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jueves, julio 31, 2008

Roberto Blaga: El discreto encanto de lo que sería



El inicio

July es una mujer, una cantante. De acuerdo a ella misma, talentosa, con “pegue”, carisma y un carácter que hechiza al colectivo. Pero, por esa misma inteligencia, ninguna de las cualidades anteriores la convencen de que no es sino el tiempo, las circunstancias, otros factores, los que convergen, se unen y crean el fenómeno “Cantante”: así nomás porque sí.

De su talento nadie duda. A los ocho años escribía ya sus primeras letras y trataba , a escondidas, que éstas líneas, cuadraran con las del ritmo y la armonía de su acordeón. Su máximo sueño, desde la Tijuana, donde se crió, era parecerse un día al icono Madonna, imitar (ya por no dejar) algún berrido de la Guzmán, o de perdido un rugido de la “Beoda Dormida” Lupita D’Alessio, o, tal vez, le aplaudieran ante el desafinado play-back de la insufrible Laura Flores: lo que fuera con tal de mejorarlas. Ahora, casi después de 3 años, irá a España a grabar su último y esperado álbum de canciones...rodeada de los mejores músicos, su genio mismo y uno que otro poeta que girará en torno a sus versos.

ROBERTO:
Tú hablas July


“Tengo miedo, Roberto”.

July toma su café. Lo sorbe lentamente. Se me queda viendo, y luego envía un beso aéreo al Camilo Cienfuegos que tengo estampado en mi camiseta negra.

“Tengo temor a eso que en inglés aprendí como “successfull” y tiene a su vez su significado de “salida” cuando lo lees como EXIT en el mismo idioma inglés. Mira, cuando el maestro de ceremonias, finge y me anuncia como “la cantante del momento”, no sabes el pánico que me entra: no por el público a quien manejo como se me da la gana…sino por ese énfasis hueco que implica ser “cantante del momento”, Siento que en español ”éxito” se interpreta como la apertura al triunfo; la verdad es que ya vas de salida, como un cine que se está quemando: es una opción de emergencia.
Roberto, tú eres filósofo [no lo soy, aclaro] y entiendes… ¿Verdad que agarras mi angustia? Cuando se escucha atronar “la del momento” se me hace un nudo en la garganta. Pasan por mi cabeza tantos y tantos “del momento”. ¡Quién se acuerda hoy de los Devil’s, Jordan, Mayté Gaos, Julissa, o grupillos y grupillos como KD3, Cambalache, Menudo, hasta Chamos? A veces le pido a mi hermana gemela, que cambiemos de papel, y se ponga un día en mis zapatos y yo en los de ella. Quiero sentir que es ser otro que no sea yo con la “circunstancia” encima...
¿Sabes que me hace sentir impotente, Roberto? Que la gente pida y pida una rola que no es la mía… que no la siento: yo quisiera cantar una que habita mis entrañas, llorar con ella…pero no; a huevo tengo que complacer al público y sonreír forzadamente y hacer como que disfruto eso que me piden. Jim Morrison (me acuerdo de él ahora) decía: “ es por eso que me gusta tanto la poesía: porque es tan eterna. Mientras haya gente, se podrá recordar palabras y combinaciones de palabras. Nada puede sobrevivir a un holocausto salvo la poesía y las canciones. Nadie puede recordar una novela completa. Nadie puede describir un filme, una escultura, una pintura. Pero en tanto y en cuanto haya seres humanos, las canciones y las poesías pueden continuar...”

ROBERTO interrumpe...

Claro, por eso persiste aquello que dice

— Momento de libertad interna
cuando la mente se abre y
el infinito universo se revela
y el alma es libre de vagar
buscando asombrada y confundida
aquí y allá maestros y amigos.


July ¡Eso, tú si sabes!
Pero la que yo quiero que continúe es cualquier rola cantada en el baño, una mía, que yo ame, aunque a otros les parezca una chingadera: yo quiero cantar una rola que me abra y desgarre por dentro.
Su mirada está ahora perdida. Mira hacia el mar, que para ella no parece tener límites…Por lo menos los límites que July busca. Cambia de postura y con la mirada enfoca mejor la barba de Cienfuegos.

“Mira, cuando conocí a Fratta y Joselo, me dije: “ya la hice”. Pero la frase aquella no se mueve desde entonces. Ahí está, con más hambre que nunca por “hacerla”. Luego viene lo de Lulu y el acordeón con el que regreso a mi infancia y al éxito en retrospectiva: ¿Es esto lo que buscó? O, ¿eso que trato de asir está en un inconsciente llamado “La Milagrosa”…? Te juro que al leer a Carmen (Boullosa) me vinieron un chingo de ideas juntas…. Ya sabes el resultado: hasta me confundieron con ella, lo cual fue, la neta, un honor.
No obstante, yo creo que si alguna vez me he sentido feliz fue cuando “Revolución 2000” al lado de Alexs, Jaguares y otros. Eso me llevó al lado donde las cosas toman conciencia, y el velo de la vanidad desaparece; ya sabes, güey: homenaje a Juan Gabriel, “Amores Perros” cantada en italiano, y sobre todo mi pequeño homenaje a Sabina, que fue como un grito interior para mí: “Corre, dijo la tortuga”. Porque mira que corrí y cuando me llamaron a lo de Atenco, a donde también asistió el sub-Marcos, ahí estuve con más conciencia que nunca: no recibí un centavo. Ah, pero cómo se llenó el corazón de eso que ustedes los filósofos [vuelvo a negar el epíteto] llaman “sangrar por dentro y que te alegre lo de afuera” ¿…por ai’ va ¿no?

Y, como te digo, las cosas y fatalidades convergen …Se dan solas. Dicen que “mi éxito” actual, parte de haber visitado los infiernos; y a lo mejor y sí…Te juro, yo me siento igual, así hayan llovido premios desde entonces…Incluso el Grammy; el haber , vendido más de medio millón de copias, y colocar canciones como "Andar conmigo", "Lento" y "Algo está cambiando" como dizque himnos de la música latina.

Pero, dime, Roberto, ¿cuánto va a durar esto? Yo sé que tú y otros como tú, intuyen mi pregunta y la sabrán contestar, pues a una, la ciega la luz de los foros, las voces de la lisonja y los encabezados amarillistas de quienes reciben lana para lanzar alabanza según la medida del paquete y denominación del billete.
Mira, Roberto, para mí no existe mayor cabronería interna, intimista, que haber cantado, en 2004 junto a gente para "Neruda en el corazón" y en el que estaban, ya sabes, Joan Manuel Serrat, Pablo Milanés y Ana Belén. Otra vez, las cosas buenas se con-juntaron y con ello surgió “Limón y sal” al lado de Coti y "Cachorro" López, lo que me abrió las puertas del mercado europeo: Italia, Alemania y Portugal. En mis sueños, me sigo preguntando si ese álbum vale la pena…no como medida comercial de mi bolsillo, sino como símbolo de lo que mi corazón desea. ¿De qué te vale 1 disco de platino por más de 100.000 copias vendidas, 1 disco de platino por más de 100.000 copias en España, 1 disco de oro por 100.000 copias en EE.UU. y posteriormente 1 disco de oro de Italia por 50.000 copias. ¿De qué sirve todo esto si la memoria colectiva se va a preguntar dentro de unos años … quién era esa July tan mala, y en qué pensaba la gente al comprar ese “churro” discográfico?
Te lo digo porque al analizar en una revista lo mejor del s-XX me llevé una sorpresa mayúscula al ver que, cantantes y “artistas” que yo creí insustituibles, ni siquiera aparecían dentro de los primeros 100 cantantes que la gente recordara… A la cabeza estaban los de la contra-corriente: desde Bob Dylan y los Stones, hasta Frank Zappa y Sid. Esto me hizo estrellar la cabeza en la cabeza y decirme ¿qué diablos hago yo aquí frente a un público al que tengo que complacer casi irreflexivamente?

Roberto: Faltan unas horas para que salgas al público. Tu percepción.

No es por fregar, pero es lo mismo que estar en Tijuana o LA: mismo público conocedor de la July externa, de su música pegajosa, exigente de las rolas menos significativas; la flota curiosa, alimentada por la radio y la publicidad que yo misma pago; las cifras infladas de cuánto público tuve…En pocas palabras Robot-July en espera a que su cronómetro le indique que debe salir a sonreír, bailar, y, sobre todo, la reversa: no más éxito sino el retroceso, si no es que hallo dentro de mí misma el misterio de eso que llaman fama…La Janis no la halló, tampoco Jim o Hendrix…y ya vez lo que sucedió: y lo tenían todo. ¿Salían a cantarle al público de verdad, o a ellos mismos embotados sus sentidos con heroína, cerveza y churros? Me percibo lejana y autómata, como un juego Nintendo que debe cumplir al tragamonedas…

***
JULY CALLA: Roberto casi…

July: ¿Soy la Fama, Roberto?

El éxito, la fama, son el producto de un poder que crea una falsa percepción del mundo, pues lo que llamamos realidad nos llega “filtrada”, como una báscula que de 100 kilos máximo, pasa a 200, y el sujeto sube de peso a ese ritmo. Mientras tienes la fama, y el poder para crear un éxito falso, todo va bien, pero cuando lo pierdes y sigues conservando tu visión deformante de un cuerpo que engorda como si nada hubiese cambiado, haces el ridículo.
Casi todo artista que inicia, se dice lo mismo o le pide a su mejor amigo lo siguiente: “si ves que con el tiempo la fama se me sube a la cabeza, júrame que me lo dirás”. Y se le promete. . Pasados varios años su celebridad aumenta y el cantante, comediante o lo que sea, cambia. Entonces uno le advierte. “Se te está subiendo a la cabeza. Te lo estás creyendo”. Viene lo obvio: él o ella dejamos de ser amigos. ¿Por qué? Porque mi realidad, ajena a sus ajetreos histriónicos, ya no encaja en la “realidad” que le han creado ficticiamente sus promotores “reales”. Cualquiera más o menos cuerdo sabe que la diferencia entre una persona normal y un idiota es la fama. Pero nadie se atreve a asegurarlo categóricamente porque el número de idiotas supera en mucho a los que pueden ser conocidos por el público conocedor. El fenómeno es válido para un actor, un bailarín, un escritor o un simple anunciante de jugos naturales. Obvio, tienen más oportunidad de “fama” quienes más invierten en ella….De lo que no se dan cuenta, es que ésta, envenena.

July: ¿Soy un ídolo de barro?

A tus 37 años ya la pregunta no se vale. Tienes que voltear a tu alrededor y mirar cuál es el mecanismo con el que el consumismo crea a uno de ellos: te auto-analizas y tú misma te contestas. Artistas, amigas tuyas que, gracias al dinero, aparecen en el primer lugar del hit-parade en estaciones de un ridículo poder de onda . Ya la calidad no importa, el talento menos, y la creatividad ha sido echada al bote de basura. Los inversionistas de ídolos desean recuperar a toda costa su dinero, y ese “a toda costa”, por ejemplo es comprar la primera plana de Play Boy para hacer aparecer a Tila Tequila y convertirla en la Cyber Play Boy.
Claro, hablamos de mercados más corruptos aún, en donde mujeres con tan poco talento y ausencia absoluta de materia gris, provocan que la socialité hace (hizo) aparecer a una Paris Hilton como si fuera una Marie Curie.

Hilton y Tequila podrían representar las variantes americanas de la clase ociosa y la clase trabajadora, respectivamente, de la misma caricatura femenina. Pero cada una, a su propia manera, ha inferido verdades sobre el mercado que los académicos y la industria aún tratan de comprender.
Lo mismo sucede en México, cuando miras que de pronto, un ser desprovisto de todo lo llamado “artístico” dice que “canta”, como lo hace el adefesio (para algunos, edificio) cubano llamado Niurka. Habría que preguntar al cuerpo “ese” cuánto le ha costado el calzar pies de barro. Y como ella, muchas más: cada una de ellas ha comprendido el absurdo populismo que la rodea y ha promovido sus ambiciones para sacarle provecho económico a lo que Joshua Gamson, autor de (Derecho a la fama: La celebridad en los Estados Unidos contemporáneo), llama “un cambio de la celebridad fabricada de arriba hacia abajo a una especie de celebridad lateral e hiper-democrática”.

Gracias a las nuevas tecnologías, ahora podemos ver lo que sucede cuando las personas tienen la opción de inventar su propia celebridad. Ya cualquiera que medio cante, puede con sólo 3,000 pesos mandarse a hacer su “propio” CD’s (lo que antes era un lujo). Habría que interrogar a los animalitos ingenuos de la Academia dónde, en que bodegón o cantinucha se les pueden ver sus pies de lodo.

July: ¿Puede la celebridad convertirse en una adicción?

Ya hablamos de que cuando lo quieres saber ya estás dentro. Jake Halpern escribió su “Fame Junkies” (Adictos a la fama), un libro sobre lo que hoy es una obsesión universal con lo que se llama “celebridad”. Jake , se sorprendió al descubrir que su investigación demuestran que el 31 por ciento de los adolescentes estadounidenses, honestamente, tienen la expectativa de ser famoso un día y que el 80 por ciento se cree ya verdaderamente importante sólo porque maneja un Ferrari o su padre es el CEO de alguna compañía de medio-pelo.. La cifra del mismo estudio realizado en los 50 era del 12 por ciento.

Y es que los ídolos con pies de barro, la “celebridad” y el éxito se logran hoy de forma más que familiar. Cuando la fama no es elaborada por TV Azteca o Televisa, y puesta a disposición de los pocos genéticamente privilegiados, asume contornos menos rigurosos: ya no existen las campanitas que había en la “W” para acallar al desafinado; hoy todos aprueban “salvados por la campana”. Esto se vuelve más un estado tolerante de lo cursi y deleznable y de exaltación vergonzosa que sustituye al verdadero arte. Los estándares (si los hay) se miden de acuerdo a cuánto se le puede recuperar a la “inversión” del “talento” si se le lanza al estrellato pre-fabricado, con superfluos vientos de talento.
Así, un disco “exitoso” puede surgir de —como la reciente sensación de Internet “I’ll Kill Him”, de Soko—la recámara de una joven francesa y una página de MySpace.


Obviamente, la gente siempre ha tenido delirio de grandeza (Calígula, Hitler, Bush) desde el albor de los tiempos; no obstante las posibilidades de volverse famoso eran mucho más bajas que ahora: hoy tu “éxito” y fama se puede comprar de un día para otro; basta que un jilguero radiofónico, de TV o la Internet, comiencen a “hacerte” el “fenómeno del momento” para que la adicción inicie. Punto aparte de que en la actualidad, existe un número increíblemente grande de escenarios para hacerlo; si a esto añades que el talento ya no es un requisito, estamos completos.

Remato: para que te vuelvas efímeramente famosa y adicta a la "fama" basta que te encierres en una casa, hagas babosada y media, y luego, un público de lo más aberrante, o la manipulación programada de público fabricado como aberrante, “haga llamadas” para ver quién sí y quién no “sale” del “reallity show”.
La pregunta sigue siendo ¿cuánto va a durar esto? O mejor: ¿qué concepto se tiene hoy del éxito y la fama? Una mujer se presenta como “estrella porno” porque le han grabado 8, 9 coitos en vivo. O se siente famoso el futbolista que ese día metió un gol y fue el “héroe” del equipo. Todo esto se propaga por el canal mediático, y ya eres el ídolo que la gente busca, así sea por dos horas escasas.
Y finalizo con esto: ¿No será que una baja-autoestima terrible, casi universal, nos está llevando a la búsqueda de payasos sin virtud alguna?
O estamos, inevitablemente atrapados en aquello que Fromm decía: “Naces solo y mueres solo, y en el paréntesis la soledad es tan grande, que necesitas compartir la vida para olvidarlo.

***
July se levanta. Sus músicos llegan para ir al ensayo. Nerviosa, mira su reloj. Como sea, ella sabe que poco a poco va dejando atrás los eufemismos del éxito y la fama y camina, si bien a paso lento, hacia el camino donde el proverbio chino reza “El cambio es siempre poderoso. Ten siempre el anzuelo en el agua. En el remanso donde menos esperes, hallarás un pez" .

Alejandro Aura: DESPEDIDA



Alejandro Aura, envío, dice La Jornada, lo último que escribió en su blog. Yo no lo abrí a tiempo. Espero que siga escribiendo su poesía amorosa, participando solidario de los movimientos sociales, que abra otros bares, alguna de esas galaxias que siempre aludió mirando al infinito. "En la última entrada del blog, donde se confirma la noticia y hora de su muerte (cuatro y media de la tarde hora de España y diez treinta hora de México), se lee su poema Despedida, que aquí reproducimos (Manuel Salinas A.)




DESPEDIDA




"Así pues, hay que en algún momento cerrar la cuenta,

pedir los abrigos y marcharnos,

aquí se quedarán las cosas que trajimos al siglo

y en las que cada uno pusimos nuestra identidad;

se quedarán los demás, que cada vez son otros

y entre los cuales habrá de construirse lo que sigue,

también el hueco de nuestra imaginación se queda

para que entre todos se encarguen de llenarlo,

y nos vamos a nada limpiamente como las plantas,

como los pájaros, como todo lo que está vivo un tiempo

y luego, sin rencor, deja de estarlo.

¿Se imaginan el esplendor del cielo de los tigres,

allí donde gacelas saltan con las grupas carnosas

esperando la zarpa que cae una vez y otra y otra, eternamente?

Así es el cielo al que aspiro. Un cielo

con mis fauces y mis garras. O el cielo de las garzas

en el que el tiempo se mueve tan despacio

que el agua tiene tiempo de bañarse y retozar en el agua.

O el cielo carnal de las begonias en el que nunca se apagan

las luces iridiscentes por secretear con sus mejillas

de arrebolados maquillajes.

El cielo cruel de los pastos,

esperanzador y eterno como la existencia de los dioses.

O el cielo multifacético del vino que está siempre soñando

que gargantas de núbiles doncellas se atragantan y se ríen.

Lo que queda no hubo manera de enmendarlo

por más matemáticas que le fuimos echando sin reposo,

ya estaba medio mal desde el principio de las eras

y nadie ha tenido la holgura necesaria para sentarse

a deshacer el apasionante intríngulis de la creación,

de modo que se queda como estaba, con sus millones,

billones, trillones de galaxias incomprensibles a la mano,

esperando a que alguien tenga tiempo para ver los planos

y completo el panorama lo descifre y se pueda resolver.

Nos vamos.

Hago una caravana a las personas

que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós".

Cristina Caballero: Syvial Plath: La Campana de Cristal



LA CAMPANA DE CRISTAL
El cumplimiento de un guión fatalista



Cristina Caballero Betancourt
Lecturas literarias:
La Campana de Cristal. Sylvia Plath
Dra. Alma García Alcáraz
Séptimo semestre (2008)
Círculo de Psicoterapia Analítica de México, A.C.
Ciudad de México

…cierro los ojos y el mundo muere:
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
Creo que te inventé en mi mente…

Canción de amor de la joven loca
Sylvia Plath



Tenía que leer La Campana de Cristal de Sylvia Plath. Había oído de ella apenas: su sino trágico, poeta, esposa de un notable poeta inglés, suicida, símbolo feminista. Phillipe Brenot, en su libro El genio y la locura, intenta explicar los mecanismos del genio, mencionando para empezar que acerca de ello se han propuesto numerosas explicaciones, a fin de comprender a posteriori los destinos fuera de lo común y su proximidad con los trastornos mentales. Y que con frecuencia, se evoca la precocidad del genio y su infancia traumática, la importancia del padre y la madre en la génesis de su personalidad, el papel de la obra como factor de equilibrio y, más tarde, el de la locura, la depresión y el suicidio que acompañan la vida de tantos seres excepcionales. De Sylvia Plath se afirma que padecía un trastorno afectivo, posiblemente bipolar, como concluyó Nancy Andreasen en su famoso estudio acerca de escritores estadounidenses, donde compara quince escritores con un grupo de sujetos maníacos. La autora observa en el conjunto de ellos, maníacos o escritores, una misma e intensa energía, un humor en expansión. En lo que a esto respecta, no son muy diferentes. Tal vez, dice, los artistas literarios son ciclotímicos. P. Brenot opina que su libro no pretende enunciar una verdad indiscutible, ya que los seres excepcionales son ante todo seres humanos. Y que en general, la obra literaria es de las manifestaciones creativas más tardías (aparecen primero los genios musicales y plásticos, donde predomina el lenguaje preverbal y aún está en formación la simbolización, el dominio del lenguaje). Pope, el gran poeta inglés del siglo XVIII, compuso una tragedia sobre La Ilíada, a los doce años de edad, y entre los trece y los quince, un poema épico de cuatro mil versos. Lewis Carroll también escribió a los trece años su primer diario, “poesía útil e instructiva”, precisa el propio autor. A los catorce, Víctor Hugo compuso los tres cantos de Le déluge, y a los quince escribió la tragedia Irtamène. A la misma edad Rimbaud, el niño poeta, publicó su primer texto, Les étrennes des orphelins. Esta capacidad del genio en los primeros años de la vida, parece relacionarse con lo lúdico, con la curiosidad, la inventiva, y la imaginación. También se encuentra en muchos de ellos, un trauma afectivo provocado por las pérdidas sucesivas, que activa las defensas de esa personalidad que debe decir adiós a un ser cercano, mediante la transformación del intenso choque afectivo en un movimiento creativo, como si se tratara de un principio de la conservación de la energía. Los duelos vividos a una edad temprana constituirían entonces –dado que no son superados-, una sublimación en la obra reparadora. En el caso de Sylvia Plath, la búsqueda creativa, que de acuerdo a Winnicott, se origina en un elemento femenino, transmitido al niño a una edad muy temprana, del orden de la mirada metaforizante, es decir, que permite proyecciones imaginarias, parece relacionada más con la búsqueda del padre, ese padre muerto cuando ella tenía diez años de edad. Para André Bourguignon, el padre es el acceso al pensamiento abstracto y la madre, la puerta de la poesía: “me ha parecido que muchos poetas han tenido un padre ausente o lo han perdido muy pronto, como si la presencia exclusiva de la madre inclinara a la efusión lírica, mientras que la situación inversa orientara hacia el pensamiento abstracto –matemáticas y filosofía-, como sucedió en el caso de Descartes, Spinoza, Pascal y tantos otros que perdieron a su madre en la infancia”. Parece ser que en la literatura, se inicia la obra en el momento de la muerte del padre. Joyce, Pascal, Proust o Freud no fueron realmente creativos hasta después de que muriera su padre, como si necesitaran esa autorización del destino para existir. Didier Anzieu dice que la creación es matar a alguien, imaginaria o simbólicamente, como dice haber hecho Sylvia Plath en el poema Daddy: mata al padre con el que nunca “pudo hablar”, este padre que se convierte en vampiro, verdugo y que finalmente la derrota. Ese fantasma, parece perseguirla después de su muerte, con el uso que se hace de su historia por el feminismo, “defendiéndola” de ese hombre terrible, que se “atreve” a quemar sus diarios, que la obliga al silencio. Como si los problemas de relaciones vinculares tuvieran que ver con el hecho de ser mujer, o si el género tuviera la exclusiva en cuanto a divorcios, suicidios, amores imposibles. Después de leer la Campana de Cristal, busqué datos acerca de su vida, y me enteré que se trataba de una novela autobiográfica, casi cien por ciento. La novela en sí, aún sin el conocimiento de su historia personal, ya deja ver que se trata de algo que la autora conoce de sobra: el sin sentido que llega de pronto a la vida de una joven, esa frialdad de muerte, la desvinculación con el adentro y el afuera que se va instalando en la vida del personaje, la extrañeza que la invade, el predominio de lo torcido, lo trágico, como iniciar su texto con: era un verano extraño, sofocante, el verano en que electrocutaron a los Rosenberg. Además de la visión higiénica del mundo americano, tan esquemático a veces, con una represión de lo emocional en su lenguaje, e incluso en la obra plástica, y en la arquitectura tan característica de esa cultura. Una noche, mientras esperábamos clase del Círculo de Psicoanálisis, nos preguntamos en el grupo, qué hubiera sucedido si la autora escribe un final distinto, si desarrolla en su novela ese suicidio que puso en el personaje de aquella amiga, y evadió poner en primera persona. Inevitable asociar la vida de los personajes a la de la autora. Ese sin sentido que se introduce de pronto en su vida, esa campana de cristal bajo la que ella misma cuenta que se ve, que la atrapa, impidiéndole comunicarse con el exterior y con el interior. El deslizamiento hasta la psicosis apenas advertido desde lejos, sin hacer ningún juicio acerca de ello; pero descrito minuciosamente desde dentro, me dio un panorama aproximado de cómo deben ver los enfermos con una crisis psicótica, hospitalizados en un psiquiátrico, los tratamientos de sus médicos, los otros enfermos que son espejos, la terapia electroconvulsiva realizada en aquella época y probablemente los choques insulínicos (en desuso hace por lo menos 50 años). La historia narrada en primera persona, con una gran habilidad -en mi opinión-, tanto que no soy capaz de advertir el momento en que inicia su retorno paulatino a la “normalidad”, sino por el símil con la campana de cristal, que ella misma efectúa. El límite es apenas entrevisto, tan difuso a veces, tan frágil en personas como ella, con su necesidad reparatoria y su capacidad de sublimación. La campana, bajo la que ella desaparece y se separa del exterior pero también de ella misma, la imagino en la oscuridad, en el silencio: es una imagen aterradora, y me remonta a miedos infantiles. De acuerdo al Diccionario de símbolos de J. E. Cirlot, la campana tiene un sonido que es símbolo del poder creador. Por su posición suspendida participa del sentido místico de todos los objetos colgados entre el cielo y la tierra; por su forma tiene relación con la bóveda, y en consecuencia, con el cielo, tal vez con el dios-padre. El cristal, como las piedras preciosas, es un símbolo del espíritu y del intelecto a él asociado. Es interesante la coincidente veneración mostrada hacia el cristal por los místicos y los surrealistas. El “estado de transparencia”, se define como una de las más efectivas y bellas conjunciones de contrarios: la materia “existe”, pero es como si no existiera, pues se puede ver a su través. No hay dureza a la contemplación, no hay resistencia ni dolor. ¿Un refugio entonces? Así se ha dicho en ocasiones como explicación de la crisis psicótica en algunas personas. Para otros compiladores de símbolos, la campana, al igual que los olores o el aire, el sonido de la campana es una percepción real, pero no puede ser capturada por la vista ni el tacto, las sensaciones que más seguridad y realidad transmiten a los hombres. Por ello, en muchas narraciones tanto olores como sonidos suelen tener la virtud simbólica de comunicar el mundo físico con el metafísico. Como reflejo de ello, ha proliferado la creencia de que el tañer de las campanas afecta a hombres, dioses y espíritus por igual (su sonido, que puede ser musical y alegre, suele emplearse para ahuyentar presencias malignas). Partiendo de esas consideraciones generales, en China, las leyendas populares hablaban tanto de la capacidad de que su sonido anunciase suertes o desgracias como de la posibilidad de que las campanas volasen como lo hace su sonido. Allí las campanas son un adorno frecuente de jardines y carros, ya que se considera que alejan a los malos espíritus (el budismo repite esta idea, lo que conduce a identificarlas con la sabiduría). Siguiendo en la cultura china, una similitud lingüística relaciona la campana con el éxito en los exámenes, por lo que se las representó para intentar traer suerte en dichas pruebas. En la tradición occidental, la campana comenzó siendo empleada en las fiestas egipcias consagradas a Osiris, en las dionisiacas griegas y en procesiones romanas, siempre con un sentido positivo, como símbolo que atrae las buenas influencias y aleja las perniciosas. Fue en el cristianismo cuando cobró una mayor importancia. En época paleocristiana ya se empleaba en las catacumbas para llamar a misa y a partir del siglo VI su presencia en monasterios y conventos es algo usual. Se convirtió así en la llamada más eficaz a los fieles identificando su sonido con la presencia de Cristo y su protección bienhechora. Este sentido, encontrar lo divino en el sonido de la campana, no constituye una concepción exclusiva de la cristiandad. En el Islam, su tañido es reflejo de la revelación coránica, al igual que en la India y en China transmiten los principios de orden y armonía que rigen sobre el mundo creado. Aunque más importante hubiera sido conocer lo que significaba este símbolo para Sylvia Plath. Como en el video donde ella misma lee su poema Daddy y se observa a una niña, encerrando una muñeca en una campana de cristal. ¿Habrá significado una especie de tumba anticipada, de vuelta al seno materno? El cristal, mineral traslúcido es símbolo de pureza, claridad y conocimiento (deja pasar la luz y, por tanto, la sabiduría). Su transparencia, que en los cristales naturales se traduce más bien en destellos y formas que parecen provenir de su interior, condujo a la proliferación de su uso en amuletos y talismanes (de aquí proviene la popular imagen de la bola de cristal). Phillipe Brenot aborda desde el punto de vista psicoanalítico el genio creador, y que el yo creador se puede comprender como la consecuencia de una problemática, esencialmente depresiva; muchos creadores oscilan entre esos dos polos –expresión depresiva o creatividad-, y otros, no creadores, tienen tapiado el acceso a la salida reparadora de la obra. Para Melanie Klein, esta posición depresiva es un cruce de varias patologías, todas ellas constitutivas de personalidades geniales. En términos psicoanalíticos, la creatividad supone una comunicación fértil entre inconsciente y consciente, entre el orden simbólico y el lenguaje, entre las representaciones de objetos y las representaciones de palabras. Esta conmutatividad libre parece propia de todos los procesos inventivos, ya que permite establecer fácilmente vínculos desusados sobre las ideas y sus representaciones. Delacroix en su Diario, escribe que lo que caracteriza a los hombres geniales, o más bien, lo que ellos hacen, es esa idea obsesiva de que lo que ha sido dicho aún no lo ha sido bastante. Linneo, un naturalista dice: “cuando los pensamientos se centran en una sola cosa y se pierde el gusto por las otras ciencias, comienza la melancolía … por tanto la melancolía no es sino una preferencia obstinada y tenaz por una cosa, que provoca desprecio y descuido hacia todas las demás”. Sylvia Plath escribe antes de morir:

Desde las dulces y profundas gargantas de la flor nocturna
La luna no se habrá de entristecer
Allá en su atalaya de hueso
Tiene, de todo esto, la costumbre
A rastras crujen sombras negras

Este poema lo inicia diciendo que “ha llegado a la perfección, que ha cumplido su deber y su pecho está vacío”, por lo cual, se otorga el derecho –esa impresión me queda-, de morir por su propia mano. Dice P. Brenot que la depresión parece estar en el camino de la creatividad, lo que lleva a pensar que esta depresión se halla presente en el desequilibrio y las heridas del narcisismo, que son otra condición de ese proceso creador. “Esa fuerte imagen de sí mismo, ese profundo investimiento del yo en detrimento de los objetos exteriores que confina a la autosatisfacción, caracteriza el narcisismo que habita al creador”. Una ambición megalómana tan elevada que resulta inaccesible. El creador, el inventor, el profeta, el conquistador o el ser genial, paradójicamente y en multitud de casos, es desgraciado, y con frecuencia se siente decepcionado de la imagen que se había formado de sí mismo. Este golpe a la integridad, esta pérdida de la ilusión de omnipotencia, en cierto modo la problemática de una infancia prolongada, constituye una herida del narcisismo y en bastantes ocasiones el verdadero motor de la obra. Después de La Campana de Cristal , Sylvia Plath continua sus éxitos, es reconocida como una poeta fuera de lo común, parece tener todo lo que se requiere para ser feliz, aunque con inevitables altibajos en todas las áreas de su vida. Este incremento de la actividad al salir de la depresión, dice P. Brenot, es el que permite la obra, pero el creador se eclipsará ante ella, que lo representará a partir de ahí. “El suicidio”, dice Paul Morand en L’art de mourir, “es uno de los tristes privilegios de la especie humana; para matarse es preciso saber primero que se vive, y que se vive mal”. De este tema se ha dicho de todo, de acuerdo al talante, el momento, la época, la moda … porque como precisa Morand, “en seis meses incluso la muerte cambia de moda”, ya tenemos el ejemplo actual en los Emos, donde la depresión y el suicidio dan una identidad, un estatus entre algunos grupos de adolescentes. Para el psicoanálisis, en el orden de lo simbólico, el suicidio equivale a matar el objeto al que no se puede decir adiós. ¿Al padre, en el caso de Sylvia Plath? . Cesare Pavese, por ejemplo, va describiendo en su Oficio de vivir, este guión fatal, llevado hasta las últimas consecuencias, actuado en la vida real del artista. Sería necesario imaginar que las ideas suicidas han estado presentes en estas personas durante años, agazapadas en los repliegues de la vida. Con independencia de la historia personal, la pulsión suicida demuestra una caída brutal de la estima y la confianza en uno mismo, así como un derrumbamiento de todos los niveles de deseo, simultáneos a la disminución de determinadas hormonas cerebrales, en especial la serotonina, como si los suicidas manifestaran la escandalosa falta de esas hormonas cerebrales necesarias para su equilibrio. Si se observa con este prisma el suicidio de los creadores, si se penetra en su biografía sin prejuicios, los últimos días de sus vidas, no parecen en absoluto diferentes de los de los pacientes que tratamos en las mismas condiciones, dice Brenot. Como escribió Wittkower, a quien le asombra no encontrar en el suicidio de los artistas el valor y la decisión lúcida que preconizaba este acto en la Antigüedad, “los casos de los que tenemos conocimiento son menos heroicos; evocan las dificultades, los sufrimientos y las frustraciones de hombres atormentados”. Me detuve un instante en el umbral, escribe la autora en las últimas líneas de su libro, y esa es la impresión que me queda, que no llegó a elaborar aquel pensamiento suicida en su novela hasta hacerlo propio, y evitar de esa manera llevarlo a su vida real, para cobrar aliento y vi al doctor de cabello plateado que me había hablado de los ríos y de los peregrinos en mi primer día, y el rostro cadavérico y lleno de cicatrices de la señorita Huey, y ojos que pensé haber reconocido alguna vez sobre máscaras blancas.
Los ojos y los rostros se volvieron hacia mí, y guiándome por ellos, como por un hilo mágico, entré en la habitación.

Sylvia Plath estuvo hospitalizada y pudo recuperarse, aunque como otros artistas que se suicidaron finalmente, no del todo. Sostenida por su obra, sigo preguntándome si su decisión de morir hubiera cambiado de haber desarrollado en esta novela o en las subsiguientes ese acto suicida, para no actuarlo en la realidad, pero como hemos leído ya en Los cuatro conceptos fundamentales de Jacques Lacan, las personas tienen un plan predeterminado, inconsciente, y quieren algo que no saben que quieren; a veces, pueden descubrirlo en su obra, o en una psicoterapia, pero no siempre. En Estructura del carácter y organización del Self, Lawrence Josephs comenta que la concepción literaria del carácter engloba el punto de vista psicológico, pero va más allá. En la concepción literaria, el carácter tiene relación con la noción de fatalidad y destino. El carácter refleja un tema literario, una “línea histórica”, que posee un principio, una parte intermedia y un final, con el final de esta historia implícito en el principio. Aunque el final de la historia no puede ser enteramente predicho desde el principio, y sin embargo, el final de la historia parece ser casi inevitable. Esta impresión es la que me quedó después de leer la novela de Sylvia Plath y conocer su historia personal, aunque sin duda, hay más ahí de lo que es evidente, cuando en la autora parecen estar mezclados tanto un poder destructivo, fatalista, como una decisión de cumplir destino, en sentido positivo, constructivo, creador. Es esta batalla la que parece que al final dejó de querer ganar. Probablemente en su caso, por una grave patología del carácter y una estructura, finalmente, psicótica (en el sentido de que tenía una distorsión de la realidad consensuada). Pero para lograr una comprensión más profunda de la historia de una persona, artista o no, es necesario que esa persona nos sea accesible en sentido vincular. Con esta artista, la relación sólo puede darse a través de su obra. Y la misma, siempre matizada por mis propias vivencias, las que dificultan ver objetivamente su vida, sus palabras, su legado. Alejandro Dumas escribió en 1850 en El tulipán negro (flor que aparece en la obra del Bosco, La piedra de la locura): …esta es la celda de la que se evadió. Pues bien, yo respondo que nadie se evadirá de ella jamás… Aunque claro, en ese tiempo, aún no existía la alternativa de una psicoterapia para este tipo de pacientes. El arte de los locos”, escribe Brenot, “es un descubrimiento reciente, o para ser más exactos despierta interés en nosotros desde fines del siglo pasado, en que al mismo tiempo se desarrolla la psiquiatría y se transforma la expresión artística, que ya no acepta el corsé del academicismo”. Pero parece haber una mayor gravedad entre aquellos artistas que trabajan con las palabras, comparados con los músicos y los plásticos. Numerosos creadores han intentado curarse, y a menudo ellos mismos han encontrado las mejores condiciones para controlar el desasosiego, en una época en la que no se podía recurrir a otra cosa. Opio, alcohol, ó café y cigarrillos, eran los antidepresivos del siglo pasado. Curar el genio, dice Brenot, es una decisión personal, y si bien la obra deja de ser la obra de la neurosis al “curar” a un artista, esta seguirá siendo la obra de su autor. Robert Schuman pidió que lo curaran, que lo hospitalizaran. Se pregunta Brenot cómo habría evolucionado este artista si su enfermedad, indiscutiblemente cíclica, hubiera sido equilibrada. Sus momentos de exaltación, opina, habrían sido atenuados, componer le habría exigido más esfuerzo, pero las grandes fases depresivas y melancólicas que apagaban la inspiración habrían desaparecido también, y no habría vivido los terribles años estériles del final de su vida. Y Schumann, tal vez, siempre habría sido Schumann.

REFERENCIAS

Brenot, Philippe. El genio y la locura. Ediciones Grupo Zeta. 1998
Cirlot, JE. Diccionario de símbolos. Ediciones Siruela. 1997
Dumas, Alejandro. El tulipán negro. 1850 (búsqueda en Internet)
Josephs, Lawrence. La estructura del carácter y la organización del Self. Columbia University Press. N. Y. 1992
Plath Sylvia. La Campana de Cristal. Edhasa. 1989
Serrano, A., Pascual, C. Diccionario de símbolos. Diana. 2003

Ivonne Moreno Uscanga: Javier Casco



Unir dos propuestas artísticas, para fundir en un discurso plástico los alcances de dos movimientos, es trabajo complejo. El movimiento del obturador y el del cuerpo en un escenario suelen mantenerse expectantes cuando de atrapar imágenes se trata.
En muchas ocasiones los fotógrafos se han mostrado interesados en la danza y en los bailarines. Pedro Kristian López, Marco Polo Guzmán quién retrató al Ballet de Cuba y a Alicia Alonso en sus presentaciones en México y Paola Hidalgo destacan entre los fotógrafos contemporáneos cuyas ideas sobresalen por plasmar la majestuosidad de lo coreográfico en sus exposiciones.

En Veracruz Carlos Lamothe y Javier Casco se han avocado a desarrollar en sus producciones fotográficas el glamour delante de un escenario, tomando como punto de partida los compases y ritmos del cuerpo, de una puesta dancística.

Javier Casco, quién además de fotógrafo es maestro de fotografía y especialista en comunicación, vigila atentamente la elegancia y garbo de las expresiones femeninas y masculinas en contrastantes fondos de luces amarillas en los espacios a llenar por música y giros alternados con la sensibilidad del contoneo.
Javier Casco es licenciado y master en Comunicación, encargado de los Talleres de Fotografía de la Universidad Veracruzana y ha expuesto en todos los espacios galerísticos del IVEC en Veracruz y Xalapa.

Una de las intenciones del fotógrafo es confundir al espectador, con la magia del movimiento, por ello lo llamábamos complejo, se recrea el ojo con la dinámica de los cuerpos y por otro con el encanto de la instantánea, secreto y encanto de la buena fotografía.

El juego fotográfico implica la planeación de varios argumentos, el fotógrafo debe adelantarse a ciertos hechos y redimir en códigos visuales, la pretensión entre los planos y la luz, engarzando relatos con imágenes, como nos cita Arturo Pérez Reverte en su novela Pintor de batallas... la fotografía sugiere...continúa el leal caótico ajedrez, el no absoluto casual del mundo y de la vida....

De este modo casi tocándola y mostrándola Javier Casco se atreve a ingresarnos al universo maravilloso de la Danza, quién en este ejemplo nos ingresa a una coreografía de Alejandro Schwartz.


NOSTALGIA. Colección fotográfica de Javier Casco se exhibe en Casa Principal.

Juan Carlos Gómez: La Dialéctica de los valores




Era todavía un adolescente y ya el mundo se la hacía insoportable. La familia, la sociedad, la nación, el estado, el ejército, los ideales, las ideologías y él mimo le resultaban unas caricaturas. Erraba por los campos cabizbajo aplastando terrones con la punta de sus zapatos. No había dejado de creer pero la fe ya no le interesaba por lo que su soledad llegó a ser completa.
Cuando observaba a sus compañeros de la infancia, pequeños campesinos que habían integrado una guardia que él organizaba y comandaba, se daba cuenta que ellos no eran caricaturas, eran sencillos y sinceros. No podía comprender por qué la cultura y la educación falsificaban al hombre, mientras el analfabetismo daba buenos resultados. Viajando en tren hacia Varsovia, en circunstancias extrañas y dramáticas, se le vino a la cabeza una idea que, por lo menos en parte, le pudo aclarar este enigma.
En la estación siguiente a la de su ingreso al tren subió uno de sus tíos y se sentó junto a él. Era un hombre mayor, terrateniente, tirador excelente y apasionado por la caza. De repente miró a su alrededor: –Salgan, por favor. La gente observó que estaba armando un revolver, y otra vez con tono firme pero sin levantar la voz : –Salgan, por favor. El compartimento se vació en un santiamén, entonces el tío le guiñó un ojo: –Por fin, un poco más de espacio. Había tanta gente que no sabía lo que decía. Ando mal de los nervios, no puedo dormir, voy a Varsovia a ver si allí mejoro.
Gombrowicz se dio cuenta que se había vuelto loco, que dispararía si lo provocaban, tuvo que convencerlo al guarda del tren de que podía controlarlo hasta que llegaran a Varsovia: –Es terrible que todo terrateniente tenga que ser un excéntrico y haya de comportarse como si estuviera chiflado; –¿Tú crees? Pero sí, es verdad, lo he observado, se han vuelto tan extravagantes que da vergüenza, serán sus fortunas que se le han subido a la cabeza; –Sabes tío, yo tengo una teoríaLa gente sencilla vive una vida natural, sus necesidades son elementales y por lo tanto sus valores son verdaderos; –¡Qué cosas dices!; –Para un hombre rico, en cambio, el pan, por ejemplo, no es un valor porque está saciado de pan. Un hombre rico no tiene que luchar para vivir, entonces inventa necesidades artificiales, es decir, falsas: el cigarrillo, la elegancia, la genealogía, los galgos, por eso son excéntricos y no encuentran el tono adecuado.
Con esta explicación que le dio al tío no sólo resolvió el enigma de la educación y el analfabetismo, sino que también dio una clase familiar de lo que el marxismo llama la dialéctica de las necesidades y los valores. La idea sobre lo artificioso de la forma de las clases superiores iba a ser uno de los puntos de partida de su trabajo artístico.
"Cuando, transcurridos una decena de años, narré a los hombres de letras del café Ziemianska, cómo por miedo a un revólver cargado llegué a concebir una de las tesis fundamentales del marxismo, los contertulios se me echaron encima acusándome de fabulador"
El adolescente descalzo con un saco de piel de cordero que se ve en la fotografía, es uno de los pequeños campesinos que Gombrowicz organizaba y comandaba. Eran sencillos y sinceros, montaban mejor que él y trepaban con más rapidez a los árboles, por eso los envidiaba.

viernes, julio 25, 2008

Paul Valèry: El Cementerio Marino



El Cementerio Marino
Por Paul Valery


Version De Javier Sologuren

¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal,

pero agota toda la extensión de lo posible.


Pindaro, Píticas III.


Calmo techo surcado de palomas,

palpita entre los pinos y las tumbas;

mediodía puntual arma sus fuegos

¡El mar, el mar siempre recomenzado!

¡Qué regalo después de un pensamiento

ver moroso la calma de los dioses!


¡Qué obra pura consume de relámpagos

vario diamante de invisible espuma,

y cuánta paz parece concebirse!

Cuando sobre el abismo un sol reposa,

trabajos puros de una eterna causa,

el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.


Tesoro estable, templo de Minerva,

quietud masiva y visible reserva;

agua parpadeante,

Ojo que en ti guardas tanto sueño

bajo un velo de llamas, ¡silencio mío!...

¡Edificio en el alma,


mas lleno de mil tejas de oro. Techo!


Templo del Tiempo, que un suspiro cifra,


subo a ese punto puro y me acostumbro


de mi mirar marino todo envuelto;


tal a los dioses mi suprema ofrenda,


el destellar sereno va sembrando


soberano desdén sobre la altura.


Como en deleite el fruto se deslíe,


como en delicia truécase su ausencia en una boca


en que su forma muere,


mi futura humareda aquí yo sorbo,


y al alma consumida el cielo canta


la mudanza en rumor de las orillas.


¡Bello cielo real, mírame que cambio!


Después de tanto orgullo, y de tanto


extraño ocio, mas pleno de poderes,


a ese brillante espacio me abandono,


sobre casas de muertos va mi sombra


que a su frágil moverse me acostumbra.




A teas del solsticio expuesta el alma,


sosteniéndote estoy, ¡oh admirable


justicia de la luz de crudas armas!


Pura te tomo a tu lugar primero: ¡mírate!...


Devolver la luz supone


taciturna mitad sumida en sombra.



Para mí solo, a mí solo, en mí mismo,


un corazón, en fuentes del poema, entre el vacío y el suceso puro,


de mi íntima grandeza el eco aguardo,


cisterna amarga, oscura y resonante,


¡hueco en el alma, son siempre futuro!


Sabes, falso cautivo de follajes,


golfo devorador de enjutas rejas,


en mis cerrados ojos, deslumbrantes


secretos, ¿qué cuerpo hálame a su término


y qué frente lo gana a esta tierra ósea?


Una chispa allí pienso en mis ausentes.


Sacro, pleno de un fuego sin materia;


ofrecido a la luz terrestre trozo,


me place este lugar alto de teas,


hecho de oro, piedra, árboles oscuros,


mármol temblando sobre tantas sombras;


¡allí la mar leal duerme en mis tumbas!



¡Al idólatra aparta, perra espléndida!


Cuando con sonrisa de pastor, solo,


apaciento carneros misteriosos,


rebaño blanco de mis quietas tumbas,


¡las discretas palomas de allí aléjalas,


los vanos sueños y ángeles curiosos!


Llegado aquí pereza es el futuro,


rasca la sequedad nítido insecto;


todo ardido, deshecho, recibido


en quién sabe qué esencia rigurosa...


La vida es vasta estando ebrio de ausencia,


y dulce el amargor, claro el espíritu.


Los muertos se hallan bien en esta tierra


cuyo misterio seca y los abriga.


Encima el Mediodía reposandose piensa


y a sí mismo se concilia...


Testa cabal, diadema irreprochable,


yo soy en tu interior secreto cambio.


¡A tus temores, sólo yo domino!


Mis arrepentimientos y mis dudas,


son el efecto de tu gran diamante...


Pero en su noche grávida de mármoles,


en la raíz del árbol, vago pueblo


ha asumido tu causa lentamente.


En una densa ausencia se han disuelto,


roja arcilla absorbió la blanca especie,


¡la gracia de vivir pasó a las flores!


¿Dónde del muerto frases familiares,


el arte personal, el alma propia?


En la fuente del llanto larvas hilan.


Agudo gritos de exaltadas jóvenes,


ojos, dientes, humedecidos párpados,


el hechicero seno que se arriesga,


la sangre viva en labios que se rinden,


los dedos que defienden dones últimos,


¡va todo bajo tierra y entra al juego!


Y tú, gran alma, ¿un sueño acaso esperas


libre ya de colores del engaño


que al ojo camal fingen onda y oro?


¿Cuando seas vapor tendrás el canto?


¡Ve! ¡Todo huye! Mi presencia es porosa,


¡la sagrada impaciencia también muere!




¡Magra inmortalidad negra y dorada,


consoladora de horroroso lauro


que matemal seno haces de la muerte,


el bello engaño y la piadosa argucia!


¡Quién no conoce, quién no los rechaza,


al hueco cráneo y a la risa eterna!


beshabitadas testas, hondos padres,


que bajo el peso de tantas paladas,


sois la tierra y mezcláis nuestras pisadas,


el roedor gusano irrebatible para vosotros


no es que bajo tablas dormís,


¡de vida vive y no me deja!


¿Amor quizás u odio de mí mismo?


¡Tan cerca tengo su secreto diente


que cualquier nombre puede convenirle!


¡Qué importa! ¡Mira, quiere, piensa, toca!


¡Agrádale mi carne, aun en mi lecho,


de este viviente vivo de ser suyo!


¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!


¡Me has traspasado con tu flecha alada que vibra,


vuela y no obstante no vuela!


¡Su son me engendra y mátame la flecha!


¡Ah! el sol... ¡Y qué sombra de tortuga


para el alma, veloz y quieto Aquiles!


¡No! ¡No!... ¡De pie! ¡En la era sucesiva!


¡Cuerpo mío, esta forma absorta quiebra!


¡Pecho mío, el naciente viento bebe!


Una frescura que la mar exhala,


ríndeme el alma... i Oh vigor salado!


¡Ganemos la onda en rebotar viviente!



¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios,


piel de pantera, clámide horadada


por los mil y mil ídolos solares,


hidra absoluta, ebria de carne azul,


que te muerdes la cola destellante


en un tumulto símil al silencio.


¡Se alza el viento!... ¡Tratemos de vivir!


¡,Cierra y abre mi libro el aire inmenso,


brota audaz la ola en polvo de las rocas!


¡Volad páginas todas deslumbradas!


¡Olas, romped con vuestra agua gozosa


calmo techo que foques merodean!

Cristina Caballero: MAGADHI



MAGADHI

En la tierra de los tontos
solsticio soy de infierno

cuando los abetos mueran
y el néctar escurra jubiloso de mis horas
Marpori soltará todas las cuerdas del cielo

en el monasterio de madera
jugarán rombos vivientes
hechos de ambrosía

agua y fuego consumidos
tras la Montaña de Hierro
apacibles
oscuros
enjoyados
la larga escalinata blanca
flor de loto
nos saludará vencida

Bodhisattva
ahí
un día
podremos encontrarnos

Rinosuke Akutawa: Carta a un amigo


Apunte para un viejo amigo
Probablemente nadie que intente el suicidio, como Reigner muestra en uno de sus cuentos, tiene clara conciencia de todos sus motivos. Los cuales generalmente son muy complejos. Por lo menos en mi caso está impulsado por una vaga sensación de ansiedad, una vaga sensación de ansiedad sobre mi propio futuro.
Aproximadamente en los últimos dos años, he pensado solo en la muerte, y con especial interés he leído un relato que trata sobre este proceso. Mientras el autor se refiere a esto en términos abstractos, yo seré lo mas concreto que pueda, incluso hasta el punto de sonar inhumano. En este punto yo estoy moralmente obligado a ser honesto.
En cuanto al vago sentido de ansiedad respecto de mi futuro, creo que lo he analizado por completo en mi relato, "La vida de un loco", excepto por el factor social, llamémoslo la sombra del feudalismo, proyectada sobre mi vida. Esto lo omití a propósito, al no tener la certeza de poder clarificar realmente el contexto social en el cual viví.
Una vez tomada la decisión de suicidarme (yo no lo veo en la forma en que lo ven los occidentales, es decir como un pecado) me resolví por la forma menos dolorosa de llevarlo a cabo. Excluí, por razones prácticas y estéticas, la posibilidad de ahorcarme, dispararme un tiro, saltar al vacío u otras formas de suicidio. El uso de drogas me pareció el camino más satisfactorio. Y por el lugar, tendría que ser mi propia casa, cualquiera sean los inconvenientes para mi familia. Como una suerte de trampolín, al igual que Kleist y Racine, pensé en la compañía de una amante o un amigo, pero habiendo elevado la autoconfianza, decidí seguir adelante solo. Y la última cosa a considerar, fue asegurarme una perfecta ejecución, sin el conocimiento de mi familia.
Después de unos meses de preparación me convencí de la posibilidad de realizarlo. Nosotros los humanos, siendo animales humanos, tenemos un miedo animal a la muerte, la así llamada vitalidad no es otra cosa que fuerza animal. Yo mismo soy uno de esos animales humanos. Mi sistema parece gradualmente haberse liberado de esa fuerza animal, teniendo en cuenta el poco interés que me queda por el alimento y las mujeres. El mundo en el que estoy ahora es uno de enfermedades nerviosas, lúcido y frío. La muerte voluntaria debe darnos paz, si no felicidad. Ahora que estoy listo, encuentro la naturaleza más hermosa que nunca, paradójico como suene. Yo he visto, amado, entendido más que otros, en ésto tengo cierto grado de satisfacción, a pesar de todo el dolor que hasta aquí he soportado.

P.S: Leyendo la vida de Empédocles, me dí cuenta de cuán antiguo es el deseo de uno de convertirse en Dios. Esta carta, en cuanto a mi concierne, no intenta esto. Por el contrario, yo me considero uno de los hombres más comunes. Vos debés recordar esos días, veinte años atrás, cuando discutimos "Empédocles sobre el Etna" bajo los árboles de tilo. En esos tiempos yo era uno de los que deseaba convertirse en Dios.

jueves, julio 24, 2008

Roberto Blaga: El CENEVAL - SE-VE-RE-MAL




Ahora resulta que a la ignorancia humana, a la preparación al vapor, al descuido intelectual y reclutamiento de gente cuya “experiencia” en educación sigue una trayectoria del Kindergarden al Doctorado(sin pasar por la praxis necesaria), ya no se le llama responsabilidad y falla humana, sino “error técnico”. Bonita palabra. Excelente juego de letras para que todo ser humano eche la culpa a las máquinas y, de esta forma, su incompetencia de razón quede indemne.

Desde que Manuel Barlett Díaz, en las elecciones presidenciales de 1988, inventó que “se cayó el sistema” y así crear el desastre Salinas de Gortari, todo político, burócrata, banquero y dentista impuntual aprendió ya la lección: “Falló el sistema”. De allí en adelante, ya no hay fallas humanas sino aparatos cibernéticos “alterados”, “que se caen” o toman formas (a lo Mary Shelley) y devienen Frankesteins de los que hay que cuidarse para que la incompetencia humana, ya se dijo, quede a salvo, gracias a palabras como cyber-espacio, chip, RAM, infrarrojo, hackers y todo un diccionario de neologismos que exenta a la intelectualidad de cualquier salvajada que pueda atentar contra ella.

El último “numerito” del CENEVAL-E es el “error técnico” de haber calificado mal a 1, 600 aspirantes para ingresar a la UV: aprobar a 1,600 burros y dejar fuera a quienes posiblemente sí merecían estar dentro de las aulas universitarias. Escuchar las explicaciones de los “técnicos” de esa institución del porqué del error, de verdad causa una hilaridad sin límites. Uno se interroga ¿cómo es que una institución con tanto prestigio (a la que el gobierno mismo ha encomendado los destinos de los elegidos) se “equivoque” al calificar un universo estadístico en donde, para el CENEVAL, 2+2 es igual a 5?

Casi treinta años de experiencia en el mundo de las computadoras, y de su compinche la Informática, me llevan a pensar que no tiene porqué ser más difícil evaluar a 15,000 alumnos, que determinar la existencia de un inventario automotriz de cerca de 100,000 piezas, entre las que se hallan desde un motor hasta rondanas y tornillos.
Este tipo de operaciones tienen éxito porque detrás de ellas existe, en primer lugar, un concienzudo análisis de sistemas, en el cual un 5% de él, está diseñado para situaciones estáticas, y el otro 95% se destina a lo que el CENEVAL no parece haberse permitido: la conducta humana; la cual, es reportada segundo tras segundo por el sistema mismo.

En segundo lugar (sin que ese sea el orden precisamente) existe lo que se llama un Manual de Procedimientos, en el que a cada miembro involucrado en el diseño, se le señala la importancia (así sea mínima) que juega dentro del todo. Punto aparte de que ese Manual es revisado continuamente y con la conciencia de un conejo que elige las mejores zanahorias para comer.
Existen muchos otros factores que aquí aburrirían al lector si se los cuento, pero que pueden ser traducidos como el hombre que cuida con todo su amor “a la niña de sus ojos”.

“Falla técnica” se le admitiría, por ejemplo, al fracaso del satélite que la UNAM quiso colocar en el espacio sin lograrlo, y en el que una variedad considerable de factores estaban fuera del alcance de ese amor que a toda costa se tiene por la niña que amamos. Pero denominar “error técnico” al cometido por CENEVAL con 1,600 alumnos, es ya creer (bueno, ya se cree) que los mexicanos somos un pueblo de estúpidos.

Lo peor viene ahora. Con toda la razón del mundo, la UV se desliga del fracaso por el cual pagó a un proveedor balín. No obstante, y a pesar de presumirse “autónoma”, esta universidad ha corrido inmediatamente (en un rasgo de paternalismo cabalgante) para que nuestro gobernador les resuelva el asunto. Y, aquí es donde entra lo salomónico de nuestro jefe de gobierno: ya no se les puede decir que NO a los 1,600 alumnos que erróneamente aparecieron como “ingresados” a la UV. ¡Vaya shock el del chamaco al que le dicen: “dice mi mamá que siempre, no!”. Pero sería injusto, igualmente, dejar fuera a todos aquellos que pudieron haber quedado en nuestra Máxima Casa de Estudios. Así es que se ordena una nueva evaluación, a ver si ahora si el CENE-MAL le atina.
Para ello, y como muestra indiscutible de que en materia educativa estamos más que en la calle, el secretario de Educación de Veracruz, Víctor Arredondo Álvarez, considera que “el Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior AC (Ceneval) debe reparar el daño que ocasionó por el ‘error técnico’ que dejó fuera a mil 600 aspirantes con derecho a ingresar a la Universidad Veracruzana (UV)”.
¡Otra vez la burra al trigo!


Con poco discurso con qué deleitar a su audiencia, Arredondo agrega que “es inadmisible que una institución que ha costado mucho trabajo que desarrolle un prestigio, un reconocimiento social, lo pierda tan rápidamente por un error”. Nótense las palabras elegidas por nuestro Secretario de Educación para evaluar el desastre del CENEVAL.

Por cierto ¿quién o qué es ese CENEVAL? . En su página web se presenta como: “CENEVAL (Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior A.C.) es un organismo que se dedica a crear diferentes tipos de evaluación para escuelas, universidades, empresas, autoridades educativas, etc. Ellos trabajan bajo la dirección de la Secretaria de Educación Publica y han creado un examen global de conocimientos generales de Bachillerato para que las personas mayores de 21 años puedan acreditar su preparatoria en un solo Examen”.

Y, presume: “Desde 1994 proporciona información confiable y válida sobre los conocimientos y habilidades que adquieren las personas como beneficiarios de los programas educativos de diferentes niveles de educación formal e informal”.
Si bien, la institución se presenta como un organismo No Lucrativo, acude al eufemismo de la “cuota de recuperación” para cobrar unos 1,800 pesos a todo aquel que quiera obtener de ellos un “certificado”.

El problema ahora para la UV es mayúsculo. De acuerdo a Víctor Arredondo, se dice que “se debe esperar a que el Ceneval adopte una medida para reparar el daño que ocasionó, porque el error implicará que la máxima casa de estudios ejerza recursos adicionales de los que actualmente carece”.
¿Qué medida irá a adoptar el CENE-MAL? Arredondo sólo habla de “pedir disculpas”, “esperarlo a que repare el mal”, “apoyar las gestiones para junto con él resolver el problema”, etc. Por cierto, según cálculos estimados, el “error técnico” costará a la UV unos 4,600 millones de pesos, en tanto admite a otros 1, 600 alumnos, deje que pasen de 4 a 6 años para que se gradúen, y se tenga que contratar más personal para atender a la demanda que se avecina.

Pero ya dejándonos de “fallas técnicas”, vayamos a la realidad. ¿Estará el lector (dentro de 4 – 6 años) dispuesto a ponerse en manos de un “profesional” que confunde la “apéndice” con el “ábside”, el “bisturí” con el “manatí”, la “regla de tres simple” con “la simple regla de una res”, o un sismo con lo mismo-lo-mismo?.
Finalmente, el gasto es lo de menos. Ése no va a salir ni de CENEVAL ni del bolsillo de algún político, sino de los monederos de usted y mío. El dinero provendrá de las arcas públicas: Lo bueno es que hará el favor a la auto-no-mía de continuar con el síndrome evidente del desastre.

miércoles, julio 23, 2008

Ignacio García: Razón y sociedad







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Antonin Artaud murió la mañana del 4 de marzo de 1948 en el asilo de Ivry-sur-Seine. Tal vez había aún querido vestirse, pues sostenía un zapato en la mano. Había contraído el cáncer y debía tomar fuertes dosis de cloral para aplacar sus sufrimientos. Quince días atrás, había recibido una invitación de sus íntimos, que querían llevarlo al sur. Entonces les dijo: "A fines de febrero o a comienzos de marzo estaré muerto. La profecía se cumplió."
Días anteriores a su aislamiento y muerte, habitaba un cuarto desolado, un antiguo pabellón de caza en el bosque. En la pared había unos dibujos fulgurantes suyos que recordaban los bocetos de Van Gogh. En aquel entonces había arrancado y dedicado uno de esos bocetos a Jean Marabini. Las letras de la dedicatoria rezaban: "¿Hasta qué tonalidad de sangre iremos juntos?", y sobre la edición de su Van Gogh, Artaud respondió a sí mismo: "La tonalidad de sangre irá hasta el negro".
Artaud odiaba tanto a sus “médicos” que solía repetir: “Lo que quiero decir antes de morir es que odio a los psiquiatras. En el hospital de Rodez yo vivía bajo el terror de una frase: ‘El señor Artaud no come hoy, pasa al electroshock’. Sé que existen torturas más abominables. Pienso en Van Gogh, en Nerval, en todos los demás. Lo que es atroz es que en pleno siglo XX un médico se pueda apoderar de un hombre y con el pretexto de que está loco o débil, pueda hacer con él lo que le plazca. Yo padecí cincuenta electroshocks, es decir, cincuenta estados de coma. Durante mucho tiempo fui amnésico”.


Van Gogh había muerto el 29 de julio de 1890, y su arte era para Artaud una suerte de traducción de lo que el mundo puede hacer para descuartizar a personas como el pintor (autor de 900 cuadros, 1600 dibujos y unas 600 cartas, casi todas dirigidas a Theo, su hermano). En un texto llamado “Van Gogh el suicidado por la sociedad” Artaud dira: “La lucidez en acción de Van Gogh, deja a la psiquiatría en un tugurio de gorilas, obcecados y perseguidos que sólo tienen como recurso, para atenuar los más terribles estados de angustia y opresión humana, una terrible terminología [...]Van Gogh no murió a consecuencia de un estado delirante definido, sino por haber encarnado el lugar de acción de un problema del cual se debate, desde los orígenes, el espíritu injusto de esta humanidad, el de la prevalencia de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre una y otra. Y en este delirio donde se encuentra el yo del ser humano, Van Gogh, a lo largo de su vida, buscó el suyo con excepcional energía y decisión. Y no se suicidó por una crisis por la desesperación de no llegar a encontrarlo, por el contrario, acababa de encontrarlo y de descubrir quién era él mismo, cuando la conciencia unánime de la sociedad, para vengarse por haberse alejado de ella, lo suicidó”.


Tremendas palabras las de Antonin, si se tiene de él un consenso de hombre demente, con ideas sin ilación alguna y labios cosidos, que nada tienen que decir a este espíritu envenado de nuestra sociedad. El subrayado “para vengarse por haberse alejado de ella”, nos deja con ese sabor de reflexión, de cuántas veces un hombre de salud mental excepcional, es tratado como “loco” sólo por ir contra la corriente caduca, corrompida, saturada de intereses económicos intocables de nuestra actual sociedad.
“Demente” es la palabra principal del oponente que mira sus privilegios en peligro, su status imperante criticado, sus ideas reaccionarias puestas en duda. El poder otorga ese derecho a sus poseedores: quien habla contra los poderes, es un desquiciado. A ello, Antonin Artaud, el famélico de las mazmorras, con un pensamiento que rebasa los límites de lo que la sociedad considera “razón”; bien puede repetir en estos instantes aquello que escribió hace años: “Dr. hay un asunto sobre el cual quisiera insistir: es el de la relevancia sobre la cual operan sus inyecciones; esta especie de languidecimiento esencial de mi ser, esta disminución de mi estiaje mental, que no quiere decir, como podría creerse, un rebajamiento cualquiera de mi moralidad (de mi alma moral), ni siquiera de mi inteligencia, sino más bien de mi intelectualidad servible, de mis recursos razonantes, y que se relaciona más con el sentimiento que tengo yo mismo de mí mismo yo que con lo que pongo de manifiesto en él.”
Una inmensa mayoría de esta sociedad estática en la que vivimos, navegante del glamour y los ocios dictados por los televisores; habrían tal vez de sorprenderse de que éste demente escuálido y greñudo, de mirada sumida y relampagueante, pudiera apreciar desde el fondo de un alma aparentemente “dañada”, la obra de otro símbolo inefable de aquellos que la high-society califica como deleznable: Vincent Van Gogh. De él, Artud dirá: “…sus telas conformaban mezclas incendiarias, bombas atómicas, cuyo punto de vista, frente a aquellas que causaban furores la época, hubiera podido alterar gravemente el conformismo larval del Segundo Imperio, y de los icarios de Thiers, tanto como los de Napoleón III […] Van Gogh es un hombre que elige convertirse en loco –en el sentido en que se usa socialmente la palabra, antes que traicionar un pensamiento superior de la dignidad humana. Por este motivo, la sociedad se sirve de los asilos para amordazar a todos aquellos de los que quiere deshacerse o defenderse por haberse negado a convertirse en cómplice de las más grandes porquerías”.
Resulta atroz que, apenas unos meses atrás de este 2008, Sotebey’s halla rematado un cuadro del pintor en una suma con la que él hubiera vivido toda su vida. La crema y nata del consumismo artístico, estaba presente. Casi sabemos, qué hubiera sucedido si el revivo Vincent hubiera levantado la mano en esa puja, ofreciendo 30 florines por una cuadro que, en ese instante, los de estolas y esmeraldas tasaban en 1.5 millones de dólares.


Termino este texto con la visión que Jean Marabini nos deja del Artaud que rebasó la línea de pensamiento que nosotros consideramos como normal”; esa visión Artaudiana plagada de furor e incendio, azuzada por los fulgores de un pensamiento que “piensa” más allá de sí mismo, y otorga a los parias de este mundo, no un sitio privilegiado, sino la sinrazón médica certificada de que, quien así piensa, debe ser colocado en la jaula donde deben estar quienes desafían los poderes de este mundo.
Dice Marabino: “Recuerdo que un día me confesó haber encontrado en el cloral esa libertad que buscaba, la liberación de sus obsesiones, lo que él llamaba su "rotación interna". Observo cerca de la chimenea la varilla de hierro que partió en dos durante su último delirio nocturno. Lo animaba entonces una fuerza luciferina. Afuera, unos abetos, un pabellón oculto entre la maleza. Me dice que es la morgue y que en esa maleza irreal que lo rodea, a doscientos metros apenas del bosque por un costado y de las chimeneas de las fábricas por el otro, que ese pabellón podría ser el "jardín de la muerte" de Andersen. Antonin Artaud contemplaba la cercanía de su fin desde hacía semanas. Aquella libertad que buscaba desesperadamente la halló por fin en aquel encierro de Ivry-sur-Seine.”

Herman Hesse: Una sucesión de sueños



UNA SUCESIÓN DE SUEÑOS


Me pareció que permanecía una cantidad de tiempo denso e inútil en el tibio salón, desde cuya ventana situada al norte miraba el falso lago con sus fiordos postizos, y donde nada me-atraía y retenía excepto la presencia de la bella y sospechosa dama a quien tomé por una pecadora. Contemplar debidamente su rostro constituía mi anhelo insatisfecho. Aquel rostro estaba confusamente rodeado por un cabello suelto y oscuro, y sólo se componía de una dulce palidez, otra cosa no había. Acaso los ojos fueran de color castaño oscuro; íntimamente yo esperaba que fuera así. Pero entonces los ojos no se adecuaban al semblante que mi mirada deseaba leer en su imprecisa palidez, y cuya conformación descansaba en mí en estratos del recuerdo tan hondos como inalcanzables.

Algo sucedió por fin. Los dos jóvenes entraron. Saludaron a la dama con muy buenos modales y me fueron presentados. Petimetres, pensé, y me enojé conmigo mismo, porque la chaqueta color tabaco de uno de ellos con su coqueto talle y corte me avergonzaba y daba envidia. ¡Era un repugnante sentimiento de envidia contra esos impecables y desenvueltos seres sonrientes! «¡Domínate!», me dije en voz baja. Ambos jóvenes estrecharon con indiferencia la mano que les ofrecí -¿por qué lo había hecho?- y pusieron cara de burla.

Entonces noté que algo no estaba en orden en mi persona, y sentí dentro de mí molestos escalofríos. Bajé la vista y palidecí al ver que no llevaba zapatos, que sólo calzaba medias. ¡Otra vez, siempre esos impedimentos y contratiempos insulsos, lamentables, mezquinos! ¡A los demás nunca les ocurría aparecer desnudos o semidesnudos ante la gente irreprochable e inflexible! Apesadumbrado, traté de cubrir por lo menos el pie izquierdo con el derecho, cuando mi vista cayó sobre la ventana. Tras ella surgía la empinada orilla del lago que amenazaba azul y salvaje con sus lúgubres tonalidades falsas que querían ser demoníacas. Apenado y deseoso de ayuda miré a los recién llegados pleno de odio contra ellos y con mayor odio aún hacia mí mismo nada era mío, nada me salía bien. ¿Por qué habría de sentirme responsable con respecto a ese lago tonto? Miré insistentemente a la cara al de la chaqueta color tabaco: sus mejillas resplandecían llenas de salud y de cuidados delicados; y yo sabía, sin embargo, que mi entrega era inútil, que él no habría de conmoverse.

Justo en ese momento reparaba él en mis pies cubiertos por las toscas medias verdinegras -¡ay, debía sentirme contento porque no estaban agujereadas!-, y sonrió de manera odiosa. Tocó con el codo a su compañero y le señaló mis pies. El otro rió también lleno de burla.

«¡Pero vean ustedes el lago!», exclamé, indicando la ventana.

El de la chaqueta color tabaco se encogió de hombros, ni siquiera se dignó mirar hacia la ventana, y le dijo algo al otro que entendí sólo en parte, pero que estaba destinado a mí y se refería a tipos en medias que no debían ser tolerados en un salón como éste. La palabra salón volvió a tener una significación similar a la que tuvo en mis años de muchacho, con una resonancia algo bella y algo falsa de distinción y mundanidad.

A punto de llorar, me incliné hacia mis pies por si podía mejorar alguna cosa, y entonces comprendí que resbalando, resbalando, se me habían salido las holgadas zapatillas de casa; por lo menos había aparecido detrás de mí en el suelo una pantufla muy grande, mullida, de color punzó. Indeciso, casi lloriqueando, la tomé con la mano asiéndola del tacón. Se me resbaló, la atrapé antes de llegar al piso -ahora había aumentado de tamaño-. agarrándola esta vez por la punta.

Entonces, íntimamente liberado, percibí el profundo valor de la pantufla que oscilaba en mi mano por el peso del tacón. ¡Qué cosa magnífica, una zapatilla roja y blanda, tan suave y pesada.' A manera de ensayo la blandí un poco en el aire; era algo delicioso y una sensación de placer me recorrió hasta la punta de los cabellos. Una cachiporra, una manguera de goma no eran nada .,.Comparados con mi gran zapato. Le puse entonces un nombre italiano: calziglione.

Cuando le asesté al de la chaqueta color tabaco un golpe juguetón con el calziglione en la cabeza, el irreprochable joven, tambaleándose, se desplomó en el diván. Y los demás, el cuarto y ese lago espantoso perdieron .todo su dominio sobre mí. Yo era grande y fuerte, ya era ,libre, y luego de un segundo golpe en la cabeza al de la *chaqueta color tabaco, ni lucha hubo. Ni siquiera una mezquina defensa frente a mis golpes, sino júbilo y el deliberado capricho del triunfador. Dejé también de odiar a mi enemigo vencido: ahora me resultaba interesante, valioso y querido, yo era su señor y creador. Pues cada golpe de mi zapato-porra italiano iba modelando esa cabeza inmadura de petimetre, la forjaba, la construía, la inventaba. Con cada golpe configurador se hacía más agradable, más bonita, más fina, se convertía en mi criatura, en mi obra, en algo que me apaciguaba y que amaba. Con un tierno golpe postrero de forjador le ubiqué el puntiagudo occipucio bastante adentro. Estaba listo. Me agradeció y acarició mi mano. «Ya está bien», señalé yo. Entonces cruzó las manos sobre su pecho y tímidamente dijo: «Me llamo Pablo.»

Sentimientos maravillosos, llenos de poder y alegría dilataron mi pecho y dilataron asimismo el espacio ante mí. El aposento -nada de «salón» ahora- se retiró avergonzado y se escondió como algo nulo. Yo me encontraba junto al lago, y el lago era de un color azul oscuro; nubes aceradas oprimían las montañas sombrías; en los fiordos bullía espumosa un agua oscura; ráfagas de viento sur vagaban violenta y temerosamente en remolinos. Alcé la vista y extendí la mano señalando que la tormenta podía comenzar. Un relámpago estalló claro y frío desde la azulada dureza; un huracán caliente se precipitó con bramidos; en el cielo se disolvía un tumulto de formas grises en vetas marmóreas. Del lago azotado ascendían de manera aterradora enormes olas rotundas, de cuyos lomos la tormenta arrancaba cendales de espuma y partículas de agua que chasqueaban al ser arrojadas contra mi cara. Las negras montañas petrificadas abrían sus ojos llenos de espanto. Aquel acurrucarse las unas contra las otras y el silencio que de ellas surgía sonaban como una imploración.

En medio de la espléndida tormenta, entre su galopar sobre gigantescos corceles fantasmales, sonó cerca de mí una tímida voz. «¡Oh, yo no te había olvidado, pálida mujer de larga cabellera negra!» Me incliné hacia ella y habló de un modo infantil: «El lago se acerca, uno no puede quedarse.» Miré conmovido a la dulce pecadora, su rostro no era más que una palidez callada entre un amplio crepúsculo de cabellos. El ruidoso oleaje golpeaba ya mis rodillas, ya mi pecho, y la pecadora se balanceaba indefensa y silenciosa en medio de las olas ascendentes. Me reí un poco, abracé sus rodillas, la levanté hasta mí. También esto parecía hermoso y redentor, la mujer era singularmente liviana y pequeña, llena de una tibieza reciente; i y sus ojos eran confiados y temerosos. Entonces comprendí que no era una pecadora, ni una dama lejana o turbia. Ningún pecado, ningún secreto: era simplemente una niña.

La saqué de entre las olas y la llevé, a través de las rocas, hasta un parque sombrío a causa de la lluvia, lleno de una tristeza regia, donde la tormenta no llegaba. Allí, desde las copas inclinadas de viejos árboles, se manifestaba una belleza pura y plena de suave humanidad: poemas y sinfonías, mundo de bellos presentimientos y goces gratamente moderados, amables árboles pintados por Corot y música de Schubert dulcemente idílica, para instrumentos de viento y madera, todo lo cual, con el fugaz y palpitante aliento de la nostalgia, me atraía dulcemente hacia su amado templo. Y aunque el mundo, vanamente o no, tiene muchas voces, para cada una de ellas guarda el alma sus horas, sus momentos.

Dios sabe cómo nos despedimos, cómo perdí de vista a la pecadora, a la mujer pálida, a la criatura. Había una escalinata de piedra, y un pórtico, y servidumbre, todo frágil y lechoso, como detrás de un vidrio empañado; y otras formas, más inconsistentes y borrosas todavía, como agitadas por el viento, y cierto matiz de censura y reproche contra mí despertó mi enojo hacia ese torbellino de sombras. Luego no quedó de él otra cosa que la figura de Pablo, mi amigo e hijo Pablo. Y en sus rasgos se mostraba y escondía un rostro que no podía nombrarse con un nombre y que era, sin embargo, archiconocido: el rostro de un compañero de colegio, un rostro de niñera prehistórico y legendario, nutrido de los buenos y sustanciosos recuerdos a medias del fabuloso año primero de vida

Se abre entonces una oscuridad interior, la cálida cuna del alma, y se empieza a fijar la patria perdida, el tiempo de la existencia informe, la indeterminada efusión inicial del hontanar, bajo el cual duerme el pretérito de los ascendientes con los sueños de la selva virgen. ¡Tienta, pues, oh alma, yerta, revuelve ciegamente en las termas saciadas de los inocentes instintos aurorales! Te conozco, ala medrosa, nada es más urgente para ti, ninguna cosa es más alimento, bebida y sueño para ti, que el regreso a tus comienzos. Las olas murmuran a tu alrededor y entonces tú eres ola; murmura el bosque y tú eres bosque; ya no hay más un afuera y un adentro. Vuelas, eres un pájaro en el aire; nadas, eres un pez en el mar; absorbes la luz y eres luz; saboreas la oscuridad y eres oscuridad. Caminamos, alma, nadamos y volamos y sonreímos y volvemos a anudar con delicados dedos del espíritu los hilos rotos; y dichosamente resuenan las destruidas vibraciones. Ya no buscamos más a Dios. Somos Dios. Somos el mundo. Matamos y morimos juntamente, creamos y resucitamos con nuestros sueños. Nuestro sueño más hermoso es el cielo azul; nuestro sueño más hermoso es el mar; nuestro sueño más hermoso es la noche iluminada por estrellas; y es el pez, y es el sonido claro y alegre, y es la luz clara y alegre: todos son nuestros sueños, cada uno de ellos es nuestro sueño más hermoso. Acabamos de morirnos para convertirnos en tierra. Acabamos de inventar la risa. Acabamos de poner en orden una constelación.

Suenan voces, y cada una de ellas es la voz de la madre. Susurran los árboles, y cada uno de ellos ha susurrado sobre nuestra cuna. Las calles se abren como estrellas, y cada calle es el retorno a casa.

El llamado Pablo, mi creación y mi amigo, estaba otra vez aquí y tenía mi misma edad. Se parecía a un amigo mío de juventud, pero yo no sabía a cuál, y por eso me sentía algo inseguro frente a él y le demostraba cierta cortesía. De donde sacó una ventaja apreciable. El mundo dejó de pertenecerme, le obedecía a él; debido a esto, todo lo anterior se había desvanecido y hundido en una inverosimilitud humillante, avergonzado de él, que gobernaba ahora.

Estábamos en una plaza, el lugar se llamaba París. Ante mí se alzaba un poste altísimo de hierro que era una escalera, pues tenía a ambos lados angostos escalones de hierro, a los que uno podía asirse con las manos y que asimismo servían para subir con los pies. De acuerdo con los deseos de Pablo, trepé junto a él por semejante escalera. Cuando estuvimos tan arriba como el tejado de una casa o un árbol muy alto, comencé a sentir temor. Miré hacia Pablo que no sentía ningún temor, pero que al adivinar el mío se sonrió.

Durante un momento, mientras tomaba aliento en tanto sonreía, estuve a punto de reconocer su rostro y recordar su nombre. Una rendija del pasado se abrió y ensanchó hasta la época de la escuela, hasta el tiempo en que yo tenía doce años, la edad más espléndida de la vida, cuando todo estaba lleno de aroma y era genial, cuando todo estaba dorado con un aroma apetitoso de pan fresco y una vislumbre embriagadora de heroísmo y aventura --doce años contaba Jesús cuando confundió a los doctores en el templo-: con doce años habíamos apabullado a nuestros sabios y maestros, éramos más inteligentes que ellos, más geniales, más valientes. Reminiscencias e imágenes me asaltaron en tumulto: cuadernos escolares olvidados, penitencias a la hora de comer, un pájaro muerto con una honda, el bolsillo de un abrigo pegajoso lleno de ciruelas robadas, un salvaje chapotear de muchachos en la piscina, pantalones de domingo rotos e íntimos remordimientos de conciencia, una ferviente oración al atardecer ante preocupaciones terrenales, sentimientos de un maravilloso heroísmo sugeridos por un verso de Schiller..

Fue solamente durante una fracción de segundo, como un relámpago, una serie ansiosamente arrebatada de imágenes sin centro; al momento el rostro de Pablo volvía a contemplarme, inquietante, conocido a medias. Ya no estaba yo seguro de mi edad, era posible que ambos fuéramos todavía muchachos. Abajo, muy abajo de nuestros delgados escalones, yacía esa aglomeración de calles que lleva el nombre de París. Cuando estuvimos más alto que cualquier torre, nuestras barras de hierro se acabaron y apareció, coronada por una tabla horizontal, una plataforma diminuta. Parecía imposible encaramarse a ella. Pero Pablo lo hizo con desenvoltura y yo no pude menos que hacerlo.

Ya encima, me acosté sobre la tabla y miré hacia abajo desde el borde, como desde una elevada nubecita. Mi mirada cayó como una piedra en el vacío y no dio en ningún blanco. De pronto, mi camarada hizo un gesto indicador, y yo quedé suspendido dé un espectáculo prodigioso que flotaba en medio de los aires. Sobre una calle ancha, a la altura de los tejados más altos, pero infinitamente más abajo que nosotros, vi una sociedad extraña y aérea: parecían ser equilibristas, y precisamente una de las figuras corría sobre una cuerda o una barra. Luego descubrí que eran muchos y casi exclusivamente jovencitas, y me parecieron ser gitanos o gente vagabunda. Iban y venían, se acostaban o sentaban, se agitaban a la altura de los tejados sobre un tablado aéreo de listones muy angostos y un varillaje parecido a una enramada. Habitaban allí y eran nativos de aquella región. Debajo de ellos podía entreverse la calle, y desde el fondo hasta la proximidad de sus pies llegaba una niebla sutil y flotante.

Pablo dijo algo al respecto. «Sí», respondí yo, «es conmovedor, todas esas muchachas ... »

Cierto, yo estaba mucho más arriba que ellas, pero me adhería temerosamente a mi puesto, mientras ellas flotaban ligeras y sin recelo. Entonces comprendí que estaba demasiado alto, en una posición falsa. Ellas sí que estaban a la altura debida, no al nivel del piso, pero tampoco tan endemoniadamente arriba y lejanas como yo; no entre la gente y tampoco tan aisladas. Además, eran muchas. Supe entonces que ellas representaban una felicidad que yo no había alcanzado aún.

Pero yo sabía que en cualquier momento tendría quc volver a bajar por mi descomunal escalera, y la sola idea de hacerlo era tan angustiosa que sentí náuseas; no podía aguantar un momento más allí arriba. Con desesperación y temblando de vértigo, tanteé con los pies en busca de los escalones -no podía verlos desde la plataforma y quedé suspendido, convulsivamente asido durante unos minutos espantosos, en aquella altura dañina. Nadie me socorría. Pablo ya se había ido.

Con profunda angustia daba peligrosos puntapiés y manotones, hasta que una sensación me envolvió como si fuese niebla, la sensación de que no eran la alta escalera ni el vértigo lo que yo tenía que sufrir y las cosas por las que debía pasar. Y de inmediato se desvanecieron también la visibilidad y hasta el parecido de las cosas; todo era nebuloso e impreciso. Ya me veía colgando de los escalones y sentía vértigo, ya me arrastraba, pequefío y angustiado, entre galerías de minas y corredores subterráneos terriblemente angostos, ya chapoteaba con desesperación en medio de lodazales y estiércol y sentía elevarse hasta mi boca un cieno inmundo. Oscuridad y paralización lo cubrían todo. Misiones formidables, con un sentido serio pero todavía oculto. Angustia y sudores, mutilación y escalofríos. Un dificultoso morir, un dificultoso renacer.

¡Cuántas noches hay en tomo nuestro! ¡Cuántos caminos de tortura, angustiosos y duros, recorremos! En las profundidades del pozo camina nuestra alma cegada, pobre héroe eterno, pobre Odiseo. Pero seguimos caminando, nos agachamos y pasamos un vado, nadamos ahogándonos en el fango, trepamos arrastrándonos por malignos paredones lisos. Lloramos y nos desanimamos, gemimos atemorizados y aullamos con llanto doloroso. Pero seguimos adelante, caminamos y padecemos, caminamos y nos abrimos paso a mordiscos.

De nuevo surgieron, de la turbia humareda infernal, los símbolos; allí estaba otra vez un breve trozo del sendero sombrío, iluminado por la luz conformadora de los recuerdos. Y el alma brotó desde lo primitivo para afincarse en la región nativa del tiempo.

¿Dónde estaba aquello? Objetos conocidos me contemplaron; respiré un aire que volví a reconocer. Una habitación casi en penumbras, una lámpara de petróleo sobre la mesa, algo semejante a un piano. Mi hermana estaba allí, y mi cuñado, tal vez de visita en casa o yo en la de ellos. Estaban silenciosos y muy preocupados, llenos de preocupación por mí. Y yo estaba de pie en el cuarto grande y triste, iba de un lado para el otro, envuelto en una nube de tristeza, dentro de una corriente de tristeza amarga, sofocante. Y entonces comencé a buscar cualquier cosa, nada importante, un libro o unas tijeras o algo parecido, y era incapaz de encontrarlo. Así tomé la lámpara, era pesada y yo estaba terriblemente cansado, pronto volví a dejarla y a continuación la volví a tomar, y quería buscar, buscar, aunque sabía que era en vano. No iba a encontrar nada, sólo embrollaría más las cosas, la lámpara se me caería de las manos --era tan pesada, tan penosamente pesada y yo seguiría buscando a tientas y errando a través de la habitación durante toda mi pobre vida.

Mi cuñado me miró, y en su mirada había temor y algo de censura. «Advierten que me estoy volviendo loco», pensé rápidamente, y volví a tomar la lámpara. Mi hermana se me acercó, muda, con ojos implorantes, tan llena de angustia y amor que el corazón se me quería romper. No podía decir nada, solamente tender la mano, hacer señas, señas de rechazo. Y yo quería decir: «¡Dejadme ya, dejadme ya! ¡Vosotros no lo podéis saber que me pasa, cuánto sufro, que terriblemente sufro!» Y otra vez: «¡Dejadme ya, dejadme ya!»

La rojiza luz de la lámpara se esparcía débilmente por el espacioso cuarto, afuera los árboles gemían con el viento. Por un instante creí ver y palpar en la más honda intimidad la noche que estaba ahí afuera: ¡viento y humedad, otoño, amargo olor de la hojarasca, arremolinadas hojas de los olmos, otoño, otoño! Y por otro momento dejé de ser yo mismo, y me vi como una efigie: yo era un músico pálido, enjuto, de ojos llameantes, llamado Hugo Wolf, y aquella noche me encontraba al borde de la locura.

Entretanto, debía continuar buscando, debía buscar sin esperanzas, y tenía que alzar la pesada lámpara y colocarla sobre la mesa redonda, sobre el sillón, sobre una pila de libros. Y debía defenderme con gestos suplicantes cuando mi hermana volvía a contemplarme triste y delicadamente, cuando quería consolarme o aproximarse con propósito de ayuda. La pena crecía dentro de mí y me llenaba casi hasta estallar; las imágenes que me rodeaban eran de una claridad y una elocuencia conmovedora, mucho más darás que cualquier realidad común; un par de flores otoñales en el florero, entre ellas una dalia de un rojo pardo oscuro, ardían en una soledad tan hermosa y sonriente... Y cada objeto, aun el brillante pie de latón de la lámpara, era tan mágicamente bello y penetrado por un halo de soledad tan fatal como en los cuadros de los grandes pintores.

Percibí con nitidez mi destino. Una sombra más en aquella tristeza, una mirada más de mi hermana, otra mirada más de las flores, de esas flores hermosas llenas de alma... y luego aquello se desvaneció y me sumergí en el desvarío. «¡Dejadme! ¡Vosotros no sabéis nada! » Sobre la cubierta bruñida del piano caía un rayo de la lámpara reflejado en la oscura madera, con arrobadora belleza, misteriosamente impregnado de melancolía.

Ahora se volvió a levantar mi hermana, se dirigió al piano. Yo quise suplicar, quise defenderme cordialmente, pero no pude. Desde mi total soledad no podía emanar ningún poder que llegara hasta ella. ¡Oh, yo sabía lo que ahora ocurriría! Yo conocía la melodía que ahora debía ponerse en palabras y que debía decirlo todo y destruirlo todo. Una tensión formidable me oprimía el corazón, y mientras las primeras gotas abrasadoras saltaban de mis ojos, caí de bruces sobre la mesa y escuché y sentí con todos mis sentidos y con nuevos sentidos agregados texto y música simultáneamente, la siguiente estrofa de la melodía de Hugo Wolf:

¿Qué sabéis, vosotras, oscuras cimas,
de los bellos viejos tiempos?
Detrás de las cumbres la patria
¡qué lejos está, qué lejos!

Con esto, el mundo se deslizó ante mí y dentro de mí, hundido en lágrimas y sonidos. ¡Cómo decir que difusa y torrencialmente, qué benéfica y dolorosamente! ¡Oh, llanto, dulce derrumbamiento, venturosa fusión! Todos los libros del mundo, llenos de pensamiento y y poesía, nada son ante un minuto de sollozos, cuando el sentimiento se agita en torrentes, y el alma se siente y se encuentra profundamente a sí misma. Las lágrimas son hielo del alma derretido; todos los ángeles están próximos al que llora.

Lloré copiosamente, olvidado de todas las causas y razones, mientras caía desde lo alto de una tensión insoportable en el suave crespúsculo de los sentimientos cotidianos-, sin pensamientos, sin testigos. En el medio, entre imágenes que revoloteaban, un ataúd. En él yacía una persona muy querida, muy importante para mi, pero yo no sabía quién era. Quizá tú mismo, pensé, cuando, deesde una remota y tierna lejanía, se me ocurrió otra imagen. ¿No había visto yo una vez, años atrás o en una vida anterior, cierta imagen maravillosa: un grupo de jovencitas morando arriba en los aires, nebuloso e ingrávido, hermoso y feliz, cerniéndose con la levedad del aire y pleno como música de cuerdas?

Los años cayeron deprisa, y el mundo se había transformado. Afligido, caminaba yo hacia una casita. Lo hacía muy a disgusto, pues una sensación de temor en la boca me tenía como cautivo; medrosamente tanteé con la lengua un diente flojo, y al tocarlo de costado se me cayó. ¡Y también el de al lado! Había por allí un médico muy joven al que me quejé, mientras implorante le señalaba el diente que sostenía entre mis dedos. Se rió despreocupadamente, dijo que no con inexorables gestos profesionales y luego sacudió la juvenil cabeza: la cosa no era nada, no tenía importancia, todos los días ocurría algo así. «¡Dios santo!», pensé. Pero él prosiguió y señaló mi rodilla izquierda: «Allí está el asunto, con eso no se puede jugar.» Con tremenda rapidez toqué la rodilla izquierda... ¡allí estaba! Allí tenia un agujero en el que me cabía el dedo, y en vez de piel y carne no palpaba más que una masa insensible, blanda y fofa, ligera y fibrosa, como el tejido marchito de una planta. ¡Oh Dios mío, aquello era el principio del fin, aquello era la putrefacción y la muerte! «No hay que se pueda hacer?», pregunté con amabilidad forzada. «Nada Ya», dijo el joven médico y se marchó.

Me dirigí hacia la casita, extenuado, Dero no tan desesperado como hubiera debido estar. Casi estaba indiferente. Ahora era necesario llegar hasta la casita, donde mi madre me aguardaba. ¿No había escuchado su voz, acaso no había visto su semblante? Unos peldaños llevaban arriba, peldaños disparatados, altos y lisos, sin baranda, cada uno de ellos una montaña, un picacho, un ventisquero. Seguro que se me había hecho demasiado tarde ya... ¿Se habría ella marchado, acaso estaba muerta? ¿No terminaba de oír cómo llamaba de nuevo? Calladamente luché con los empinados escalones-montañas, cayéndome, y magullado, furioso y sollozando, me apreté contra el suelo apoyándome en mis maltrechos brazos y rodillas. Y me hallé arriba, junto al portal, y los peldaños volvían a ser pequeños, bonitos y adornados con boj. Cada paso se me hacía pegajoso y dificil como si pisara fango y cola de carpintero. No lograba avanzar, la puerta estaba abierta, y adentro andaba mi madre con un vestido gris, un cesto al brazo, en silencio y pensativa. ¡Oh, su cabello oscuro, apenas encanecido, bajo la redecilla! ¡Y su andar, su figura tan menuda! ¡Y su vestido, ese vestido gris! ¿Es que en todos aquellos muchos, muchos años, había perdido totalmente su imagen, es que nunca había pensado. en ella debidamente? ¡Pero allí estaba, de pie, caminando, y mirada de atrás, tal como había sido, enteramente clara y hermosa, puro amor, puro pensamiento amoroso! Furioso, mi paso de paralítico intentó vadear la atmósfera pegajosa; zarcillos de plantas trepadoras se me enroscaban más y más como cuerdas delgadas y fuertes, por todas partes obstáculos hostiles, ningún adelanto. «¡Madre!», grité... Pero no se escuchó voz alguna... No se escuchó nada. Entre ella y yo se interponía un vidrio.

Mi madre se alejó lentamente, sin mirar atrás, en silencio, ensimismada en pensamientos bellos y cuidadosos, en tanto desprendía con esa mano que me era tan conocida una hebra invisible del vestido. Luego se inclinó sobre el cestito buscando sus enseres de costura. ¡Oh el cestito! En él me había escondido en una oportunidad huevos de Pascua. Grité desesperado y sin voz. Eché a correr ¡y no me movía del sitio! Ternura y furor tiraban violentamente de mí.

Ella continuó andando despacio, atravesó el pabellón del jardín, se detuvo en la puerta abierta del otro lado, y salió al aire libre. Luego inclinó la cabeza suavemente hacia un costado, como si estuviera escuchando el curso de sus pensamientos, alzaba y bajaba el cestito ... Entonces me vino a la memoria un papel que había encontrado una vez, siendo muchacho, en aquel cestito. Allí había escrito ella con su letra ligera lo que tenía que hacer y recordar ese día; pantalones de Hermann deshilachados; poner en remojo la ropa; pedir prestado libro de Dickens; Hermann no ha rezado ayer. ¡Torrentes del recuerdo, cargas del amor!

Inmovilizado, atado de pies y manos, quedé junto a la puerta de entrada; por el lado opuesto, la mujer vestida de gris cruzó lentamente el jardín y desapareció.