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miércoles, enero 31, 2007

Ignacio Garcìa: El Extraño


El Extraño
Ignacio García

Dedicado a quien sabe que el Destino ha ya abandonado al hombre, por el amor de una mujer.

Cuando uno termina de leer El extraño de Albert Camus --y el espíritu del lector posee una sensibilidad a marca de piel--, no es nada difícil enamorarse del Meursault, el personaje principal de esta novela profunda y señera del escritor argelino. He leído el libro unas cinco o seis veces. Me emparenté (y casi convertí) a Meursault desde la primera vez que lo leí; si bien, no reconocí en su carácter fascinante (y a través de todas las páginas) el porqué se le llamaba así: El extranjero.

Una segunda leída, y la ayuda de lo poco de francés que aprendí en algunas tardes veraniegas, me ayudó a comprender, con amplitud inconmensurable, el sentido existencial de este personaje.

No sé a qué traductor (seguro fue uno de esos que pasan como escritores cuando en realidad son profesores de facilosofía y letras) se le ocurrió traducir L’étranger (título original del libro), y --en vez de leer primero la novela para emitir su juicio de traducción-- le endilgó a este libro el impreciso título de El extranjero, cuando en realidad a lo que Camus alude es a un Extraño; a El extraño. Así, el título, bien calibrado, cambia y cambiará totalmente la visión para quien lea esta obra.

Para saber a qué es Meursault un “extraño”, basta leer las primeras líneas del libro: “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero eso no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.” (1).

El no conocer, el no ser consciente de la fecha de la muerte de alguien tan cercano, parece mostrar a un Meursault de sentimientos despiadados; un insensible de acuerdo a los parámetros de una sociedad empeñada en encajonar la muerte de un ser querido, como la obligación de sentirse, más que condolido, desamparado y sin consuelo.

Pero Meursault no es nada de eso; si es “extraño” es en la medida de un ser indiferente a una realidad que le resulta absurda e inabordable. Es un alienado, no en el sentido de la insanidad psicológica, sino porque el progreso tecnológico le ha arrancado el placer de la convivencia y decisiones colectivas y le han convertido en un "ajeno" dentro de lo que debería ser su propio entorno, ahora invadido por una moralina burguesa.

Algunos críticos aluden a Meursault como la personificación de la carencia de valores del hombre. Se equivocan quienes tal afirman. Se desgarran las vestiduras (ojalá fueran con pectoral y campanillas) los que afirman que el personaje de Camus es intransigente a los valores de la sociedad porque ha sido degradado por el absurdo de su propio destino. Fallan, también, porque realizan una lectura viciosa: la misma historia burguesa de sus vidas, llenas de confort y controladas, éstas sí por el absurdo cuya marca principal es el consumismo industrial que no sacia para nada sus más fervientes deseos de identidad, no les permite ver más allá de sus convencionalismos sociales ramplones.

La “extrañeza” de Camus va contra esa corriente que considera que uno no es hombre si no se matrimonia, si en vez de la amistad opta por la soledad y el silencio, si reniega de la superación personal estilo Deepak Choppra, si no declara (por lo menos una vez en su vida) que ha sido rehén del american dream, y que, en vez de ello, se interesa por explorar sus propios valores internos –ver si no acaso es ahí dentro, que la superación íntima supera la fama del escaparate.

Para colmo, dos hechos hacen parecer (delante de esa sociedad delatora, murmurante, hipócrita) a Meursault como un monstruo: el velorio de su madre y el asesinato sin razón de un árabe, amigo de un amigo de Meaursault llamado Raymond.

La costumbre de valores añejos exige “reverencia” en los velorios; dos de ellas son: no fumar durante el mismo, y beber (si se desea) sólo café negro. Con éstas y otras reglas sin fundamento, aquella sociedad da el visto bueno y califica si una persona es piadosa o no lo es. Pero Meursault rompe esas dos reglas: fuma y toma café con leche. ¿Cómo puede ser esto así? –-se pregunta la masa de plañideros que asisten al duelo. Más tarde, cuando su abogado le interroga en la cárcel, preguntará a Meursault --por razones “importantes” para el juicio—si él amaba a su madre; él contesta: “Sin duda quería mucho a mamá, pero eso no quiere decir nada”.

¿Y el luto? Extraño al convencionalismo social de que la muerte de alguien pueda atar sus más preciados instintos, para Meursault la pena y el dolor se pasa yendo con una muchacha-amiga al cine a mirar una película de Fernandel (donde obviamente hay que reír); ir al balneario con ella, y frecuentarla con el sólo propósito de no estar solo. Cuando un día Marie Cardona (así se llama la amiga) le pregunta “¿Me amas?”, el contesta que “No”. Pero que si quiere casarse con él, “le da igual”.

Luego, en una acción --que el personaje no sabe cómo sucedió, pues dice: "el sol era muy brillante y he apretado el gatillo”, Meursault es llevado a juicio por un crimen sin base alguna que no sea aquella de que “el sol me deslumbró”. El juicio está lleno de tanto morbo, que le da la razón a él de lo absurdo que puede resultar una moral como la que le rodea y a la que es “extraño”, ajeno.

Porque en el juicio, no hay de otra: el pago de su crimen es la condena a muerte. El jurado lo sabe, la muchedumbre lo sabe, él lo sabe, la prensa lo conoce y divulga. No hay más. No obstante (ya su muerte a la vuelta de la esquina) el público, la chusma, el jurado, se empeñan en conocer no sólo los motivos del asesinato, sino saber de su conducta anterior (beber café con leche y fumar).

El juicio se convierte en la cima de la moral y los valores detestados por Meursault, y no en el hecho capital de que en unos días él estará ya muerto. Si bien ha cometido un crimen, ya la justicia se ha encargado de cobrársela. ¿A qué viene entonces tanto morbo sobre su vida pasada si ésta ya no importa más que en la medida de verlo colgado y la multitud lo despida con aclamaciones de odio?

La “extrañeza” de Meursault, aun en medio de un jurado que lo ha declarado culpable y con destino a la horca, se mide en este párrafo sublime de Camus, en donde el juez (mostrándole un crucifijo) le espeta:

“«Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor.»

Iba [dice Meursault ] a responder que eso sucedía justamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo también era criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme. Entonces el juez se ha levantado como si quisiera indicarme que el interrogatorio había terminado. Se ha limitado a preguntarme, con el mismo aspecto de cansancio, si lamentaba el acto que había yo cometido. Reflexioné y dije que más que pena verdadera sentía cierto aburrimiento. Tuve la impresión de que no me comprendía. Pero aquel día las cosas no fueron más lejos”.
(2)

Por otro lado, Meursault se niega a recibir al capellán para confesar “sus culpas”. Él es ajeno a ello también. Para él la felicidad (si es que existe y puede alcanzarse) se halla dentro de uno mismo: la vida carece de sentido si no se le permite a uno estar solo, triste, alegre o extasiado, pero por uno mismo y no por el mecanismo impulsado por una serie de rarezas creadas por una sociedad empeñada en un progreso inservible.

Dentro de su obra literaria, Meursault, no será para Camus sino el filo de muestra de un existencialismo a toda prueba; será la navaja por donde debes pasar el dedo, y que corte sin que levantes la yema: vivir el instante con serenidad y gozo a pesar de las circunstancias. Es éste, también, el sentido que Camus otorga a Sísifo en su descenso. Esa forma de vida, parecida a navaja que rebana, no puede ser sentida si no se hace uno “extraño” al discurso del dictador de nuestras ideas y pensamientos. La altura de esa calidad de vida, consciente de que la única forma de vencerla es el desprecio, nos la deja caer el mismo Meusault con una meditación desde sus prisiones, después de ser atrapado:

Después no he tenido sino pensamientos de presidiario. Esperaba el paseo cotidiano que daba por el patio o la visita del abogado. Disponía muy bien el resto del tiempo. Ha menudo he pensado entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, sin otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de Marie. Después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desgraciados que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo”. (3)

Algunos de sus pobres críticos dicen que al señor Meursault, antes de escuchar su veredicto de culpabilidad, lo condena su propia indiferencia del espíritu; que se erige como símbolo del desprecio universal por la existencia ajena. Yo afirmo que se equivocan: si existe para él un desprecio, es por el destino que le toca vivir y su forma de vencerlo es no apreciando su absurdidad, sino siendo victorioso sobre su propia hombría. El amante infeliz que vive como si nunca lo hubiesen amado y enfrenta la muerte como un hecho más de su destino, no se mata por amor sino a pesar de él. Para demostrase y demostrar a los demás que es un hombre libre, capaz de una acción humana libre y no esclavo de ella.

***
A veces, cuando el vago y profundo sentimiento de absurdidad abre las heridas de mi vida y a ella asoma el rostro del abandono, y quieren deprimirme, viene a mí –como sucede a Mersault--no la indiferencia, no el abandono, sino (desde esa luminosa prisión que se fabrica uno mismo desde sus adentros), el grito de los vendedores de diarios en el aire calmo de la tarde, los últimos pájaros en la plaza, el pregón de los vendedores de emparedados, la queja de los antiguos tranvías en los recodos elevados de la ciudad y el rumor del cielo antes de que la noche caiga sobre el puerto. Todo esto recompone para mí un itinerario de ciego, que conozco bien antes de entrar en mi cárcel. Es la hora en la que, hace mucho tiempo, me siento contento. Entonces me espera siempre un sueño ligero y sin pesadillas. Así, a la espera del día siguiente, vuelvo a encontrarme con mi destino. Como si los caminos familiares trazados en los cielos de verano pudiesen conducir tanto a las cárceles como a los sueños inocentes.

(1) Lamentablemente, también, las traducciones al español que conozco de este texto omiten el tiempo en que Camus escribió el libro: el presente perfecto. En vez de ello, los trasladores de texto han preferido el pasado del verbo: “Me preguntó”, “Me dijo”. Camus dirá siempre, por ejemplo: “Entonces Marie me ha preguntado”, “El juez ha dicho”, etc. Este sentido del presente perfecto no es otra cosa que esa convicción camusiana de vivir cada instante de la vida como si fuera el único que existiera.

(2) He utilizado para la interpretación de este texto L’ètranger, Albert Camus, Gallimard, 1974.
(3) El lector puede allegarse a la cinta titulada así El Extranjero", dirigida soberbiamente por Luchino Visconti, y la actuación nada a la zaga de Marcello Mastroianni

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Una vez más su texto me ha gustado mucho. Sobre todo, porque hace muchos años leí ese libro y no recordaba casi nada de él. La verdad muchas veces me pregunte, como toda esa gente morbosa, por qué el protagonista había matado a ese hombre. En fin, aunque sabía que Camus era existencialista creo que no lograba entender todos simbolismos que manejaba. Saludos.

Rodrigo Eugui dijo...

Estimado Ignacio:
Primeramente, felicitaciones por este excelente trabajo, que leí desde el blog de Actores Sociales. Te cuento que estoy investigando cierto problema filosófico contenido en esta fascinante -y enigmática- obra, y tu aporte me ha venido como "anillo al dedo". Sin embargo, quisiera aclarar algo con respecto a la parte final del ensayo, y es sobre el uso del presente perfecto. En el habla cotidiana, los franceses emplean este tiempo que equivaldría, en castellano, al presente simple; cuando dicen, por ejemplo "J t'ai dit", se traduciría a nuestro idioma como "te dije". Ellos casi que no emplean el pasado simple, reservándolo, casi con exclusividad, para narrar crónicas de fútbol añejas, o para la escritura con "aire épico". Por ello, pienso que Camus, al emplear dicho tiempo, tiene la intención de acercar la cotidianeidad al lector, de hacer su relato "lo más real y creíble posible". Pero esta es una mera interpretación de mi parte, que obviamente no descarta la tuya, dado que la única persona capaz de saberlo, es el propio autor. Bueno, saludos cordiales de mi parte y, reiterando, muchas gracias por publicar este ensayo.

Rodrigo Eugui (Uruguay)

Los Elementos del Reino dijo...

Estimado Rodrigo; muchas gracias por las observaciones acerca del uso del tiempo en las diferentes traducciones; personalmente, la obra en dos tomos publicada por Aguilar, me encanta... Es ahí en donde en vez de traducir como "El extranjero", el traductor lo hace (para mí con toda la razón, pues de foráneo el personaje no tiene nasda) como "El extraño".
Un fuerte abrazo desde México

Ignacio