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martes, enero 09, 2007

El libro y la cultura escrita


Adiós a la profecía de McLuhan
El libro y la cultura escrita en la aldea global

Por Juan Domingo Argüelles

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Desde hace aproximadamente cuatro décadas, cuando el canadiense Marshall McLuhan publicó La galaxia Gutenberg (1962) y firmó apresuradamente el acta de defunción de la cultura escrita, no pasa un año en el que no se anuncie (y aun se festine) la inexorable desaparición del libro.
Sin embargo, año con año, asistimos no a la verificación de tan apocalíptica profecía, sino más bien a la comprobación de que el libro no sólo no desaparece sino que se revitaliza y, para hacer más absurda la ironía, surgen nuevos sellos editoriales, grandes y pequeños, que, a contracorriente, se entregan, a la heroica o disparatada tarea de publicar títulos que, según se afirma, casi nadie compra y, lo que es peor, casi nadie lee.
Luego, si publicar libros no es negocio (aseveración que amerita el beneficio de la duda), entonces es un vicio irremediable que tiene una buena cantidad de consumidores que no han permitido que la adicción se extinga.


Nunca como hoy la profecía catastrofista sobre el presente y el futuro del libro parece tan cumplida. Son muchos –y su nombre es legión– quienes nos aseguran que, ahora sí, sin la menor duda, el libro de formato convencional, es decir antiguo, pasará a mejor vida y, junto con él, todo lo que ha sido, ortodoxa y tradicionalmente, su función como vehículo de cultura. Y ahora sí, también, a darle la razón a McLuhan sobre la decadencia del "hombre tipográfico" y a vivir felices en ese estadio de civilización que el canadiense caracterizó en la imagen de su tan famosa "aldea global", de la que hizo anunciación en La galaxia Gutenberg y acerca de la cual insistiría, hace treinta años, en War and Peace in the Global Village (Guerra y paz en la aldea global).
A la era tipográfica sobrevino la era electrónica y, como un paso superior a ésta, ahí donde se detuvo McLuhan, o donde la muerte lo detuvo, en 1980, se nos abrieron los cielos ni más ni menos que del paraíso de la Era Digital.


Los entusiastas predicadores de la tecnología digital que, por lo general, suelen confundir la acumulación de datos con el conocimiento y la erudición con el saber, oponen al viejo concepto cultura, el "insurgente" término información y hablan de las muchísimas ventajas que significa el disponer de tantísima información, sin admitir que en cuestión de libros no todo se reduce a lo informativo.

En un alarde de obstinado desprecio, hay quienes insisten en la insistencia de McLuhan y, no obstante el fracaso de sus predicciones a lo largo de casi cuarenta años, nuevamente dan por muerto al libro (y por extensión a la escritura) como fundamento de la cultura, y nos aseguran que esta vieja pieza de los museos que son hoy las librerías y las bibliotecas, nada tiene que hacer frente a las computadoras personales y, más recientemente, frente a la Internet, en el mundo perfecto de la Aldea Global. Su fe ciega en la información y en la tecnología se ha convertido en el pilar de una nueva religión que, con frecuencia, se fundamenta en el dogma y rechaza todo cuestionamiento racional.

Una de las más pertinentes objeciones, en este ámbito, es que el concepto político de la aldea global olvida de pronto a las muchas aldeas periféricas, marginales y perdidas que no cuentan ya no digamos con computadoras, sino simple y sencillamente con energía eléctrica. "Jacques Attali –recuerda Carlos Fuentes en su libro Tres discursos para dos aldeas, 1993)– contrasta los ‘nómadas veloces’, que portan consigo sus señas de identidad (fax, computadora, jet) a los ‘nómadas lentos’ que caminan con sandalias y montan burros o camellos. Provenientes de las antiguas periferias del Occidente, estos excéntricos introducen no sólo un contraste sino, acaso, una contradicción diaria en el funcionamiento suave y eficaz de una maquinaria de integración que Robert Reich define como ‘la red global’, excluyente de particularidades nacionales."


En otras palabras, para creer en ese universo ideal y despersonalizado de la famosa aldea global y en aras de la vasta información –tan vasta, a veces, como inútil–, sus predicadores se olvidan ni más ni menos que de la cultura. Pero en virtud de que el santo profeta McLuhan lo dijo, debemos creerle y repetir con él, más aún en nuestros días, que "lo que comenzó como una ‘reacción romántica’ hacia la integración orgánica puede o no haber acelerado el descubrimiento de las ondas electromagnéticas. Pero es cierto que los descubrimientos electromagnéticos han hecho resucitar el ‘campo’ simultáneo en todos los asuntos humanos, de modo que la familia humana vive hoy en las condiciones de ‘aldea global’. Vivimos en un constreñido espacio único, en el que resuenan los tambores de la tribu. Por ello, la preocupación actual por lo ‘primitivo’ es tan banal como la preocupación del siglo XIX por el progreso, y tan ajena a nuestros problemas." ¡Sí, señor!

Libros y revistas sin páginas a través de las computadoras y talleres literarios por Internet. Esto es lo que ya hay, y mucho más lo que nos prometen para el futuro inmediato, tan inmediato que toda predicción sale sobrando, porque, para decirlo pronto, con el fin del milenio asistimos a la muerte del libro. Así, sin más. Los más anhelados sueños de la ciencia-ficción hechos verdad.
Todo esto tiene que ver, indudablemente, con el presente y el futuro de la literatura (incluida la poesía), y con el presente y el futuro de los modos de apreciar, compartir y difundir la experiencia literaria y poética. Pero contra lo que se dice, estamos muy lejos de la desaparición del libro convencional y del fin de la cultura escrita; ello, pese a la afirmación de que la era electrónica ha alcanzado su estadio superior con la civilización digital, cuya prueba más concreta es la lectura y la escritura de libros sin páginas, a través de la pantalla en la Internet. El libro convencional goza de perfecta salud, por más que los entusiastas de los medios digitales concluyan que, a partir de ahora, ha dejado de ser necesaria la interacción estrecha entre las personas y los libros, puesto que para eso están las pantallas de las computadoras personales y de los aparatos de televisión en la sucursal de la aldea global de cada casa y de cada oficina.
Precisamente, en un libro que, por añadidura de la ironía, lleva por título Los demasiados libros, Gabriel Zaid nos advirtió: "Nos quejamos de la confusión de lenguas, de la variedad de conversaciones, porque soñamos con la atención universal, inabarcable para nuestra finitud. Pero la cultura es una conversación cuyo centro no está en ninguna parte. La verdadera cultura universal no es la utópica Aldea Global, en torno a un micrófono; es la babélica multitud de aldeas, todas centros del mundo. La universalidad asequible es la finita, limitada, concreta, de las conversaciones diversas y dispersas."


Si han pasado casi cuarenta años desde que el profeta McLuhan sentenció la extinción del libro y el fin del tiempo y el espacio lineales, y el libro es un muerto saludable que todavía no termina de morir, ¿será precisamente el perfeccionamiento de los procesos digitales el que le dé el tiro de gracia? Y si, por cómica ironía, McLuhan no mató bien a sus muertos (el libro y la tipografía), a través precisamente de un par de libros (La galaxia Gutenberg y Guerra y paz en la aldea global), ¿por qué estar tan seguros de que, nuevamente, a través de un libro (Ser digital, 1995), un heredero de McLuhan, Nicholas Negroponte, acertará, ahora sí, ahí donde el primer profeta no las pudo?


No deja de ser gracioso el hecho de que los enterradores del libro usen a éste para decirnos que publicar libros no tienen ningún futuro ni ningún sentido. Si tan seguros están de que el libro no sirve como vehículo cultural, ¿por qué publican ellos un libro para decirnos que los libros están en vías de extinción?, ¿por qué no dejan esas palabras únicamente en la pantalla?
Para decirlo pronto, el optimismo recalcitrante de los profetas digitales que auguran la muerte del libro se funda en varias mentiras y en una serie de medias verdades que, en el momento de ser analizadas, revelan su inconsistencia. "Ni las computadoras más veloces dan la perspectiva de conjunto que puede dar el registro rápido de un libro, con la misma facilidad. Uno se impacienta, explorando los archivos de una computadora: no es tan fácil hojear el contenido."
La anterior y más que acertada observación es de Gabriel Zaid. Sin embargo, Nicholas Negroponte, fundador y director del Laboratorio de Medios del Massachusetts Institute of Technology (MIT), luego de confesar, sin más, que no le gusta leer ("Espero, mi estimado lector, que la lectura de este libro le interese y lo atrape. Y se lo está diciendo alguien a quien no le gusta leer"), asegura en Ser digital que no tenemos que esperar el futuro del libro sino celebrar su presente, el cual se halla en las pantallas de las computadoras y no en los estantes de las librerías. Festeja, con entusiasmo, lo que él llama, orgullosamente, los libros sin páginas, porque, según su experiencia y convicción, es más fácil, y mejor, leer y escribir en las pantallas, mientras que "en un libro impreso, las frases, los párrafos, las páginas y los capítulos se suceden en un orden específico, determinado no sólo por el autor, sino también por la construcción física y secuencias del libro mismo", y es por ello que "a pesar de que un libro puede ser aleatoriamente accesible y sus ojos (los del lector) pueden recorrerlo al azar, el mismo está siempre limitado por los confines de las tres dimensiones físicas".


"Éste no es el caso –concluye con alborozo– en el mundo digital. El espacio ocupado por la información no está, de ninguna manera, limitado a tres dimensiones. La expresión de una idea, o una secuencia de ideas, puede incluir una red multidimensional de indicadores que apuntan hacia futuras elaboraciones o exposiciones, que pueden ser llamadas o ignoradas. Hay que imaginarse la estructura del texto como un complejo modelo molecular. Se pueden reacomodar trozos de información, ampliar oraciones y dar al momento las definiciones de las palabras… Estas interconexiones pueden ser incluidas o bien por el autor en el momento de la ‘publicación’ o, más adelante, por el lector, cuando éste lo considere oportuno."


Lo que revela este alborozo de Nicholas Negroponte es que no tiene ni la más remota idea de lo que es un libro de literatura ni mucho menos de poesía, lo cual es previsible si él mismo se define como alguien a quien no le gusta leer. Por ignorancia o por incapacidad, confunde las cosas y cree que todo se reduce a información y tecnología cuando, en el caso de la literatura y en particular de la poesía, lo fundamental es la emoción que abre las puertas a verdades insospechadas por aquellos que desdeñan todo lo que no tenga el carácter de utilidad.
Al igual que Negroponte, son muchos los que con él creen que la cultura escrita, a partir de ahora, tiene que ser de otro modo (sin decirnos exactamente cómo) y que el libro cambiará tan radicalmente que su inmediato futuro será desaparecer.

En El último juglar, las Memorias de Juan José Arreola escritas por su hijo Orso, el autor de La feria hace la siguiente reflexión: "Hace poco en Bellas Artes, dije que Juan Rulfo es un escritor imposible, lo aseveré con la convicción de que la mayoría de los escritores de hoy son posibles, se repiten, escriben por oficio, participan con ganancias en el mercado editorial, que bien manejado se convierte en una industria próspera. ¿Para qué escribir algo inferior a lo que se escribió la semana pasada, el año pasado? En ese sentido se ha perdido el gusto literario por aproximar a la literatura con el arte, con la idea de creación. En mi caso, no escribo para no repetirme, ni para publicar textos inferiores a los que ya publiqué. ¿Qué caso tendría? Estamos llenos de libros que no hacen falta y faltan los autores y los libros capitales para que eso que entendemos como cultura occidental no se pierda en los estrechos laberintos de las computadoras, que en la mayoría de los casos han sido programadas por hombres falibles; tal es el caso de Deep Blue, la computadora campeona de ajedrez, y de Internet que, fuera de los usos científicos y académicos útiles para la humanidad, corre el riesgo de convertirse en el basurero de la estupidez humana."


A decir de Eco, no debemos confundir información con formación ni poner en un mismo plano el libro de lectura con las obras escritas de consulta (diccionarios, manuales, enciclopedias, etcétera), pero, sobre todo, no debemos confundir lectura y cultura con información y tecnología. A su juicio (un juicio, por lo demás, enteramente confiable), el libro que tiene fin y principio y que no se lee en un punto específico de consulta, tiene larga vida, aun en el próximo milenio.
Si todo este cúmulo de razones no bastara, habríamos de prestar atención a las razones pragmáticas que ofrece Gabriel Zaid: "La televisión y la prensa son tan caras que ni siquiera pueden vivir del público: viven de los anunciantes. El cine, la prensa, la televisión, requieren públicos de cientos de miles para ser costeables. Los libros, sin anuncios, se pagan con unos cuantos miles de lectores. No se ha inventado nada más barato para dirigirse a tan poca gente."
Es claro y evidente que los libros que pueden ser reemplazados por un CD y cuyo mejor futuro se encuentra en Internet no son precisamente las obras de creación literaria (llámese cuento, novela, poesía, ensayo, etcétera), sino, sobre todo, los libros donde la búsqueda temática (sintetizada por lo demás) resulta un acto mucho más cómodo que recorriendo la páginas de enormes volúmenes a los que a veces no se les encuentra sitio en donde ponerlos.
La literatura convencional, por más que se piense lo contrario, tiene su mejor vehículo en el libro convencional y quienes, en virtud de los avances digitales, auguran la muerte del libro, tal y como hoy lo conocemos, lo único que revelan es que, al igual que Nicholas Negroponte, jamás fueron afectos a leer y que, entre las opciones de ver una pantalla (sea la del cine, la de la televisión o la de la computadora) y abrir las páginas de un libro, digamos Los miserables, prefirieron siempre la primera.


La invención del libro, con las características básicas que le conocemos ahora, es decir el codex, en sustitución del rollo, data de los primeros siglos de nuestra era. Inclusive desde el siglo I, según cuenta Svend Dahl, en su Historia del libro, hay elementos para suponer que, junto con el rollo de papiro, comenzó a coexistir el códice de este mismo material que se perfeccionará hacia el siglo IV con la utilización del pergamino.


Aunque en la antigüedad era del todo normal y cotidiano el uso de los rollos, uno de sus inconvenientes fundamentales era que, si se quería consultar algún párrafo particular, se precisaba de ser desenrollado prácticamente en su totalidad, lo cual resultaba sumamente incómodo sobre todo si se trataba de uno que tuviera vastas dimensiones.


Vistas las cosas así, lo que el nuevo formato de los libros sin páginas plantea, a partir de las pantallas es, en gran medida, volver a los largos rollos de la antigüedad a través, oh preciosa ironía, de los avances tecnológicos. Por mucha rapidez que tengan las modernas máquinas para llevarnos al párrafo deseado, nunca igualarán, en un libro de lectura, la maravillosa facilidad y el precioso juego de hojear un libro y detenernos ahí, al capricho nuestro, y volver a la página anterior en cuestión de segundos, sin ningún otro tipo de energía que el de nuestras manos.
Si la evolución del libro nos ha llevado a suponer que ya no se precisará del arte de imprimir, sino tan solo del ejercicio de consultarlos en la pantalla, o copiarlos, fragmentariamente, en nuestra impresora personal, más que a una visión de conjunto de las cosas, a lo que hemos llegado es a una parcialidad reduccionista y pobre en la que jamás podría alcanzarse a apreciar una totalidad.
Si las grandes y pequeñas imprentas, las grandes y pequeñas librerías y las grandes y pequeñas bibliotecas hicieron del libro un elemento fundamental de la vida cotidiana en lo que se refiere a la transmisión de cultura, parecería que tanto imprentas como librerías y bibliotecas dejarían de tener sentido en un mundo digitalizado donde la información ya no precisaría ni de tirajes masivos ni de enormes espacios para acumular los ejemplares. Bastaría con una serie de computadoras personales para tener acceso a todo lo que pudiera desearse en materia de información. Se olvida, hemos de insistir, en que no todo en el libro es información, sino también sensibilidad, emoción, inteligencia, experiencia e incluso elocuencia de quien lee. Lo dijo recientemente Ricardo Garibay, con relación a sus libros: "Si mi interlocutor es limitado, mi vida va a ser sumamente limitada: Si mi interlocutor es un hombre dotado de genio, mi vida va a ser poco menos que genial."


Los que se alegran del supuesto futuro del libro que acabará, dicen, siendo sustituido por las pantallas y, en especial, por la Internet, son personas a las que jamás les hizo gracia leer, gente que siempre tuvo más inclinación por la televisión que por el libro y, en general, personas cuya imagen del paraíso son los videojuegos y la Internet.


Los más convencidos de los beneficios tecnológicos, por el simple hecho de ser tecnológicos, suelen pensar que todo cambio de este tipo significa un adelanto en el sentido de facilitarles las cosas y de ofrecerles mayor información, pero desestiman que, a lo largo de la historia, la dificultad conlleva en sí misma un necesidad de esfuerzo que sublima los sentidos, y que el exceso de información no equivale a inteligencia ni a mayor preparación frente a la vida.
En 1974, en Acapulco, durante el Encuentro Mundial de la Comunicación, el "ingenioso, petulante, autoritario y egocéntrico" Marshall McLuhan (calificativos consignados por sus biógrafos), además de contar varios chistes ilustrativos de la forma y el fondo, del medio y el mensaje, aseguró lo siguiente, con entero convencimiento: "Toda tecnología mejora algo. La tecnología de Gutenberg creó un público porque hizo posible que todo el mundo se convirtiera en lector; no había audiencias antes de él. Xerox lo dejó atrás y convierte a todo el mundo en editor. La tecnología Gutenberg hace de cualquier gente un lector, la tecnología Xerox lo vuelve editor, y pone en apuros al libro, como dicen."


Si hacemos un análisis objetivo de las cosas, no resulta extraño que en la actualidad los jóvenes estén más interesados en conocer el mundo a través de las pantallas que por medio de los libros. Y no resulta extraño porque, frente a otros elementos de juicio y de sensibilidad que sólo se subliman con años de formación y ensayos de experiencia, los medios de información, y los teóricos de la comunicación de masas, han despreciado siempre al libro, erigiendo un pedestal a la equívoca ley del menor esfuerzo, cuyos principios son la facilidad, la abundancia (o el exceso) y la rapidez.


En Ser digital, Nicholas Negroponte lo dice sin lugar a la duda: "El desafío para la próxima década (es decir para los diez primeros años del siglo XXI) no es sólo darle al usuario pantallas más grandes, mejor calidad de sonido y dispositivos de entrada gráfica de uso cada vez más sencillo. El verdadero reto será fabricar computadoras que conozcan al usuario, que aprendan a detectar sus necesidades y a comprender su lenguaje verbal y no verbal."
Según dice Negroponte, con obvia fascinación, a partir del año 2000, Intel venderá más de cien millones de computadoras al año, cifra reveladora si consideramos que en 1972 apenas había 150 mil en todo el mundo. Hace treinta años "utilizar una computadora al igual que pilotear una nave espacial y hacerla alunizar, estaba limitado a aquellos pocos privilegiados especialmente capacitados en la casi magia necesaria para conducir esas máquinas, que solían no tener lenguaje o utilizaban uno muy primitivo".


El escaso interés de los jóvenes por los libros tiene que ver, también, con una euforia tecnológica que no ha sido capaz de diferenciar, culturalmente, lo nuevo de lo necesario, lo novedoso de lo todavía útil y vivo. (Lo cual, sea dicho de paso, sorprende en el caso de un McLuhan, quien sí solía leer y tenía un amplio conocimiento de los autores clásicos.) Dicha euforia ha impedido comprender que lo que suele denominarse "el lenguaje del futuro" lo es tan solo para una parte de la vida que sólo ingenua o torpemente puede considerarse sustituto del libro y de la rica y actuante cultura escrita.


Hacia el final de su Historia del libro, Svend Dahl, quien fuera director de la Biblioteca Real de Copenhague, asevera: "De vez en cuando se oyen en nuestros días voces pesimistas que vaticinan que el libro, dentro de un futuro inmediato habrá terminado su función, derrotado por los diarios y semanarios, el cine, la radio y la televisión. (Entonces, Svend Dahl, en la primera mitad del siglo XX, ni siquiera imaginaba la masificación de los procesos digitales.) El que la lectura de muchas personas nunca va más allá de los periódicos o de la prensa ilustrada o quizá se limite a mirar las estampas, es un hecho tan innegable como que el cine, la radio y la televisión ocupan gran cantidad de tiempo libre. Con la elevación del nivel de vida, irá en aumento el ocio, pero nadie puede saber si ello resultará en beneficio del libro. Nuevos descubrimientos técnicos en el campo de la llamada ‘comunicación de masas’ podrían convertirse en sus competidores más peligrosos que los ya existentes, por lo que no puede buscarse ningún paralelo tranquilizador en las épocas anteriores. No obstante, hay razones para creer que la historia del libro no acabará con el fin del siglo XX… Habrá siempre una misión para este práctico medio de comunicación que posee la ventaja esencial sobre todos los demás de no ser pasajero como ellos, sino un perdurable depósito de pensamientos y saberes, acciones, sentimientos y fantasías de la humanidad, siempre dispuesto a abrirse de nuevo."


Si en la apreciación de McLuhan, dentro de la aldea global el libro sería venerado como delicada pieza de museo y el hombre tipográfico, en caso de ser recordado, lo sería bajo la condición de ser poco menos que un fósil, hay un alto grado de felicidad en saber que nada de esto, luego de casi cuatro décadas, se ha cumplido y muy por el contrario cuando la profecía parece más realizable, el libro no ha perdido su función incluso a pesar de los graves yerros y los grandes absurdos de los mismos que intervienen en el universo editorial y librero.


El fracaso de los denominados "audiolibros" constituye uno de los ejemplos fallidos más aleccionadores, en el intento de "adecuar" un objeto perfecto que, por su misma definición, no precisa de adecuación alguna: a los verdaderos lectores no les interesa oír un libro sino leerlo. Y los que no son lectores, ni lo oyen ni por supuesto lo leen. Otro caso de "adecuación" fallida es el que consiste en dar simple información encapsulada y esquemática, previamente digerida, para que la gente tenga la equívoca idea de que posee cultura; una cultura epidérmica, de la información, y no una de la formación; un libro para no-lectores cuya mayor trampa está en hacerle creer a la gente que sabe porque se le ha dado una concentración de datos sin espíritu, olvidando aquella famosa sentencia de Oscar Wilde que asegura que cultura es todo aquello que nos queda luego de haber olvidado todo cuanto hemos leído.


"Hoy por hoy –decía Alfonso Reyes– estamos tejidos en la sustancia de los libros mucho más de lo que a primera vista parece. Aun los rasgos más espontáneos de nuestra conducta y aun nuestras más humildes palabras tienen detrás, sepámoslo o no, una larga tradición literaria que viene empujándonos y gobernándonos. En verdad, la cultura misma en que vivimos, la cultura que disfrutamos y gracias a la cual existimos dentro de nuestra sociedad, es inaccesible, en su totalidad, a todos y cada uno de nosotros. Sólo está en los libros. En cuanto al paso de los caracteres manuscritos a la imprenta, representa la máxima comodidad y la difusión democrática."


El verdadero problema del libro en la actualidad es otro y no el de su desaparición por culpa de las nuevas tecnologías. Gabriel Zaid ha señalado esto de manera esclarecedora. Se habla, por ejemplo, de un marcado desinterés por la lectura, pero "si todos los que quieren ser leídos leyeran, habría un auge nunca visto, porque nunca jamás tantos millones de personas habían soñado con publicar un libro. Pero el narcisismo compartido del ‘si me lees, te leo’ degeneró en un narcisismo que ni siquiera es recíproco: no me pidas atención, dámela. No tengo tiempo, ni dinero, ni ganas de leer lo que publicas; quiero tu tiempo, tu dinero, tus ganas de leer. No me aburras con tus cosas, dedícate a las mías".


En este mismo sentido, "el problema del libro no está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir… La gran barrera a la difusión del libro está en las masas de privilegiados que fueron a la universidad y no aprendieron a leer un libro…"


El verdadero problema del libro está en el mismo sistema educativo, donde son escasos los individuos que consiguen transformarse en lectores; un sistema, donde, para decirlo con el gran escritor húngaro contemporáneo Stephen Vizinczey, sólo los lectores de sensibilidad indestructible pueden sobrevivir a la educación sobre literatura. "Paul Goodman creía –cuenta Zaid– que los niños pueden aprender a leer espontáneamente; que el problema está en que la escuela les quita el apetito. Con su ironía socrática de maestro de primaria, decía que si los niños fueran a la escuela desde que nacen, para que les enseñaran a hablar, una buena parte de la población sería muda o tartamuda."

En conclusión, el verdadero problema del libro radica en los miles de personas que quieren ver publicados sus textos pero que no quieren leer nada que no sea lo que ellos mismos escriben. Lo cual queda ilustrado en la gigantesca multitud de colaboraciones y originales que reciben las revistas y las casas editoras y las poquísimas suscripciones y la muy poca demanda de ejemplares que reciben ambas a cambio.


Así, por ejemplo, una buena parte de los universitarios no piensa en la lectura como un placer, sino que de antemano considera que "leer es difícil, quita tiempo a la carrera y no permite ganar puntos más que en la bibliografía citable"; en cambio, publicar "sirve para hacer méritos".
En su libro La fiebre de los diplomas, Ronald Dore nos advierte sobre esta innegable verdad: que no toda la escolarización es educación, pues una gran parte de ella tiene que ver tan solo con la búsqueda de cualificaciones; tendencia que aumenta cada día hasta llegar a ser una búsqueda tediosa, aburrida, angustiosa, destructora de la curiosidad y la imaginación, en suma antieducativa y reñida con todo lo que signifique placer, incluido el de la lectura.


Todo lo cual conduce a un sector considerable de universitarios no a la preocupación por el saber sino a la búsqueda de que le certifiquen la sabiduría. En otras palabras, su propósito no es "el conocimiento en sí mismo, ni para su aplicación constante más tarde en una situación de la vida real, sino con el único fin de repetirlo de una vez por todas en un examen. Y el aprendizaje y la repetición son únicamente medios para un fin: el de conseguir un certificado que es un pasaporte para un empleo codiciado, una situación, una renta".


Privilegiar este tipo de "saber", en detrimento de lo placentero y extracurricular, se ha vuelto una costumbre que es otro de los graves problemas del libro. Jorge Ibargüengoitia lo dijo con perfecta claridad: la única razón lícita para leer obras literarias es el goce que producen, pues, por otra parte, "hay que tener en cuenta que los beneficios que produce la lectura de obras literarias son muy tenues; en lo moral, muy dudosos, y en cuanto al conocimiento que da de la vida, inaplicables. Nunca he oído a nadie decir: ‘Me salvé porque apliqué las enseñanzas contenidas en Fortunata y Jacinta.’"
Existe una pequeña multitud, una enorme minoría que, más allá de procesos digitales y de nuevas tecnologías, más allá de las profecías apocalípticas de los McLuhan y los Negroponte, más allá del mundo feliz de la facilidad, la abundancia y la rapidez de la comunicación de masas, y más allá del burdo concepto curricular de "utilidad" que conlleva un sistema educativo equivocado, le sigue dando sentido al libro y a la cultura escrita y puede, liberadoramente, decir, con Gabriel Zaid, lo que siempre, en las casas y en las escuelas, nos han repetido como una acusación y como una culpa, pero que jamás nos han reconocido como una virtud: que "leer no sirve para nada: es un vicio, una felicidad".

Bibliografía

Arreola, Orso, El último juglar. Memorias de Juan José Arreola, México, Diana, 1998.
Dahl, Svend, Historia del libro, México, CNCA/Alianza Editorial, 1991.
Dore, Ronald, La fiebre de los diplomas, México, Fondo de Cultura Económica, 1983.
Fernández Collado, Carlos, y Roberto Hernández Sampieri, Marshal McLuhan: el explorador solitario, México, Grijalbo/ Universidad Iberoamericana, 1995.
Fuentes Carlos, Tres discursos para dos aldeas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993.
Ibargüengoitia, Jorge, Autopsias rápidas, México, Editorial Vuelta, 1988.
McLuhan, Marshall, La galaxia Gutenberg, Madrid, Aguilar, 1969.
McLuhan, Marshall y Quentin Fiore, Guerra y paz en la aldea global, Barcelona, Martínez Roca, 1971.
McLuhan, Marshall y Eric McLuhan, Leyes de los medios: la nueva ciencia, México, CNCA/Alianza Editorial, 1990.
Negroponte, Nicholas, Ser digital, México, Océano/Atlántida, 1996.
Vizinczey, Stephen, Verdad y mentiras en la literatura, México, Grijalbo, 1988.
Zaid, Gabriel, Los demasiados libros, México, Océano, 1996.
Juan Domingo Argüelles (Chetumal, Quintana Roo, 1958). Entre sus más recientes libros están: A la salud de los enfermos (1995), Premio Nacional de Poesía Aguascalientes; Animales sin fábula (1996); Las aguas del relámpago (1997) y La última balada de Francois Villon. También en 1998 publicó la antología El poeta y la crítica.

1 comentario:

Juan Joaquín Pérez-Tejada dijo...

Juan Domingo Argüelles pasa por una línea muy delgada entre la lectura y la escritura. Queriendo ganar a deptos para la lectura le echa la culpa a la escritura y a los demasisados libros. Luego, a apesar de ser poeta, pasa un poco desparecibido el problema de la lectura de poesía: la literarura incluyendo a la poesía, menciona en su texto. Aquí lo preocupante son dos cosas (poco me importa el futuro del libro es una cuestión meramente comercial que la internet está echando abajo como tiemblan las editoras de discos y la televisión) que no se ven en realidad el problema de que cada día se lee menos poesía y se publica menos también (porque no se lee ¿?, porque no se vende)Y el problema de la escritura, la élite de investigadores universitarios y sus textos para conseguir méritos y puntos para el SIN, no se puede comparar con la cantidad de personas que saliendo de la escuela no vuelven a tomar un lápiz o una pluma entre sus dedos. Ojalá las personas comunes escribieran más cartas, más diarios y esto lo están haciendo, los que tiene la psoibilidad, en el internet. ¿La calidad literaria dónde queda? Cioran dice que hay que escribir libros de lo que no le confesaríamos a nadie. Un saludo.