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martes, septiembre 11, 2007

Argelia Villegas López: De Veracruz a París




…De Veracruz al DF, pasando por París. Aromaterapias pre-otoñales.



Aromaterapia: parte de la fitoterapia (terapia de medicina natural basada en el uso de plantas medicinales) que usa aceites esenciales y extractos de plantas para el tratamiento de ciertos males. Se basa principalmente en aplicar, inhalar o ingerir ciertos extractos del mundo vegetal. Estos aceites esenciales ayudan no sólo en males físicos, sino también en problemas mentales.

Veracruz, Ver. 03:20 AM. 11 de septiembre 2007. Flashback. Sólo pude verla una vez en mi vida; de enigmática presencia y ojos caídos esa madrugada le dimos una larga serenata al boulevar jarocho, de Moby a José Alfredo Jiménez, de la estatua de Agustín Lara hasta la última esquina de Boca del Río esa mañana le pusimos el sol a Veracruz.
Lo más extraño de conocerla fue que los pocos minutos en su compañía la única prueba que tuvimos de que era un ser terrenal era que estrenaba su coche con nosotros y que le encantaba pisar a fondo el acelerador. Casi no hablaba, tenía el aspecto encantado y desgarbado y una ronca voz, parecía un ser bajado del cielo y tan ausente como el silencio que sólo puede ofrecer un cementerio.
Acababa de llegar de la India, y los únicos 10 o 15 minutos que logramos arrancarle unas palabras nos aseguró que el puerto de Veracruz se ubicaba en una zona encantada por una extraña triangulación que sólo el cosmos podía explicar. Por eso había vuelto de un largo viaje de 9 meses por Asia.
No dijo más, sólo se hizo sentir cuando Moby a todo volumen despeinaba las olas y la botella de tequila se fundía con el tiempo.
Las formas más lindas que tiene el boulevard le gustaba sentirlas a tope, con los pies descalzos y la arena entre los dedos era fácil desafiar la muerte y pisar a fondo. Esa noche nos mostró el laberinto secreto que tiene la velocidad y las múltiples luces del malecón y el Café La Parroquia húmedos y que atravesamos como kamikazes madrugadores.
Se despidió de todos con su perfume: un penetrante olor a jazmín. Embriagó hasta las últimas sombras de Boca del Río y esa mañana el zócalo amaneció arrullado de jazmines y olor a café. El penetrante aroma viajo en el tiempo…
Madrid, España. 11:30 pm. 13 de Julio. Zoom-in. La abuela había recomendado 7 remedios a base de jazmín y hojas de limón, Moni desde sus ancestrales ojos oscuros había dicho que el ajo y la cebolla fritos en aceite de oliva serían la solución por las noches. Pero nada la sacaba de sus tristezas y cavilaciones, hasta que apareció Pedro una noche de verano arrastrando sus ojos oscuros de lobo perdido.
Antes de él llegó primero su aroma. Era una especie indescriptible a madera y noche, al aspirarlo era posible asegurar que el propio perfume de 500 noches había sido resumido y secuestrado por un experto alquimista en una botella.
El perfume de Pedro tenía nombre, precio, y baratas explicaciones mercadológicas, pero el máximo desafío del extraño y cotizado aroma era entrar en contacto con la piel pues de ello siempre depende el hechizo. Depende si es madrugada o noche, la edad de la persona, el lugar donde se encuentre y la calidad de su espíritu para que el perfume adquiera su máximo potencial hechizante.
Pues fue perfecta esa noche tibia para que la alquimia de maderas, noche y estrellas le cambiaran la vida a ella y la arrastraran a un amor desconocido. Se vino abajo toda recomendación médica, o ancestral, la abuela enfureció porque sus recetas perdieron fuerza ante Pedro, el encantador de serpientes con ojos de lobo.
Hablaron, bebieron, de bar en bar, como marca la “marcha madrileña”, recorrieron las calles más gastaditas de una Madrid que en julio se torna insoportablemente caliente. Debajo de la ropa el aroma era más embriagante, pues el diálogo de la piel de Pedro y su perfume adquirió la fuerza para recoger a besos la larga conversación aromática entre sus carnes y la mezcla de esencias.
Luego lo confesó todo a una anciana que vive en las montañas Asturianas, en las más lejanas del norte de España, fue entonces cuando la anciana mujer explicó que los mejores aromas se pueden percibir en su máxima esencia sólo en los estados anímicos más profundos del ser humano, pues gracias a ello la reacción de la nariz a los estímulos se torna más sabia y sensible para descubrirlos.
Sólo un autobús destino a París y el mercado Jamaica en la ciudad de México, pudieron sacarla del hechizo que causaba Pedro y su perfume: un continuo drama que terminaba entre sábanas, besos, y el cielo.
Montpellier, Sur de Francia. Madrugada. Flashback. No hubo más euros, para llegar a París un autobús sin calefacción y atestado de personas de mil sitios fue la opción más fácil. Enfrentarse al mosaico cultural tan heterogéneo que la acompañó y las múltiples lenguas que marearon sus odios en las horas del viaje, no fue tan difícil como soportar una pestilencia penetrante a… ¿humanidad?
Olía a gente y …¡A TODO¡. Árabes, japoneses, chinos, italianos, colombianos, tres hindúes y ¡¡30 personas más de Dios sabe dónde¡¡ juntos eran una bomba de aromas que la fundió hasta el último sitio de un autobús sin ventanas donde poder escapar de aquella tortuosa olla exprés de profundos aromas. Sin salida, esas horas fueron las más largas de su vida.
Rigurosos análisis pasaron por su mente: ¿serán unos pies ennegrecidos los culpables del olor a pútrida tierra húmeda?, ¿aquellos niños y los dulces retorcidos que chupan es lo que huele a vainilla descompuesta y vómito?, ¿o son esas miles de faldas coloridas y enlodadas las que ocasionan el aroma a carne descompuesta? . . . ¡¿a qué demonios huele antes de llegar a París?¡…
México, DF. Septiembre 2007. Mercado Jamaica, o Mercado de las Flores. Zoom-out. Luego de caminar unos 20 minutos, en lo más profundo del Mercado Jamaica, al lado del puesto: “El rey del huarache rojo” habita un santuario aromático, de los más sagrados que yo he podido conocer.
En unos sacos de petate más de 50 especies de diferentes tipos de chiles aparecen como una imagen de ensueño a los compradores. Morita, pulla, seco, de árbol, cascabel, chilpotle, y mil hermosos nombres más cuelgan de cada costal repleto de chiles.
El aroma es único y supera el perfume de cualquier ángel. La combinación de los costales, la tierra, y el encierro de los aromas chilosos crea una atmósfera ancestral que sólo habita en ese rinconcito del mercado Jamaica. 100 gramos, kilos o unos cuantos para la comida del día desfila por una enorme báscula, porque hay veces que se llevan costales enteros para grandes banquetes.
Los chiles de árbol son los más coquetos por su vestido rojo y esbelta figura, los chiles cascabel son redondos y pequeños pero muy picosos machacados en salsa y el romántico chile chilpotle que se enreda con sus compañeros en el inmenso costal de petate.
Hundir la nariz en cada costal es una experiencia sublime, meter la mano y sentir sus cuerpos secos y dispuestos a saciar paladares exigentes resulta el destino ideal para apreciar múltiples texturas.
La señora que atiende el local habla con cada costal e inventa historias a los chiles “porque si no les hablo se ponen tristes y luego no vendo nada o no saben igual”, confiesa doña Margarita, amiga de los dueños del local El Rey del Huarache Rojo, donde kilométricos huaraches a todas horas son servidos con sus frijolitos y salsas coloridas.
Uno de los mejores perfumes de México está aquí, en estos costales inmensos de chiles, y la mezcla que logra con los huaraches del local: El Rey del Huarache Rojo fueron, junto con el autobús destino París, los únicos aromas que pudieron desencantarla del hechizo sublime del costoso perfume de Pedro, el de los ojos de lobo.