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viernes, marzo 28, 2008

Ray Bohlin: La caja negra de Darwin


El presente artículo tiene que ver con el amable comentario que Anónimo hizo al texto de Octavio Rico titulado La mente del universo. El comentario dice: Me parece que el planteamiento está hecho al revés: no es la ciencia la que se está "abriendo" o acercando a la religión o a la teología, sino ésta se ha topado con la dura realidad y ha tenido que extender sus posibilidades de explicación con instrumentos científicos.Nos queda todavía mucho por andar en materia de conocimiento científico, pero el avance actual no hubiera sido posible si sólo nos hubiéramos conformado con una explicación divina.
No queriendo quedarme fuera, coloqué (a la vez) una respuesta en este tono: Considero que tanto religión como ciencia han hecho las cosas "al revés", una por dogmática, y la otra por falta de humildad y no considerar que es eso: "una parate del pensamiento fallido humano". La ciencia demuestra su facilidad de falible muy fácilmente: ¿Por qué sigue habiendo ciencia? Pues para tapar los "errores" que la misma ciencia ha provocado en otros tiempos, que, en su momento histórico ha considerado como verdades "absolutas" y ahora se descubre que "fulano estaba equivocado..." Veamos (sólo un ejemplo) la páliza que la decofidicación de ADN le está dando a Darwin...por ejemplo.
Iba yo a seguir. Pero quién mejor que el Dr. Ray Bohlin para comentar sobre este asunto en el que Darwin (quien por cierto se le sigue enseñando en las escuelas como recurso último y desesperado sobre el origen del hombre) sale sumamente raspado ante la misma ciencia quien ha descubierto que Charles Galápagos estaba muy lejos de tener la verdad científica última. El lector será, por supuesto, el mejor juez. (I.G.)

LA CAJA NEGRA DE DARWIN

¿Qué tienen que ver entre sí las trampas para ratones, la biología molecular, la coagulación, las máquinas de Rube Goldberg y la complejidad irreducible? A primera vista, parecen tener poco o nada en común. Sin embargo, todos forman parte de un libro reciente de Michael Behe titulado Darwin's Black Box: The Biochemical Challenge to Evolution (La caja negra de Darwin: El reto de la bioquímica a la evolución), de. Michael Behe es un profesor de biofísica de Lehigh University, en Pennsylvania, y su libro, publicado el verano pasado, ha estado causando un vendaval en círculos académicos desde que salió.
El monopolio que ha tenido el darwinismo de las ciencias biológicas durante décadas ya se ha visto debilitado en los últimos 30 años gracias al nuevo movimiento creacionista y, más recientemente, por el impulso de los teóricos del diseño inteligente. Pero el nuevo libro de Behe podría terminar por ser la paja que rompa la espalda del camello. Generalmente libros como éste son publicados por editoriales cristianas, o al menos editoriales seculares que son pequeñas y están dispuestas a correr un riesgo. Además, los libros creacionistas raramente se venden en librerías seculares o son reseñados en publicaciones seculares. La caja negra de Darwin ha logrado la atención de evolucionistas que no suelen estar acostumbrados a responder a ideas antievolucionistas en el ruedo académico. Personas como Niles Eldredge (American Museum of Natural History), Daniel Dennett, autor de Darwin's Dangerous Idea, Richard Dawkins, de Oxford University y autor de The Blind Watchmaker, Jerry Robison, de Harvard University, y David Hull, de University of Chicago, se han visto forzados a responder a Behe, sea por escrito o en persona.
En resumidas cuentas, la razón de toda esta atención es que reconocen abiertamente que Behe es, claramente, un científico acreditado de una institución acreditada y, por lo tanto, su argumento es más sofisticado que el que están acostumbrados a escuchar de los creacionistas. Dejando de lado los elogios moderados y ambiguos, dicen sin reservas que está completamente equivocado, pero han hecho un esfuerzo mucho mayor, en la literatura, desde el podio y en los medios electrónicos para explicar precisamente por qué piensan que está equivocado. Los creacionistas y los teóricos del diseño inteligente suelen ser descartados en el acto, pero no La caja negra de Darwin de Behe.
Lo que afirma simplemente Behe es que, cuando Darwin escribió El origen de las especies, la célula era una misteriosa caja negra. Podíamos verla por afuera, pero no teníamos ninguna idea de cómo funcionaba. En El origen Darwin dijo:
"Si pudiera demostrarse que existió algún órgano complejo que no pudiera haber sido formado de ninguna forma por numerosas, sucesivas y leves modificaciones, mi teoría se vendría abajo por completo. Pero no puedo encontrar ningún caso así".
En palabras sencillas, Behe ha encontrado un caso así. Behe dice que, al abrir la caja negra de la célula a lo largo de los últimos cuarenta años de investigación en biología molecular y celular, hay ahora numerosos ejemplos de máquinas moleculares complejas que tiran abajo completamente la teoría de la selección natural como una explicación abarcadora de los sistemas vivos. El poder y la lógica de sus ejemplos llevaron a la revista Christianity Today a designar a La caja negra de Darwin como su Libro del Año 1996. ¡Toda una distinción para un libro de ciencia publicado por un editor secular!
En este artículo estaré analizando unos pocos ejemplos de Behe y detallaré cómo ha estado reaccionando la comunidad científica ante este libro altamente interesante e influyente.
La complejidad irreducible y las trampas para ratones
Behe dice que los datos de la bioquímica indican fuertemente que muchas de las máquinas moleculares de la célula no podrían haber surgido de un proceso gradual de selección natural. En contraste, Behe dice que gran parte de la maquinaria molecular en la célula es irreduciblemente compleja.
Déjeme tratar primero este concepto de complejidad irreducible. En realidad, es un concepto bastante simple de entender. Algo es irreduciblemente complejo si está formado por varias partes, y cada parte es absolutamente necesaria para que funcione la estructura. La implicación es que este tipo de estructuras o máquinas irreduciblemente complejas no pueden ser construidas por la selección natural porque, en la selección natural, cada componente debe ser útil al organismo durante la construcción de la máquina. Behe usa el ejemplo de la trampa para ratones. Una trampa para ratones tiene cinco piezas que son absolutamente necesarias para que funcione. Si saca cualquiera de estas piezas, la trampa dejará de atrapar ratones.
La trampa debe tener una base sólida a la cual poder fijar las otras cuatro piezas, un martillo que aplaste al ratón, un resorte que dé al martillo la energía necesaria, una barra de retención que sostenga al martillo energizado por el resorte, y una traba a la cual esté fijada la barra de retención que sostiene al martillo en tensión por el resorte. En cierto momento, el movimiento de un ratón, atraído a la trampa por un sabroso pedazo de mantequilla de maní, hace que la barra de retención se corra de la traba, liberando al martillo para que caiga sobre el desprevenido animal.
Es bastante fácil imaginar una pérdida completa de la funcionalidad si uno quita cualquiera de estas cinco partes. Sin la base, las otras partes no pueden mantener la estabilidad adecuada y la distancia entre sí como para ser funcionales; sin el resorte o el martillo, no hay forma de atrapar al ratón; y sin la barra de retención y la traba, no hay forma de armar la trampa. Todas las partes deben estar presentes y deben tener una justificación para poder atrapar al ratón y para que la máquina siquiera funcione.
Uno no puede construir una trampa para ratones mediante la selección natural darwiniana. Supongamos que usted tiene una fábrica que produce las cinco piezas de la trampa para ratones, pero los usa para otros propósitos. Con el paso de los años, al cambiar las líneas de producción, las piezas sobrantes de los aparatos que ya no se fabrican se guardan en estantes del cuarto de almacenaje. Un verano, la fábrica es invadida por ratones. Si alguien se lo propusiera, podría ir al cuarto de almacenaje y comenzar a jugar con las piezas sobrantes, y tal vez podría llegar a construir una trampa para ratones. Pero esas piezas, por sí solas, nunca se ensamblarán espontáneamente para formar una trampa para ratones. Una pieza similar a un martillo podría caer accidentalmente de su caja a una caja de resortes, pero esto es inútil hasta que la totalidad de las cinco piezas estén ensambladas para que puedan funcionar juntas. La naturaleza haría una selección contraria a la producción continua de las partes sueltas si no están produciendo un beneficio inmediato al organismo.
Michael Behe simplemente dice que hemos aprendido que varias de las máquinas moleculares de la célula son tan irreduciblemente complejas como una trampa para ratones y, por lo tanto, son igualmente incapaces de ser construidas por la selección natural.
El poderoso cilio
Uno de los ejemplos de Behe es el cilio. Los cilios son pequeñas estructuras de forma de cabello en la parte exterior de las células que ayudan a mover un fluido por encima de la célula estacionaria -como las células de sus pulmones- o sirven como medio de propulsión de una célula a través del agua -como el paramecio unicelular. Suele haber muchos cilios en la superficie de una célula, y uno puede verlos batir al unísono, como una multitud haciendo la ola en un partido de fútbol.
Un cilio funciona como un remo en un bote a remos; sin embargo, como es una estructura capilar, puede doblarse. Hay dos partes en la operación de un cilio, la "brazada" de potencia y la de recuperación. La brazada de potencia comienza con el cilio prácticamente paralelo a la superficie de la célula. Con el cilio en una posición rígida, se levanta, anclado en su base a la membrana de la célula, y empuja el líquido hacia atrás hasta que se ha movido casi 180 grados con relación a su posición anterior. Para la brazada de recuperación, el cilio se dobla cerca de la base y el doblez se extiende a lo largo del cilio, pegándose a la superficie de la célula hasta que alcanza su posición extendida anterior, otra vez en un movimiento de 180 grados respecto de su posición original. ¿Cómo logra esta estructura microscópica capilar esto? Los estudios han mostrado que hay tres proteínas primarias necesarias, si bien se usan más de 200 otras.
Si hiciéramos un corte transversal de un cilio y lo fotografiáramos con un microscopio electrónico, veríamos que la estructura interna del cilio está compuesta por un par de fibras centrales rodeado por 9 pares adicionales de estas mismas fibras dispuestos en círculo. Estas fibras o microtúbulos son varillas largas y huecas formadas apilando la proteína tubulina. El arqueamiento de los cilios depende de los desplazamientos verticales realizados por estos microtúbulos.
El arqueamiento es causado por otra proteína que se extiende entre los pares de túbulos, llamada nexina. La nexina actúa como una especie de banda elástica conectora entre los túbulos. Al desplazarse verticalmente los microtúbulos, la banda elástica se tensa, los microtúbulos siguen desplazándose al arquearse. ¡Vaya! Sé que se está volviendo complicado, pero téngame un poco de paciencia. Los microtúbulos se deslizan entre sí gracias a la acción de una proteína motora llamada dineína. La proteína dineína también une a dos microtúbulos. Un extremo de la dineína permanece estacionario sobre un microtúbulo, mientras el otro extremo suelta al microtúbulo vecino y se vuelve a fijar un poco más arriba y tira abajo al otro microtúbulo.
Sin la proteína motora, los microtúbulos no se deslizan y el cilio simplemente permanece rígido. Sin la nexina, los túbulos se deslizarían entre sí hasta alejarse completamente, desintegrando al cilio. Sin la tubulina, no hay microtúbulos y no hay movimiento. El cilio es irreduciblemente complejo. Como la trampa para ratones, tiene todas las propiedades de diseño, y ninguna de las propiedades de la selección natural.
Coagulación de Rube Goldberg
Rube Goldberg era un caricaturista de principios de este siglo. Se hizo famoso por dibujar dispositivos estrafalarios que debían seguir muchos pasos aparentemente innecesarios a fin de lograr un propósito relativamente sencillo. Con los años, algunos evolucionistas han aludido a los sistemas vivos como máquinas de Rube Goldberg, como evidencia de su construcción mediante la selección natural en oposición a ser diseñados por un Creador. Se dice que cosas como el pulgar del oso panda y el funcionamiento intrincado de la gran variedad de orquídeas son estructuras artificiosas, que un creador inteligente seguramente habría encontrado una forma mejor de realizar.
Si nunca ha visto un dibujo de una máquina de Rube Goldberg, déjeme describirle uno tomado del libro de Mike Behe, La caja negra de Darwin. Este se titula "Rascador de picaduras de mosquito". El agua que cae de un techo termina en un tubo de desagüe y se acumula en un frasco. En el frasco hay un corcho que flota y va subiendo a medida que se llena el frasco. En el corcho hay una aguja insertada que con el tiempo sube lo suficiente como para pinchar un vaso de papel suspendido lleno de cerveza. La cerveza cae en forma de rocío sobre un pájaro cercano que se emborracha y cae de su plataforma sobre un resorte. El resorte impulsa al pájaro borracho hacia otra plataforma, donde el pájaro tira de una cuerda (sin duda porque la confunde por una lombriz en su estado intoxicado). La cuerda, al ser tirada, dispara un cañón debajo de un pequeño perro, asustándolo y haciendo que se dé vuelta y caiga sobre su espalda. Su respiración agitada hace subir y bajar un disco sobre su estómago que está fijado a una aguja colocada al lado de una picadura de mosquito en el cuello de un hombre, permitiendo rascar la picadura sin ninguna molestia para el hombre mientras habla con una mujer.
Bueno, esta máquina es, obviamente, más complicada de lo que necesita ser. Pero la máquina igual está diseñada y, como dice Behe, es también irreduciblemente compleja. En otras palabras, si uno de los pasos falla o está ausente, la máquina no funciona. Todo el dispositivo es inútil. Bueno, hay varios mecanismos moleculares en nuestro cuerpo que son muy similares a las máquinas de Rube Goldberg y, por lo tanto, irreduciblemente complejos. Uno es la cascada de coagulación. Cuando usted se hace un corte en el dedo, ocurre algo asombroso. Inicialmente, comienza a sangrar, pero si usted lo deja solo, luego de unos pocos minutos deja de salir sangre. Se ha formado un coágulo, brindando una malla de proteínas que inicialmente atrapa las células de la sangre y termina por cerrar la herida completamente, impidiendo que el plasma salga también.
Este procedimiento aparentemente sencillo involucra más de una docena de diferentes proteínas con nombres como trombina, fibrinógeno, Navidad, Stuart y acelerina. Algunas de estas proteínas participan en la formación del coágulo. Otras son responsables de regular la formación del coágulo. Las proteínas reguladoras son necesarias porque usted solo quiere tener coágulos formándose en el lugar de una herida, y no en medio de arterias con sangre. Todavía otras proteínas tienen la tarea de quitar el coágulo una vez que ya no es necesario. El cuerpo necesita eliminar también el coágulo cuando ha excedido su tiempo útil, pero no antes.
Ahora es fácil ver por qué algunas personas, cuando consideran la cascada de la coagulación, se preguntan si el Creador no podría haber ideado algo más sencillo. Pero eso supone que entendemos completamente el sistema. Tal vez sea absolutamente necesario que sea así. Además, esto no disminuye de ninguna forma el hecho de que aun una máquina de Rube Goldberg está diseñada, como parece ocurrir con el sistema de coagulación de la sangre.
El silencio y la reacción de la evolución molecular
Claramente, la complejidad irreducible inherente en muchos sistemas bioquímicos no solo excluye la posibilidad de que evolucionaron mediante la selección natural darwiniana, sino en realidad sugiere la fuerte conclusión de que algún tipo de diseño inteligente es necesario. Behe establece un punto significativo al reconocer que los datos que sugieren un diseño inteligente no significan necesariamente que uno sepa quién es el diseñador. Inferir que el diseño inteligente está presente es una conclusión científica razonable. Los astrónomos planetarios, por ejemplo, dicen que podremos distinguir una señal de radio del espacio que fue enviada por una civilización inteligente del ruido de radio circundante, aun cuando inicialmente no la comprendamos y no sepamos quién la envió.
Sin embargo, la asombrosa complejidad de la célula ha pasado mayormente sin percibir y sin reportar entre el público en general. Hay un silencio embarazoso. Behe especula sobre el motivo. Dice:
"¿Por qué la comunidad científica no recibe ávidamente su asombroso descubrimiento? ¿Por qué se maneja la observación de diseño con guantes intelectuales? El dilema es que, mientras un lado del elefante es denominado diseño inteligente, el otro lado podría llamarse Dios" (pág. 233).
Esto podría ayudar a explicar otra curiosa omisión que destaca Behe, la falta casi total de literatura científica que intente describir cómo los sistemas moleculares complejos podrían haber surgido mediante la selección natural darwiniana. El Journal of Molecular Evolution fue creado en 1971, dedicado a explicar cómo llegó a existir la vida en el nivel molecular. Uno esperaría encontrar estudios que analicen el origen de complejos sistemas bioquímicos en esta revista. Pero, en realidad, ninguno de los artículos publicados en JME a lo largo de todo el curso de su vida como revista ha siquiera propuesto el origen de un solo sistema bioquímico complejo en un proceso darwiniano gradual.
Además, Behe agrega:
"La búsqueda puede ser ampliada, pero los resultados son los mismos. Nunca ha habido una reunión, un libro o un ensayo sobre los detalles de la evolución de sistemas bioquímicos complejos." (pág. 179)
El argumento sofisticado de Behe ha conseguido la atención de muchos dentro de la comunidad científica. Su libro ha sido reseñado en las páginas de Nature, Boston Review, Wall Street Journal y en muchos sitios de Internet. Si bien algunos han confrontado auténticamente las ideas y han ofrecido refutaciones serias, la mayoría se ha apoyado en la autoridad darwiniana y ha dicho que Behe es simplemente perezoso o no ha dado al sistema evolucionista el tiempo suficiente. Jerry Coiné, en Nature (19 September 1996, pp. 227-28), lo expresó de esta forma:
"No hay duda de que los caminos descritos por Behe son sobrecogedoramente complejos, y su evolución será difícil de desentrañar. A diferencia de las estructuras anatómicas, cuya evolución puede trazarse en los fósiles, la evolución bioquímica debe ser reconstruida a partir de organismos vivos muy evolucionados, y tal vez nunca podamos imaginar los primeros protocaminos. Sin embargo, no es válido suponer que, porque un hombre no pueda imaginar dichos caminos, estos no puedan haber existido."
Pero ese es precisamente el punto. No se trata de un hombre, sino de toda la comunidad bioquímica que no ha logrado dilucidar un camino específico que conduzca a un sistema bioquímico complejo.
Recomiendo calurosamente el libro de Behe. Su impacto se sentirá por muchos años.
© 2004 Probe Ministries. Todos los derechos reservados.
Traducción: Alejandro Field

Acerca del autor
Raymond G. Bohlin es el presidente de Probe Ministries. Se graduó de University of Illinois (B.S. en zoología), North Texas State University (M.S. en genética de la población) y University of Texas at Dallas (M.S., Ph.D. en biología molecular). Es uno de los autores de The Natural Limits to Biological Change (Los límites naturales del cambio biológico), sirvió como editor general de Creation, Evolution and Modern Science (Creación, evolución y la ciencia moderna), y ha publicado una gran cantidad de artículos periodísticos. El Dr. Bohlin fue designado como becario de investigación en 1997-1998 y 2000 en Discovery Institute's Center for the Renewal of Science and Culture. Si usted tiene algún comentario o pregunta sobre este artículo, envíelo por favor a espanol@probe.org. Por favor indique a qué artículo se está refiriendo.
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Arthur C. Clarke: ANTES DEL EDEN

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Científico, novelista, explorador, graduado en Física y Matemáticas Puras Aplicadas, miembro de la Real Sociedad Astronómica, presidente por dos veces de la Sociedad Interplanetaria Británica, ganador en 1962 del premio Kalinga de la UNESCO por sus trabajos de divulgación científica, autor de innumerables libros de ciencia y de ciencia ficción, escritor, científico y humanista, uno de los gigantes de la ciencia ficción universal... En fin, ¿para qué seguir? Este es Sir Arthur C. Clarke, y éste es uno de sus más significativos relatos.
* * *
–Me parece –dijo Jerry Garfield parando los motores – que éste es el final de la línea.
Con un leve suspiro, la eyección del chorro cesó gradualmente. Privado de su colchón de aire, el vehículo explorador Pecio Vagabundo se posó sobre las retorcidas rocas de la Meseta Hesperiana.
Delante no había camino alguno; ni con sus eyectores a chorro ni con su tractor podía el S-5 –para dar al Pecio su nombre oficial – escalar la escarpadura que tenía enfrente. El Polo Sur de Venus estaba sólo a treinta millas, pero igual podría haber estado en otro planeta. No quedaba otra solución que volver atrás y desandar el camino de cuatrocientas millas hecho a través de aquel paisaje de pesadilla.
La atmósfera era fantásticamente clara, con una visibilidad de casi mil metros. No había necesidad alguna de radar para mostrar los riscos que tenían delante; por una vez, la simple vista bastaba. La verde luminosidad de la aurora, filtrándose a través de nubes que habían rodado compactas por un millón de años, prestaba a la escena un aspecto submarino, al que se añadía la sorprendente manera con que todos los objetos se empañaban en la calina, A veces era fácil para uno creer que se estaban moviendo a través de un insustancial lecho marino, y en más de una ocasión imaginó Jerry haber visto peces flotando sobre su cabeza.
–¿Llamo a la astronave para comunicar que volvemos? –preguntó.
–Aún no –respondió el doctor Hutchins –. Quiero pensar.
Jerry lanzó una suplicante mirada al tercer miembro de la tripulación, pero no encontró allí apoyo moral ninguno. Coleman era tan testarudo como su compañero; aunque los dos hombres discutían furiosamente la mitad de su tiempo, ambos eran científicos y, por ello, en la opinión de un no menos testarudo maquinista navegante, ciudadanos no cabalmente responsables. Si Cole y Huth tenían alguna brillante idea para seguir, no habría nada que hacer excepto registrar una protesta.
Hutchins estaba dando vueltas en la exigua cabina, examinando mapas e instrumentos. Dirigió ahora el proyector del vehículo hacia los riscos y comenzó a observarlos detenidamente con los gemelos. ¡Seguramente, pensó Jerry, no esperará conducir este trasto por ahí! El S-5 era un revoloteador de carril y no una cabra montés...
Bruscamente, Hutchins encontró algo. Lanzó un suspiro que era más bien una súbita y explosiva boqueada, y se volvió a Coleman.
–¡Mira! –gritó con voz sumamente excitada -. ¡Justamente a la izquierda de aquella marca negra! ¿Qué es lo que ves?
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Le tendió los gemelos, y ahora fue Coleman quien escrutó los riscos.
–¡Que me condenen si no tenias razón! –dijo al fin –. Hay ríos en Venus. Ésa es una cascada seca.
–Así, pues, me debes una cena en el Bel Gourmet cuando volvamos a Cambridge. Con champán.
–No necesitas recordármelo. De todos modos, es barato por el precio. Pero eso deja aún tus otras teorías a la altura del barro.
–¡Hey, un minuto! –interpeló Jerry –. ¿Qué es todo eso de ríos y cascadas? Todo el mundo sabe que no pueden existir en Venus: nunca se produce en este vaporoso planeta el suficiente frío como para que se condensen las nubes.
–¿Has mirado el termómetro recientemente? –preguntó Hutchins con engañosa suavidad.
–He estado ligeramente demasiado ocupado conduciendo.
–Pues entonces tengo noticias para ti. Está por debajo de los 230, y descendiendo todavía. No olvides que estamos en el polo, que es invierno y que nos encontramos a 18.000 metros sobre las tierras bajas. Todo esto se nota en el aire. Si baja un poco más la temperatura tendremos lluvia. El agua hervirá, desde luego..., pero será agua. Y aunque Jorge no lo admita aún, esto presenta a Venus con una fisonomía totalmente distinta.
–¿Por qué? –preguntó Jerry, aunque ya lo había supuesto.
–Porque donde hay agua debe haber vida. Nos hemos apresurado demasiado en conjeturar que Venus era estéril, simplemente debido a que el promedio de su temperatura es de más de quinientos grados. Aquí en las montañas hay lagos y quiero echarles un vistazo.
–¡Pero es agua hirviente! –protestó Coleman –. ¡Nada puede vivir en eso!
–Hay algas que lo logran en la Tierra. Y si hemos aprendido algo desde que comenzamos a explorar los planetas es esto..., que en cualquier lugar donde la vida tenga la más ligera probabilidad de supervivencia se la encontrará. Ésta es la única posibilidad que jamás se haya presentado sobre Venus.
–Desearía que pudiéramos comprobar tu teoría. Pero, ya lo puedes ver por ti mismo, es imposible escalar ese risco.
–Quizá lo sea en el vehículo, pero no será demasiado difícil hacerlo a pie, con los trajes térmicos. Todo lo que necesitamos es andar unas cuantas millas en dirección al polo; según los mapas del radar, todo es muy llano una vez alcanzado el borde. Podemos apañárnoslas allá dentro... oh, durante doce horas o más. Cada uno de nosotros ha estado fuera más tiempo que ese, y en mucho peores condiciones.
Aquello era enteramente cierto. La ropa protectora que había sido diseñada para mantener con vida al hombre en las tierras bajas venusianas tendría una tarea más fácil aquí, donde la temperatura era sólo cien grados más calurosa que en el Valle de la Muerte en plena canícula.
–Bien –dijo Coleman –. Ya conoces las ordenanzas: no se puede ir solo, y alguien ha de quedarse aquí para mantener contacto con la nave. ¿Cómo lo zanjaremos esta vez: ajedrez o cartas?
–El ajedrez lleva demasiado tiempo –dijo Hutchins –, especialmente cuando lo jugáis vosotros dos. –Tendió la mano a la mesa de juego y tomó un naipe muy usado. Córtalo, Jerry.
–Diez de picas –dijo Jerry –. Espero que puedas derrotarlo, Jorge.
–Así lo haré... ¡Maldita sea, sólo un cinco de tréboles! Bueno, dad mis recuerdos a los venusianos...
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A pesar de la seguridad de Hutchins, resultaba tarea ardua el escalar la escarpadura. El declive no era muy pronunciado, pero el peso del aparato de oxígeno, el traje térmico refrigerado y el equipo científico alcanzaban un peso de más de cien libras por hombre. La menor gravedad –un trece por ciento más débil que la de la Tierra –proporcionaba una ligera ayuda, pero no mucha, cuando se afanaban por pedregales en declive, descansaban brevemente en los bordes para recuperar aliento y volvían a trepar a través del crepúsculo submarino. El esmeraldino fulgor que se derramaba en torno a ellos era más brillante que el de la luna llena en la Tierra. Una luna se habría disipado en Venus, se dijo Jerry; jamás hubiese podido ser vista desde la superficie, no había allí mar alguno cuyas mareas regir... y la incesante aurora era un manantial de luz mucho más constante. Habían escalado más de seiscientos metros antes de que el terreno se nivelara en un suave declive, surcado aquí y allá por costurones que eran canales claramente tajados por el correr del agua. Al cabo de una breve búsqueda llegaron a una hondonada lo suficientemente ancha y profunda como para merecer el nombre de lecho de río, y echaron a andar por ella.
–Acabo de pensar en algo –dijo Jerry cuando hubieron caminado unos cientos de metros –. ¿Y suponiendo que haya una tormenta ante nosotros? No me hace ni pizca de gracia el tener que soportar un flujo de agua hirviendo.
–Si hay una tormenta la oiremos –replicó Hutchins con cierta impaciencia –. Tendremos tiempo de sobra para llegar a terreno elevado.
Tenía indudablemente razón, pero Jerry no se sintió más satisfecho por ello mientras continuaban remontando el suavemente inclinado lecho del curso del agua. Su inquietud había estado aumentando desde que pasaran sobre la cresta del risco, perdiendo así contacto por radio con el vehículo explorador. El hallarse desconectado con sus compañeros resultaba para él una experiencia única y turbadora. Nunca le había ocurrido antes en toda su vida; hasta a bordo de la Estrella de la Mañana, aun hallándose a cientos de millones de millas de la Tierra, pudo siempre enviar un mensaje a su familia y obtener una respuesta en el lapso de breves minutos. Pero ahora, apenas unos cuantos metros de roca acababan de aislarles del resto de la humanidad; si algo les sucedía, nadie jamás lo sabría... a menos que alguna expedición posterior hallara sus cadáveres. Jorge esperaría el número de horas convenido y luego marcharía de regreso a la nave... solo. Se dijo a sí mismo que él no era ciertamente el tipo ideal de explorador, que lo que le gustaba era manipular complicadas máquinas, y que así fue como se vio mezclado en el vuelo espacial. Nunca llegó a pensar hasta dónde le conduciría aquello... y ahora era ya demasiado tarde para cambiar.
Habían cubierto quizá tres millas en dirección al polo, siguiendo los meandros del lecho del río, cuando Hutchins se detuvo para hacer observaciones y recoger muestras.
–¡Sigue descendiendo la temperatura!
– Ha bajado ya de los 199; es, con mucho, la menor registrada jamás en Venus. Quisiera poder llamar a Jorge y comunicárselo.
Jerry probó todas las bandas de ondas y hasta intentó captar a la astronave –los impredecibles altibajos de la ionosfera del planeta hacían a veces posible la recepción a larga distancia –, pero no se produjo ni un susurro portador de onda sobre el rugido y el crepitar de las fragorosas tormentas venusianas.
–Eso es aún mejor –dijo Hutchins, ahora con auténtica excitación en su voz–. La concentración de oxigeno ha aumentado... quince partes en un millón. En el vehículo era sólo de cinco, y en las tierras bajas apenas se podía detectarlo.
–¡Pero quince en un millón! –protestó Jerry –. ¡Nada podría respirar eso!
–Inviertes la cuestión –manifestó Hutchins –. Nadie ni nada lo respira: algo lo hace. ¿De dónde crees que proviene el oxígeno de la Tierra? Todo él está producido por la vida..., por las plantas en desarrollo. Antes de que hubiese plantas en la Tierra, nuestra atmósfera era semejante a esta..., una mezcla de anhídrido carbónico y amoníaco y metano. Luego evolucionó la vegetación y lentamente convirtió nuestra atmósfera en algo que los animales podían respirar.
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–Ya –dijo Jerry –. Y tú piensas que el mismo proceso ha comenzado aquí...
–Así parece. Algo no lejos de aquí, se halla produciendo oxígeno..., y la vida vegetal es la explicación más simple.
–Y donde hay plantas –reflexionó Jerry – es de suponer que más pronto o más tarde haya animales.
–Eso es –dijo Hutchins, recogiendo sus cosas y comenzando a remontar la hondonada –, aunque el proceso lleva unos cuantos millones de años. Puede ser que hayamos llegado aún demasiado pronto..., aunque espero que no.
–Todo esto está muy bien –respondió Jerry –. Pero ¿y suponiendo que topemos con alguien que no nos quiera? No tenemos armas.
–Ni las necesitamos. ¿Te has detenido a pensar en el aspecto que tenemos? No cabe duda de que cualquier animal echaría a correr apenas nos viera desde lejos.
Había algo de verdad en sus palabras. La envoltura metálica de los trajes térmicos, que les cubría de pies a cabeza, reverberaba como una flexible y destellante armadura. Insecto alguno tenía antenas más primorosas que las encajadas en sus cascos y mochilas, y los anchos lentes a través de los cuales miraban al mundo que los rodeaba semejaban unos ojos vacíos y monstruosos. Sí, pocos habrían sido los animales terrestres que quisieran enfrentarse a una tal aparición, pero los venusianos podían sustentar diferentes ideas.
Jerry estaba aún rumiando la cuestión cuando llegaron al lago. La primera ojeada le hizo pensar ya no en la vida que estaban buscando, sino en la muerte. Semejante a un negro espejo, yacía en medio de un pliegue de los cerros; su orilla extrema se hallaba oculta en la bruma eterna, y fantasmales columnas de vapor remolineaban y danzaban sobre su superficie. Todo lo que necesitaban, se dijo a sí mismo Jerry, era la barca de Caronte en espera de llevarlos a ellos a la otra orilla... o el cisne de Tuonela surcando mayestáticamente las aguas, en guardia de la entrada del averno...
Sin embargo, a pesar de todo, era un milagro... la primera agua libre que el hombre hallara jamás en Venus. Hutchins estaba ya de rodillas, casi en una actitud de rezo. Pero lo único que hacía era recoger gotas del preciado líquido para examinarlas a través de su microscopio de bolsillo.
–¿Hay algo en ellas? –preguntó ansiosamente Jerry.
–Si lo hay es demasiado pequeño para verlo con este instrumento. Te diré algo más cuando volvamos a la nave.
Taponó y precintó una probeta y la puso en su estuche de muestras con tanta ternura como un buscador que acabara de hallar su primera pepita de oro. Pudiera ser –y probablemente lo era –nada más que pura y simple agua. Pero también cabría la posibilidad de que fuese un universo de criaturas ignotas y vivientes en la primera fase de un recorrido de billones de años hasta la plasmación de la inteligencia.
No había caminado Hutchins más de una docena de metros a lo largo de la orilla del lago cuando volvió a detenerse, tan súbitamente que Garfield estuvo a punto de tropezar con él.
–¿Qué sucede? preguntó Jerry –. ¿Has visto algo?
–Aquella mancha oscura de allí. La advertí antes de que nos detuviéramos en el lago.
–¿Y qué pasa con ella? A mí me parece bastante corriente.
–Creo que se ha hecho más grande.
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En toda su vida recordaría Jerry aquel momento. De todos modos, nunca dudó de la afirmación de Hutchins; en aquellos momentos podía creer cualquier cosa, hasta que las rocas crecían. La sensación de misterio y aislamiento, la presencia de aquel oscuro y melancólico lago, el sordo ruido de las lejanas tormentas y el verde titilar de la aurora..., todo aquello había causado un fuerte impacto en su mente, disponiéndole para creer aun lo increíble. Sin embargo, no sentía miedo alguno: eso vendría después.
Miró a la roca. Estaba a unos ciento cincuenta metros, creyó calcular, aunque en aquella difusa luz esmeraldina resultaba enormemente difícil estimar distancias y dimensiones. La roca o lo que fuese parecía una losa horizontal de un material casi negro, situada cerca de la cresta de un risco bajo. Había una segunda mancha, mucho más pequeña, de material semejante, cerca de ella. Jerry intentó medir y registrar en la memoria el espacio que existía entre ambas a fin de poder tener una referencia que le permitiera descubrir cualquier cambio.
Aun cuando vio que aquel espacio iba estrechándose, no sintió ninguna alarma..., sólo una perpleja excitación. No fue hasta que hubo desaparecido totalmente que experimentó en su corazón una espantosa sensación de desamparado terror. No había allí rocas crecientes o movientes: lo que contemplaban era una oscura marea, una alfombra serpeante que iba extendiéndose inexorablemente hacia ellos sobre la cresta del risco
El momento de pánico total, irrazonable, no duró por fortuna más allá de unos pocos segundos. El primer terror de Garfield comenzó a desvanecerse tan pronto como reconoció su causa..., es decir, que aquella marea que avanzaba le había recordado en los primeros momentos, muy vívidamente, una historia que había leído hacía muchos años sobre el ejército de hormigas del Amazonas y la manera como destruían todo cuanto encontraban a su paso...
Pero, fuera lo que fuese aquella marea, se estaba moviendo demasiado lentamente como para suponer un peligro real, a menos que cortase su línea de retirada. Hutchins la estaba observando intensamente a través de sus gemelos; él era biólogo y estaba manteniendo su terreno. No voy a hacer el ridículo, pensó Jerry, huyendo como un gato escaldado si no es necesario.
–Por el amor del cielo –dijo al fin, cuando aquella alfombra viviente se halló a sólo cien metros, y Hutchins no había pronunciado aún una palabra ni movido un solo músculo –. ¿Qué es eso?
Hutchins se desheló lentamente como una estatua cobrando vida.
–Lo siento, te olvidé por completo. Es una planta, desde luego. Cuando menos, me parece que deberíamos darle este nombre.
–¡Pero se está moviendo!
–¿Y por qué habría de sorprenderte eso? Así lo hacen también las plantas terrestres. ¿ Es que no has visto películas aceleradas de la hiedra en acción?
–Pero la hiedra permanece en su sitio..., no se extiende por todo el paisaje.
–¿Y qué hay de las plantas de plancton en el mar? Ellas pueden nadar cuando lo necesitan.
Jerry cedió; de todos modos, el prodigio que se aproximaba le había privado de palabras.
Siguió pensando en aquella cosa como una alfombra espesa, orlada en los bordes. Variaba de espesor al moverse; en algunas partes era tenue como una película, y en otras tenía treinta y más centímetros de grosor. Al aproximarse más, Jerry pudo comprobar su tejido, y lo comparó al terciopelo negro. Se preguntó cómo sería al tacto..., recordando luego que como menos quemaría sus dedos, aun cuando no les hiciera nada más. Otro pensamiento vino en persecución de éste, movido por la delirante reacción nerviosa que a menudo sigue a una repentina conmoción: «Si existen venusianos, jamás podremos estrechar nuestras manos con las de ellos; nos las quemarían, y nosotros se las helaríamos. »
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Hasta entonces aquella cosa no había dado muestra alguna de haberse percatado de su presencia. Había efectuado su flujo hacia adelante como la inconsciente marea que casi seguramente era. Aparte el hecho de que trepaba sobre pequeños obstáculos, bien podría haber sido una progresiva corriente de agua.
De pronto, cuando estuvo sólo a diez metros, la marea aterciopelada se detuvo en su frente, aunque siguió extendiéndose a los lados.
–Estamos siendo rodeados –dijo Jerry ansiosamente –. Será mejor retroceder hasta asegurarnos de que es inofensiva.
Para su alivio, Hutchins retrocedió al instante. Tras una breve vacilación, la cosa prosiguió su avance estirando su línea frontal.
Entonces Hutchins se adelantó de nuevo... y la cosa se retiró lentamente. El biólogo avanzó media docena de veces, para retroceder otras tantas, y a cada una de ellas la marea viviente verificó un flujo y reflujo acorde por completo con sus movimientos. Nunca me imaginé, se dijo Jerry, ver á un hombre bailando un vals con una planta...
–Termofobia –dijo Hutchins –. Una reacción puramente automática. No le gusta nuestro calor.
–¡Nuestro calor! –protestó Jerry –. ¡Pero si somos témpanos en comparación con ella!
–Desde luego..., pero nuestros trajes no lo son, y eso es todo cuanto ella nota.
¡Estúpido de mí!, pensó Jerry. Hallándose uno abrigado y fresco en el interior del traje térmico, resultaba fácil olvidar que el aparato refrigerador, a su espalda, bombeaba constantemente ráfagas de calor al aire circundante. No era extraño que la planta venusiana retrocediera ante ellos.
–Vamos a ver ahora cómo reacciona a la luz –dijo Hutchins.
Encendió su lámpara pectoral, y el verde resplandor boreal fue ahuyentado al instante por el blanco y puro destello. Hasta que el hombre llegara a aquel planeta, ninguna luz blanca había brillado ni siquiera de día sobre la superficie de Venus. Como en el fondo de los mares de la Tierra, sólo había en ella un verdoso crepúsculo, intensificándose lentamente hasta una profunda oscuridad.
La transformación fue tan pasmosa, que ningún hombre hubiera podido reprimir una exclamación de asombro. Como en un chispazo, la negrura de la espesa alfombra aterciopelada desapareció a sus pies, dejando en su lugar un satinado tejido de brillantes y vivos rojos con áureas estrías. Ningún príncipe persa hubiera podido jamás encargar a sus tejedores una tapicería tan suntuosa y que sin embargo no era más que el producto accidental de fuerzas biológicas, una gama de colores que hasta el momento de producirse el destello no habían existido... y que se desvanecería nuevamente en cuanto la luz extraña de la Tierra dejara de conjurarlos a esa existencia.
–Tijov tenía razón –dijo Hutchins –. Me hubiera gustado que lo viera.
–¿Razón sobre qué? –preguntó Jerry, aunque parecía casi un sacrilegio hablar en presencia de aquella maravilla.
–Allá en Rusia, hace cincuenta años, observó que las plantas que viven en climas muy fríos tienden a ser azules o violetas, mientras que las de los cálidos son rojas o naranja. Predijo que la vegetación marciana sería violeta y que, si había plantas en Venus, su color sería encarnado. Pues bien, estaba en lo cierto en ambas conjeturas. Pero no podemos permanecer todo el día aquí; tenemos trabajo que hacer.
–¿Estás seguro de que esto... no es peligroso? –preguntó Jerry, volviendo a reafirmarse en él algo de su precaución.
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–Absolutamente. No puede tocar nuestros trajes aunque lo quisiera. Y de todos modos, se mueve pasando ante nosotros.
Así era. Podían ver ahora que toda aquella cosa –si era una simple planta y no una colonia – cubría una superficie circular de unos cien metros de diámetro aproximadamente. Iba barriendo el suelo igual que lo hace la sombra de una nube impelida por el viento..., y allá donde se había detenido, las rocas estaban punteadas de innumerables pequeños agujeros, tenues como quemaduras de ácido.
–Sí –dijo Hutchins en respuesta a la observación de Jerry sobre el particular –. Así es cómo se nutren los líquenes: segregan ácidos que disuelven la roca. Pero nada de preguntas, por favor, hasta que estemos de vuelta a la nave. Tengo aquí trabajo para varios días, y disponemos solamente de un par de horas para hacerlo.
Aquello fue casi botánica a la carrera... El borde sensitivo de la inmensa planta podía moverse con sorprendente velocidad cuando intentaba evadirlos. Era como si estuviese contendiendo con una hojuela animada de unos cuatro mil metros cuadrados de extensión. No se producía en ella reacción alguna –aparte la automática evitación del calor despedido por sus trajes – cuando Hutchins cortaba muestras o tomaba pruebas. Aquel objeto fluía constantemente, progresando sobre cerros y valles, guiado por algún singular instinto vegetal. Quizás estaba siguiendo alguna vena de mineral; los geólogos lo decidirían cuando analizaran las muestras de roca que Hutchins había recogido antes y después del paso del tapiz viviente.
Apenas había tiempo para pensar o incluso para enmarcar las innumerables cuestiones que había planteado su descubrimiento. Probablemente aquellas criaturas debían ser bastante numerosas, o no se hubieran topado tan pronto con una de ellas. ¿Cómo se reproducían? ¿Mediante retoños, esporas, escisión o cuál otro medio? Aquélla podía no ser la única forma de vida en Venus... La misma idea era absurda, pues indudablemente, habiendo una especie, ha de haber al mismo tiempo miles de ellas...
Un hambre canina y la fatiga les obligó finalmente a efectuar un alto. La criatura que estaban estudiando podía seguir, si lo deseaba, su camino nutritivo en torno a Venus –aunque Hutchins creía que no iba nunca mucho más allá del lago, aproximándose de cuando en cuando al agua e introduciendo en ella un largo zarcillo tubular–; los animales de la Tierra necesitaban descansar.
Supuso un gran alivio hinchar la tienda sobrecomprimida, meterse en ella a través de la cámara intermedia y despojarse de los trajes térmicos. Por primera vez, mientras se relajaban en el interior de su diminuto hemisferio de plástico, ocupó sus mentes la verdadera maravilla e importancia del descubrimiento. Aquel mundo que los rodeaba no era ya el mismo: Venus no era más un planeta muerto, sino que se había unido a la Tierra y a Marte.
Pues la vida llama a la vida, a través de las simas del espacio. Todo cuanto se desarrollaba o se movía sobre la superficie de un planeta era un portento, una promesa de que el hombre no estaba solo en aquel universo de brillantes soles y remolineantes nebulosas. Si hasta entonces no había encontrado compañeros con quienes poder hablar, aquello era de esperar, pues los años y las eras se extendían aún inmensas ante él, en espera de ser explorados. Mientras tanto debía preservar y fomentar la vida que hallara en su camino, bien fuera sobre la Tierra, sobre Marte o sobre Venus...
Así se dijo Graham Hutchins, el biólogo mas afortunado del sistema solar, mientras ayudaba a Gaffield a recoger los residuos y meterlos en un hermético estuche de plástico. Cuando deshincharon la tienda e iniciaron el viaje de retorno no había señal alguna de la criatura que habían estado examinando. Era mejor así, pues de lo contrario podían haberse sentido tentados a demorarse para efectuar más experimentos, y estaba muy próximo el plazo de que disponían.
No importaba; dentro de pocos meses volverían con un equipo de ayudantes, mucho mejor dotados con todo lo necesario para la investigación y con los ojos del mundo posados sobre ellos. La evolución había seguido su curso operando durante un billón de años para hacer posible aquel encuentro; podía muy bien esperar un poco más.
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Durante un rato nada se movió en la verdosidad titilante del paisaje envuelto en bruma, desierto a la vez de seres humanos y tapiz carmesí Luego, discurriendo sobre los cerros tallados por el viento, reapareció la extraña criatura. O tal vez era otra de la misma extraña especie y nadie lo sabría jamás.
Pasó ante el pequeño montón de piedras donde habían enterrado sus desechos Hutchins y Garfield. Y luego se detuvo.
No estaba perpleja, pues no tenía mente alguna. Pero el impulso químico que la conducía inexorablemente sobre la meseta polar estaba gritando: ¡Aquí, aquí! En alguna parte próxima se encontraba el más precioso de todos los alimentos que necesitaba, el fósforo, el elemento sin el cual no podía jamás producirse la chispa de vida Comenzó a hozar las rocas, a escurrirse entre las grietas y hendiduras, a arañar y raspar con sus tanteantes zarcillos. Nada de cuanto hizo superaba la capacidad de cualquier planta o árbol terrestre..., pero se movía mil veces más rápidamente, y necesitó tan sólo unos minutos para alcanzar su meta y atravesar la película de plástico.
Y luego se regaló con el alimento, de manera más concentrada que en cualquier otra forma de vida que conociera jamás. Absorbía los carbohidratos, y las proteínas y los fosfatos, la nicotina de las colillas, y la celulosa de los vasos de papel, y la celulosa de los vasos y las cucharas de cartón. Lo trituraba todo y lo asimilaba en su extraño cuerpo sin dificultad ni perjuicio.
Y asimismo absorbía todo un microcosmos de criaturas vivientes..., bacterias y virus que, sobre otros planetas, habían evolucionado de mil mortales linajes. Aun cuando tan sólo muy pocos podían sobrevivir en aquella atmósfera y temperatura, eran suficientes. Cuando la alfombra se arrastró de nuevo al lago, llevaba el contagio a todo su mundo.
Y cuando la Estrella de la Mañana puso rumbo a su lejana patria, Venus estaba muriéndose. Las películas y fotografías y muestras de que era portador triunfal Hutchins eran aún más preciosas de lo que pensaba, pues eran el único archivo que jamás existiría del tercer intento de asentamiento de la Vida en el sistema solar.
Bajo las nubes de Venus, la historia de la Creación había terminado.
......................................................FIN
© 1961, Ziff-Davis Publishing Co.
Titulo original:
BEFORE EDEN
Traducción de Vicente Vila
Edición electrónica de diaspar, Málaga abril de 1999
De la revista Nueva Dimensión nº. 2. Abril de 1968
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Juan Carlos Gómez: Por encima de mis fuerzas




TURCO EN LA NEBLINA

A pesar de mi ostensible intención de hacerme conocer en el mundo entero formando un club de gombrowiczidas, cuyos miembros están desparramados por toda la tierra, he notado últimamente que algunas personas están más desorientadas que turco en la neblina.
Con el único propósito de reducir el campo del desconocimiento va a continuación mi curriculum vitae en todo lo que concierne a Gombrowicz, un recurso muy usado para conseguir trabajo.

Juan Carlos Gómez, doctor en Ciencias de la Administración, nació en Buenos Aires en 1934. Se hizo amigo de Gombrowicz en 1956, a los veintiún años, jugando al ajedrez en el café Rex, cuando cursaba la carrera de Ciencias Físico-Matamáticas. Las cartas que Gombrowicz le escribió desde Europa cuando se fue de la Argentina fueron publicadas por Emecé en 1999.
Fue protagonista principal, junto a otros tres discípulos, de la película de Alberto Fischerman, "Gombrowicz o la seducción", que se estrenó en 1986 y que fue premiada en el festival de Rotterdam ese mismo año.
Es colaborador permanente de la revista literaria polaca "Twórczosc". En el 2004, el año del centenario de Gombrowicz, publicaron tres ensayos suyos: "Nueva guía de Gombrowicz", "No veremo en Bueno Saires" y "Milonga para Gombrowicz". En el año 2005, otro ensayo, "Las cartas", y es de próxima aparición en el año 2008, un conjunto de los "Gombrowiczidas" con los que los bombardeo a diestra y siniestra.



En el año 2004 la editorial argentina "Interzona" publicó, "Gombrowicz, este hombre me causa problemas", y en el año 2006 la revista literaria argentina Prometheus publicó "Gombrowicz, y todo lo demás".
Fue el curador de "El enigma de Gombrowicz", las jornadas sobre Gombrowicz del Centro Cultural Borges en el año 2004, y de "Gombrowicz, y los argentinos", las jornadas del MALBA en el año 2005.




POR ENCIMA DE MIS FUERZAS

Una persona como Gombrowicz que murió haciendo líos, no tenía derecho a reprocharme los que armaba yo. En las últimas páginas del "Diario" metió la historia apócrifa del hijo ilegítimo y de la hermosa casa que había comprado con vistas principescas a una sucesión de castillos, y todo esto con el sólo propósito de darle envidia y rabia a sus colegas polacos londinenses.
Había gente que se sentía aludida en sus escritos y perdía los estribos. En uno de ellos cuenta como unos personajes aristócratas organizan comilonas aparentemente vegetarianas con el fin de cultivar la sublimación y las sutilezas del espíritu. Pero en realidad asistimos a un banquete en el que se sirve una comida muy sabrosa preparada con trozos de un pequeño muchacho.
Es una narración absurda y cruel, pero construida con elementos sacados de la vida, un absurdo monstruoso que, sin embargo, es una caricatura de la realidad. Esta novela le trajo algunos problemas con una familia Kotlubaj de Lituania que casi termina en un asunto de honor, lo retaron a duelo. Sin embargo, la fuente verdadera de su inspiración había sido Marta Krasinska, esposa de un mayorazgo, famosa en aquel entonces por sus hazañas filantrópicas y estéticas.
No sólo tuvo líos con algunos polacos, también los tuvo con algunos argentinos cuyos nombres no menciono aunque están fallecidos, ando con el rabo quemado por las aventuras que corrió el Corifeo con los deudos de Lacan, a ver si todavía me demandan. En una de esas historias marginales que de vez en cuando aparecen en los diarios se concentra en la idea de cretino. Una persona se sintió aludida y le hizo un escándalo, aquí va el cuento.
Todo ocurre un día en que va almorzar a la casa de un ingeniero que tiene una industria en la localidad de Acassuso. A medida que ponía atención se iba dando cuenta que la casa, la mesa del comedor y los platos eran demasiado renacentistas, mientras la conversación se centraba también en el Renacentismo, una adoración por Grecia, Roma, la belleza desnuda y la llamada del cuerpo.
La conversación giró alrededor de una columna de Creta, y a Gombrowicz se le pegó el cretino, leitmotive de toda la narración, pero no de una manera renacentista, sino totalmente neoclásica y cretínica. Llegado a este punto le advierte al lector que él sabe que no debería escribir sobre esto.
De vuelta en la ciudad se dirigió al café Rex pero, de repente, desde el café París, le hacen señas unas señoras conocidas que aparentemente estaban sentadas a la mesa comiendo bizcochos que mojan en la crema. Pero era una mistificación, la verdad es que estaban sentadas a un tablero cubierto de esmalte apoyado sobre cuatro barras de hierro torcidas, y la acción de comer consistía en meterse una cosa u otra por un orificio practicado en la cara, al tiempo que sus orejas y sus narices despuntaban.
Cháchara va, cháchara viene, Gombrowicz pide disculpas y se marcha alegando falta de tiempo. El hecho de que estuvieran ocurriendo cosas demasiado cretinas como para ser reveladas, era la razón que lo obligaba a relatarlas pues tenían un exceso de cretinismo.
Al salir del café París se dirigió al café Rex.
En el camino se le acerca una persona desconocida, le dice que hacía tiempo que quería conocerlo, le da las gracias y se va. Cuando iba a ponerlo de vuelta y media al cretino, se da cuenta que no es cretino, puesto que sólo quería conocerlo y lo había conocido. Se empiezan a encender las luces de la noche, pasan los coches, caminan los transeúntes, mientras tanto Gombrowicz mira las casas. En el balcón de un séptimo piso le están haciendo señas Henryk y su mujer. Él también les hace señas. Henryk y su mujer hablan y hacen señas.
Coches, tranvías, gente, bocinazos, Gombrowicz les responde con señas. De pronto repara en que Henryk, más que hacer señas, enseña..., ¿pero qué es lo que enseña? Se está enseñando a sí mismo como si fuera una botella.
"Yo hago señas. De repente ella (pero no, yo no puedo hacer el cretino; sin embargo, si tengo que desenmascarar al Cretino debo hacer el cretino); entonces ella lo enseña hasta que él se asoma y ella lo enseña con saña (pero QUÉ es lo que enseña?), después de lo cual los dos se ensañan ligeramente, y uno hacia aquí, el otro hacia allá, y, ¡puff!... (¡Esto sí que no puedo decirlo, está por encima de mis fuerzas!)"

miércoles, marzo 26, 2008

Carolina Cruz: POEMAS



Salida

Como juego de puertas giratorias
para encontrar al viento y a la sombra
una y otra vez vuelvo
a verte balbucear dormido,
esperando a que todo se detenga.

Rozo la superficie de tu piel
sólo por verte caer, te toco

La noche de tan oscura, intimidó a los gatos
que acurrucados, prefieren tus pies.

Espero que la calma
con fluidos de mi cuerpo
reviente como ola
obediente, taciturna,
Bebo a ratos esperando el amanecer
Fugándome de la culpa,
bajo descalza a oler las flores

Con su perfecta extrañeza
la noche tan obscura
nos observa
¿Quién es el extraño?
ella que se metió con placer en nuestros cuerpos
se funde con pasos intuidos
con ese ligero y corto andar
Esperando coincidir
bebo un poco más

La vida, desesperada,
con su fuerza ordinaria
reclama el sentido
de una fecha en el calendario.

Mientras me debato en las angustias del mundo
(como si fueras capaz de llorar conmigo)
despiertas para girar la manija hacia
un encuentro de abandonos desigual

Entonces lo entiendo:
con mi propia sangre sobre mí
descubro que Dios
cuando terminó de hacerte
perdió la llave

que te haría un hombre nuevo.


Ausencia

Desmantelo tu figura
para recostarme en el abismo
de tus pálidas intenciones.

Si fuera más mágica
te vestiría de murmullos perfumados,
cosas simples
una palabra
un llano en plenitud...
o te daría mi infancia.

En la arena reconstruyo
una tierra roja,
en esta cueva me escondo
e ilumino con el brillo de tus ojos

Hay aquí un mural
que canta tu vida
con cada vocablo
agita tu corazón…
lo escucho moverse
-no aparezco-

Aún me llega un cálido viento
que me trae la memoria de tu pereza
Perfecto perdedor
traes una fácil melodía
hija del invierno

Donde nacen las cascadas
escribo tu nombre para llegar al mar

Estoy tan lejos

Ivonne Moreno Uscanga: Bruno Ferreira, la neta del planeta




PLAGA El universo del arte es asombroso y rico en cuanto a manifestaciones y lenguajes. El signo y el símbolo suelen regocijarse en la imaginación de un creador en cuanto al poder de transmitir. Los espectadores así, de algún modo aprenden y aprehenden, sí, con h... pues capturan con el raciocinio y la emoción, propuestas desde distintas perspectivas la realidad...

De tal modo, nos lo muestra Bruno Ferreira, mejor conocido en el ámbito artístico veracruzano como BRUNOFF... Bruno es hoy caricaturista, pues uno de sus últimos renglones laborales lo ha realizado en el periodismo, a través de la sátira, en diarios como Imagen y la Revista Llave, donde este realizador plástico, desdobla su polifacética personalidad y análisis crítico del entorno de la entidad y del mundo.

Bruno Ferreira también es pintor, egresado de los Talleres Libres de la Universidad Veracruzana, su obra se ha exhibido en distintos espacios del IVEC y de instituciones dedicadas a la promoción cultural. Su formación en artes plásticas le ha permitido ingresar en el terreno de la docencia donde ha impartido clases de diseño y desde luego, enseñando a hacer caricatura, línea donde hoy se desempeña con habilidad e ingenio.

Bruno es además un infatigable investigador en el campo de la plástica, como corresponde en nuestros días a quien se interese por ser un genuino expositor. Sus horizontes se extienden con el dibujo, el óleo, el muralismo, Bruno, pintó originales murales en los cafés de La Parroquia en Veracruz y Boca del Río y también en la Universidad Villa Rica; hasta el arte postal.

Bruno Ferreira comparte su visión del deterioro del planeta por medio de la caricatura, pero no sólo tocando los aspectos del menoscabo ambiental sino también el sentido de retroceso ideológico causado por el abuso de las tecnologías en el pensamiento y conducta humanos.

Bruno proyecta con sorna las vicisitudes de las hegemonías imperantes en los medios, incluyendo el cibernético, escenario de fácil acceso, para ciertas esferas sociales pero de límites, en cuanto a beneficios a mayorías desplazadas de la educación y la escolaridad exigida en el siglo XXI.

Plausible resulta la propuesta de Brunoff, realizada en el CEVART, sobre la NETA DEL PLANETA, cartones, cuyo encuentro entre el dibujo y el desarrollo de conceptos con gracia y malicia, en relación a la denuncia política, social y cultural nos acercan a los luminosos ejes de los nuevos retos de la plástica.

Flavio Ramón Mendoza Fragoso: DOS POEMAS



TUS OJOS

A mi hija Melisa.

Tus ojos son almas errantes
que afanosamente aman.

Son constelación de alboradas…
luz de sol matinal penetrando ventanas.

Tus ojos son aves henchidas de libertad
que habitan archipiélagos inexistentes.

Son rapsodas que, emotivos,
recitan poemas de amores inmarcesibles.

Tus ojos son medicina alternativa de males
cuasi-chamanes arrogantes.

Son presagios amorosos que tañen añoranzas
pulsaciones infinitas de quijadas, jaranas, arpas.

Tus ojos son olas de proceloso mar…
océanos inmensos.

Son patrias enteras
imperios ancestrales.

Tus ojos son colosales espejos de misteriosa
obsidiana en la América contemporánea.


OLIVO DE OCTUBRE.

Y mi afecto sucumbió a ti
la armonía apabulló los sentidos
sometiste, corazón, cuitas afligidas
y no cien
mil años he evocado -en mis penas-
tu ojos desconocidos a los míos.
Y hoy que te escucho Olivia, amiga mía,
celebro la vida,
te regalo la luna de octubre… la más hermosa
te doy el corazón cautivo
y elevo una plegaria por ti.

Juan Carlos Gómez: Hermoso Tiempo



Después de su viaje por el Río Paraná Gombrowicz desembarca en Rosario a la madrugada, tiene que hacer tiempo, antes de visitar a los Dzianott pasea por la ciudad.
"Comercio, balance, presupuesto, saldo, inversiones, crédito, inventario, cuenta, neto, bruto, sólo esto, únicamente esto, toda la ciudad está bajo el signo de la contabilidad. La vulgaridad de América, la América gorda.
Rena y su marido, con el pequeño Jacek Dzianott, radiante de alegría, esa alegría que es en realidad nuestra única victoria sobre la existencia y la única gloria del hombre. Pero ¿por qué este orgullo y esta gloria están confiados a un niño de doce años y hay que inclinarse ante ellos, y por qué el desarrollo es el camino de la amargura degradante? Resulta muy sarcástico que nuestra insignia más alta, nuestro más orgulloso estandarte, sean los pantaloncitos de un niño"
La nostalgia por Rosario me trae a la memoria una nostalgia más, la que me despierta el diario que escribe Gombrowicz sobre su navegación por el Río Paraná. En esta narración alcanza una belleza que sólo igualó dos años después describiendo un crepúsculo. Utiliza un idioma poético, lógico y musical sobre un clima de irrealidad que va creciendo a medida que avanza por el río al que sólo puede anclar con la palabra navegamos.
Los movimientos, los cambios que sufría el río, las variaciones del clima y de la luz, siguen las peripecias del alma atormentada de Gombrowicz, acosada por la oscuridad y la distancia. Alguien le da una oportunidad para que pueda distinguir con claridad lo que el barco va dejando atrás y le ofrece unos prismáticos: la orilla, los arbustos, las maderas que flotan el agua: –¿Quiere usted echar una ojeada?

Le borra los contornos a la realidad a la que sólo vuelve en una especie de basso continuo utilizando la palabra navegamos.
"Pero... lo mismo me dijo ayer. Sólo que hoy me ha sonado diferente. Me ha sonado... como si en realidad no quisiera decir eso o bien como si lo que ha dicho no estuviera dicho hasta el final... sino dolorosamente interrumpido"
No puede soportar la idea de que el barco navegue solo, cuando no está con el barco y no sabe si navega, y tampoco puede soportar el espacio imponente y el aire inmóvil.
"Ese industrial de San Nicolás dijo: –Mal tiempo..., pero de nuevo me sonó como si no fuera eso..., como si en el fondo él quisiera, sí, eso es, quisiera otra cosa..., y tuve la misma sensación que la que había tenido en el desayuno con un médico de Asunción, exiliado político, cuando me hablaba de las mujeres de su país. Hablaba. Pero hablaba precisamente (esta idea me persigue) para no decir..., sí, para no decir lo que de veras tenía que decir"
El río que tenía por delante y por detrás, con su blancura intermitente, por veces se le confundía con los sueños sobre el pasado y el futuro, desconocidos e indefinidos, pero después todo descendía y se posaba nuevamente sobre el río, que otra vez volvía a ser el río por el que navegaba.
Una noche se despertó aterrado con la preocupación de que algo extraordinario estaba pasando. De repente, un grito rompió el sello del silencio. Y, una vez más, vuelve a borrarle los contornos a lo que ocurre, o a lo que no ocurre.
"Sabía con toda seguridad que nadie había gritado, y al mismo tiempo sabía que había existido un grito... Pero, como no había ningún grito, consideré a mi terror como inexistente, regresé al camarote e incluso me dormí"
El barco era trivial y corriente, precisamente por eso se sentía totalmente indefenso, no podía emprender nada porque no había fundamentos para la más ligera inquietud, todo estaba absolutamente en orden, pero esa tensión irresistible podía romper la cuerda.
Un médico se burlaba de él porque había perdido al ajedrez: –Ha perdido usted por miedo: –Podría darle una torre de ventaja y ganarle. Navegaban hacia la nada, las conversaciones y los movimientos estaban paralizados y fulminados. La locura y la desesperación eran inalcanzables porque no existían, pero como no existían, existían de una manera imposible de rechazar:
"Nuestra normalidad, la más normal, explota como una bomba, como un trueno, pero fuera de nosotros. La explosión nos es inaccesible, a nosotros hechizados en la normalidad. Hace un momento he encontrado al paraguayo en la proa y he dicho, sí, he dicho, eso es, he dicho: -¡Buenos días! Él a su vez ha contestado, eso es, ha contestado, sí, ha contestado. Dios misericordioso, ha contestado (sin dejar de navegar): –¡Hermoso tiempo!"
Navegamos

domingo, marzo 23, 2008

Octavio Paz: BOMBAY



Las antípodas de ida y vuelta...
para no caer en los errores en que
estuvieron los antiguos Philósophos,
que creyeron no haber Antípodas.
Diccionario de autoridades(Padre Alfonso de Ovalle)

En 1951 vivía en París. Ocupaba un empleo modesto en la Embajada de México. Había llegado hacía seis años, en diciembre de 1945; la medianía de mi posición explica que no se me hubiese enviado, al cabo de dos o tres años, como es la costumbre diplomática, a un puesto en otra ciudad. Mis superiores se había olvidado de mí y yo, en mi interior, se lo agradecía. Trataba de escribir y, sobre todo, exploraba esa ciudad, que es tal vez el ejemplo más hermoso del genio de nuestra civilización: sólida sin pesadez, grande sin gigantismo, atada a la tierra pero con la voluntad de vuelo. Una ciudad en donde la mesura rige con el mismo imperio, suave e inquebrantable, los excesos del cuerpo y los de la cabeza. En sus momentos más afortunados —una plaza, una avenida, un conjunto de edificios— la tensión que la habita se resuelve en armonía. Placer para los ojos y para la mente. Exploración y reconocimiento: en mis paseos y caminatas descubría lugares y barrios desconocidos pero también reconocía otros, no vistos sino leídos en novelas y poemas. París era, para mí, una ciudad, más que inventada, reconstruida por la memoria y por la imaginación. Frecuentaba a unos pocos amigos y amigas, franceses y de otras partes, en sus casas y, sobre todo, en cafés y bares. En París, como en otras ciudades latinas, se vive más en las calles que en las casas. Me unían a mis amigos afinidades artísticas e intelectuales. Vivía inmerso en la vida literaria de aquellos días, mezclada a ruidosos debates filosóficos y políticos. Pero mi secreta idea fija era la poesía: escribirla, pensarla, vivirla. Agitado por muchos pensamientos, emociones y sentimientos contrarios, vivía intensamente cada momento que nunca se me ocurrió que aquel género de vida pudiera cambiar. El futuro, es decir: lo inesperado, se había esfumado casi totalmente.
Un día el embajador de México me llamó a su oficina y me mostró, sin decir palabra, un cable: se ordenaba mi traslado. La noticia me conturbó. Y más, me dolió. Era natural que se me enviase a otro sitio pero era triste dejar París. La razón de mi traslado: el gobierno de México había establecido relaciones con el de la India, que acababa de conquistar su Independencia (1947) y se proponía abrir una misión en Delhi. Saber que se me destinaba a ese país, me consoló un poco: ritos, templos, ciudades cuyos nombres evocaban historias insólitas, multitudes abigarradas y multicolores, mujeres de movimientos de felino y ojos obscuros y centelleantes, santos, mendigos... Esa misma mañana me enteré también de que la persona nombrada como embajador de la nueva misión era un hombre muy conocido e influyente: Emilio Portes Gil. En efecto, Portes Gil había sido presidente de México. El personal, además del embajador, estaría compuesto por un consejero, un segundo secretario (yo) y dos cancilleres.
¿Porqué me habían escogido a mí? Nadie me lo dijo y yo nunca pude saberlo. Sin embargo, no faltaron indiscretos que me dieron a entender que mi traslado obedecía a una sugerencia de Jaime Torres Bodet, entonces director general de la UNESCO, a Manuel Tello, ministro de Relaciones Exteriores. Parece que a Torres Bodet le molestaban algunas de mis actividades literarias y que le había desplacido particularmente mi participación, con Albert Camus y María Casares, en un acto destinado a recordar la iniciación de la guerra de España (18 de julio de 1936), organizado por un grupo más o menos cercano a los anarquistas españoles. Aunque el gobierno de México no mantenía relaciones con el de Franco —al contrario, excepción única en la comunidad internacional, había un embajador mexicano acreditado ante el gobierno de la República Española en el exilio— a Torres Bodet le habían parecido "impropias" mi presencia en aquella reunión político-cultural y algunas de mis expresiones. Confieso que jamás pude verificar la verdad del asunto. Me dolería calumniar a Torres Bodet. Nos separaron algunas diferencias pero siempre lo estimé, como pude mostrarlo en el ensayo que le dediqué a su memoria. Fue un mexicano eminente. Pero debo confesar también que el rumor no era implausible. Aparte de que nunca fui santo de la devoción del señor Tello, años después oí al mismo Torres Bodet hacer, en una comida, una curiosa referencia. Se hablaba de los escritores en la diplomacia y él, tras recordar los casos de Reyes y de Gorostiza en México, los de Claudel y Saint-John Perse en Francia, añadió: pero debe evitarse a toda costa que dos escritores coincidan en la misma embajada.
Me despedí de mis amigos. Henri Michaux me regaló una pequeña antología del poeta Kabir, Krishna Riboud un grabado de la diosa Gurga y Kostas Papaioannou un ejemplar del Bhagavad Gita. Este libro fue mi guía espiritual en el mundo de la India. A la mitad de mis preparativos de viaje, recibí una carta de México con instrucciones del embajador: me daba una cita en El Cairo para que desde ahí, con el resto del personal, abordásemos en Port-Said un barco polaco que nos llevaría a Bombay: el Battory. La noticia me extrañó: lo normal habría sido usar el avión directo de París a Delhi. Sin embargo, me alegré: echaría un vistazo a El Cairo, a su museo y a las pirámides, atravesaría el Mar Rojo y visitaría Adén antes de llegar a Bombay. Ya en El Cairo el señor Portes Gil nos dijo que había cambiado de opinión y que él llegaría a Delhi por la vía aérea. En realidad, según me enteré después, quería visitar algunos lugares de Egipto antes de emprender el vuelo hacia Delhi. En mi caso era demasiado tarde para cambiar de planes: había que esperar algún tiempo para que la compañía naviera accediese a reembolsar mi pasaje y yo no tenía dinero disponible para pagar el billete de avión. Decidí embarcarme en el Battory. Eran los últimos días del gobierno del rey Faruk, los disturbios eran frecuentes —poco después ocurrió el incendio del célebre hotel Sepherd— y la ruta entre El Cairo y Port-Said no era segura: la carretera había sido cortada varias veces. Viajé a Port-Said, en compañía de dos pasajeros más, en un automóvil que llevaba enarbolada la bandera polaca. Sea por esta circunstancia o por otra, el viaje transcurrió sin incidentes.
El Battory era un barco alemán dado a Polonia como compensación de guerra. La travesía fue placentera aunque la monotonía del paisaje al atravesar el Mar Rojo a veces oprime el ánimo: a derecha e izquierda se extienden unas tierras áridas y apenas onduladas. El mar era grisáceo y quieto. Pensé: también puede ser aburrida la naturaleza. La llegada a Adén rompió la monotonía. Una carretera pintoresca rodeada de altos peñascos blancos lleva del puerto propiamente dicho a la ciudad. Recorrí encantado los bazares ruidosos, atendidos por levantinos, indios y chinos. Me interné por las calles y callejuelas de las inmediaciones. Una multitud abigarrada y colorida, mujeres veladas y de ojos profundos como el agua de un pozo, rostros anónimos de transeúntes parecidos a los que se encuentran en todas las ciudades pero vestidos a la oriental, mendigos, gente atareada, grupos que reían y hablaban en voz alta y, entre todo aquel gentío, árabes silenciosos, de semblante noble y porte arrogante. Colgaba de sus cinturas, la vaina vacía de un puñal o una daga. Eran gente del desierto y la desarmaban antes de entrar a la ciudad. Solamente en Afganistán he visto un pueblo con semejante garbo y señorío.
La vida en el Battory era animada. El pasaje era heterogéneo. El personaje más extraño era un maharaja, rodeado de sirvientes solícitos; obligado por algún voto ritual, evitaba el contacto con los extraños y en la cubierta su silla estaba rodeada por una cuerda, para impedir la cercanía de los otros pasajeros. También viajaba una vieja señora que había sido la esposa (o la amiga) del escultor Brancusi. Iba a la India invitada por un magnate admirador de su marido. Nos acompañaba asimismo un grupo de monjas, la mayoría polacas, que todos los días rezaban, a las cinco de la mañana, una misa que celebraban dos sacerdotes también polacos. Todos iban a Madrás, a un convento fundado por su orden. Aunque los comunistas habían tomado el poder en Polonia, las autoridades del barco cerraban los ojos ante las actividades de las religiosas. O quizá esa tolerancia era parte de la política gubernamental en aquellos días. Me conmovió presenciar y oír la misa cantada por aquellas monjas y los dos sacerdotes la mañana de nuestro desembarco en Bombay. Frente a nosotros se alzaban las costas de un país inmenso y extraño, poblado por millones de infieles, unos que adoraban ídolos masculinos y femeninos de cuerpos poderosos, algunos con rasgos animales y otros que rezaban al Dios sin rostro del Islam. No me atreví a preguntarles si se daban cuenta de que su llegada a la India era un episodio tardío del gran fracaso del cristianismo en esas tierras... Una pareja que inmediatamente atrajo mi atención fue la de una agraciada joven hindú y su marido, un muchacho norteamericano. Pronto trabamos conversación y al final del viaje ya éramos amigos. Ella era Santha Rama Rau, conocida escritora y autora de dos notables adaptaciones, una para el teatro y otra para el cine, de A Passage to India; él era Faubian Bowers, que había sido edecán del general MacArthur y autor de un libro sobre el teatro japonés (Kabuki).
Llegamos a Bombay una madrugada de noviembre de 1951. Recuerdo la intensidad de la luz, a pesar de lo temprano de la hora; recuerdo también mi impaciencia ante la lentitud con que el barco atravesaba la quieta bahía. Una inmensa masa de mercurio líquido apenas ondulante; vagas colinas a lo lejos; bandadas de pájaros; un cielo pálido y jirones de nubes rosadas. A medida que avanzaba nuestro barco, crecía la excitación de los pasajeros. Poco a poco brotaban las arquitectura blancas y azules de la ciudad, el chorro de humo de una chimenea, las manchas ocres y verdes de un jardín lejano. Apareció un arco de piedra, plantado en un muelle y rematado por cuatro torrecillas en forma de piña. Alguien cerca de mí y como yo acodado a la borda, exclamó con júbilo: ¡The Gateway of India! Era un inglés, un geólogo que iba a Calcuta. Lo había conocido dos días antes y me enteré de que era hermano del poeta W.H. Auden. Me explicó que el monumento era un arco, levantado en 1911 para recibir al rey Jorge II y a su esposa (Queen Mary). Me pareció una versión fantasiosa de los arcos romanos. Más tarde me enteré de que el estilo del arco se inspiraba en el que, en el siglo XVI, prevalecía en Gujarat, una provincia india. Atrás del monumento, flotando en el aire cálido, se veía la silueta del Hotel Taj Mahal, enorme pastel, delirio de un Oriente finisecular, caído como una gigantesca pompa no de jabón sino de piedra en el regazo de Bombay. Me restregué los ojos: ¿el hotel se acercaba o se alejaba? Al advertir mi sorpresa, el ingeniero Auden me contó que el aspecto del hotel se debía a un error: los constructores no habían sabido interpretar los planos que el arquitecto había enviado desde París y levantaron el edificio al revés, es decir, la fachada hacia la ciudad, dando la espalda al mar. El error me pareció un "acto fallido" que delataba una negación inconsciente de Europa y la voluntad de internarse para siempre en la India. Un gesto simbólico, algo así como la quema de las naves de Cortés. ¿Cuántos habríamos experimentado esta tentación?
Una vez en la tierra, rodeados de una multitud que vocifera en inglés y en varias lenguas nativas, recorrimos unos cincuenta metros del sucio muelle y llegamos al destartalado edificio de la aduana. Era un enorme galerón. El calor era agobiante y el desorden indescriptible. No sin trabajos identifiqué mi pequeño equipaje y me sometí al engorroso interrogatorio del empleado aduanal. Creo que la India y México tienen los peores servicios aduanales del mundo. Al fin liberado, salí de la aduana y me encontré en la calle, en medio de la batahola de cargadores, guías y choferes. Encontré al fin un taxi, que me llevó en una carrera loca a mi hotel, el Taj Mahal. Si este libro no fuese un ensayo sino unos memorias, le dedicaría varias páginas a ese hotel. Es real y es quimérico, es ostentoso y es cómodo, es cursi y es sublime. Es el sueño inglés de la India a principios de siglo, poblado por hombres obscuros, de bigotes puntiagudos y cimitarra al cinto, por mujeres de piel ámbar, cejas y pelo negros como alas de cuervo, inmensos ojos de leona en celo. Sus arcos de complicados ornamentos, sus recovecos imprevistos, sus patios, terrazas y jardines nos encantan y nos marean. Es una arquitectura literaria, una novela por entregas. Sus pasillos son los corredores de un sueño fastuoso, siniestro e inacabable. Escenario para un cuento sentimental y también para una crónica depravada. Pero el Taj Mahal ya no existe; más exactamente, ha sido modernizado y así lo han degradado como si fuese un motel para turistas del Middle West... Un servidor de turbante e inmaculada chaqueta blanca me llevó a mi habitación. Era pequeña pero agradable. Acomodé mis efectos en el ropero, me bañé rápidamente y me puse una camisa blanca. Bajé corriendo la escalera y me lancé a la ciudad. Afuera me esperaba una realidad insólita:
oleadas de calor, vastos edificios grises y rojos como los de un Londres victoriano crecidos entre las palmeras y los banianos como una pesadilla pertinaz, muros leprosos, anchas y hermosas avenidas, grandes árboles desconocidos, callejas malolientes,torrentes de autos, ir y venir de gente, vacas esqueléticas sin dueño, mendigos, carros chirreantes tirados por bueyes abúlicos, ríos de bicicletas,algún sobreviviente del British Raj de riguroso y raído traje blanco y paraguas negro,otra vez un mendigo, cuatro santones semidesnudos pintarrajeados, manchas rojizas de betel en el pavimento,batallas a claxonazos entre un taxi y un autobús polvoriento, más bicicletas, otras vacas y otro santón semidesnudo,al cruza una esquina, la aparición de una muchacha como una flor que se entreabre,rachas de hedores, materias en descomposición, hálitos de perfumes frescos y puros,puestecillos de vendedores de cocos y rebanadas de piña, vagos andrajosos sin oficio ni beneficio, una banda de adolescentes como un tropel de venados,mujeres de sarís rojos, azules, amarillos, colores delirantes, unos solares y otros nocturnos, mujeres morenas de ajorcas en los tobillos y sandalias no para andar sobre el asfalto ardiente sino sobre un prado,jardines públicos agobiados por el calor, monos en las cornisas de los edificios, mierda y jazmines, niños vagabundos,un baniano, imagen de la lluvia como en el cactus es el emblema de la sequía, y adosada contra un muro una piedra embadurnada de pintura roja, a sus pies unas flores ajadas: la silueta del dios mono,la risa de una jovencita esbelta como una vara de nardo, un leproso sentado bajo la estatua de un prócer parsi,en la puerta de un tugurio, mirando con indiferencia a la gente, un anciano de rostro noble,un eucalipto generoso en la desolación de un basurero, el enorme cartel en un lote baldío con la foto de una estrella de cine: luna llena sobre la terraza del sultán,más muros decrépitos, paredes encaladas y sobre ellas consignas políticas escritas en caracteres rojos y negros incomprensibles para mí,rejas doradas y negras de una villa lujosa con una insolente inscripción: Easy Money, otras rejas aún más lujosas que dejaban ver un jardín exuberante, en la puerta una inscripción dorada sobre el mármol negro,en el cielo, violentamente azul, en círculos o en zigzag, los vuelos de gavilanes y buitres, cuervos, cuervos, cuervos...
Al anochecer regresé al hotel, rendido. Cené en mi habitación pero mi curiosidad era más fuerte que mi fatiga y, después de otro baño, me lancé de nuevo a la ciudad. Encontré muchos bultos blancos tendidos en las aceras: hombres y mujeres que no tenían casa. Tomé un taxi y recorrí distintos desiertos y barrios populosos, calles animadas por la doble fiebre del vicio y del dinero. Vi monstruos y me cegaron relámpagos de belleza. Deambulé por callejas infames y me asomé a burdeles y tendejones: putas pintarrajeadas y gitones con collares de vidrio y faldas de colorines. Vagué por Malabar Hill y sus jardines serenos. Caminé por una calle solitaria y, al final, una visión vertiginosa: allá abajo el mar negro golpeaba las rocas de la costa y las cubría de un manto hirviente de espuma. Tomé otro taxi y volví a las cercanías. Pero no entré; la noche me atraía y decidí dar otro paseo por la gran avenida que bordea a los muelles. Era una zona de calma. En el cielo ardían silenciosamente las estrellas. Me senté al pie de una gran árbol, estatua de la noche, e intenté hacer un resumen de lo que había visto, oído, olido y sentido: mareo, horror, estupor, asombro, alegría, entusiasmo, nauseas, invencible atracción. ¿Qué me atraía? Era difícil responder: Human kind cannot bear much reality. Sí, el exceso de realidad se vuelve irrealidad pero esa irrealidad se había convertido para mí en un súbito balcón desde el que me asomaba, ¿hacia qué? Hacia lo que está más allá y que todavía no tiene nombre...
Mi repentina fascinación no me parece insólita: en aquel tiempo yo era un joven poeta bárbaro. Juventud, poesía y barbarie no son enemigas: en la mirada del bárbaro hay inocencia, en la del joven apetito de vida y en la del poeta hay asombro. Al día siguiente llamé a Santha y a Faubian. Me invitaron a tomar una copa en su casa. Vivían con los padres de Santha en una lujosa mansión que, como todas las de Bombay, estaba rodeada por un jardín. Nos sentamos en la terraza, alrededor de una mesa con refrescos. Al poco tiempo llegó su padre. Un hombre elegante. Había sido el primer embajador de la India ante el gobierno de Washington y acababa de dejar su puesto. Al enterarse de mi nacionalidad, me preguntó, me preguntó con una risotada: "¿Y México es una de las barras o de las estrellas?". Enrojecí y estuve a punto de contestar con una insolencia pero Santha intervino y respondió con una sonrisa: "Perdona, Octavio. Los europeos so saben geografía pero mis compatriotas no saben historia". El señor Rama Rau se excusó: "Era sólo una broma... Nosotros mismos, hasta hace poco, éramos una colonia". Pensé en mis compatriotas: también ellos decían sandeces semejantes cuando hablaban de la India. Santha y Faubian me preguntaron si ya había visitado algunos de los edificios y lugares famosos. Me recomendaron ir al museo y, sobre todo, visitar la isla de Elefanta.
Un día después volví al muelle y encontré pasaje en un barquito que hacia el servicio entre Bombay y Elefanta. Conmigo viajaban algunos turistas y unos pocos indios. El mar estaba en calma; atravesamos la bahía bajo un cielo sin nubes y en menos de una hora llegamos a un islote. Altas peñas blancas y una vegetación rica y violenta. Caminamos por un sendero gris y rojo que nos llevó a la boca de la cueva inmensa. Penetré en un mundo hecho de penumbra y súbitas claridades. Los juegos de la luz, la amplitud de los espacios y sus formas irregulares, las figuras talladas en los muros, todo, daba al lugar un carácter sagrado, en el sentido más hondo de la palabra. Entre las sombras, los relieves y las estatuas poderosas, muchas mutiladas por el celo fanático de los portugueses y los musulmanes, pero todas majestuosas, sólidas, hechas de una materia solar. Hermosura corpórea, vuelta piedra viva. Divinidades de la tierra, encarnaciones sexuales del pensamiento más abstracto, dioses a un tiempo intelectuales y carnales, terribles y pacíficos. Shiva sonríe desde un más allá en donde el tiempo es una nubecilla a la deriva y esa nube, de pronto, se convierte en un chorro de agua y el chorro de agua en una esbelta muchacha que es la primavera misma: la diosa Parvati. La pareja divina es la imagen de la felicidad que nuestra condición mortal nos ofrece sólo para, un instante después, disiparla. Ese mundo palpable, tangible y eterno no es para nosotros. Visión de una felicidad al mismo tiempo terrestre e inalcanzable. Así comenzó mi iniciación en el arte de la India.

Cartier-Bresson:Cuadernos Mexicanos



Alejandra Ortiz (Especial, La Jornada)
Sansepolcro, Arezzo, 21 de marzo.
Las 44 fotografías que el mismo Henri Cartier-Bresson (1908-2004) seleccionó para la colección Cuadernos mexicanos se muestra por primera vez al público italiano en una exposición que se abrió el pasado 15 de marzo y concluirá el 18 de mayo en el histórico Palacio Pichi Sforza, en la ciudad de Sansepolcro, en la Toscana.
La muestra –inaugurada con fuerte impacto mediático en todos los noticiarios televisivos, periódicos y radio– fue organizada por Dante Trefoloni, dueño de Mercurio Promozioni, en colaboración con Magnum Photos y la Fondation HCB y Contrasto.
Trefoloni explicó a La Jornada su interés por presentar ese material en Italia, precisamente por su originalidad y porque abre la puerta a una realidad lejana a la europea, que él tuvo oportunidad de conocer cuando hace unos años vivió en Centroamérica.
Estas imágenes de Cartier-Bresson son producto de dos viajes –uno en 1934 y el segundo de 1964– que marcan momentos diferentes en la vida del fotógrafo francés y en la historia de México, pero que sin embargo parecieran inmutables en el tiempo.
La instantaneidad de su mirada sensible logra captar con precisión y sin complacencias momentos de la cotidianidad y del carácter del pueblo mexicano: imágenes sinceras que evocan vitalidad, fuerza y nobleza.
Riqueza y originalidad
Cartier-Bresson forma parte de un entourage de fotógrafos e intelectuales extranjeros presentes en México al término de la Revolución. Después de siglos de ser la versión provincial del arte de ultramar, México revela su riqueza y originalidad abriendo paso a un momento de intenso nacionalismo y de fervor cultural sin precedente.
Los artistas extranjeros del avant garde se sienten fuertemente atraídos por esta nueva sociedad que emerge, arribando a sus tierras y realizando algunas de sus mejores obras. Entre ellos figuran D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Anita Brenner, Bertram Wolfe, Sergei Eisenstein, Antonin Artaud, André Breton, Wolfgang Paalen y Alice Rahon.
En fotografía, México es de los países más retratados por los extranjeros. Desde mediados del siglo XIX la lente de sus artistas –prevalentemente americanos–, captarán sus riquezas naturales, fomentando la visión de país exótico que hasta ahora sigue conservando.
Será en el tercer decenio del siglo XX, con el arribo de Edward Weston y su discípula Tina Modotti, y más tarde con Paul Strand y Kati Horna, cuando se rompan estos modelos folcloristas para captar la vitalidad que palpitaba en esa tierra y en cuyos países de origen faltaba, sin olvidar la causa social que era el motivo central en sus obras.
Henri Cartier-Bresson compartió dicha perspectiva sintiéndose fuertemente atraído por plasmar la vida de los barrios pobres, de los campesinos, el ámbito laboral.
Si el fotógrafo hubiera emprendido en la actualidad un nuevo viaje, ¿nos encontraríamos acaso observando por tercera vez su obra con el espectro de un país sin cambios?

sábado, marzo 22, 2008

Carolina Cruz: MINIFICCIONES

De izquierda a derecha: José Luis Cerdán, Arturo García Niño, Carolina Cruz, e Ignacio García, miembros del Consejo Editorial de Ezra Michelet Ediciones, en una fotografía de hace unos 14 años. ¿El lugar? No precisamente una biblioteca o un sitio sagrado para hacer literatura. Se trata de una piquera llamada El Barón Rojo. ¿Qué de interés literario tenía la reunión? Como hemos dicho ya a algunos de nuestros lectores, en ese círculo afinamos lo que más tarde se convertiría en SOLO PARA INTELECTUALES de Notiver, un suplemento cultural dominguero que sin duda alguna ha dejado huella en la vida literaria y artística del puerto.
Publicamos la foto, no sólo por nostalgia, sino para mostrar que la solidaridad, el respeto mutuo, la fraternidad y tolerancia entre nosotros, ha podido más que nuestras naturales y obstinadas opiniones personales. Seguimos adelante; incluso con José María Peña quien, desde aquel otro lado, sigue con ojo ligero la marcha de nuestro quehacer literario.
Ignoro si estas MINIFICCIONES que presentamos ahora de Carolina, sean de aquella època... ¡Qué importa!




Así es el tigre

Alcancé a ver cuando el tigre saltó a la cama, me deslumbró con una gran cicatriz que tenia en su cuerpo, manaba de él un ciento lento, como ese que no ha nacido.
Dijo que tenia sed y pensé “claro no es dromedario!” y le preparé un high ball y pidió otro y otro más, pensé en lo incómodo de tener un tigre ebrio en mi cama y al otro día, un tigre crudo, que podía ser peor (los tigres al amanecer quieren comer carnitas y suelen ponerse necios). Así que urdí concienzudamente una receta china que heredé de mi madre: le guisé unas plantas de primavera y su lomo se convirtió en mapa, monté su geografía (ya estaba tan borracho el pobrecito) y conocí el mundo. Con sus ojos atigrados decía: “Soy un hombre hermoso” nos besamos hacia el sur azul y de su enorme cicatriz brotó la Primera de Vivaldi. De pronto recordé: Si los tigres no vuelan, ¿qué hacemos aquí arriba? Pero el tigre creía en las cosas del amor. Así que corrí al Manual de Tigres Enamorados y encontré “tuércele el cuello al tigre”.Con la última tira de su vientre lo asfixié a almohadazos.

La Oveja

Al primer toquido de la puerta supe que era la oveja. Adivinaba sus ojos de acorralada y me parecía ya escucharla: “¿No sabes que estoy desesperada”? Pero conocía su juego de gruta empedernida y tenía un botín de altura para tenderla en altamar (después de todo las ovejas no saben nadar). Quiso manipularme con sui tristeza deslechada –habló del lobo y enseñó los boletos de viaje-, intentó hacer el amor pero era solo una oveja y venía cansada. Saqué mi lecho de río y no pudo con su cauce invertebrado, inventé mil cosas para su apetito, pero hablaba del rebaño, las noches lobunas, el mundo cotidiano.
Mientras miraba aquellos ojos aborregados, dulces y asustados, imaginaba diferentes menús: oveja electrocutada, al carbón, en adobo, asada, frita, con apio y col, oveja a la naranja. De pronto me dijo que tenía hambre, pensé que era una oveja sumamente intuitiva y debía cambiar de estrategia. Le ofrecí espejismos, cité las palabras mágicas y apareció un trigal, le prometí al cordero (Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros), pero su fe era anterior a Cristo. Empecé a sospechar que tramaba para mi un precipicio, entonces saqué mi botín de altura que guardaba para ovejas desesperadas y le propuse un condimentado amanecer: un canto marino al calor del fuego para cocinar la cena… y entonces la crucifiqué.