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martes, agosto 19, 2008

Gabriel Fuster: Made in China



MADE IN CHINA

1. CUENTO CHINO

Cierta sombra chinesca evoca la salida y el regreso del día cansado entre sus manos. Xiao Mei, que vio las paredes monacales un tiempo fuertes, ya desmoronadas pedía el telón de los nevados sobre los sauces y lirios y al tiempo que los puritanos prohibieron las representaciones teatrales. Entonces sucedió la extinción de la ilusión y éste descubrió el dedo gordo de un pie que sobresalía de la tierra. Xiao Mei trató de sacarlo en un tirón pero éste parecía sujeto a algo. En un segundo intento, el muchacho alcanzó a oír un gruñido subterráneo en tanto que el dedo resbalaba fuera de alcance de sus manos sudadas. Con un tercer intento de boca desdentada y largo mirar atado de un tronco, el dedo en cuestión se desprende e inmediatamente se arruga cuando es escupido a un lado del sol. Ahora ¿cómo vamos a curarle la herida?
El muchacho viene a buscarnos hasta el fondo de la cocina con su carga. La madre la toma a un rincón y comenta:
-Parece una larva de buena suerte. La pondré en la sopa para darle sazón...
Por la noche, el padre rebana la pieza cocida en tres porciones y las reparte en cada plato.
El dedo sangra y ya no le pertenece a nadie.
El muchacho se queda ahí, al fondo de la terraza, con el mismo remordimiento con que el universo está regido por una ley eterna y que un rufián, un tigre o una hormiga saben que hay cosas que no deben hacer. Cierra sus ojos y empieza a soñar. El niño nocturno se halla caminando con la prisa que acude la bruma, sin mayor preocupación que tomar el camino tan vivo y tan equívoco como es el hambre de las manadas. Por su propio bien que nadie se le acerque, debo advertir. Los temerosos están fuera de la lámpara de papel y una sombra quemada por su esplendor lo encuentra al paso. Ambos peregrinos reanudan el camino sin cruzar palabra. Este viajero callado bien podría ir detrás de la noche, sin embargo voltea a observar al muchacho e inmediatamente acelera la marcha. El muchacho imagina lo mismo y participa en la carrera. El otro levanta la linterna redonda y se estremece al reconocer a su vecino. El muchacho imagina lo mismo y participa del saludo. El calor original pasa veloz y el otro tiembla de pies a cabeza. El muchacho imagina lo mismo y participa del páramo de los ocho diagramas del Libro de los Cambios. El otro quiere estar lejos de él y corre. El muchacho imagina lo mismo y ríe semejando el aullido de una caza menor que corre delante de cien cornetas. Sin voltear atrás un momento, el otro rodea el magnífico pailou de sus costillas y un santuario improbable se muestra ante los dos caminantes. El muchacho toca del hombro del hombre y le dice:
-¿Le importa si camino al lado suyo?...siempre me ha sobrecogido la ceguera.
Los ojalás del gran portal de seis columnas, cinco arcos y once ornamentos de madera labrada lucen el poder y la dignidad de una palabra mágica hecha eco. Entretanto, el otro, en su inscripción de sabiduría al tramo central, no podrá levantar los ojos sin ver su propio corazón.
-Lo sé, yo solía sentir lo mismo cuando estaba vivo...- dice la sombra.
El muchacho no va a olvidarlo ahora. Despierta con alivio. La familia se halla sentada nuevamente a la mesa con plenas libaciones por la invención del té y nota que su presencia es como un hacha que restañara el luto entre ellos.
-¿Qué les pasa? - pregunta Xiao Mei, a tientas -¡Parece como si hubiera muerto alguien!
-Te guardamos duelo... - responde el jefe de familia.
-¡Yo no estoy muerto!...¡Yo me siento bien!
-¡Será mejor que regreses al talismán ígneo y frío con tus antepasados...no puedes seguir aquí!
-¡No me iré hasta que me sienta muerto de golpe y no por sorpresa!
Y no es de que carguemos a cuestas con la siguiente probable respuesta, pero dado que el muchacho se rehusaba a sentirse muerto, entonces el padre no podría hacer efectivos los cupones de racionamiento y, por lo consiguiente, resultaba imposible pagar el precio del ataúd al carpintero, amén que el sepulturero veíase a sí mismo como desempleado por un designio que su edad no entendía. Al muchacho poco le importaba los daños y los perjuicios ocasionados por su conducta, sentado en una silla mecedora y enderezando una sombrilla con tal donosura, que no se le ve cerrarla ni en la lluvia o ni en el día soleado. No obstante que sus articulaciones continuaban acartonándose y su cara igualmente era máscara de un sacrificio ceremonial, éste se obstinaba en decepcionar a sus parientes.
Un día, el violinista del pueblo supuso que no hay que reinventar nada y llamó por la banda instrumental y el segmento de canto. Lee en alguna parte: “¡Soy como todos ustedes!”. Y mantiene un ojo en la mano, pues ya sabe a quién ha de ponérselo el otro. ¿De qué colores hablas?. El muchacho comenta que ha de resistir a toda costa y que para colmo se halla demasiado lejos de la gran muralla.
Nosotros seguimos llamando a la puerta.
-¡Algo tendrá que hacerse! - insiste el violinista.
La orquesta entona sus primeros acordes en un rectángulo perfecto de ábaco y se toman nuevas sumas de los precios en el mercado. El muchacho detiene el vaivén de su silla mecedora, se estremece de cabo a rabo con el sonido del Zheng y el Sheng. Se pone de pie, da un primero y segundo paso y de inmediato se pone a bailar a todo largo del cuarto. Al poco tiempo, el tramo de un antebrazo se afloja y cae al suelo.
-¡Vieron eso! - comentan los familiares entre sí.
-¡Toquen más aprisa! - grita el papá por la ventana.
El muchacho pide una soga, pero le es negada. Finalmente, provoca un desparramamiento de huesos y músculos en medio de la alfombra. El violinista saca aserrín del instrumento y es paseado en hombros. Y ésta es la verdad del soñar despierto y celebrar la obscuridad incontestable del firmamento, enredando dragones y aves fénix con propiciatorios fuegos artificiales. Estruendo y aguacero, júbilo y ceniza. Aquí comienza la ventaja del pueblo que tiene inclinación por su emperador, pues éste coloca el incidente en la taza de porcelana con un ademán, tan conmovedor e indescifrable de exacta intención como es el dedo cortado que trae el canario al nido.

Xian, China. Agosto 16, 2004

2. DAMAS CHINAS

Mao Tse-tung inició su imposible marcha de retirada cubriendo 6,000 kilómetros junto con su ejército rojo de 90,000 hombres, desde Kiangsi a la provincia de Shensi y con Chiang Kai-Shek pisándole los talones. Margarita Carmen Cansino inició su imposible marcha de retirada con su carrito de supermercado sobrecargado de enormes bolsas de Purina y enormes paquetes de pañales Huggies. Arranca una loca carrera a través de los pasillos del Soriana en China, Nuevo León, tan rápida, dos tercios ya, que logra manejar una colisión de alcance ingeniero sobre el curso en pendiente entre los carros de compras de Angélica Marín, una homosexual de 47 años, que ha vivido cambiando besos y abrazos y caricias y palabras amorosas con la fotografía de sus padres desde que su padres fallecieron 17 años antes, y Gloria Carrillo, una consejera de negocios de 35 años, que expone su balde a la lluvia matutina, por tener agua, como no fue capaz de hallar un chambelán en su fiesta de quince años y cuya vida social no ha mejorado un ápice desde la muerte de esa ilusión. Margarita Carmen empieza a gritarles insultos, como si la larga marcha hubiera sido culpa de esas personas, de modo que los convierte en aliados. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Ella se comporta muy grosera, exhalando un aliento de flores marchitas sobre ellos y, finalmente, roda su carro fuera de la vista de sus interpelados, dejándolos atrás bien entretenidos en separar sus víveres y latas entremezclados, dejándolos haciendo veintiocho comentarios sobre su conducta ruin, dejándolos con la oportunidad de apreciarse uno al otro. Margarita Carmen abandona su carro de provisiones y sale al estacionamiento, advertida que, a cada quién, cual la estatura, cabe la felicidad, y se agacha a sacar el aire a los neumáticos de Gloria Carrillo. Mientras tanto, ésta paga con los últimos cincuenta pesos dentro de su billetera y tendrá que pedir un aventón a la gasolinera más próxima. Angélica le pedirá que la llame Angie, por favor, y ambas mujeres descubrirán en el camino, que comparten muchos puntos en común, como el gusto por el gran clásico del cine noir, “The Lady from Shangai”, estelarizada por Rita Hayworth y Orson Welles, ay. I told you...You know nothing about wickedness.

Shangai, China. Agosto 18, 2004

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