatuar
su espada sobre tu cuerpo

Si duermes, no te despertará
Si sueñas, contigo soñará
Habrá sólo un rozar, un leve resplandor
Y luego el erguir de ese amor que ya murió
y sirve de vendas hoy
para envolver al stratigoi, incapaz de decirte a voz
lo ciego e imposible que fue
cuando pudo y no te amó…



V
Caída la estrella, la barca parte a casa
No te veré ya más. Preguntar si permaneces, absurdo es
Sólo la música, el boato de los marinos,
el fúlgido azul de velas y fumarolas
O ¿por qué no?
la alegría que en ti despierta ver
las cúpulas de tu ciudad una vez más,
hacen del bogar un feliz regreso a casa

Nadie sabe si volverás; más bien si has estado
Al levantar la mano en señal de adiós,
uno se queda con la tersura de tu piel,
con un pómulo y labio como tizón,
con este amor, tan desigual que semeja
un navío en medio del espumar
O, tal vez, el sueño de un hombre
que un día te soñó tierra poseída,
Paraíso recobrado… Nada más

La estrella cayó. El horizonte suele devorar lo amado.
Con una mano, Ana (desde lo ya invisible) dice adiós:
En la otra mano ella encierra
una locura que, pronto, ha de arrojar al mar:

la ilógica de mi amor, el trastorno del corazón:

un puño cerrado de luz que hoy,
no quiero yo abrir ni a laúd
Quizá para darme, por lo menos,
un mañana que dicte a viva voz
que el ser solitario es para mí
más que un defecto, una amorosa virtud…



VI
No se incluye aquí
(para no alabar al fracaso)
la fragua, el fuego, la ternura y lo sublime
con la que el Estratega hizo de su soledad
su modo de amarte a solas,
si bien tu presencia fue siempre lejana

Partirse el alma, tomar un anzuelo, liar el sedal,
beber hasta la locura y olvidarte en sobriedad,
lanzar su arma y así tratar
de asir lo desigual en abierta tempestad

O –si se quiere algo más real:

La forma en que el stratigoi sacó filo a su espada
con las mismas yemas de los dedos
con las que un día
te quiso acariciar…


VII
Han colocado sobre túmulo y alcatraz
(en vez de cruz bizantina alguna)
un epígrafe ad hoc que hará
del sueño del Estratega un sueño mejor

¿Quién lo ha puesto ahí?
¿Qué sílaba rota labró esta última oración?
O ¿por qué –si esta es la razón—
súbditos y kahazares revelaron aquí este insurgente saber?

Cuando se pregunta, nadie dice “yo”
Sólo vientos milenarios que saben del porqué,
lo barren a cielo gris y cruzan mitad verso mitad verdad
¡Ah, que solitario final!

«…que sea yo, el que más ame»


VIII
¡Cuánto fervor a la herida, cuánta pasión por el dolor!
Todo por este amor unilateral
(lateral si también se lo desea)
Pero eso no merece ni lloro ni dolor ferviente
Pues ¿no acaso en este nuevo silbo se escucha ya
lo breve de la oración, el mugir de las olas,
el soplo de las banderas
y ese rumor de sal y anís
que a yodo y lava constriñe un nuevo don de felicidad?

Ya oí, ya escuché y ya escribí
El tímpano ha explotado por última vez al oír:

Sólo tú amas, lo mío no puede ser

¿Quién desea más después de este aluvión?
Rayo fulminante que desde el Bósforo hasta la Vera Cruz
finge un ademán, y con límite y con verdad
sirve de aguja y remienda mi soledad…



IX
Si el Estratega muere, que las palabras transmuten,
sean óleo, háganse fuego, cimbren la raíz
Alas vibrantes que, ya sin sílaba hermosa en custodia,
vengan a convertirse en adiós
Sin rezos y sin escapularios,
sin responsos pero sí con inciensos,
una tierra fresca y salada
que deje en mí el sabor de esa boca que nunca besé

Sea mi espada fiel (mi pluma hasta el cansancio)
quien haga las veces de cruz
y a tinta intocable y sin habla
haga entender a quienes hoy están aquí:

Morir es irse con el nombre de Ana
hasta el último de los suspiros…

Gabriel Fuster: Porrista


PORRISTA

La encuesta apunta que los hombres prefieren ver un partido de futbol a tener sexo. Yo vivía en Nueva York, trabajando para Random House en la traducción de la obra completa de Irma Serrano. La dichosa autora pacta con un amigo teósofo que el primero en fallecer se presentaría al otro y le revelaría los misterios del más allá, por lo que yo era tan pobre en esos días de espera que simplemente compartía con las ratas y cucarachas la basura económica del Monk’s Café en la esquina de 112th Street y Broadway. Norma Alcántara comenta que Sport Illustrated me pagaría un dólar por página, mientras escribiera historias sobre deporte.
-¿Por qué no? Ambos extrañamos a los tiburones rojos del Veracruz –yo le digo.
-Querrás decir los fondillos rojos del Veracruz. El equipo es un perdedor, pero ¿Qué se puede esperar de los jugadores que obtiene más puntos en el hospital que en el estadio? –me responde la reportera gráfica.
Lo importante no es ganar, sino competir. De regreso a México, Virginia necesitaba dinero para hacerse la ortodoncia. Edith quiere cortinas nuevas. Armando busca importar un par de colegialas japonesas para su película experimental. Entonces le refiero a la fotógrafa del juego este chisme acerca de la azafata de Braniff y el equipo Sueco de bobsleigh olímpico, comprobando al mundo científico el efecto Coriolis, a propósito de un largo vuelo intercontinental. Exprimo la narración y el movimiento de la voz termina en un sobre enviado a su sala de trofeos. Dos días más tarde, estoy recibiendo el telefonema de respuesta. Nos entendemos con gestos y silbidos durante el arbitraje.
-Demasiado literario, jarocho. Olvida la indagación erótica y pon los Adidas® en la zona de anotación. La encuesta apunta que los hombres prefieren ver un partido de futbol a tener sexo. Más adrenalina, requiero más adrenalina para mi clientela.
En ese momento juré nunca más escribir para alguien tan insensible, tan extranjero al verdadero deporte del amor. Sin embargo, Virginia quiere dinero para hacerse el implante de senos. Edith necesitaba tapizar los muebles para combinarlos con las cortinas nuevas y Armando debe el monto de su fianza para salir de prisión. Dada la metonimia de los goles, es que me trago mi orgullo para dar cancha a estas novelas por quinielas.

MARGARITA Y EL BARÓN

Al momento que Margarita despierta, el zafiro de sus ojos por instantes fulgura y pone unas pocas gotas del Danubio sobre la cola del pavo real en la terraza. Ella tiene la sensación de que siente y vive a su lado un rubio Lohengrín que le lanza las cuatro virtudes cardinales. Otros poderosos de la tierra, príncipes, políticos, millonarios, manifiestan un plausible desvelo por ocupar su lecho. El Barón la mira, dichoso en su suerte. En puntillas, busca llegar donde ella despierta en su chaise longue, apartando el bate sobre el hombro. La divina Margarita una flor destroza con sus tersas manos. Los pétalos de rosa cubren aquellos pies calzados con tacos en las suelas y con medias negras, uno sobre otro, mientras el tallo de las espinas va en celo tras la holgada camisa de cuello en V, rebota contra el apretado rayado vertical y cae en el olvido. Agitado, el Barón apoya el muslo viril contra el libro cerrado de poemas. Allí, el beso es en los labios, beso que hace que se abran los ojos inefablemente luminosos y encuentren los suyos bizcos de deseo, bajo la gorra azul con gran visera arqueada. Y a todo esto, el chillido del pavo real. La gritería de tres mil aficionados vitorea el swing. -¿Me quieres? -¿No lo sabes? -¿Me amas? -¡Te amo! Termina la parte alta de la primera entrada. Es noche de fiesta y el baile de trajes ciñe la luna hasta la asfixia. La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de estampas aduanales, de números y letras stencil que decían y daban a entender que el contenido era muy frágil. El Barón abre el contenido y alarga la máscara de catcher a la hermosa mujer. “Toma, ponte esto”. Ella acomoda el perímetro de amortiguación de la careta sobre el borde de su cara, mantiene el cuello erguido y recoge la cabellera en un estilo informal de coleta. “Y esto también”. El Barón pasa el peto acojinado y la ayuda a colocarlo en el delicado cuerpo modelado bajo una bata blanca, ajustando las correas detrás de su espalda casi comparable al perfil epicanto de la medalla de una emperatriz china.
-Se siente muy apretado, amor – ella advierte. La leche ama su piel sensible y ella tiene miedo que el cuero le provoque un prurito e irritación.
-Ya aflojaran en la medida que te muevas, preciosa – responde el Barón. Toma su mano llena de perfume y le ajusta la manopla. Era tosca y pesada, con las palabras pirograbadas en el dorso: “Tuya para siempre”.
-Por favor, no te pido una mascota nueva –Margarita suplica – Prefiero un diamante.
El Barón no le responde, se da la media vuelta y cuenta once pasos hacia el extremo contrario del salón. Se detiene en el lugar del tapete de piel de cebra, gira el cuerpo y se palpa dos veces la entrepierna, antes de enfundarse el guante de cuero.
-¿Quién ha quitado los floreros? – grita Margarita, desde el ventanal con sus hojas cerradas, sufriendo la falta de ventilación.
-Dame un conteo, dame un conteo –murmura el Barón.
Enseguida le lanza una pelota al tamaño de una naranja, que margarita atrapa y recelosa, devuelve al serpentinero. Al principio, el ejercicio es ligero, luego cobra velocidad y fuerza. Luego de un rato, el sudor aparece en la frente del Barón. Margarita nota su cansancio. Los lanzamientos inmediatos se recrudecen y la pelota empieza a tener extraños movimientos en el aire: cambio, forkball, curvas, rectas, bola rápida, bola de nudillos, sinker. El rango vertical de validez es la apreciación del umpire, comprendido en el espacio que va desde las rodillas a la altura del pecho del David de yeso, cobijado por el plafón de su copia en Florencia. El rango horizontal va delimitado por el ancho del plato llano de Bohemia. Sopesando las costuras de la pelota, el Barón la miraba a veces con el rabo del ojo y le hace saber que tiene el mal de los celos, ardiente y sofocante, como un wild pitch que le aprieta el alma. Ella estaba seria.
-Eres demasiado injusto. ¿Acaso no sabes leer en mis ojos lo que hay dentro de mi corazón? – reclama Margarita, crujiendo los añicos de la pieza porcelana bajo los pequeños pies.
-Deja, pues, que me vengue de mi rival. Él o yo, escoge. – exclama el Barón.
-Tonto, te adelantaste al robo y estás fuera… – retumba una tercera voz.
Era el jardinero central, que entreabría una cortina, todo sonrosado y haciendo evidente el affair.

CLAUDIA

Claudia es ilustre, elocuente, conquistadora como criolla. Ella posee la sonrisa abierta y dentada, que asegura el amante y amigo. De igual modo, su voz es serena y vibrante al mismo tiempo, cuyo gesto provoca la deliciosa figura de los amables cuentos que empiezan: “Había una vez…”. Sin embargo, ella cayó en un modo de vida que provocó el rechazo de familiares y amigos. Principalmente, su reputación circula entre los malcriados del refinamiento en el narcótico barrio de Montparnasse. Allí, ella paga un alquiler barato en un atelier sin agua corriente, sin calefacción, raras veces sin ratas, con el dinero que consigue jugando a los bolos. Jean Cocteau una vez dijo que la pobreza era un lujo en Montparnasse. El padre de la joven se consume entre vagos tosidos de la tuberculosis que lo tiene desahuciado como una llama azul, pero se encuentra decidido a cambiar el mal hábito de su hija antes de morir, por lo que le busca un trabajo de governess en una casa noble de la Rue Victor-Masse. El trabajo no es arduo, simplemente consiste en cuidar a un niño llamado Pierre y vestir en el servicio una falda Chanel con medias negras y tailleur con corbata de moño tan intricado que solo la ama de llaves puede anudar. Sin embargo, Claudia no era el ideal de la heroína de Jane Austen o Henry James. Una noche, ella encuentra dificultad para dormir y se revuelve en su cama, practicando sus cuatros pasos de colocación para lograr la perfecta chuza. Finalmente, la muchacha no puede contener más el deseo y se escurre a hurtadillas en la habitación del pequeño Pierre, mientras el resto de la casa duerme.
-Pierre, mon chéri, te tengo una sorpresa – lo despierta suavemente.
Ella ayuda al párvulo a quitarse las pijamas y no puede creer su piel tan rosada y salpicada de pecas y soles enanos en la espalda. Los dedos de ambas manos unen números dispersos en las discromías de la piel con sensual cosquilleo, la constelación de Efélides.
-¡Que hermoso muchacho eres! – murmura Claudia.
Acto seguido, lo viste con ropa llamativa de satín y lo lleva rastras delante de una pesada bola de material poliéster.
-Deslízala ahora – ella le susurra por detrás de la oreja.
Pierre voltea a ella, interrogante. Se sonroja.
-Tu primera vez, ¿verdad? – Ella comenta – Quizás si te ayudo a poner este dedito en este agujerito estaremos mejor
Cierto, cada bola cuenta con tres agujeros, pero es este orificio que permite colocar la yema del dedo corazón y darle un efecto a la bola a la hora de lanzarla.
-No, eso no está bien – responde tímidamente el infante.
-Allez-allez, gallito dormido. ¿Me dices que no tienes el tamaño para jugar al boliche? No te creo.
-No quise decir eso
-¿Acaso tus compañeritos del colegio no te han platicado al respecto?
El niño asienta con la cabeza agachada.
-No importa – Claudia ríe – Ahora mademoiselle Claudia te va a enseñar otras cosas que ellos no te dijeron, cosas que ni siquiera tu papá ha llegado a conocer.
Claudia coloca diez pinos equidistantes entre sí con la forma de un triángulo al final del corredor. El niño lanza la bola y consigue un típico Split con los bolos 4-10.
-¡Voilà! –exclama Claudia, su pecho brinca de emoción.
El niño recurre a la excusa de la cerveza para mejorar la puntería.
-Ahora, si eres buen chico –advierte la niñera, regresándolo a su cama - luego te enseño a jugar bocce y petanca por francos.

VANESSA EN EL GRAND PRIX

La bandera a cuadros anuncia, en vaivén, cuando es tal la lejanía al cabo las metas. Vanessa es vencedora de muchos amantes, pero nunca ha podido conducir los besos en la escudería de Porsche. El siguiente hombre con quien desea compartir la experiencia es Iván, un altísimo húngaro de oficio cazador, a quien por semanas ha pedido arreglar uno al otro el espléndido escape. El se resiste, la mira como un pichón. Finalmente, una mañana de suave lluvia, toman el tren a Mónaco, para estar juntos en el gran premio de Fórmula 1.
La prueba de manejo viene a comprobar todo lo que Vanessa había esperado, con los mecánicos minimizando errores y tiempos durante la recarga de combustible y el cambio de neumáticos en el pit stop; El semáforo de cinco luces rojas, encendidas en intervalos de un segundo y el ronroneo de los motores; Los pilotos perdiendo el control en las curvas y estrellándose contra el muro de concreto. Antes de la primera vuelta al circuito, Vanessa bullía de excitación: los labios se le mojan como sucia esponja, los pulmones inflaman su orgasmo, y en un momento crucial de humo reposado entre los extintores, pone la palma de modo reflejo sobre la mano de Iván y la aprieta. Vanessa comprende en ese momento la razón por la que los hombres se resisten a llevar a sus amantes al Grand Prix. El temor estriba en que las carreras despierten en las mujeres una insaciable pasión por el volante. Sin embargo, Iván mostraba una conducta esquiva y extraña, como si le apenara su mano encima. En la segunda bandera roja, ella nota sus ojos cerrados. Más tarde, en la fiesta del día de la Ascensión, Iván hace una confesión.
-Soy virgen. Únicamente disparo salvas.
-Broma, ¿Verdad? ¿No tuviste hermanas o primas? ¿Novias redondas?
-En Budapest, a la edad de catorce años, viviendo en la casa de mis papás, que contaba con varios balcones. Una tarde estaba aburrido, sin otra distracción que escupir hacia Margit-sziget. Al bajar la vista, vislumbre a esta mujer oriental practicando Kyūdō, o “el camino del arco”, en su jardín de dianas. Apenado, me escondí tras los balaustres, suponiendo que no me había visto. Entonces la vi hacer toda clase de tiros al blanco, con su arco de bambú excesivamente largo, superando la altura de su cuerpo. Yo me enamoré.
Al siguiente día, salí al balcón con una manzana en la cabeza. Mágicamente, la arquera aparece y su flecha es seisha seichu, que significa "tiro correcto es golpe correcto". Yo me siento aturdido.
Los días posteriores, abro la ventana con un desparpajo de San Sebastián. Una mañana salgo a encontrarla en el balcón y cae el sol herido de muerte. Ella lanzó su última saeta contra la semana. Mi madre nos había descubierto y castigaba la lujuria. Esa noche, nos echa una maldición gitana de no volvernos a ver jamás.
-Ahora es puntería de Cupido, mi voyerista de los siete días.
La pareja ríe. Reconciliados en el Blüthner, Iván y Vanessa caminan las subidas y bajadas por Monte Carlo y asisten a la celebración del ganador de la carrera, el hombre favorito recibiendo el trofeo y bañado en champagne y en besos de edecanes. El equipo técnico del monoplaza sale en la foto. Todos los integrantes tenían el número de su overol de color negro menos uno, cuando le preguntaron por qué el color del número de su uniforme es rojo, respondió “porque me llamo Domingo”.

RAY AMA REINA AMA JACKIE AMA ACE

Era una tarde lánguida y cuadrada, en la hora del pecado original que lo desnudo complica, pero la adusta perfección jamás se entrega. La vida se soporta con el roce al pezón, con buena y mala intención, perseguido por algún extraño soplo de feromonas, para el cual Ray sigue su rumbo de intimidad con embeleso y anticipación. Allí va el fauno en celo tras la hembra y la caña desgrana sus notas amorosas como las monedas en la fontana de Trevi. Por momentos, el intelecto pierde su paso sobre Vía Veneto, pide dirección en aquella parte cinematográfica de Roma que ha sido cerrada con alambrada de gallinero, para poner a distancia los manes de los primitivos abuelos. Ray da cuenta que todo hombre que lo pasa de largo portaba un par de pelotas afelpadas y una raqueta de madera sugestivamente tejida. La cita comienza cuando el saque de la jugadora pasa la red formada de suspiros. Cae a tus pies una rosa, otra rosa, otra rosa ¡y es advantage!
Ray conoció a Reina en la puerta del Planet Hollywood Disco Pub de Vía Tritone, dos meses atrás. Ella vestía un sencillo vestido azul de lycra Ellesse sin mangas y un par de bandas de toalla en la cabeza y las muñecas, pero las piernas subterráneas olvidaron usar la ropa interior. Desde entonces, ambos cargan mismas bolsas de torneo. Los amantes secretos se saludan con un beso discreto y juntos suben las escaleras a la azotea del inmueble.
-Mi esposo por poco nos descubre –Reina susurra al acompañante, temblando y abrazándose fuertemente a su costado.
-¿Sospecha algo?
-No sé, él me pregunto a donde iba vestida de ese modo, pero yo le dije que iba a la Plaza de San Pedro para orar con los fieles la misa tridentina.
-No sirve. Lo haremos deprisa esta vez, ¿Quiénes son nuestros oponentes?
-Por un lado, está Jackie, que fue mi compañera de escuela en Milán. Ella maneja un juego de pies fuera de lo común, pero sé que te gustara. También está Ace, el cubano, su compañero, nunca lo he tratado, pero me han dicho que posee unos golpes de volea que lo aproximan al ranking entry.
-Me preocupan las enfermedades venéreas que se hallan callado…
La orgía es incidencia. Cuando Ray y Reina aparecieron en el techo, la pareja formada por Jackie y el cubano ya se encontraba calentando en la cancha. Ambos se uniformaron con idénticos kimonos, pero el cubano era distinguible por su cabeza rasurada, que resplandece como el sol de la toscana. El fetichista se muere de los celos, su muñeca inflable lo dejó por otro juguete. Ray y Reina sienten un imprevisto escalofrío, una ansiedad casi primitiva. Ray rápidamente dice:
-¡Buon divertimento!
Los recién llegados muestran sus respectivas raquetas de juego. Durante esta fase de excitación, en los hombres el cuello de aluminio se agranda y endurece, se pone erecto. Una cinta enrollada al mango impide dañar la mano y permite una mayor adhesión. En las mujeres la cuerda se lubrica, el bastidor de madera se hincha. Tras los primeros escarceos amorosos, el estimulado Ray pronto se olvida de todo decoro y pudor. Sus ojos crecen fijos y brillantes, y su smash arroja chispas cada vez que su compañera cambia el culo de posición. Él arremete hacia adelante y hacia atrás, atacando y recuperando, e incluso el viento parece respiración entrecortada sobre los vellos de su torso desnudo. Él se traslada a la red, él se regresa a la línea de fondo, y ahora corre contra la cerca trasera para alcanzar una pelota alta, difícil. Al contacto, se produce una gran tensión muscular y suceden las contracciones en la zona del esfínter. El logro lo tira de espaldas al suelo y, a pesar del agotamiento, el placer era mayor que cualquiera que éste hubiera conocido nunca, porque él había aventurado su drive naturalmente promiscuo en el juego y se había abandonado a él. Las ansias de seguir no desaparecen. Él se repone en el piso por un momento, sentado y estremeciéndose, y entonces, medio entre sollozos, medio entre risas, él dice en voz alta al cubano, “Muy bien, mándame tu servicio”.
Ray y Reyna ganan los primeros tres sets, 6-2, 6-4 y 6-3. Entonces hacen cambio de parejas.



HIEROGAMIA PARA MARIA

Eloy se casó con Marimar, Antonio con Marifer, Fernando con Maricruz. Patricio con Mariana y los hermanos con Alizé y Bora. A Greco no lo quiso Mistral y, en buena medida, la enemistad que por un tiempo les separó del resto del cuadro, estuvo motivada por los matrimonios del desván.
El torero Patricio besó a Mariana, que era la muñeca que más le gustaba, tras salir ileso del paso de la bestia, cuyo rastro era más lejano en las sombras. El toro no regresa. Las espaldas del torero se enderezaban a la faena y el traje de luces cobraba sobre el cuerpo esquilmado, la holgura de la vestimenta de los espantapájaros. Era el traje de gala y a pesar de su caída harapienta, conservaba la finura del apresto originario, lo que llenaba de orgullo al sastre de Lumajo, que lo había confeccionado. Mariana, aguardando los besos, cuelga la canasta de los melocotones en su templo de raras chucherías, a una altura determinada, pero prueba ser ineficiente, luego un hoyo es abierto en el fondo para perder la esperanza de vender lo hallado. Las lágrimas resbalan por su cara con la misma suavidad que se desliza la lluvia en los tejados. Llamadas voces bajan aprisa las escaleras del poniente.
Los matrimonios empezaron a fraguarse en el tiempo de la imaginación de los niños castigados, cuando Marimar propuso que las infancias duraban poco, menos de esa charla agradable y suelta que se place entablar con las pelotas. Desde entonces, instigó a los estrellas del baloncesto iniciar el combate circular. Alizé y Bora, quienes ya estaban aburridas que los niños no encontraran el aliciente de ningún juego, chocaron los cuerpos, encontrando un placer eléctrico como producen los guijarros. Las muñecas permanecían en el ala derecha del desván y los muñecos, devorados por la intemperie y la fiesta, en los paredones del ala izquierda, dispersos como consecuencia de un estornudo y haciendo de cuando en cuando alguna arriesgada incursión en el ruedo, bajo los muebles y cacharros que sepultan las telas de araña y el polvo.
Los mensajes de papel dulcemente doblado los traía y los llevaba Venancio, el hermano pequeño de Eloy, que participaba en el juego exclusivamente por el placer mercenario, cobrando por viaje tres bolas de anís. Marimar contaba la historia de los cinco sentidos. Por su parte, una anotación hacía que el abrazo de los fantasmas traviesos se estrechara en un trance peripatético, mientras los dedos se mecen del aro en el tablero hasta hacerse daño. Se decía que Camilo era un fanático inocuo, de los que van y vienen en la vida sin cometido, casi igual que un pase de mano a mano con diez segundos del último cuarto. Su canto favorito se acomodaba tan bien al escondite como el uso por primera vez de la porra.

Escribí un largo poema
por amor a las palabras
Robé el sueño a las hilanderas
para trincar hábil una trama

Lo leí completo de vuelta
por desperezar la garganta
pero nunca le di a mi amada
una cama o un arete de perla

Camilo tardó otros tres meses en derrotar a los tuberculosos, después de haberse modificado las reglas para sillas de ruedas, cuando las muñecas habían dejado de serlo para hacerse novias, y Venancio cobraba una bola de anís extra por guardar el secreto. Eloy escogió a Marimar, Antonio a Marifer, Fernando a Maricruz. Patricio a Mariana y los hermanos resolvieron hacer su propio veintiuno con Alizé y Bora. Poco a poco se fueron casando y el invierno del desván, cuya escarcha crea un nuevo misterio en las ventanas heladas, agrupaba el calor amoroso de las parejas, acostadas bajo el remanso de las horas que unce vida, quiere prole, mientras permanecían inmóviles con las manos cogidas. Fue el réferi, extrañado de aquel prolongado silencio, el que subió una tarde al desván y expulsó a escobazos a los matrimonios.



Lucinda Altamirano: Anochecer Alterno





ANOCHECER ALTERNO


I
Un momento de dolor
Suspende abruptamente los latidos de la existencia
Las certezas anulan despiadadamente
Los ansiados relieves y … desapareces

El dolor se mete hasta su sombra
Se percibe un gran sigilo, el pesar del enamorado
Y un destello de esperanza
Rellena las soledades del alma

Es la partida solemne
donde los espíritus flotan
En atmósferas irreales

Ahora vendrá la luz, el despertar.


II
Anochece…

Al momento del dolor
Surgen abruptamente los latidos por la existencia

Pocas certezas ofrecen despiadadamente
Los ansiados ruegos… igual desapareces.

Más dolor me invade hasta el fin
Se percibe un gran amor, su pesar por enamorado.

Anima un destello de esperanza
Volverán mis soledades del alma
A tu partida, invocaré
A los espíritus recrear
Las atmósferas compartidas

Nuevo comienzo, la luz, el despertar

Juan Carlos Gómez: La belleza del colibrí





A Gombrowicz no le sentaban bien ni el folklore ni las leyendas indígenas, pero tenía dos amigos que lo aburrían bastante cuando hablaban de estos temas. Uno de esos amigos era Canal Feijoo, ese escritor argentino que se había gastado los codos estudiando toda clase de leyendas y que había participado en una multitud de excavaciones buscando los arcanos del folklore.
El otro amigo era Odyniec, un polaco millonario que durante un tiempo le dio dinero a Gombrowicz para le beca de Flor de Quilombo: –Es culpa tuya si ahora debo soportar la últimas teorías del príncipe sobre la antropología de las tribus indígenas, le tengo alergia a esas conversaciones, me aburren muchísimo.
En cuanta oportunidad se presentaba aparecía la aversión que Gombrowicz le tenía al folklore: –¿Qué música escucha usted, Quilombo?; –Beethoven, Bach, Mozart...; –A ver, cuarto movimiento de la sexta sinfonía; –¿De quién?; –¿De quién va ser?, no va a ser de Dvorak, de Tchaikovsky, simples folkloristas.
Sin embargo, este desprecio por las tradiciones y las costumbres indígenas se le puso a prueba mientras navegaba por el río Pilcomayo rumbo a Asunción.
"Estábamos sentados en cubierta, los ojos fijos en la frondosidad de la orilla que desfilaba lentamente delante de nosotros, cuando de repente llegó volando un colibrí y se quedó suspendido temblando en el aire también trémulo después del tórrido día..., era casi invisible en el torbellino que creaba a su alrededor al batir sus pequeñas alas con tanta rapidez que casi era pura vibración"
En el momento en que Canal Feijoo se pronuncia contra ese pajarito irritante cuya belleza no le sirve de nada porque no se deja ver, la dueña de la embarcación toma la palabra para contar la leyenda del colibrí.
Y aquí viene lo curioso, en ningún otro pasaje de sus escritos Gombrowicz se detiene a recapitular leyendas indígenas, pero en este único caso la recapitula completa, en todos sus detalles. Vamos a ver entonces cómo es esta leyenda y qué puede tener de interesante para que Gombrowicz la haya distinguido tanto.
Painemilla y Painefilu, es decir, oro azul y víbora azul, eran dos jóvenes y bellas hermanas que vivían en las proximidades del lago Paimún.
Un poderoso jefe Inca se enamoró perdidamente de Painemilla con quien se casó y vivió feliz en un hermoso palacio de piedra. Cuando Painemilla quedó embarazada, el jefe Inca convocó a los sacerdotes para escuchar sus profecías. Le vaticinaron que serían mellizos, que serían muy bellos, que un hilo de oro adornaría sus cabellos desde el mismo momento de su nacimiento, pero que algo horrible se interpondría en la felicidad de la pareja.
Antes del nacimiento el gran jefe tuvo que marcharse al norte para sostener un guerra larga y cruenta, entonces le pidió a su cuñada Painefilu que acompañara a Painemilla y la ayudara. Al ver a su hermana tan feliz, tan enamorada y tan mimada por su nueva familia, una envidia muy intensa le tomó el corazón. Cuando nacieron sus sobrinos, los vio tan lindos, tan sanos y tan alegres que la víbora azul enloqueció.
Encerró a los mellizos en un cofre y lo tiró a las aguas del lago, le dijo a la hermana que sus hijos no eran seres humanos sino perros mientras le entregaba un par de cachorros, luego se sumió en un profundo y oscuro silencio, se llenó de miedo y empezó a temblar.
Painemilla no hacía otra cosa que llorar, cuando llegó su esposo y vio los perros que tenía por hijos, la encerró en una cueva oscura, la desolación se apoderó de la pareja.
Pero los mellizos no murieron, fueron hallados por un viejo mapuche que los sacó del agua y los cuidó. Al cabo de unos años el jefe Inca terriblemente entristecido, paseando a orillas del lago, vio a un par de niños jugando, ambos tenían un hilo de oro es sus cabellos.

Recordó la profecía, supo que eran sus hijos, los abrazó, los llevó a su hermosa casa de piedra, y reconstruyó con Painemilla la felicidad perdida.
Pero debía castigar a Painefilu por su traición. El gran jefe Inca tomó entre sus manos una piedra mágica y la elevó al cielo: –Ayúdame señor a hacer justicia. Que todo tu calor traspase esta piedra y que en ella se ejecute el castigo a Painemilla.
La piedra se volvió transparente, se cargó de luz y de fuego, un rayo verde salió de la piedra y buscó a Painefilu. Donde ella estaba solo quedaron cenizas... cenizas y un pequeño trocito de su corazón del que nació el colibrí que, según las tradiciones mapuches, presagia la muerte, vive inquieto y triste, como Painefilu, no se posa en ramas ni toca el follaje, tiembla de miedo como si esperase el castigo.
No puede morir de una muerte natural porque ha sido concebido por un corazón traidor, el colibrí lo sabe, por eso vive con un miedo permanente, y a pesar de su magnífica belleza, se siente apestado, evita la proximidad de todo y se eleva temblando siempre en el aire.
Su angustia lo hace temblar, y vibra tanto que sus hermosos colores se tornan invisibles; la belleza del colibrí solo se puede admirar después de muerto. El colibrí trae mala suerte, le augura a las personas no sólo el día de su muerte, sino el tipo de muerte que tendrán. Si llegara a tomar con su pico un cabello caído, el que lo perdió morirá ahorcado.
La belleza del colibrí, apestada por un crimen horrendo, tiene mucho que ver con las concepciones de Gombrowicz
"En la obra de Genet, nos encontramos con una belleza ruinosa, una belleza sucia, inferior y perseguida (...) Hay otra cosa en Genet que tiene mucha fuerza, y es que une la belleza a la fealdad. Ha mostrado, como si dijéramos, el reverso de la medalla, ha encontrado una potente unión entre el aspecto positivo de la belleza y su aspecto negro (...)"